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martes, 19 de julio de 2016

Tiburón al acecho: “INFIERNO AZUL”, de JAUME COLLET-SERRA



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Como suele ocurrirle a la mayoría de películas construidas alrededor de lo que suele denominarse una “situación límite”, Infierno azul (The Shallows, 2016) tarda mucho en arrancar. Cierto: hay una especie de prólogo, en realidad un flash-forward, destinado a ir “abriendo boca” (y perdón si suena a chiste fácil), que nos muestra a un niño mexicano (Pablo Calva) jugando en una playa al atardecer, hasta que encuentra un casco con una pequeña videocámara impermeable acoplada; al reproducir la grabación descubre en ella, con horror, que el dueño de dicho casco con cámara ha muerto, devorado por un enorme tiburón blanco, mientras practicaba el surf en esa playa junto a un amigo.


Pero, antes de entrar en el meollo del asunto –la situación de supervivencia a la que se ve arrastrada una surfista norteamericana, Nancy Adams (Blake Lively), atrapada entre los 200 metros de océano que la separan de esa misma playa, cerca de la cual ronda el hambriento escualo, y los tres refugios provisionales donde intenta ponerse a salvo: los restos flotantes de una ballena, un islote que tarde o temprano será cubierto por la marea, y una boya de localización marítima–, como digo, y una vez pasado el primer impacto del prólogo/ flash-forward, Infierno azul tiene severos problemas para arrancar. Y no es solo que el guion, escrito por Anthony Jaswinski, sea de una vergonzosa superficialidad, sino también que el realizador, el catalán Jaume Collet-Serra, tan solo sale relativamente airoso a la hora de rellenar el tiempo muerto que hay entre la presentación de Nancy (que, como personaje, carece del más mínimo interés), y de sus circunstancias personales (las cuales no pueden ser más tópicas), y la larga situación de peligro de muerte en torno a la cual gira el resto del relato, y que es donde, en honor a la verdad, el cineasta se emplea a fondo.


Por medio de un ardid de guion harto convencional, una conversación con Carlos (Óscar Jaenada), el mexicano que la lleva en su camioneta en dirección a esa playa sin nombre, se nos presenta a Nancy como un, ejem, personaje: a) con una motivación: el viaje a esa playa para hacer surf es una forma de rendirle homenaje póstumo a su difunta madre, la cual siendo joven surfeó en ese mismo lugar (lo cual sirve, de paso, para que la actriz Blake Lively tenga algo a lo que agarrarse); b) con unas habilidades “útiles” de cara a la trama: Nancy es estudiante de último año de medicina, y por tanto, tiene una serie de conocimientos que la ayudarán a sobrevivir; y c) con un pasado que resolver: Nancy ha hecho ese viaje a México en contra de la opinión de su padre (Brett Cullen), pero con la bendición de su hermana pequeña, Chloe (Sedona Legge): el deseo de volver a verles alimenta sus ansias de supervivencia. Pero todo eso es tan tópico que, directamente, no interesa, como tampoco lo hace la descripción de los primeros momentos de la estancia de Nancy en la playa, preparando su tabla de surf, que Collet-Serra resuelve en base a un montaje de primeros planos “de manual”; ni, por descontado, los que sin duda son los peores momentos del largometraje: esos repelentes planos de Nancy y los dos surfistas con los que coincide, “cabalgando” las olas a cámara lenta y con un fondo musical (es un decir) de canciones rockeras, todo ello destinado a transmitirnos, se supone, el gozo que experimentan los practicantes de –horror– ese “modo de vida”. A pesar de ello, hay un detalle de puesta en escena que impide que el aburrimiento se apodere del relato: los insertos sobre la pantalla de las fotos de su madre que Nancy visualiza a través de su teléfono móvil, de la pantalla de Skype a través de la cual conversa con Chloe, o de la ventana de WhatsApp con los mensajes de una compañera de viaje a la que nunca veremos, gracias a lo cual Collet-Serra se ahorra hábilmente el plano/ contraplano.


Se nota, por tanto, y mucho, que al realizador las circunstancias personales de Nancy no le interesan en absoluto, y con razón. A cambio, trabaja con gran eficacia y notable sentido visual todas y cada una de las diversas secuencias de “suspense” que, realmente, “son” la película. El resultado, sin llegar a la altura de su interesante anterior trabajo, el thriller Una noche para sobrevivir (Run All Night, 2015) (1), y a falta todavía de haber visto sus dos incursiones en el género del actioner en colaboración con el actor Liam Neeson –Sin identidad (Unknown, 2011) y Non-Stop (Sin escalas) (Non-Stop, 2014)–, me parece más digno de estima que sus mediocres incursiones en el género de terror –La casa de cera (House of Wax, 2005) y, sobre todo, la muy decepcionante La huérfana (Orphan, 2009)–. De entrada, hay que señalar algo de Infierno azul que, dadas las circunstancias, me parece un notable acierto: que a pesar de que, por descontado, la sombra omnipresente de Tiburón (Jaws, 1975) planea, casi me atrevería a decir de manera inevitable, a lo largo de todo el metraje, Collet-Serra se esfuerza al máximo por distanciarse de la gran película de Steven Spielberg, procurando imitarla/ referenciarla/ homenajearla lo mínimo. Cierto: inserta con frecuencia los consabidos planos submarinos en contrapicado de las tablas de surf flotando en la superficie o de Nancy nadando desesperadamente, pero la verdad es que esos encuadres ni siquiera fueron ideados por Spielberg, sino antes que él por Jack Arnold en La mujer y el monstruo (Creature from the Black Lagoon, 1954). El resultado, sin ser memorable, puede incluirse fácilmente entre las mejores imitaciones/ variantes del film de Spielberg –cf. Orca, la ballena asesina (Orca, 1977, Michael Anderson), Deep Blue Sea (ídem, 1999, Renny Harlin)–, y por fortuna está lejos, muy lejos de los agotadores bodrios de bajo presupuesto en la línea de la inefable Sharknado (Anthony C. Ferrante, 2013).


Collet-Serra controla bien el montaje y la profundidad de campo, de manera que sabe transmitir, casi “físicamente”, el agobio que experimenta la protagonista, con una grave herida en el muslo izquierdo, consciente de que tiene la salvación a unas pocas brazadas nadando hasta la playa, y al mismo tiempo, de que apenas podrá avanzar unos pocos metros sin antes perecer entre las fauces del tiburón. Momentos como el descubrimiento del cadáver destrozado a dentelladas de la ballena flotando y rodeado de gaviotas, o los planos generales aéreos que nos muestran a Nancy en la soledad del pequeño islote a donde se ha encaramado, demuestran una buena capacidad para explorar el espacio escénico. A ello hay que añadir, insisto, momentos de “suspense” de buena ley, alguno de ellos tan bien construido como el de la aparición en la playa de un mexicano borracho, teórico salvador de Nancy que, en la práctica, tan solo pretende robarle…, si bien acabará pagando caro su gesto: el beodo se mete en el agua para coger la tabla de surf de Nancy, a pesar de las advertencias de la muchacha para que no lo haga; Collet-Serra planifica hábilmente la secuencia, de manera que, por unos instantes, pareciera que el hombre ha logrado salvarse del ataque del escualo…, cuando en realidad se arrastra por la orilla, partido en dos, antes de fallecer.


Es cierto que el guion deja bastante que desear, y que hay muchas escenas de “suspense” cogidas por los pelos. Pero Collet-Serra resuelve con tanta energía, y a ratos, con tanta agilidad y sentido del ritmo todas esas situaciones, que sus defectos de construcción narrativa se hacen perdonar. A cambio, brinda imágenes trabajadas y excelentemente dosificadas, caso del ataque del tiburón que, por sorpresa, devora a uno de los dos surfistas que intentan ayudar, demasiado tarde, a Nancy; la bonita secuencia submarina de Nancy buceando entre las medusas, única forma que tiene de acercarse a la boya sin que el escualo se le eche encima; o la excelente “pelea final” en esa misma boya, en el borde mismo de lo inverosímil, pero a pesar de ello solucionada con gran destreza fílmica. Es una pena que, por eso mismo, y tras haber dejado un buen sabor de boca tras el clímax, la película ceda a la tentación de concluir con un pegote, una empalagosa secuencia ambientada un año más tarde en la que vemos a Nancy volviendo a surfear, ahora en compañía de Chloe y bajo la mirada aprobadora de su padre, que debería haber desaparecido en la mesa de montaje. [Nota bene: La foto que reproduzco aquí, en la que se ve a las dos hermanas preparando la tabla de surf, pertenece a una secuencia que no aparece en el film.]



(1) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2015/05/chappie-cenicienta-una-noche-para.html

1 comentario:

  1. Creo que deberías ver algún día "Non-stop" si tienes la oportunidad, me parece lo mejor que ha rodado Collet-Serra hasta ahora. Respecto al resto de lo que dices, como siempre bastante de acuerdo: CS es un director poco o nada usual, que hasta ahora ha sabido escapar de unos guiones bastante flojos a base de pericia visual. Me pregunto si se conformará con ser un digno "artesano" o al fin le veremos rodar algo con un guión más trabajado o con más pretensiones.

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