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miércoles, 21 de octubre de 2015

Almas solitarias: “IRRATIONAL MAN”, de WOODY ALLEN



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] De un tiempo a esta parte se ha convertido en un lugar común el afirmar que el cine de Woody Allen ya no es tan creativo, arriesgado ni experimental como era antes (ni tan bueno). Pero, claro, todo depende del color con que se mire, pues incluso en sus momentos, digamos, álgidos de apreciación crítica, entre finales de los setenta y hasta bien entrados los años noventa —para entendernos, entre Annie Hall (ídem, 1977) y Balas sobre Broadway (Bullets over Broadway, 1994)—, lo cierto es que su cine resultaba tan irregular como lo es ahora, pues incluso en esos supuestos “años dorados” a Annie Hall le seguía un melodrama tan mediocre como Interiores (Interiors, 1978); a Hannah y sus hermanas (Hannah and her Sisters, 1986), dos obras tan discutibles como Días de radio (Radio Days, 1987) y September (ídem, 1987), esta última particularmente fallida, o una tan sobrevalorada como Otra mujer (Another Woman, 1988); y entre dos films tan magníficos como Delitos y faltas (Crimes and Misdemeanors, 1989) y Sombras y niebla (Shadows and Fog, 1991) —este, para mi gusto, su mejor trabajo junto con Manhattan (ídem, 1979)—, se insertaba una pieza tan poco conseguida como Alice (ídem, 1990). Decir, como se dijo en una época, que cada nueva película de Allen era una obra maestra estaba fuera de lugar; pero afirmar que ahora no se encuentra en su mejor nivel también me parece inexacto.


El balance del cine de Allen de estas últimas dos décadas no me parece que esté en absoluto tan por debajo de la media de los tiempos en los que era más apreciado. Ya me he expresado en más de una ocasión a favor de Match Point (ídem, 2005), El sueño de Cassandra (Cassandra’s Dream, 2007), la siempre denostada Vicky Cristina Barcelona (ídem, 2008) (1), Conocerás al hombre de tus sueños (You Will Meet a Tall Dark Stranger, 2010) (2), Midnight in Paris (ídem, 2011) y Magia a la luz de la luna (Magic in the Moonlight, 2014), estas tres últimas mucho mejores de lo que se dijo. También lo he hecho a favor de Blue Jasmine (ídem, 2013) (3), mejor considerada que las anteriores gracias en no poca medida a la excepcional interpretación de su actriz protagonista, Cate Blanchett. No puedo hablar tan bien de la muy mediocre Scoop (ídem, 2006), o de las discretas Si la cosa funciona (Whatever Works, 2009) (4) y A Roma con amor (To Rome with Love, 2012) (5).


Llegado el momento de comentar Irrational Man (ídem, 2015), su última propuesta hasta la fecha, si hay algo que, de entrada, me ha llamado la atención positivamente de esta película es el hecho de que Allen siga conservando, mal que pese y por mucho que se haya dicho lo contrario, el talante experimentador que siempre ha recorrido, con mejor o peor fortuna, el conjunto de su filmografía. Lo que más me ha interesado de Irrational Man no es el hecho de que, por más que haya sido promocionada de esa manera, no se trate de una comedia, si bien tampoco es un drama en sentido estricto (como tampoco lo eran, para no retroceder demasiado atrás en el tiempo, ni Conocerás al hombre de tus sueños ni Blue Jasmine); ni tampoco el hecho de que recupere, en parte, el toque de thriller policíaco que tan bien empleó en Delitos y faltas o, en clave de comedia —esta sí, y de las buenas—, en Misterioso asesinato en Manhattan (Manhattan Murder Mystery, 1993). Todo esto está muy bien en sí mismo considerado, pero nada que Allen no haya ensayado en otras ocasiones. Me parece más interesante el empleo de la voz en off, siempre tan impopular, el hecho de que en Irrational Man no haya una, sino dos voces over, exponiendo en voz alta los pensamientos de sus principales protagonistas, Abe (Joaquin Phoenix) y Jill (Emma Stone), y construyendo a partir de las mismas buena parte del sentido del relato.


Abe es un profesor de filosofía que acaba de ser trasladado a la universidad donde estudia Jill, más joven que él. Escéptico y alcoholizado, Abe no cree en muchas de las cosas que enseña y está convencido de que su existencia es una pura banalidad. Por puro tedio, mantiene una relación sexual esporádica con Rita (Parker Posey), una mujer casada tan aburrida como él de su rutina cotidiana. Por su parte, Jill lleva una existencia, en apariencia, diametralmente opuesta: es joven y llena de ilusiones, y tiene un novio, Roy (Jamie Blackley), con el que tiene planes de convivencia y/ o boda a corto plazo. Pero, cada uno a su manera, Abe y Jill son inconformistas. Ambos son, en el fondo, dos solitarios que buscan paliar de distinta manera esas soledades: Abe, con el alcohol y el sexo (por orden de preferencia); Jill, concentrándose en sus estudios, como si intentara descubrir en ellos esa entelequia llamada sentido de la vida. Como digo, la voz en off de ambos personajes nos describe sus inquietudes más íntimas y personales por separado. Resulta casi natural que entre ellos acabe surgiendo una relación: los dos se sienten atraídos el uno por el otro porque se reconocen mutuamente entre sí como dos inadaptados sociales que no terminan de encajar en un mundo que no comprenden ni les comprende. Jill se siente fascinada por Abe y su conducta antisocial e inconformista, todo lo contrario de su novio Roy, serio-y-formal donde los haya; y a Abe le gusta Jill porque ve en ella la vieja llama que prendió en su interior cuando era más joven. Jill termina enamorándose de Abe, si bien este último insiste en rechazar una y otra vez sus avances amorosos, no tanto por los años que les separan (tampoco tantos) como, sobre todo, por la conciencia que tiene Abe de su imposibilidad de recuperar la ilusión de la juventud que caracteriza a Jill, a la que teme impregnar de sus tristeza y nihilismo: a la que teme estropear.


Una vez consolidada la peculiar naturaleza de la relación entre Abe y Jill, esa mezcla de fascinación intelectual y amor no correspondido, el relato da un giro inesperado que provoca una sorprendente evolución en el carácter de unos personajes, hasta ese momento, en cierto sentido, estancados el uno en el otro. Tomando algo en una cafetería, Abe y Jill oyen a sus espaldas la conversación de un grupo de personas sentado en una mesa contigua a la suya. Una mujer llamada Carol (Susan Pourfar) les explica a tres amigos suyos (Gary Wilmes, David Aaron Baker y Nancy Villone) que su exmarido está a punto de arrebatarle la custodia de sus hijos menores de edad gracias a que es buen amigo de un tal juez Spangler (Tom Kemp), el magistrado encargado de juzgar el procedimiento de custodia, y que sabe que se la concederá al padre de los niños aun sabiendo que aquél jamás los cuidará como hasta ahora ha hecho la madre. Eso provoca que en la mente de Abe germine una sorprendente idea: asesinará al juez Spangler, a fin de evitar que esa pobre mujer pierda a sus pequeños y que un padre desalmado se salga con la suya.


Como siempre en Allen, no es ajena a esa situación la pincelada intelectual tan característica de él, introducida en los diálogos secuencias atrás, relativa a la figura de Fiodor Dostoyevski y a una de sus más famosas novelas, Crimen y castigo. Lo que mueve al protagonista masculino de Irrational Man a cometer el asesinato del juez Spangler es comparable, hasta cierto punto, con la decisión de matar del protagonista de Crimen y castigo. La gran diferencia estriba en que, tras cometer el crimen, Abe no solo no siente el menor remordimiento de conciencia, sino que incluso llega a barajar muy seriamente… la posibilidad de matar a Jill tan pronto como esta termina enterándose de que es el responsable de un asesinato, y sufre en su lugar esos remordimientos, conminándole una y otra vez de que tiene que entregarse a la policía. Puede afirmarse que, en cierto modo, la personalidad del protagonista de Crimen y castigo se divide así en la de los dos protagonistas de Irrational Man, de ahí la absoluta coherencia del uso de dos voces en off para expresar los pensamientos/ sentimientos de dos seres humanos que creían estar muy cerca el uno del otro, hasta que acaban descubriendo que eso no era más que una ilusión. ¿Cuántas relaciones de pareja no tienen, en mayor o menor medida, un componente de autoengaño por parte de sus componentes?


Esta es, si cabe, la más amarga de las conclusiones a las que llega esta interesante película que es Irrational Man, crónica del proceso de reconocimiento de dos seres humanos convencidos de que había un vínculo sólido e inquebrantable entre ellos, forjado a base de respeto intelectual y sentimental, y que al final acaban descubriendo cómo se alza entre ellos una barrera infranqueable: nada más concebir la idea del crimen, durante su ejecución y después del mismo, el carácter de Abe sufre una notable transformación, convirtiéndose en una persona más alegre y optimista, absolutamente convencido como está de que por fin ha encontrado un sentido a su existencia; en cambio, cuando Jill consigue que Abe le confirme sus sospechas, revelándole la autoría del asesinato del juez, es la hasta entonces simpática, vitalista y dicharachera muchacha la que cambia, convirtiéndose en alguien repleto de temores y dudas, de miedos e incertidumbres. Un momento magnífico al respecto es aquél en el que Jill mira en la distancia a Abe, de pie y a la orilla de un lago: en uno de los planos más bellos del último cine de Allen, Abe aparece desde el punto de vista de Jill como una figura borrosa, distorsionada por la luminiscencia que la luz del sol arranca de la superficie del agua, a tono con esa nueva perspectiva que ahora tiene Jill de él: para la muchacha, Abe ahora es, asimismo, un hombre “borroso”, de contornos morales y éticos poco claros.  



miércoles, 14 de octubre de 2015

Mi comentario de “REGRESIÓN”, de ALEJANDRO AMENÁBAR, para “CAMBIO 16”



La edición digital de Cambio 16 publica estos días un pequeño comentario mío que me solicitaron con respecto a la recientemente estrenada película de Alejandro Amenábar Regresión (2015), y al estado actual de la carrera de este realizador. Helo aquí:



lunes, 12 de octubre de 2015

El paso del tiempo: “VIAJE A SILS MARIA”, de OLIVIER ASSAYAS



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Si no fuera por el notable interés de su propuesta, y sobre todo por un puñado de momentos magníficos que refuerzan y consolidan ese mismo interés, casi me sentiría tentado de afirmar (aún a riesgo de que parezca una boutade) que Viaje a Sils Maria (Sils Maria/ Clouds of Sils Maria, 2014) no está, ni por asomo, a la altura de su prestigio, o cuanto menos, que sin ser ni mucho menos despreciable, no hay para tanto. Vaya por delante, insisto, en que me ha parecido una muy interesante película en sus líneas generales, superior sin ir más lejos a la anterior propuesta de Olivier Assayas, la meramente simpática Después de mayo (Après mai, 2012), pero menos atractiva y sugerente que el mejor trabajo que le conozco hasta la fecha, Las horas del verano (L’heure d’été, 2008) (1).


Acabo de mencionar el adjetivo “sugerente”. En Viaje a Sils Maria hay buenas sugerencias, o mejor dicho, buenas ideas sugeridas; luego volveremos sobre ellas. Pero también acumula un puñado de conceptos mal planteados y peor resueltos, y subrayo mi sorpresa procediendo de un realizador tan directo y poco pretencioso como Assayas, quien hasta la fecha ha sabido labrarse una excelente filmografía sin caer en ninguna de las torpezas en las que, a ratos, incurre en Viaje a Sils Maria, por más que varias de las mismas obedezcan a una intención deliberada. Algunos de esos defectos se derivan, paradójicamente, de uno de sus aspectos más atractivos: lo que el film tiene de discurso soterrado o en segundo término sobre el estado actual del cine, personificado/ simbolizado en las figuras de sus dos principales protagonistas: Juliette Binoche, que interpreta a la veterana actriz de teatro y cine Maria Enders, y Kristen Stewart, que se hace cargo de la asistente personal de la anterior, Valentine.


El contraste entre Binoche y Stewart da pie a una digresión sobre el cine que, de tan obvia, roza el sonrojo. Binoche ha sido y, para muchos (entre los que no me incluyo), sigue siendo el paradigma de la actriz versátil, hipersensible y polifacética al servicio del así llamado “cine de autor”, preferentemente de nacionalidad europea. En cambio, Stewart vendría a representar todo lo contrario: el símbolo de la estrella de Hollywood pagada de sí misma (y “pagada” con muchos millones de dólares), puesta antes al servicio del comercio que del arte (algo que, si se conoce bien la carrera de Stewart, principalmente enfocada hacia el cine indie estadounidense y dejando aparte su participación en la saga Crepúsculo y similares, está más lejos de la realidad de lo que pueda parecer a simple vista). Sería fácil pensar que ambas actrices, en cierto sentido, se interpretan a sí mismas, o mejor dicho, a las imágenes mayoritariamente popularizadas que corren sobre ellas. De hecho, hay momentos en que la película juega con ese contraste: la escena en la que Maria y Valentine se bañan en el lago, la primera desnuda y la segunda en ropa interior, se erige en una especie de compendio de esas imágenes preconcebidas/ prefabricadas: Binoche se arroja al agua sin ropa, consciente a sus 50 años que nada tiene que esconder ni demostrar a estas alturas de su carrera, mientras que Stewart no se quita ni sostenes ni bragas porque su desnudo probablemente es de los que se venden caro, mucho más de lo que los productores de Viaje a Sils Maria se podrían permitir.


Por otro lado, ese contraste, digamos, “metafílmico” no se da únicamente entre Binoche y Stewart, sino también (y de una manera mucho más sutil) entre Binoche y una fugaz Angela Winkler, quien interpreta a Rosa Melchior, la reciente viuda de Wilhelm Melchior, el autor de La serpiente de Maloja, la misma pieza teatral que veinte años atrás lanzó al estrellato a Maria Enders. Puede decirse que casi hay tanta distancia entre las carreras de Binoche y Stewart como entre la de la primera y Winkler, quien fuera la heroína de varios títulos representativos del Nuevo Cine Alemán: El honor perdido de Katharina Blum (Die verlorene ehre der Katharina Blum, 1975, Volker Schlöndorff y Margarethe von Trotta), Alemania en otoño (Deutschland im herbst, 1978, VV.AA.), La mujer zurda (Die linkshändige frau, 1978, Peter Handke), El cuchillo en la cabeza (Messer im kopf, 1978, Reinhard Hauff), El tambor de hojalata (Die blechtrommel, 1979, Schlöndorff)… Otro cine, otra época. 
   

No son los únicos contrastes existentes en el film. Hay otro, más de brocha gorda todavía, que a punto está de destrozar la película. Me refiero al que se produce entre Maria y Jo-Ann Ellis (Chlöe Grace Moretz, la mejor del reparto), la actriz hollywoodiense de 19 años elegida para ser la protagonista de un nuevo montaje de La serpiente de Maloja. Jo-Ann, su mundo, su forma de vivir y de entender la existencia son la antítesis de Maria: bebe, se droga, folla, se ve envuelta en frecuentes escándalos por su comportamiento y sus comentarios soeces, y sobre todo, es la comidilla de la “prensa del corazón” y trending topic constante en la Internet. Para más inri, Jo-Ann acostumbra a protagonizar superproducciones de Hollywood de bajísimo nivel intelectual; concretamente, ¡horror!, de superhéroes. Todo ello da pie a Assayas para incorporar una serie de burlescas escenas supuestamente sacadas de Internet y centradas en Jo-Ann y su excéntrica conducta, y en particular, una horrible secuencia de uno de los supuestos films de temática “superheroica” de la actriz. Más allá del hecho, claro está, de que el personaje y la presencia de Chlöe Grace Moretz sea un guiño malicioso a la participación de esta actriz en las dos entregas de Kick-Ass en particular y al cine de superhéroes en general, el resultado me parece demasiado facilón e impropio de un Assayas que hasta la fecha, tanto en sus películas como en sus declaraciones a la prensa, jamás se había mostrado tan burdamente pretencioso. Fernando Trueba le aplaudiría con ganas.


Por suerte, y como explicaba al principio, el interés de Viaje a Sils Maria no termina ahí. Dejando aparte ese comentario coyuntural sobre Internet y el actual cine de superhéroes, que como tales nacen viejos y desfasados al estar expresados de manera tan superficial, el film de Olivier Assayas vuelve a ser —como, de una manera u otra, ya lo eran Irma Vep (1996), Finales de agosto, principios de septiembre (Fin août, début septiembre, 1998), Les destinées sentimentales (2000), Clean (2004), Boarding Gate (2007) (2), Las horas del verano y Después de mayo— un relato sobre el paso del tiempo. Maria Enders ha recibido la oferta de protagonizar junto con Jo-Ann Ellis un nuevo montaje teatral de La serpiente de Maloja, la obra de Wilhelm Melchior que narra la tensa relación profesional y también amorosa que se da entre dos mujeres, la primera de ellas joven y decidida que acaba de entrar en una gran empresa dirigida, precisamente, por la otra mujer, mayor que ella; como digo, Maria alcanzó la fama encarnando a la mujer joven, pero ahora, veinte años más tarde, lo que el director de teatro y cine Klaus Diesterweg (Lars Eidinger) le propone es que interprete a la mujer mayor, cediéndole el papel de la joven a Jo-Ann. En un primer momento, Maria se niega a aceptar la oferta, dice, porque ella conoce perfectamente el papel del personaje joven de la obra que la lanzó a la fama y no sabe cómo interpretar al de la mujer mayor. No cuesta demasiado ver en esa negativa inicial un deseo inconsciente de negarse a aceptar algo obvio: que, veinte años después, ya no puede interpretar a una chica de 18 años porque ya dobla esa edad: porque se ha hecho vieja. Pero no es solo que Maria sea incapaz de aceptar su madurez. Lo que la deja perpleja es más bien el hecho de sentirse todavía una persona con mentalidad joven o juvenil, para descubrir que, a ojos del resto del mundo, ya es “vieja”.


La reflexión que lleva a cabo Assayas sobre ese discurrir del tiempo tiene matices muy complejos. Por un lado, Maria tiene una identificación personal con la joven protagonista de La serpiente de Maloja por varias razones: no solo porque protagonizó esa pieza cuando tenía la misma edad del personaje, sino sobre todo porque el autor de la obra, Wilhelm Melchior, la escribió teniéndola a ella en mente. Nunca queda del todo claro si, en el pasado, Maria y Melchior fueron amantes, pero lo que resulta diáfano es que entre ambos existía un gran afecto. A mayor ahondamiento, la película empieza mostrándonos a Maria y Valentine viajando en tren para asistir a un homenaje que se le va a rendir a Melchior; con tan mala suerte que, poco antes de llegar a su destino, Maria recibe la noticia de que Melchior acaba de morir… De este modo, lo que al principio iba a ser un cálido reencuentro con un viejo amigo (o un antiguo amante), se convierte en un acto fúnebre: la muerte interfiere, siempre inoportuna, en la vida, y le recuerda a Maria su madurez, y de paso, su mortalidad. Puede interpretarse esa negativa inicial a encarnar a la mujer mayor de La serpiente de Maloja como una resistencia de la protagonista a aceptar, una vez alcanzada lo que se conoce como “mediana edad”, que ya se encuentra más cerca de la muerte que de la juventud: encarnar a esa mujer mayor es como una especie de paso previo a su propia desaparición.


La relación entre Maria y Valentine termina de completar dicho discurso. Muy significativas resultan las secuencias (espléndidas) en las que, con la ayuda de Valentine, Maria ensaya el papel de la mujer mayor de La serpiente de Maloja. La primera da la réplica a la segunda, recitando o leyendo el papel de la joven protagonista de la pieza de Melchior: para “darle el pie” a Maria, como se dice en argot teatral. Pero Assayas reviste estas secuencias de una atractiva ambigüedad, construyéndolas de tal manera que, en más de una ocasión, parece que a lo que estamos asistiendo no es a un ensayo teatral, sino más bien (o simultáneamente) a un duelo entre Maria y Valentine: un enfrentamiento dialéctico que tiene mucho, claro está, de enfrentamiento generacional. Esto último queda muy claro cuando, después de haber ido al cine a ver la última “película de superhéroes” protagonizada por Jo-Ann Ellis, Maria y Valentine se van a tomar una copa, y la primera no puede evitar reírse a carcajadas de los intentos de la segunda de analizar el estúpido film que acaban de ver, pretendiendo encontrarle una profundidad de la que, para Maria, carece.


A medida que avanzan los ensayos, las discusiones entre Maria y Valentine, interpretando a las protagonistas de La serpiente de Maloja, van dando paso a las conversaciones, primero, y disputas, después, que se dan entre ambas mujeres, como consecuencia de sus diferentes maneras de entender la vida. Es significativo ese momento en que Maria espía a Valentine mientras esta duerme, ebria y echada sobre la cama con los pantalones a medio bajar, dejando al descubierto su trasero apenas cubierto por un pequeñísimo tanga: lo que fascina a Maria de Valentine no es, como pueda parecer a simple vista, su cuerpo (aunque el eco de la relación de las protagonistas de La serpiente de Maloja pueda sugerir la existencia de un componente lésbico), sino el hecho de tratarse de una joven cuyo sentido de la existencia no coincide para nada con el suyo. Valentine es, para Maria, alguien que habla con admiración del cine de superhéroes (sic); que tiene una vida sentimental en apariencia tan desordenada como la de la promiscua Jo-Ann (la noche que Maria la observa tirada en la cama, Valentine acaba de regresar de una cita amorosa que, a juzgar por todos los indicios, ha salido mal); y que viste de una manera que la asombra.


Buena parte de la acción de Viaje a Sils Maria tiene lugar en el enclave que proporciona su nombre al título del film: una localidad situada en el cantón suizo de Graübunden, también conocida con el nombre de Sils im Engadin, cerca del paso de Maloja, lugar donde se produce el curioso fenómeno meteorológico de “la serpiente de Maloja”, una corriente de nubes que atraviesa un paso montañoso adoptando una forma parecida a la de un reptil y que, claro está, da título a la obra de teatro del malogrado Wilhelm Melchior. En ausencia de la viuda de este último, Maria y Valentine se alojan en la vivienda del difunto, lo cual contribuye a reforzar el peso emocional del pasado que ahora agobia a Maria. La primera vez que vemos a Maria subiendo a lo alto de la montaña es en compañía de Rosa Melchior. Entonces, Assayas inserta un plano general tomado de manera que vemos a ambas mujeres apareciendo tras el horizonte después de haber subido a pie una colina. Mucho más tarde, cerca del final del relato, Assayas muestra a Maria y Valentine subiendo esa misma montaña para presenciar el fenómeno de la “serpiente de Maloja”, e inserta un plano general con la cámara colocada exactamente en el mismo ángulo del que hemos visto antes con Maria y Rosa, solo que ahora es tan solo Maria la que sube por la colina: detrás suyo, Valentine ha desaparecido. Maria intenta buscarla, pero nunca la encuentra. ¿Valentine ha desaparecido misteriosamente? ¿O, sencillamente, desaparece del relato, y por ende de la vida de Maria, cuando su función como ayudante de esta última, su función de contraste con Maria, su función como personaje, ha concluido?


La extraña desaparición de Valentine de la vida de Maria viene a ser una especie de simbólico anticipo de la secuencia final de Viaje a Sils Maria, que tiene lugar tiempo después durante los ensayos del nuevo montaje teatral de La serpiente de Maloja protagonizada por Maria Enders y Jo-Ann Ellis. Tras ensayar una dramática escena, Maria le comenta a Jo-Ann si le importaría dejarle hacer un pequeño gesto destinado a recalcar el solitario destino de su personaje de mujer mayor tras haber sido abandonada por su joven amante. Pero Jo-Ann se niega a concederle ese minúsculo momento de lucimiento, y con una hipócrita sonrisa de suficiencia en los labios, le explica que eso no es necesario: que el personaje interpretado por Maria no es el centro de atención de la obra, sino el encarnado por Jo-Ann. O dicho de otra manera: que el personaje de la mujer mayor ya no le importa a nadie porque la propia Maria Enders tampoco le importa a nadie. El film concluye con una imagen de Maria, sentada en una silla, y dándose cuenta de que, probablemente, en el pasado ella también fue una imbécil joven, arrogante y con ganas de comerse el mundo, y que acaba de ser reemplazada y avergonzada por otra imbécil que, a su vez, en el futuro, será sustituida y humillada por la nueva imbécil de turno.      

(2) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2010/04/dos-films-de-olivier-assayas-clean-y.html

lunes, 5 de octubre de 2015

“DIRIGIDO POR…” de OCTUBRE 2015, a la venta



El número 459 de Dirigido por… dedica su portada a la primera entrega de un dossier en dos partes dedicado a François Truffaut, bajo el genérico Más de 30 años sin Truffaut. [Nota bene: La portada que reproduzco aquí no es la definitiva.]


La primera entrega del mencionado dossier se compone de los siguientes artículos: Volver, otra vez, a Truffaut, de Quim Casas; Cine y experiencia personal, de Carles Balagué; Cortometrajes, de Quim Casas; Truffaut actor, de Quim Casas; El ciclo Antoine Doinel, que ha escrito un servidor; y Truffaut se viste de negro, de Rafel Miret.


El estreno de Regresión (2015), cuya crítica rubrica Quim Casas, nos ha dado pie a incluir asimismo un estudio dedicado a su realizador, Alejandro Amenábar, que firma Héctor G. Barnés.


Otros destacados contenidos son las extensas reseñas de Marte (The Martian) (The Martian, 2015), de Ridley Scott, que ha escrito Antonio José Navarro; Taxi Teherán (Taxi, 2015), de Jafar Panahi, analizada por Aurélien Le Genissel; y La visita (The Visit, 2015), de M. Night Shyamalan, que también he escrito yo. El número se completa con la crónica del Festival de Cine de San Sebastián 2015, elaborada por Diego Salgado; la crónica del Festival de Cine de Toronto 2015, escrita por Marc Servitje; el comentario de True Detective T.2, a cargo de Quim Casas, para la sección Televisión; dentro de la sección Filmoteca, el artículo de Rafel Miret Orson Welles: Films inacabados y para televisión; la sección Home Cinema, con textos de Juan Carlos Vizcaíno Martínez, Quim Casas, Ramon Freixas, Tonio L. Alarcón, Antonio José Navarro y de nuevo un servidor; la sección Libros, con comentarios de Quim Casas, Ramon Freixas, Israel Paredes Badía y Diego Salgado; la sección Banda Sonora, de Joan Padrol; y la sección Cinema Bis, donde abordo un comentario del film de Eugenio Martín Pánico en el Transiberiano (1972).


Como digo, mi contribución a este número consiste, en primer lugar, en el artículo dedicado a El ciclo Antoine Doinel, dentro del dossier François Truffaut.


Al mismo le sigue una crítica extensa de la magnífica película de M. Night Shyamalan La visita.


También firmo una serie de críticas de recientes estrenos: Atrapa la bandera (2015), de Enrique Gato…;


Corazón silencioso (Stille hjerte, 2014), de Bille August, que ya comenté, en versión reducida, en el último número de Imágenes de Actualidad (1)…;


Una segunda oportunidad (En chance til, 2014), de Susanne Bier, asimismo reseñada en versión pequeña en Imágenes de Actualidad (1)…;


…y ma ma (2015), de Julio Medem, según como se mire, bastante más “aterradora” que La visita.


Asimismo comento, para la sección Home Cinema, dos películas de Clarence Brown: La bella libertina (The Gorgeous Hussy, 1936) y La delicia de los idiotas (Idiot’s Delight, 1939).


Y, para la sección Cinema Bis, el entrañable film de Eugenio Martín Pánico en el Transiberiano.



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sábado, 26 de septiembre de 2015

Y los sueños, sueños son: “PHANTASMA”, de DON COSCARELLI



[NOTA PREVIA: Aunque el argumento de esta película es sobradamente conocido, advierto que en el presente texto se revelan importantes detalles sobre su trama.] A pesar de su título, Phantasma (Phantasm, 1979); de que buena parte de su trama transcurre en el escenario de un suntuoso edificio funerario a modo de mausoleo, con sus paredes recubiertas de nichos, y rodeado por un enorme cementerio con toda su parafernalia de ataúdes, tumbas, criptas, lápidas y cruces de piedra; y de la presencia de un singular personaje al que tan solo conoceremos como el Hombre Alto (Angus Scrimm), notable por su capacidad para aparecer y desaparecer en los momentos más insospechados, y de salir siempre indemne aunque en una escena le amputan de un cuchillazo los dedos de una mano, de la cual brota una inesperada sangre amarillenta (sic); a pesar de todo eso, como digo, esta modesta película escrita y dirigida por Don Coscarelli no es un film sobre almas en pena, sino, como se desvela en sus escenas finales, ¡un relato de extraterrestres!



Viéndola desde la perspectiva de sus, por así llamarlos, planteamientos teóricos, Phantasma es un completo disparate que si alguna gracia tiene, insisto, desde este exclusivo punto de vista, es por el desparpajo de su propuesta. Ahí es nada mezclar la iconografía escenográfica habitual del cine de terror gótico con una resolución que apunta, directamente, hacia el género de la ciencia ficción: el propósito del Hombre Alto y su ejército de enanos encapuchados –en los cuales muchos han querido ver, no sin razón, una copia de los populares Jawas de La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977, George Lucas)—, y de los asesinatos perpetrados por el primero, no es sino engrosar el cómputo de cadáveres del cementerio, a fin de aprovechar los cuerpos sin vida para resucitarlos, y convertirlos en los enanos de marras, para que puedan resistir así (se dice) las elevadas temperaturas del planeta de origen del Hombre Alto. 


Todo ello aderezado con pintorescos detalles como el de esa ya legendaria bola voladora que recorre los pasillos de la casa de pompas fúnebres y se incrusta en el cráneo del primer incauto que se cruza en su vuelo, fijándose en la cara gracias a sus afiladas cuchillas antes de rematar la faena con un taladro que perfora las cabezas y va expulsando a chorros la sangre de sus víctimas por su parte trasera.


El tiempo no ha tratado del todo mal a este pequeño film de horror, más famoso por la mitología fandom creada a su alrededor que por sus méritos reales pero que, a pesar de sus cuantiosos defectos, no es una propuesta carente por completo de interés. Si a pesar de la pobreza de sus medios de producción, de sus pedestres efectos especiales, de sus mediocres intérpretes, y del tono kitsch del lanzamiento publicitario que conoció en el momento de su estreno (“¡Si esta película no le aterroriza, es que está usted muerto!”), Phantasma sigue viéndose con simpatía, eso se debe a un aspecto que todavía hoy es su mejor baza, y que compensa sus abundantes carencias: su carácter onírico. Recordemos su trazado argumental: al principio del relato, un joven, Tommy (Bill Cone), es asesinado en misteriosas circunstancias; a su funeral acude su mejor amigo, Jody (Bill Thornbury), acompañado a su vez de otro amigo suyo, Reggie (Reggie Bannister); Jody le comenta a Reggie que está preocupado por su hermano menor, Mike (A. Michael Baldwin, acreditado como Michael Baldwin), de 13 años, todavía traumatizado por la reciente muerte de los padres de ambos. Hacia el final de la película, descubriremos que absolutamente todo lo que hemos visto hasta ese momento no era sino una larguísima pesadilla de Mike; que no solo sus padres están muertos, sino también su hermano Jody, cuya presencia ha “exorcisado” en sus sueños; y que desde la muerte de Jody, Mike vive con Reggie, a quien también hemos visto “morir” a manos del Hombre Alto (dentro de la pesadilla de Mike), pero que en la “realidad” (la vigilia de Mike) continúa vivo. 


El famosísimo golpe de efecto final vuelve a introducirnos, inesperadamente, en el mundo de las pesadillas: el Hombre Alto se aparece en el dormitorio de Mike, y este es arrastrado hacia la oscuridad por unas garras que brotan de un espejo a sus espaldas…


La primera secuencia es un buen ejemplo del estilo a la vez tosco y directo del film. Es de noche. La cámara recorre un cementerio y se detiene en una lápida, tras la cual asoman las piernas de un hombre y una mujer, copulando; luego sabremos que el hombre es el tal Tommy, el amigo de Jody muerto en circunstancias que contemplaremos a continuación. La planificación alterna primeros planos de Tommy y de la mujer rubia sentada sobre él. De repente, la rubia empuña un cuchillo y asesina a Tommy. Antes de morir, la mirada del hombre se concentra en el rostro impasible de su asesina; una corta serie de primeros planos del rostro y los ojos de la rubia se cierra con un primer plano del Hombre Alto, sugiriendo algo que luego se confirmará: ¡que el Hombre Alto ha adoptado la forma (y el sexo) de la mujer rubia para acabar con su víctima!


Ya he mencionado que el contenido onírico de Phantasma es lo que, paradójicamente, le confiere todo su sentido a su “sinsentido”, amén de justificar las aparentes insensateces de su guión: como todo en la película es un sueño, cualquier cosa es posible. Consciente de las posibilidades de este planteamiento, Coscarelli —en el que probablemente sea el más potable de sus trabajos, junto con El señor de las bestias (The Beastmaster, 1982)— se emplea a fondo a la hora de dinamitar la noción tradicional de “relato”, acumulando una detrás de otra una serie de imágenes, en ocasiones, no exentas de atractivo. Es el caso de esa aparición ligeramente ralentizada del Hombre Alto, paseando por las calles del pueblo, y deteniéndose brevemente ante el camión de helados de Reggie para disfrutar, por unos segundos, del vaho helado que sale de la puerta trasera del vehículo (detalle que, justo es reconocerlo, luego se justifica a nivel dramático cuando conocemos el dato sobre las elevadísimas temperaturas del planeta de origen del Hombre Alto); una imagen cuya irrealidad se justifica por el hecho de estar tomada desde el punto de vista subjetivo del joven Mike (recordemos: el “soñador” que está “soñando” la película).


Otra idea atractiva reside en todo lo que guarda relación con el misterioso portal que permite el acceso al mundo del Hombre Alto. Dicho portal se encuentra en una luminosa habitación de blancas paredes, con dos barras paralelas de metal puestas de pie. Mike introduce su mano entre ellas, y la misma desaparece en el interior de la nada. De pronto, el chico es absorbido por una fuerza invisible al interior de esa misma nada, y aparece sobrevolando el cielo escarlata del planeta del Hombre Alto, un mundo reseco y desértico donde los enanos encapuchados avanzan en una larguísima hilera que se pierde en el horizonte. Rescatado por Joy y Reggie, que le han sujetado a tiempo, Mike sabe que la única manera de desbaratar los planes del Hombre Alto es destruir ese portal. 


Secuencias atrás, hemos visto a Joy y Reggie tocando la guitarra y cantando una canción que el primero acaba de componer; luego, vemos a Reggie probando la acústica de su guitarra con un pequeño diapasón. A Reggie se le ocurre que las dos barras paralelas son, en efecto, una especie de diapasón; las toca al unísono y, de inmediato, cesa la vibración de la habitación, y todos los cuerpos de los enanos almacenados en barriles de plástico en esa misma habitación comienzan a salir disparados a través del portal hacia el planeta del Hombre Alto. La concepción de la secuencia es, por descontado, un delirio, pero a nivel estrictamente fantástico, funciona.


Hay otras cosas que funcionan en virtud de ese planteamiento todo-es-posible-dentro-del-mundo-de-los-sueños, caso de la popular escena en que Mike se va a dormir y tiene una breve pero intensa pesadilla en la que su cama se traslada mágicamente en medio del cementerio, con el Hombre Alto detrás de su cabecera y la brusca aparición de dos muertos vivientes que brotan del suelo a ambos lados de la cama y se arrojan sobre el muchacho. 


O ese bonito detalle de las viejas fotografías de tonos sepias que, al mirarlas, parecen “cobrar vida” (ergo, movimiento), descubriéndonos que el conductor de una antigua calesa fúnebre no es sino el Hombre Alto, mirando amenazadora hacia el objetivo de la cámara; lo cual, y a riesgo de exagerar (lo reconozco), casi parece un modesto precedente del plano que cierra El resplandor (The Shining, 1980, Stanley Kubrick). 


Otro momento, en cambio, roza el ridículo, por más que lo pedestre de su realización mueva a la simpatía: la secuencia en la que Mike, Jody y Reggie se enfrentan a una especie de raro engendro arácnido; en particular, esos planos en los que vemos a los actores gesticulando cuando fingen que la pequeña pero agresiva “cosa” que han envuelto en una chaqueta intenta escapar para atacarles. 


Pero, incluso en sus peores momentos, Phantasma nunca pierde de vista esa concepción ingenua pero efectiva, en virtud de la cual dentro del terreno de lo fantástico no hay nada que no sea posible incluir en una película donde lo único que marca los límites es la imaginación, sea cual fuere la extravagante manera en la que aquélla se manifieste.