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sábado, 9 de junio de 2018

Juventud, vocación y primeras experiencias de “HAN SOLO: UNA HISTORIA DE STAR WARS”, de RON HOWARD



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] ¡Menuda es la que ha liado Ron Howard por haberse atrevido a perpetrar uno de los crímenes más repugnantes de cuantos delitos de lesa “cinematograficidad” existen!: poner –dicen– sus sucias manos sobre un personaje amado hasta la idolatría y, para más inri, reemplazando a la pareja original de realizadores de lo que ha acabado siendo Han Solo: Una historia de Star Wars (Solo: A Star Wars Story, 2018); en adelante, Han Solo. Vaya por delante que Howard está lejos, muy lejos de ser un gran director; pero, vamos, y al menos que yo sepa, jamás ha matado a nadie, salvo que no me hayan llegado noticias de las víctimas mortales, fallecidas de puro aburrimiento, que se hayan producido en algunas salas donde se proyectaran algunas tonterías del Sr. Howard del calibre de Cocoon, Dulce hogar, ¡a veces!, Un horizonte muy lejano, EDtv, El Grinch o El código Da Vinci; y, la verdad, tampoco hay para tanto: Un, dos, tres… Splash!, Willow, Apolo 13, Ángeles y demonios y, sobre todo, Llamaradas, eran/ son entretenidas; El desafío: Frost contra Nixon y Cinderella Man: El hombre que no se dejó tumbar, como mínimo, estimables; y en particular la gran rareza de su carrera, el western Desapariciones, más que interesante.


Pero, por favor, ¿cómo vamos a comparar al advenedizo de Howard con la pareja de –dicen– genios que eran los directores inicialmente previstos para Han Solo, Phil Lord y Christopher Miller, los mismos de la, ciertamente, magnífica La LEGO película… y de las no tan magníficas –o quizá yo no supe apreciar su magnificencia– Infiltrados en clase e Infiltrados en la universidad? Y, lo que es peor, ¿a quién se le ocurre –siguen diciendo– “confiarle” a Howard un proyecto que, como en aquella olvidada película de Luigi Comencini sobre Casanova, nos narra la juventud –saltándose, eso sí, la infancia–, vocación y primeras experiencias de un personaje, el contrabandista del espacio Han Solo, que a estas alturas ocupa un podio cultural a la altura de las más excelsas creaciones de William Shakespeare? Mientras dejamos que los niños se entretengan dilucidando tan trascendentales cuestiones, que con toda probabilidad, y a juzgar por el terremoto desatado, acabará resolviéndose, felizmente, con el ajusticiamiento en la plaza pública del tío que tuvo la osadía de ganar un Oscar con Una mente maravillosa, lo cierto es que Han Solo, el film que ha firmado ese mismo tío, no es para lanzar cohetes, por descontado, pero tampoco para rasgarse las vestiduras, a no ser que, como se acerca el verano, uno empiece a dejarse llevar por los primeros calores o se tengan problemas derivados de una tensión arterial excesivamente alta.


Han Solo: the movie tiene las ventajas e inconvenientes típicos de su carácter de spin-off de una franquicia tan conocida como Star Wars. Por un lado, la posibilidad de fantasear con los orígenes del personaje, encarnado aquí más que correctamente por Alden Ehrenreich, e incluso de jugar con ellos. Por otra parte, el problema que supone el tener que construir una intriga que, cronológicamente hablando, transcurre antes de los acontecimientos narrados en las otras cuatro películas en las que el personaje de Han ya hizo acto de presencia bajo los rasgos de Harrison Ford –La guerra de las galaxias, El Imperio contraataca, El retorno del Jedi y El despertar de la Fuerza–, y conseguir que dicha intriga enlace coherentemente con las mismas, pues se supone que el joven protagonista de Han Solo ni conoce ni sabe absolutamente nada de su futuro amor, la princesa Leia Organa, su futuro cuñado, Luke Skywalker, o de todos los demás personajes con quienes se relacionará años después. La excepción la constituye, por descontado, el fiel compañero de aventuras de Han ya desde la primera película dirigida por George Lucas, el wookie Chewbacca (Joonas Suotamo); y también, el viejo colega/ amigo/ rival de Han, Lando Calrissian, con los rasgos de Billy Dee Williams en El Imperio contraataca y El retorno del Jedi, y aquí con los de Donald Glover.


No obstante, hay que reconocer que los guionistas de Han Solo, Lawrence Kasdan y su hijo Jonathan –curioso caso, también, el de Kasdan padre, otro que pasa por “genio” a pesar de la extraordinaria irregularidad de su carrera como cineasta–, resuelven la papeleta con notable habilidad (y, mal que pese, Howard sabe aprovechar bastante bien aquellos aspectos de interés de ese guion). El arranque no está exento de atractivo: la presentación de Han y su compañera sentimental y de aventuras, Qi’ra (la simpática, aunque aquí no muy convincente, Emilia Clarke), en el planeta Corellia, donde ambos forman parte, a la fuerza, de la banda de una repulsiva criatura llamada Lady Proxima (voz, en v.o., de Linda Hunt), que les obliga a robar para ella, guarda ecos no de Shakespeare, por descontado, pero sí al menos del Oliver Twist de Dickens. Y a pesar, todo hay que decirlo, de lo convencional de ese arranque –sobre todo en lo que se refiere a la primera gran secuencia de acción del principio, una persecución automovilística, por lo demás no mal resuelta, destinada a ir “abriendo boca”–, llama la atención el tono relativamente sobrio, y más bien tirando a sombrío, del primer tercio del relato, no exento de cierto dramatismo: el que va desde esa inicial presentación del protagonista y su pareja –que incluye un apunte sobre el origen del apellido del personaje: “Solo”, traducción castellana del inglés “alone”…–, hasta su integración en la banda de ladrones capitaneada por el pícaro Beckett (el siempre excelente Woody Harrelson), pasando, cómo no, por el inicio de su amistad con Chewbacca, el cual incluye una estancia de tres años como soldado en las tropas imperiales. Tono sombrío realzado, asimismo, por la tonalidad tenebrosa de la fotografía y el diseño degradado de los escenarios, en particular los relacionados con las escenas bélicas: Han conoce a Beckett y sus colegas en pleno campo de batalla (una especie de versión “galáctica” de las trincheras de la Primera Guerra Mundial), y luego a Chewbacca, dentro de un pozo enfangado donde los soldados arrojan a sus víctimas para que –se supone– el wookie las devore. A pesar, como digo, del trasfondo convencional de los personajes y las situaciones, sus aventuras tienen un agradable sabor tradicional.


Está muy claro que Han Solo paga tributo a los fans de la franquicia galáctica, insertando subrepticiamente detalles/ guiños/ referencias (táchese lo que no proceda) destinadas a satisfacerles, por más que no abuse demasiado de ello: la manera como Han entiende perfectamente los gruñidos, en idioma wookie, de Chewie; la subrepticia aparición de los soldados y las naves imperiales, de un robot modelo R2 y, sobre todo, la de un villano al que dábamos por perdido desde La amenaza fantasma y que, miren ustedes por dónde, reaparece aquí; la partida de ajedrez animado con pequeñas figuras tridimensionales; la aparición especial de Warwick Davis en un papel secundario, que tiene la función de guiño doble: Davis fue, también, el personaje cuyo nombre daba título a Willow; etc., etc. Por no hablar, claro está, del momento en que Han ve por primera vez –tras habérsela ganado a las cartas a Lando, tal y como se explicaba, por otro lado, en El Imperio contraataca– la famosa nave conocida como el Halcón Milenario. Pero, como digo, y por fortuna, esos guiños no son, ni mucho menos, la base del relato, sino más bien detalles que, en ocasiones –caso, por ejemplo, del R2–, aparecen discretamente en segundo término de los encuadres, impidiendo que se hagan molestos.


Han Solo no es ni pretende ser una obra maestra que pase a la historia del cine, sino más bien lo que es: un sencillo y más bien modesto relato de aventuras espaciales, que –como ya ocurría con La guerra de las galaxias– bebe a tragos largos del género del western. El robo en el tren monorraíl –una excelente secuencia de acción, acaso la mejor del film– guarda indudables ecos de tantos y tantos asaltos a caballo de un ferrocarril en marcha. Incluso la secuencia nocturna alrededor de una hoguera que precede al asalto, al día siguiente, del monorraíl es muy característica del género. La descripción del villano de la función, Dryden Vos (Paul Bettany), equivale a la de tantos y tantos terratenientes sin escrúpulos del Far West; incluso el detalle, digamos, “pintoresco” del puñal láser de doble filo que emplea para deshacerse de los sicarios que le han fallado en las misiones que les ha encomendado parece sacado de un spaghetti western. Es, asimismo, westerniana la descripción de la banda de desperados del espacio que lidera Efrys Vos (Erin Kellyman), en la cual se encuentra el germen de lo que será la futura Rebelión…



Ello no obsta para que Han Solo tenga en su haber aspectos fallidos. Un aspecto escasamente desaprovechado es, por ejemplo, la relación cuasi-amorosa que vincula a Lando con L3-37 (Phoebe Waller-Bridge), el androide femenino, y feminista, que se indigna al ver a otros compañeros y compañeras de especie cibernética convertidos en vulgares entretenimientos, obligándoles a pelear entre sí cual gallos o perros en los tugurios, o trabajando como esclavos en las minas de coaxium en el planeta Kessel, incitándolos a la rebelión contra sus amos (lo cual, por otro lado, da pie a otra más que aceptable secuencia de acción inspirada, en este caso, en el péplum). Tampoco adquiere el relieve deseable el ya citado personaje de Qi’ra, no solo por la aquí desafortunada labor de la normalmente estupenda Emilia Clarke como, también, por la pobreza de su caracterización a nivel de guion: una joven –como apuntaba Quim Casas en una reciente crítica para Dirigido por…– cortada, más o menos, por el patrón de la femme fatale, pero a la que le falta desarrollo: no por casualidad, Han Solo concluye con un final abierto, a la espera de que nuevas películas nos desvelen qué ocurrió con Qi’ra, y sobre todo, con Han y Chewie antes de que Luke, Obi-Wan Kenobi, C-3PO y R2-D2 alquilaran su nave para un viaje repleto de inesperadas aventuras.  



4 comentarios:

  1. Te olvidas (o no consideras necesario citar, que también puede ser) de la que para mí es la mejor película de Howard, "Rush", en mi opinión una de las mejores películas deportivas de siempre.

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  2. Coincido, peliculón de un subgénero (peliculas deportivas basadas en hechos reales) de moda: la batalla de los sexos, Yo Tonya, Borj Mcenroe...

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  3. ¡No he visto todavía "Rush"! Se me escapó en el momento de su estreno, y todavía tengo que recuperarla, de ahí que no la mencionara.

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  4. Me disgustó tanto "Rogue One" que he esperado a que "Solo" estuviera disponible por otros medios antes de verla. Y sorpresa, me parece la mejor película de la nueva hornada de "Star Wars". No es que sea una gran película, porque le sobra metraje y el guión es una colección de clichés, pero para mi sorpresa tiene lo que le faltan a las demás: encanto. Ya sea por el trabajo actoral, o porque al fin y al cabo Kasdan trabajó en la trilogía original aquí los tópicos no parecen una mera colección de citas, sino que por momentos funcionan y los personajes se hacen simpáticos.

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