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lunes, 22 de julio de 2013

THE JUNGLE GIRLS GONE WILD COLLECTION

La empresa norteamericana Passport Video, filial de Passport International Entertainment, editó en formato DVD, sistema multizona, un gracioso pack que, bajo el título The Jungle Girls Gone Wild Collection, agrupaba en cinco discos nada menos que 11 largometrajes y un serial cuyos denominadores comunes consisten en tratarse de producciones de bajo presupuesto, estadounidenses la mayoría, centradas en las aventuras de lo que podríamos llamar “chicas selváticas” o “mujeres salvajes”, exótico subgénero que se encuentra a medio camino entre el cine de aventuras y la fantasía erótica, protagonizadas por muchachas siempre de raza blanca convertidas, según los casos, en versiones femeninas de Tarzán o en heroínas de tiempos remotos, habida cuenta de que algunos exponentes del subgénero y de la selección llevada a cabo por Passport Video se centran en mujeres de la prehistoria. Los títulos que integran este pack son, por orden cronológico: The Savage Girl (1932), de Harry L. Fraser; Jungle Bride (1933), de Harry O. Hoyt y Albert H. Kelley; el serial de doce capítulos Queen of the Jungle (1935), de Robert F. Hill; Jungle Siren (1942), de Sam Newfield; Nabonga (1944), también de Newfield; Blonde Savage (1947), de Steve Sekely; Queen of the Amazons (que en la mayoría de fichas consta como de 1947, si bien en la copia figura 1946), de Edward Finney; Prehistoric Women (1950), de Gregory (Gregg) C. Tallas; Bowanga Bowanga/Wild Women (1951), de Norman Dawn; Liane, Jungle Goddess (1956), la única del pack que no es norteamericana, habida cuenta de que se trata de una producción nada menos que de la antigua Alemania Federal, cuyo título original es Liane, das mädchen aus dem urwald, y que fue dirigida por Eduard von Borsody; The Wild Women of Wongo (1958), de James L. Wolcott, salvo error del que suscribe la única de todo el pack que se encuentra editada en España en DVD, concretamente por la firma Llamentol y bajo el título de Las mujeres salvajes de Wongo, dentro de su colección Cult Monster Movies; y Virgin Sacrifice (1959), de Fernando Wagner. Ni que decir tiene que, dejando aparte el interés intrínseco de cada una de estas producciones en si mismas consideradas, el propósito de todas ellas era, en mayor o menor medida y con mejor o peor fortuna, dar rienda suelta a las fantasías sexuales del espectador masculino, ofreciéndoles el espectáculo voyeurista de hermosas actrices ligeras de ropa, prácticamente una transposición adulterada y exacerbada del mito del “buen salvaje” rousseauniano para solaz de instintos primarios.
The Savage Girl (1932) es una modestísima producción de Monarch Film Corporation, una de las productoras y distribuidoras independientes de cine de serie B que pulularon en Hollywood durante los años treinta y cuarenta, muchas con sede en la actual calle Gower de Los Ángeles y conocidas bajo la denominación común de Poverty Row (lo cual en ocasiones ha dado pie a alguna que otra confusión, habida cuenta que uno de estos pequeños estudios se llamaba… Poverty Row LLC), ofreciendo pequeños films que por lo general servían de relleno para los cines de programa doble. La película, en sí misma considerada, es una insignificancia que, a pesar de su breve duración (alrededor de una hora de metraje), consigue hacerse larga, sobre todo en su primer tercio, tedioso a más no poder y sin apenas atmósfera aventurera, pese a centrarse en el viaje a África llevado a cabo por un par de atildados caballeros, el joven Jim Franklin (Walter Byron) y el más maduro y acomodado Amos P. Stitch (Harry Myers), en el curso del cual descubren a una chica que vive en la selva (Rochelle Hudson), tan bella como inocente, sin que en ningún momento se nos explique cómo diablos ha ido a parar allí, acaso dando por sentado que los lectores de Edgar Rice Burroughs, o los espectadores de las películas que se hicieron a partir de sus libros, ya estaban advertidos sobre el “procedimiento habitual” del origen y crianza de los reyes y reinas blancos de la jungla. Ni que decir tiene que el apuesto Jim se enamorará de la muchacha, y que esta última mirará su amor puro y respetuoso con buenos ojos; y más si tenemos en cuenta que, para contrastar, comparece en la función otro personaje, el brutal guía de la expedición Alec Bernouth (Adolph Millar), quien desde el primer momento que pone sus ojos sobre la chica tan solo piensa en violarla…, haciendo un primer intento que es frustrado por un puñetazo de Jim en defensa de la virtud de la joven. Los últimos veinte minutos son los mejores, de puro divertidos, habida cuenta de que es cuando se precipitan todos los (delirantes) acontecimientos, con el malvado Bernouth convenciendo a una tribu de indígenas para que le ayuden en su plan de capturar a Jim y quitarlo de en medio, de cara a que él pueda perpetrar un segundo intento de violación de la savage girl; y cómo sufrirá una segunda frustración, no tanto por la oportuna intervención de Amos P. Stitch —el cual, incapaz de renunciar a sus comodidades habituales ni siquiera en África, se ha traído consigo su coche y a su chofer (Ted Adams), con los que lleva a cabo una desesperada operación de rescate de Jim—, como en particular gracias a la ayuda in extremis de… ¡un gorila amigo de la chica! (Charles Gemora, actor y maquillador que, se lo juro, siempre interpretó a gorilas y extraterrestres entre 1928 y 1958), el cual estrangula a Bernouth con su fuerte brazo.
Jungle Bride (1933) es otra ínfima producción de otra minúscula productora de serie B, I.E. Chadwick Productions, que fue distribuida por otra productora y distribuidora de cinéma bis más famosa y duradera, Monogram Pictures. Aún estando lejos de ser una maravilla, es un film superior a The Savage Girl: su nivel de producción se percibe como ligeramente más elevado, y el guión no es tan ingenuo, denotando incluso cierta elaboración. Asimismo, a diferencia de la película de Harry L. Fraser y del grueso de títulos que integran este pack de DVD, la protagonista del film co-realizado por Harry O. Hoyt y Albert H. Kelley, Doris Evans (Anita Page), no es una “chica de la selva”, sino una bella muchacha “de ciudad” que anda siguiendo los pasos de Gordon Wayne (Charles Starrett), un apuesto actor sobre el cual pende la sospecha de ser el verdadero autor del asesinato por el cual el hermano de Doris se encuentra cumpliendo condena en prisión. El relato arranca precisamente en un barco de pasajeros con destino a Sudamérica, en el cual Gordon viaja en compañía de su amigo Eddie Stevens (Eddie Borden), y allí se encuentran también Doris y su novio, el periodista John Franklin (Kenneth Thompson), los cuales, convencidos de la culpabilidad de George, le vigilan de cerca a la espera de que, tarde o temprano, se delate. Ahora bien, desde el principio parece claro… que no hay nada claro, habida cuenta de que, ya en las primeras escenas, unos borrachos Gordon y Eddie se dedican a dar la tabarra a los pasajeros del barco con su guitarra y sus canciones etílicas; de repente, Gordon se pone a hablar en voz alta sobre las sospechas de asesinato que penden sobre él, dando a entender así que nada es lo que aparenta (como, finalmente, se descubre). Mas, a pesar de ello, el relato no gana en intensidad ni interés, si bien sube enteros cuando se produce el naufragio accidental del barco (en una rápida secuencia de desastre que, por cierto, no está nada mal, hasta el punto de elevar considerablemente el tono del film), y Gordon, Eddie, Doris y Franklin van a parar, los cuatro (¡ya es casualidad!), a un ignoto rincón de la costa africana. El tono general que domina el resto de la función está más cerca del melodrama romántico, con Doris enamorándose a su pesar de Gordon y este último haciendo balance de su pasado, que de la película de aventuras, a pesar de algún que otro apunte a lo Burroughs: un león intenta atacar a Doris, pero Gordon se interpone entre ellos y lucha cuerpo a cuerpo con el felino, cual Tarzán, hasta conseguir acabar con él a cuchilladas.
Queen of the Jungle (1935), serial producido por Herman Wohl Productions (quien figura como supervisor del mismo), es otra minucia característica de la época de su realización, por más que la misma dure nada menos de 197 minutos, repartidos en doce episodios. Lo primero que hay que apuntar rápidamente es que, a fin de ahorrar, Queen of the Jungle incluye mucho metraje procedente de otro serial de aventuras selváticas rodado en la época silente, The Jungle Goddess (1922), dirigido por James Conway y dividido en quince capítulos, si bien parece ser que del mismo tan solo se conservan actualmente dos episodios. Ese recurso al “material de archivo” procedente de The Jungle Goddess se nota muchísimo incluso en la copia de mala calidad que he tenido ocasión de ver, habida cuenta de que, dejando aparte que se percibe claramente la diferencia de textura en el celuloide de uno y otro, muchos de los fragmentos del serial silente ni siquiera fueron sonorizados para su incorporación a Queen of the Jungle. Curiosidades al margen, Queen of the Jungle es un serial todo lo más simpático, dada su modestia, pero para nada apasionante, a la vista de lo aburrido de sus resultados. Dirigido, como hemos señalado, por Robert F. Hill, un profesional que acredita nada menos que la friolera de 117 títulos como realizador facturados entre 1916 y 1966 (año de su fallecimiento), además de otros 50 como actor, y recordado entre los aficionados al fantástico por haber sido uno de los codirectores de dos de los seriales de ciencia ficción más famosos de su tiempo, Flash Gordon (ídem, 1936) y Marte ataca a la Tierra (Flash Gordon’s Trip to Mars, 1938), Queen of the Jungle es un anodino relato aventurero que gira alrededor de Joan Lawrence (la exactriz infantil Mary Kornman, quien en los años 20 intervino en la célebre serie de Hal Roach “Our Gang”), una “reina de la selva” que, siendo niña, se perdió accidentalmente por la jungla (¡a bordo de un globo descontrolado!), hasta acabar convertida en monarca de los nativos. Llegada a adulta, Joan se ha convertido en una reina despótica y caprichosa, lo cual puede entenderse hasta cierto punto habida cuenta de que ha crecido sin que nadie se atreviera a educarla dada su condición “semi-divina”. De ahí que no se entiende que, cuando su amigo de la infancia David Worth (Reed Howes, estrella del western de serie B de los treinta), la encuentra veinte años después en una expedición financiada por el padre de Joan con el propósito de recuperarla, y tras salvarle la vida, la protagonista pierde todo su temperamento tiránico y se convierte en una joven dulce, risueña y ligeramente boba… El villano de la función es Kali (Lafe McKee), sacerdote de raza blanca (sic) que gobierna un pequeño reino a lo H. Ridder Haggard, aficionado, cómo no, a los sacrificios humanos y a coleccionar leones que alimenta con sus desdichadas víctimas. Por en medio pulula otra “diosa de la jungla” a la que los leopardos obedecen sin rechistar, y que corre a cargo de Elinor Field en los fragmentos de The Jungle Goddess reutilizados. Prácticamente nada más puede decirse de esta pequeñez, salvo anotar algún momento divertido: la pequeña Joan (Marylin Spinner), salvándose de morir en el pozo de los leones gracias a una ristra de petardos que llevaba consigo; o las involuntariamente hilarantes escenas en que, por culpa de un ponzoñoso bebedizo preparado por el pérfido Kali, Joan se queda temporalmente ciega, y a merced de cocodrilos y plantas carnívoras: suerte que David está siempre cerca para rescatarla…  
Jungle Siren (1942) es otra característica producción de bajo presupuesto llevada a cabo, en este caso, por una de las más conocidas productoras de serie B de la época del así llamado Hollywood clásico, o mejor dicho, de la época del Hollywood del sistema de estudios: la Producers Releasing Corporation (PRC). Dirigida por un veterano del cinéma bis como Sam Newfield, en cuya filmografía, principalmente cinematográfica pero con alguna incursión en la televisión ya en los últimos años de su carrera (la cual está fechada entre 1926 y 1964), hallamos la friolera de más de 270 títulos, Jungle Siren recupera el tono ingenuo, casi naïve, de The Savage Girl, mezclándolo en esta ocasión con el panfleto propagandístico anti-nazi. En este sentido, téngase en cuenta el momento de la realización del film, en plena Segunda Guerra Mundial, y que incluso el Rey de los Monos acabaría teniendo al año siguiente sus más y sus menos con los alemanes en El triunfo de Tarzán (Tarzan Triumphs, 1943, William Thiele), la cual, como ya tuve ocasión de comentar en un dossier de cine de serie B publicado tiempo atrás en Dirigido por…, es el precedente más directo de Rambo: Acorralado, segunda parte (Rambo: First Blood II, 1985, George P. Cosmatos): las escenas en las que Tarzán (Johnny Weissmuller) se deshace uno a uno de los soldados nazis, valiéndose de sus conocimientos sobre la selva y su habilidad para moverse en ella, se encuentran en la base de la secuencia en la que Rambo (Sylvester Stallone) hace otro tanto con los soldados vietnamitas que le persiguen. Volviendo a Jungle Siren, su protagonista masculino es Larry “Buster” Crabbe, famoso intérprete de Flash Gordon en los seriales mencionados líneas atrás —y que también “fue” Tarzán, en Tarzán de la fieras (Tarzan the Fearless, 1933, de Robert F. Hill, el mismo director de esos seriales y de Queen of the Jungle)—, y su trama gira en torno a dos miembros del ejército norteamericano, el capitán Gary Hart (Crabbe) y el sargento Mike Jenkins (Paul Bryar), que son enviados por su superior a un ignoto rincón del África negra donde, se sospecha, los alemanes pueden estar intentando aprovecharse de algunas tribus indígenas en beneficio de sus planes contra los aliados. Efectivamente: un tal —no es broma— George Lukas  (Arno Frey), que por si alguien albergaba dudas al respecto exhibe con orgullo en su despacho un enorme retrato al óleo de Adolf Hitler (sic), tiene el propósito de sublevar a las tribus de la zona de cara a los intereses del Tercer Reich en África. Mas no cuentan con la decisiva intervención de Kuhlaya (Ann Corio, actriz asimismo especializada en papeles de chica “exótica” y/o “salvaje” dentro de la serie B de la época), una muchacha blanca que vive en la jungla la cual, desde el primer momento, hará frente a los maquiavélicos planes de Lukas para manipular a sus amigos indígenas —es impagable la primera secuencia en la que aparece en escena: Lukas se está “camelando” a los africanos con collares y baratijas, y apenas aparece Kuhlaya y conmina a sus amigos a que no se dejen engañar, estos, al segundo, arrojan con desprecio los regalos recibidos…—, y naturalmente, se asociará con Hart y Jenkins en su cruzada anti-nazi. Poco más puede decirse de este pequeño film, salvo que hay en él un conato de triángulo amoroso entre Kuhlaya, Hart y un segundo personaje femenino, la esposa del nazi Anna Lukas (Evelyn Wahl), que acabará redimiéndose (y sacrificándose) por amor, como suele ser habitual en estos casos; y el recurso a las convenciones asentadas por las doce películas de Tarzán protagonizadas por Weissmuller para Metro-Goldwyn-Mayer y RKO: aquí Kuhlaya también se hace acompañar por un chimpancé que hace “graciosidades”, equivalente a la célebre mona Chita. Tampoco falta otra convención, esta habitual en el cine hollywoodiense “de safaris” de casi todas las épocas: el baño de la bella Kuhlaya en el río, cuya desnudez disimulan palmeras y matorrales colocados estratégicamente ante la cámara.
Nabonga (1944) coincide con Jungle Siren en el hecho de tratarse de una producción del mismo estudio de serie B, PRC, dirigida por el mismo realizador, Sam Newfield, y con el mismo protagonista masculino, Larry “Buster” Crabbe. Por lo demás, muy poca cosa puede decirse de esta insignificancia, cuyos “méritos” hacen buena, por comparación, a Jungle Siren, que ya es decir, salvo algunos aspectos relativamente curiosos. Dato para lo que se conoce como mitómanos: se trata del primer trabajo para el cine de la actriz y cantante Julie London, muy popular en los Estados Unidos, a la que los cinéfilos recordarán por sus intervenciones en algunos excelentes westerns de Robert Parrish —Más rápido que el viento (Saddle the Wind, 1958), Más allá de Río Grande (The Wonderful Country, 1959)— y Anthony Mann —El hombre del Oeste (Man of the West, 1958)—. London encarna aquí a la “chica salvaje” del relato, Doreen Stockwell, la cual, como puede ya deducirse de su nombre y apellido, no se trata de una joven completamente asilvestrada, sino de alguien que, siendo niña, fue a parar accidentalmente a la selva y acabó bajo la protección de un (otro) gorila tan aparentemente fiero como, en el fondo, más bueno que el pan (interpretado por Ray Corrigan, actor de carácter habitual del serial y del cine de serie B que en muchas otras ocasiones repitió este papel de simio embutiéndose dentro de tan aparatoso disfraz); aclaremos que el título del film hace referencia al hecho de que el gorila se llama algo así como Nbongo (sic), de ahí que Doreen sería por tanto Nabonga, “hija” o “protegida de Nbongo”: sin comentarios… Por lo que se puede ver, hay un nuevo y muy claro paralelismo entre la heroína de Nabonga y Tarzán, ya que la película también nos detalla cómo fue a parar al corazón de África: siendo niña —la pequeña Doreen corre a cargo de Jackie Newfield, hija del realizador—, vemos cómo al principio del relato la protagonista viajaba en avioneta sobre África junto con su padre, T.F. Stockwell (Herbert Rawlinson), quien ha cometido un desfalco en el banco en el que trabajaba y lleva consigo un valioso botín en dinero; la avioneta se estrella en la selva, si bien sus tres ocupantes, Stockwell, su hija y el piloto (Jack Gardner) sobreviven; este último, avaricioso, descubre el botín que Stockwell lleva consigo e intenta que lo comparta con él, pero Stockwell asesina al piloto de un disparo, y Doreen es adoptada, como hemos dicho, por el bondadoso gorila. Pasan los años y es entonces cuando aparece por la selva un nuevo personaje, Ray Gorman (Crabbe), hijo de un ya fallecido antiguo cómplice del asimismo difunto Stockwell, cuyo propósito es encontrar el botín para redimir la memoria de su padre. Así será como Gorman conocerá a Doreen y a su gorila; y los problemas volverán a empezar cuando el avaricioso guía de la expedición de Gorman, Carl Hurst (Barton MacLane), intentará a su vez asesinar a Gorman y a Doreen para, claro está, hacerse con el dinero que esconde la chica de la jungla. En definitiva, 75 minutos bastante rutinarios, a pesar de lo retorcido de semejante trama argumental, entre los cuales destaca, empero, un momento involuntariamente desternillante: Marie (Fifi D’Orsay), la cómplice de Carl Hurst en su plan criminal, libera al gorila de Doreen de la jaula donde se encuentra prisionero tras haber sido capturado por Hurt para que no moleste,… ¡y la propia Marie será la primera víctima de la ira vengativa del simio que acaba de soltar!
Blonde Savage (1947), una producción de Ensign Productions of California distribuida en los Estados Unidos por PRC, tiene la nada desdeñable virtud de conseguir que, por comparación, la mayoría de las discretamente mediocres películas que componen este impagable pack de señoritas selváticas… parezcan buenas, pues la verdad es que este film de Steve Sekely —cineasta norteamericano de origen húngaro que en ocasiones firmaba, como aquí, como S.K. Seeley, y a quien se le “debe” la aburrida The Day of the Triffids (1962), según la famosa novela de John Wyndham El día de los trífidos— es malo de remate, y lo que quizá sea peor, rodado con un nulo sentido aventurero, lo cual es imperdonable en una película de estas características, por pequeña y modesta que sea. La trama, situada, cómo no, en África —el film empieza con un rótulo que indica: “Senobi, África”, sin más, como si en este continente no existiesen países: África entendida como convención, o si se prefiere, como entelequia—, gira en torno a la sempiterna expedición encabezada por el valeroso Steve Blake (Leif Erickson), a quien acompaña su amigo Hoppy Owens (Frank Jenks, asumiendo el cargante y bastante ingrato papel de “compañero gracioso” del héroe). Una vez en el corazón de la jungla, Steve y Hoppy descubren a una pareja, el matrimonio que forman el codicioso Mark Harper (Douglass Dumbrille) y su esposa, la sulfurosa Connie (Veda Ann Borg), que intentan, como también es lo habitual en estos casos, aprovecharse de la inocencia y buena fe de los indígenas, los cuales a su vez cuentan con su propia protectora, la cual es, lo han adivinado, la blonde savage del título: Meelah (Gale Sherwood), la cual, por cierto, tiene un peso relativamente secundario en el desarrollo de la trama, y además resulta, por comparación, mucho menos erótica y seductora que la pérfida Connie: por una vez, la madurez y altiva elegancia de la villana supera con creces a la joven rubia ataviada con un ligero atuendo selvático cuya procedencia, al igual que la de la propia Meelah, resultan completamente desconocidos. Si no conocen Blonde Savage, creo que podrán vivir perfectamente sin ella.
Queen of the Amazons (1947), dentro de sus obvias limitaciones, es una de las más potables producciones que integran el pack. No es una maravilla ni mucho menos; ni siquiera es una película decente (cinematográficamente hablando, se entiende), pero cuanto menos hay en ella algún que otro recurso de puesta en escena que le confiere cierto encanto, dentro de la mediocridad generalizada del producto. Producción de Screen Guild Productions, una modesta distribuidora también conocida como Screen Art Pictures Corp. (Queen of the Amazons fue su primera película), a diferencia del resto de títulos de ambientación africana que hemos mencionado, la película arranca en Asia, si bien la acción no tarda en trasladarse al Continente Negro gracias al ímpetu de Jean Preston (Patricia Morison), una mujer decidida a localizar el paradero de su prometido, desaparecido en una expedición meses atrás, para lo cual contrata a un intrépido guía de safaris, Gary Lambert (Robert Lowery). Al final resulta que el prometido de Jean, Wayne Monroe (Keith Richards), no solo no ha muerto, sino que incluso está sentimentalmente unido a Zita (Amira Moustafa), la reina de una tribu de amazonas de raza blanca; a mayor ahondamiento, mientras siguen el rastro de Wayne por la selva, Jean y Gary se enamoran, mas esta relación amorosa a cuatro bandas acabará felizmente, yéndose cada oveja con su (nueva) pareja. Queen of the Amazons es otro modesto despropósito que su realizador, el habitualmente productor Edward Finney (firmante de 45 títulos en esta última faceta, mientras que como director tan solo hizo cinco films), resuelve por la vía directa y sin preocuparse por puerilidades como estilo y puesta en escena, con una única excepción: los subrepticios insertos de un personaje misterioso del cual tan solo vemos su sombra proyectada en una pared, y cuyas salidas confieren al relato, ni que sea durante unos segundos, una determinada atmósfera. Queen of the Amazons llama la atención, como la mayoría de títulos de este pack, por su utilización de lo que se conoce como stock footage o “material de archivo”, en este caso, abundantes tomas documentales de paisajes, tribus y animales africanos, lo cual da pie, sin querer, a un momento de irresistible comicidad: la expedición de Jean y Gary se detiene momentáneamente en una tribu, donde son recibidos con alborozo…; tanto, que el director inserta, alegremente y sin prejuicios, una serie de imágenes documentales de bailes guerreros y músicos de la tribu perfectamente organizados y coreografiados, dando así la sensación de que el poblado entero estaba esperando la llegada de los blancos para empezar la fiesta (sic). Anotemos, finalmente, que la tribu de amazonas juega un papel más bien secundario en la trama, dejando aparte además de que tienen una apariencia muy poco guerrera (como es lo previsible en estos casos, todas sus componentes parecen chicas de portada de revista de moda), y que la explicación que se nos da sobre su origen es bastante ridícula: se nos dice que estas mujeres fueron las únicas supervivientes del naufragio de un barco que se fue a pique en las costas africanas; las imágenes que visualizan ese naufragio, por cierto, también tienen pinta de ser stock footage, en este caso procedente de otra película: lo digo porque, aunque fugaces, son sospechosamente buenas…      
Prehistoric Women (1950) depara todavía más carcajadas que Queen of the Amazons, que ya es decir. Producida por Alliance Productions, fue dirigida por Gregory C. Tallas, un cineasta norteamericano de origen griego (había nacido en Atenas el 25 de enero de 1909 con el nombre de Grigorios Thalassinos) que en ocasiones firmaba sus trabajos en el cine como Gregg C. Tallas y Greg Tallas, tanto como director o montador o, algo menos, guionista y productor, siendo su trabajo más conocido tras las cámaras La Atlántida (Siren of Atlantis, 1949), versión de la novela de Pierre Benoît en cuyo rodaje participaron, de manera no acreditada, los realizadores John Brahm y Arthur Ripley. Primera película en color de este pack (la copia en DVD, por cierto, es de una calidad pésima, como lo son casi todas las de este lote, hasta el punto de que las escenas nocturnas, además de oscurísimas, parecen rodadas en blanco y negro…), Prehistoric Women rompe con la ambientación africano-asiática de sus compañeras de pack para trasladarnos a una inconcreta época de la prehistoria. En este sentido, el film sigue la línea sentada en su momento por la exitosa primera versión de Hace un millón de años (One Million B.C., 1940, Hal Roach y Hal Roach Jr.). Como en esta, los personajes hablan un hipotético lenguaje primitivo, si bien el relato viene acompañado de una cansina voz en off que le confiere por un lado un pretendido aire didáctico, y por otro la hace todavía más risible, pues ese aire supuestamente riguroso y “científico” choca de frente con lo ridículo de su planteamiento dramático y lo patoso de la realización. Una de las poquísimas cosas que pueden decirse a su favor reside en el hecho de que, al contrario de la mayoría de “films prehistóricos”, no cae en el error histórico común de presentar a seres humanos conviviendo con dinosaurios, si bien la película da la impresión de que ello es así por falta de presupuesto; sospecha que queda corroborada en la breve secuencia en la cual un pájaro gigantesco, o una especie de pterodáctilo (no queda del todo claro, y menos si se ve el film en la misma mala copia que he visto yo), lanza de repente un ataque sorpresa: está muy claro que no había dinero para efectos especiales. Por lo demás, Prehistoric Woman es una película desvergonzadamente exploitation, que si destaca (y divierte) por algo es por su desprejuiciado y políticamente muy incorrecto tratamiento machista, sexista y misógino del dibujo de las relaciones hombre-mujer, por mediación de una trama que, bajo este punto de vista, no tiene desperdicio. Tigri (Laurette Luez) es la líder de una tribu de mujeres cavernícolas que, siendo niñas, huyeron bajo la protección de sus madres y la anciana de su clan, hartas del yugo opresor de los varones. La protagonista y sus compañeras capturan a Engor (Allan Nixon) y sus amigos, cuatro hombres procedentes de una tribu vecina donde, al contrario que en la de Tigri o la de sus padres, hombres y mujeres conviven en perfecta armonía (sic). El film se centra, básicamente, en el proceso que llevará a Tigri y a tres mujeres de su tribu a enamorarse de Engor y sus compañeros, respectivamente, aprendiendo los unos de los otros. Planteamiento bienintencionado, qué duda cabe, pero que se estrella por completo gracias al descarado recurso de estereotipos favorecedoramente masculinos empleados para retratar ese proceso de acercamiento, de tal manera que al principio Tigri y sus feroces guerreras maltratan a sus prisioneros varones, para poco a poco ir cediendo a los atractivos de su masculinidad (no olvidemos que se trata de mujeres jóvenes que han crecido sin tener hombres a mano…), de tal manera que no tardarán en girarse las tornas y los hombres, gracias a su virilidad y a que saben-darles-lo-que-necesitan, acabarán conquistando (ergo, sometiendo) a sus cautivadoras. Hay dos elementos que sirven de cohesión para este desvergonzado discurso sobre la guerra de los sexos: uno, el descubrimiento del fuego por parte de Engor, claro, que une a hombres y mujeres alrededor de una hoguera que les da calor por la noche y les permite dejar de comer la carne cruda; y dos, la pelea final de los cavernícolas contra un gigante brutal y sin escrúpulos (Johann Petursson, que medía 2,34 metros), el cual personifica todo lo que Engor y sus colegas no son: hombres que saben-tratar-a-las-mujeres. Anotar, asimismo, que el sexismo del film se reitera en varias ocasiones por mediación de unas escenas en las cuales Tigri y sus compañeras bailan sensualmente a la luz de la luna: la cámara recorre las piernas desnudas de las bailarinas con una nada disimulada delectación.
Bowanga Bowanga (1951), también conocida como Wild Women y subtitulada White Sirens of Africa (sic), es sin duda alguna una de las peores del lote, que ya es decir. Que sea mala, vale: sus compañeras de pack también lo son, con lo cual coherencia no le falta; que sea, además, aburrida hasta decir basta, no tiene perdón. Dirigida y asimismo producida por Norman Dawn, cineasta de oscura trayectoria profesional que se remonta a 1919 y concluye precisamente con esta “joya”, la misma se centra en la enésima expedición por la selva, encabezada por tres hombres blancos —los comanda un tal Trent, encarnado por Lewis Wilson, actor asiduo del cine de serie B que interpretó a Batman en el serial homónimo de Lambert Hyllier de 1943—, que caen prisioneros de una tribu de mujeres guerrero de raza blanca. Su líder, acreditada como la Reina Bonga Bonga (sic), está interpretada por Dana Wilson, actriz neoyorquina que posteriormente se casó con Albert R. Broccoli, productor de la serie James Bond, pasando a llamarse Dana Broccoli. Mediocre hasta decir basta, el único interés relativamente divertido de Bowanga Bowanga reside en su descarado sexismo y su desvergonzada misoginia. Son impagables, en este sentido, las escenas en las cuales vemos las alborozadas reacciones de expectación de las amazonas cuando los tres hombres son traídos prisioneros a su campamento: no cuesta nada entender que hay apetito sexual entre ellas desde hace tiempo y que la sola visión de un varón puesto a su merced basta para ponerlas muy nerviosas… De hecho, el único intento de conflicto dramático se produce cuando la reina de las mujeres guerrero se propone quedarse con los tres hombres… para ella sola, lo cual provoca un rápido conato de rebeldía entre parte de sus guerreras, hasta el punto de que una se atreve a retarla en duelo para arrebatarle su hegemonía. El despropósito concluye gracias a la mediación de una joven guerrera de rubios cabellos que, apiadándose de los cautivos, les ayuda a escapar, eso sí…, largándose con ellos: la imagen que cierra el film, con los cuatro alejándose cogidos del brazo, dando saltitos y canturreando, no tiene desperdicio.
Liane, Jungle Goddess (1956), cuyo título original en alemán recordemos que es Liane, das mädchen aus dem urwald, nació a modo de respuesta, en versión femenina, a la oleada de películas de Tarzán de producción europea que, sobre todo a partir de los años sesenta, inundaron las pantallas de todo el mundo (me remito a lo que escribí al respecto en El accidentado periplo europeo del rey de los monos, dentro del libro colectivo Hecho en Europa: cine de géneros europeo, 1960-1979. Festival Peor… ¡Imposible! Gijón, 2009 —1—). Aun estando lejos de ser un buen film, Liane, das mädchen aus dem urwald tampoco es de lo peor del pack, más bien al contrario: luce un aceptable nivel de producción, y el guión, aunque tópico y estereotipado como el que más, resulta ligeramente simpático, a tono con las pretensiones de una película que tampoco quiere ser nada más que una especie de cuento de hadas para adultos que, a la postre, roza prácticamente lo infantil. Adaptación de una novela de Anne-Day Helveg, autora de al menos una continuación literaria que dio pie, a su vez, a una secuela de este film, Liane, die weibe sklavin (Hermann Leitner, 1957) —más adelante, llegaría una tercera entrega: Liane, die Tochter des Dschungels (Leitner, 1961)—, Liane, das mädchen aus dem urwald marcó el principio y casi el final del efímero estrellato de la prematuramente malograda actriz ruso-alemana Marion Michael (1940-2007), quien con dieciséis años escasos protagonizó este relato “selvático” encarnando a Liane, una jovencísima “reina de la selva africana” que es descubierta por una expedición, entre cuyos miembros se encuentra el apuesto Thoren (Hardy Krüger, quien repetiría su personaje en las dos mencionadas secuelas). La trama guarda notables similitudes con la del famoso Tarzán de los monos de Burroughs —y la de la posterior y muy injustamente menospreciada película de Hugh Hudson Greystoke: La leyenda de Tarzán, el rey de los monos (Greystone: The Legend of Tarzan, Lord of the Apes, 1984)—, sobre todo a partir del momento en que se sospecha que Liane puede ser la nieta de un anciano y adinerado empresario de Hamburgo, Theo Amelongen (Rudolf Forster), cuya hija desapareció en la jungla años ha. El traslado de la chica a la mansión de Amelongen, acompañada por Thoren y un fiel servidor africano llamado —sic— Tanga (Jean-Pierre Faye), no hace sino provocar las iras del que hasta ese momento era el único heredero de la fortuna familiar, el pérfido sobrino de Amelongen, Viktor Schöninck, quien llevará a cabo todo tipo de maquinaciones contra la inocente muchacha; personaje este último que corre a cargo del inquietante actor austríaco Reggie Nalder, recordado sobre todo por haber sido el francotirador de El hombre que sabía demasiado (The Man Who Knew Too Much, 1956, Alfred Hitchcock)…, y el vampiro “nosferatu” de la serie de televisión de Tobe Hooper El misterio de Salem’s Lot (Salem’s Lot, 1979). Llama la atención el cuidado puesto en disimular el evidente encanto erótico de Marion Michael, por ejemplo cubriendo púdicamente su semidesnudez con sus largos cabellos cual Lady Godiva, o convirtiendo un gesto con connotaciones sexuales —Liane toma la mano de Thoren y la coloca sobre uno de sus pechos— en una sencilla muestra de amistad.
The Wild Women of Wongo (1958) es una sublime ridiculez de la cual, no obstante, pueden apuntarse algunos datos curiosos (más que la película en sí, una basurilla donde las haya). En primer lugar, si bien figura como realizada por un tal James L. Wolcott, hay quien jura y perjura que la mayor parte del film fue dirigida nada menos que por… ¡Tennessee Williams! Aunque suene disparatado, es algo relativamente factible en el supuesto de que sea cierto el dato según el cual Wolcott era íntimo amigo de Williams, quien habría participado en el rodaje por el mero placer de divertirse filmando un producto completamente intrascendente (si es así, lo consiguió); a fin de cuentas, Wolcott tampoco desarrolló ninguna gran carrera tras las cámaras: su segundo y último trabajo como director fue la película recopilatoria The Best of Laurel and Hardy (1969). En el reparto hallamos a Ed Fury, pésimo actor procedente del mundo del bodybuilding que tan solo tres años después de haber participado en este engendro tuvo su “minuto de gloria” participando en algunos peplums italianos, entre ellos Mujeres violentas (La regina delle Amazzoni, 1960, Vittorio Sala), tres films donde encarnó a Ursus —Ursus (ídem, 1961, Carlo Campogalliani), Ursus nella valle dei leoni (Carlo Ludovico Bragaglia, 1961) y Ursus en la tierra del fuego (Ursus nella terri di fuoco, 1963, Giorgio Simonelli)—, y uno donde “fue” Maciste —Maciste contro lo sceicco (Domenico Paolella, 1962)—. Una tercera curiosidad consiste en una especie de “leyenda urbana” según la cual una jovencísima Adrienne Barbeau habría participado en el papel de una de las sexys “wild women”: el dato es completamente falso, no solo porque esta actriz tendría tan solo entre 12 ó 13 años cuando se rodó la película, sino que en realidad todo se trata de una confusión con el nombre de otra que sí que sale en ella, Adrienne Bourbeau, la cual posteriormente trabajó como ayudante de dirección en films de horror como Mako, el tiburón de la muerte (Mako: The Jaws of Death, 1976, William Grefe), El imperio de las hormigas (Empire of the Ants, 1977, Bert I. Gordon) y La casa de los horrores (The Funhouse, 1981, Tobe Hooper); además, basta con ver la película con un mínimo de atención para darse cuenta de que ninguna de las féminas que desfilan por la pantalla es la “carpenteriana” Barbeau. Lo mejor que se puede decir de The Wild Women of Wongo ya está dicho… El resto es una auténtica filfa, que arranca con una voz en off femenina (¡la de la “madre naturaleza”!), informándonos de que nos hallamos en tiempos “primitivos”. Es un decir: lo cierto es que los “prehistóricos” que salen en el relato parecen surgidos de una reunión de fin de semana de aficionados al cosplay: ¡hasta Prehistoric Women resulta más “salvaje”! Básicamente, la trama (de alguna manera hay que llamarla) gira alrededor de dos tribus, la de los habitantes de la isla de Wongo y la de los Goona; la llegada accidental de un apuesto guerrero de esta última al poblado a la orilla del mar de los primeros pone en evidencia algo que se confirmará más adelante: que la tribu de Wongo está formada por hombres feos y mujeres bellísimas, y que ocurre todo lo contrario en la de los Goona. El nudo del relato consistirá en el aparejamiento de los feos de Wongo con las feas de Goona, y viceversa: la escena final consiste en una serie de planos medios, en los cuales los hombres de Goona guiñan un ojo a la cámara tras emparejarse con las mujeres de Wongo y endilgarles sus cardos borriqueros a los tarados de Wongo. Semejante imbecilidad está sazonada por un burdo sentido del humor (¡ni siquiera los responsables del desaguisado son capaces de tomárselo en serio!), dentro de lo cual se lleva la palma los reiterados insertos de un papagayo diciendo “cosas divertidas” a modo de contrapunto burlesco (estén donde estén en la isla, siempre es el mismo papagayo: parece que va siguiendo a los personajes…); una reiterada exhibición de la belleza de las mujeres de Wongo (resulta fácil imaginar que las feas de Goona salen mucho menos), donde no faltan las consabidas escenas para solaz de erotómanos, tales como una de catfight sobre la arena de la playa (no hay barro), o las inevitables de los “bailes exóticos” de las “primitivas”, en uno de los cuales, y en presencia de una madura sacerdotisa que parece vivir aburridamente sentada todo el día en su incómodo trono de piedra (Zuni Dyer), esta última se transforma, por paso de montaje, en una bailarina joven y dinámica (la bailarina y coreógrafa del film Olga Suarez): ¡la magia del cine! The Wild Women of Wongo tiene cierta fama por una secuencia, la única mínimamente llamativa, en la cual la actriz protagonista, Jean Hawkshaw, se pelea bajo el agua con un caimán; la particularidad de la escena es que, en efecto, se trata de la propia actriz quien lleva a cabo la escena con un reptil de tamaño mediano; teniendo en cuenta que Hawkshaw jamás volvió a trabajar en el cine, y que esta escena submarina está rodada en las cristalinas aguas del parque natural de Silver Springs en Florida (muchas escenas de este tipo de numerosas famosas películas se han filmado allí), el cual era famoso por un espectáculo de sirenas similar al que tiene lugar actualmente en Weeki Wachee Springs, asimismo en Florida, cabe especular con que la mencionada Hawkshaw pudo haber salido elegida de un casting de “sirenas” locales.
Virgin Sacrifice (1959) “remata” este inefable pack con un bodrio a la altura de sus compañeras de edición en DVD, si bien no peor que algunas de las perlas que hemos mencionado en estas líneas. Al parecer primer y único trabajo para el cine del realizador Fernando Wagner, director de origen alemán, of course, conocido por su labor como director de teatro en Méjico y que luego se dedicó a dirigir para la televisión de ese país (también trabajó como actor: tiene un papel en Grupo salvaje/The Wild Bunch, 1969, Sam Peckinpah), Virgin Sacrifice es un minúsculo relato de aventuras que transcurre no en África, sino por los alrededores del Amazonas. Samson (David DaLie) es un cazador blanco que debe rescatar a la joven y —se supone— virginal Morena (Angélica Morales), la cual ha sido secuestrada por un pérfido jefe indio de la tribu Vicuni, Tumic (Antonio Gutiérrez), para ofrecerla en sacrificio a sus dioses. Samson está doblemente motivado para llevar a cabo ese rescate: Morena es la hija de su amigo Fernando (papel a cargo del propio director del film), y tiempo atrás —flashback mediante—, Samson espió de lejos el sacrificio de una muchacha (Linda Cordova) a manos de los Vicuni, sin que en esa ocasión tomara a tiempo la decisión de salvarle la vida: rescatar a Morena es, como suele decirse, su “segunda oportunidad” de cara a redimirse. La película está rodada, eso sí, en bellos paisajes naturales, probablemente también mejicanos, y como digo, no es de lo peor del pack, por más que sus 67 minutos acaban haciéndose largos por culpa, sobre todo, de la consabida inserción de inacabables y gratuitos números musicales “locales” (secuencia de la cantina). Un par de cosas llaman la atención, dentro de la mediocridad del conjunto. Primero, el avance de la permisividad en materia de censura que se percibe entre el primer título de este pack, The Savage Girl, y esta Virgin Sacrifice: el flashback del sacrificio de la primera chica ofrece un breve topless de la actriz. Segundo, y a falta de conocer con exactitud cómo se desarrolló la filmación de esta minucia, destaca la sensación de sufrimiento físico, que parece real, de la joven actriz Angélica Morales, en el que fue su único trabajo para el cine: en todas las escenas en las que la vemos maniatada y siendo arrastrada por la selva por Tumic y sus hombres, se tiene la sensación de que la intérprete está pasándolo mal de verdad; hay un momento en el que la chica resbala sobre una roca a la orilla de un arroyo, y el resbalón se diría que es auténtico (o Morales era una gran actriz, algo bastante dudoso viendo su trabajo en esta película); acaso por piedad, o quizá por sadismo, el realizador inserta en una escena un primer plano de sus pies desnudos, sucios y ensangrentados, pisando el duro terreno amazónico, y uno tiene serias dudas sobre si lo que mancha los pies de la pobre chica es maquillaje.  

(1) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2009/08/hecho-en-europa-un-homenaje-al-cine-de.html

2 comentarios:

  1. Hola, Tomás, buenas tardes. Supongo que hablar de frikada para hacer referencia a este cúmulo de despropósitos fílmicos se queda incluso corto. Y, en lo que atañe al 'desempeño personal asociado' (haber tenido que ver todo eso...), no sé si envidiarte o compadecerte. Cine es, en todo caso...

    Un abrazo y buen agosto.

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  2. ...hola, añadiría "BELLA LA SALVAJE"..una película cubana..1953.. dirigida por Raúl Medina, con Blanquita Amaro y Esperanza Roy en su primera actuación cinematografica

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