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sábado, 9 de julio de 2016

Fantasía sin complejos: “DIOSES DE EGIPTO”, de ALEX PROYAS



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Dioses de Egipto (Gods of Egypt, 2016) dista mucho de ser una película perfecta. De entrada, está afectada de una notable ausencia de densidad, hasta el punto de que la mayor parte de su interés depende sobremanera no tanto del atractivo de lo que cuenta como, sobre todo, de la garra con que lo cuenta. Es verdad que siempre he dicho y escrito que el interés de un film, de cualquier film, depende principalmente del valor de su puesta en escena por encima de la teórica calidad de su guion. Pero no es menos cierto que lo óptimo, en el arte en general y en el cine en particular, es que la calidad de la trama y de la realización guarden una armonía entre sí, siempre que sea posible. En cambio, en Dioses de Egipto se percibe un notable desequilibrio entre el interés de lo que se cuenta y del cómo se cuenta, lo cual provoca, casi me atrevería a decir que necesariamente, su irregularidad. A la misma cabe sumar la desigualdad de su elenco de intérpretes: Nikolaj Coster Waldau (el dios Horus), Chadwick Boseman (el dios Thoth) e incluso un irónico Gerard Butler (el dios Set) cumplen con sus cometidos; Bryan Brown (el dios Osiris), Rufus Sewell (Urshu) y, huelga decirlo, el gran Geoffrey Rush (el dios Ra), están tan bien como siempre; pero Brenton Thwaites (Bek), Courtney Eaton (Zaya) y Elodie Yung (la diosa Hathor), dejan bastante que desear (en particular esta última: se nota que no se cree el papel). Asimismo, hay una concesión al happy end no por previsible menos molesta, que malogra en parte el encanto de un film dominado por un sentido de la fantasía total y sin complejos, que es donde residen sus mejores virtudes.


Porque lo mejor de Dioses de Egipto es su voluntaria adscripción a un estilo de cine de aventuras fantástico, o si se prefiere, cine fantástico de aventuras (“clásico”, o “tradicional”, correrán a decir algunos, como si eso tuviera la más mínima importancia), que brilla en todo su esplendor incluso en aquellos momentos, los menos, en los que las escenas de acción remiten sin pudor a la estética del imperante cine de superhéroes –en particular, el combate final entre Horus y Set–, y a pesar del constante recurso –a estas alturas, total y absolutamente inevitable– a los efectos visuales mediante imágenes generadas por ordenador, que en este caso marcan a fuego el tiempo en el que el film ha sido realizado. Si no fuera por esto, casi podríamos asegurar que estamos viendo una versión cara de cualquiera de las producciones de Charles H. Schneer con efectos especiales de Ray Harryhausen. Pero nada de todo esto debería extrañarnos procediendo, como procede, de un realizador tan ecléctico y particular como el egipcio (sic) formado profesionalmente en Australia Alex Proyas: el mismo responsable de combinar cine de superhéroes del cómic con fantasía gótica –El Cuervo (The Crow, 1994)–, cine negro y ciencia ficción –Dark City (ídem, 1998)– y cine de terror con ciencia ficción apocalíptica –Señales de futuro (Knowing, 2009) (1)–, con resultados la más de las veces estimulantes, salvo algún que otro tropezón (cf. su relectura, muy convencional, de Isaac Asimov en Yo, robot / I, Robot, 2004).


De ahí que, con todos sus defectos, Dioses de Egipto hace gala de un atractivo inesperado en virtud del vigor de la realización de Proyas, quien en todo momento mira de frente y sin prejuicios el concepto de fantasía total, de imaginación desatada, que impregna todas y cada una de las secuencias de esta fantástica aventura, o aventura fantástica. Con un rotundo desprecio no ya del verosímil como de la mitología egipcia real, con la que Proyas y los guionistas Matt Sazama y Burk Sharpless juegan a su antojo, la película es un viaje a un Antiguo Egipto que jamás existió, en el cual los dioses, seres idénticos a los humanos pero de dos metros y medio de estatura, dotados de (súper)poderes y, a pesar de ello, capaces de ser destruidos –un planteamiento tomado de la atroz Immortals (ídem, 2011, Tarsem Singh) (2), pero muchísimo mejor planteado y resuelto–, no solo viven y se mezclan con los súbditos que los adoran, sino que también –como las divinidades de la mitología grecorromana– tienen las mismas pasiones y sentimientos que caracterizan a los mortales. Eso explica que la trama misma no sea sino una suerte de folletín familiar, donde padres, hijos y hermanos se enfrentan por el poder: enfurecido porque su padre, Osiris, ha decidido darle el trono de Egipto a su hermano Horus, el envidioso y ambicioso Set se presenta de improviso en la ceremonia de coronación de este último, asesina a Osiris, se enfrenta a Horus y le deja ciego, y se autoproclama rey.


Ese deliberado tono folletinesco se extiende al resto de personajes, incluidos los humanos. El relato está contado desde el punto de vista de Bek, y punteado por su voz en off, la cual consigue no hacerse molesta: la narración over del viejo Bek se centra en lo que le ocurrió al joven Bek, un ladronzuelo que es presentado en medio de una calle atestada después de que la cámara haya efectuado una panorámica aérea sobre la ciudad. La perspectiva de los dioses (plano aéreo) y de los hombres (plano de la calle) se entremezclan en una trama aventurera donde ambos tipos de seres se ven obligados a colaborar: Bek roba uno de los ojos del cegado Horus, gracias al cual este recuperará la mitad de su vista, y a cambio de ayudarle a vencer a Set, Horus intentará evitar que el alma de Zaya, la amada de Bek, se pierda definitivamente en el más allá. Pero ni tan siquiera los dioses están libres del sufrimiento, que Proyas visualiza con una sorprendente fuerza poética: aquí los dioses sangran, pero no sangre sino oro (como el enorme reguero dorado que va dejando Set al arrastrarse por el suelo, herido de muerte, en las escenas finales); Set arranca los ojos de Horus tras ganarle en combate singular, ojos que, en manos del dios, se transforman en dos hermosas joyas azuladas; más adelante, Set hace otro tanto con las alas de la diosa Nephtys (Emma Booth), alas flexibles que, una vez arrancadas de la espalda de la diosa, se transforman en oro sólido; ni siquiera el más poderoso de los dioses, el dios del sol Ra, está libre de penalidades: cada día, desde hace siglos, tiene que librar una singular batalla contra Apophis, un monstruo gigantesco que amenaza con devorar el mundo si Ra no se lo impide mediante su mágica vara de rayos solares. En este sentido, no podemos menos que simpatizar con el villano Set, cuyo padre Ra le tiene reservado un destino honorífico que, para él (y para cualquiera), tiene visos de maldición, de castigo: reemplazarle en su eterna batalla contra Apophis.



Desde luego que, como resulta de esperar en el cine post-posmoderno, o como quieran ustedes llamarlo, que se hace en la actualidad, Dioses de Egipto no puede menos que mostrar ecos de películas y/ o géneros anteriores. Ya hemos mencionado un par: el cine de superhéroes y el “de” Ray Harryhausen. A ello podemos añadir, claro está, la sombra de la franquicia de Indiana Jones –la secuencia del ya mencionado robo del ojo de Horus por parte de Bek, dentro de un “templo maldito” rebosante de trampas–, e incluso ecos estéticos y visuales del Dune (ídem, 1984) de David Lynch: ahí están las escenas del desierto, en particular las iluminadas con tonos terrosos, y por descontado, los monstruosos reptiles que cabalgan las dos secuaces de Set, que recuerdan mucho a los famosos gusanos del planeta Arrakis. Lo cual nos lleva a otro de los aciertos del film de Proyas: el imaginativo diseño de producción, y en particular, el tratamiento mágico y atmosférico que sabe imprimir el realizador a cada cambio de escenario, a cuál más “imposible”: la montaña coronada por el enorme arco de piedra a través del cual se accede al reino de Ra; el diseño de este último, concebido a modo de nave espacial de aspecto acristalado; la visualización del más allá; la altísima torre, casi “tocando” el cielo, que el arquitecto Urshu ha erigido para satisfacer la vanidad de Set… Dioses de Egipto es una rareza a contracorriente que, a pesar de sus insuficiencias (que las tiene), proporciona a cambio considerables dosis de regocijo.   

(2) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2012/01/cine-de-estas-navidades-y-2-immortals.html

2 comentarios:

  1. No he visto la película, pero este me parece un enfoque necesario para un film que va a recibir palos sin cuento. Vease: http://www.elconfidencial.com/cultura/cine/2016-06-24/dioses-de-egipto-alex-proyas-nikolaj-coster-waldau-gerard-butler_1220470/

    Otra cosilla: Tomás, ¿tienes algo publicado sobre "Stoker" de Park Chan Wook? Después de leer la ditirámbica crítica de Ángel Sala en "Dirigido por" me apetecía encontrar una visión diferente.
    Saludos.

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    Respuestas
    1. Buenas tardes, David P.:

      Sé que la película de Proyas es de las que mucha gente pone a caldo ya antes de haberlas visto, pero me consta que ha tenido alguna que otra defensa; sin ir más lejos, la de Diego Salgado en el último "Dirigido por...". Bueno, como todo, es cuestión, dicen, de gustos (y de saber, o no, argumentar...).

      Nunca he escrito nada sobre "Stoker", película que, la verdad, no me gustó absolutamente nada. Lo lamento, pero no me entra el cine de Chan-wook, ni tan siquiera la celebrada "Old Boy" la cual, lo siento, me aburrió soberanamente.

      Saludos cordiales.

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