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sábado, 27 de noviembre de 2021

“DIRIGIDO POR…” DICIEMBRE 2021, ya a la venta

 


El n.º 523 de DIRIGIDO POR… ofrece este mes un espectacular dosier dedicado a El musical, con motivo del estreno, este diciembre, de la nueva versión de West Side Story que ha realizado Steven Spielberg. Un artículo introductorio, una selección de 42 antologías y una votación de los mejores films del género según nuestros colaboradores y otros amigos de la revista componen este completo dosier. A título orientativo, señalo que la distribución nacional de la revista está prevista a partir del lunes 29 de noviembre en Madrid y del martes 30 en Barcelona.



Contribuyo a este dosier con el comentario de seis películas: Las zapatillas rojas (The Red Shoes, 1948, Michael Powell y Emeric Pressburger), Un americano en París (An American in Paris, 1951, Vincente Minnelli), La primera sirena (Million Dollar Mermaid, 1952, Mervin LeRoy), Carmen Jones (ídem, 1954, Otto Preminger), Sonrisas y lágrimas (The Sound of Music, 1965, Robert Wise) y Sweeney Todd: El barbero diabólico de la calle Fleet (Sweeney Todd: The Demon Barber of Fleet Street, 2007, Tim Burton [con lo cual, de paso, rindo un no preparado homenaje póstumo al recientemente fallecido compositor Stephen Sondheim]).



También contribuyo a este número con la crítica de la nueva y magnífica película de Paul Schrader: El contador de cartas (The Card Counter, 2021).



Y, para la sección Streaming/TV, los comentarios de la nueva versión de Historias para no dormir (2021) y de Alerta roja (Red Notice, 2021, Rawson Marshall Thurber).


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jueves, 28 de octubre de 2021

Tenemos todo el tiempo del mundo: “SIN TIEMPO PARA MORIR”, de CARY JOJI FUKUNAGA



[ADVERTENCIA: EN LAS SIGUIENTES LÍNEAS SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTA PELÍCULA.] Básicamente, Sin tiempo para morir (No Time to Die, 2021) se reduce al enfrentamiento entre dos hombres antagónicos, pero, a la vez, complementarios entre sí. Por una parte, el agente del servicio secreto inglés James Bond (Daniel Craig), antiguo funcionario de la Corona y exmilitar con el grado de comandante que, al principio del relato, disfruta de un merecido descanso en la localidad italiana de Matera junto a su amante, Madeleine Swann (Léa Seydoux), a la que conoció en el curso de una peligrosa misión contra la criminal organización internacional SPECTRA, como recordarán quienes han visto la película dirigida por Sam Mendes en 2015 (1). Por otro lado, tenemos a Lyutsifer Safin (Rami Malek), personaje estrechamente relacionado con el pasado de Madeleine: no solo por ser el misterioso enmascarado que asesinó a la madre de la muchacha (Mathilde Bourbain) siendo ella una niña (espléndida la pequeña Coline Defaud, toda una revelación), sino porque, al igual que ella, también vio morir asesinados a sus seres queridos, en su caso a manos de SPECTRA, hasta el punto de haber creado, para consumar su venganza, una organización secreta tanto o más poderosa que tiene entre sus primeros objetivos la destrucción de SPECTRA.



Allá por donde Bond y Safin pasan, dejan tras de sí desolación y muerte, pese a encontrarse enfrentados, teóricamente, desde los bandos maniqueos del Bien y del Mal: el nombre de pila de Safin, Lyutsifer, suena como Lucifer, mientras que el antiguo cabecilla de SPECTRA, Ernst Stavro Blofeld (Christoph Waltz), califica a Bond de “ángel vengador”. Bond y Safin no pueden ser, a simple vista, más opuestos: el primero es una máquina humana de matar, fornido y siempre preparado para la violencia, mientras que el segundo –retomando cierta tradición dentro de la serie 007 que se remonta a las novelas de Ian Fleming en las que se inspira– es un ser extraño, casi deforme, de rostro parcialmente desfigurado cuya apariencia denota cierta fragilidad física. Sin embargo, Sin tiempo para morir dedica parte de su extenso metraje (163 minutos muy llevaderos) a recalcar no solo sus diferencias, sino, sobre todo, sus semejanzas. Una conversación entre ambos, en el tercio final del film, nos descubre que, en el fondo, los dos comparten muchas cosas: Safin, como hemos señalado, era un niño cuando presenció, impotente, el asesinato de toda su familia, de la misma manera que Bond –recordemos Skyfall (ídem, 2012, Sam Mendes) (2)– también era un infante el día que mataron a sus padres delante suyo en la mansión familiar; a mayor ahondamiento, los dos están enamorados, cada uno a su manera, de Madeleine: ya conocíamos el romance de Bond con ella desde SPECTRE: la película, pero Sin tiempo para morir nos descubre –en una primera y magnífica secuencia cercana, casi, al cine de terror– que, siendo niña, Madeleine  fue testigo del asesinato de su madre a manos de Safin, que tuvo lugar cuando el criminal irrumpió en la vivienda familiar en Noruega, y ella misma estuvo a punto de perecer a manos de Safin, quien en el último momento decidió salvarla de morir ahogada bajo la capa helada del lago donde se había hundido.



Si no fuera porque sabemos que estamos viendo una película de la serie Bond, y que, como tal, responde a unas determinadas convenciones (sea dicho sin intención peyorativa), desde la larga secuencia-prólogo que precede a los títulos de crédito, compuesta por la suma de la mencionada secuencia del flashback de la traumática infancia de Madeleine y la espectacularísima primera gran secuencia de acción en las calles de Matera, o, para no alargarnos, el habitual viaje alrededor del mundo de la trama –Noruega, Italia, Londres, Cuba, el Pacífico–, parecería, casi, que estamos viendo un film de Fritz Lang, con Safin convertido en un moderno Dr. Mabuse y con un Bond que es, aquí, un héroe trágico al cual la muerte anda pisándole los talones más que nunca. Si Alfred Hitchcock fue el modelo a seguir, sobre todo, en los primeros años de la franquicia –la que va de Agente 007 contra Dr. No (Dr. No, 1962, Terence Young) a Operación Trueno (Thunderball, 1965, Young)–, Sin tiempo para morir se adentra en el fatalismo y “la fuerza del sino” característicos del trasfondo del cine de Lang.



El pasado tiene, asimismo, un enorme peso específico. La secuencia del prólogo centrada en la infancia de Madeleine se cierra con un plano desde la perspectiva subjetiva de la pequeña bajo el agua, justo en el momento en que Safin acaba de romper el hielo y extiende un brazo para salvarla, y, a continuación, la siguiente secuencia –mediante un corte de montaje muy característico del cine en lengua inglesa– se abre con un plano de la ya adulta Madeleine, emergiendo en la superficie del mar en la playa de Matera, con expresión angustiada, estableciendo una relación entre pasado y presente y sugiriendo, además, que la pequeña del ayer y la mujer adulta del hoy son la misma persona. Poco después, Bond y Madeleine pasean por las calles de Matera, y el protagonista, bajo la influencia de una vida repleta de peligros, no puede reprimir el instinto de echar miradas a su espalda. Bond y Madeleine se juran que se dirán la verdad sobre sus respectivos pasados el uno al otro: Bond visitará el sepulcro de la Vesper Lynd/ Eva Green de 007: Casino Royale (Casino Royale, 2006, Martin Campbell) en el cementerio de Matera, para que –como dice Madeleine– Bond la perdone por haberle traicionado (por más que, a la hora de la verdad, será él quien, ante su tumba, le pedirá perdón por haber desconfiado de ella); y, a cambio, Madeleine luego le relatará acontecimientos de su vida que 007 todavía desconoce. Tan pronto como los asesinos enviados por SPECTRA les ataquen, Bond creerá que Madeleine también es una traidora, y la dejará dentro de un tren, prometiéndole que nunca conocerá su paradero y que jamás volverán a verse… Un pasado que, una y otra vez, persigue a Bond y Madeleine sin dejarles en paz: cinco años después del violento episodio en Matera y de su separación de Madeleine, Bond vive su retiro en Jamaica (por más que sin bajar la guardia: siempre tiene una pistola a mano), donde le localiza su viejo amigo de la CIA Felix Leiter (Jeffrey Wright), quien le pide que le ayude en una última misión secreta; por su parte, Madeleine recibe, en su consulta psiquiátrica en Londres, la visita de un misterioso paciente que no es sino el hombre que asesinó a su madre y la salvó a ella de morir bajo el hielo: Safin, cuya carta de presentación es la máscara de porcelana, rota, con la que cubría su rostro el día del crimen metida en una caja. Lo dicho: si no fuera porque sabemos que estamos viendo una película “de” James Bond, podríamos afirmar que, en estos instantes, el film se aproxima generosamente al cine de Fritz Lang.



Puede verse Sin tiempo para morir, naturalmente, desde el exclusivo punto de vista de su pertenencia a la serie Bond, revelándose, en este sentido, como una de las mejores películas de la franquicia, a la altura de los tres grandes títulos protagonizados por el excelente Daniel Craig, 007: Casino Royale, Skyfall y SPECTRE (3). Reformula muchas y variadas convenciones de la franquicia del agente 007, haciéndolo además con soltura y pericia, y al mismo tiempo respetando lo que comúnmente se conoce como la esencia del personaje. Teniendo en cuenta que las cinco películas de lo que ya podemos denominar “etapa Craig” conforman, como ya expliqué en otra ocasión, una única “súper película” (véase de nuevo nota 1), Sin tiempo para morir subvierte diversas convenciones de la saga, entre ellas el papel activo de las “chicas Bond”, aquí menos mujer-objeto que nunca: dejando aparte a Madeleine, que, como luego veremos, es especial, la agente Nomi (Lashana Lynch), ¡a la que, en ausencia de Bond, el MI5 le ha reasignado el número 007!, y la agente del MI5 en Cuba, Paloma (Ana de Armas), son compañeras del protagonista en el sentido estricto de la expresión, luchando a su lado codo con codo y sin pasar por el peaje de su lecho (a pesar de que se haga alguna que otra broma en torno al sex appeal de Bond, como ese momento en que, viendo cómo le mira Madeleine, Nomi no puede menos que exclamar: “¿Siempre produce ese efecto en todas las mujeres?”).



Pero –y en esto comparto la opinión del colega Israel Paredes Badía, vertida en su crítica publicada en Dirigido por… (4)–, el gran hallazgo del film, tanto en relación a su pertenencia a la serie Bond como en sí mismo considerado, reside en la potenciación del personaje de Madeleine, más desarrollado aquí de lo que lo estaba en SPECTRE, y que se convierte en el principal eje dramático del relato, siendo más importante aún que el enfrentamiento de 007 contra Safin. No es casual, en este sentido, que la película empiece mostrándonos no la primera acción heroica de Bond, sino, como ya he mencionado, el terrible recuerdo de infancia de Madeleine. También es significativo que la violencia, literalmente, estalle a partir del momento en que Bond visita la tumba del otro gran amor de su vida, Vesper; o que, en uno de los instantes álgidos de dicha primera violencia, Bond esté a punto de tirar la toalla y dejarse matar junto con Madeleine dentro del coche blindado que está siendo acribillado de forma impenitente por los sicarios de SPECTRA, dolido y desengañado tras descubrir que la muchacha le ha mentido ocultándole sus secretos, y que tan solo reaccione en el último segundo, activando las muy “bondianas” ametralladoras automáticas ocultas en dicho vehículo. Recordemos que la imagen de Bond visitando la tumba de su amada no es nueva: el protagonista se casaba y enviudaba en una de las películas más revalorizadas de la saga, 007 al servicio secreto de Su Majestad (On Her Majesty’s Secret Service, 1969, Peter Hunt), y, como digo, Bond/ Roger Moore visitaba la tumba de su esposa asesinada por SPECTRA/ Blofeld en la secuencia-prólogo de Solo para sus ojos (For Your Eyes Only, 1981, John Glen).



No por casualidad, la famosa canción We Have All the Time in the World de 007 al servicio secreto de Su Majestad suena, una vez de manera instrumental, y luego otra de forma completa, interpretada por Louis Armstrong, en los títulos de crédito finales de Sin tiempo para morir, y ese título, esa frase, forma parte fundamental de los diálogos: Bond la pronuncia, enamorado de Madeleine, en el prólogo en Matera, y vuelve a hacerlo momentos antes de morir… Porque, sí, en este film –es inútil seguir callándolo a estas alturas– JAMES BOND 007 MUERE. De hecho, la película entera es una especie de preludio que anticipa, premonitoriamente, el final del personaje: la visita al cementerio, con el estallido de la bomba en la tumba de Vesper que casi acaba con su vida; ese momento, en Cuba, en el cual Bond tendría, teóricamente, que morir bajo los efectos del arma bacteriológica creada por SPECTRA para matarle; la muerte de Felix, a bordo de un pesquero que se hunde en el mar por culpa del sabotaje del traidor Logan Ash (Billy Magnussen), naufragio en el que el protagonista casi pierde la vida; ese irónico momento en que el vigilante de seguridad situado en el control de acceso del cuartel general del MI5 le pregunta a Bond cuál es su nombre de pila (en esta ocasión, el mítico “Bond… James Bond” no significa absolutamente nada para alguien perteneciente a una nueva generación que nada sabe de las viejas hazañas del agente 007). En este sentido, determinadas ironías de este estilo tienen mucho de despedida, tanto del personaje como del actor que lo interpreta por quinta y última vez: la agente Paloma le desabrocha la camisa a Bond…, pero con la única intención de que se ponga un esmoquin que le tiene preparado para asistir a una fiesta de gala; en plena pelea contra los sicarios de SPECTRA, Bond y Paloma aprovechan una pausa para tomarse un trago rápido de whisky; la agente Nomi se burla de Bond porque los empleados en las oficinas del MI5 se dirigen a ella llamándola “007” (“Escuece, ¿eh?”); posteriormente, y en un gesto de reconocimiento y respeto hacia el protagonista, Nomi solicita a M (Ralph Fiennes) que el número 007 le sea oficialmente restituido a Bond.



Sin dejar de lado las set pieces de acción que uno espera ver en toda película Bond que se precie de serlo, y que probablemente le deben mucho al experimentado director de segunda unidad Alexander Witt –además del prólogo, el asalto de los hombres de SPECTRA a un laboratorio del MI5, todo el episodio cubano, el dramático naufragio del pesquero, la pelea de Bond contra los sicarios de Safin en el bosque, y el largo clímax en la isla del villano ubicada entre Rusia y Japón, todas excelentes–, hay que reconocer que el realizador y coguionista Cary Joji Fukunaga –de quien solo he visto su versión de Jane Eyre (ídem, 2011) (5) y la miniserie de televisión Maniac (ídem, 2018) (6), ambas interesantes–, resuelve con tacto y sensibilidad todo lo relativo a la evolución del protagonista y que erige, contra todo pronóstico, a Sin tiempo para morir en una historia de amor, dicho sea sin intención peyorativa. Excelente director de actores, imprime fuerza e intensidad dramática a todas las escenas centradas en Bond y Madeleine: el final de la secuencia de Matera en la estación de tren, un momento estereotipado, cierto, pero que se redime con ese bello detalle, asimismo premonitorio, cuando vemos a Madeleine llevándose la mano a su vientre; su reencuentro cinco años después, primero en las dependencias de la prisión de máxima seguridad donde Blofeld cumple condena, y, más adelante, cuando 007 localiza a la joven en la misma vivienda familiar de su infancia y, de paso, descubre ¡que es el padre de una niña, Mathilde (Lisa-Dorah Sonnet)! Un giro de guion que, en combinación con todo lo que hemos apuntado anteriormente, allana adecuadamente el camino al espectador hacia la conclusión más valiente y menos convencional que uno pueda imaginarse en una superproducción de este tipo (dejando aparte que ya se la haya “pisado” la Internet).



La puesta en imágenes de Sin tiempo para morir es más seca y directa, menos “preciosista”, que la del esteta Sam Mendes de Skyfall y SPECTRE, tampoco dicho peyorativamente, y más cercana, por tanto, a la contundencia de Martin Campbell en 007: Casino Royale, sin que eso signifique que Sin tiempo para morir no sea un film visualmente atractivo. No me cansaré de insistir en la brillantez de las dos secuencias que componen el prólogo pre-créditos iniciales, de lo mejor de toda la serie. La siniestra belleza de la pelea en un bosque cubierto de bruma, donde Bond lucha contra los sicarios de Safin para proteger a Madeleine y Mathilde. El espléndido plano largo en cámara móvil que sigue los pasos de Bond, deshaciéndose de los hombres de Safin a medida que sube unas escaleras. El dramático clímax, en el cual Bond desaparece de este mundo bajo una lluvia de fuego. La melancolía de la escena final, con Madeleine al volante de su coche, empezando a explicarle a su pequeña hija la historia del padre al que hasta ahora no había conocido: la historia de “un hombre llamado Bond, James Bond…”. No me parecen de recibo las objeciones que acusan al film de haber traicionado a Ian Fleming y a su personaje –cierto escritor, de cuyo nombre no quiero acordarme, le ha tildado de “sarasa” (sic)– por el mero hecho de plantear la posibilidad de que Bond también es un ser humano, además de una fría máquina de matar: lo uno no es incompatible con lo otro. Sin tiempo para morir no es solo el cierre de la “etapa Craig”: es el anuncio de un replanteamiento de la serie cinematográfica en torno al personaje creado por Fleming.



(1) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2015/12/007-serial-spectre-de-sam-mendes.html

(2) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2012/11/el-primer-bond-posmoderno-skyfall-de.html

(3) Excluyo la fallida 007: Quantum of Solace (Quantum of Solace, 2008), de un despistado Marc Forster, que, a mi entender, no sabía o no quería saber de qué iba la cosa: http://elcineseguntfv.blogspot.com/2015/07/la-despersonalizacion-de-james-bond-007.html

(4) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2021/10/dirigido-por-octubre-2021.html

(5) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2011/12/dirigido-por-diciembre-2011-ya-la-venta.html

(6) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2018/11/dirigido-por-de-noviembre-2018-la-venta.html