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martes, 16 de julio de 2013

Retrato de familia con asesino al fondo: “EL HIPNOTISTA”, de LASSE HALLSTRÖM

[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Hay cineastas que, desde cierto punto de vista, resultan inesperada y sorprendentemente “incómodos” por la sencilla razón de que practican un tipo de cine de tono medio (no calidad media: no es ni equivale a lo mismo) que en sus líneas generales no llama la atención. Son realizadores que, como el sueco Lasse Hallström, hacen gala de un estilo tan aparentemente sencillo y lleno de sutilidades, que acaba pasando desapercibido. Además, en el “caso Hallström” concurre la agravante de haber desarrollado el grueso de su filmografía en los Estados Unidos, como han hecho y siguen haciendo muchísimos grandes directores a lo largo de toda la historia del cine, lo cual suele venir acompañado (¡todavía!) de la consabida sospecha de haberse “vendido” al capital, “argumento” que invalida la relevancia artística de todo o casi todo lo que se produzca con su firma bajo el pabellón del país de la bandera de las barras y estrellas (no suele ocurrir con los realizadores de nacionalidad británica que triunfan en el cine estadounidense, o al menos yo no he oído muchas quejas al respecto de, por ejemplo, Ridley Scott o Christopher Nolan). A mayor inri, Hallström tampoco forma parte del “corrillo de los festivales”, pues sus películas carecen de la aureola de “prestigio especializado” que requieren los films que se proyectan en esos escaparates selectos, o considerados como tales.  
Pero lo peor, lo más imperdonable, aquello por lo cual Hallström se ha hecho merecedor de ser arrojado vivo al pozo sin fondo que muchos cinéfilos y no pocos críticos con alma de inquisidores reservan para los cineastas, dicen, sin interés, es que nuestro hombre es, horroricémonos, “irregular”; es decir, que de los treinta y cuatro títulos que ha rodado para televisión y cine entre 1973 y hasta el momento actual a caballo de las cinematografías sueca y norteamericana —treinta y cinco, si incluimos la película que actualmente tiene en preproducción, The Hundred-Foot Journey—, miren ustedes por dónde, resulta que no son todos buenos. Dejando aparte el hecho de que ni los mayores genios del cine o de cualquier otra rama artística poseen una obra enteramente magistral y sin fisura alguna —si nos podemos también “inquisidores”, hasta Hitchcock tiene un Juno and the Paycock (1929) en su carrera—, y que, ciñéndome a lo que le conozco, Hallström reúne en su filmografía algunas “vergüenzas” —y tampoco tan terribles: ABBA: The Movie, Querido John y quizá, a falta de haberla visto aún, Un lugar donde refugiarse—, incluso entre sus films que la inquisición más o menos “tolera” —Algo de que hablar, Chocolat—, además de una discutida versión de Casanova, no es menos cierto que este realizador ha brindado por otra parte un puñado de buenas y hasta excelentes películas —Mi vida como un perro, Querido intruso, ¿A quién ama Gilbert Grape?, Las normas de la casa de la sidra, Atando cabos, Una vida por delante, La gran estafa, Siempre a tu lado (Hachiko), La pesca del salmón en Yemen—, a modo de sólido contrapeso.
El hipnotista es el primer film que Hallström rueda en su país natal desde finales de los años ochenta, así como la versión cinematográfica de la novela homónima de Lars Kepler, seudónimo con el que firman el escritor sueco Alexander Ahndoril y su esposa Alexandra Coelho Ahndoril. A falta de haberla leído, las referencias que la comparan, positivamente, con Stieg Larsson no son las que me animan a emprender su lectura, y más teniendo en cuenta que el primer volumen de la celebrada “trilogía Millennium”, Los hombres que no amaban a las mujeres, me pareció de una mediocridad apabullante, hasta el punto de hacerme desistir de la lectura de las dos siguientes entregas; las adaptaciones cinematográficas de la misma también me dejaron frío, tanto la original sueca —Millennium 1: Los hombres que no amaban a las mujeres (Män som hatar kvinnor, 2009, Niels Arden Oplev)— (1) como el no muy superior remake estadounidense —Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres (The Girl with the Dragon Tattoo, 2011)— a cargo de David Fincher (2). A falta de haber leído el original literario, adaptado al cine por el propio Hallström en colaboración con el guionista y también realizador Paolo Vacirca —y que, vuelvo a insistir dado que lo desconozco por mí mismo, las referencias que tengo apuntan a que es posible que la trama del libro haya sido “corregida”… a mejor—, lo primero que me llama la atención de El hipnotista: the movie es que, aun siendo un thriller, género que a Hallström no le resulta por completo desconocido, lo aborda, como suele ser habitual en él, de manera particular: La gran estafa estaba llena de humor negro y satírico, lo cual hacía de él un film de intriga policíaca poco convencional; su episodio piloto para la serie de televisión New Ámsterdam (New Amsterdam, 2008- ) gira alrededor de un agente de policía de Nueva York que es… inmortal; y El hipnotista, “palabro” con el que se ha bautizado en España la novela y la película (lo correcto sería “hipnotizador”), hace gala de una cualidad sin duda heredada de Hithcock, un cineasta tan famoso como en ocasiones malinterpretado: su sentido del mcguffin, de tal manera que —recordemos— la intriga policíaca en sí es muy importante para los personajes que pueblan la acción del film, pero reviste muy poca o casi ninguna importancia para el realizador. Sus intereses están enfocados en otro nivel de la narración.
¿Y cómo se percibe eso? Pues como solo saben hacerlo los cineastas que se expresan visualmente: con la cámara. La película se abre con una corta serie de imágenes aéreas que arrojan una visión panorámica de la ciudad de Estocolmo; la cámara avanza lentamente de izquierda a derecha del encuadre; ese movimiento de cámara aéreo se recupera, inversamente proporcional, en las escenas finales: la cámara se alza en vuelo (probablemente en una toma desde helicóptero) desde la casa que visita el agente de policía Joona Linna (Tobias Zilliacus), iniciando un movimiento ahora de derecha a izquierda del plano, enlazando con nuevas imágenes panorámicas sobre la ciudad; la diferencia estriba en que, en estos planos finales, nada más comenzar el movimiento aéreo sobre la casa, Hallström “corta” para mostrarnos a continuación el interior de la vivienda y a quién pertenece, la compañera de Joona en la policía Magdalena (Eva Melander), y cuál es el propósito de la visita de Joona, hacerle un regalo de Navidad a la siempre llorosa pequeña hija de esta última. Ese “corte”, esa interrupción de la narrativa convencional (lo usual hubiese sido “enlazar” el plano aéreo sobre el bloque de apartamentos donde vive Magdalena con el plano general aéreo más abierto sobre la ciudad) es la última señal de aviso de un relato que, bajo su estructura más o menos tradicional de “thriller al uso”, vuelve a plantear, como no podía ser menos en su autor, una nueva digresión sobre la familia. Reflexión que culmina con ese apunte que acabamos de mencionar: el gesto de un solitario inspector de la policía judicial, absorbido por la comisión, investigación y resolución de un asesinato, en busca de un poco de calor hogareño, aunque sea ajeno. Un ciclo que se abre y se cierra sobre una gran ciudad, como dando a entender que en cada uno de esos edificios, de esos pisos, hay historias escondidas.
No es este, ni mucho menos, el único indicio de cuál es el tono del relato. Nada más empezar el mismo, y después de esas primeras panorámicas aéreas sobre Estocolmo, la cámara se detiene en unas instalaciones deportivas. En la pista central de las mismas será asesinado un hombre a cuchilladas; la planificación de las puñaladas es a base de montaje corto y primeros planos. El sentido tradicional de este tipo de planificación suele ser el de “escamotearnos” la identidad del asesino (es imposible ver quién es el autor de las puñaladas), “misterio” que se resolverá más adelante, dado que constituye el nudo de la intriga policíaca propiamente dicha: quién mató y cuál fue el móvil para hacerlo. Pero a la vista de cómo se desarrolla poco después el descubrimiento de los cadáveres de una mujer y una niña, asimismo cosidas a cuchilladas en su casa, y el hallazgo de un único superviviente —el adolescente Josef (Jonatan Bökman)—, malherido y en estado casi de coma, así como la relación de parentesco entre todas las víctimas —el hombre del polideportivo, profesor de educación física, era esposo de la mujer y padre del chico y la niña—, poco a poco empieza a afianzarse la impresión que luego acabará confirmándose: que los asesinatos no son sino la excusa para hablarnos de otras cosas; y que, para Hallström, los crímenes tan solo tienen la función de meros detonantes de su nueva digresión sobre los secretos de familia. De hecho resulta significativo que el descubrimiento de los cadáveres de la mujer y la niña estén visualizados por Hallström por medio de una serie de lentos movimientos de cámara, desde el punto de vista del inspector Joona, recorriendo las habitaciones de la casa, donde vemos, primero, a la niña, degollada y sentada en el sofá como si mirara la televisión, y luego, a la madre, grotescamente tirada sobre el suelo de la cocina; es decir, madre e hija aparecen, muertas, en los escenarios cotidianos donde, por costumbre, se identifican los estereotipos de los roles “madre” (cocina) y “niña pequeña” (ante una tele que emite dibujos animados).  
Bajo este punto de vista, digamos, “familiar”, puede entenderse El hipnotista, al menos en su versión cinematográfica chez Hallström, como la historia de unas familias en conflicto. Por un lado, la de un asesino que ha perpetrado sus crímenes múltiples con la secreta intención de “eliminar” a una familia para garantizar, así, la subsistencia de su propia “familia”; por otra parte, la familia que forman el psiquiatra e hipnotizador Erik Bark (Mikael Persbrandt), su esposa Simone (Lena Olin) y su también adolescente hijo Benjamin (Oscar Pettersson), la cual se ve accidentalmente implicada en los asesinatos. A mayor ahondamiento, el inspector Joona, a raíz de su toma de contacto profesional con el caso empieza a darse cuenta de su propia soledad, sobre todo a partir del momento en que conoce a Erik siguiendo la recomendación de la doctora Daniella (Helena af Sandeberg), quien le plantea la posibilidad de que el psiquiatra utilice la hipnosis para interrogar al hospitalizado y semiinconsciente Josef para que le proporcione pistas sobre lo ocurrido; de este modo, cuando se produce el misterioso secuestro de Benjamin, e implicado en el caso hasta el cuello a nivel personal, Joona es consciente de su incapacidad para comprender el dolor de Erik y Simone ante el secuestro de Benjamin porque él no tiene hijos. Llegados al clímax del relato, y una vez descubierto su modus operandi, descubriremos asimismo que, en su locura criminal, el asesino ha llegado a “adoptar” a Benjamin como si también fuera su propio hijo.
Más que el misterio que envuelve a los asesinatos y a la identidad de su responsable, lo que realmente le interesa a Hallström es el misterio de las relaciones humanas. De ahí que, a ratos, resulte más atractivo, más oscuro incluso, el “secreto” que rodea a las tirantes relaciones de Erik y Simone, y que se refleja tanto en gestos y miradas repletos de ambigüedades y silenciosos reproches —véase, por ejemplo, la diferencia de trato que Benjamin muestra hacia su madre, fría y distante, y hacia su padre, cálida y afectuosa—, como, especialmente, en ideas de puesta en escena que contribuyen a crear un clima malsano alrededor de la descripción de la vida cotidiana de la pareja. La presentación de Erik y Simone es, en este sentido, extraordinaria: Erik recibe a altas horas de la madrugada una llamada telefónica de Joona a través del teléfono móvil de Daniella, solicitando su presencia en el hospital para que le eche un vistazo a Josef; las escenas en las que Erik y Simone se despiertan en mitad de la noche están iluminadas, lógicamente, en penumbra, y los personajes aparecen prácticamente a oscuras; pero al día siguiente, después de que Erik haya regresado del hospital, y a pesar de que la escena transcurre a la luz de la mañana, la pareja aparece fotografiada a contraluz, hasta el punto de que casi no pueden distinguirse sus facciones: Erik y Simone son, de este modo, personas de rostros difuminados, seres humanos sumidos en su propia penumbra: la “oscuridad” que les persigue desde que, como iremos averiguando, Erik le fue infiel a Simone precisamente con Daniella, o desde que el psiquiatra fue públicamente inhabilitado para ejercer su profesión por haber denunciado a un hombre bajo la acusación de pederastia cuya confesión había conseguido arrancar mediante la hipnosis. Algo muy parecido ocurre en el momento de la presentación del personaje de la joven Evelyn (Emma Mehonic), crucial para el esclarecimiento de la intriga criminal: la chica es presentada, primeramente, de espaldas a la cámara, y luego, asimismo a contraluz: al principio es otro personaje sin rostro, sin “vida”; un rostro que “vivirá” solo cuando se decida a explicar (en primer plano frontal y perfectamente iluminado) los secretos que guarda en su interior.
El hipnotista resulta, desde esta perspectiva, un interesantísimo anti-thriller en el cual, como digo, la intriga policíaca está resuelta por Hallström haciendo gala de un manifiesto desprecio hacia la misma (y con razón: es lo menos atractivo de la función), hasta el punto de que —de nuevo, salvando las distancias, un poco como el Brian De Palma de Femme Fatale (ídem, 2002)— el cineasta sueco llegar a poner a la vista del espectador algunas de las “pistas” en torno al misterio que rodea a los asesinatos, recurriendo en ocasiones a algo ya practicado en algunas de sus anteriores películas: la inserción de planos de contenido soterrado; y esto último, señores de la inquisición, solo está al alcance de un realizador que sabe construir planos y dotarlos de sentido y contenido en función del encuadre elegido. Si, por ejemplo, en Las normas de la casa de la sidra, le bastaba con mostrarnos al personaje de Arthur Rose (Delroy Lindo) poniéndolo en relación con los de Homer (Tobey Maguire) y su hija Rose Rose (Erykah Badu) dentro de un mismo plano general, y automáticamente sabíamos que Arthur era el responsable del embarazo de Rose Rose (en Las normas de la casa de la sidra, por cierto, y en relación con lo que acabamos de describir, también se producían cuchilladas autoinfligidas), algo muy parecido ocurre en El hipnotista. En atención a quien todavía no haya visto el film, y por lo tanto desee “sorprenderse” (si bien es mejor que no lea lo que describiré a continuación), en esta ocasión a Hallström le basta asimismo con insertar un plano de un personaje aparentemente anodino, entrando en una habitación, para que el espectador sepa que el mismo tendrá de un modo u otro un peso específico en el relato. Lo mismo puede aplicarse a la resolución de las escenas de “suspense” más violentas, que procuraremos no “destripar” tampoco en exceso, tal es el caso del plano picado sobre la habitación de Josef en el hospital (basta con fijarse en cómo están dispuestos los actores que salen en el mismo para intuir qué ha ocurrido realmente), o el momento del intento de asesinato del amigo de Simone y marchante de arte Shulman (Jan Waldekranz), planificado evitando por completo el “efecto sorpresa”. Ello no obsta para que, cuando es necesario, Hallström sepa imprimir tensión a los momentos de “suspense” que verdaderamente lo requieren, tal es el caso de la ingeniosa reconstrucción, vía hipnosis, de los recuerdos ocultos en la mente de Simone la noche que su hijo fue secuestrado, y en particular, el clímax del relato con el autobús y el lago helado, cuya resolución solo puedo calificar como modélica. Tengo muy claro que El hipnotista no se merecía los “palos” que he tenido ocasión de leer estos días, y que si bien respeto solo lo hago hasta cierto punto: en ocasiones como esta, el respeto hay que ganárselo a base de argumentos, no de vaguedades e ideas preconcebidas.    

(2) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2012/01/david-fincher-vs-stieg-larsson.html

2 comentarios:

  1. Hola, Tomàs, te he conocido al leer tu prólogo del libro "Cines de barrio" de Roberto Lahuerta.
    Es realmente interesante recordar esos cines (la mayoría ya desaparecidos) que frecuentaba en mi juventud. Vivía en Horta y era adicto a los cines de esta barriada de Barcelona, y los visitaba todos. Asistí el primer día a la inauguración del cine Venecia, y nunca me acordaba del programa de ese día, y gracias al libro ya lo tengo otra vez en mi memoria.

    Perdona mi comentario, que no tiene nada que ver con tu entrada, pero creo que sabrás entenderlo.

    Un abrazo

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  2. El Hipnotista es una producción que tiene puntos favorables como el reparto, pero la historia no me convence del todo. Comencé a buscar filmes sobre la hipnosis a raíz de ver la serie El Hipnotizador , que igual recomiendo. Sin duda el reparto es un aspecto positivo de esta película, pero en lo personal, al final me dejo más preguntas que respuestas.

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