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sábado, 29 de abril de 2017

Buenas escenas de acción… y nada más: “JOHN WICK: PACTO DE SANGRE”, de CHAD STAHELSKI



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Lo decía hace poco en mi comentario de Life (Vida) (1), y ahora lo reitero: no haber visto las películas de un director inmediatamente anteriores a las que estás comentando, caso de Life (Vida), o no haber visto el film que precede al que vas a comentar, el cual además es una secuela, pues tal es el caso de John Wick: Pacto de sangre (John Wick: Chapter 2, 2017), tiene a su vez ventajas e inconvenientes: la posibilidad de arrojar sobre la película en cuestión una mirada “limpia”, pero también la de cometer graves errores de apreciación si hay una estrecha relación y/ o coherencia entre los films de ese realizador, o entre la película que antecede a la que comentas, algo más que probable aquí al tratarse, como digo, de una continuación. Como es bien sabido, John Wick: Pacto de sangre es la secuela de John Wick (Otro día para matar) (John Wick, 2014), dirigida por Chad Stahelski y, de forma no acreditada, codirigida por David Leitch. Pese a que el primer John Wick tuvo bastante éxito con motivo de su estreno en los Estados Unidos, así como una buena acogida crítica, se trata de un film relativamente poco conocido en España, donde no se estrenó en cines y parece ser que fue objeto de un fantasmagórico pase televisivo en la primera cadena de RTVE. En el momento de escribir estas líneas, todavía no se me ha presentado la ocasión de verlo.


Por referencias, sé que John Wick (Otro día para matar) giraba alrededor del asesino a sueldo homónimo encarnado por Keanu Reeves, y de su sangrienta venganza contra una banda de mafiosos rusos que, previamente, han asesinado a… su perro, le han robado su coche y le han dejado por muerto, tras propinarle una brutal paliza. Salvando las distancias (no muchas), al igual que el protagonista de Sin perdón (Unforgiven, 1992, Clint Eastwood, Wick es un sicario retirado gracias al amor de su esposa Helen (Bridget Moynahan), fallecida víctima del cáncer, que volvía a retomar su antiguo “oficio” para ajustar cuentas con sus agresores. Sabiendo esto, el largo segmento inicial de John Wick: Pacto de sangre que precede a los títulos de crédito tiene más sentido si se conocen esos datos: Wick se presenta en el cubil de otro mafioso ruso, Abram Tarasov (Peter Stormare), hermano del capo de la banda a la que se enfrentó en la primera película y, a sangre y fuego, recupera el famoso coche robado (si bien destrozándolo durante el proceso), para al final celebrar un brindis regado con vodka con Abram Tarasov a fin de indicarle de que, por fin, están “en paz”. Asimismo, se comprenden mejor los subrepticios –y algo torpes– flashbacks que, a modo de breves flashes, rememoran la pasada felicidad de Wick con su difunta esposa (también la vemos, brevemente, agonizando en su lecho en un hospital); y que, a modo de irónico guiño al primer film, Wick tenga un nuevo perro. La película no tarda en entrar en materia: otro mafioso, este italiano, Santino D’Antonio (Riccardo Scamarcio), se presenta en la vivienda de Wick y le exige el cumplimiento de un pacto de sangre, un solemne juramento –certificado en la huella dactilar hecha con sangre por el propio Wick que Santino lleva consigo en un lujoso camafeo de oro–, en virtud del cual el protagonista deberá cumplir, inexorablemente, aquello que el mafioso le pida, pues este le ayudó en el pasado a conseguir la lujosa casa en la que ahora vive. El “favor” consiste en que Wick elimine a su hermana, la asimismo jefa mafiosa Gianna D’Antonio (Claudia Gerini), para que, de este modo, Santino pueda ampliar su imperio criminal; Wick se niega, alegando que está retirado del “oficio”; contrariado, Santino incendia la vivienda del protagonista y casi acaba con él; Wick accede a cumplir el siniestro encargo de Santino, si bien resulta obvio que se vengará por haberle quemado su casa…


A falta de haber visto John Wick (Otro día para matar), de la que no son pocos quienes hablan muy bien, lo cierto es que, en sus líneas generales, John Wick: Pacto de sangre llama la atención, lamentablemente, por la vulgaridad de su puesta en escena. No es un mal film; de hecho, tiene algunos momentos muy brillantes. Pero pesan en contra del resultado, en primer lugar, un guion harto convencional y, a ratos, en el borde mismo del ridículo. De entrada, el aura mítico-mitológica (de baratillo) que rodea al protagonista resulta harto molesta, por artificiosa; puede que esto estuviera mejor planteado y resuelto, insisto, en la primera parte de las aventuras del personaje, pero no es el caso. Tampoco ayuda demasiado la enésima no-interpretación de Keanu Reeves, que “compone” (es un decir) un arquetipo que se diría vagamente inspirado (y van…) en los delincuentes taciturnos y solitarios de Jean-Pierre Melville, pero aquí más próximo a un zombi que a un personaje con consistencia; y si lo que se pretendía era eso, mostrarnos a Wick como una especie de “muerto viviente” que ya no le encuentra sentido ni a la vida ni a su profesión de matarife a sueldo desde que perdió a su amada esposa, eso no está en absoluto conseguido; sobre todo, teniendo en cuenta que no casa para nada con el feroz instinto de supervivencia del personaje. John Wick: Pacto de sangre parece en demasiadas ocasiones un cómic, pero en el peor y más estereotipado sentido de la expresión (huelga decir a estas alturas que cómic y buen cine no son incompatibles), pues estereotipados son su protagonista y todo el resto de personajes.


Por otro lado, y dejando al margen la resolución de las escenas de acción –todas excelentes y, sin duda, lo que justifica el visionado de la película–, la realización de Chad Stahelski chirría por todos lados. Paradójicamente, uno de los mayores aciertos, la espléndida fotografía firmada por Dan Laustsen –a quien se le deben trabajos cromáticos tan interesantes como los llevados a cabo para Silent Hill (ídem, 2006, Christophe Gans) y La cumbre escarlata (Crimson Peak, 2015, Guillermo del Toro) (2)–, es, asimismo, un reflejo fiel de las limitaciones del film. Por un lado, le confiere un notable atractivo visual, patente sobre todo en las mencionadas escenas de acción; pero, por otra parte, impregna a la película de un esteticismo visual harto pretencioso que no termina de casar bien con el trasfondo tópico y superficial de la función. Puede tener su gracia que, al principio del film, Stahelski ponga en relación el estrépito de una persecución automovilística nocturna desatada por Wick, y que dicho efecto sonoro se superponga sobre la fachada de un edificio donde se proyecta una escena de El moderno Sherlock Holmes (Sherlock Jr., 1924, Buster Keaton), pero resulta, a la postre, tan gratuito como el conjunto del relato. Un ejemplo sintomático es la secuencia del asesinato de Gianna D’Antonio a manos de Wick: el indestructible sicario logra introducirse en el cubil de la mafiosa, sorprendiéndola a solas y sin protección; Gianna, que se sabe muerta nada más ver a Wick, se desnuda y se mete en una pequeña piscina, donde en presencia de Wick se corta las venas, en un gesto postrero de reafirmación personal consentido por el protagonista, quien se limita a rematarla de un disparo en la cabeza: el gesto de Gianna, aunque significativo de la psicología del personaje, ni emociona, ni conmueve, ni perturba, por más que Stahelski lo adorne con “artísticos” planos generales en semipicado destinados a mostrarnos cómo la sangre de la mujer va tiñendo de rojo la piscina.


Queda, como digo, la energía de la mayoría de las escenas de acción (y tampoco todas); y, teniendo en cuenta que abundan a lo largo del metraje, es lo que impide que John Wick: Pacto de sangre no solo no acabe de ser un desastre absoluto sino, al menos, una estimable pieza dentro del actual cine de acción. Con la ayuda inestimable, vuelto a repetir, del director de fotografía Dan Laustsen, brillan a gran altura secuencias como la del tiroteo en el interior de las catacumbas romanas iluminadas en tonos azulados y verdosos (por más que Stahelski haga lo que pueda para estropear la secuencia mediante insertos en paralelo del concierto de rock que se celebra en el exterior de las mismas); la posterior pelea, cuerpo a cuerpo y en los callejones de Roma, entre Wick y Cassian (Common), el fiel guardaespaldas de Gianna; ese momento, muy divertido –este sí–, en el que Wick y Cassian se disparan “disimuladamente” en los pasillos del metro usando unas pistolas con silenciador tan discretas… que nadie a su alrededor se da cuenta de lo que ocurre; o la espectacular pelea en el museo, tan bien coreografiada y filmada como lo antes mencionado, y que incluye un fragmento en una sala de espejos que, es cierto, evoca el clímax de Operación dragón (Enter the Dragon, 1973, Robert Clouse), dicho sea con permiso del Orson Welles de La dama de Shanghai (The Lady from Shanghai, 1947) y del auténtico creador de esta idea, el Charles Chaplin de El circo (The Circus, 1928). John Wick: Pacto de sangre deja la puerta abierta a una tercera parte, por más que a uno, a nivel particular, no le interese cuál podrá ser el destino de su antipático protagonista. Si se quiere ver un film de acción protagonizado por un antihéroe atípico y extraño, recomiendo la recuperación de El contable (The Accountant, 2016, Gavin O’Connor) (3), el thriller norteamericano más injustamente infravalorado de estos últimos años.

(3) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2016/11/el-contable-la-chica-del-tren-que-dios.html

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