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miércoles, 26 de octubre de 2016

Emily de los Dickinson: “HISTORIA DE UNA PASIÓN”, de TERENCE DAVIES



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Hace tiempo que el británico Terence Davies viene ofreciéndonos algunas de las películas más bellas de estos últimos tiempos –cf. The Deep Blue Sea (ídem, 2011) (1) y, este mismo año, Sunset Song (ídem, 2015) (2)–, pero, sinceramente, creo que ha conseguido lo imposible, superarse a sí mismo, con su más reciente propuesta: esta hermosísima recreación de la poetisa norteamericana Emily Dickinson titulada en España –bastante convencionalmente– Historia de una pasión (A Quiet Passion, 2016). Lejos de tratarse de un biopic al uso, por más que narra la vida de Dickinson siguiendo un planteamiento aparentemente tradicional, Davies, también firmante del guion, lo plantea de una manera harto personal.


Historia de una pasión no evita conferirle cierto carácter de representación a la biografía de Dickinson, de manera que, en virtud de la elección de los encuadres, la iluminación, la dirección de actores y el deliberado tono teatral, antinatural, de los diálogos, la película toma conciencia de su propia e intrínseca condición de “película”, e indirectamente, sugiere de este modo la imposibilidad de que un film, cualquier film, pueda albergar en toda su profundidad la vida de un personaje histórico. De este modo, Historia de una pasión no solo es consciente de su artificio, o si se prefiere, de lo artificioso que es reconstruir la vida de una persona real convirtiéndola en una ficción (cinematográfica en este caso, pero también puede ser literaria o teatral), sino que, además, se vale de esa autoconciencia de sí misma para desarrollar una ficción que, si bien respeta una determinada cronología de hechos reales (los de la vida de Dickinson, desde sus años de juventud y hasta su fallecimiento), en segunda instancia propone una aproximación poética y lírica a aquéllos. Puede parecer una facilidad redundante por mi parte el calificar de “poética” a una película que trata precisamente sobre una poetisa; pero, si recordamos la definición académica de lírica –transmisión de sentimientos, sensaciones o emociones respecto a una persona u objeto de inspiración–, y que la lírica suele expresarse por medio del poema, sea este en verso o en prosa, Historia de una pasión sería entonces un poema, cinematográfico, dedicado a Emily Dickinson.


Historia de una pasión es, a grandes rasgos, la descripción de la relación de Emily con su entorno. No es casual, en este sentido, que el film arranque con una secuencia que transcurre, precisamente, fuera del hogar de los Dickinson. Nos hallamos en una escuela religiosa para señoritas, en la cual la directora va ordenando a sus alumnas que se separen en grupos, según tengan o no la firme convicción de salvar sus almas en base al siguiente criterio: por un lado, las que quieran dedicar sus vidas a profesar la fe cristiana tomando los hábitos; por otro, las que quieren poner en peligro su salvación (y, por ende, su “pureza”) accediendo a contraer matrimonio; y, finalmente, las que quieran ver condenadas sus almas por no querer aceptar ni la santidad de la vocación ni el sacramento del matrimonio. Una única muchacha forma parte de este restringido grupo de pecadoras predispuestas a arder en el Infierno cuando mueran: Emily Dickinson (encarnada de joven por Emma Bell). Una Emily que no solo no acepta ser encasillada en ninguna categoría restrictiva y coactiva de su libertad, sino que además planta cara a la directora, exponiendo sus razonamientos. El sentido que Davies confiere a esta secuencia por medio de la planificación –que alterna, en plano/ contraplano, una serie de planos generales/ planos medios de las alumnas/ la directora y Emily/ la directora elaborados con espléndido sentido de la composición de imagen– no es tanto la presentación del carácter librepensador y avanzado de Emily en comparación con el de la mayoría de mujeres norteamericanas de su época y clase social (que también), como sobre todo dibujar, mediante la severidad de esos encuadres, la rigidez del sistema educativo, y por ende, del mundo donde la protagonista ha nacido.


Resulta paradójico, en este sentido, que tan pronto como, una vez terminados sus estudios en esa escuela, y de vuelva a su hogar, veamos Emily abriendo los brazos en cruz, en un gesto de alegría, y exclamando: “¡El hogar!”. Paradoja que no se va a hacer evidente hasta que no avance la descripción del modo de vida de los Dickinson, en particular del despotismo, rayano en la tiranía, que ejerce su padre, Edward Dickinson (un recuperado Keith Carradine), un respetado abogado que, al principio, hace gala de cierta tolerancia en su comportamiento –cf. no tiene problema alguno en permitir que Emily baje de noche al salón a escribir su poesía, agradeciéndole incluso que su hija tenga primero la consideración de pedirle permiso para hacerlo–, para, a medida que empieza a envejecer, mostrarse cada vez más huraño, colérico e intolerante.


Hay tres momentos extraordinarios en este primer tercio del film que expresan perfectamente aquel carácter de representación al que me refería líneas arriba. El primero es la escena, resuelta sobre la base de un movimiento de 360º de la cámara, la cual recorre el salón de los Dickinson, de noche, alumbrado a la tenue luz de las velas; la cámara va mostrando a Emily y a su familia –su padre; su madre, Emily Norcross (Joanna Bacon); sus todavía jóvenes hermanos Vinnie (Rose Williams) y Austin (Benjamin Wainwright)–, recogidos todos dentro de ese movimiento circular, cerrado en sí mismo, que sugiere magníficamente la cerrazón y el aislamiento del hogar de los Dickinson, del mundo de Emily, por mucho que ella lo ame porque lo comparte con quienes son para ella sus seres más queridos, los miembros de su familia.


El segundo momento al que me refiero tiene lugar durante un recital de canto al que asisten los Dickinson: Davies planifica esta asimismo corta secuencia abriéndola con un plano general fijo de la cantante sobre el escenario, acompañada por un pianista; de pronto, la quietud del plano se rompe cuando la cámara se alza lentamente en grúa hacia la derecha del encuadre, deteniéndose en un par de palcos donde están sentados los Dickinson; resulta perceptible, a simple vista, que toda la familia está disfrutando con la actuación de la cantante excepto el padre, quien comenta que le parece “indecoroso” que una mujer se exhiba sobre el escenario de esa forma, y a continuación también critica la música que la cantante está interpretando; Emily, divertida ante el comentario de su progenitor, le replica con suavidad…; tras este paréntesis, esta acotación sobre la psicología de los personajes, la cámara regresa hacia el escenario, si bien Davies corta el plano antes de que vuelva a la posición inicial, sugiriendo de este modo que lo relevante no es ni la cantante ni la música, sino la valoración puritana, en el borde mismo de lo reaccionario, que acaba de formular el padre de Emily.


El tercer gran momento de este primer tercio del film es el que expresa brillantemente el tránsito de la juventud a la madurez en el caso de Emily y sus hermanos Vinnie y Austin (ahora con los rasgos de Cynthia Nixon, Jennifer Ehle y Duncan Duff, respectivamente), y de la madurez a la vejez en el de los patriarcas, que Davies resuelve con otra virtuosa secuencia: una supuesta sesión fotográfica de los Dickinson, compuesta de una serie de planos que, desde el punto de vista de la cámara del fotógrafo que les retrata, se van acercando en lento travelling frontal a cada uno de los miembros de la familia que están posando para el objetivo del fotógrafo, a medida que envejecen paulatinamente ante nuestros ojos mediante un discreto efecto de morphing.


A pesar de estar hablándonos de Emily Dickinson, la-gran-poetisa-norteamericana, Davies se centra, sobre todo, en Emily, la de los Dickinson: el retrato de la mujer, del ser humano llamado Emily con sus virtudes y sus imperfecciones, se impone sobre el retrato de Emily Dickinson, la artista. Eso no significa, por descontado, que la película minimice la labor poética de Dickinson; por el contrario, la poesía se halla presente a lo largo de todo el metraje, si bien su presencia es sobre todo implícita, a pesar de haber numerosas escenas –o, más que escenas, planos de corta duración insertados entre escenas más largas o secuencias más desarrolladas–, en las cuales vemos a Emily escribiendo sus amados versos. Podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos, que Historia de una pasión es, cinematográficamente hablando, una especie de equivalente fílmico de lo que en literatura se denomina poesía en prosa o prosa poética; algo definido, pero a la vez indefinible; concreto, pero a la vez abstracto; sencillo y al mismo tiempo sumamente complejo. Esa sensación la desprende Davies, como digo, en virtud de una minuciosa puesta en escena en apariencia muy sencilla, pero en realidad extraordinariamente elaborada, en la que la introducción de cada nuevo personaje, el planteamiento de cada nueva situación, no hace más que reforzar, por contraste, el perfil psicológico de la protagonista y del resto de personajes de su entorno.


La película ofrece cuantiosos ejemplos al respecto. Véase, sin ir más lejos, la ternura y, sobre todo, la complicidad de la relación de Emily con su hermana Vinnie: una amistad, un afecto, que está por encima del simple vínculo de sangre, y que contrasta, sin ir más lejos, con la relación de la protagonista con su hermano Austin, menos sensible que sus hermanas y más condicionado por su autoritario padre, en particular en todo lo que tiene que ver con el papel de “hombre” que la sociedad de su época le tiene reservado: Austin contrae matrimonio con Susan Gilbert (Jodhi May), una muchacha sencilla a la que Emily y Vinnie acogen con cariño, dada su bondad, y a la que Emily, en cierto sentido, toma bajo su protección, sobre todo a partir del momento que se descubre la reiterada infidelidad de Austin con la señorita Mabel Loomis Todd (Noémie Schellens). Pero Austin no es un personaje de una pieza, sino alguien también, como Emily, víctima de las circunstancias: incluso siendo ya un hombre casado y padre de familia, se ve obligado a seguir obedeciendo a su padre, quien le exige que no vaya a la recién declarada guerra civil –el padre pagará la tasa de 500 dólares de la época para que su hijo no tenga que alistarse–, sin importarle ni su opinión ni que los demás piensen de él que es un cobarde. Del mismo modo, la fiel Vinnie no dudará en plantar cara a Emily, reprochándole sus defectos, echándole en cara sus errores, cuando considera que, a pesar de su enorme inteligencia y exquisita sensibilidad, se ha equivocado.


Como en anteriores películas de Davies –La casa de la alegría (The House of Mirth, 2000), The Deep Blue Sea, Sunset Song–, el matrimonio y la sexualidad (y su insatisfacción) vuelven a estar presentes. Emily, eternamente soltera, afirma que se siente casada con su familia; en otras ocasiones, explica que ve muy difícil encontrar a un marido que la deje ser, sentir, comportarse y vivir como ella quiere (pues sabe que lo más probable es que un esposo no sea sino una variante de su propio padre). Eso explica la simpatía que le inspira su cuñada Susan (en tanto es algo que ella no es: una mujer casada, o mejor dicho, una mujer con un hombre que, en teoría, la ama), e indirectamente, la atracción, imposible de ser correspondida, que siente hacia el reverendo Wadsworth (Eric Loren), un alma sensible que sabe apreciar el inmenso valor de sus versos y que, como ella, está atrapado en una convención social –su matrimonio con su puritana y antipática esposa (Simone Milsdochter)– que le impide que su mutuo afecto, su comunión de ideas y de almas, pueda ir más allá de una mera amistad formal. Esa misma impotencia afectiva, esa represión erótica, se encuentra en la base de la amistad y la admiración que Emily siente hacia Vryling Buffam (Catherine Bailey), una joven inteligente, aguda y deslenguada que es todo aquello que Emily no se atreve o no se decide a ser. Es significativo que, en la escena de la boda de Vryling, Emily llore, y no de alegría, sino consciente de que, en cierto sentido, el alma de su amiga va a “morir”, simbólicamente, bajo el peso de una institución, el matrimonio, que supone la muerte en vida para mujeres como Emily, Vinnie y Vryling, acostumbradas a pensar por su cuenta. Ese mismo trasfondo de insatisfacción sexual se encuentra en todo lo relativo al Sr. Emmons (Stefan Menaul), el joven admirador y, en el fondo, pretendiente de Emily al cual esta le obliga a conversar con ella a distancia, él al pie de la escalera que conduce a la planta superior de la casa de los Dickinson donde Emily tiene su dormitorio: Emily, firme en sus convicciones, no quiere ver a Emmons ni a hombre alguno porque es consciente de que el hombre ideal por el que ella suspira, sencillamente, no existe, pero, consciente de su debilidad (de su reprimido apetito sexual), no quiere que un contacto visual le haga debilitarse y cometer un error.


Historia de una pasión es, entre otras muchas cosas, una crónica melancólica sobre el desamor. La madre de Emily, explica, prefiere mantenerse en silencio y no intervenir en las conversaciones, porque teme que “mi opinión pueda ser interpretada como un prejuicio”; huelga añadir de dónde han heredado Emily y Vinnie su inteligencia y su sensibilidad. Más aún: la madre viste siempre de negro, como si fuera viuda, por más que su marido fallece antes que ella y a una edad avanzada; pero, en un sentido simbólico, la madre siempre ha sido “viuda”: su marido nunca ha sido el marido que ella hubiese deseado. No es casual que no veamos a la madre vestida de otro color que no sea negro, en este caso un camisón blanco, sino en el momento de su agonía y muerte, amorosamente atendida hasta el final por sus hijas. Estrechamente vinculado con lo que acabamos de mencionar, la descripción que lleva a cabo el film de la dolencia –la enfermedad de Bright– que acabaría llevando a Emily Dickinson a la tumba con tan solo 55 años está íntimamente relacionada con esa insatisfacción a la que no venimos refiriendo: el cuerpo de Emily enferma, degenera y muere porque –se sugiere– es un cuerpo con un déficit de amor físico, la carcasa de un alma viva, pero que al mismo tiempo está atrapada dentro de una carne que agoniza sin haber sido amada. Este año, la cartelera de nuestro país se está mostrando pródiga en la exhibición de obras maestras del cine moderno –como siempre, hablo solo por mí: El cuento de la princesa Kaguya (Kaguyahime no monogatari, 2013, Isao Takahata), Tres recuerdos de mi juventud (Trois souvenirs de ma jeunesse, 2015, Arnaud Desplechin), Mi amigo el gigante (The BFG, 2016, Steven Spielberg), Kubo y las dos cuerdas mágicas (Kubo and the Two Strings, 2016, Travis Knight), Elle (ídem, 2016, Paul Verhoeven) y, naturalmente, Sunset Song–, a las cuales se une esta inconmensurable Historia de una pasión.


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