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sábado, 27 de julio de 2013

Catálogo para casas encantadas: “EXPEDIENTE WARREN”, de JAMES WAN

[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Hay que reconocer que ver un film de terror tan hábilmente planteado e inteligentemente resuelto como Expediente Warren (The Conjuring, 2013) resulta gratificante. La película, dicen que basada en un hecho real protagonizado por los auténticos Edward “Ed” Warren Miney (1926-2006) y Lorraine Rita Warren (n. 1927) (1), el matrimonio de investigadores de fenómenos paranormales más famoso y reputado de los Estados Unidos (baste mencionar que investigaron el celebérrimo “caso” de Amityville), llama la atención primeramente por su honestidad. Cualidad, por cierto, característica de la manera de afrontar el género fantástico de su director, James Wan, dejando aparte su popular aunque mediocre Saw (ídem, 2004), a falta de haber visto su incursión en el thriller, Sentencia de muerte (Death Sentence, 2007), y a pesar de que haya cedido recientemente a la es de suponer que muy bien remunerada “tentación” de firmar la nueva entrega de The Fast and the Furious, mala noticia donde las haya.
Cuando hablo de honestidad, me refiero al hecho de que Wan construye Expediente Warren llevando a cabo un respeto escrupuloso a la práctica totalidad de las convenciones del cine de “casas encantadas”, pero no hay en ello un mero mimetismo, y ni tan siquiera aparece aquello en lo que sería más fácil incurrir cuando se sigue una fórmula preestablecida: la rutina. Por el contrario, el realizador abraza esas convenciones con una singular mezcla de respeto y entusiasmo, sin pretender en primera instancia renovar nada; no obstante, el resultado hace gala de tanta alegría y convicción a la hora de filmar, que compensa sobradamente esa patente falta de originalidad y logra que la película transmita una sensación de frescura casi irresistible. Subrayo el “casi”: a nadie que haya visto un buen puñado de films sobre “casas encantadas” y similares se le escapan las fuentes de las que han bebido a tragos largos Wan y sus guionistas Chad y Carey Hayes, las cuales van desde el magistral The Haunting (1963) de Robert Wise —¿hay que interpretar como una especie de guiño la presencia en el reparto de la excelente Lili Taylor, quien fuera una de las protagonistas del horrible remake de The Haunting perpetrado por Jan De Bont en 1999?—, a la no menos excelente Al final de la escalera (The Changeling, 1980, Peter Medak) —el balancín “viviente” recuerda a la silla de ruedas de esta última—, pasando, claro está, por Poltergeist (Fenómenos extraños) (Poltergeist, 1982, Tobe Hooper) —la muñeca “Annabelle” vendría a ser un equivalente de aquel mortífero payaso de trapo— y al final, inesperadamente, El exorcista (The Exorcist, 1973, William Friedkin). También es cierto que Wan y sus colaboradores no se olvidan de incluir algún toque de “modernidad” destinado a sellar Expediente Warren como una producción de 2013, pese a que su acción transcurre en el año 1971: la secuencia, a lo found footage, del descenso al sótano de la casa maldita de los protagonistas, Lorraine y Ed Warren (Vera Farmiga y Patrick Wilson), filmados “realistamente” por el agente Brad (John Brotherton), quien les sigue con una pequeña cámara grabadora y les ilumina con un foco.
Aun tratándose de una interesante película —la mejor contribución de Wan al fantastique junto con su subvalorada Silencio desde el mal (Dead Silence, 2007), y por encima de su anterior y (esta sí) algo sobrevalorada Insidious (ídem, 2010), cuya secuela, por cierto, probablemente veremos antes de que acabe el año—, soy del parecer que el entusiasmo desatado alrededor de Expediente Warren resulta un tanto desproporcionado en virtud de sus méritos reales (que los tiene), de ahí que, haciendo un poco de abogado del diablo (nunca mejor dicho), quisiera detenerme primero en sus defectos (que también los tiene). No me refiero, por descontado, a esa “falta de originalidad” que he apuntado líneas atrás, la cual no es un defecto en sí misma considerada y menos actualmente, en pleno imperio del cine posmoderno o quizá ya “post-posmoderno” (habrá que ir pensando en una nueva denominación); por otra parte, subrayo, puede verse en ese recurso a las convenciones tradicionales del género una actitud respetuosa hacia un determinado repertorio que el tiempo ha consolidado ya como un patrón cultural a seguir (y mejorar) por las nuevas generaciones de cineastas.
Mis reparos se dirigen más bien hacia ciertas debilidades de guión y determinados recursos de realización puestos a su servicio, que dañan la excelente construcción narrativa de la cual hace gala el film en su conjunto, sobre todo en su a mi entender demasiado “estirado” tercio final. Por ejemplo, no me termina de convencer el intento, parcialmente fallido, de conferirle densidad al personaje de Lorraine Warren, la médium cuya elevada sensibilidad a la hora de captar fuerzas malignas la atormenta; en primer lugar, porque la actriz que la interpreta y que tampoco me ha convencido nunca, Vera Farmiga, no transmite tormento interior alguno; buena prueba de ello reside en la crucial secuencia de la primera visita de los Warren a la casa de campo encantada de la familia Perron, que da pie —lamentablemente— a la peor idea de puesta en escena del film: esos típicos insertos con la foto quemada y el inevitable subrayado sonoro en los cuales se repiten los planos/contraplanos de la primera entrada de Lorraine en la casa, con la protagonista viendo cómo asoma por las espaldas de sus habitantes la siniestra sombra del ente maligno que se está adueñando del lugar; es un recurso efectista que, indirectamente, pone al descubierto la escasa potencia dramática de Farmiga, cuyas miradas la primera vez que vemos esos encuadres no transmiten lo que deberían. También me parece un error la inserción del feo flashback sobre el endemoniado que, al hilo de la explicación que Ed Warren le da a Roger Perron (Ron Livingston), “ilustra” el momento en que Lorraine se vio cara a cara con el Mal Total, el Horror Absoluto, marcándola de por vida: la insinuación en off visual hubiese sido más elegante y sugestiva. Otro exceso es la caída de Lorraine por el estrecho conducto de ventilación que conduce hasta el sótano de la casa, tan aparatosa que resulta inverosímil que el personaje salga de la misma sin hacerse ninguna herida de gravedad. Asimismo hay un exceso de situaciones-límite en el tercio final del relato, de cara a conseguir un clímax espectacular y casi operístico, una orgía de fuerzas malignas desatadas que Wan orquesta con talento, si bien con dificultades para mantener el ritmo (algunas fuentes afirman que existen entre 20 y 30 minutos adicionales que fueron recortados del montaje definitivo de 112 minutos): véase, sin ir más lejos, cómo se rompe la tensión del exorcismo que está teniendo lugar en el sótano mediante la inserción en paralelo de las escenas en las que el ayudante de los Warren, Drew (Shannon Kook), busca por la casa a la pequeña de los Perron, April (Kyla Deaver).
Una vez dado al diablo lo que es del diablo, y al César lo que es del César —la imagen de la invisible figura humana que se intuye durante unos segundos bajo una sábana al viento está tomada del director’s cut de Paul Verhoeven para El hombre sin sombra (Hollow Man, 2000), si bien es verdad que en Expediente Warren la misma tiene un sentido narrativo más lógico: dentro del mismo plano, y en virtud de un hábil reencuadre, la apariencia fantasmal bajo la sábana “salta” a la siniestra figura femenina que se intuye tras una ventana de la casa—, como digo, todo ello es pecata minuta a la vista de los aspectos positivos del film, que compensan con creces esos reparos. A pesar, vuelvo a insistir, del carácter un tanto formulario de la realización, en el sentido de que echa mano de recursos muy conocidos a estas alturas, ello no obsta para reconocer el excelente provecho que Wan sabe extraer de los mismos: el talento no consiste solamente en innovar, sino también en reaprovechar lo ya existente y lograr, como aquí, algo que a pesar de todo transmite frescura.
Hay muchas cosas buenas que anotar en el haber del film. El prólogo, la historia de la muñeca “Annabelle”, está resuelto con elegancia. La llegada de la familia Perron a su nuevo hogar introduce las notas justas de inquietud, tales como el plano, muy clásico, que muestra el vehículo deteniéndose frente a la casa, con la cámara colocada dentro de la misma y recogiendo su llegada a través de una ventana de sucios cristales (insinuando de este modo el punto de vista “sobrenatural” de aquello que está al acecho dentro de la vivienda); y el plano general fijo con cámara móvil que recorre las principales estancias de la planta baja de la casa, siguiendo los movimientos de los Perron y los de la mudanza, mostrándole al espectador lo que pronto se convertirá en el “campo de batalla” del relato. La práctica totalidad de los momentos de suspense que se crean alrededor de ese ente perverso que hace presa en la familia Perron tiene mucha fuerza: cabe anotar esas escenas en las cuales las niñas juegan a una variante del juego del escondite, con una de ellas recorriendo la casa con los ojos vendados mientras las demás la guían dando palmadas desde sus escondites, o estrechamente relacionada con lo anterior, la lograda secuencia del acoso a la madre, Carolyn Perron (Lili Taylor, como siempre, la mejor de la función), que culmina en ese escalofriante plano, tan sencillo y eficaz, de las manos que surgen de la oscuridad dando unas palmadas a la luz de las cerillas encendidas que sostiene la aterrorizada mujer … No menos notables son los momentos del acoso a las niñas, especialmente la siniestra incursión del ente —muy a lo The Haunting— en la habitación donde duermen las hermanas Christine (Joey King) y Nancy (Hayley McFarland), estirando de los pies de la primera hasta despertarla, para luego acechar en la oscuridad desde detrás de la misma puerta de su dormitorio, detalle este a la altura del mejor M. Night Shyamalan.  
Los detalles, abundantes, contribuyen a mantener el elevado interés de la función: sin ánimo de ser exhaustivo, el momento en que, en virtud de un asimismo sencillo plano/contraplano, Lorraine “ve” los pies colgando del espectro ahorcado justo a espaldas de su marido, también muy Shyamalan; la atmósfera tensa y expectativa que se sabe crear alrededor de objetos como la colección de siniestros recuerdos de sus casos que llena la planta baja de la casa de los Warren, o la cajita de música con espejito que centra, entre otros, el magnífico encuadre que cierra la película; el plano medio combinado con travelling casi completamente circular alrededor de Lorraine mientras examina “psíquicamente” las malas vibraciones procedentes del sótano la primera vez que baja al mismo, un recurso visual también muy explotado pero que aquí tiene la adecuada funcionalidad narrativa; el movimiento de cámara semicircular alrededor de la casa de los Perron atacada por los cuervos, que concluye en la ventana a ras del suelo por el cual entra violentamente una de esas aves, yendo a para al sótano donde se está celebrando un desesperado exorcismo… Estos y otros instantes de parejo nivel de calidad son los que justifican el prestigio no digo que inmerecido si bien algo desbordado del cual goza en estos momentos Expediente Warren, a pesar, vuelvo a repetir aun a riesgo de ponerme pesado, de que el film me parezca en su conjunto una especie de catálogo de casi todos los clichés sobre casas encantadas, sin perjuicio del placer que proporciona el reencuentro con los mismos gracias a la labor de un cineasta que, por descontado, les saca un óptimo provecho, casi “redescubriéndolos” (y, de paso, “redescubriéndoselos” al espectador), mediante la excelente aplicación de los recursos de su arte: el trabajo con el contenido del plano y la disposición de los actores dentro del mismo; la magnífica labor del director de fotografía John R. Leonetti; el empleo del sonido, bien sea insertándolo con intencionalidad dramática, o bien empleando con no menos acierto narrativo los silencios; la efectividad de los movimientos de cámara, bien sea para mostrar algo, o bien para crear una atmósfera de incomodidad (p. e., las panorámicas que, en un par de ocasiones, “enderezan” o “invierten” la imagen, apuntando la existencia de una realidad trastornada, literalmente “vuelta del revés”). Esa condición de catálogo se combina hábilmente, paliándola, con la efectividad de la ejecución.   

(1) Para más información puede consultarse: http://en.wikipedia.org/wiki/Ed_and_Lorraine_Warren

2 comentarios:

  1. Coicido bastante con tu análisis. En mi opinión, la honestidad de la propuesta consigue que pasemos por alto su conservadurismo ideológico, ciertos golpes de efecto y su "vacío" temático.
    "Saw" era un film sumamente mediocre, nunca hubiera imaginado que Wan se convertiría en un director tan interesante.

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  2. si paso en verdad pobre familia si estuvo feo

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