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miércoles, 11 de julio de 2018

La pesca de la ballena blanca: “MOBY DICK”, de JOHN HUSTON




Rodada entre dos de sus películas más extrañas, la mediocre La burla del diablo (Beat the Devil, 1953) y la excelente Solo Dios lo sabe (Heaven Knows, Mr. Allison, 1957), no me resulta difícil ver en Moby Dick (ídem, 1956) uno de los mejores trabajos de John Huston, acaso el más perfecto junto con Dublineses (The Dead. 1987), su admirable adaptación del relato de James Joyce Los muertos. Las razones del enorme interés de Moby Dick van más allá de lo obvio, es decir, del hecho de que se trate de una versión de la-maravillosa-novela-de-Herman Melville, pues del mismo modo que, como se ha dicho en infinidad de ocasiones, el film de Huston no apura a fondo toda la riqueza del inmenso original literario, lo cierto es que tampoco lo pretende, pero a pesar de ello consigue a cambio llevar hasta sus últimas consecuencias una inteligente lectura del mismo, fruto de la magnífica labor de adaptación al cine llevada a cabo por el propio Huston  junto con Ray Bradbury.


Haciendo gala de una gran comprensión del libro de Melville, y siendo conscientes de que resultaba materialmente imposible condensar todo su complejísimo contenido en un largometraje de menos de dos horas de duración, Huston y Bradbury se concentraron principalmente en una de las más vistosas lecturas que ofrece la novela, procurando desarrollarla tan a fondo como les fuera posible partiendo, como digo, de las limitaciones (y convenciones) establecidas en torno a un largometraje de Hollywood de alto presupuesto. De este modo, sus esfuerzos se dirigieron a destacar lo que el libro de Melville tiene de simbólica interpretación de la lucha del Hombre contra Dios, de tal manera que Moby Dick, la gigantesca ballena blanca, vendría a ser una representación de la divinidad contra la cual se rebela a su vez un representante de esa humanidad reprimida bajo el yugo de lo divino, el capitán Ahab (Gregory Peck), con la finalidad de destruirla, o lo que es casi lo mismo: con la intención de liberar al Hombre de la tiranía de Dios. Un discurso, digamos, “blasfemo” que asimismo desarrollaría en parte el cineasta checo Milos Forman en su célebre –y discutida– Amadeus (ídem, 1984), a partir de la obra de teatro homónima de Peter Shaffer.


No es casual en este sentido que, por ejemplo, el sermón que pronuncia el padre Mapple (Orson Welles) desde lo alto del púlpito de su iglesia en forma de proa de barco (sic) tenga como tema el temor de Dios, y que además desarrolle esa temática haciendo alusión a la famosa parábola bíblica de Jonás y la ballena: Melville propone –y Huston y Bradbury recogen con fidelidad y admirable capacidad de síntesis– que la lucha del capitán Ahab contra Moby Dick, la ballena que le mutiló, no es sino una representación de la lucha del Hombre contra Dios; que, como explica el padre Mapple en su sermón, obedecer los designios divinos supone para el hombre “desobedecerse a sí mismo”, o dicho de otra manera, que para ser un buen cristiano hay que renunciar a los propios pensamientos y a la propia personalidad; y que, en ocasiones, cumplir los designios de Dios le provoca dolor y sufrimiento al Hombre, dado que este último no está llamado a comprender aquéllos. Por eso mismo, Ahab es el capitán de un barco ballenero que en el pasado fue gravemente herido por Moby Dick, la ballena blanca (o cachalote blanco), quien le arrancó la pierna izquierda (la cual reemplaza con una pieza hecha de mandíbula de ballena), y de la que se quiere vengar por haberle herido –en sus propias palabras– “en cuerpo y alma”: Ahab no acepta el incomprensible dolor que inflige Dios a sus criaturas, ese “temor de Dios”, y en consecuencia, se rebela contra el mismo. Mas lo relevante de esta apasionante interpretación del libro de Melville reside en la brillantísima manera como Huston y Bradbury suplieron plasmarla en el film, y sobre todo por parte del realizador, cómo supo expresarla en imágenes.  


Desde este punto de vista, Moby Dick, versión Huston, es una apasionante digresión sobre la inmutabilidad de la religión que el cineasta visualiza admirablemente llenando el relato de excelentes apuntes en forma de sombríos augurios, tanto da que adopten los modos de la religión cristiana como de otros cultos “paganos”: puede ser tanto el siniestro mal agüero sobre cuál será el destino de Ahab y de su barco ballenero, el Pequod, que pronuncia un extraño personaje con un nombre de resonancias bíblicas, Elías (Royal Dano), ante Ismael (Richard Basehart) y su amigo Queequeg (Friedrich von Ledebur); como el que adopta la forma de la religión más ortodoxa: el sermón de padre Mapple, donde hallamos otro apunte premonitorio: el travelling que recorre las lápidas en la pared de la iglesia que recuerdan los nombres de los marineros muertos en el mar. Asimismo, y ya en el océano, el capitán Ahab implica a su tripulación en la búsqueda y captura de Moby Dick por medio de una especie de ritual pagano libado con ron, convirtiendo su arenga contra la ballena blanca es una especie de comunión blasfema contra Dios. Más adelante, Queequeg ve una premonición de su muerte inminente en los pequeños huesos que utiliza para ver el futuro, y le encarga al carpintero de a bordo que le construya un ataúd a su medida: el mismo que será la tabla de salvación de Ismael, único superviviente de la tragedia del Pequod, y que centra el bellísimo plano que cierra la película. Y, en medio de una violentísima tormenta, Ahab apaga con su mano el verde luminiscente del fuego de San Telmo que ilumina su arpón y cubre los palos mayores de su barco. Asimismo, todas las admirables escenas del acoso a la ballena blanca en alta mar están cargadas de detalles atmosféricos que contribuyen a reforzar el carácter metafórico del relato, tal es el caso de aquello que señala la proximidad de Moby Dick: ese olor a tierra que desprende, “como si hubiera una isla donde hoy hay isla alguna”, o la bandada de gaviotas que siempre escolta al gigantesco cetáceo blanco, que parecen anticipar los extraordinarios “pájaros” de Alfred Hitchcock.  


Si todo esto ya bastaría para considerar a Moby Dick un film admirable, no es ni mucho menos el único mérito de una película que no dudaría en considerar una de las más bellas a la hora de mostrar la vida y el quehacer rutinarios de la marinería, junto con otras dos obras maestras por las cuales, lo confieso, tengo una especial debilidad: El demonio del mar (Down to the Sea in Ships, 1949), de Henry Hathaway, y Master & Commander: Al otro lado del mundo (Master & Commander: The Far Side of the World, 2003), de Peter Weir. Resulta obligado destacar en este sentido el gran trabajo conjunto llevado a cabo por Huston con ese gran director de fotografía que fue Oswald Morris (los no menos notables Freddie Francis y Arthur Ibbetson se ocuparon, respectivamente, de la fotografía de la segunda unidad y de la operación de cámara), confiriéndole al film una pátina de colores como de postal antigua, la cual, combinada con la planificación enfática de un Huston más inspirado que nunca da pie a momentos de una formidable plasticidad. Tal es el caso de la extraordinaria secuencia de la partida del Pequod, con ese conmovedor contrapunto de los rostros de las mujeres llenos de tristeza por la marcha durante tres años, y quizá para nunca volver, de esposos e hijos; o de las escenas del Pequod en un mar en calma chicha, en las cuales Huston contrapone los planos del disco solar, adormeciendo perezosamente a los marineros, con esa onza de oro español ofrecida por Ahab como recompensa a quien aviste primero a Moby Dick y que, clavada en el mástil, se convierte a la luz del sol en otro pequeño y brillante “disco solar” que “abrasa” a los hombres del Pequod bajo el calor bochornoso de la obsesión de su capitán.


Otro aspecto que el Moby Dick de Huston retoma del Moby Dick de Melville reside en su inteligente digresión sobre el punto de vista. Al principio del film, y con gran fidelidad al original literario, vemos a Ismael recorriendo una serie de hermosos paisajes rurales camino del mar, al cual llega siguiendo el cauce de arroyos y ríos que acaban desembocando en el océano. Es entonces cuando el protagonista pronuncia la famosa primera frase de la novela de Melville: “Llamadme Ismael”. Una frase cuya popularidad dentro de la literatura norteamericana sería equivalente al “Ser o no ser” dentro de la británica o al “En un lugar de La Mancha” de la española, y que además introduce en la película una pauta narrativa, en virtud de la cual se nos advierte desde el principio que vamos a asistir a un relato narrado desde el punto de vista subjetivo de un personaje, Ismael, cuya narración over acompaña numerosos momentos de la función: Moby Dick es uno de esos raros films en los que la voz en off está magníficamente dosificada. Llama la atención el cuidado que Huston y Bradbury pusieron a la hora de convertir la obsesión de Ahab es una postura vital, que no vitalista (Moby Dick es, como en Melville, la crónica de un proceso de autodestrucción), algo que queda perfectamente reflejado en la magnífica secuencia del encuentro de Ahab con Boomer (James Robertson Justice), el capitán de otro ballenero que asimismo fue mutilado por Moby Dick: Boomer perdió la mano izquierda, que ahora substituye por la punta de un arpón (ideal, dice, “para abrir barriles de ron”), y que al contrario que Ahab no guarda ningún rencor hacia el cetáceo que le hirió; de lo cual se deduce que el odio de Ahab hacia Moby Dick no solo tiene mucho de rebelión contra Dios, tal y como hemos explicado, sino también de afrenta personal: Ahab siempre se refiere a la herida que la ballena le infligió en cuerpo y alma como “un insulto”. Tampoco faltan apuntes que permiten deducir, como en la novela, que Ahab contagia su obsesión por Moby Dick a su tripulación, desatando así una especie de histeria colectiva en virtud de la cual los miembros del Pequod acaban viendo aquello que Ahab quieren que vea, incluso una gigantesca ballena blanca que quizá no existe sino en la enfebrecida imaginación de Ahab y todos los balleneros; resulta asimismo significativo de ese proceso de alienación al cual Ahab somete a sus hombres el hecho de que incluso el más racional de todos ellos, el segundo de a bordo Starbuck (Leo Genn), acabe al final contagiado de esa misma histeria y conduzca a los marineros a su cargo a morir aplastados por la misma ballena blanca que ha acabado con la vida de Ahab.  

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