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jueves, 28 de noviembre de 2013

Especial WOODY ALLEN (1). “BLUE JASMINE”: Jasmine la triste

 

 
[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Lo mejor de Blue Jasmine (ídem, 2013), que no me parece el mejor Woody Allen de estos últimos años pero sin duda es un film interesante, reside en su brillante construcción narrativa. La película arranca presentándonos al personaje de Jasmine (Cate Blanchett) dándole, como suele decirse, “la brasa” a una anciana pasajera (Joy Carlin) que ha tenido la desgracia de tocarle en suerte el asiento contiguo al de Jasmine en el avión de pasajeros donde ambas mujeres viajan desde Nueva York a San Francisco; Jasmine habla y habla, y la dama del asiento de al lado se limita a escucharla, situación que se prolonga, una vez que el avión ha llegado a su destino, en la rampa de salida de pasajeros y el punto de recogida de maletas; para que quede claro que en todo este rato Jasmine no ha parado de hablar, y la dama no ha hecho otra cosa que escuchar (a la fuerza), esta última así lo expresa a su marido (Richard Conti), que viene a recogerla al aeropuerto. Más adelante, Jasmine toma un taxi y se presenta en la casa de Ginger (Sally Hawkins), su hermana, en realidad su hermanastra, pues tanto ella como Jasmine fueron adoptadas, tal y como a esta última le gusta aclarar de inmediato tan pronto como sale el tema a la conversación. Ginger trabaja como cajera en un supermercado, vive en un humilde apartamento con sus dos pequeños hijos, cuya custodia comparte con su exmarido Augie (un inesperado Andrew Dice Clay), y tiene un novio, Chili (Bobby Cannavale), tan modesto como ella, con el que está haciendo planes de convivencia. Desde el primer momento queda claro (en no poca medida, gracias a la extraordinaria interpretación de Cate Blanchett) que Jasmine es una mujer demasiado refinada, con demasiada “clase”, para integrarse en el ambiente y con las personas de clase media-baja por donde se mueve Ginger, pero sus apuros económicos son tan grandes y graves que se ve en la obligación de soportar la situación, para Jasmine humillante, de tener que vivir con Ginger “una temporada” hasta que reorganice su vida. Detalle significativo y muy representativo del carácter de Jasmine: pese a estar arruinada, y para estupefacción de su hermana, ha volado de Nueva York a San Francisco en primera clase…
 

 
Una serie de flashbacks, excelentemente integrados en el seno de la narración “en presente” y a los cuales se accede sin transición, al albur de un gesto o un fragmento de diálogo de los acontecimientos desarrollados en la actualidad, nos van dibujando el pasado de Jasmine: su matrimonio con Hal (Alec Baldwin), un adinerado broker de Wall Street junto al cual disfrutaba de una vida repleta de lujo y comodidades, o mejor dicho, lo que se entiende por tales: un caro apartamento con piscina en Park Avenue, comidas y cenas suntuosas, y líneas de crédito generosas en las tiendas más caras de Manhattan… Una felicidad artificial que escondía, cómo no, una falsa realidad a la que la fantasiosa Jasmine, la sofisticada Jasmine, se entregó con los ojos cerrados, hasta el punto de ser incapaz de ver, hasta que ya resultó ser demasiado tarde, que su marido llevaba años y años siéndole infiel con otras muchas mujeres literalmente delante de sus narices (Jasmine conocía a todas las amantes de su esposo ignorando, o acaso queriendo ignorarlo voluntariamente, su condición de concubinas de su cónyuge), y que además Hal estaba metido en “negocios sucios” que terminarían (vía denuncia) conduciéndole a la cárcel…, donde acabaría sus días suicidándose. Los hechos del pasado de Jasmine guardan una estrecha interrelación con sus actividades en el presente, de tal manera que, gracias a esa progresiva información dosificada sobre lo que fue la existencia de la protagonista antes de dar con sus huesos en San Francisco, descubrimos (y comprendemos) que el personaje de Jasmine en la actualidad es el resultado de la modelación del mismo en base a su incapacidad para asumir este presente para ella aciago. Se ha dicho, no sin razón, que Jasmine vendría a ser una variante o puesta al día de la Blanche DuBois imaginada por Tennessee Williams en su famosísima obra teatral Un tranvía llamado deseo, no por casualidad interpretada por Blanchett en el montaje representado a lo largo de 2009 en Washington y Sydney bajo la dirección de Liv Ullmann y que no sería de extrañar que Allen conociera e incluso hubiese visto; similitud que brilla en todo su esplendor en lo que atañe a la relación amorosa de Jasmine con Dwight (Peter Sarsgaard), el adinerado hombre de negocios que nada sabe sobre su pasado porque ella misma ha procurado ocultárselo escrupulosamente y al que ve como una posible tabla de salvación de cara a recuperar el estatus social perdido. Pero también, y salvando las distancias, la Jasmine de Allen guarda ecos de Lily Bart, la infortunada heroína de la novela de Edith Wharton La casa de la alegría, admirablemente adaptada por Terence Davies en el film homónimo de 2000: otra dama de la alta sociedad neoyorquina a la que también sorprende la pobreza, y con ella, la conciencia de que es un ser inútil y desvalido ante el mundo como consecuencia de su educación privilegiada.
 

 
Allen desarrolla con gran habilidad la tragedia de Jasmine, pues no es sino esencialmente trágico un personaje enfrentado a un destino insuperable, de tal manera que esa continua interrelación presente-pasado no solo contribuye a ir enriqueciendo el perfil psicológico de la protagonista, sino también a que no decaiga el interés de la narración. Dicho de otra manera, Blue Jasmine es una de esas raras películas en las que su narración a base de flashbacks no es una mera maniobra destinada a dotar al relato de una apariencia de densidad en realidad inexistente (no son pocos los films que hoy en día recurren a esta estratagema narrativa para aparentar un espesor psicológico del cual en realidad carecen: basta con ordenar cronológicamente lo que narran para darse cuenta de ello; eso suele ocurrir, por ejemplo, en el cine de Alejandro González Iñárritu). Por el contrario, la película crece a medida que lo hace la información suministrada en torno al personaje central, alcanzando colofones tan espléndidos como ese momento en que, tomando una copa (una de las muchas que toma...) en compañía de Ginger, Chili y el amigo de este último, Eddie (Max Casella), al cual los dos primeros intentan “emparejar” con Jasmine (¿puede haber algo más incómodo en esta vida?), la protagonista explica que su esposo Hal murió en la cárcel ahorcándose en su celda, detallando con amargura que un ahorcado no suele morir por asfixia sino como consecuencia de la rotura de su cuello; o, más adelante, la revelación de que Hal fue detenido por la policía y acabó en “chirona”… como consecuencia del chivatazo de la propia Jasmine, en un arranque de despecho por las infidelidades de su marido y ante la amenaza inminente por parte de este último de abandonarla por otra mujer.
 

 
En el cine de Allen están presentes los retratos de mujeres pasivas-agresivas: Geraldine Page, en Interiores (Interiors, 1978); Charlotte Rampling, en la excelente y menospreciada Recuerdos… (Stardust Memories, 1980); Mia Farrow, en Maridos y mujeres (Husbands and Wifes, 1992); Radha Mitchell, en la fallida Melinda y Melinda (Melinda and Melinda, 2004); Scarlett Johansson, en Match Point (ídem, 2005), todavía a día de hoy la última gran película de su realizador… Pero probablemente ninguna de ellas sea tan frágil como la Jasmine del presente film, salvo quizá las dos mencionadas en primer lugar, asimismo afectadas por un trastorno mental que las conduce a la infelicidad y la locura, al igual que la protagonista de esta película, por su incapacidad para hacer frente a lo que se conoce como “realidad cotidiana”. Sin perjuicio de la buena labor de todo el elenco, incluida una excelente Sally Hawkins —por más que, a mi entender, su episodio de infidelidad a Chili con Al (Louis C.K.) sea lo peor y más prescindible del film: por suerte, no dura mucho—, es Cate Blanchett, actriz, y Jasmine, personaje, los que acaparan los mejores momentos de una función en la cual Allen hace gala de un ironía cruel (¿hay alguna que no lo sea?) en su enésima mirada sobre la estupidez del ser humano.
 

 
Llama la atención, tal y como ya ocurría en otra buena y subvalorada película suya de estos últimos años, El sueño de Casandra (Cassandra’s Dream, 2007), que Allen demuestre una actitud de comprensión hacia los personajes intelectualmente menos formados, caso de Ginger o Chili, en detrimento de la más “culta” (abandonó los estudios a punto de acabar antropología) y a pesar de todo más necia Jasmine. Puede especularse con dos posibilidades: que, o bien con el paso de los años el cineasta ha comprendido que el bagaje cultural no siempre es el mejor recurso para hacer frente a las alegrías y sinsabores de la existencia humana, lo cual ha aumentado su escepticismo ante los personajes intelectuales (recuérdense, sin ir muy lejos, el canto al hedonismo con el cual se cerraba la mencionada Melinda y Melinda, o la moraleja escéptica con la que concluía Si la cosa funciona / Whatever Works, 2009 —1—); o, acaso desde un punto de vista quizá más práctico, desde que Allen protagoniza con menos frecuencia sus películas, básicamente por cuestiones de edad (este 1 de diciembre cumple 78 años), el realizador ha ido reduciendo el protagonismo de los personajes intelectuales que él solía encarnar (mejor dicho, el único personaje que solía encarnar), centrando su mirada en otro tipo de personajes, digamos, más a ras de suelo.
 

 
Sea como fuere, Blue Jasmine, qué título más adecuado, es la crónica del descenso a los infiernos de la cotidianeidad de una mujer que durante mucho, demasiado tiempo, ha estado viviendo dentro de una bella burbuja de cristal. Ni qué decir tiene que, bajo cierto punto de vista y tal y como también se ha dicho estos días, el film puede interpretarse como una especie de fábula sobre la crisis económica, personificada en la figura de una mujer que antaño fue rica y caprichosa, y que ahora, pobre pero igualmente caprichosa, intenta aparentar una “clase” que ya no tiene porque carece del mucho dinero que la respalde. Ya he mencionado que Jasmine es un personaje esencialmente trágico, sometido a lo largo de todo el metraje a una serie de humillaciones, algunas derivadas de la diferencia existente entre su carácter y comportamiento con el de los personajes del entorno “pobre” en el cual se ve metida, caso del ya mencionado intento de “emparejamiento” (sic) con Eddie. Pero quizá la peor de las humillaciones sea, desde su punto de vista, aquélla que sufre a manos del Dr. Flicker (Michael Stuhlbarg), el dentista de San Francisco en cuya recepción trabaja, quien se le insinúa en diversas ocasiones y, finalmente, llega a propasarse con ella: dejando aparte (pero sin minimizarla) la agresión sexual, lo más humillante, como digo, para Jasmine es el hecho de que, como ya ha dejado de pertenecer a la clase de los poderosos y ha entrado de cabeza en la de los “pobres”, se ha convertido en alguien a merced de los que ahora son más ricos que ella, como el Dr. Flicker. Pocas veces ha estado Allen tan cerca, como aquí, de la tragedia.

(1) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2009/10/la-caja-kovak-si-la-cosa-funciona-el.html

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