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lunes, 5 de abril de 2021

Los Ligados: “NOSOTROS”, de JORDAN PEELE



[ADVERTENCIA: EN EL SIGUIENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTA PELÍCULA.] Sea cierto o no que el planteamiento de Nosotros (Us, 2019) está inspirado en el argumento de un episodio de Perdidos en el espacio (Lost in Space, 1965-1968), titulado The Anti-Matter Man (Sutton Roley, 1967) –punto de partida que, si me apuran, guarda ecos de otro de Star Trek (ídem, 1966-1969): The Enemy Within (Leo Penn, 1966), con guion de Richard Matheson (1)–, lo cierto es que la temática de los doppelgängers o “dobles maléficos” tiene una amplia tradición literaria y cinematográfica que no vamos a repasar aquí y ahora. Como ya ocurría en el anterior largometraje como guionista y realizador de Jordan Peele asimismo inscrito en los márgenes del cine de terror, el interesante aunque excesivamente celebrado Déjame salir (Get Out, 2017) –y, como suele ocurrir, sospecho que este último fue mejor recibido de lo habitual dentro del cine fantástico contemporáneo gracias a su “contenido antirracista” que por sus intrínsecos méritos fílmicos–, Nosotros parte de una premisa atractiva que, no obstante, va diluyendo su interés a medida que avanza.



La aproximadamente primera hora de metraje de sus 116 minutos es, sin duda, la más conseguida. Hay una primera secuencia interesante y bastante lograda: nos hallamos en un parque de atracciones de Santa Cruz, California, en el año 1986; es de noche; una niña, Adelaide (Madison Curry), se aleja de la vista de sus muy despistados padres (por más que, lo adelanto, dicho despiste luego tiene una justificación argumental), baja hasta la playa y se interna en una “casa de los espejos”, donde tendrá un terrorífico encuentro con otra niña exactamente igual que ella… Corte: pasamos a la actualidad, por más que sabemos que, más temprano que tarde, esa primera secuencia “inexplicable” reaparecerá más adelante en el devenir del relato, en una construcción narrativa que, con independencia de que esté bien construida, que lo está, no puede ser más convencional. Adelaide es, ahora, una mujer adulta (con los rasgos de la excelente Lupita Nyong’o), casada con Gabe (Winston Duke) y madre de dos hijos, la adolescente Zora (Shahadi Wright Joseph) y el pequeño Jason (Evan Alex), y está de vacaciones con los suyos. A Adelaide le inquieta la idea de su marido de ir a la playa de Santa Cruz para encontrarse con unos amigos, pues, se dice, todavía no ha superado el trauma vivido de niña aquella noche en la “casa de los espejos” del cual, no obstante, no recuerda nada con precisión. Tras una serie de pequeños incidentes destinados a ir creando “mal ambiente” –un disco de juguete provoca una extraña desazón en Adelaide; la protagonista se asusta cuando cree que Jason se ha perdido en la playa o ha podido ser secuestrado, cuando tan solo ha ido al baño; el niño ve a un hombre misterioso en la playa cuya mano está sangrando…–, esa misma noche se produce uno de los puntos culminantes del relato: cuatro desconocidos, que no son sino sus “dobles malvados”, se presentan en su casa y les atacan…



A lo expuesto hasta aquí hay que añadir un par de datos más. El primero, un rótulo introductorio que nos explica –sea cierto o no– que por todos los Estados Unidos existe una gigantesca red de galerías subterráneas utilizadas para diversos fines en el pasado y que en la actualidad se encuentran abandonadas. Como información puede tener su interés, pero, en el contexto de relato fantástico de Nosotros, el dato contribuye, más bien, a empobrecer la trama, en aras de la consabida vieja idea de la “explicación racional”. Lo mismo ocurre cerca del final cuando la “doble maléfica” de Adelaide –que en los títulos de crédito figura como “Red”, por más que en ningún momento se la llame así– le explica a la protagonista que las inquietantes personas que viven ocultas en las galerías que hay debajo de Santa Cruz y de todo el resto del país, Los Ligados, no son sino el resultado de determinados experimentos genéticos que fueron abandonados a su suerte allí, hasta el día en que aquéllos, hartos de su encierro, decidieron salir “arriba”. Eso explica no ya todo el sentido global de la trama como, en particular, la desconcertante respuesta que Red le da a Adelaide cuando esta le pregunta quiénes son ella y los que la acompañan: “somos americanos”. La idea está bien, pero su planteamiento y desarrollo no son todo lo sugestivos que debieran, dándose de nuevo la impresión de que lo que plantea Nosotros está por encima del cómo lo plantea.



No se puede negar la habilidad de Peele para las escenas de “suspense”, algo que brilla, sobre todo, en los primeros momentos del asalto de los doppelgängers de la familia protagonista a su vivienda, por más que el resultado esté, a mi entender, por debajo del nivel de tensión y de abstracción logrado por Bryan Bertino en su superior Los extraños (The Strangers, 2008). Pero incluso esa esporádica brillantez se diluye cuando el relato abandona momentáneamente a Adelaide y los suyos para centrarse en la familia de amigos de los protagonistas formada por Kitty (Elisabeth Moss), su marido Josh (Tim Heidecker) y sus hijas gemelas Becca y Lindsey (Cali y Noelle Sheldon), los cuales perecen asesinados a manos de otros cuatro Ligados idénticos a ellos: el plano general de su vivienda de paredes acristaladas, coreografiado de tal manera que vemos a los cuatro desdichados pereciendo acuchillados por los malvados doppelgängers es excelente; pero dicha matanza da pie a un largo e innecesario fragmento posterior, en el cual Adelaide y su familia buscan refugio en la misma casa de sus amigos y se ven obligados a enfrentarse a Los Ligados que han asesinado a aquéllos y ahora les reemplazan en la posesión de dicha vivienda. Peele desaprovecha las posibilidades de la situación planteada, en beneficio de un puñado de secuencias slasher que nada aportan al desarrollo de la trama –salvo el consabido numerito histriónico a cargo de Elisabeth Moss haciéndose “la loca” ante un espejo, cual versión contemporánea de Bette Davis–, cuya supresión hubiese beneficiado a una función que peca, asimismo, de excesivamente alargada.



De hecho, hay momentos en los que Peele estropea él mismo algunas buenas ideas de puesta en escena, o, dicho de otro modo, él mismo acaba arrojando piedras sobre su propio tejado. Por ejemplo, en la ya mencionada primera secuencia nocturna de la feria y el “salón de los espejos”, Peele planifica diversos momentos de aquélla desde la perspectiva subjetiva de la pequeña Adelaide, insertando planos desde su punto de vista de las personas que están a su alrededor divirtiéndose en el parque de atracciones. Más adelante, cuando llegue el momento de las “grandes revelaciones” del relato, descubriremos que aquellos insertos de personas en el parque de atracciones eran, en realidad, insertos de los dementes ocupantes de la galería subterránea que hay debajo de Santa Cruz, y que, indican por tanto, que Adelaide ya estuvo allí… Más allá de un giro final destinado a cerrar la película con elevadas dosis de inquietud y ambigüedad –el descubrimiento de que Adelaide y Red intercambiaron sus vidas desde la infancia: Red secuestró a Adelaide en el “salón de los espejos”, intercambió su ropa con ella y la reemplazó ante sus padres, condenando a la auténtica Adelaide a vivir entre Los Ligados y a convertirse en la desquiciada Red adulta…–, el recurso a un montaje en paralelo para mostrar breves flashbacks que visualizan los recuerdos en alternancia de Adelaide y Red acaba siendo pesado y reiterativo en momentos como, por ejemplo, los cortos flashbacks que nos muestran a Adelaide y a Red haciendo ballet. Nosotros es un ejemplo evidente de buena película malograda: lo que se anuncia como una atractiva digresión sobre la naturaleza dual del ser humano acaba siendo un cuento de miedo bien engrasado que no termina de apurar casi ninguna de sus posibilidades.



(1) Me extendí sobre el mismo en una de mis contribuciones al volumen Richard Matheson. Maestro de la paranoia, coordinado por el amigo Sergi Grau (Gigamesh, 2016): http://elcineseguntfv.blogspot.com/2016/10/richard-matheson-el-maestro-de-la.html

sábado, 3 de abril de 2021

La solución al siete por ciento: “ELEMENTAL, DR. FREUD”, de HERBERT ROSS



Sigue resultándome un misterio digno de ser resuelto por el detective Sherlock Holmes y su fiel ayudante y amigo el Dr. Watson el que una propuesta tan atractiva como Elemental, Dr. Freud (The Seven-Per-Cent Solution, 1976) continúe sin mencionarse cada vez que se citan las mejores versiones cinematográficas sobre estos personajes, a la cual personalmente y sin ánimo de exhaustividad incluiría, sin dudarlo, en el grupo que forman El perro de los Baskerville (The Hound of the Baskervilles, 1939), versión Sidney Lanfield; Las aventuras de Sherlock Holmes/ Sherlock Holmes contra Moriarty (The Adventures of Sherlock Holmes, 1939), de Alfred L. Werker; El perro de Baskerville (The Hound of the Baskervilles, 1959), versión Terence Fisher; Estudio de terror (A Study in Terror, 1965), de James Hill; La vida privada de Sherlock Holmes (The Private Life of Sherlock Holmes, 1970), de Billy Wilder; Asesinato por decreto (Murder by Decree, 1979), de Bob Clark; El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, 1985), de Barry Levinson; y series de televisión, como Sherlock Holmes (ídem, 1964-1968), interpretada por Peter Cushing, así como Las aventuras de Sherlock Holmes (The Adventures of Sherlock Holmes, 1984-1985), El regreso de Sherlock Holmes (The Return of Sherlock Holmes, 1986-1988), Los archivos de Sherlock Holmes (The Case-Book of Sherlock Holmes, 1991-1993) y Las memorias de Sherlock Holmes (The Memoirs of Sherlock Holmes, 1994), protagonizadas de manera consecutiva por Jeremy Brett, y la más reciente Sherlock (ídem, 2011- ), interpretada por Benedict Cumberbatch y Martin Freeman.



Elemental, Dr. Freud tiene muchos elementos que la hacen notable, empezando por una sólida base argumental que, como es bien sabido, no parte de ninguna de las novelas y cuentos de Conan Doyle sobre las aventuras de Holmes y Watson, sino de un libro original firmado por el guionista y realizador Nicholas Meyer, bien conocido por los aficionados al fantástico por su vinculación al género tras haber escrito y dirigido la muy simpática Los pasajeros del tiempo (Time After Time, 1979), así como por haber realizado un par de títulos de la franquicia cinematográfica de Star Trek, Star Trek II: La ira de Khan (Star Trek II: The Wrath of Khan, 1982) y Aquel país desconocido (Star Trek VI: The Undiscovered Country, 1991), considerados por los incondicionales de la saga de las mejores entregas de la misma. Meyer fue, asimismo, guionista del film que nos ocupa, al cual hay que añadir otros alicientes para su visionado tan poderosos como la presencia de un reparto de magníficos intérpretes —Alan Arkin, Nicol Williamson, Robert Duvall, Laurence Olivier, Vanessa Redgrave, Joel Grey, Charles Gray, Jeremy Kemp, Samantha Eggar—, ofreciendo memorables interpretaciones; así como la colaboración de un equipo técnico-artístico de auténtico lujo, encabezado por el extraordinario director de fotografía Oswald Morris, el gran decorador Ken Adam y el siempre brillante compositor John Addison.



Por si fuera poco, Elemental, Dr. Freud parte de una premisa sugestiva, desarrollada por Nicholas Meyer primero en su novela homónima (que tuve ocasión de leer hace bastantes años pero de la cual sigo guardando un grato recuerdo) y luego en su guion, que sigue con mucha fidelidad aquélla, como es el cruce de los héroes de ficción Holmes (Nicol Williamson) y Watson (Robert Duvall), así como otros surgidos del acervo creado por Conan Doyle como el profesor Moriarty (Laurence Olivier) y el hermano del detective Mycroft Holmes (Charles Gray), con una personalidad de la vida real, Sigmund Freud (Alan Arkin), y haciéndolo además desde una perspectiva irónicamente psicológica, o si se prefiere psicológicamente irónica, de tal manera que, como consecuencia de su adicción a la cocaína (la “solución al siete por ciento” a la cual hace referencia el título original de la novela y del film), Holmes acaba yendo a parar a la consulta de Freud en Viena con vistas a superar aquélla y, de paso, también el trauma de infancia que ha condicionado su vida y determinó su vocación de detective: el convencimiento de que el profesor Moriarty, en realidad un pusilánime profesor de matemáticas, era un genio del mal al que tenía que dar caza… Una premisa, la combinación de personajes de ficción con personajes históricos, muy del gusto de Nicholas Meyer, quien la repetiría poco después en la mencionada Los pasajeros del tiempo, donde —recordemos— el escritor H.G. Wells (Malcolm McDowell) construía una “máquina del tiempo” como la de su famosa novela homónima, y con la misma viajaba al San Francisco de 1979 para dar caza a… Jack el Destripador (David Warner).



Si a pesar de contener todos esos estupendos elementos, que son o deberían ser irresistibles para cualquier aficionado al cine y/ o a la mítica figura creada por Conan Doyle, Elemental, Dr. Freud continúa siendo una película que parece haber caído en el olvido, ello tan solo puede deberse, al menos en lo que a los cinéfilos se refiere, a la poca estima que se siente actualmente hacia su realizador, el cual está tanto o más olvidado que este film: el neoyorquino Herbert Ross (1927-2001), profesional vinculado a la escena teatral que entre 1969 y 1995 dirigió veinticuatro largometrajes —veinticinco, si incluimos su debut tras las cámaras con el telefilm Wonderful Town (1958)—, y en cuya carrera, ciertamente, hallamos títulos de tan poca categoría como, sobre todo, las comedias que realizó en los últimos quince años de su carrera —cosas tan horribles como Footloose (ídem, 1984), Protocolo (Protocol, 1984), El secreto de mi éxito (The Secret of My Success, 1987), Cuidado con la familia Blue (Undercover Blues, 1993) o Solo ellas… los chicos a un lado (Boys on the Side, 1995)—, pero no por ello debemos olvidar que nuestro hombre cosechó en su momento no pocos éxitos de taquilla más sólidos que los antes mencionados —La pareja chiflada (The Sunshine Boys, 1975), La chica del adiós (The Goodbye Girl, 1977), Paso decisivo (The Turning Point, 1977), California Suite (ídem, 1978)—; y, a pesar de su condición de títulos muy condicionados por la fuerte personalidad de los autores de los textos originales en los que se inspiran, Woody Allen y Dennis Potter respectivamente, Sueños de seductor (Play It Again, Sam, 1972) y Dinero caído del cielo (Pennis from Heaven, 1981) merecen un respeto. Dicho rápidamente, la poca estima que la crítica y el cinéfilo siente hacia el discreto Herbert Ross puede condicionar (aunque no debería) la revisión o el descubrimiento de Elemental, Dr. Freud, muy probablemente la mejor película de este realizador.



Una primera singularidad de Elemental, Dr. Freud, y que contribuye a conferirle su personalidad, reside en la a mi entender deliberada teatralidad de muchos momentos de la puesta en escena. Hombre de teatro y eficaz director de actores, Ross planifica buena parte de la película en función del espléndido juego interpretativo del colosal reparto que maneja. Ello da como resultado un film que, si bien a simple vista puede parecer “teatral” en el sentido más peyorativo y mal entendido de la expresión (el equivalente a “rígido”, “estático” o “académico”), en la práctica acaba siendo una de esas raras películas en las cuales la solidez de los encuadres, el juego de los actores y la espléndida combinación de la foto de Morris, los decorados de Adam y la música de Addison se produce con armonía, de tal forma que casi cada uno de esos encuadres tiene sabor y atmósfera. Dicho de otra manera, Elemental, Dr. Freud es un film planificado con vistas a conseguir que cada plano proporcione, en virtud de la mezcla de todos esos brillantes ingredientes, un deleite visual e incluso —por qué no— intelectual al espectador. Si no fuera porque a ratos la película se somete a la moda de los encuadres y reencuadres con teleobjetivo, tan típicos (y tópicos) de la mayor parte de la producción audiovisual cinematográfica y televisiva estadounidense de los años setenta, nos hallaríamos ante una obra maestra. Siendo justos, quizá Elemental, Dr. Freud no llega a tanta categoría, pero eso no significa que no contenga momentos espléndidos.



Además, es necesario insistir en que, a pesar de esa “teatralidad” bien entendida de la cual hace gala (es decir, aquélla que recurre a elementos de inspiración teatral con vistas a utilizarlos y conseguir mediante los mismos resultados puramente cinematográficos), Elemental, Dr. Freud no solo no es un film estático sino, por el contrario, ágil, cálido y dinámico a pesar de descargar buena parte de su sentido en las escenas de diálogos, excelentes (las escenas y los diálogos), las cuales hacen avanzar dramáticamente la acción y enriquecen sobremanera el perfil de los personajes. Si, cuando se habla de “cine de acción”, la expresión suele utilizarse para referirse a una parcela genérica concreta del espectáculo fílmico, no es menos cierto que en realidad todo el cine es “de acción”, la cual puede ser “interna” (como en Elemental, Dr. Freud) o “externa”. Herbert Ross consigue grandes momentos de “acción interna” en las numerosas secuencias de diálogo, tal es el caso de la primera conversación entre un Holmes atormentado y bajo los efectos de la cocaína y un lacónico y preocupado Watson, donde el realizador inserta subrepticios planos de un flashback de la infancia de Holmes, que brotan a partir de las evocaciones del pasado que hace el protagonista y que irán reapareciendo y “ampliándose” a lo largo del relato. Pero también hay un momento en que esa “acción interna” se sostiene principalmente sobre las imágenes y no sobre los diálogos: la un tanto efectista pero curiosa secuencia de las pesadillas y alucinaciones que sufre el detective mientras intenta librarse de su dependencia de las drogas en el lecho que le ha preparado Freud en su vivienda, donde el recurso a la imagen distorsionada o el ojo de pez no consigue estropear, aunque está cerca de conseguirlo, algunas sugerencias (por ejemplo, la terrorífica aparición de un monstruoso can, a modo de guiño malicioso a El perro de los Baskerville).



Por otro lado, y a pesar de lo que acabamos de comentar, Ross y Meyer no se olvidan de que los personajes de Conan Doyle se caracterizan, también, por su “acción externa” —algo que olvidó por completo el despistado José Luis Garci de Holmes & Watson. Madrid Days (2012)—, e incluye un puñado de secuencias de acción propiamente dichas resueltas con notable brío: destaco, sobre todo, el enfrentamiento entre Freud y el Barón Karl von Leinsdorf (Jeremy Kemp) en una pista de tenis, excelentemente planificado, pero asimismo llaman la atención momentos como el intento de asesinato de Holmes, Watson y Freud en la pista del hipódromo bajo los cascos de una furiosa manada de blancos caballos, o la divertida secuencia final en el tren, en la cual el rescate por parte de los protagonistas de la secuestrada Lola Devereaux (Vanessa Redgrave) deviene un inesperado homenaje a Buster Keaton y los hermanos Marx —el desguace del tren para alimentar la caldera de la locomotora, como en Los hermanos Marx en el Oeste (Go West, 1940), de Edward Buzzell—, punteado, de nuevo, por una irónica partitura musical de Addison.



viernes, 2 de abril de 2021

A propósito de “LA LIGA DE LA JUSTICIA DE ZACK SNYDER”



Cine de superhéroes: una cuestión de estilo

Como ya relaté en un artículo publicado en su momento en Dirigido por…, respecto al cual las siguientes líneas no son sino una reformulación parcial (1), en el mes de octubre del año 2019 A.P. (antes de la pandemia, o sea, hace una eternidad, o lo parece…) saltaron a la palestra una serie de declaraciones de cineastas tan reputados como Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Ken Loach y Pedro Almodóvar contra el así llamado cine de superhéroes en general y contra las películas de Marvel en particular. Scorsese afirmaba en declaraciones recogidas en Empire Magazine que, aunque intentó ver los 23 títulos del Marvel Cinematic Universe, no lo consiguió porque «Eso no es cine», añadiendo que «honestamente, lo más cerca que puedo pensar en ellas, tan bien hechas como están, con los actores haciendo lo mejor que pueden bajo esas circunstancias, es en los parques temáticos, no es el cine en el que seres humanos intentan transmitir sentimientos o experiencias psicológicas a otros seres humanos». Coppola echó leña al fuego pocos días después: «Cuando Martin Scorsese dice que las películas de Marvel no son cine, está en lo correcto porque esperamos aprender algo del cine, esperamos enriquecernos, algo de iluminación, algo de conocimiento, algo de inspiración... No sé si alguien obtiene algo de ver la misma película una y otra vez. Martin fue amable cuando dijo que no es cine. No dijo que fuese despreciable, lo cual yo digo que es». Loach: «Se hacen como productos básicos como las hamburguesas, y no se trata de comunicarse, y no se trata de compartir nuestra imaginación. Se trata de producir una mercancía que genere ganancias para una gran corporación. Son un ejercicio cínico, un ejercicio de mercado y no tiene nada que ver con el arte del cine. William Blake dijo: “Cuando el dinero es discutido, el arte es imposible”». Almodóvar: «Hay muchas, muchas películas sobre superhéroes y la sexualidad no existe para los superhéroes, están castrados. Hay un género no identificado, la aventura es lo importante, puedes encontrar, entre películas independientes, más de esta sexualidad. ¡El ser humano tiene tal sexualidad! Tengo la sensación de que, en Europa, en España, tengo mucha más libertad que si trabajara aquí [en los Estados Unidos]».



Dejando aparte el respeto que se merecen estas declaraciones (aunque el chiste verde de Almodóvar sobre si los superhéroes follan o no es de juzgado de guardia), me parece perfectamente comprensible la actitud de Scorsese y Coppola, cineastas con un altísimo grado de estilización que han demostrado y siguen demostrando, hacia un cine, el de superhéroes (dentro del cual englobo no solo las producciones Marvel), que si de algo cojea, en sus líneas generales y salvo contadas excepciones, es por su ausencia de estilo. Partiendo de la base de que el cine de superhéroes puede ser un género cinematográfico tan respetable como cualquier otro –y dejemos para otro día cuestiones sobre si realmente es un género (diferenciable de las dos ramas del árbol del fantástico, el terror y la ciencia ficción, y al mismo nivel que la comedia, el western o el policíaco, pongamos por caso), un subgénero (una derivación de la ciencia ficción, entendida como digresión sobre la ciencia en un contexto mítico) o una variante genérica (una rama, de nuevo, de la ciencia ficción, pero con una existencia paralela y sin integrarse por completo en ella)–, no vamos a afirmar aquí, para llevarles la contraria a Scorsese y Coppola (Loach y Almodóvar no me infunden tanto respeto), que se equivocan en sus conclusiones, que el cine de superhéroes es maravilloso y que acaso no lo entienden porque hay una distancia generacional entre ellos y ese cine, etc., etc. Nada de eso: puedo comprender perfectamente que a Scorsese y a Coppola no les guste el cine de superhéroes porque echan de menos en él aquello de lo cual ellos han hecho gala en su cine a lo largo de décadas: estilo.



Quede claro de entrada que el hecho de que el cine de superhéroes carezca de estilo no quiere decir, en absoluto, que carezca de rasgos y características temáticas y, también, de determinados tropos o recursos de lenguaje fílmico, llámese como se quiera, que lo hacen perfectamente reconocible e identificable a simple vista. Por poner un pequeño ejemplo escogido prácticamente al azar, los primeros planos de Tony Stark (Robert Downey Jr.) cuando está dentro de la armadura de Iron Man en cualquiera de las películas protagonizadas por el Hombre de Hierro o por los Vengadores, y que aparecen sea quien sea el director del evento (Jon Favreau, Joss Whedon, Shane Black, Anthony y Joe Russo). Cuando hablo de estilo me refiero más bien, y en sentido general, a una cuestión de estética que hace perfectamente reconocibles a otros géneros de fuerte impronta visual como el western, el policíaco o el musical, pero que no se percibe en el cine de superhéroes, el cual siempre, o casi siempre, ha tenido que depender de otros modelos genéricos a la hora de expresarse.



Esto es algo que el cine de superhéroes arrastra desde sus inicios y ha acabado convirtiéndose en una de sus señas de identidad: su ausencia de estilo. Algo que padecen incluso las mejores aportaciones a este cine. Los seriales dedicados a Superman, Batman y Shazam en los años 40 no hacían sino seguir el estilo visual del resto de seriales de aventuras o de ciencia ficción de la época. El Superman (ídem, 1978) de Richard Donner es una magnífica película, cierto, pero lo es con independencia o sin perjuicio de sus conexiones con el cine de catástrofes que estaba de moda en el momento de su realización (véase, sin ir más lejos, su tercio final). Cuando Sam Raimi dirigió sus tres films sobre Spiderman, lo hizo tomando como referencia el Superman de Donner y, un poco, el cine de terror que había practicado con anterioridad.



El principal problema que creo que tienen muchos cineastas a la hora de afrontar una película de superhéroes es la cuestión del estilo. En algunos casos, los mejores (y, por cierto, fuera del paraguas financiero de Marvel), lo que han hecho realizadores con una personalidad fuerte y diferenciada como Tim Burton y Bryan Singer es adaptar al personaje o personajes de los cómics superheroicos en cuestión a su propia manera personal e intransferible de ver y entender el cine: de ahí surgieron films tan personales y no menos estilizados como Batman (ídem, 1989), Batman vuelve (Batman Returns, 1992), X-Men (ídem, 2000), X-Men 2 (X2: X-Men United, 2003), X-Men: Días del futuro pasado (X-Men: Days of Future Past, 2014) y X-Men: Apocalipsis (X-Men: Apocalypse, 2016). Pero el estilo de estas películas no es «estilo cine de superhéroes», sino «estilo Burton» y «estilo Singer». Como tampoco lo son films de «superhéroes» tan atípicos como Darkman (ídem, 1990) y El protegido (Unbreakable, 2000) y sus secuelas, «estilo Raimi» y «estilo Shyamalan» respectivamente.



Ang Lee y Zack Snyder beben de la propia iconografía visual del cómic para imprimir «estilo» a Hulk (ídem, 2003) y Watchmen (ídem, 2009), respectivamente. Otros realizadores lo que hacen es utilizar recursos propios de otros géneros, o incluso otras referencias estéticas, para intentar suplir esa carencia de estilo propio inherente al cine de superhéroes. Christopher Nolan lo intentó en Batman Begins (ídem, 2005) mezclando el «estilo Burton» con la ciencia ficción distópica a lo Metrópolis (Metropolis, 1927, Fritz Lang); lo logró plenamente recurriendo al violento policíaco norteamericano de los 70 en su espléndida El caballero oscuro (The Dark Knight, 2008); y lo consiguió a medias en El caballero oscuro: La leyenda renace (The Dark Knight Rises, 2012) recuperando de nuevo el «modelo Metrópolis». David Ayer hizo algo parecido al mezclar a John Carpenter y Walter Hill para su subvalorada Escuadrón suicida (Suicide Squad, 2016). Por su parte, James Mangold recurrió a la iconografía visual de dos géneros tan estrechamente relacionados entre sí como el western y la road movie, aderezándolos con el substrato común del macro-género del Americana, para su espléndida Logan (ídem, 2017), donde convierte a Lobezno en un perdedor solitario y crepuscular made in USA. Ryan Coogler logró imprimirle una determinada personalidad a Black Panther (ídem, 2018) transformándola en un lujoso blaxploitation. Otro ejemplo flagrante, y evidentísimo a más no poder, es el de Joker (ídem, 2019), que, lejos de la originalidad que se le pregona, lo que hace su realizador, el muy impersonal Todd Phillips, es mezclar –de una forma hábil, eso sí– una gran performance de Joaquin Phoenix con un poco, curiosa y paradójicamente, del cine del paladín anti-cine de superhéroes Martin Scorsese (las referencias, mínimas, a Taxi Driver y El rey de la comedia, una película que ahora resulta que le gusta a todo el mundo después de muchos años de olvido), y sobre todo, un mucho de la estética del cine estadounidense de los años 70 practicado por William Friedkin o el hoy olvidado –este, por desgracia, sí– Hal Ashby.



En cambio, lo que hacen Marvel y el productor Kevin Feige en la mayoría de las ocasiones (y aquí sí que hay razones para el cabreo de Scorsese y Coppola) es echar mano o bien de realizadores impersonales –Favreau, los Hermanos Russo–, o bien de cineastas con los que se pueda «negociar» y llegar a una entente –Whedon, Kenneth Branagh (quién lo ha visto y quién lo ve…), Anna Boden y Ryan Fleck, la recientemente incorporada Chloé Zhao–, para llevar a cabo sus producciones superheroicas. Y, siendo justos, lo primero no es achacable a Marvel en exclusiva: basta con ver la impersonalidad de la labor para Warner de Patty Jenkins en Wonder Woman (ídem, 2017) y Wonder Woman 1984 (ídem, 2021). Pero, como en todo, hasta en Marvel, y a pesar de Feige, a veces hay errores de cálculo, y, cuando menos te lo esperas, salta la liebre: véanse el «toque Spielberg» del menospreciado Joe Johnston para Capitán América: El primer Vengador (Captain America: The First Avenger, 2011); el tono de comedia que imprime Peyton Reed a Ant-Man (ídem,2015) y a Ant-Man y la Avispa (Ant-Man and the Wasp, 2018) (humor de buena ley, se entiende: no me refiero a payasadas tipo Thor: Ragnarok [idem, 2017, Taika Waititi]); la subrepticia tonalidad terrorífica que inyecta Scott Derrickson a Doctor Strange (Doctor Extraño) (Doctor Strange, 2016); o el toque extravagante de James Gunn a Guardianes de la Galaxia Vol. 1 & 2 (Guardians of the Galaxy, 2014-2017), por más que a ratos se acerque, peligrosamente, al nefasto Taika Waititi de Thor: Ragnarok. Excepciones que no hacen sino confirmar la regla, insistimos, de que el cine de superhéroes es un cine sin estilo, o por lo menos, un cine que todavía no ha hallado su estética propia y reconocible.

¿O quizá sí…?

 


La Liga de la Justicia: la segunda oportunidad

[ADVERTENCIA: EN LAS SIGUIENTES LÍNEAS SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTA PELÍCULA.] No es la primera vez que lo digo, y lo reitero: el cine de superhéroes producido por Warner Bros., Sony y 20th Century Fox –en el caso de esta última, antes de ser comprada por Walt Disney– me parece, en sus líneas generales y aun sin estar exento de defectos, más interesante que el producido por el conglomerado Feige/ Marvel Studios/ Disney (2). Como ya dije entonces, y vuelvo a repetirlo, con ello no quiero decir que el cine de superhéroes de Marvel sea peor que el cine de superhéroes inspirado en los cómics de DC (la materia prima de la producción superheroica de Warner), ni a la inversa: hablo en términos generales y hay que irlo viendo caso por caso, película a película. Pero tengo muy claro que, ciñéndome a las producciones Warner/ DC, y por más que muchas de ellas sean irregulares, cuando no directamente fallidas, me parecen más atractivas porque las veo mucho más arriesgadas y personales; en definitiva, que veo más y mejor cine en el Superman de Donner, en los dos Batman de Burton y en El caballero oscuro de Nolan –para mi gusto, los mejores films de superhéroes realizados hasta la fecha, junto con otra inspirada producción de Fox a partir de un personaje de Marvel: el Logan de Mangold–, que en las, a pesar de todo, interesantes producciones “marvelitas”.



A ese cuadro de honor añadiría, sin dudarlo, la reciente La Liga de la Justicia de Zack Snyder (Zack Snyder’s Justice League, 2021, Zack Snyder), una película que no solo se erige, por fin, en aquello que durante años ha intentado levantar Warner sin conseguirlo, un film consistente que consolidara el universo cinematográfico superheroico DC a imitación, cierto, del levantado anteriormente por Marvel, pero superándolo en lo que a formulación cinematográfica se refiere. Además, el film de Snyder supone el punto culminante de la evolución de este cineasta en materia de cine superheroico que arrancó con su compleja y arriesgada lectura de Watchmen –y sin entrar ahora en las connotaciones “superheroicas” de otras películas suyas como 300 (ídem, 2006) y la experimental Sucker Punch (ídem, 2011)–, y prosiguió, con todos sus defectos pero de una manera progresivamente más pulida, con las discutidas –y discutibles– El Hombre de Acero (Man of Steel, 2013) y Batman v Superman: El amanecer de la Justicia (Batman v Superman: Dawn of Justice, 2016), las cuales, aunque fallidas, iban apuntando algo que ha terminado estallando, en todo su esplendor, en La Liga de la Justicia de Zack Snyder: el nacimiento del cine de superhéroes como género propio y diferenciado.



No voy a entrar aquí en las diferencias entre el montaje de Liga de la Justicia (Justice League, 2017) que todos creíamos que era de Snyder y que en realidad reelaboró a placer Joss Whedon –y me incluyo entre los timados: véase mi comentario en este mismo blog con motivo de su estreno (3)– y el actual: la Internet está llena de páginas que ahondan en esta cuestión y no pienso perder el tiempo con la misma (4). Baste con decir que el montaje actual es notablemente mejor que el anterior, y no solo porque sea el doble de largo –242 minutos, frente a los 120 de la versión cinematográfica–, sino porque tiene, además, el doble de ideas, sugerencias, atmósfera y densidad. No es solo una película más larga, sino una película superior en todos los sentidos. Sus defectos –que los tiene– son de orden literario, ergo, de guion: pienso, por ejemplo, en ese momento, muy comentado en las redes, en el cual descubrimos que el villano Darkseid había olvidado que era en el planeta Tierra donde se encontraba el secreto de la Anti-Vida que anda buscando tras haber intentado conquistar nuestro mundo hace miles de años hasta que lo descubre y se lo refresca su esbirro Steppenwolf. Pero esto, y otras cosas por el estilo, son menudencias en el conjunto de un film que, en sus mejores momentos, roza lo extraordinario.



Prefiero centrarme en esta otra cuestión, que me parece mucho más interesante: cuando afirmo que La Liga de la Justicia de Zack Snyder supone el nacimiento del cine de superhéroes como género cinematográfico propio y diferenciado no pretendo decir con ello que, antes de esta película, no se hubiese hecho cine de superhéroes válido. Se hizo, como ya he explicado en la primera parte de este texto. Pero era, como decía, o bien un cine sin estilo propio –cf. opción Feige/ Hermanos Russo–, más no por ello necesariamente “malo” –hay mucho buen cine hecho sin estilo y mucho mal cine rebosante de estilo–, o bien otro que partía de otros géneros o de la mezcla de ellos a fin de dotar al relato superheroico de una determinada forma fílmica: el cine de catástrofes en el Superman de Donner, el cine gótico en los Batman de Burton, el policíaco norteamericano de los 70 en El caballero oscuro, etc., etc. Tampoco pretendo afirmar que Snyder “inventa” el cine de superhéroes como género (o como subgénero, o variante genérica), pues lo que hace es, más bien, reformularlo a partir de aportaciones, ajenas o propias, tanto da –cf. las escenas a súper velocidad de Flash (Ezra Miller) rodadas a cámara lenta, algo que ya utilizó Bryan Singer en un par de sus películas sobre la Patrulla X, si bien el ralentí es un rasgo de estilo muy habitual en Snyder–, con vistas a crear, a partir de todo ello, un determinado sello visual. En este sentido, el estilo desplegado por Snyder en este remontaje de las aventuras de la Liga de la Justicia de DC perfecciona las formas experimentadas por el propio realizador en El Hombre de Acero y Batman v Superman: El amanecer de la Justicia sin por ello dejar de lado las aportaciones previas de los cineastas que le han precedido en el desarrollo del género superheroico. La Liga de la Justicia de Zack Snyder marca el nacimiento de un nuevo género cinematográfico, cierto, pero eso no debe hacernos olvidar que dicho género tiene muchos padres y una ya larga tradición previa a sus espaldas, con independencia de que haya sido Snyder quien, en extrañas circunstancias de producción, haya conseguido la primera orquestación genuina al respecto.



La utilización del ralentí, tan criticada –parecería que Sam Peckinpah tiene la única patente–, me parece uno de los grandes aciertos de puesta en imágenes del film, con independencia de que sea un recurso que se haya explotado antes en materia de cine superheroico. Resulta magnifica su utilización en la primera secuencia, que enlaza con el clímax de Batman v Superman: El amanecer de la Justicia, la muerte de Superman (Henry Cavill), como consecuencia de un lanzazo de kryptonita en pleno pecho: el grito de muerte del superhombre recorre, literalmente, el mundo entero, poniéndolo en relación con el resto de personajes principales, en una majestuosa secuencia que solo puedo calificar como bellísima. El empleo de la cámara lenta resulta brillante en una secuencia de acción nueva con respecto al primer montaje para cines: la del rescate a súper velocidad de Iris (Kiersey Clemons) por parte de Flash en medio de un catastrófico accidente automovilístico. Otras tres grandes secuencias de acción, asimismo presentes en el montaje de 2017, y que ya de por sí eran buenas –el atentado terrorista en el banco frustrado por Wonder Woman (Gal Gadot), la secuencia de la lucha de las amazonas de la reina Hipólita (Connie Nielsen) contra Steppenwolf y sus “parademonios” con tal de impedir el robo de la Caja-Madre, y el espectacular momento en que Flash genera con su súper velocidad la potencia eléctrica necesaria para resucitar a Superman–, salen mejoradas, si cabe, gracias al excelente sentido de la planificación del realizador, en las cuales esa utilización expresiva de la cámara lenta vuelve a tener un papel predominante. Y las otras tres grandes secuencias de acción, vistas también en el primer montaje, pero mucho menos satisfactorias en su primera edición –la batalla contra Steppenwolf en el alcantarillado de Gotham City, la lucha de los miembros de la Liga de la Justicia contra un recientemente revivido y desconcertado Superman, y el largo clímax final contra el mismo villano–, están aquí magníficamente reelaboradas; en particular la segunda, la de la pelea contra Superman, dramáticamente más tensa y fluida. Como digo, el ralentí contribuye a la visualización de prodigios que, se supone, transcurren a una velocidad imperceptible para el ojo humano y que, en este sentido, viene a ser un inteligente equivalente de la inmovilidad de las viñetas de un cómic, en virtud de lo cual se le da tiempo al espectador/ lector a contemplar con cierto detenimiento las hazañas sobrehumanas que se muestran mediante este recurso. Algo que Snyder olvidó en El Hombre de Acero, ofreciendo un exceso de confuso frenesí visual de planos cortos y acelerados en las secuencias de batalla, y que fue puliendo más adelante, demostrando ser un cineasta que aprende de su trabajo de cara a mejorarlo.



A veces tiende a olvidarse que el cine fantástico –y el de superhéroes, indiscutiblemente, lo es (a pesar del Joker de Todd Phillips, que ni es cine fantástico y ni tan siquiera cine de superhéroes)–, como digo, es un cine que depende totalmente del sentido fantástico de su planificación. Mejorando, de nuevo, sus dos anteriores aportaciones al universo cinematográfico de DC, y retomando en parte, pero también perfeccionándolos, algunos de los mejores apuntes de Watchmen, Snyder dota a su película de un espléndido aire mítico y mitológico. Algo que, naturalmente, se nota sobre todo en lo relacionado con la diosa Wonder Woman, cuyas apariciones en pantalla dan pie a algunos de los momentos más hermosos de la función: no solo la ya mencionada batalla de las amazonas contra Steppenwolf, sino también la bonita secuencia en la que la superheroína visita el Partenón y descubre en sus sótanos secretos una milenaria inscripción que augura la llegada de Darkseid a nuestro mundo y el secreto de las Cajas-Madre. Pero también se percibe en las escenas de presentación de Aquaman (Jason Momoa) en Islandia, visitado por Bruce Wayne/ Batman (Ben Affleck), con ese contrapunto de las muchachas que dedican una canción al semidiós del mar cuando este se sumerge en el océano, detalle poético ausente del montaje para cines que contribuye a reforzar esa atmósfera mítico-mitológica. En cierto sentido, La Liga de la Justicia de Zack Snyder es, en parte, la historia de cómo dos superhéroes dotados de características cercanas a la divinidad, Wonder Woman y Aquaman, contrastan con otros dos más “a ras de tierra”, el joven e inmaduro Flash y el atormentado Cyborg (Ray Fisher), teniendo como nexo de unión a otro, Batman, que se encuentra a medio camino entre lo divino y lo humano: un superhéroe que ha sabido crearse una imagen sobrenatural, aterrorizando a los delincuentes con su disfraz de murciélago, pero que al mismo tiempo no es sino alguien sin auténticos superpoderes (o, como él mismo dice, tan solo uno: “soy rico”). En el otro extremo hallamos a un resucitado Superman, un “dios” que, en el fondo, tan solo quiere ser humano: ser la amante pareja de la mujer a la que quiere, Lois Lane (Amy Adams) –a la que incluso, se insinúa aquí, ha dejado embarazada–, y el buen hijo de la que le adoptó recién llegado desde Krypton, la viuda Martha Kent (Diane Lane).



La Liga de la Justicia de Zack Snyder, con sus cuatro horas de duración muy agradables de ver, planta cara a las casi seis horas del díptico de los Vengadores formado por Infinity War/ Endgame (2018-2019), ofreciendo un espectáculo brillante y, a la vez, una bonita panorámica sobre un mundo de dioses y monstruos que su realizador sabe mostrar con un elevado sentido de lo maravilloso. A las secuencias ya mencionadas cabe añadir las sombrías escenas que muestran la tensa relación de Cyborg con su padre, Silas Stone (Joe Morton), el científico que le ha “creado”, convirtiéndolo en un ser medio hombre medio máquina, a fin de impedir que muriera en el mismo accidente automovilístico donde perdió la vida la madre y esposa de ambos personajes, respectivamente: Elinor (Karen Bryson). Cyborg se pasea por su apartamento cubriendo su rostro con la capucha de su sudadera e incapaz de salir a la calle, como si fuera un monstruo de una vieja película de terror de la Universal de los años 40 del pasado siglo. De hecho, con motivo de su entrevista nocturna con Wonder Woman, Cyborg se presenta ante ella volando –en un plano general de notable elegancia–, no sin antes haber apagado parte de la iluminación de la calle donde se ha citado con la diosa. Por otro lado, las bellas escenas que muestran a Aquaman en el mundo submarino de los atlantes –y que permiten recuperar aquí al personaje de Vulko (Willem Dafoe)– establecen un nexo con el estupendo film dirigido en 2018 por James Wan (5), otro realizador que, al igual que ahora Snyder pero si bien sin tanta intensidad, también supo desmarcarse de las convenciones del cine superheroico “marvelita”, en su caso convirtiendo un relato de superhéroes en un film de aventuras fantásticas o, si se prefiere, en un film fantástico de tono aventurero. Finalmente, el encadenado de atractivas secuencias que componen el epílogo –la huida de prisión de Lex Luthor (Jesse Eisenberg), y su posterior entrevista en su yate con Deathstroke (Joe Manganiello), ya presente en la versión para cines de 2017; la pesadilla postapocalíptica de Bruce Wayne que enfrenta a Batman con el Joker (Jared Leto) y con un Superman malvado, estéticamente muy parecida a la secuencia de pesadilla que aparecía en Batman v Superman: El amanecer de la Justicia; y la entrevista final de Wayne con el Detective Marciano (Harry Lennix)– no hacen sino desear que La Liga de la Justicia de Zack Snyder tenga la deseable continuidad, sobre todo si está al mismo nivel. El tiempo lo dirá.

(1) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2019/11/dirigido-por-noviembre-2019-la-venta.html

(2) Adenda: Marvel contra todos (o todos contra Marvel): http://elcineseguntfv.blogspot.com/2016/03/adenda-marvel-contra-todos-o-todos.html

(3) La honorable sociedad: “Liga de la Justicia”, de Zack Snyder: http://elcineseguntfv.blogspot.com/2017/11/la-honorable-sociedad-liga-de-la.html

(4) Véase, sin ir más lejos, el artículo de Jorge Loser “La Liga de la Justicia de Zack Snyder”: las mayores diferencias entre el nuevo montaje de HBO Max y el de Joss Whedon para cine, publicado en la web Espinof: https://www.espinof.com/listas/liga-justicia-zack-snyder-mayores-diferencias-nuevo-montaje-hbo-max-joss-whedon-para-ciness

(5) El semidiós que vino del mar: “Aquaman”, de James Wan: http://elcineseguntfv.blogspot.com/2018/12/el-semidios-que-vino-del-mar-aquaman-de.html




martes, 30 de marzo de 2021

“DIRIGIDO POR…” ABRIL 2021, a la venta

 


Un completo dossier Fred Zinnemann, que recorre en una única entrega la totalidad de la carrera de este realizador norteamericano de origen austríaco, es el principal tema de portada del n.º 516 de Dirigido por… Pero hay más, mucho más: ahí está el sumario completo para que podáis corroborarlo.



Contribuyo a este número firmando la antología dedicada, precisamente, a la película más popular de la carrera de Zinnemann: Solo ante el peligro (High Noon, 1952).



También comento el film de animación Raya y el último dragón (Raya and the Last Dragon, 2021, Don Hall y Carlos López Estrada) para la sección Streaming/TV.

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sábado, 13 de marzo de 2021

“THE TWILIGHT ZONE. VOL. 1”, a la venta



Me complace anunciar la aparición de The Twilight Zone. Vol. 1: En la dimensión desconocida, que acaba de publicar Applehead dentro de su colección Zapping, y que supone una actualización de la obra que publicamos tiempo atrás los mismos firmantes de este volumen, Jordi Ardid, Álex Barba, Sergi Grau, Joan Renter, Lluís Vilanova y quien esto suscribe, a los cuales se ha unido Álvaro San Martín. Con prólogo de Tonio L. Alarcón, este primer volumen recorre, en sus cinco capítulos (complementados por un epílogo y una bibliografía) el origen de la mítica serie de televisión creada por Rod Serling, el análisis de todos los episodios de la primera y segunda temporadas, la historia de los guionistas de la serie, de los guiones inéditos y de la música de la serie. Más adelante, aparecerá un segundo volumen, subtitulado Más allá de los límites de la realidad, donde el lector hallará una reflexión sobre el sentido global de la serie, el análisis de los episodios de las temporadas tercera, cuarta y quinta, del largometraje En los límites de la realidad, de las nuevas versiones de la serie realizadas en los años ochenta, la década del 2000 y el reciente remake de 2019, de las influencias ejercidas por la serie de Serling en numerosísimas producciones para televisión y también cine, y del peso de la serie en la cultura popular en forma de productos derivados y merchandising, así como otros contenidos que sorprenderán a más de uno.




Applehead Team: www.appleheadteam.com

The Twilight Zone, Vol. 1: En la dimensión desconocida: https://appleheadteam.com/producto/the-twilight-zone-vol-1-la-dimension-desconocida/