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sábado, 18 de marzo de 2017

La isla de los monstruos: “KONG: LA ISLA CALAVERA”, de JORDAN VOGT-ROBERTS



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] No deja de resultar coherente el hecho de que Kong: La isla Calavera (Kong: Skull Island, 2017), esta especie de reboot de King Kong (ídem, 1933), esté condicionado por una etapa concreta de la historia de los Estados Unidos de América, al igual que ocurría en la versión clásica de Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper y en su primer remakeKing Kong (ídem, 1976)–, producido por Dino de Laurentiis y dirigido por John Guillermin; no así en su tercera versión, el King Kong (ídem, 2005) de Peter Jackson, este marcado, sobre todo, por el espíritu cinéfilo/ nostálgico/ posmoderno (táchese lo que no proceda) que ha imperado en el cine contemporáneo de estos últimos veinticinco años aproximadamente. Si tanto el King Kong de Schoedsack & Cooper como el de De Laurentiis & Guillermin estaban marcados a fuego por el momento en el que fueron realizados, la Depresión en el caso de la primera y la crisis del petróleo y la América post-Nixon en el de la segunda, Kong: La isla Calavera hace hincapié en el momento histórico en el que está ambientada, por más que, al contrario que las dos versiones antes mencionadas, esa etapa de la Historia no se corresponda con la actualidad (al menos, no a simple vista).


Nos hallamos en 1973. Acaba de terminar la guerra de Vietnam. Las tropas norteamericanas se van; según unos, derrotadas; según otros, tan solo “se retiran”. La primera opinión es de la fotógrafa de prensa Mason Weaver (Brie Larson); la segunda corresponde al coronel Preston Packard (Samuel L. Jackson). Dos posturas antitéticas con respecto a la guerra que acaba de concluir que, posteriormente, tendrán peso específico cuando la acción del relato se traslade a la isla Calavera; sobre todo, a partir del momento en que el coronel Packard decidirá, por su cuenta y riesgo, continuar la guerra de la que, según él, se ha retirado, pero que en realidad ha perdido, eligiendo a Kong, el gorila gigante, como el nuevo enemigo a abatir. En estos momentos existe cierta tendencia entre los críticos de cine españoles –y reconozco que yo también he participado en ella– a interpretar determinados contenidos de recientes películas norteamericanas poniéndolos en relación con lo que llevamos visto de la política del actual presidente de los Estados Unidos Donald Trump. En la crítica que saldrá publicada en el próximo número de Imágenes de Actualidad de la magnífica Logan (ídem, 2017, James Mangold), comento que la América futurista que sale en este film –año 2029– parece, ya, una premonición de la América de Trump. En Kong: La isla Calavera, otro norteamericano, frustrado por lo que considera que ha sido la humillación de su nación, intenta lavar esa vergüenza, que tiene mucho de venganza personal, con la sangre de un nuevo enemigo que el azar ha puesto en su camino. Naturalmente que tanto Logan como Kong: La isla Calavera fueron rodadas por lo menos un año antes de la llegada a la presidencia del actual ocupante del Despacho Oval; pero en ocasiones, y no es la primera vez que esto ocurre, el arte y la cultura en general, y el cine en particular, han demostrado una casi mágica intuición a la hora de pronosticar no pocos horrores.


Disquisiciones coyunturales, o no, aparte, el hecho de que Kong: La isla Calavera ubique su trama en 1973 da pie a que el realizador Jordan Vogt-Roberts –otro caso de realizador forjado en la televisión y el así llamado cine indie, suya es The Kings of Summer (ídem, 2013), que da el salto a la gran superproducción hollywoodiense– llene buena parte del metraje con referencias visuales a la guerra de Vietnam y, naturalmente, a Apocalypse Now (ídem, 1979): los planos de los helicópteros; el lanzamiento sobre la isla de las bombas sísmicas, que recuerdan los siniestros rociamientos con napalm; en particular, el plano general en el que los aparatos se lanzan en formación de ataque sobre Kong, con este silueteado a la luz de un disco solar anaranjado a lo Vittorio Storaro; y, más adelante, las escenas en las que James (Tom Hiddleston), Mason, Hank Marlow (John C. Reilly), Víctor Nieves (John Ortiz) y el joven soldado Slivko (Thomas Mann) se lanzan río abajo, camino del mar, en una lancha construida por el mencionado Hank que guarda evidentes ecos de la utilizada en el film de Coppola. Nada de esto resulta particularmente original, más bien al contrario; pero, al menos, sirve para marcar una cierta distancia con la estética visual de las tres anteriores versiones de las aventuras del Rey de la isla Calavera. Un Rey que, dicho sea de paso, aparece aquí más desdibujado que nunca, entre otras razones porque, al menos en esta ocasión, Kong parece haber perdido por el camino su salvajismo ancestral, su condición de fuerza pura y bruta de una naturaleza desatada, para convertirse, pura y sencillamente, en un aliado del Bien: el protector de la isla Calavera y sus habitantes, a los que defiende del ataque de unos monstruosos lagartos que, en un momento dado, podrían erigirse en una amenaza de proporciones planetarias.


Kong: La isla Calavera no es un mal film, por más que tampoco sea una buena película. Está realizada con corrección y atesora, a ratos, algunos buenos momentos, e incluso, diversas imágenes de considerable belleza. Anoto, de entrada, la divertida primera secuencia, ambientada en la Segunda Guerra Mundial, en la que un joven Hank Marlow (Will Britain) y un piloto japonés (Miyavi) son derribados sobre la isla Calavera, y prosiguen su enfrentamiento cuerpo a cuerpo… hasta ser interrumpidos, espectacularmente, por Kong; los primeros planos, à la Sergio Leone, de los ojos del coronel Packard y Kong, mirándose en plano/ contraplano (estableciendo, de paso, un irónico contraste entre la animalidad del simio y la “animalidad” del militar empecinado en matar todo lo que se le pone por delante); la imagen de la gigantesca fosa donde reposan los huesos de los padres simios de Kong; o la despedida de Hank a la tribu que le acogió durante más de veinte años, aunque esto último es sobre todo mérito del siempre magnífico John C. Reilly, el mejor de la función. Nada, en Kong: La isla Calavera, está del todo mal; pero, tampoco, nada termina de estar todo lo bien que promete, a pesar de la eficacia de las escenas de acción y la brillantez de los combates de Kong contra otros colosos de la isla Calavera. Ello se debe no tanto a la impersonalidad de la puesta en escena de Vogt-Roberts como al dibujo chato y superficial de los personajes, empezando por el exmilitar británico reciclado en aventurero que encarna Tom Hiddleston y la fotógrafa comprometida a cargo, sin ningún relieve, de una Brie Larson que se erige, fácilmente, en la peor “novia de Kong” hasta la fecha; pasando por el ya mencionado personaje del coronel Packard o el del supervisor a la expedición a la isla Calavera Bill Randa (más allá del sempiterno buen hacer, en ambos casos, de Jackson y John Goodman) y el resto de secundarios. Aviso para navegantes: una secuencia post-créditos pone en relación Kong: La isla Calavera con el ya anunciado remake/ reboot de King Kong contra Godzilla (Kingu Kongu tai Gojira, 1962, Inoshiro Honda).  


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