Google+ Followers

Translate

sábado, 22 de abril de 2017

Un marciano llamado “Calvin”: “LIFE (VIDA)”, de DANIEL ESPINOSA



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] No he visto ninguno de los anteriores trabajos del cineasta sueco –de padre chileno y madre sueca– Daniel Espinosa: ni la película que rodó en su país de origen gracias a la cual se dio a conocer internacionalmente –Dinero fácil (Snabba cash, 2010)–, ni las otras dos –El invitado (Safe House, 2012) y El niño 44 (Child 44, 2015)– con las que se introdujo y consolidó en la cinematografía estadounidense. En este sentido, ver Life (Vida) (Life, 2017) sin esas referencias previas permite verla, y apreciarla, con la mirada “virgen”, con todas las ventajas e inconvenientes que ello comporta. De entrada, digamos que, tal y como han reconocido los responsables de esta producción de Skydance Media distribuída por Columbia/ Sony y escrita por Rhett Reese y Paul Wernick, Life (Vida) es un film que no disimula sus deudas con Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979, Ridley Scott), que, como bien indica el colega Quim Casas en su crítica de esta misma película de Daniel Espinosa para el próximo número de Imágenes de Actualidad, era a su vez una consecuencia de Terror en el espacio (Terrore nello spazio, 1965) –dicho sea de paso, una de las peores y más sobrevaloradas obras del gran Mario Bava, pero de eso ya hablaremos otro día–, la cual probablemente también era una consecuencia de It! The Terror from Beyond Space (Edward L. Cahn, 1958), aunque a esta lista de referencias, sobradamente conocidas, bien podría añadirse la simpática Planeta sangriento (Queen of Blood, 1966, Curtis Harrington), la cual además coincide con Life (Vida) en situar al así llamado Planeta Rojo como fuente de todos los males que aquejan a sus personajes. Añadamos, finalmente, que ese insólito rumor que circuló semanas atrás por las redes sociales, según el cual Life (Vida) no sería sino la presentación del personaje de Veneno/ Venom de cara a una futura entrega de las aventuras cinematográficas de Spiderman, no solo es falso, sino una completa ridiculez.


Dicho esto, avancemos que lo que ofrece Life (Vida) no es ni muy bueno ni muy malo. Se trata de una película resuelta con suma corrección; tanta, que no defrauda, si bien tampoco apasiona; no resulta fascinante, pero tampoco aburrida; hace gala de ideas sólidas y de un elenco de intérpretes más que competente, pero adolece de escasa brillantez y, sobre todo, de falta de inventiva, pero al mismo tiempo sin dejar de ser, pese a ello, un film estimable. Arranca con un vistoso morceau de bravoure: un bonito plano-secuencia de alrededor de cinco minutos de duración, en virtud del cual vemos cómo la tripulación de una estación espacial internacional, en órbita alrededor de la Tierra –David (Jake Gyllenhaal), Miranda (Rebecca Ferguson), Rory (Ryan Reynolds), Hugh (Ariyon Bakare), Sho (Hiroyuki Sanada) y Ekaterina (Olga Dihovichnaya)–, consigue recuperar un satélite procedente de Marte y lanzado a la deriva a través del espacio por culpa de la colisión accidental con un asteroide; la secuencia se visualiza desde el interior de la estación espacial, mientras la cámara sigue coreográficamente los movimientos de cinco de esos seis cosmonautas flotando/ volando dentro de la misma, manipulando controles y viendo cómo el sexto, en el exterior de la nave, maneja el enorme brazo hidráulico con el que logra atrapar el satélite descontrolado. La secuencia tiene cierto aire a lo Gravity (ídem, 2013, Alfonso Cuarón) (1), pero al contrario que esta última, el plano-secuencia de Life (Vida), aunque excelentemente rodado, no deja de ser un procedimiento esteticista que tiene algo de formulario; sobre todo ahora que la posibilidad de editar digitalmente los encuadres permite llevar a cabo desde hace años esos planos de larga duración “imposibles”.


El guion, llevado en todo momento con buen ritmo, hay que reconocerlo, no tarda en entrar en materia, por más que sea a base de estereotipos puros y duros: los cosmonautas descubren entre las muestras de arena marciana que el satélite recuperado llevaba consigo una célula microscópica aparentemente congelada. Hugh, el científico de la expedición, lleva a cabo un experimento de resurrección de la célula marciana, con éxito: el espécimen no solo revive, sino que, poco a poco, empieza a crecer de manera significativa. La maravilla de este descubrimiento –la primera prueba científica de la existencia de vida extraterrestre–, no tarda en dejar paso al terror. Como consecuencia de un exceso de celo por parte de Hugh, quien para estimular la actividad de la célula marciana no se le ocurre nada mejor que aplicarle pequeñas descargas eléctricas en teoría indoloras, el espécimen –que, desde la Tierra, ha sido bautizado como “Calvin”– reacciona con terrible agresividad: primero, destroza los huesos de la mano derecha de Hugh; luego, liberado de su confinamiento, amenaza con asesinar al científico, y solo la intervención de sus compañeros impide que eso suceda. Pero, tras esos primeros intentos de acabar con él, “Calvin” consigue huir del laboratorio. A partir de ese momento, puede estar escondido en cualquier rincón de la estación, y lo que es peor, atacar a los miembros de la tripulación, haciéndose más grande y fuerte después de cada agresión.


Lo que sigue es un encadenado de situaciones de “suspense”, por lo general bien resueltas, pero sin particular brillo, que van conduciendo el relato hacia una conclusión sorprendentemente pesimista, poco habitual de ver en una producción hollywoodiense de presupuesto considerablemente alto, cuyo fatalismo hace pensar un poco en un título como Sunshine (ídem, 2007, Danny Boyle), el cual, curiosamente, ya contaba con Hiroyuki Sanada en su elenco. Ocurre, empero, que el dramatis personae resulta poco o nada interesante, a pesar, como digo, de la competencia del elenco interpretativo. De David se nos dice que es un médico solitario al que no le gusta la vida en la Tierra y prefiere el espacio (dice algo así como “no quiero regresar a un mundo lleno de ocho mil millones de gilipollas”), con lo cual se pretende justificar que sea el personaje que tome la decisión final de (intentar) auto-inmolarse junto con “Calvin” a fin de impedir su llegada y propagación en nuestro mundo. Miranda lleva a cabo una función parecida a la del androide Ash de Alien, el octavo pasajero: es el único miembro de la tripulación que sabe de la existencia de un protocolo de prevención de alertas que prevé, in extremis, el lanzamiento de la estación al espacio profundo. Hugh es el relativamente más interesante: un científico parapléjico que ama la investigación espacial porque, estando a gravedad cero, puede moverse por su cuenta, libre de la dependencia forzosa de su silla de ruedas. Menos información se nos ofrece de los personajes de Sho –salvo que este, a poco de empezar el relato, presencia vía Skype, o algo parecido, el nacimiento de una hija suya–, y, sobre todo, Rory –descrito poco más o menos como el miembro más visceral, intrépido e impulsivo del equipo– y Ekaterina, probablemente porque o bien carecen de mayor importancia dentro de la trama, o bien porque son de los primeros en morir…


Algunos buenos momentos y curiosos apuntes contribuyen a elevar un poco el tono de una función tan “correcta” en el sentido menos positivo de la expresión. Pienso, por ejemplo, en el plano que cierra la secuencia de la muerte –un poco a lo Alien, el octavo pasajero– de Rory: el cadáver de este último flota, a gravedad cero, dentro del laboratorio, acompañado por pequeñas gotas de su sangre que pululan a su alrededor; la idea no es nueva –recuérdese una imagen bastante parecida en Aquel país desconocido (Star Trek VI: The Undiscovered Country, 1991, Nicholas Meyer)–, pero sirve al menos para establecer una correspondencia visual con otra escena, posterior, en la que vemos a Miranda –la responsable indirecta de la muerte de Rory–, llorando, y cómo sus lágrimas también flotan cerca de su cara. Hay un momento de notable crueldad: la muerte de Ekaterina, cuyo casco se va llenando progresivamente de líquido acuoso después de que “Calvin” haya saboteado su traje presurizado, amenazando con ahogarla antes de que haya conseguido regresar al interior de la estación. Otra idea de cierto ingenio es la escena del descubrimiento de que “Calvin” está escondido debajo de la ropa de Hugh y abrazado, precisamente, a una de sus piernas insensibles, de ahí que ni tan siquiera el propio Hugh se haya dado cuenta de ello. Y el final, si bien artificioso y hasta cierto punto previsible, cuanto menos es eficaz, logrando rehuir con destreza la convención del “final feliz”.  

(1) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2013/10/salvar-la-cosmonauta-ryan-gravity-de.html

No hay comentarios:

Publicar un comentario