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viernes, 10 de abril de 2015

Panteísmo en la isla de Amami: “AGUAS TRANQUILAS”, de NAOMI KAWASE



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Buena parte de la acción de Aguas tranquilas (Futatsume no mado, 2014) guarda relación con elementos acuáticos, bien sea el mar que rodea al escenario principal de la trama (la isla de Amami), la del baño que comparten el adolescente Kaito (Nijiro Murakami) y su padre Atsushi (Jun Murakami) cuando el primero viaja a Tokio para visitar a su progenitor, o la de la tormenta que se desata cerca del final. En sus primeras escenas, el océano golpea con furia las rocas alrededor de la isla bajo el cielo gris del atardecer, casi como anunciando la turbulencia que se va a desatar tan pronto caiga la noche. Cuando esta llega, ese sutil augurio se confirma: mientras a lo lejos, en el pueblo, los lugareños celebran una fiesta con bailes y canciones tradicionales, Kaito pasea por la playa, cerca de la orilla, y descubre, flotando boca abajo, el cadáver de un hombre con la espalda tatuada; asustado, el chico echa a correr; pero no es la única persona presente en el lugar: muy cerca, viéndolo todo, está Kyoko (Jun Oshinaga), una adolescente de su edad.


Kaito vive con su madre, Misaki (Makiko Watanabe), divorciada de su padre, y no siente mucho apego hacia ella, como consecuencia de las largas ausencias de la mujer fuera del hogar para atender a su empleo. De hecho, Kaito está lleno de esa rabia tan característica de la adolescencia, y por eso es radical en sus convicciones. Por ejemplo, en lo que se refiere al agua, y si bien sabe nadar, a Kaito le asusta meterse en el mar, pues le parece peligroso. No es el caso de su amiga y compañera de clase Kyoko, más bien todo lo contrario: en una de las primeras secuencias la vemos bucear, vestida con su uniforme de colegiala y con calcetines (sic), cerca de las rocas donde Kaito ha ido a visitar al viejo Kamejiro (Fujio Tokita), quien se encuentra pescando; Kyoko emerge ante ellos, cual sirena o como la diosa del amor Venus, pero Kaito le reprocha que nade en el mar y que además lo haga con la ropa puesta. El contraste es evidente: Kaito le tiene miedo al mar (en la mencionada secuencia nocturna, le vemos mojándose tímidamente los pies), y a ese temor hay que añadir el descubrimiento del cadáver, el cual, como descubriremos más adelante, guarda una relación con la vida de Kaito y de su madre mucho más de estrecha de lo que pueda parecer a simple vista. En cambio, Kyoko no solo no le tiene miedo, sino que incluso le gusta nadar vestida, tanta es su comodidad en el líquido elemento.


Este es uno de los muchos contrastes, sencillos pero mostrados con gran sensibilidad, que propone la guionista y realizadora Naomi Kawase para narrar en Aguas tranquilas varios procesos de madurez. Están, por un lado, los de los personajes más jóvenes y, por tanto, más necesitados de evolución, los mencionados Kaito y Kyoko, pero no son los únicos. Contrariamente a lo que pudiera parecer, en Aguas tranquilas los adultos también están sometidos a una evolución madurativa: Isa (Miyuki Matsuda), la madre de Kyoko, sufre una enfermedad terminal y se prepara para morir; Tetsu (Tetta Sugimoto), el padre de Kyoko y marido de la anterior, se prepara, a su vez, para ver morir a su esposa; Atsushi, el asimismo mencionado padre de Kaito, redescubre el placer de la compañía de su hijo, a punto de convertirse en un hombre, al que hacía tiempo que no veía; incluso la, como hemos apuntado, aparentemente fría y distante madre de Kaito es, en realidad, una mujer repleta de secretos y matices, sobre todo en lo que atañe a su manera de paliar su soledad.


Diversos elementos naturales marcan esas evoluciones. En el caso de Kaito y Kyoko, como ya hemos mencionado, es el agua. También lo es, en parte, en el de Atsuhi, a quien, como ya hemos apuntado, vemos estrechar lazos afectivos con su hijo compartiendo un baño tradicional en Tokio, y asimismo lo es para Misaki, cuyo secreto más oscuro —el hombre muerto encontrado en la playa era un amante con el que se relacionaba a espaldas de su hijo— se revela en una noche de tormenta que evoca, indirectamente, el mar revuelto de la noche en la que Kaito descubrió el cadáver. El personaje de Isa, de quien se nos dice que es chamán, está puesto en relación con el gigantesco árbol que está plantado justo delante de su casa y cuya visión y sombra la reconfortan: el árbol, centenario, lejos de recordarle su propia mortalidad y que su vida está a punto de apagarse, tranquiliza su espíritu reafirmándola en su amor a la vida. En cambio Tetsu, que atiende un puesto de comidas, hace frente a la muerte de su esposa dando muerte, con ayuda del tío Kome, a una cabra: asumiendo, por tanto, que la muerte no es el fin de la existencia, sino una parte intrínseca de la misma. De hecho, la primera vez que hemos visto a Kamejiro ha sido, precisamente, degollando a otra cabra y vertiendo su sangre en un cuenco, en un gesto que al mismo tiempo tiene algo de ritual y de paradójico respeto por la vida: en la segunda degollación, el anciano acaricia al animal que acaba de desangrar, como agradeciéndole que su sacrificio contribuya a dar sustento a los vivos. Pero, sin duda alguna, es lo que atañe al vínculo entre Kaito y Kyoko y a la muerte de la madre de esta última, dado que estos tres personajes se encuentran estrechamente relacionados entre sí, donde Aguas tranquilas alcanza sus mayores niveles de intensidad y poesía.


Es evidente que el miedo de Kaito al mar es un reflejo simbólico de su miedo a la existencia; miedo a vivir que, como hemos visto, Kyoko tiene más superado que su compañero, algo que se expresa en su facilidad y comodidad para meterse y sumergirse en el mar (ergo, en la vida misma) incluso con la ropa puesta: ese típico “uniforme de colegiala” japonesa que expresa los pocos años de la chica Ambos adolescentes se aman, pero es Kyoko la que toma la iniciativa, diciéndole a Kaito que deberían tener relaciones sexuales y exigiéndole que el chico le diga claramente que la quiere. Más adelante, vemos a Kaito llevar a Kyoko en su bicicleta, como suele hacer; pero, en esta ocasión, la chica carga su peso sobre las espaldas del chico, dificultándole el pedaleo; Kaito le pide a Kyoko que no se apoye encima suyo de esa manera, pero la chica hace caso omiso hasta que, inevitablemente, pierden el equilibrio y se caen: puede verse en esta situación, aparentemente inicua, otra simbólica representación del miedo de Kaito al amor de Kyoko, consciente de que será un “peso” que deberá cargar sobre sus espaldas para siempre o como mínimo durante mucho tiempo, y que llevar ese “peso” consigo conlleva, como todo en la vida, el riesgo a “caerse”: a equivocarse. No es casual, en este sentido, y en coherencia con todo lo que hemos expuesto hasta ahora, que la consumación del amor de Kaito y Kyoko no se produzca hasta después de las duras catarsis que deben atravesar ambos: la segunda, la muerte de su madre; y el primero, si no la muerte de su progenitora, en cierto sentido sí la “muerte” de la concepción que Kaito tenía de ella, unido al descubrimiento de que su madre es, a fin de cuentas, como Kyoko o cualquier otro ser humano, alguien con deseos e impulsos carnales que satisfacer, y a la que la separación/ausencia del marido/padre ha arrojado a los brazos de un desconocido. Será después de toda esta crucial cadena de acontecimientos cuando por fin veremos a Kaito y Kyoko buceando juntos, y desnudos (una vez superado el miedo al mar/a la vida de él, y la ingenuidad de ella), y haciendo el amor en la orilla de la playa, al amparo de la vegetación.  



Más lírico es, si cabe, todo lo que concierne a los últimos días del personaje de Isa. Ya hemos mencionado el estrecho vínculo que se da entre ella y el árbol que hay frente a su casa: Isa y los suyos descansan a la sombra de ese árbol, cuyas ramas les amparan de la luz solar a modo de enorme claustro materno vegetal. Y, por más que acaso Naomi Kawase abusa un poco del tradicional plano en contrapicado que permite intuir la luz del sol filtrándose entre el ramaje, hay que reconocer que en este caso utiliza este recurso clásico y un tanto desgastado con gran coherencia en relación a lo que narra: ese plano en contrapicado se corresponde en muchas ocasiones con el punto de vista subjetivo de la agonizante Isa, aunque puede interpretarse como un humilde reconocimiento al sol, como fuente de luz y de vida, desde la perspectiva de los humanos a los que ilumina y proporciona calor. En la primera secuencia, como asimismo se ha apuntado, los habitantes de la isla celebran una fiesta tradicional; en el último tercio del relato, el marido y la hija de Isa, así como sus mejores amigos, se congregan alrededor de su lecho de muerte, cantando y bailando temas antiguos que reconfortan a la pobre mujer en sus últimos minutos, en una secuencia bellísima y emocionante hasta el llanto, que no puede menos que hacer pensar en la serena planificación de un Yasuhiro Ozu o en el extraordinario epílogo de Vivir (Ikiru, 1952), de Akira Kurosawa. Kawase demuestra, con Aguas tranquilas, que es una digna heredera de otros grandes cineastas nipones con sentido de lo telúrico: pienso no solo en Kurosawa, sino también en el Hiroshi Teshigahara de La mujer de la arena (Suna no onna, 1964), o el Shôhei Imamura de El profundo deseo de los dioses (Kamigami no fukaki yokubô, 1968) y La balada de Narayama (Narayama bushikô, 1983), con las cuales Aguas tranquilas guarda ciertos puntos de contacto. La diferencia, sensible pero en absoluto peyorativa, es que la realizadora imprime a su película un estilo que, si bien mira con respeto a sus ilustres precedentes, también sabe distanciarse de los mismos mediante una puesta en escena moderna (en el mejor sentido de la expresión), que combina el peso de esa solemne tradición con la aparente liviandad y el dinamismo de los encuadres proporcionado por las actuales cámaras digitales ultraligeras, consiguiendo englobar en un conjunto casi perfecto la sensualidad de las escenas de la isla con el tono, más abrupto y semi-documental, del episodio que transcurre en unas calles de Tokio despersonalizadas y para nada turísticas. Puede verse Aguas tranquilas como una especie de melodrama panteísta pasado por el filtro del realismo cotidiano.


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