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sábado, 14 de diciembre de 2019

Futuro pasado: “LA FUGA DE LOGAN”, de MICHAEL ANDERSON




El origen de este film de Michael Anderson se halla en la novela homónima de William F. Nolan y George Clayton Johnson, publicada por primera vez en los Estados Unidos en 1967, cuyos derechos cinematográficos fueron adquiridos por la Metro-Goldwyn-Mayer. Nolan y Johnson también firmaron el guion del film, accediendo a llevar a cabo algunos cambios en el argumento del libro, como elevar el límite de vida de los ciudadanos del futuro de los 21 a los 30 años y la inclusión de un clímax espectacular que incluyera la destrucción de la ciudad.


El cambio más radical fue una imposición de la MGM. En la novela, el procedimiento del ordenador que controla la ciudad para regular la demografía consiste en una Casa del Sueño, donde los ciudadanos de 21 años son “dormidos” para nunca despertar. La idea hizo tanta gracia que fue incorporada al argumento de otra producción MGM de ciencia ficción que se realizó antes que La fuga de Logan (Logan’s Run, 1976): la magnífica Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, 1973), dirigida por Richard Fleischer. Ello obligó a los autores a inventarse el ritual del Carrusel, en el cual sus participantes flotan en el aire dentro de un extraño escenario preparado a tales efectos y explotan, ante el alborozo de los espectadores asistentes, ajenos a lo que se está desarrollando ante sus ojos, que van gritando: ¡Renovarse! ¡Renovarse!. No obstante, el guion definitivo sería obra de David Zelag Goodman, quien figura acreditado como único guionista.


En cierto sentido puede afirmarse que La fuga de Logan es el último exponente de un tipo de cine de ciencia ficción de temática futurista muy en boga en el cine norteamericano de los setenta, como la ya mencionada Cuando el destino nos alcance o el film de Norman Jewison Rollerball (ídem, 1975), y una heredera directa de las películas de ciencia ficción de los años treinta, cuarenta y cincuenta, dado que su visión colorista del futuro, que muestra a los hombres vestidos con uniformes que parecen pijamas y a las mujeres con atuendos vaporosos y minifaldas, está más cerca de la mostrada por títulos como la británica La vida futura (Things To Come, 1936, William Cameron Menzies), los seriales de Flash Gordon, Planeta prohibido (Forbidden Planet, 1956, Fred McLeod Wilcox,) o la serie de televisión Star Trek y sus posteriores secuelas cinematográficas, que de 2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, 1968, Stanley Kubrick,). Ello es perceptible en secuencias como la del Carrusel, la del laboratorio de cirugía estética con láser que regenta Doc (encarnado por el propio hijo del realizador del film, el actor Michael Anderson Jr.), o la que tiene lugar en La Catedral, un sector degradado de la ciudad poblado por jóvenes Cachorros que viven en un estado de salvajismo, y donde la pareja protagonista, Logan (Michael York) y Jessica (Jenny Agutter), atraviesan una situación peligrosa: la concepción de la secuencia evoca el ambiente de títulos como El último hombre... vivo (The Omega Man, 1971, Boris Sagal,) o Nueva York, año 2012 (The Ultimate Warrior, 1975, Robert Clouse) (1).


También se ha querido ver en la escena en la cual Logan y Jessica, tras haber conseguido huir de la ciudad, llegan hasta Washington y ven, por primera vez en su vida, el rostro esculpido en mármol de un anciano, el del gigantesco monumento a Abraham Lincoln, un equivalente de la famosa Estatua de la Libertad semienterrada en la playa en el célebre final de El planeta de los simios (Planet of the Apes, 1968, Franklin J. Schaffner,). Otro aspecto que marca el momento en que La fuga de Logan fue realizada reside en sus secuencias finales, las cuales remiten al cine de catástrofes imperante durante los setenta: en particular, una bonita escena submarina (Logan y Jenny vuelven a entrar en la ciudad buceando a través del conducto de la planta depuradora de agua), que guarda ciertos ecos de La aventura del Poseidón (The Poseidon Adventure, 1972, Ronald Neame); y sobre todo, las más bien inverosímiles escenas de destrucción de la ciudad.



De hecho, al año siguiente de su estreno todo el cine de ciencia ficción representado por La fuga de Logan sería literalmente barrido por el triunfo clamoroso de La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977, George Lucas), seguido dos años más tarde por el de Alien: el octavo pasajero (Alien, 1979, Ridley Scott) (2), películas que cambiaron para siempre el horizonte del género. La fuga de Logan está más cerca de otras aproximaciones posteriores que del trasfondo sórdido y pesimista que imperó en la ciencia ficción norteamericana de los setenta, y quizás ello explicaría el generoso “culto” que existe a su alrededor, sobre todo en los Estados Unidos, donde esta película sigue siendo increíblemente popular. Baste con señalar su ingenuo “final feliz”, recuperado de forma muy parecida en La Isla (The Island, 2005, Michael Bay), en el cual los habitantes de la ya destruida ciudad del futuro se encuentran cara a cara con el viejo (Peter Ustinov) que, previamente, Logan y Jessica han conocido en el exterior y descubriendo así que es posible vivir más allá de los treinta años de edad… A pesar de ello, y de esa carga de ingenuidad, los mejores momentos de la función son los más sombríos, como el extraño episodio que enfrenta a Logan y Jessica con el robot Box (Roscoe Lee Browne), la pelea a muerte de Logan con su examigo y ahora perseguidor Francis (Richard Jordan) en el desolado decorado del Congreso de los Estados Unidos, ahora cubierto de hiedra y donde vive el viejo con sus gatos; o, en particular, la escena en la cual el cerebro electrónico que gobierna la ciudad le arrebata a Logan los últimos años que le quedaban antes de “renovarse”: Logan abandona la sala donde opera ese gigantesco ordenador, y la cámara le sigue en un travelling casi ceremonioso, de tal manera que los extraños relojes de colores del decorado pasan a ser, ahora, siniestros indicadores del poco tiempo de vida que le queda…



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