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sábado, 28 de mayo de 2016

La reina virgen sueca: “REINA CRISTINA”, de MIKA KAURISMÄKI



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Por más que, históricamente hablando, el famoso apodo de “la reina virgen” suele aplicarse a la figura de Isabel I de Inglaterra (1533-1603), y ello tan solo por el hecho de que jamás contrajo matrimonio, han existido otros monarcas de sexo femenino tildadas de ese modo, y por la misma y endeble razón. Quien también tuvo que cargar con ese sambenito –vergonzoso, sobre todo, a ojos de hoy, pero algo muy honorable en su época– fue la reina Cristina de Suecia (1626-1689), la cual fue monarca de su país desde el 6 de noviembre de 1632 –si bien no fue oficialmente coronada hasta el 20 de octubre de 1650, poco antes de cumplir 18 años– y hasta el 6 de junio de 1654, fecha en la que abdicó del trono en favor de su primo –y antiguo pretendiente– Carlos X Gustavo. Reina Cristina (The Girl King, 2015), de Mika Kaurismäki, coproducción entre Finlandia, Canadá, Suecia, Alemania y Francia rodada en inglés, francés y alemán, recrea la historia de la “reina virgen” sueca a partir de un guion del dramaturgo canadiense Michel Marc Bouchard, basado a su vez en una obra de teatro suya estrenada en versión francófona en 2012 en el Théâtre du Nouveau Monde de Montreal, y representada en versión inglesa en el Festival de teatro de Stratford de 2014.


No es la primera vez, que el cine se interesa por este personaje (aunque quizá sería más adecuado escribir “personalidad histórica”). Baste recordar, sin ir más lejos, la popular película de Rouben Mamoulian La reina Cristina de Suecia (Queen Christina, 1933), uno de los máximos exponentes del mito Greta Garbo que, pese a su encanto, no es ni de lejos lo mejor de su director; y, sobre todo, la extraordinaria Abdicación (The Abdication, 1974), film de Anthony Harvey escrito por Ruth Wolff a partir de su propia obra teatral, admirablemente sostenido sobre la colaboración de un equipo técnico-artístico de primera categoría –el operador Geoffrey Unsworth, el compositor Nino Rota, el decorador Terence Marsh– y una superlativa pareja de protagonistas, Liv Ullmann y Peter Finch. Reina Cristina guarda una estrecha relación con estas dos películas. Con respecto a la primera, vendría a ser su antítesis en lo que a una de las principales cuestiones que plantea se refiere, la relativa a la sexualidad de la reina sueca: recordemos que, a pesar de que en determinados momentos del film de Mamoulian flotaba la sugerencia en torno al lesbianismo de Cristina –recordemos las célebres escenas en las que la reina se viste con ropa de hombre para pasar desapercibida; a ello hay que añadir la ambigüedad de la Garbo, bien señalada por numerosos biógrafos–, La reina Cristina de Suecia ofrecía una visión heterosexual de la protagonista, haciéndole mantener un romance con el personaje de Antonio (John Gilbert), un emisario español.


En cambio, Reina Cristina recoge con decisión el parecer de numerosos historiadores sobre la homosexualidad de la reina sueca (encarnada con notable energía por Malin Buska), y no solo mostrándola manteniendo una abierta relación amorosa con otra mujer, su prima y dama de compañía la condesa Ebba Sparre (Sarah Gadon). La tesis del film de Kaurismäke consiste, precisamente, en que si no toda, al menos sí buena parte de la vida de la protagonista, y la toma de muchas de sus decisiones políticas y personales, estuvieron condicionadas por la imposibilidad de dar rienda suelta a su sexualidad de manera normalizada. Eso se hace patente, sobre todo, en el hecho de que Cristina rechaza de forma sistemática a todos los pretendientes (masculinos, claro está) que intentan casarse con ella, bien sea por arribismo –caso del conde Johan Oxenstierna (Lucas Bryant), hijo del mariscal y principal consejero de la reina Axel Oxenstierna (Michael Nyqvist)–, o bien porque están sinceramente enamorados de ella –caso de Carlos Gustavo/ Karl Gustav Kasimir (François Arnaud), que al final acabará sucediendo a Cristina en el trono–, y que no hace sino oídos sordos a las continuas exigencias de su corte, en el sentido de que tiene que elegir esposo para dar a luz a un heredero.


De hecho, la decadencia de Cristina, y lo que al final la impulsa a tomar la decisión de abdicar a favor de Carlos Gustavo, está motivada en que su amada Ebba acaba cediendo a las presiones que la obligan a casarse con su antiguo prometido, el conde Jakob de la Gardie (Jannis Niewöhner), y con ello, es separada “legalmente” de su lado. Esa frustración de índole sexual es lo que en parte la motivará de cara a adoptar una audaz decisión política: nombrar a Carlos Gustavo no su marido, como la corte quisiera, sino su hijo (sic), y de este modo, su heredero al trono. Reina Cristina termina, precisamente, ahí donde empezaba Abdicación: Cristina asiste a la coronación de Carlos Gustavo, y a continuación sale de la iglesia donde se ha oficiado la solemne ceremonia, atravesando un dintel iluminado con una fuerte luz blanca: así era como comenzaba la película de Anthony Harvey, mostrando la salida de Cristina de la misma ceremonia como una luminosa liberación para la protagonista.


Es una pena que un film en torno a una personalidad (sea o no “histórica”) tan atractiva como la de Cristina de Suecia acabe resultando tan endeble, previsible y, a ratos, tosco y aburrido por culpa de la rutina de la realización de Mika Kaurismäki. Y lo es mayormente no solo por, como ya he dicho, la excelente interpretación de Malin Buska en el papel protagonista (muy bien secundada, además, por el resto de notables componentes del reparto), sino porque el guion ofrece de la protagonista un retrato muy atractivo. Cristina es mostrada como una “rebelde”, muy “progresista” vista a ojos de hoy, pero que el film tiene el cuidado de retratar en el contexto de la época en la que transcurre la trama, recalcando el telón de fondo de acontecimientos como la Guerra de los 30 años entre católicos y luteranos –una de las primeras decisiones de Cristina al subir al trono fue ponerle fin–; o, en particular, la insaciable sed de conocimientos de una monarca caracterizada por una notabilísima cultura y una inagotable curiosidad, que –tal y como se refleja en la película– la lleva a coleccionar libros y obras de arte que devora con fruición, y en particular, forjar una gran amistad con el filósofo René Descartes (Patrick Bauchau): uno de los mejores momentos del film, si no el mejor, gira en torno a la lección de anatomía que –evocando, indirectamente, a la famosísima pintura homónima de Rembrandt, también conocida como La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp– lleva a cabo Descartes en presencia de una fascinada Cristina, y de una escandalizada corte sueca, en el curso de la cual el filósofo extrae la glándula pineal de un cadáver, en su opinión la cuna de todos los sentimientos del alma.


Pero, como ya he indicado antes, y a pesar de ese y algún otro esporádico buen momento, Reina Cristina nunca supera el listón de lo discreto, y eso se debe en gran medida a la insipidez de la puesta en escena de Mika Kaurismäki, un realizador hasta cierto punto simpático por el hecho de ser –sin duda, exageradamente– algo así como el “hermano tonto” de Aki Kaurismäki según los “listos”, pero cuya obra nunca se ha caracterizado por un exceso de pretensiones, más bien al contrario. Hay que decir en descargo del cineasta que, pese al carácter de coproducción internacional del producto, la película se muestra más bien parca en medios, y en todo momento da la impresión de que se ha rodado aprovechando muchos escenarios reales (por ejemplo, según los datos de producción, el castillo de Turku en Finlandia, que pasa por ser el castillo real de Kronor en Estocolmo), lo cual puede haber influido a la hora de dificultar e incluso limitar la planificación de cara a conseguir buenos ángulos de cámara. Pero ello no excusa a Kaurismäki de haber resuelto demasiadas escenas de manera simplemente correcta y sin vida, en las cuales el plano/ contraplano acaba siendo el principal recurso expresivo (y, a ratos, ni tan siquiera eso está completamente bien ejecutado). Una lástima, repito, porque la reina Cristina de Suecia se merecía otra película a su altura, o al menos, a la de la magnífica Abdicación.

Otro análisis de Reina Cristina en:


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