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sábado, 25 de marzo de 2017

La visita que tocó el timbre: “LA CHICA DESCONOCIDA”, de LUC y JEAN-PIERRE DARDENNE



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Me parece injustificable que el cine de los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne esté tan elogiado en base, dicen, a la coherencia que mantienen con sus inquietudes, su estilo, sus modos, desde el principio de su carrera. El argumento de la coherencia no me parece válido para justificar esos elogios, pues el mero hecho de ser coherente con uno mismo no implica, o no debería implicar, juicio cualitativo alguno: se puede ser coherentemente bueno, o coherentemente malo, sin por ello dejar de ser coherente. Desde este punto de vista es tan coherente la obra de los Dardenne como pueda serlo, pongamos por caso, la de Albert Pyun; decir eso, a mi entender, equivale a no decir nada. La chica desconocida (La fille inconnue, 2016) demuestra –más allá de quien quiera ver en ello “arte”– que poco han cambiado los métodos fílmicos de los Dardenne desde los tiempos del largometraje que les dio la fama, Rosetta (ídem, 1999); de hecho, han mejorado bastante, teniendo en cuenta que la fealdad formal y la ineptitud expresiva de la mencionada Rosetta me obligó en su día a abandonar su proyección a los cuarenta y cinco minutos. Lo poco que, desde entonces, me he atrevido a ver de los hermanos, El hijo (Le fils, 2002) y ahora La chica desconocida, también me corrobora esa mejora.


A falta de completar –cuando me apetezca– las lagunas sobre su filmografía que ahora mismo tengo, La chica desconocida hace gala, con respecto a Rosetta, de un superior acabado formal, y, sobre todo, de una mayor claridad de ideas cinematográficas. El resultado tampoco es como para lanzar cohetes, pero al menos nos hallamos ante una obra bien construida, bien rodada y bien desarrollada, por más que no esté exenta de defectos (alguno, como veremos, de brocha gorda). Su protagonista, Jenny Davin (Adèle Haenel), es una joven doctora que tiene una consulta privada en un distrito suburbial de la ciudad, donde suele atender a pacientes con escasos recursos económicos. Una tarde, habiendo cerrado ya su consultorio, y por cansancio, Jenny hace caso omiso a un timbrazo en la puerta; al ser un único timbrazo –le dice a su ayudante, el estudiante de medicina Julien (Olivier Bonnaud)–, está convencida de que no es un asunto grave ni urgente. Al día siguiente, Jenny descubrirá por mediación de la policía que ese único toque al timbre fue dado por una joven mujer africana indocumentada… que fue hallada muerta, asesinada, pocas horas después. Por tanto, si Jenny hubiese atendido a su llamada, probablemente todavía seguiría viva. La situación provoca los remordimientos de la protagonista, la cual, dispuesta a averiguar cómo se llamaba la chica para al menos poder comunicárselo a su familia, emprenderá por su cuenta y riesgo una investigación paralela a la que está llevando, por rutina, la policía.


Lo mejor de La chica desconocida reside en el dibujo de la protagonista, presente en todas y cada una de las secuencias del film, habida cuenta de que la trama avanza a medida que lo hace la propia Jenny en sus pesquisas. A pesar, incluso, de que los Dardenne reinciden en uno de los tics más gastados del cine de autor de estos últimos años, los planos en cámara móvil casi cerrados sobre la espalda del/ de la protagonista (el “cine de cogotes” que diría el amigo Diego Salgado), el resultado es mucho más elegante, en todos los sentidos, que en Rosetta. La cámara de los hermanos no describe: muestra. Y lo que muestra, interesa, gracias a una concepción dinámica del plano en virtud de la cual la naturalidad de gestos, miradas y conversaciones tiene, aquí sí, el valor de lo inmediato, de lo vivido. No hace falta que el personaje de Jenny diga en voz alta que es una persona entregada a su profesión: lo intuimos, lo vemos, en su manera de moverse, de tratar a los pacientes, de curarles, de quererles a su manera. Resulta asimismo perfectamente comprensible que, cuando descubre lo ocurrido con la chica desconocida, Jenny sea capaz de renunciar a una plaza en un reputado hospital para seguir en su humilde consulta, a fin de no alejarse del barrio donde trabaja y poder, así, completar las pesquisas que está llevando a cabo sobre la desdichada muchacha.


Esa naturalidad –al contrario que en Rosetta– para nada forzada, que retrotrae los logros de El hijo, da pie a no pocos buenos momentos. Señalo, por ejemplo, la magnífica escena en la que los policías muestran a Jenny el vídeo que demuestra que la chica africana llamó a la puerta de la consulta de la protagonista, alarmada porque alguien parecía estar persiguiéndola (probablemente su asesino), y luego siguió corriendo calle abajo; los Dardenne mantienen una planificación abierta, en plano medio combinado con la movilidad y ligereza de la cámara, recogiendo en un mismo encuadre la conversación de Jenny con los policías, su mirada al monitor de ordenador donde visualiza aquel vídeo –sin que los Dardenne caigan en la tentación de insertar planos de la pantalla–, y la reacción de la protagonista: sus lágrimas de impotencia –excelente Adèle Haenel– y vergüenza ante lo ocurrido. O la escena en la que Jenny visita en su vivienda a Bryan (Louka Minnella), un adolescente del cual la protagonista sospecha que sabe algo sobre “la chica desconocida” que el muchacho se niega a reconocer; el mérito de la escena se revela posteriormente, cuando Jenny habla a solas con Bryan y le advierte de que, cuando le auscultó, se dio cuenta de que se ponía nervioso cuando ella le enseñó una fotografía de la muchacha africana y que, por tanto, sabe que le mintió cuando decía que no la conocía.


Es una pena que, haciendo gala de una construcción tan sólida a lo largo de la mayor parte de su metraje, La chica desconocida acabe incurriendo en un pegote de guion que la estropea mucho, por más que no llegue a invalidarla, y a pesar de que dicho defecto tenga lugar, paradójicamente, dentro de otra de las mejores secuencias de la película (técnicamente hablando, la mejor). Me refiero a ese momento teóricamente estupendo, rodado con la cámara situada dentro del coche que conduce Jenny, en el cual la protagonista es perseguida por otro coche, ocupado por dos hombres a los que, escenas antes, les ha enseñado también la foto de la joven africana, preguntándoles si la conocían; los hombres consiguen detener el coche de Jenny frenando el suyo delante del de ella, y, mostrando una actitud agresiva y violenta, le exigen a la protagonista que deje de husmear… La escena es muy buena, pero se estropea a renglón seguido, como digo, por culpa de un pedestre recurso de guion: justo después de que los dos hombres que acaban de amenazar a Jenny se hayan ido, pasan en bicicleta por esa misma carretera Bryan y un amigo suyo de su edad (Martin Querinjean), a los cuales Jenny sigue, convencida de que ambos tienen información valiosa sobre “la chica desconocida”, como así ocurre. Es una pena que los Dardenne recurran a esa increíble “casualidad” para hacer avanzar un relato que, en ese preciso instante, se halla, como la investigación de Jenny, en dique seco. Un retruécano que pone en cuestión la fama de “realistas” de sus autores y que, por añadidura, daña los méritos de una película, por lo demás, muy estimable.

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