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sábado, 25 de marzo de 2017

Bella y bestia son: “LA BELLA Y LA BESTIA”, de BILL CONDON



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Es evidente que La bella y la bestia (Beauty and the Beast, 2017), versión Bill Condon, depende muchísimo de La bella y la bestia (Beauty and the Beast, 1991), versión Gary Trousdale y Kirk Wise. Ambas son producciones Disney, y la primera nace con el propósito primordial de ser un remake en imagen real de la segunda. No es de extrañar, por tanto, que tanto la estructura narrativa sea, a grandes rasgos, la misma en ambos films, y que la versión de Condon repita o rehaga diseños de personajes, decorados y situaciones casi idénticos de la versión animada. A fin de cuentas, esta nueva versión disneyana del cuento de hadas originalmente escrito por Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve, y posteriormente reescrito por Jeanne-Marie Leprince de Beaumont y por Andrew Lang, se encuentra en la línea de otras recientes producciones Disney consistentes en remakes en imagen real de sus clásicos animados, tales como Maléfica (Maleficent, 2014, Robert Stromberg), Cenicienta (Cinderella, 2015, Kenneth Branagh) (1) o El libro de la selva (The Jungle Book, 2016, Jon Favreau).


Las deudas de La bella y la bestia, de Condon, con La bella y la bestia, de Trousdale & Wise, son tantas, que resulta innecesario enumerarlas. Me parece más interesante, y fructífero, enumerar sus diferencias, en muchas de las cuales hallamos lo mejor y lo peor de la nueva película. En primer lugar, su metraje: el film de Condon dura 129 minutos; la versión animada, 84 (un poco más, alrededor de 88 minutos, si se tiene la ocasión de ver o volver a ver en formato doméstico en su versión íntegra, que incluye el inédito –y espléndido– número musical Human Again); y, así como la película de Trousdale y Wise es una obra maestra del cine de animación (ergo, del cine, a secas) y el mejor título de la etapa del renacimiento de la división de animación del estudio capitaneada por Jeffrey Katzenberg, la de Condon está lejos, muy lejos del nivel de creatividad de la anterior. Basta con ver, sin ir más lejos, cuán convencionalmente resuelve Condon el arranque del relato –la maldición que convierte al príncipe (Dan Stevens) en la Bestia–, en una secuencia cuya fealdad contrasta con la sencillez genial del prólogo ideado por Trousdale y Wise. Del mismo modo, el extraordinario primer plano de la versión animada, en el que la Bestia se niega a ceder ante su instinto animal de estrangular al villano Gastón, no tiene en la adaptación de Condon, ni de lejos, la misma fuerza e intensidad.


Otras variaciones de la versión de Condon con respecto a su predecesora, en cambio, añaden nuevos o cuanto menos renovados matices. Por ejemplo, aquí tiene mayor relevancia Maurice (Kevin Kline), el padre de Bella (Emma Watson); es más, la historia relacionada con la viudedad del padre de Maurice da pie a una de las mejores secuencias de la película, si no la mejor. Me refiero a aquélla en la que, por medio de un encantamiento, Bella y la Bestia “viajan” mágicamente a la humilde buhardilla de París donde vivieron los padres de la primera y en la que la propia Bella nació; de este modo, la muchacha descubre el terrible secreto que su padre ha estado ocultándole desde siempre: que, siendo ella una recién nacida, se vio obligada a abandonar a su esposa, mortalmente enferma de peste y sin posibilidad de salvación, para que Bella no se contagiara. La tenebrosidad de la secuencia, la sobriedad de los intérpretes –Emma Watson está, aquí, menos mal de lo acostumbrado– y de la resolución de la misma por parte de Condon tras las cámaras contribuyen a elevar el tono de una función, en sus líneas generales, excesivamente contenida, cuando no discretamente aburrida.


También funciona bien la importancia que tienen aquí los personajes que conforman la servidumbre, asimismo hechizada, de la Bestia –el candelabro Lumière (Ewan McGregor), el reloj Ding Dong (Ian McKellen), la tetera Sra. Potts (Emma Thompson), la tacita de té Chip (Nathan Mack), el clavecín Maestro Cadenza (Stanley Tucci), el armario Madame Garderobe (Audra McDonald) o la criada-plumero Plumette (Gugu Mbatha-Raw)–, a los cuales se les añade, con respecto a la versión animada, un agradable apunte emotivo: tras la muerte de la Bestia, y convencidos de que, con ella, tendrá lugar su transformación definitiva en objetos domésticos, los sirvientes se despiden unos de otros… antes de resucitar, “felizmente”, junto con la Bestia transformada, de nuevo, en apuesto príncipe. Otro tanto ocurre con LeFou (Josh Gad), el patoso ayudante de Gastón (Luke Evans), un personaje que, en esta adaptación, tiene un arco dramático más desarrollado que su equivalente en la versión animada, pasando de ser sumiso –y, aquí, amariconado– sirviente de Gastón, a cuestionarle y, en última instancia, traicionarle, cuando el arrogante y violento cazador se pasa de la raya.


La resolución de los números musicales resulta, asimismo, tan dispar como desigual. Dispar, porque algunos no hacen sino intentar aproximarse al máximo a los de la versión animada, mientras que otros, por el contrario, están más cerca de la tradición del musical hollywoodiense basado en espectáculos de Broadway instaurada en el cine norteamericano durante los años sesenta y setenta. Y desigual, porque, si bien algunos números están bastante logrados, hay otros, en cambio, mucho menos conseguidos. Por ejemplo, tras el prólogo, el número musical de presentación del personaje de Bella, es poco más o menos una variante del que abría el film animado, pero el resultado, además de mucho menos brillante, acaba estando más cerca de la película musical à la Broadway: hay momentos en que tenemos la sensación de estar viendo –y no para bien– algo parecido a la secuencia de apertura de El violinista en el tejado (Fiddler on the Roof, 1971, Norman Jewison). Mucho mejor resulta, en cambio, el número musical en la taberna centrado en los personajes de Gastón y LeFou, el cual tiene la honradez de no intentar imitar la versión animada y el ser, de principio a fin, una secuencia musical clásica, correctamente coreografiada y planificada. Asimismo, el número musical que ilustra la famosa canción Be Our Guest (¡Qué festín!, en su versión española) intenta ser tanto una variante como a la vez un perfeccionamiento del número musical homónimo de la versión animada, incorporando en el caso de la versión de Condon el último grito en trucajes digitales, pero sin olvidar por ello “toques” a los Busby Berkeley; el resultado me parece esforzado y, a ratos, simpático, aunque no del todo conseguido, por excesivamente artificioso.


En cambio, y contra todo pronóstico, se revela mucho más lograda la visualización/ reproducción de la no menos famosa canción Beauty and the Beast (Bella y Bestia son), acompañada por el no menos célebre vals de la pareja protagonista en el salón; acaso consciente de la imposibilidad no ya de superar, sino incluso de igualar, esa ya antológica secuencia puramente disneyana, Condon se esfuerza en filmarla a su manera y en conferirle otro aire mediante una distintiva utilización de los efectos lumínicos. Finalmente, la canción Evermore (Eternamente), que interpreta la Bestia después de haber dejado partir a Bella a caballo para que acuda al rescate de su padre, tema musical inédito en la versión animada pero que guarda ecos de la canción If I Can’t Love Her, presente en la adaptación escénica de aquélla estrenada en Broadway en 1994, está resuelta, asimismo, de un modo muy clásico (dicho sea sin intención peyorativa): la Bestia recorre frenéticamente las murallas y el torreón de su castillo, mientras canta/ se lamenta en voz alta por la pérdida de su amada.

(1) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2015/05/chappie-cenicienta-una-noche-para.html

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