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martes, 15 de julio de 2014

“THE TWILIGHT ZONE”, Temporada 4, ya a la venta



Ya está en tiendas el pack de 5 DVDs recientemente editado por L’Atelier 13 que contiene la cuarta temporada de la legendaria serie de televisión norteamericana The Twilight Zone (1959-1964), conocida en España como Dimensión desconocida. Además de numerosos extras de notable interés, el pack se complementa con un folleto de 40 páginas en cuya redacción hemos participado los autores del volumen The Twilight Zone (Scifiworld – Festival de Sitges), Jordi Ardid, Àlex Barba, Sergi Grau, Joan Renter, Lluís Vilanova y un servidor.


Como bien sabrán los amantes de este clásico imprescindible de la (mal llamada) “pequeña pantalla”, la particularidad de esta cuarta temporada es que, a diferencia del resto de la serie, sus 18 episodios tenían una duración de alrededor de una hora, algo único que se rectificó en la quinta y última temporada, en la cual se regresó al formato habitual de 30 minutos. Eso no supuso ningún detrimento para la calidad de la serie, pues —como comento en el folleto— “a poco que la miremos a vista de pájaros hallamos en ella joyas de formidable valor: “In This Image”, y su sugestiva visión de la robótica (de la cual James Cameron tomó buena nota para su Terminator…, primer plano de un brazo mecánico literalmente copiado incluido); “The Thirty-Fathom Grave”, relato de fantasmas ambientado en un submarino; “Valley of the Shadow”, con una situación abstracta digna del Buñuel de “El ángel exterminador” (1962); “He’s Alive”, y su singular digresión sobre un posible resurgimiento del nazismo; “Mute”, en el cual percibimos ecos de la posterior “Carrie”, la novela de Stephen King y la película de Brian de Palma; “Death Ship”, y su inquietante ilustración sobre la identidad en clave de ciencia ficción; “Jess-Belle”, y su hermosa tonalidad de cuento de hadas para adultos; “Miniature”, preciosa miniatura (valga la redundancia) en torno al sentimiento amoroso; “Printer’s Devil”, brillantísima ilustración de un pacto satánico; “No Time Like the Past”, y su singular viaje por el tiempo; “The Parallel”, ese inesperado precedente de “Doppelgänger/Journey to the Far Side of the Sun” (Robert Parrish, 1969); “I Dream of Genie”, divertida variante del mito de los “tres deseos”; “The New Exhibit”, acaso uno de los episodios más terroríficos de toda la serie; “Of Late I Think of Cliffordville”, y su alucinante reflexión sobre el pasado; “The Incredible World of Horace Ford”, otra rara digresión sobre la infancia y la madurez; “On Thursday We Leave for Home”, curiosísima fábula de ciencia ficción de sorprendente calado dramático; “Passage on the “Lady Anne””, inquietante cuento de miedo disfrazado de metáfora sobre el matrimonio; y “The Bard”, sarcástica mirada sobre el mundo de la televisión a costa de… ¡el fantasma de William Shakespeare! ¿Quién es capaz de pasar de largo ante algo tan atractivo?”. 












lunes, 14 de julio de 2014

“LA MÁSCARA Y LA PIEL” de MICHAEL APTED, en CINE ARCHIVO



Publico estos días en Cine Archivo un comentario de una rareza firmada por el realizador británico Michael Apted, más concretamente su poco conocida ópera prima para el cine tras una larga experiencia previa en la televisión, dentro de la sección Films de culto del siglo XX. Me estoy refiriendo a la interesante La máscara y la piel (The Triple Echo, 1972), basada en una obra de H.E. Bates y espléndidamente interpretada por Glenda Jackson, Oliver Reed y Brian Deacon: “Por más que Apted no es de los que “cotizan alto” en el baremo de la crítica española, por culpa (todo hay que decirlo) de la mediocridad de algunas de sus propuestas dirigidas con capital parcial o totalmente norteamericano (…), es injusto despacharlo sin más por estos títulos teniendo en cuenta que en su haber hay un buen puñado de obras correctas y/o apreciables a caballo del cine de Gran Bretaña y los Estados Unidos: la muy curiosa “Agatha” (1979); la digna “Gorilas en la niebla” (1988); la irregular pero atractiva “Corazón trueno” (1992); uno de los mejores “Bond film” de Pierce Brosnan, “El mundo nunca es suficiente” (1999); la mejor entrega de la saga “Las crónicas de Narnia”, “La travesía del Viajero del Alba” (2010); y, sobre todo, el estupendo y, por desgracia, rápidamente olvidado “thriller” ambientado en la Segunda Guerra Mundial “Enigma” (2001). ¡Hay cineastas que, con peores alforjas que las suyas, gozan de una mayor reputación!”.


Cine Archivo:
Films de culto del siglo XX (toma 53): “La máscara y la piel” (1972):
http://www.cinearchivo.com/site/subPortalRecomendaciones.asp?idRubText=7573

sábado, 12 de julio de 2014

Psicoanálisis de un fantasma: “I AM A GHOST”, de H.P. MENDOZA



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] I Am a Ghost (ídem, 2012), film escrito y dirigido por H.P. Mendoza e inédito en salas españolas pero comercializado en formato doméstico por la firma Tema/Cameo, arranca con una imagen que coincide exactamente con su final: la pantalla está en negro, y un siniestro sonido no identificable inunda la banda sonora de una película que, por cierto, tiene en esa utilización dramática de la pista de sonido una de sus mejores bazas expresivas. De repente, pasamos a un plano general diurno de una casa unifamiliar de estilo sureño. Una serie de planos nos detallan el edificio, primero su puerta de acceso principal, y luego su interior: escaleras, pasillos, habitaciones… Este pequeño “prólogo”, o si se prefiere secuencia de introducción, concluye con un nuevo plano de una escalera, por la cual desciende una mujer joven vestida de blanco de pies a cabeza (Emily: Anna Ishida), mientras se superpone el título de la película: “I Am a Ghost”.


Esta inmediata asociación de ideas entre la imagen de la muchacha y la inserción del rótulo donde figura el título del film, y que al mismo tiempo nos está sugiriendo que Emily “es” un fantasma, no es la única que el realizador lleva a cabo por medio del montaje. Hay al respecto un momento que me parece magnífico, por su manera sencilla pero tremendamente eficaz de expresar la naturaleza fantástica de la situación que retrata mediante dos simples cortes de montaje: Mendoza emplea un plano general para mostrarnos a Emily, frente a la puerta de la casa, disponiéndose a salir para hacer compras (la vemos y oímos repasar la lista de la compra); la joven se coloca una gorra blanca atada bajo la barbilla (cuya antigüedad ya sugiere que Emily es un personaje del pasado), coge una cesta y abre la puerta; a continuación, el realizador inserta un nuevo plano de la puerta, pero tomado desde el exterior de la casa y con la cámara, por tanto, frente a esa puerta, la cual vemos que se abre… ¡sola!; el siguiente plano nos muestra a Emily de nuevo dentro de la casa, cerrando la puerta y dejando la cesta con la compra en el suelo mientras se quita el sombrero: podemos entender que se trata de una elipsis (es decir, que quizá ha transcurrido un lapso de tiempo entre que Emily ha salido a comprar y ha regresado), pero la celeridad con que Mendoza monta estos tres planos sugiere algo que se confirmará poco después: que Emily en realidad nunca ha salido de la casa porque es un espíritu atrapado en ella.


Sin embargo, antes de llegar a la revelación del carácter espectral del personaje de Emily (revelación relativa, habida cuenta de que el espectador atento ya se habrá dado cuenta, dada la naturaleza anómala de la planificación, de esa característica de la muchacha), el film aparentemente se “entretiene” en mostrarnos los quehaceres diarios de la protagonista: cómo se despierta por la mañana en su dormitorio; cómo se prepara el desayuno (huevos fritos); cómo, mientras desayuna, hace un extraño gesto de amenaza con un cuchillo (alzándolo con la mano izquierda por encima de su cabeza); cómo se mira en el espejo del cuarto de baño y exclama: “¡Oh, Dios mío!”, al mismo tiempo que vemos su mano derecha envuelta en una toalla con una mancha de sangre; cómo sonríe al mirar la foto de una familia y luego rompe a llorar (su mano derecha ya no presenta herida alguna); como ya hemos explicado, cómo sale a hacer la compra; cómo quita el polvo de una habitación y se detiene al oír un ruido que procede del ático, al cual se accede por una escalera de caracol; o cómo recorre un pasillo con un cubo y una fregona, se detiene ante una habitación, mira a su interior, exclama: “¡Nada!”, y de pronto, asustada, deja caer los bártulos que llevaba en las manos y echa a correr asustada… Todo es más o menos raro, sobre todo teniendo en cuenta que no se ve ni se oye a nadie más en la casa, pero no tarda en devenir algo completamente anormal a partir del momento en que el realizador va repitiendo esos mismos gestos empleando, asimismo, idénticos encuadres, de manera que se sugiere algo que se confirmará poco después: que, de acuerdo con esa idea según la cual los fantasmas no hacen sino repetir después de muertos los gestos y desplazamientos que hacían en vida, Emily está atrapada en una especie de bucle espacio-temporal sin darse cuenta de ello.


El punto de inflexión al respecto reside en el momento en que Emily, o Emily la fantasma, entra en contacto con la voz de una mujer, Sylvia (Jeannie Barroga), que tan solo oye en una determinada habitación —la que, explica Emily, perteneció a su madre— y que dice ser una médium contratada por la familia (se supone que viva) que habita en la casa y que le ha pedido que expulse de la misma al espíritu de Emily. Llegados a este punto del relato, resulta difícil no pensar en Los otros (2001), de Alejandro Amenábar, quien a su vez se inspiró en El sexto sentido (The Sixth Sense, 1999), de M. Night Shyamalan, quien a su vez se inspiró en Carnival of Souls (1962), de Herk Harvey. La diferencia estriba en que, en I Am a Ghost, el “estoy-muerta-y-no-lo-sabía” de la protagonista no es la conclusión, sino el punto de partida de un relato que, a partir de ese momento, plantea —al menos, en teoría— una singular variante de los relatos de casas encantadas desde el insólito punto de vista de un alma en pena que, al contrario de lo que suele ser usual, está tan asustada ante la conciencia de ser un fantasma y estar habitando en una dimensión espacio-temporal que no es la suya, como sobre todo ante la posibilidad, hasta ese momento completamente ignorada por ella, de que en esa misma casa haya otro fantasma que —afirma Sylvia— no es sino la otra mitad de su propia personalidad escindida y que a ella, que hasta hace poco estaba convencida de que seguía estando con vida, la asusta, tal y como un espectro venido del más allá asusta a cualquier persona viviente. De hecho, puestos a ser retorcidos, y si aceptamos que —tal y como insiste Sylvia— Emily padece un trastorno de personalidad múltiple, ¿qué nos impide pensar que la propia Sylvia no es sino otra personalidad oculta de Emily, una muchacha atormentada por fugaces recuerdos del pasado que ella se ha empeñado en olvidar y que implican acontecimientos tan traumáticos como el abandono de su padre a manos de una madre que la odiaba, haber protagonizado estallidos de violencia que casi acaban con la vida de su hermana pequeña, ser abandonada en esa casa por su madre con la esperanza de que muriera pronto, o salvajemente asesinada por un hombre a cuchilladas en el mismo dormitorio de la madre?


I Am a Ghost es, como digo, un film teóricamente interesante y bastante atractivo en sus líneas generales, por más que en la práctica la gracia del planteamiento no siempre encuentre una resolución a la altura de la misma. Ello no obsta para que no atesore momentos excelentes, tal es el caso de la ya mencionada secuencia fantastique de la (falsa) salida de la casa de Emily supuestamente para ir a comprar; y de otra, asimismo, harto llamativa: aquélla en la que la protagonista, una vez informada por Sylvia de su naturaleza espectral y de que la casa no se encuentra realmente en el mundo de los vivos, decide “romper” su rutina fantasmal y abre la puerta de la casa para ver qué hay en el exterior: lo que ve es una oscuridad total, una nada absoluta, que Mendoza visualiza mediante un espectacular plano, de nuevo con la cámara en el exterior de la vivienda, en el cual vemos a Emily en el dintel de la puerta mientras el objetivo se va alejando paulatinamente hasta convertir esa puerta en un minúsculo punto de luz en medio de las tinieblas, para luego reencuadrar lentamente hacia el ángulo original y mostrarnos a una aterrorizada Emily gritando, pero cuyos alaridos están suprimidos de la pista de sonido: solo cuando cierra la puerta y se aleja de la misma, oímos esos gritos.


Pese a todo, no puede evitarse que la propuesta acabe sosteniéndose más sobre la singularidad de la premisa dramática que sobre un trabajo de puesta en escena imaginativo tan solo en los momentos que hemos destacado. Por el resto, H.P. Mendoza se limita a aplicar cierta mecánica asociativa entre los encuadres que ha mostrado sobre todo en el primer tercio del relato y los que se van añadiendo a continuación, con vistas a conseguir, por medio de variaciones en la planificación, proporcionar una especie de sentido al sinsentido: por ejemplo, repite los mismos ángulos, pero más cerrados, en aquellas escenas destinadas a ilustrar la visualización completa de los temores de Emily, caso del extraño gesto con el cuchillo mientras desayuna (el cual, previsiblemente, se descarga sobre el dorso de su mano derecha, la misma que vemos herida y sangrando cuando la joven visita el cuarto de baño); o recurre a la repetición de los encuadres abiertos con los que nos ha mostrado la rutina de Emily por la casa, pero en esta ocasión incorporando la imagen duplicada de la muchacha viéndose por primera vez a sí misma llevando a cabo esas acciones; también incorpora, subrepticiamente, la pantalla partida en dos, y en un momento dado, la subdivide todavía más, llevando el concepto al paroxismo.  La idea, como digo, es válida, pero su resolución deviene un tanto mecánica y en el borde de la obviedad. Tampoco resulta muy convincente el clímax del relato, la aparición del “monstruo” (Rick Burkhardt) que, en vida, anidaba en el interior de Emily obligándola a hacer daño a los demás y a cometer suicidio, y que, tras la muerte de Emily/de ambos, sigue atrapado en la misma casa. El “monstruo” en cuestión es un hombre desnudo y sin ojos en las cuencas que contrasta sobremanera con la frágil figura de la muchacha, pero sus apariciones son lo menos convincente del relato. Queda para el final un nuevo apunte de gran inquietud: una vez que Emily y el “monstruo” hacen frente juntos a lo que en el fondo no son sino los miedos de una misma persona dividida en dos personalidad antitéticas, y al contrario de lo que le ha prometido la voz de la médium Sylvia —que vería ese famoso “túnel de luz” hacia el cual las almas se dirigen a su descanso eterno—, la casa y los dos espectros que la habitan terminan sumiéndose en esa oscuridad impenetrable que, como decía al principio, es la misma con la que se abre el film.

lunes, 7 de julio de 2014

De vampiros y zombis: “SOLO LOS AMANTES SOBREVIVEN”, de JIM JARMUSCH



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] En Solo los amantes sobreviven (Only Lovers Left Alive, 2013), Jim Jarmusch hace gala a ratos de ese repelente distanciamiento propio del intelectual pagado de sí mismo que parece mirarse por encima del hombro el cine de vampiros, con la conciencia que no es sino un mero punto de partida “innoble” para que él, un Artista con mayúsculas, pueda modelar a su gusto un material más “noble”. No es la primera vez que su cine transmite esta sensación cuando ha usado códigos genéricos, digamos, convencionales para elaborar a partir de los mismos su discurso: ya ocurría en la lejana Bajo el peso de la ley (Down by Law, 1986) en relación a las convenciones del “género carcelario”, y sobre todo en la fallida Dead Man (ídem, 1995) respecto al western; no así, empero, en la que me sigue pareciendo su mejor película hasta la fecha, Ghost Dog, el camino del samurái (Ghost Dog: The Way of the Samurai, 1999), donde había un equilibrio entre la asunción de las convenciones de otro género codificado, el policíaco, y el discurso de su autor. Empero, la mirada de Jarmusch hacia el cine de vampiros es tan heterodoxa como lo era la arrojada en Ghost Dog, el camino del samurái con respecto al thriller, por más que el resultado me parezca menos conseguido. Digamos que en Solo los amantes sobreviven hay una mayor conciencia por parte de su director de estar tratando un género que, por muchas y muy diversas razones, le resulta ajeno —por más que en su cine no falten las connotaciones fantásticas; recuérdese, por ejemplo, la aparición del fantasma de Elvis Presley en Mystery Train (ídem, 1989)—, y precisamente por eso mismo lo aborda con una frialdad, digamos, “instrumental”. 


Dicho de otro modo, los vampiros protagonistas del film son, más que nunca, “metáforas” o “símbolos” (táchese lo que no proceda) para exponer otras cosas. En este sentido, hay que reconocer que Jarmusch hace gala de una notable honestidad, en cuanto no intenta hacer una “película de vampiros” (aunque, como digo, tampoco arrincona por completo las convenciones de las mismas) y ni tan siquiera trabajar una atmósfera en el sentido más fantastique del término (lo cual no significa que, en ocasiones, el film no sea muy atmosférico). Lo único que impide que Solo los amantes sobreviven llegue a ser la gran película que podría haber sido es que, al contrario que Ghost Dog, el camino del samurái, esa utilización instrumental de las convenciones del género cinematográfico “vampiros” carece de la potencia visual y la capacidad expresiva que sí atesoraba aquélla en su empleo de los tropos del thriller policíaco; más que una cuestión de estilo o habilidad a la hora de manipular esas convenciones, es una cuestión de intensidad y fuerza en el manejo de las mismas; puede que eso se deba a que, por esa cuestión de sintonía personal o sencillamente por su sensibilidad y carácter, Jarmusch parece sentirse más cercano al género del thriller que al de terror. En cualquier caso, se nota.


Solo los amantes sobreviven tiene un arranque muy bello. A un plano picado sobre un tocadiscos en marcha, en el cual suena una versión de la canción Funnel of Love, de Wanda Jackson, interpretada por SQÜRL —la banda del propio Jarmusch— y Madeline Follin, le siguen por encadenado otros planos, asimismo en picado, que relacionan a Eve (Tilda Swinton), tumbada en su dormitorio, y Adam (Tom Hiddleston), que hace otro tanto en el sofá de su vivienda. Hemos visto cómo la cámara efectúa un movimiento rotatorio sobre la platina en la que gira el vinilo, y sigue rotando sobre Eve y Adam, estableciendo así, como digo, una relación entre los personajes y la música (pronto sabremos que Adam es compositor, y Eve, una melómana), y acaso sugiriendo al mismo tiempo, en virtud de ese movimiento circular, “cerrado”, que los protagonistas son personajes también cerrados en sí mismos, aislados del mundo. Impresión que el devenir del relato no tardará en confirmar: Adam y Eve son vampiros, y por tanto, viven siempre de noche; su existencia es solitaria: el primero reside en Detroit, y la segunda, en Tánger; aunque los dos son pareja quizá desde hace siglos, ahora mismo están separados, pero sin que esa separación sea el resultado de animadversión alguna entre ellos (tal y como parece sugerir la película, la impresión es que, aprovechando su condición de inmortales, Adam y Eve se separan unos cuantos años, o décadas, cuando se cansan de estar juntos, y luego vuelven a reencontrarse como si tal cosa). A pesar de la compañía y el mutuo afecto que se profesan el uno al otro este par de no-muertos, ello no obsta para que, en ocasiones, el peso del muchísimo tiempo vivido no les afecte de un modo u otro: Adam le encarga a Ian (Anton Yelchin), el joven humano que trabaja para él, una bala de madera, con la cual juguetea tentado por la posibilidad de poner fin a una existencia de siglos que ya empieza a aburrirle pegándose un tiro en el corazón…


El aspecto más interesante y conseguido de Solo los amantes sobreviven reside en su soterrada pero muy intensa reivindicación de la cultura. No es casual, en este sentido, que Jarmusch elija a sus vampiros como acaso los últimos representantes de una especie de seres refinados, amantes como ya he dicho de la música pero también de la literatura y el teatro, por señalar aquellos aspectos culturales por los cuales muestran aprecio: las viejas grabaciones en vinilo que escuchan Adam y Eve en la mencionada primera secuencia (la vampiresa además aparece, como digo, tumbada y rodeada de antiguos volúmenes); las guitarras eléctricas que colecciona Adam y que le proporciona Ian, quien por cierto ignora por completo la condición de no-muerto de su cliente y, para él, medio amigo (en lo cual puede verse un guiño malévolo a la tradición, instaurada por la literatura y el cine, del “criado humano” a lo Renfield puesto al servicio, en este caso inconscientemente, de un vampiro); la escena en la cual Adam se detiene a escuchar, embelesado, la canción de una mujer marroquí, Yasmine (Yasmine Hamdan)… No por casualidad, entre las más antiguas amistades de los protagonistas figura nada menos que… ¡Christopher Marlowe! (John Hurt), el anciano vampiro que le proporciona sangre fresca a Eve en Tánger y que siglos después todavía continúa reivindicando su autoría sobre las obras de teatro oficialmente atribuidas a William Shakespeare. Resulta asimismo muy significativo que los vampiros llamen a los seres humanos “zombis” (sic), pues a fin de cuentas ellos, que son “muertos” (o no-muertos), están más “vivos” que las personas teóricamente vivas, convertidas por el contrario en mediocres “muertos vivientes”.


La reflexión de Jarmusch es indiscutiblemente hermosa: los vampiros de Solo los amantes sobreviven son los últimos garantes de una cultura, y sobre todo, de una forma de entender la vida entera, la cual tan solo es verdaderamente rica y plena si se utiliza para disfrutar de los parabienes artísticos creados por la humanidad a lo largo de su historia; los vampiros, por tanto, gozan del privilegio de tener ante sí una eternidad que llenar con todas las maravillas culturales concebidas por el pensamiento humano, en tanto que los que antes fueron “seres humanos” y ahora solo son “zombis” no hacen sino despreciar toda esa herencia, ese bagaje artístico e intelectual, a favor de un mundo edificado alrededor del más absoluto de los vacíos. En coherencia con este planteamiento, Jarmusch muestra los entornos urbanos donde viven sus vampiros como espacios nocturnos fríos y prácticamente solitarios, tanto da que sea una Tánger cuyas estrechas callejuelas están saturadas de portales en la sombra y rincones oscuros donde únicamente asoman hombres de aspecto torvo anunciando vayan a saber ustedes qué oferta en materia de sexo, drogas o similares; o las calles de la nocturna Detroit que Adam y Eve recorren en coche, camino del edificio abandonado y pintarrajeado donde se desharán del cadáver de Ian: unas calles en las que, paradójicamente, los no-muertos protagonistas son los únicos seres “vivos” que las transitan.


La propuesta de Jarmusch es al mismo tiempo tan interesante como irregular, sobre todo en su primer tercio, el más moroso e innecesariamente diletante dado que el film tarda un poco en entrar en materia y le cuesta ganar en intensidad. Hay un momento en que lo demagógico asoma su temible rostro con la introducción de un nuevo personaje que viene a erigirse en un ejemplo práctico, ergo personificado, de todo aquello que Jarmusch y “sus” vampiros detestan. Me refiero a la hermana vampiresa de Eve, Ava (Mia Wasikowska), una no-muerta que al contrario que aquélla o que Adam, no solo es una bebedora de sangre indisciplinada y descontrolada —Eve no para de repetir que ahora “[los vampiros] vivimos en el siglo XXI”, y recurren al asesinato para alimentarse solo en muy contadas ocasiones: la primera, como hemos mencionado, subsiste gracias a las raciones de sangre que le proporciona Marlowe, y Adam, en Detroit, soborna a un médico (el Dr. Watson: Jeffrey Wright) para que le abastezca del banco de plasma—, sino que además ha adquirido todos y cada uno de los peores vicios y tics de los “zombis” jóvenes: el gusto por las fiestas, por divertirse, por colocarse y, obedeciendo a un impulso caprichoso, alimentarse de la sangre de Ian sin importarle las consecuencias. Dejando aparte el hecho de que Mia Wasikowska está tan bien como siempre (al igual que el resto del excelente elenco de la película), y de que Jarmusch tampoco estira el episodio centrado en Ava antes de que se haga cargante, es lo único que chirría un poco, por obvio, en un conjunto donde, a cambio, el cineasta brinda uno de los momentos más bellos de su carrera: la muerte de Marlowe, envenenado por sangre en mal estado (sic), en compañía de Adam, Eve y su fiel criado humano Bilal (Slimane Dazi), que Jarmusch visualiza con la solemnidad que requiere el óbito no ya de un icono cultural, sino incluso vital: es la humanidad entera la que expira su último aliento junto con el anciano autor no reconocido de Hamlet... La secuencia final tiene mucho de melancólico: hambrientos y sin provisión de sangre, Adam y Eve eligen a una pareja de amantes para saciar su sed; el film concluye con un contraplano, desde el punto de vista subjetivo de las futuras víctimas de los vampiros, viéndolos acercarse a ellos/a la cámara, colmillos a punto, antes de fundir a negro, en lo que puede verse una especie de representación de la imposible reconciliación entre dos mundos: para los vampiros, los humanos son y siempre serán “zombis”, y para estos los primeros siempre serán “vampiros”… 

sábado, 5 de julio de 2014

“DIRIGIDO POR…” de JULIO-AGOSTO 2014, ya a la venta



Los cien años del inicio de la Gran Guerra da pie a que Dirigido por… publique en su núm. 446, correspondiente al período estival, la primera parte de un dossier titulado Cine y I Guerra Mundial. 100 Aniversario. Esta primera entrega consta de un artículo de introducción, La I Guerra Mundial y el cine. 1914-1918, escrito por Antonio José Navarro  y de diez antologías de otras tantas grandes películas sobre el tema, ordenadas por orden cronológico: Armas al hombro (Shoulder Arms, 1918), de Charles Chaplin [Jordi Batlle Caminal]; J’accuse! (1919), de Abel Gance [Quim Casas]; El gran desfile (The Big Parade, 1925), de King Vidor [Ricardo Aldarondo]; Alas (Wings, 1927), de William A. Wellman [Juan Carlos Vizcaíno Martínez]; Cuatro hijos (Four Sons, 1928), de John Ford [Tonio L. Alarcón]; Sin novedad en el frente (All Quiet on the Western Front, 1930), de Lewis Milestone [Antonio José Navarro]; Ángeles del infierno (Hell’s Angels, 1930), de Howard Hughes [Antonio José Navarro]; Cuatro de infantería (Westfront 1918, 1930), de Georg Willhelm Pabst [de un servidor]; Adiós a las armas (A Farewell to Arms, 1932), de Frank Borzage [Jordi Batlle Caminal]; y Les croix de bois (1932), de Raymond Bernard [Roberto Alcover Oti].


Otro interesante contenido, ya de actualidad, es una entrevista exclusiva con Clint Eastwood, quien nos habla extensamente de su más reciente film, Jersey Boys (ídem, 2014), cuyo estreno en España tendrá lugar el próximo mes de septiembre, momento en el cual publicaremos también la reseña del mismo.


Entre las películas más importantes cuyo estreno en España está previsto para los meses de julio y agosto, se destacan las críticas de títulos como El extraordinario viaje de T.S. Spivet (The Young and Prodigious T.S. Spivet, 2013), de Jean-Pierre Jeunet, que comenta Anna Petrus, la cual también firma la reseña de Un toque de violencia (Tian zhu ding, 2013), de Jia Zhang-ke; Sabotage (ídem, 2014), de David Ayer, reseñada por Tonio L. Alarcón; La chica del 14 de julio (La fille du 14 juillet, 2013), de Antonin Peretjatko, analizada por Gerard Casau; Las vidas de Grace (Short Term 12, 2013), de Destin Daniel Cretton, que escribe Beatriz Martínez, asimismo firmante de la reseña de Borgman (ídem, 2013), de Alex van Warmerdam. El número se completa con los comentarios escritos por Quim Casas de las series 24: Muere otro día (24: Live Another Day, 2014) y la primera y segunda temporadas de House of Cards (ídem, 2013- ), para la sección Televisión; la semblanza del recientemente fallecido director de fotografía Oswald Morris que le dedica Christian Aguilera dentro de la sección Paralelismos; y las secciones de Críticas; Pantalla Digital, de José María Latorre; y Banda sonora, de Joan Padrol.  


Como he escrito líneas atrás, este mes contribuyo al dossier sobre cine y Primera Guerra Mundial con la antología dedicada a una extraordinaria película de Georg Wilhelm Pabst, Cuatro de infantería: “es muy representativa del estilo del cineasta alemán Georg Wilhelm Pabst (1885-1967), uno de esos pioneros de la historia del cine que, a medida que va pasando el tiempo, su figura y su obra se van oscureciendo en la lejanía a pesar de haber firmado no pocas obras notables, muchas de las cuales bastarían por sí solas para asegurarle un lugar destacado en la historia del cine”.


También firmo las críticas de títulos tan dispares como El cielo es real (Heaven is for Real, 2014), de Randall Wallace, un film, lo adelanto ya, mucho mejor de lo que pueda parecer a simple vista…;


…la más bien insignificante comedia No hay dos sin tres (The Other Woman, 2014), dirigida por Nick Cassavetes, hijo de John Cassavetes y Gena Rowlands (como si eso fuera sinónimo de calidad al instante)…;


…el film fantástico-para-jóvenes del verano, Vampire Academy (ídem, 2014), de Mark Waters, poquita cosa, pero menos malo de lo esperado…;


…el correcto thriller de Hossein Amini Las dos caras de enero (The Two Faces of January, 2014)…;


…y la asimismo menos desdeñable de lo predecible Maléfica (Maleficent, 2014), de Robert Stromberg.


Concluyo mi aportación a este número de Dirigido por… firmando el comentario de la última página de la revista, dedicado a la muy curiosa película de Dan Curtis Sombras en la oscuridad (House of Dark Shadows, 1970), dentro de la sección Cinema Bis.

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martes, 1 de julio de 2014

“IMÁGENES DE ACTUALIDAD” de JULIO-AGOSTO 2014, ya a la venta



Guardianes de la Galaxia (Guardians of the Galaxy, 2014, James Gunn), la película-Marvel para este verano, ocupa la portada del núm. 348 de Imágenes de Actualidad, que cubre los meses de julio y agosto por descanso estival de la redacción. El reportaje de este film se complementa con una entrevista con uno de sus principales protagonistas, Chris Pratt.


También se destacan en portada las películas que ocupan la sección Primeras Fotos: los avances de films como Insterstellar (ídem, 2014, Christopher Nolan), Kingsman: The Secret Service (Matthew Vaughn, 2014), Fury (David Ayer, 2014) y [Rec] 4: Apocalipsis (Jaume Balagueró, 2014).


El resto de contenidos destacados de estos dos meses lo conforman los reportajes de: Lucy (ídem, 2014, Luc Besson); Cómo entrenar a tu dragón 2 (How to Train Your Dragon 2, 2014, Dean DeBlois); El amanecer del planeta de los simios (Dawn of the Planet of the Apes, 2014, Matt Reeves); Los mercenarios 3 (The Expendables 3, 2014, Patrick Hughes), que se complementa con una entrevista con uno de sus protagonistas, Jason Statham, quien este verano estrena otro film, El protector (Homefront, 2013, Gary Fleder; ver reportaje en el número anterior); Anarchy: La noche de las bestias (The Purge: Anarchy, 2014, James DeMonaco); Tokarev (ídem, 2014, Paco Cabezas); El extraordinario viaje de T.S. Spivet (The Young and Prodigious T.S. Spivet, 2013, Jean-Pierre Jeunet); La chica del 14 de julio (La fille du 14 juillet, 2013, Antonin Peretjatko); Mil maneras de morder el polvo (A Million Ways to Die in the West, 2014), complementado con un retrato de su director y protagonista, Seth MacFarlane; Infiltrados en la universidad (22 Jump Street, 2014, Phil Lord y Chris Miller), que se complementa con un artículo sobre otras adaptaciones al cine en clave de humor de famosas series de televisión, No te rías, que es TV; Begin Again (ídem, 2013, John Carney); Chef (ídem, 2014), dirigida y protagonizada por Jon Favreau; Sabotage (ídem, 2014, David Ayer); y Las vidas de Grace (Short Term 12, 2013, Destin Daniel Cretton). Como siempre, todo ello acompañado de las secciones Además…; Críticas; Hollywood Boulevard y Hollywood Babilonia, de Nacho González Asturias; Gran Vía y Se Rueda, de Boquerini; Ranking, de Gabriel Lerman; Stars; Él dice, ella dice; Noticias; Zona sin Límites, de Ángel Sala; Diccionario Fantástico, del Dr. Cyclops; ¿Sabías que…?, del profesor Moriarty; Libros, de José María Latorre; y BSO y DVD & Blu-ray, de Ruiz de Villalobos.


El Cult Movie que firmo este mes es ciertamente singular; se trata, nada más y nada menos, que de un clásico del cine fantástico español: No profanar el sueño de los muertos (1974), de Jordi (Jorge) Grau: “«Jordi Grau. Confidencias de un director de cine descatalogado» es el título del estupendo libro de memorias recientemente publicado por Calamar Ediciones en el que su autor, Jordi Grau Solà (n. 1930), firmante de una atípica filmografía en la cual hallamos títulos de muy variados estilos –muchos de ellos firmados como Jorge Grau–, nos desgrana con minuciosidad y sentido del humor sus vivencias como realizador, en una carrera que abarca 33 títulos dirigidos entre 1957 y 1994. Por más que en la carrera de Grau, que fue ayudante de dirección de Sergio Leone en el rodaje de “El coloso de Rodas” (1961) y amigo personal de Federico Fellini, hallamos, literalmente, de todo (…), este director debe buena parte de su popularidad entre los cinéfilos a una película de género fantástico cuyo prestigio no ha dejado de crecer: “No profanar el sueño de los muertos””.


Completo mi contribución a este número con un par de críticas; la primera, la de la citada El protector (un film mejor de lo que pueda parecer a simple vista)…,


…y la de la irregular pero a pesar de todo curiosa nueva versión animada de Tarzán (Tarzan, 2013, Reinhard Kloos).   

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