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martes, 9 de enero de 2018

Presentación de “HARRY EL SUCIO” en la librería ALIBRI de Barcelona



El próximo jueves, 11 de enero, a las 19 h., presentaré mi libro sobre el clásico de Don Siegel Harry el sucio, publicado por Nau Llibres (colección Guías para Ver y Analizar), en la librería Alibri de Barcelona, situada en la calle Balmes, 26. Me acompañará en esta presentación un buen amigo, el historiador cinematográfico Llorenç Esteve. ¡Allí nos vemos!



jueves, 4 de enero de 2018

“DIRIGIDO POR…” de ENERO 2018, a la venta



Dirigido por… estrena el año nuevo dedicando la portada de su núm. 484 a Molly’s Game (ídem, 2017), cuya reseña firma un servidor, y que se complementa con una entrevista con su reputado guionista y realizador, Aaron Sorkin.


También se destaca en portada la segunda parte del dossier de tres entregas que la revista está dedicando a King Vidor, y que este mes incluye los siguientes artículos: Individuo, trabajo, sociedad. A propósito de “…Y el mundo marcha” y “El pan nuestro de cada día”, de Ramon Freixas y Joan Bassa; King Vidor. Algunos melodramas, de Quim Casas; King Vidor. Entre Marion Davies y un disolvente anticomunismo, de Juan Carlos Vizcaíno Martínez; y King Vidor. Dos melodramas criminales, de Israel Paredes Badía.


Otro importante contenido destacado en la tapa es el estudio dedicado al malogrado realizador Tobe Hooper, que ha escrito Diego Salgado.


También se destacan en la portada las extensas reseñas de las nuevas películas de Steven Spielberg –Los archivos del Pentágono (The Post, 2017), de Roberto Morato–, Todd Haynes –El museo de las maravillas (Wonderstruck, 2017), de Quim Casas–, Martin McDonagh –Tres anuncios en las afueras (Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, 2017), de Israel Paredes Badía–, Joe Wright –El instante más oscuro (Darkest Hour, 2017), de Israel Paredes Badía– y Robin Campillo –120 pulsaciones por minuto (120 battements par minute, 2017), de Israel Paredes Badía–; así como el comentario de Nicolás Ruiz, para la sección Televisión, de la serie Black Mirror T.4 (ídem, 2017); y la crónica del Festival Zinebi de Bilbao, escrita por Rafel Miret.


Otros contenidos de este número son las críticas destacadas de Perfectos desconocidos (2017), de Álex de la Iglesia, escrita por quien esto suscribe, Zama (2017), de Lucrecia Martel, que firma Israel Paredes Badía, Una vida a lo grande (Downzising, 2017), de Alexander Payne, escrita por Quim Casas, y Star Wars: Los últimos Jedi (Star Wars: The Last Jedi, 2017), de Rian Johnson, que también firma un servidor; y las secciones Opinión, con el artículo Ni poltronas, ni pijamas [Tonio L. Alarcón]; Televisión, donde también se comentan las series Vergüenza (2017), de Juan Cavestany y Álvaro Fernández Armero [Quim Casas] y The Sinner (ídem, 2017) [Nicolás Ruiz]; Críticas, con comentarios de otros estrenos; Home Cinema, con comentarios de novedades en formato doméstico a cargo de Quim Casas. Tonio L. Alarcón, Héctor G. Barnés, Juan Carlos Vizcaíno Martínez y Joaquín Vallet Rodrigo; Libros, con reseñas de novedades editoriales a cargo de Ramon Freixas, Quim Casas e Israel Paredes Badía; Banda Sonora, de Joan Padrol; y En busca del cine perdido, donde en colaboración con el colega Joan Padrol comento una rareza de Ignacio F. Iquino, Aquel viejo molino… (1946).


Como ya he mencionado, mi contribución a este número de Dirigido por… consiste, en primer lugar, en la extensa crítica de la interesante ópera prima como realizador de Aaron Sorkin Molly’s Game.


También he avanzado que firmo las reseñas dedicadas a la aceptable Perfectos desconocidos, de Álex de la Iglesia, y la muy estimable Star Wars: Los últimos Jedi, de Rian Johnson.


Asimismo, firmo la crítica de una película mucho mejor de lo que parece a simple vista: Wonder (ídem, 2017), de Stephen Chbosky.


Mi contribución se cierra con el texto que he escrito con Joan Padrol dedicado a Aquel viejo molino…, de Ignacio F. Iquino, para la sección En busca del cine perdido.


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domingo, 24 de diciembre de 2017

Cuento musical de Navidad: “MUCHAS GRACIAS, MR. SCROOGE”, de RONALD NEAME



Contrariamente a lo que pueda parecer a simple vista, Muchas gracias, Mr. Scrooge (Scrooge, 1970, Ronald Neame) no es una adaptación al cine de ninguna versión musical escénica previa del Cuento de Navidad (1843) de Charles Dickens, a pesar de estar escrita, producida (en calidad de productor ejecutivo) y contar con música y canciones de Leslie Bricusse, un compositor británico estrechamente vinculado a algunas producciones cinematográficas musicales de aquellos años, tales como El extravagante doctor Dolittle (Doctor Dolittle, 1967, Richard Fleischer), Adiós, Mr. Chips (Goodbye, Mr. Chips, 1969, Herbert Ross) y Un mundo de fantasía (Willy Wonka & the Chocolate Factory, 1971, Mel Stuart). Por el contrario, como digo, sería Muchas gracias, Mr. Scrooge la que daría pie, veintidós años después, a una versión para el teatro, Scrooge: The Musical (1992).


Acaso eso explique que, contrariamente a lo usual en otras películas musicales de la época basadas en éxitos del teatro musical londinense o de Broadway –cf. El violinista en el tejado (Fiddler on the Roof, 1971, Norman Jewison)–, en las cuales la acción dramática se “interrumpía” en virtud de los números musicales, a modo de paréntesis (que dichas “interrupciones” y/ o paréntesis musicales fuesen o no pertinentes, o estuviesen o no insertados y resueltos con gracia, ya es harina de otro costal), en Muchas gracias, Mr. Scrooge las canciones y los números musicales no tengan ese carácter de “interrupciones”, o que por lo menos no lo tengan de una forma tan descarada como en otros films musicales. De hecho, si algo llama la atención –positivamente– de los números musicales de esta estupenda película es que tienen un carácter eminentemente subjetivo y psicológico: brotan, o parecen brotar, de la subjetividad y la idiosincrasia de los personajes, en función de sus características, circunstancias y perfil psicológico. Es el caso, sin ir más lejos, de la canción “I Hate People”, que interpreta el avaro Ebenezer Scrooge (Albert Finney) camino de su casa, y que vendría a expresar los pensamientos del personaje, esto es, su desprecio hacia las personas y las celebraciones navideñas, su amargura y su soledad; o la canción “Christmas Children” que, inmediatamente antes que Scrooge, interpreta su humilde escribiente, Bob Cratchit (David Collings), mientras compra los ingredientes para la comida de Navidad junto con dos de sus cinco hijos.


Muchas gracias, Mr. Scrooge me parece una feliz conjunción de talentos. Por un lado, el del ya mencionado Bricusse, responsable no solo de un brillante ramillete de canciones –por más que él tan solo fuera el letrista de las mismas, dado que la partitura propiamente dicha corrió a cargo, dictada por Bricusse (que no sabía escribir música), de Ian Fraser y Herbert W. Spencer–, sino también, y como guionista, de una notable adaptación del original de Dickens, muy fiel al mismo en sus líneas generales, pero del que también en ocasiones se aparta para introducir alguna nada despreciable novedad. Es el caso de la divertida secuencia en la que, tras ser arrojado dentro de la fosa por el Fantasma de las Navidades Futuras (Paddy Stone), Scrooge va a parar a un pintoresco Infierno que parece sacado de un péplum de Mario Bava, y allí le está esperando el espectro de su antiguo socio Jacob Marley (Alec Guinness), quien le conduce a sus aposentos: una réplica de la oficina de préstamos que ambos dirigían, pero tan helada y cubierta de nieve como la casa de campo de Doctor Zhivago (ídem, 1965, David Lean) –“el único lugar frío del Infierno”, como apostilla Marley–, donde Scrooge trabajará durante toda la eternidad para Lucifer, cargando sobre sus hombros la gigantesca cadena que se forjó en vida con su ruindad hacia sus semejantes. Anotemos, a título de curiosidad, que dicha secuencia en ocasiones ha desaparecido con motivo de la emisión del film por televisión, si bien se encuentra en las actuales ediciones en formato doméstico.


A Bricusse hay que añadir, forzosamente, al genial director de fotografía Oswald Morris, quien, curiosamente, repite y perfecciona un efecto estético que había ensayado previamente el propio realizador de Muchas gracias, Mr. Scrooge, Ronald Neame, en uno de sus primeros trabajos como operador a las órdenes de David Lean, Un espíritu burlón (Blithe Spirit, 1945): el sutil empleo de un foco de luz vagamente azulado –en Un espíritu burlón, verdoso–, y proyectado sobre el actor Alec Guinness, con vistas a conferirle esa particular cualidad pálida y etérea al fantasma de Marley que interpreta. A Morris hay que sumar al diseñador de producción Terence Marsh, responsable de unos extraordinarios decorados de ambientación victoriana erigidos en los estudios de Shepperton, que brillan a gran altura tanto en lo que se refiere a las escenas ambientadas en exteriores –las que tienen lugar en las calles de Londres– como, sobre todo, en interiores; destacar, a este respecto, el decorado frío y desnudo, y a pesar de todo sombrío e inquietante, de la vivienda de Scrooge, suerte de mansión gótica donde el protagonista camina, paradójicamente, cual alma en pena todavía con vida. Es de justicia mencionar la aportación de los, para la época e incluso a ojos de hoy, notables efectos especiales creados por Wally Veevers: los vuelos de los personajes en las escenas de Scrooge y el Fantasma de las Navidades Presentes (Kenneth More) parecen un anticipo de aquellos en los que el mismo Veevers colaboraría para Superman (ídem, 1978, Richard Donner). Y, por descontado, la magnífica labor de los intérpretes, donde destacan fácilmente un histriónico pero entregado Albert Finney –encarnando al viejo Scrooge (y, en los flashbacks, al joven) con tan solo 33 años de edad–, Alec Guinness, Kenneth More y Edith Evans, esta última intérprete del Fantasma de las Navidades Pasadas.


No obstante, si todo eso funciona es gracias a la labor de coordinación de talentos del no menos interesante Ronald Neame, otro de estos tantos nombres ignorados, olvidados y/ o menospreciados de la cinematografía británica de entre los años 40 y 70 (y van…), que –al igual, poco más o menos, que J. Lee Thompson o John Guillermin–, suele ser, ejem, analizado a la luz de sus últimos y mediocres trabajos tras las cámaras rodados en los Estados Unidos –cf. Meteoro (Meteor, 1979)–, o simplemente recordado por la popularidad de, sobre todo, uno de ellos –La aventura del Poseidón (The Poseidon Adventure, 1972); dicho sea de paso, la mejor película de catástrofes de los setenta junto con El coloso en llamas (The Towering Inferno, 1974), de… Guillermin–, pasando por encima del variado interés de muchas de sus otras películas: La salamandra de oro (Golden Salamander, 1950), El millonario (The Million Pound Note, 1954), El hombre que nunca existió (The Man Who Never Was, 1956), Alarma en Extremo Oriente (Windom’s Way, 1957), Un genio anda suelto (The Horse’s Mouth, 1958), Fuga de Zahrain (Escape from Zahrain, 1962), Podría seguir cantando (I Could Go on Singing, 1963), Mujer sin pasado (The Chalk Garden, 1964), El aventurero de Kenya (Mister Moses, 1965), Espías en acción (A Man Could Get Killed, 1966), Ladrona por amor (Gambit, 1966), Los mejores años de Miss Brodie (The Prime of Miss Jean Brodie, 1969) y, en particular, su magnífica Whisky y gloria (Tunes of Glory, 1960), film que en su momento se ganó la admiración de nada menos que Alfred Hitchcock.


A pesar de la presencia, característica del cine del momento de su realización, de determinados “borrones” visuales de moda como los planos con teleobjetivo (por suerte, muy escasos), la labor de Neame en Muchas gracias, Mr. Scrooge resulta en todo momento eficaz y, a ratos, muy elegante. Llama la atención, como digo, el carácter subjetivo y psicológico del tratamiento de las escenas musicales, en virtud del cual las canciones sirven como vehículos narrativos que expresan, en voz alta, los pensamientos interiores de los personajes. A los ya mencionados ejemplos de la resolución de las escenas que giran en torno a las canciones “Christmas Children” y “I Hate People”, podemos añadir fácilmente “You… You”, que expresa el lamento de Scrooge al recordar, junto al Fantasma de las Navidades Pasadas, el grave error que cometió al dejar marchar al gran amor de su vida, llamada Belle en el relato de Dickens y rebautizada en la película como Isabel (Suzanne Neve); y “Happiness”, interpretada por esta última y que, como su título indica, expresa el amor que siente Isabel hacia el joven y todavía amable Scrooge.


Pero, además, los números musicales colectivos tienen una viveza y vitalidad que reflejan magníficamente la alegría de unos personajes que cantan y bailan de manera espontánea y sin virtuosismo. Por más que guardan ecos de la celebrada coreografía de Onna White para otro famoso film musical inspirado en Dickens, Oliver (Oliver!, 1968, Carol Reed), dichos números musicales se diferencian de los de este último, como digo, porque son menos “coreográficos” y sí, en cambio, más (aparentemente) “espontáneos”, a tono, vuelvo a insistir, con la humildad de los personajes. Es el caso del número musical “A Christmas Carol”, interpretado por el grupo de golfillos que cantan villancicos de portal en portal y que se dedican a perseguir a Scrooge para burlarse de él por su tacañería; “December the 25th”, protagonizado por el viejo jefe de Scrooge, el Sr. Fezziwig (Laurence Naismith), cuando celebraba el día de Navidad con sus empleados y su esposa (una, por cierto, irreconocible Kay Walsh); el gran número musical de la película, “Thank You Very Much”, en el que Tom Jenkins (Anton Rodgers) y el resto de antiguos clientes sangrados por Scrooge celebran la muerte del avaro cantando y bailando mientras acompañan su ataúd al camposanto… sin que un despistado Scrooge se dé cuenta de ello; y el gran número musical del final, “I Like Life”, que retoma la misma canción que le enseñó a Scrooge el Fantasma de las Navidades Presentes y que, ahora, interpretada de nuevo por un pletórico Scrooge tras haber aprendido la lección de vida que le han impartido los tres fantasmas, supone la expresión de su cambio de actitud.


Llama la atención, asimismo, la fuerza que tienen los momentos fantastiques, en la frontera misma del cine de terror. Es el caso del rostro del fantasma de Marley que se aparece en el pomo de la puerta de la vivienda de Scrooge cuando el protagonista está a punto de abrirla; la atmósfera tétrica que precede a la aparición del fantasma de Marley, como ya he mencionado en la casi gótica casa donde vive Scrooge, y donde no falta la utilización de determinados detalles sonoros y visuales destinados a crear esa atmósfera macabra (el humo que, de pronto, brota de la chimenea al lado de la cual Scrooge está cenando; el sonido exagerado, crispante, de las campanas de una iglesia); el vuelo de Scrooge y el fantasma de Marley sobre Londres, en el curso del cual se cruzan con los espíritus de los condenados a vagar siempre por el Infierno; el impactante momento en el cementerio, cuando el protagonista descubre su propia lápida y, a continuación, como ya he mencionado, es arrojado por el Fantasma de las Navidades Futuras a una fosa de infinita caída que le conduce al Averno… Muchas gracias, Mr. Scrooge funciona estupendamente, pues, a varios niveles: como adaptación de Dickens, como espectáculo musical, como fábula fantástica de trasfondo moralista, y como película navideña brillante y entendida sin prejuicios.    


Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo

“IMÁGENES DE ACTUALIDAD” de ENERO 2018, a la venta



Ya es año nuevo en Imágenes de Actualidad. El tema de portada de su núm. 386 es, precisamente, el espectacular reportaje especial Las 100 películas de 2018, en el que el lector encontrará una amplia información sobre el centenar de films más esperados para este nuevo año.


Estrenos de este mes de enero que aparecen destacados en portada son los de Los archivos del Pentágono (The Post, 2017), cuyo reportaje se complementa con una entrevista con su director, Steven Spielberg; Insidious: La última llave (Insidious: The Last Key, 2017, Adam Robitel); El instante más oscuro (Darkest Hour, 2017, Joe Wright); Molly’s Game (ídem, 2017, Aaron Sorkin); Tres anuncios en las afueras (Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, 2017, Martin McDonagh); dentro de la sección Televisión, la cuarta temporada de la serie Black Mirror, donde también se incluye la emisión en España de la serie Jean-Claude Van Johnson; y, con motivo del estreno en cines de Mazinger Z: Infinity (Mazinga Zetto: Infinity, 2017, Junji Shimizu), el reportaje especial sobre este mítico personaje Mazinger Z. El gigante de Aleación Z.


Otros reportajes que aparecen en este número son los dedicados a los films Qué fue de Brad (Brad’s Status, 2017, Mike White), Thelma (ídem, 2017, Joachim Trier), El museo de las maravillas (Wonderstruck, 2017, Todd Haynes), y la reposición en cines de Gremlins (ídem, 1984, Joe Dante). A ello hay que añadir las secciones Además…, con otros estrenos del mes; News; Stars; Hollywood Babilonia, de Héctor Adama; Hollywood Boulevard, de Ramón Cudeiro; ¿Sabías que…?, del profesor Moriarty; Se rueda, de Boquerini; Zona sin Límites, de Ángel Sala; Diccionario Fantástico, del Dr. Cyclops; Críticas; Libros, de Óscar Brox; y BSO y DVD & Blu-ray, de Miguel Fernando Ruiz de Villalobos.


El estreno de Los archivos del Pentágono es la excusa para dedicar el Cult Movie del mes a otra famosa película norteamericana de temática política o, si se prefiere, con trasfondo político: JFK, caso abierto (JFK, 1991), “la mejor película del irregular Oliver Stone junto con “Salvador”, “Nacido el 4 de Julio”, “Nixon” y “World Trade Center”. Hace gala de las mejores virtudes de su realizador y minimiza notablemente sus defectos. Entre lo mejor, sin duda alguna, destaca el talento de Stone para llevar a cabo uno de los más brillantes experimentos con el montaje del cine de estos últimos años, de manera que las barreras entre documental y ficción quedan difuminadas hasta tal extremo que podría hablarse de “JFK, caso abierto” como un excelente ejemplo de reportaje «ficcionalizado» o de ficción «documentalizada»”.


Mi contribución a este número de la revista se cierra con un par de críticas: la de la extraordinaria Coco (ídem, 2017, Lee Unkrich y Adrian Molina) y la de la aceptable Wonder Wheel (ídem, 2017, Woody Allen).


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