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sábado, 28 de septiembre de 2013

El planeta sin nombre: "RIDDICK", de DAVID TWOHY


[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Acaso porque no me esperaba nada especial de ella, puesto que ni me cuento entre los admiradores de, cielos, Vin Diesel, ni tampoco soy un incondicional de lo que hasta ahora era un díptico, el formado por Pitch Black (ídem, 2000) y Las crónicas de Riddick (The Chronicles of Riddick, 2004), y a pesar incluso de tratarse de un título insatisfactorio en sus líneas generales, lo cierto es que Riddick (ídem, 2013), la película que convierte en trilogía la saga del antipático antihéroe galáctico realizada por David Twohy, no es un título despreciable. Contrariamente a lo que se ha dicho estos días (y, como siempre digo aunque quizá no se me crea, no es una actitud adoptada de antemano), me parece un acierto que Riddick recupere el tono y el espíritu rayanos en la antigua serie B de Pitch Black, alejándose voluntariamente del fallido tono de superproducción de Las crónicas de Riddick. Desde este punto de vista, se le podrá reprochar a esta nueva película su patente falta de originalidad, pero creo que a cambio se presenta como una producción honesta y directa, de presupuesto por debajo de la actual e hipertrofiada media hollywoodiense (38 millones de dólares) y que luce con cierto descaro su condición de producción se diría que íntegramente rodada en estudio y frente a pantallas verdes que, claro está, no se ven, pero casi se “huelen”.


Nada más empezar, el film despacha con celeridad las circunstancias que llevaron a Riddick (Diesel) del trono donde acababa Las crónicas de Riddick y que le conducen, vía la traición de Vaako (un fugaz Karl Urban), puerta abierta a una posible cuarta entrega, a un árido planeta sin nombre donde el protagonista es abandonado a su suerte. Se nota, a juzgar por esa prisa inicial (también, probablemente, porque tampoco hay necesidad de alargar ese prólogo más de la cuenta), que Twohy, asimismo guionista, tiene ganas de llegar cuanto antes a ese mundo desértico y lleno de peligros, tanto da que sean estanques de agua envenenada, como una fauna particularmente hostil en forma de cánidos parecidos a las hienas o repugnantes criaturas “lovecraftianas” que se ocultan deliberadamente bajo la cenagosa superficie de los pocos abrevaderos de agua potable, y que (curiosa idea) se desplazan por la seca superficie del planeta al amparo del húmedo abrigo que les proporcionan las amenazadoras tormentas con gran aparato eléctrico capaces de arrasar la seca superficie de un lugar que parece rechazar la vida, en el cual Riddick sobrevive valiéndose de todo su ingenio para adaptarse al medio, improvisar armas y buscar refugio (en sus propias palabras, recuperando su “lado animal”). Casi huelga añadir que, asimismo como se ha dicho estos días hasta la saciedad y que no tengo problemas en suscribir, lo mejor de Riddick se sitúa en los aproximadamente veinte primeros minutos de su metraje, los que describen la llegada y primeros movimientos del protagonista por el planeta sin nombre, en los cuales Twohy hace gala de sus mejores recursos como realizador: los mismos de sus agradables ¡Han llegado! (The Arrival, 1996), Below (2002) y la mencionada Pitch Black; no he visto Timescape (1992) ni Escapada perfecta (A Perfect Getaway, 2009). Eso no quiere decir que el interés de Riddick concluya una vez pasados esos veinte minutos, si bien es verdad que el mismo se resiente con lo que viene a continuación: la llegada a ese mismo planeta de dos grupos de cazadores de recompensas, uno al mando del irascible Santana (Jordi Mollà, quién lo ha visto y quién lo ve) y otro comandado por el más sereno pero no menos violento Johns (Matt Nable), ambos advertidos de la presencia de Riddick en el planeta por el propio protagonista, quien ha logrado activar una señal de alarma y está a la espera de que alguien venga a darle caza para intentar conseguir así una vía de escape en la nave o naves que transportarán a los cazadores. Digo que el film se resiente con la llegada de estos personajes porque no solo reduce la fuerza e intensidad visual del principio (aún sin perderla por completo), sino porque, como hasta cierto punto era previsible, el dibujo de los cazadores de recompensas da pie para tamizar el relato con todo tipo de tópicos y convenciones heredados del actioner de los ochenta, y antes, del western. No anima la función de un modo excesivamente particular el hecho de que uno de los componentes del equipo de Johns sea una mujer, Dahl, descrita, cómo no, como alguien tan-dura-como-cualquier-hombre con tal de hacerse respetar en un entorno fuertemente masculinizado (a pesar, empero, del atractivo que imprime al personaje la simpática Katee Sackhoff, luciendo aquí prácticamente el mismo vestuario de la serie de televisión Galáctica: Estrella de combate).


Pese a todo, y recuperando, como digo, parte del espíritu pero también del planteamiento dramático de Pitch Black, la introducción de los cazadores de recompensas en la trama da pie a que, durante una considerable parte del metraje central de la película, el principal protagonista casi desaparezca, convirtiéndose en una amenaza en segundo término del relato, el cual pasa a adoptar principalmente el punto de vista de los mercenarios. Más allá de la anécdota de que ello contribuya a la desaparición de Vin Diesel de la pantalla durante unos cuantos buenos minutos (se agradece), de este modo el personaje de Riddick adquiere más relevancia y peso dramático: por así decirlo, es más interesante lo que los demás explican de Riddick que ninguna de sus reflexiones en voz over (las que acompañan aquellos veinte primeros minutos del metraje); como ya ocurría en Pitch Black, el personaje es mejor como presencia de fondo que como protagonista que lleva la voz cantante, pues tampoco da mucho más de sí (acaso este fuera el error de Las crónicas de Riddick), a pesar de que ese efecto dramático queda aquí algo diluido por el hecho de tratarse ya de la tercera película sobre el mismo: el espectador no acude “virgen” a su visionado. Dejando aparte la insistencia de emparentar a Riddick con Pitch Black, tanto a nivel de guión —Johns busca a Riddick no porque le interese el precio puesto a su cabeza…, sino porque es el padre de William J. Johns (Cole Hauser), personaje presente en la primera película, y quiere exigirle explicaciones sobre las circunstancias de su muerte en aquélla— como de puesta en escena —el plano general en el cual, a la luz del fogonazo de un relámpago, Riddicjk descubre la masa de monstruos que le acechan al pie de la ladera donde está encaramado: en Pitch Black había otro de construcción muy similar—, el film llama la atención, positivamente, por la física solidez de las escenas de acción, no solo las de los repetidamente mencionados primeros veinte minutos, sino buena parte de las que acontecen alrededor de los cazadores de recompensas y el bastante logrado clímax que relaciona a todos los personajes, unidos en la causa común de salvar el pellejo frente al ataque del ejército de monstruos. También resulta llamativo el hecho de que, a pesar de su tópica caracterización, los personajes consigan la nada despreciable hazaña de parecer antipáticos, dibujando así, y fuera o no intención de Twohy, un contexto que invita a adoptar cierta distancia hacia el relato, favoreciendo de este modo la descripción de un universo despiadado.

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