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lunes, 23 de septiembre de 2013

Testigo mudo: "PERDER LA RAZÓN", de JOACHIM LAFOSSE

[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Parece ser que esta película de Joachim Lafosse —de quien nada había visto hasta ahora, si bien parece ser que el tercero de sus cinco largometrajes hasta la fecha, Propiedad privada (Nue propriété, 2006), conoció estreno en España— parte de un lamentable hecho real: el caso de Geneviève Lhermitte, una mujer que asesinó a sus cinco hijos el 28 de febrero de 2007 en la localidad belga de Nivelles. También es cierto, como ha reconocido el propio Lafosse en diversas declaraciones, que Perder la razón (À perdre la raison, 2012) no es ni pretende ser una reconstrucción fidedigna del caso Lhermitte, sino que toma ese dramático punto de partida para, a partir de un guión elaborado por el realizador en colaboración con Thomas Bidegain y Matthieu Reynaert, efectuar una ficción que ahonde bajo qué circunstancias alguien es capaz de llegar al extremo de matar a seres que son carne de su carne y sangre de su sangre movido únicamente por la desesperación. Perder la razón arranca con una corta escena, resuelta en un solo plano, en la cual vemos a Murielle (Émilie Dequenne), una de las protagonistas del relato, en el lecho de un hospital y dirigiéndose hacia alguien que está junto a su cama, preguntándole: “¿Los enterrarán en Marruecos?”. El tono sombrío de este momento se reafirma en la siguiente escena / el siguiente plano: un encuadre general de un avión estacionado en un aeropuerto, en el cual se cargan cuatro pequeñas cajas blancas: cuatro ataúdes. A partir de entonces, Perder la razón empieza un larguísimo flashback, que cubre la totalidad del resto de su metraje, para mostrarnos minuciosamente qué es lo que ocurrió en el pasado de Murielle que acabó conduciéndola a su actual situación, todavía difusa para el espectador en este punto del relato pero que se irá clarificando, en todo su dramatismo, a medida que avance el mismo.

Unos pocos años antes, vemos que Murielle es la novia de Mounir (Tahar Rahim), un joven marroquí que comparte piso con su benefactor, el doctor André Pinget (Niels Arestrup). No obstante, tal y como están presentados los personajes al principio de la trama, y teniendo en cuenta la familiaridad con que se tratan, resulta lícito pensar que André y Mounir son padre e hijo; esta es, precisamente, una de las peculiaridades del film, y lo que le confiere buena parte de su personalidad: no narra, muestra; no explica, sugiere; no especifica, indica; luego veremos cómo esta peculiaridad es consecuencia de una no menos minuciosa labor de puesta en escena. Pero antes demos más detalles del argumento. Mounir tiene problemas para encontrar trabajo, mientras que Murielle se gana bien la vida como maestra; agobiado por la falta de empleo, Mounir decide aceptar la oferta de André de que trabaje para él como secretario, concertándole las citas para su consultorio privado, y Murielle ve con buenos ojos la proposición. Detrás de esta oferta de André llegará otra: que la pareja, cuando se case, venga a vivir con él: está solo, tiene una casa muy grande, y se sentiría encantado de cederles espacio y que le hagan compañía. La pareja acepta. Pasa el tiempo: Mounir y Murielle van teniendo hijos, primero tres niñas, luego un varón. Murielle, que en un primer momento ha aceptado de buena gana las atenciones, el dinero y la ayuda de André con el piso, empieza a sentir deseos de irse a vivir con su familia a una casa más grande y, sobre todo, que sea suya. André soluciona ese problema a su manera: con la aquiescencia de Mounir pero no la de Murielle, compra un piso mayor que el anterior para seguir viviendo todos juntos. A Murielle le atrae la idea de irse a vivir a Marruecos, cerca de la bondadosa madre de Mounir, Rachida (Baya Belal), pero Mounir se resiste a dejar las comodidades que le brinda André; es más, cuando Mounir le promete a Murielle que hablará con André sobre el asunto y lo hace, este último se enfurece llamándoles desagradecidos, y Mounir no se atreve a llevarle la contraria. La situación empeora para Murielle, que se ve atrapada en una situación familiar y personal que no soporta, y que se va enrareciendo con las constantes recriminaciones de Mounir y André, quienes no paran de criticarla, insensibles al estado depresivo que se está apoderando de la muchacha, todo lo cual va unido a las vagas sospechas de Murielle de que la relación que Mounir tuvo de niño con André fue algo más que un vínculo entre benefactor y protegido…

Si bien es verdad que el guión desarrolla todo esto con admirable precisión, y está espléndidamente sostenido por sus intérpretes —desde un siempre magnífico Niels Arestrup a una Émilie Dequenne que da la sorpresa tras años de haberla visto haciendo mediocres interpretaciones en no menos malas películas (Rosetta, El pacto de los lobos)—, lo mejor de Perder la razón reside en la manera como Joaquin Lafosse expone todo esto. Ya he mencionado que el film no narra hechos, sino que más bien los muestra. De este modo, la presencia de la cámara se hace muy presente en todas las escenas en virtud de la planificación elegida, en virtud de la cual la cámara acaba ejerciendo una insólita función como de testigo mudo, que lo presencia todo pero no interviene en nada, dejando que el espectador saque sus propias conclusiones. Esa presencia de la cámara se percibe, por ejemplo, en la forma de planificar algunas conversaciones, de modo que la cámara toma los planos/contraplanos de los personajes colocándose a la altura de los hombros de los mismos, como si fuera el punto de vista subjetivo de alguien que está, literalmente, mirando y escuchando por encima del hombro de los personajes lo que están haciendo y diciendo. Asimismo, las escenas filmadas en planos más abiertos están captadas con la cámara colocada junto al dintel de una puerta, o desde un rincón del decorado, sugiriendo siempre la presencia invisible de un tercero imparcial que observa desde un punto de vista cercano y a la vez alejado de los personajes; idéntica impresión producen las escenas de la escuela donde trabaja Murielle, en las cuales la cámara se coloca en el punto de vista de uno cualquiera de sus alumnos sentados en sus pupitres. La cámara está, por tanto, siempre presente, pero al mismo tiempo sabe mantenerse ausente: observa, pero no interviene; mira, pero no comenta lo que ve; registra los hechos, pero sin acotaciones, apuntes ni notas. Me parece una forma espléndida de sugerir la tragedia de Murielle, que se va desarrollando ante los ojos del espectador / del mundo pero sin que nadie pueda hacer nada por ella, salvo asistir a su proceso de perturbación mental, el mismo que la llevará a adoptar una demente decisión que el realizador resuelve de modo, asimismo, extraordinario: primero, mediante un largo plano general fijo de las tres niñas de Murielle mirando la tele en el salón (momentos antes hemos visto a la protagonista llevarse al varón, todavía un bebé, en brazos); oímos la voz de Murielle, llamando una a una a las niñas, a intervalos de pocos minutos y sin que el plano varíe; cuando todas las niñas han desaparecido del encuadre, el plano entonces se corta, para dejar paso a uno nuevo, un plano general de la casa, sobre el cual oímos en off la voz llorosa y desesperada de Murielle, telefoneando a la policía para advertirles que acaba de hacer algo espantoso a sus hijos… Perder la razón es una magnífica película.    

2 comentarios:

  1. Suena a caligrafía aséptica para una historia que, de aséptica, no tiene nada, más bien todo lo contrario. O sea, suena interesante. ¿En la línea del Haneke de sus primeras cintas? Intentaré verla y comprobar.

    Saludos y buena semana.

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  2. Buenos días, Manuel:

    Sí, algo parecido, si bien ligeramente más cálido.

    Saludos.

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