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martes, 16 de octubre de 2018

Hombres del mar: “EL JURAMENTO DEL CORSARIO NEGRO”, de SERGIO SOLLIMA



A mi amigo Jesús (“Chus”) Parrado.

[NOTA BENE: EL PRESENTE TEXTO ES LA VERSIÓN ÍNTEGRA DE MI COMENTARIO DE ESTE MISMO FILM PUBLICADO EN “DIRIGIDO POR…”, NÚM. 491, SEPTIEMBRE 2018, SECCIÓN CINEMA BIS.] Estos días en los que Dirigido por... ha reivindicado, en sus números de julio-agosto y septiembre de este año (1), a los principales cineastas del spaghetti western o eurowestern italiano, entre ellos a Sergio Sollima (1921-2015), no está de más recordar que, aparte de sus tres celebradas aportaciones a este género –El halcón y la presa (La resa dei conti, 1966), Cara a cara (Faccia a faccia, 1967), ¡Corre, Cuchillo... corre! (Corri uomo corri, 1968)–, Sollima cuenta en el haber de su no muy extensa filmografía con un par de importantes contribuciones al poliziescoCiudad violenta (Città violenta, 1970), Revolver (1973)–, además de algunos títulos, en los primeros años de su carrera, adscritos al cine de espionaje nacido a la sombra de las películas de James Bond –Agente S3S: pasaporte para el infierno (Agente 3S3: Passaporto per l’Inferno, 1965), 3S3, agente especial (Agente 3S3, massacro al sole, 1966), Consigna: Tánger 67 (Requiem per un agente segreto, 1966), los dos primeros firmados con el seudónimo Simon Sterling–, el thriller El cerebro del mal (Il diavolo nel cervello, 1972) y, en los últimos años de su carrera (período 1976-1998), abundantes trabajos para televisión. El más famoso de estos últimos fue, sin duda alguna, la miniserie de seis episodios Sandokán (Sandokan, 1976), adaptación de las aventuras del célebre personaje creado por Emilio Salgari cuyo éxito internacional alcanzó tales proporciones que dio pie, ese mismo año, a la preparación y el estreno de un largometraje para el cine elaborado a la sombra de ese triunfo. Nos referimos a El juramento del Corsario Negro (Il Corsaro Nero, 1976), en la cual repitieron Sollima como coguionista y director, el actor indio Kabir Bedi y la actriz francesa Carole Lauré en los papeles protagonistas, el también guionista Alberto Silvestri, los músicos Guido y Maurizio De Angelis, y el montador Alberto Gallitti, partiendo nuevamente de una obra de Salgari. 
           

A falta de haber visto El Corsario Negro (Il Corsaro Nero, 1971), dirigida por Lorenzo Gicca Palli bajo el seudónimo de Vincent Thomas (sic), protagonizada nada menos que por los inefables Terence Hill y Bud Spencer y que, por lo visto, no tiene absolutamente nada que ver con la creación de Salgari, la trama de El juramento del Corsario Negro de Sollima está basada en dos de las tres novelas que Salgari escribió sobre este personaje, El Corsario Negro (1898) y La reina de los caribes (1901); la tercera, Yolanda, la hija del Corsario Negro (1905), daría pie a la película homónima de Mario Soldati de 1953. Sollima funde hábilmente los dos primeros libros de Salgari. Del primero toma la idea de que Emilio di Roccabruna, conde de Ventimiglia y Valpenta, apodado el Corsario Negro (Bedi), se enamore accidentalmente de Honorata de Van Guld (Lauré), la cual resulta ser nada menos que la hija de su mortal enemigo el duque de Van Guld (Mel Ferrer), de quien ha jurado vengarse no solo porque asesinó a sus padres, sino porque acaba de hacer lo mismo con sus dos hermanos menores, el Corsario Rojo (Jackie Basehart) y el Corsario Verde (Nicolò Piccolomini). Del segundo libro recupera al personaje de Yara (Sonja Jeannine), la joven india caribeña que, en la novela, es una princesa que se enamora del Corsario Negro (ella es la “reina de los caribes” a los que se refiere el título), y en el film, se une a su venganza contra Van Guld por la masacre de su pueblo. La lectura de Salgari efectuada por Sollima incluye detalles tan fieles a los originales literarios como que el Corsario Negro, roto de dolor, se vea obligado a cumplir su juramento de venganza contra Van Guld abandonando a Honorata en alta mar a bordo de un bote, lo cual va acompañado del comentario en voz alta de otros dos personajes asimismo presentes en las novelas, los subalternos del Corsario Negro Carnaux (Sal Borgese) y Van Stiller (Franco Fantasia), quienes exclaman: “¡Mira! ¡El Corsario Negro llora!”, que es justo la frase final de El Corsario Negro de Salgari (lástima que la escasa potencia interpretativa de Kadir Bedi juegue en contra de la teórica intensidad de la escena). Asimismo, Sollima incluye en la trama –como también le gustaba al propio Salgari– a personajes históricos y acontecimientos reales, tal es el caso de la presencia del famoso pirata Henry Morgan (1635-1688) –encarnado en la película por Angelo Infanti– y el saqueo filibustero a Maracaibo (1669).


Pese a manejar convenciones, El juramento del Corsario Negro sorprende, agradablemente, por la sencillez y cariño con que están dibujados los personajes secundarios: la pícara amistad-rivalidad de Carnaux y Van Stiller; la historia de amor no consumada entre Yara y José (Tony Renis), el marinero español que está enamorado de la muchacha india; la nobleza del conde de Lerma (Mariano Rigillo), un aristócrata español hemofílico que ayuda a escapar al Corsario Negro... a cambio de que este le proporcione en combate una muerte rápida y digna de un caballero; el tono burlesco-vodevilesco del episodio protagonizado por el Corsario Negro y la marquesa de Bermejo (Dagmar Lassander); o la caracterización de los piratas de la isla de Tortuga: la ironía en torno a Morgan (cuyo apellido, lejos todavía de su posterior fama, ningún pirata consigue recordar), el pintoresco filibustero que abandonó los hábitos para ejercer la piratería (sic), o la violencia que caracteriza al Olonés (Edoardo Faieta, acreditado como Eddy Fay), rebautizado como El Polaco (?) en la versión doblada al castellano: resulta inolvidable ese sarcástico momento en que, para convencer a un grupo de dominicos de que acerquen las escaleras que los piratas utilizarán para escalar los muros de Maracaibo, el Olonés mata sin contemplaciones, detrás de un árbol, al prior de los monjes...  


A pesar de la sobreabundancia de zooms y reencuadres con teleobjetivo que sazonan la mayor parte del metraje, tics del cine de la época que marcan a fuego el momento de su realización, puede verse y entenderse El juramento del Corsario Negro como una especie de despedida y cierre de una importante etapa del cine de género italiano dedicada específicamente al así llamado cine de piratas. Llama la atención el hecho de que, a pesar de mantenerse fiel a la mayoría de convenciones de este género o subgénero, la puesta en escena de Sollima no olvida el tono abrupto y determinadas soluciones estéticas características del spaguetti y el poliziesco: pienso, por ejemplo, en los grandes primeros planos de los ojos de los personajes lanzándose miradas de odio, a lo Leone; o ese momento en el que, por una vez, el teleobjetivo tiene una eficaz cualidad expresiva: el plano en el que una puerta de acceso a la fortaleza de Maracaibo es destruida de un cañonazo, y en medio del polvo blanco levantado por la detonación vemos aparecer al Corsario Negro florete en mano, como si fuera un ser mitológico.


Al vigor de las escenas de acción, con momentos tan notables como los duelos a espada, los abordajes, el ataque a Maracaibo o la ingeniosa estratagema que emplea Morgan para abordar el barco de Van Guld (el actor y antiguo especialista Franco Fantasia, ya mencionado, supervisó las escenas de esgrima), hay que añadir la subrepticia atmósfera fantástica que salpica el relato, patente en momentos como ese en el que el Corsario Negro ve o creer ver los cadáveres de sus hermanos corsarios en vez de los de dos indios asesinados por los españoles, las apariciones fantasmales de los hermanos del Corsario Negro, o en particular la secuencia nocturna en la que el protagonista hace un pacto satánico favorable a su venganza antes de arrojar los cuerpos de sus hermanos al mar. Sollima crea una hermosa relación visual entre el plano en el que, a la izquierda del encuadre, Van Guld escucha en primer término la entrada de los corsarios Rojo y Verde en la fiesta, ambos en plano general y a la derecha del mismo encuadre, y un plano posterior e inversamente proporcional, en el cual es el primer plano del rostro del Corsario Negro el que ocupa el margen derecho del encuadre, mientras que a la izquierda vemos a Honorata, en plano medio, tras haberse descubierto que es la hija de Van Guld. Señalemos, asimismo, el sombrío movimiento panorámico de la cámara, de casi 360º, que muestra la desolación del poblado de Yara tras el ataque de los españoles; los solemnes travellings que acompañan a Honorata, de pie en el bote, en el momento en que es abandonada a su suerte en el océano; o la abrupta elipsis con la que se resuelve el asesinato, a manos de Van Guld, del Corsario Rojo: el primer plano de Van Guld, apuntando su pistola hacia la cámara, se corta bruscamente, sin que tan siquiera lleguemos a oír la detonación del arma que siega, con la misma brusquedad, la vida del hermano mediano del Corsario Negro. Anotar, finalmente, que la secuencia de la fuga submarina del Corsario Negro –escondido dentro de un barril que luego es arrojado al mar– parece un guiño a una secuencia y situación similares que se producían en un episodio de Sandokán.


(1) “Dossier” Spaghetti Western en Dirigido por…, números 490: http://elcineseguntfv.blogspot.com/2018/07/dirigido-por-de-julio-agosto-2018-la.html, y 491: http://elcineseguntfv.blogspot.com/2018/09/dirigido-por-de-septiembre-2018-la-venta.html

sábado, 6 de octubre de 2018

“DIRIGIDO POR…” de OCTUBRE 2018, a la venta




El núm. 492 de Dirigido por... dedica su portada a First Man (El primer hombre) (First Man, 2018), cuya reseña, escrita por Israel Paredes Badía, se complementa con una entrevista con el realizador Damien Chazelle.


También se destaca en portada la segunda y última parte del estudio dedicado al malogrado Milos Forman que firma quien esto suscribe.


Asimismo, la portada destaca las reseñas dedicadas a El reverendo (First Reformed, 2017, Paul Schrader), asimismo escrita por mí; Clímax (Climax, 2018, Gaspar Noé), que firman Elisa McCausland y Diego Salgado; Petra (Jaime Rosales, 2018), escrita por Quim Casas; Cold War (Zimma wojna, 2018, Pawel Pawlikowski), también reseñada por Quim Casas; Quién te cantará (Carlos Vermut, 2018), firmada por Diego Salgado; Oreina (Ciervo) (Oreina, 2018, Koldo Almandoz), escrita por Quim Casas; y Gauguin: Viaje a Tahití (Gauguin - Voyage de Tahiti, 2017, Edouard Deluc), que también firmo yo. En este mismo cupo de reseñas destacadas se encuentra la de El Reino (Rodrigo Sorogoyen, 2018), firmada por Diego Salgado, Madame Hyde (ídem, 2017, Serge Bozon), comentada por Quim Casas, La casa del reloj en la pared (The House With a Clock in its Walls, 2018, Eli Roth), que reseña Israel Paredes Badía, y las de Predator (The Predator, 2018, Shane Black) y El capitán (Der Hauptmann, 2017, Robert Schwentke), que asimismo reseño yo.


Otros contenidos son el estudio dedicado a Peter Berg. Supervivencia(s) en Hollywood, escrito por Israel Paredes Badía con motivo del reciente estreno de Milla 22; las crónicas de los festivales de Venecia [Víctor Esquirol Molina], San Sebastián [Elisa McCausland y Diego Salgado] y Toronto [Marc Servitje]; el artículo que ha escrito Ricardo Aldarondo sobre la realizadora objeto de una retrospectiva este año en Donostia, Muriel Box. Mirada social femenina; el artículo especial de Manuel Vidaz Estévez Mayo del 68. Bajo los adoquines, el cine; la sección Televisión, con comentarios de la primera temporada de Comisario Maigret (2016) [Joaquín Torán] y la primera de Killing Eve (ídem, 2016) [Nicolás Ruiz]; la sección Home Cinema, con comentarios de Emilio M. Luna, Joaquín Torán y Ramón Alfonso; la sección Libros, con comentarios de Quim Casas, Israel Paredes Badía y Óscar Brox; la sección Banda Sonora, de Joan Padrol; y, para la sección En busca del cine perdido, un comentario de Juan Carlos Vizcaíno Martínez sobre el film de Albert Finney Charlie Bubbles (ídem, 1968).


Ya he avanzado que, aparte de la segunda entrega del estudio dedicado a Milos Forman, mi contribución a este número de Dirigido por... consiste, en primer lugar, en la crítica de la magnífica nueva película de Paul Schrader, El reverendo.


También firmo las críticas de Predator, El capitán y Gauguin: Viaje a Tahití.


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sábado, 29 de septiembre de 2018

“IMÁGENES DE ACTUALIDAD” de OCTUBRE 2018, a la venta




La noche de Halloween (Halloween, 2018, David Gordon Green), secuela directa del clásico homónimo de John Carpenter, es la película de portada del núm. 394 de Imágenes de Actualidad, cuyo reportaje se complementa con un retrato de su protagonista, Jamie Lee Curtis, y con el artículo Los hermanos bastardos de Michael.


Otros importantes contenidos destacados en portada son el Primeras Fotos de Capitana Marvel (Captain Marvel, 2019, Anna Bowden y Ryan Fleck). Los estrenos de First Man (El primer hombre) (First Man, 2018, Damien Chazelle), que se complementa con una entrevista con sus protagonistas, Ryan Gosling y Claire Foy; Ha nacido una estrella (A Star is Born, 2018), de y con Bradley Cooper, que se complementa con una entrevista con su protagonista femenina, Lady Gaga; La casa del reloj en la pared (The House with a Clock in Its Walls, 2018, Eli Roth); y Venom (ídem, 2018, Ruben Fleischer), que se complementa con el artículo Venom hay más de uno. Y la sección Series TV, que incluye reportajes de la primera temporada de The Purge (ídem, 2018), la miniserie La maldición de Hill House (The Haunting of Hill House, 2018, Mike Flanagan) y la primera temporada de Gigantes (Enrique Urbizu, 2018).


A todo ello hay que añadir los reportajes dedicados a Un pequeño favor (A Simple Favor, 2018, Paul Feig), Searching (ídem, 2018, Aneesh Chaganty), Desenterrando Sad Hill (Guillermo de Oliveira, 2018), Quién te cantará (Carlos Vermut, 2018), Slender Man (ídem, 2018, Sylvain White) –que se complementa con el artículo Creepypastas. Miedito para millennials–, Oreina (Ciervo) (Oreina, 2018, Koldo Almandoz), Clímax (Climax, 2018, Gaspar Noé), Matar o morir (Peppermint) (Peppermint, 2018, Pierre Morel), Gauguin: Viaje a Tahití (Gauguin – Voyage de Tahiti, 2017, Édouard Deluc), El reverendo (First Reformed, 2017, Paul Schrader), y La sombra de la ley (2018), que se complementa con una entrevista con su director, Dani de la Torre. A todo ello hay que sumar las secciones Hollywood Boulevard, de Josep Parera, y Hollywood Babilonia, de Álex Faúndez; News; Stars; ¿Sabías que…?, del profesor Moriarty; Se rueda, de Boquerini; Zona sin Límites, de Ángel Sala; Diccionario Fantástico, del Dr. Cyclops; Críticas; Libros, de Óscar Brox; y BSO y DVD & Blu-ray, de Miguel Fernando Ruiz de Villalobos.


Grease (ídem, 1978, Randal Kleiser), que este año conmemora el 40 aniversario de su estreno, es la película que ocupa la sección Cult Movie: “un pariente cercano de otras comedias adolescentes de la época como “Desmadre a la americana” (John Landis, 1978), estrenada en los EE.UU. tan solo un mes después de “Grease” (¡a España no llegó hasta el 6 de agosto del año siguiente!: eran otros tiempos), “Los incorregibles albóndigas” (Ivan Reitman, 1979) o la primera entrega de “Porky’s” (Bob Clark, 1981), que de lo que podríamos llamar el canon musical del Hollywood clásico, es decir, los clásicos de Vincente Minnelli o del dúo Stanley Donen & Gene Kelly”.


También firmo un par de críticas: las dedicadas a Yucatán (Daniel Monzón, 2018) y Alpha (ídem, 2018, Albert Hughes).


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sábado, 22 de septiembre de 2018

La abadía del Mal: “LA MONJA”, de CORIN HARDY



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Es una pena que en La monja (The Nun, 2018) haya tantas concesiones de cara a la galería, porque lo que plantea, cómo lo hace y cómo lo resuelve no carece de interés, o al menos, de posibilidades. Acaso es verdad que tampoco podía esperarse mucho de una película que no deja de ser un spin-off de un éxito precedente: recordemos que el satánico personaje del demonio Valak, la monja para los amigos (Bonnie Aarons), hizo su primera aparición estelar en la primera secuela de la franquicia de los Warren creada por James Wan para Warner Bros., Expediente Warren: El caso Enfield (The Conjuring 2, 2016) (1), y una segunda aparición, como “estrella invitada”, en otra secuela basada, a su vez, en ¡otro! spin-off de la franquicia Warren, Annabelle: Creation (ídem, 2017, David F. Sandberg). Pero, teniendo en cuenta que esta última era muy superior a la primera entrega, la mediocre y aburrida Annabelle (ídem, 2014, John R. Leonetti), siempre cabía la posibilidad de que La monja estuviese bien. Y lo cierto es que, a pesar de los pesares, en sus líneas generales lo está, aunque sus resultados queden por debajo de las dos películas de Wan sobre los Warren o del film de Sandberg.


Como digo, el principal problema de La monja, y que perjudica mucho el resultado, reside en sus continuas concesiones a la comercialidad. En cierto sentido, y salvo honrosas excepciones, el cine fantástico actual, variante cine de terror o de horror (no son lo mismo), vuelve a estar afectado de un molestísimo tic que sobrecargó al género a principios de los años ochenta, esto es, el exceso de “sustos”, o como los llama el amigo Tonio L. Alarcón, “sustos de gato”. En el caso concreto de La monja, hay momentos en que la saturación de dichos “sustos” no solo llega a hacerse cargante, por repetitivos, sino también porque hay momentos en los que, efectivamente, el “susto de gato” estropea más de una buena escena. Es el caso, por ejemplo, de ese momento en el que la joven novicia Irene (Taissa Farmiga) descubre a la monja/ Valak a sus espaldas en la capilla reflejándose en un espejo; una imagen bellamente inquietante, o inquietantemente bella, que el realizador contratado al efecto, Corin Hardy, no quiere (o no puede) que disfrutemos, destrozándola con el consabido “susto”: la monja suelta el alarido, “inevitable” en este tipo de escenas, rompiendo el atmosférico efecto gótico de la escena.


Insisto en lo de que es una pena porque, como digo, lo que por otro lado ofrece La monja tampoco es tan desdeñable. He mencionado lo gótico. Desde este punto de vista, la película de Corin Hardy hace gala de un más que notable esfuerzo en materia de construcción de una atmósfera gótica: con el inestimable apoyo de un excelente diseño de producción, el film lanza una generosa oferta de imaginería gótica, que incluye una abadía oscura y tenebrosa cuyos muros repletos de crucifijos la erigen en un inesperado templo del Mal, un cementerio desvencijado y repleto de cruces y lápidas caóticamente plantadas, y en particular, un respeto casi fervoroso a la regla básica del género gótico, tanto el literario como el cinematográfico: la existencia en la abadía de una estancia donde está absolutamente prohibido entrar, so pena de perder la vida en ello, tal y como ilustra, sin ir más lejos, la primera secuencia: ese lugar que se franquea tras una pesada puerta de madera cerrada siempre con llave, en la cual puede leerse, grabada, la expresión latina “Finit hic Deo” (“Aquí termina Dios”). Ese respeto, casi cariñoso, por lo gótico resulta de agradecer.


No resulta de extrañar, en este sentido, que los mejores momentos de la película sean, precisamente, los más góticos, o al menos los más cercanos a la imaginería gótica. Señalo al respecto las escenas de las inquietantes conversaciones del padre Burke (Demián Bichir) y la hermana Irene con la madre superiora (Lynnette Gaza), una figura vestida de negro de los pies a la cabeza y de la que nunca veremos su rostro, cubierto por un velo asimismo oscuro; los amenazadores paseos de los protagonistas por el interior de la abadía de noche, a la luz de una linterna o de una vela, con la presencia subrepticia de tenebrosas figuras en el fondo de los encuadres que el realizador sabe mostrar, aquí, sin el “susto” de marras; la lograda secuencia en la que la hermana Irene y el resto de monjas de la abadía se reúnen para rezar desesperadamente en la capilla, a modo de protección contra las fuerzas sobrenaturales desatadas por la monja; la aparición de las espectrales monjas sin rostro que atacan al padre Burke en el corredor…


Otro aspecto positivo del film es que la presencia del Mal es aquí muy física, tangible, palpable, como lo es también, por otro lado, la presencia de Bien. En este sentido –y como apunta de nuevo Alarcón en su crítica para Imágenes de Actualidad–, y salvando todas las distancias del mundo, hay en La monja algo del viejo cine de terror de Hammer Films, en lo que se refiere a la exhibición, casi fetichista, de la imaginería religiosa. A la profusa y ya mencionada exhibición de cruces y crucifijos, muchos de los cuales con tendencia a girarse y ponerse cabeza abajo para anunciar la cercana presencia del Diablo –como ya ocurría, sin ir más lejos, en El caso Enfield–, hay que añadir el peso que tienen ese crucifijo del padre Burke que se calienta, poniéndose al rojo vivo, cuando incinera a una monja poseída; la decisión de la novicia Irene de tomar los votos para, de este modo, poder enfrentarse, como “esposa de Dios”, al Mal en estado puro representado por la monja; el frasco que contiene el arma definitiva para destruir a Valak: una esfera de cristal que contiene la sangre de Cristo; el clímax final en los sótanos inundados de la abadía, en el cual el ahogamiento de la hermana Irene a manos de la monja viene a erigirse en una versión blasfema del bautismo por inmersión… Vuelvo a insistir en que es una pena que estos y otros apuntes de interés se vean a cambio descompensados por los aborrecibles “sustos” que, en vez de sumergir al espectador en la acción, lo que en realidad hacen es arrancarle de la misma (y devolverle a la seguridad cotidiana de su butaca); o por los no menos inevitables, pero por suerte no muy cargantes, guiños a otras producciones terroríficas: la escena en la que, intentando desenterrar al padre Burke, enterrado vivo en un ataúd, la pala que emplea la hermana Irene atraviesa la madera de la caja y se detiene muy cerca del rostro del sacerdote…, como en un célebre momento del film de Lucio Fulci Miedo en la ciudad de los muertos vivientes (La paura/ Paura nella città dei morti viventi, 1980); o la escena en la que “el franchute” (Jonas Bloquet) atraviesa una estancia llena de amenazadoras, aunque inmóviles, monjas-zombis con el rostro cubierto, que parece inspirada en Silent Hill (ídem, 2006, Christophe Gans).

(1) Expediente Warren: http://elcineseguntfv.blogspot.com/2013/07/catalogo-para-casas-encantadas.html
Expediente Warren: El caso Enfield: http://elcineseguntfv.blogspot.com/2016/06/aqui-tambien-vive-el-horror-expediente.html