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sábado, 12 de abril de 2014

“¡Ozú, mi arma!” vs. “¡Anda, la hostia!”: “OCHO APELLIDOS VASCOS”, de EMILIO MARTÍNEZ-LÁZARO



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] El arranque de Ocho apellidos vascos (2014) es de los que hacen temer lo peor: Amaia (Clara Lago), una joven vascuence que acaba de romper con su novio, se pasea por Sevilla junto con dos amigas, ahogando sus penas en alcohol. Las tres muchachas entran en un local para seguir bebiendo, y allí presencian casualmente la actuación de Rafa (Dani Rovira), un joven sevillano que se dedica a hacer chistes a costa de los tópicos sobre los vascos…, lo cual provoca la reacción airada de Amaia, que se siente ofendida. A pesar del tono excesivamente crispado de esta primera secuencia, y de la un tanto desaforada performance de Clara Lago (luego se entona), la misma marca bien el sentido de farsa que va a presidir el resto del relato: Rafa demuestra en el escenario que tiene habilidad para imitar el acento vascuence, esto es, para explotar un tópico (todos-los-vascos-hablan-así); y Amaia y sus amigas van vestidas de faralaes, con lo cual también ellas explotan un tópico, en este caso andaluz (todas-las-andaluzas-se-visten-así). Tal y como se verá a continuación, Ocho apellidos vascos es una comedia sobre los tópicos que diferencian a vascos y andaluces, la cual tras esa primera secuencia desafortunada va creciendo en interés gracias a su inesperada habilidad para construir un enredo humorístico que se sustenta sobre la falsedad de las apariencias y, sobre todo, la fragilidad de las barreras culturales y —así las llaman— nacionales que separan a los seres humanos.


Desde luego que Ocho apellidos vascos no propone (ni creo que lo pretenda) una reflexión profunda sobre las nacionalidades de España, pero en estos momentos en los cuales la cuestión de los nacionalismos se emplea como arma política para soliviantar el afán centralista de unos (“españolista” en el sentido más reaccionario de la expresión) y el anhelo independentista de otros, resulta refrescante que un film efectúe una burla (suave) sobre la cuestión “identitaria” que se dirime en el fondo del asunto. Lo más sorprendente es que lo haga con una destreza mayor de la esperada (al menos, por mí) por parte del veterano Emilio Martínez-Lázaro, quien con mejor o peor fortuna ha demostrado —en títulos como Amo tu cama rica (1992), Los peores años de nuestra vida (1994) o las dos entregas de El otro lado de la cama (2002-2005)— un interés por los relatos cómico-románticos centrados en personajes jóvenes, que en esta ocasión se cristaliza en un film ágil y divertido al que se le puede reprochar que su misma falta de pretensiones se traduzca en un tratamiento superficial de las cuestiones de fondo que sugiere pero que no quiere —o no puede— desarrollar en profundidad. Dicho de otro modo, Ocho apellidos vascos sería una película extraordinaria si se hubiese atrevido a ir más allá de la parodia (a ratos, lograda) de los tópicos entre vascos y andaluces, o si se prefiere, entre norte y sur, por más que el solo hecho de abordar la cuestión, y de hacerlo del modo en que lo hace —jocoso, desprejuiciado, frívolo, pero con un punto de respeto que, ¡ay!, quizá es lo que le impide tener más mordiente del deseable— resulta hasta cierto punto atípico no ya en el actual panorama de la (ejem) comedia española como del (otro ejem) cine español en general.


Sin perjuicio del mérito de Martínez-Lázaro tras las cámaras —que lo tiene, por más que la suya sea una labor, en cierto sentido, “invisible”, de puro discreta, que no por ello inexpresiva—, hay que reconoce que buena parte de la efectividad de Ocho apellidos vascos reside en la chispa del guión de Borja Cobeaga y Diego San José, quienes juegan hábilmente con el choque cultural entre norte y sur, sobre todo a partir del crucial momento en que Rafa, perdidamente enamorado de Amaia a pesar de haber pasado juntos una noche sin sexo (o, quizá, precisamente por eso), decide, para horror de sus amigos, viajar al País Vasco no tanto para devolverle a la chica el bolso que se dejó en su piso como, por descontado, para volver a verla… El jocoso diálogo de Rafa con sus colegas, quienes temen por la vida de Rafa  ante la posibilidad de que Amaia, por el mero hecho de ser vasca, ¡tenga alguna relación con la banda terrorista ETA! (sic); o el equívoco que se produce entre “piso piloto” (¡sic!) y “piso franco”, con la coletilla de la referencia al siniestro Generalísimo, proporciona la medida de una película que, cierto, juega sobre conceptos archisabidos y algo fáciles, pero sabe hacerlo desde una perspectiva tan desenfadada, y tan consciente de que se ríe de conceptos de por sí risibles, que acaba moviendo a la simpatía.


Pasado ese arranque, la película empieza realmente a partir de la llegada de Rafa al País Vasco, la cual, en otro notable rasgo de humor, está visualizada enmarcándola en un contexto de tormenta acompañada de rayos y truenos y justo a la salida del túnel que atraviesa el autobús donde viaja Rafa, por mediación de un plano subjetivo que viene a erigirse en una jocosa representación de los miedos del personaje. Será justo en ese autobús donde Rafa conocerá a Merche (Carmen Machi), a la que toma por vascuence cuando en realidad, le aclara, es extremeña. Es otro indicio de algo que el film terminará desarrollando —esto sí— con cierta profundidad: la idea (vieja, cierto) de que las apariencias engañan, pero que en el contexto del relato se reconduce a una caricatura aguda aunque quizá excesivamente amable sobre la estupidez inherente no solo a la conducta humana (esa es otra vieja idea), sino a la excesiva importancia que se le da a esas particularidades locales, llámese idioma, política, actitudes, costumbres o incluso cultura, y los efectos perjudiciales de las mismas cuando se utilizan —mejor dicho: se instrumentalizan— para marcar diferencias entre las personas y separarlas dolorosamente. Desde este punto de vista, que Rafa tenga que fingir que es el novio vasco de Amaia, “Antxón”, delante del padre de la muchacha, Koldo (un Karra Elejalde mejor que nunca, que ya es decir), base del enredo cómico que sustenta Ocho apellidos vascos, es, según como se mire, una comedia con fondo trágico, o si se prefiere, una tragedia de fondo cómico. Resulta sintomático el personaje de Koldo, un pescador vasco con sus exigencias (en el fondo ingenuas, pero insistentes) de que el supuesto novio de su hija sea un-vasco-de-pura-cepa, en el sentido más convencional y arquetípico del concepto (independentista, que sepa hablar euskera, que diga “¡anda, la hostia!” cada dos por tres, que sea pelotari, y que coma y beba hasta reventar…), y que al final acabará viendo tambalear sus convicciones tras un largo proceso de descubrimiento tanto de que “Antxón” no es sino el sevillano Rafa, como de que Merche —que, para ayudar a Rafa, se hace pasar por la madre de “Antxón”—, de la cual se ha enamorado, tampoco es una-vasca-de-pura-cepa.


Ocho apellidos vascos se sustenta sobre la idea del fingimiento: Rafa se hace pasar por “Antxón”, ese vasco estereotipado que, de cara a la galería, tiene que fingirse miembro de un ala juvenil de ETA, instigador de la kale borroka, que habla euskera con fluidez, odia todo lo que tenga que ver con el tristemente célebre “Estado represor” y tiene en su árbol genealógico esos ocho apellidos vascos que obliga la tradición; Amaia y Merche, ya lo hemos explicado, tienen que fingir que son la novia y la madre del falso “Antxón”, respectivamente; pero incluso el propio Koldo “finge”, a su manera, cuando tiene que disfrazar bajo una capa de dureza el amor que siente por su hija y, al final, también por Amaia, e incluso el afecto que acaba sintiendo hacia “Antxón”. En base a este planteamiento, Emilio Martínez-Lázaro solventa el film como si fuera, asimismo, una especie de representación burlesca, utilizando abundantemente los planos abiertos y confiando en la destreza de sus (excelentes) actores, con vistas a expresar cierta teatralidad que resulta coherente con el dramatis personae de un conjunto de personajes que no hacen sino llevar a cabo su propia y particular “obra de teatro” de cara a los demás; lo cual da pie a momentos tan logrados (e hilarantes) como aquél en el que Rafa se hace pasar por “Antxón” en la celda de comisaría ante un grupo de admirados jóvenes partidarios de la kale borroka que le toman por una especie de “líder secreto”; la secuencia de la primera cena “en familia” entre “Antxón”, Amaia y Koldo; o la de la manifestación anti-española, con el apurado protagonista improvisando una extraña arenga política para animar a sus compañeros, que guarda ciertos ecos del célebre gag de la manifestación obrera de Tiempos modernos (Modern Times, 1936, Charles Chaplin). El burlesco final en Sevilla, con Amaia haciendo realidad el sueño romántico de Rafa gracias a una calesa… y la contratación de Los del Río cantando “Sevilla tiene un color especial” (¡), pone en evidencia lo que Ocho apellidos vascos tiene, en última instancia, de teatro de títeres humanos modelados por el peso de tradiciones enquistadas.

4 comentarios:

  1. Esta película, como el "Pagafantas" de Cobeaga, es un programa de sketches alargado. El cine es otra cosa.

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  2. Me alegra mucho que una comedia española sea líder en taquilla, además sin gran despliegue publicitario, con el tradicional boca-oreja de toda la vida. No comparto el pesimismo hacia el actual estado del género en España, el año pasado se estrenó la, para mi, divertidísima "Tres bodas de más" y aunque fuera un poco bluff, "La gran familia española" era una peli digna. Esperemos que Gómez Pereira se anime a retomar el género, en los 90 dejó buenos trabajos.

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  3. Tomás, una pregunta: en la cabecera de la página de facebook de este blog tienes dos fotos; en la pequeña aparece Rebecca Romijn en una escena de "Femme fatale" de De Palma, pero ¿de qué actriz son los ojazos azules de la foto grande?

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  4. Buenos días, Iker:

    Son de la misma actriz, en la misma película.

    Saludos.

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