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sábado, 19 de agosto de 2017

Aventureros del espacio: “VALERIAN Y LA CIUDAD DE LOS MIL PLANETAS”, de LUC BESSON



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Valerian y la ciudad de los mil planetas (Valerian and the City of a Thousand Planets, 2017) es un film que se encuentra en línea con la tónica habitual de su principal responsable, el francés Luc Besson, un realizador que a lo largo de su ya extensa trayectoria ha intentado –y, en más de una ocasión, conseguido– un propósito bien definido: hacer un cine de género de producción gala pero de proyección internacional, capaz de competir cara a cara, y en la medida de sus posibilidades, con el cine norteamericano de alto presupuesto. Y si bien es verdad que en la mayoría de las ocasiones el resultado ha dejado bastante que desear, no es menos cierto que el realizador no se ha apartado ni un ápice de esas intenciones. Desde luego que coherencia no es sinónimo de calidad; y, en el caso concreto de Besson, las propuestas más o menos interesantes se han codeado en demasiadas ocasiones con productos sin el menor interés. Pero, con todos sus numerosos defectos, el cine de Besson permanece fiel a sí mismo contra viento y marea; y, además, de un tiempo a esta parte ha mejorado bastante.


A falta de haber visto muchos de sus últimos trabajos de estos últimos años –los inéditos en España Angel-A (2005) y The Lady (2011), su trilogía de los Minimoys, Adèle y el misterio de la momia (Les aventures extraordinaires d’Adèle Blanc-Sec, 2010) y Malavita (ídem, 2013)–, y por tanto a riesgo a equivocarme, creo que su exitosa labor paralela como guionista y productor al frente de la productora Europa Corp. –cf. las franquicias Transporter y Venganza– le ha hecho ganar una soltura en cuanto al empleo y dosificación de los mecanismos del cine de género que acabó cristalizando, brillantemente, en la que es su mejor y más sorprendente película hasta la fecha: Lucy (ídem, 2014) (1). Aparentemente alejado, por fortuna, de la petulancia demostrada en su horrenda versión de Juana de Arco (Joan of Arc, 1999) –la cual, a falta de haberla visto aún, puede que se halle presente de nuevo en su película sobre Aung San Suu Kyi, la mencionada The Lady–, Valerian y la ciudad de los mil planetas es otra incursión de Besson en el género de la ciencia ficción –cf. su primer largometraje, Kamikaze 1999 (Le dernier combat, 1983)–, y más en concreto, de la variante temática de la space opera: recordemos –en mi caso, con escalofríos– El quinto elemento (The Fifth Element, 1997).


Hay que decir, de entrada, que aun estando lejos, muy lejos de ser una gran película, el hecho de que Valerian y la ciudad de los mil planetas al menos sea un film visible, y a ratos, entretenido y divertido, es un punto a favor de Besson. Sobre todo, vuelvo a insistir, si tenemos en cuenta que la anterior incursión del director en el terreno de la space opera era la terrible El quinto elemento; y eso a pesar de que, en determinados momentos de su más reciente trabajo, asoma el temible rostro del chapucero sentido del humor que destrozaba El quinto elemento –cf. la caracterización de determinados personajes secundarios, como el guía turístico del Gran Mercado, o el dueño de la sala de fiestas que corre a cargo de un alucinante Ethan Hawke–, o que haya secuencias que, de un modo u otro, evocan aquella película (ya son ganas de evocar): el número musical de Bubble (Rihanna), la criatura metamórfica que va cambiando de aspecto, vendría a ser un equivalente de la actuación operístico-pop de la diva Plavalaguna (Maïwenn) en El quinto elemento.


Dejando aparte que, efectivamente, Valerian y la ciudad de los mil planetas parte de un cómic –las aventuras de Valerian y Laureline creadas por Pierre Christin y Jean-Claude Mézières–, tanto esta como El quinto elemento son “tebeos” en el sentido más lúdico y simple de la expresión. La diferencia es que, en esta ocasión, Besson demuestra una mayor soltura como narrador (los años le han dado oficio), al mismo tiempo que hace gala de una agradable ausencia de pretensiones, así como de un notable sentido de la mesura a la hora de combinar secuencias de acción y escenas de humor. Insisto en que el resultado está lejos de ser perfecto; de hecho, al film le sobra metraje –137 minutos son demasiados para lo poco que, en el fondo, se narra– y le falta más vigor en la puesta en escena; a riesgo de ponerme pesado, se echa en falta el vigor demostrado en Lucy, la cual, esperemos, no constituya una excepción fruto de la casualidad en el conjunto de su filmografía. Pero el resultado no solo se hace llevadero, sino que incluso acaba siendo simpático.


Ni que decir tiene que, como ya ocurría en El quinto elemento, Valerian y la ciudad de los mil planetas no se caracteriza por su originalidad: como aquélla, esta vuelve a beber a tragos largos de la franquicia Star Wars y del Blade Runner de Ridley Scott, añadiendo en esta ocasión (hay que modernizarse) toques del Avatar de James Cameron. De hecho, la primera secuencia de la película de Besson es, de facto, “cameroniana”, al menos a nivel puramente estético: la descripción del idílico modo de vida de los Pearl, los pacíficos habitantes del planeta Müll, es un festival de fantásticos paisajes digitales decorados por cielos y nubes de vistosos colores por donde pululan unos seres andróginos casi angelicales, resultado de un elaborado proceso de captura de movimiento de sus intérpretes. Todo muy convencional pero, al menos, manejado y resuelto con habilidad: el tono excesivamente melifluo de estas primeras escenas se justifica, a posteriori, por el hecho de ser una especie de sueño o visión premonitoria que Valerian (Dane DeHaan) recibe en su cerebro mientras está echando una siesta; y Besson, consciente de estar filmando un mundo de fantasía, sabe imprimir ese sense of wonder a lo que rueda: el momento en que la joven princesa Pearl, Lïhio-Minaa (Sasha Luss), sale de su dormitorio y corre la cortina que da a la reluciente playa situada en frente de su vivienda, brindando a ojos del espectador la magnificencia del paisaje del planeta Mül en formato panorámico y 3D, es un buen ejemplo de ello, y no el único.


En Valerian y la ciudad de los mil planetas, lo bueno y lo malo se codea con demasiada frecuencia: una bella imagen, o una idea ingeniosa, tienen su contrapunto en recursos convencionales o invenciones de segunda fila. Un buen ejemplo lo hallamos en la primera gran secuencia de acción: la misión secreta de Valerian y su compañera Laureline (Cara Delevingne) en el Gran Mercado. El planteamiento y, en sus líneas generales, la resolución principal de la secuencia tiene su gracia: el Gran Mercado es un gran espacio de compra situado, a simple vista, en una inmensa y desolada zona desértica, invisible a los ojos… salvo que se usen unas gafas especiales, gracias a las cuales se puede acceder al visionado de dicho centro comercial, situado en una dimensión paralela y superpuesta a la “real”. Ello da pie a un pequeño festival de situaciones que juegan con el punto de vista subjetivo de los personajes/ del espectador, lo cual se traduce en no pocos encuadres atractivos, de puro abstractos. El contrapunto negativo lo ofrecen, una vez más, las penosas pinceladas de humor, que en ocasiones rompen el ritmo de la secuencia: las peripecias cómicas de una pareja de turistas que se ven involucrados, en contra de su voluntad, en la misión de los protagonistas.


Hay otros momentos en los que Besson demuestra que sabe combinar hábilmente la espectacularidad de los efectos visuales, muy abundantes a lo largo de todo el metraje (me atrevería a afirmar que la práctica totalidad de los encuadres está trucada), con un eficaz sentido de la funcionalidad narrativa. Pienso, por ejemplo, en el vertiginoso travelling aéreo que recorre el interior de Alpha, la gigantesca estación espacial fruto del acoplamiento de cientos de naves terrestres y extraterrestres a lo largo de cientos de años y que han dado forma a lo que se conoce como “la ciudad de los mil planetas”, en una imagen que combina a partes iguales lo espectacular y lo descriptivo; o el momento en que, valiéndose de una especie de supertraje blindado y siguiendo las instrucciones a distancia de Laureline, Valerian recorre una serie de estancias del interior de Alpha atravesando paredes y más paredes, en una secuencia deudora de ciertos recursos formales heredados del videojuego y en la que, nuevamente, el espectáculo y lo descriptivo vuelven a darse la mano. Acaso son los mejores aciertos de una película, insisto una vez más, en el fondo muy sencilla, más allá de lo que su aparatoso envoltorio formal pueda dar a entender, y muy honesta: nunca pretende ser más de lo que es, un entretenimiento veraniego resuelto con cierta dignidad.


(1) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2014/10/apuntes-apuntes-3-lucy-el-nino-boyhood.html

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