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lunes, 23 de enero de 2017

El terror que vino de Oriente: “TRAIN TO BUSAN” + “SHIN GODZILLA”


[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LAS TRAMAS DE ESTOS FILMS.]


El tren de los zombis: Train to Busan (Busanhaeng, 2016), de Yeon Sang-ho. No he visto ninguno de los reputados trabajos del realizador surcoreano Yeon Sang-ho dentro del terreno del cine de animación, por más que uno de ellos –The Fake (Saibi, 2013)– conoció un fugaz estreno en España, y otro de los mismos, Estación de Seúl (Seoul Station, 2016), parece ser que funciona a modo de precuela de Train to Busan, habida cuenta de que se centra, asimismo, en los estragos de una epidemia zombi (así la llaman), y gira en torno al escenario de una estación ferroviaria, decorado asimismo presente en la película que nos ocupa, por más que esta centre su atención en el interior de un tren en marcha.


A falta, como digo, de conocer los trabajos previos de Yeon Sang-ho en el cine de animación, su debut en el cine de imagen real me parece una producción muy característica del cine surcoreano que he tenido ocasión de ver. Como muchas películas de género de esta cinematografía, Train to Busan adolece de una sobreabundancia de metraje: sus cerca de dos horas de metraje resultan a todas luces excesivas, lo cual redunda en detrimento de su interés. Buenas ideas y buenos momentos de puesta en escena se codean con recursos adocenados de guion y realización, lo cual desemboca en una casi inevitable irregularidad. Asimismo, el film adolece de un exceso de dependencia de patrones establecidos por el cine norteamericano al cual, se dice, el cine comercial asiático en general, y el surcoreano en particular, “mejoran”. Nada más lejos de la realidad, habida cuenta de que los referentes de los que Train to Busan bebe abundantemente acaban, a la postre, siendo preferibles a esta variante surcoreana: como apuntaba el amigo Antonio José Navarro en su crítica de esta película para Dirigido por…, El puente de Casandra (The Cassandra Crossing, 1976, George Pan Cosmatos), la cual, cierto, no es una producción estadounidense, sino cien por cien europea, aunque espiritualmente muy “americana”; o incluso Guerra Mundial Z (World War Z, 2013, Marc Forster) (1), un film por lo general injustamente menospreciado porque-no-tiene-gore (abonando, de paso, la reduccionista teoría de que el buen cine fantástico tiene que ser, necesariamente, sangriento).


Train to Busan es una película bien planteada y bien construida, pero que a medida que avanza se empobrece por momentos. Funcionan muy bien las primeras manifestaciones de la epidemia zombi, la cual, por cierto, no afecta tan solo a las personas, sino también a los animales, tal y como vemos al principio: el conductor de un camión, despistado, atropella a un ciervo, matándolo en el acto, y se da a la fuga; pero, al cabo de un momento, el animal muerto se incorpora, con los ojos en blanco, “zombificado” (por más que a esta idea, tampoco nueva –si bien relegada a producciones del calibre de Ovejas asesinas (Black Sheep, 2006, Jonathan King) o Castores zombies (Zombeavers, 2014, Jordan Rubin)–, no se le saca mayor partido). El film vale, realmente, lo que encuadres sueltos y momentos fugaces tan brillantes como el plano de la pared de cristal de la estación de tren que revienta bajo la presión de un alud de zombis que se apretujan contra aquélla; la imagen, sacada de un supuesto reportaje de televisión, en la cual los zombis “llueven” sobre una calle de una gran ciudad surcoreana, para a continuación levantarse y lanzarse sobre los vivos a fin de devorarlos; las escenas de “suspense” alrededor del cruce de los vagones del tren en marcha invadidos por los zombis, aprovechando que la oscuridad de los túneles que atraviesa el vehículo los paraliza momentáneamente; o la escena, cerca del final, en la que los escasos supervivientes del tren en dirección a Busán suben a bordo de otro ferrocarril, arrastrando detrás suyo una grotesca “cola” de zombis incapaces de abandonar la cacería… Son momentos que compensan, como digo, un exceso de metraje rellenado con personajes carentes del más mínimo interés: ver en la relación del héroe del relato, Seok Woo (Gong Yoo), con su hija Soo-an (Soo-an Kim), una parábola de las relaciones familiares conflictivas, o en el retrato grotesco que se hace del burócrata encarnado por Eui-sung Kim una sátira social, es mucho más de lo que el film pretende ofrecer. Pero eso ya es habitual a la hora de ponderar el cine surcoreano.    



Godzilla renace: Shin Godzilla (Shin Gojira, 2016), de Hideaki Anno y Shinji Higuchi. Los personajes son, asimismo, lo peor de esta, a pesar de ello, muy curiosa revisión (o reboot) de la célebre franquicia en torno al gigantesco dinosaurio radiactivo patentado por Toho Company de la mano del realizador Inoshiro “Ishiro” Honda en Japón bajo el terror del monstruo (Gojira, 1954). Como en el caso de Train to Busan, lo menos interesante de Shin Godzilla me parece, precisamente, aquello que parece haber sido más valorado de la misma, esto es, su “contenido social”: su crítica a las instituciones públicas niponas, presentadas en el mejor de los casos como gestionadas por unos ineptos que, o bien tan solo cuidan de sus propios intereses personales, o bien se revelan absolutamente incapaces de hacer nada eficaz a fin de paliar las consecuencias de una catástrofe de proporciones apocalípticas: el enésimo ataque de un Godzilla convertido, más que nunca, en una máquina implacable de destrucción. Godzilla recupera, así, el rol de “villano” que ostentaba en los primeros años de sus andaduras cinematográficas, antes de la infantilización a la que fue sometido en títulos como Los monstruos del mar (Gojira, Ebirâ, Mosura: Nankai no daiketto, 1966, Jun Fukuda) o Gorgo y Superman se citan en Tokio (Gojira tai Megaro, 1973, Fukuda), y que ya había sido recuperado, por ejemplo, en algunas películas japonesas de principios de los años 2000 realizadas por Masaaki Tezuka, y hasta en el primer Godzilla (ídem, 1998) norteamericano, firmado por el alemán Roland Emmerich.


Como digo, lo más atractivo de Shin Godzilla no es, a mi entender, esa crítica social que empieza y termina en sí misma considerada apenas enunciada. Lo mejor reside en el esfuerzo, loable, de Hideaki Anno y Shinji Higuchi con tal de “romper” la estética habitual de los films nipones en torno a Godzilla, modernizando su look característico (dentro de un orden: recuérdese que el cine fantástico japonés es, por definición, poco amigo de las innovaciones radicales, y sí, en cambio, muy amante de las meras variantes formales). No me refiero solamente a una sofisticación en los efectos visuales superior a lo usual dentro de las películas de la saga, que también, sino al hecho de que, en esta ocasión, el contexto es más “realista”; o, mejor dicho, la atmósfera busca recrear –dentro del tono eminentemente fantástico del relato– una especie de “efecto realidad”, o quizá mejor aún, de “efecto realidad fantástica”, realzado por el recurso a la cámara en mano y a las imágenes supuestamente sacadas de emisiones de televisión en directo, que hacen pensar –vagamente– en Monstruoso (Cloverfield, 2008, Matt Reeves).


Es una pena que, teniendo como tiene un ojo puesto en la crítica de las instituciones públicas japonesas y su ineficacia a la hora de abordar la “crisis Godzilla”, el film tenga –sobre todo, en su primera mitad de metraje– un desarrollo un tanto pesado, por culpa de un exceso de secuencias en paralelo de: 1) Godzilla destrozando edificios, y 2) los burócratas, los científicos y el ejército discutiendo en sus despachos sobre cómo afrontar la crisis, que acaban por aburrir. La segunda mitad mejora, precisamente, cuando se centra en los intentos más serios de plantar cara a la amenaza de Godzilla, logrando aquí una serie de secuencias de catástrofe muy atractivas, y a ratos, contundentes. Señalo, por ejemplo, ese insólito momento en el que, como consecuencia de la descarga de unos misiles, Godzilla se pone a sangrar abundantemente por la espalda, arrojando una lluvia escarlata sobre las calles de Tokio. Sobre todo, la lograda pulla –esta sí– en torno a la necesidad de solicitar la ayuda de los norteamericanos para hacer frente a la amenaza de Godzilla, ¡a fin de que arrojen una bomba atómica sobre el monstruo en pleno centro de Tokio!: una socarrona actualización de los viejos orígenes del personaje como metáfora de las hecatombes nucleares de Hiroshima y Nagasaki, pasada por el filtro de la ironía.

(1) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2013/08/el-viejo-nuevo-orden-guerra-mundial-z.html

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