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miércoles, 1 de enero de 2014

Los límites del relato: “NYMPHOMANIAC. Vol. 1”, de LARS VON TRIER



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Las características que han rodeado el estreno en salas comerciales de Nymphomaniac (ídem, 2013) son especiales, y por tanto condicionan irremediablemente cualquier análisis que se haga del nuevo film de Lars von Trier. Con un metraje original completo de alrededor de 330 minutos, cinco horas y media, la película llega de momento al espectador dividida en dos partes de alrededor de dos horas cada una, y parece ser que la versión íntegra con todas sus escenas de carácter pornográfico al completo, ya famosas antes de que nadie las haya visto salvo Von Trier, sus montadores y sus productores, se proyectará en el Festival de Berlín. Mientras tanto, aterriza en nuestras salas la primera parte de las dos que componen el, digamos, “montaje comercial” de Nymphomaniac, adecuadamente subtitulada Volumen 1 al igual que un célebre artefacto de Quentin Tarantino de infausto recuerdo, a la espera de que se estrene el Volumen 2 el próximo 24 de enero. Huelga decir que, por tanto, las siguientes líneas no son sino una aproximación forzosamente parcial a una obra que, por ahora, nos llega mutilada e incompleta por decisión de sus productores, los cuales, tal y como advierte un rótulo inicial, han elaborado con el consentimiento expreso de Von Trier este montaje en dos partes pero en el cual su realizador, se dice, no ha intervenido expresamente. Algo parecido ocurrió en su momento con otro film del mismo cineasta, Dogville (ídem, 2003), del cual a partir de su metraje original de 178 minutos se llevó a cabo una edición “comercial” reducida en 45 minutos y asimismo autorizada y aprobada por Von Trier. A lo que se ve, y parafraseando a un director norteamericano por el cual siento poca estima pero al que por una vez y sin que sirva de precedente hay que darle la razón, Robert Altman, existe una especie de ley no escrita en virtud de la cual las duraciones de las películas están condicionadas por algo así como el tiempo máximo que puede aguantar un espectador un visionado antes de que le venza la necesidad de tener que ir al lavabo…


Nymphomaniac forma parte de lo que el propio Von Trier ha definido como su “trilogía de la depresión”, junto con Anticristo (Antichrist, 2009) (1) y Melancolía (Melancholia, 2011) (2). Al menos en lo que a este Volumen 1 se refiere, Nymphomaniac vuelve a ser, como sus compañeras de trilogía, una nueva y todavía más audaz exploración de los límites convencionales del relato cinematográfico. Como en Anticristo, el Volumen 1 de Nymphomaniac incluye entre sus agradecimientos finales uno dedicado a Andrei Tarkovsky; lo cierto es que las primeras escenas del nuevo Von Trier no pueden menos que recordar al Tarkovsky más atmosférico y pantanoso de Stalker (ídem, 1979): la pantalla se abre en negro, mientras oímos en off el sonido de la lluvia y un goteo durante alrededor de dos minutos; de ahí pasamos a las imágenes de un callejón; una serie de planos de detalle se detienen a mostrarnos las gotas de rocío mojando paredes y ventanas o deslizándose por cañerías y salientes; en un momento dado, la cámara “descubre” el cuerpo de una mujer (Joe: Charlotte Gainsbourg), tumbada en el suelo, aparentemente sin sentido y con la nariz sangrando. A poco que se observe este arranque con un mínimo de detenimiento, queda claro el carácter no-narrativo, ergo no-convencional, del mismo; sobre todo, en lo que se refiere al “descubrimiento” de Joe en el suelo del callejón: la cámara recorre en lentos travellings laterales el escenario, “pasa” cerca de Joe y continúa su misterioso itinerario; es decir, el propósito del movimiento de la cámara no es centrar la acción y la mirada del espectador en Joe sino, más bien, sugerir que el personaje forma parte de un entramado narrativo no-lineal, algo que las siguientes secuencias se encargarán de confirmar. Más aún: ¿acaso no puede interpretarse ese arranque “en negro” de una película, se dice, “escandalosa” y repleta de sexo explícito, como una especie de guiño frustrante para el espectador que viene a ver el film atraído por esa aureola morbosa y que, por el contrario, se encuentra de bruces con una película en la cual, para empezar y literalmente, no se ve nada, y que además le obliga a mirar en otras direcciones acaso más incómodas que unos genitales masculinos y femeninos entrando en contacto físico?


Joe es, asimismo, descubierta (en este caso, literalmente) por Seligman (Stellan Skarsgard), quien la ve en el suelo y se acerca a socorrerla. La mujer se niega a que Seligman llame a una ambulancia o a la policía, pero acepta su ofrecimiento de llevarla a su casa y darle una taza de té mientras se recupera. En pijama, metida en la cama y saboreando ese té caliente, Joe empieza a relatarle a Seligman la historia de su vida, o mejor dicho, la historia de su vida como ninfómana. Pero, desde el primer momento, Von Trier traza un singular paralelismo entre, por un lado, las explicaciones de Joe y su detallismo a la hora de especificar cómo se las ha ingeniado siempre para seducir a los hombres que necesita para intentar satisfacer su insaciable apetito sexual, y por otro, las que, punteando el relato de Joe, proporciona a su vez Seligman a propósito de su afición a la pesca con mosca. De este modo, y más allá del evidente paralelismo y comparación entre los métodos de Seligman para pescar con mosca y los de Joe para “pescar” hombres, a partir de este instante Nymphomaniac (al menos, insisto, en lo que a este Volumen 1 se refiere) se convierte en un apasionante experimento audiovisual en el cual, por medio de una brillantísima conjunción de imagen, diálogo y música, Lars von Trier reinventa y al mismo tiempo pone en evidencia los límites no ya de “su” relato (el que ha escrito y dirigido), sino incluso los del concepto mismo de “relato” en general. Véase, por ejemplo, ese momento magistral en el cual Seligman interrumpe la narración de Joe en el mismo momento en que Von Trier visualiza, mediante uno de los enésimos flashbacks que giran alrededor del relato de la protagonista femenina, el momento en que la joven Joe (Stacy Martin) se reencontró en un parque con su antiguo amante Jerôme (Shia LaBeouf): las circunstancias en las cuales se produce ese reencuentro son, literalmente, increíbles desde un punto de vista lógico —Joe explica que, paseando casualmente por ese parque, se encontró, asimismo casualmente, con fotos rotas de Jerôme y su antigua secretaria y ahora exesposa Liz (Felicity Gilbert), y al cabo de un momento se tropezó, ¡también casualmente!, con el propio Jerôme—; en consecuencia, Seligman interrumpe lo que Joe le está contando porque tanto él como el espectador son incapaces de seguir creyéndose la suspensión de la incredulidad propuesta por Joe en su relato. Llegados a este punto, podemos considerar que todos los flashbacks que no están “ilustrando” las explicaciones de Joe sobre su ninfomanía no son sino una fantasía. De hecho, hay un momento en el cual Joe le explica a Seligman cómo fue el inicio de su etapa con estudiante; entonces, Von Trier inserta unas escenas imaginarias, una por plano, en las cuales vemos a la joven Joe vestida de colegiala y masturbándose con distintos objetos ante una pizarra de la escuela; de pronto, descubrimos que esas imágenes no son ilustraciones de lo que Joe está contando, sino fantasías de Seligman al albur del relato de la mujer, tal y como esta última le recrimina en un momento dado, pidiéndole que no se distraiga…


A falta de ver, vuelvo a insistir, lo que nos deparará el Volumen 2, Nymphomaniac. Volumen 1 me parece el mejor y más bello ejercicio narrativo de su autor, hasta el punto de que prácticamente desde los primeros minutos y hasta el final del metraje de esta, repito, primera entrega o si se prefiere primera toma de contacto, la película hace gala de una inventiva que supera con creces la del que, hasta la fecha, me parecía el mejor trabajo de su firmante, Anticristo. Asimismo, viene a demostrar que lo más meritorio del cine de Von Trier no reside en sus planteamientos puramente temáticos sino en los formales. No puede sino entenderse de otro modo que un film que, vuelvo a insistir, viene precedido de fama de “escandaloso”, acabe demostrando de manera práctica, y sobre todo muy cinematográfica, que lo que pretende su principal responsable no es tanto sacudir los cimientos morales y éticos del espectador como, principalmente, los cimientos de lo que en cine conocemos como “narrativa convencional”.


Desde este punto de vista, resulta difícil para que el suscribe tener que elegir solo uno entre los múltiples aciertos de esta película extraordinaria, dado que hay mucho donde escoger. Aparte de la ya mencionada relación temática y visual entre los métodos de pesca con mosca de Seligman y las artes de seducción de la promiscua Joe, cabe apuntar momentos como la inserción, a lo Peter Greenaway, de números sobreimpresionados en la pantalla, que recuentan el número de veces que la adolescente Joe fue desvirgada por Jerôme vaginal y analmente, en lo que puede verse un nuevo mecanismo de advertencia para el espectador atento destinado a hacerle notar que lo que está viendo es, a fin de cuentas, un “relato” ante el cual debe adoptar una especie de prudente “distancia”; o ese fragmento genial, construido alrededor de tres acciones simultáneas de la joven Joe con otros tantos amantes, que Von Trier visualiza por medio de la partición en tres de la pantalla y contraponiéndolo a la explicación de Seligman en torno a los otros tantos acordes musicales que componen una polifonía de Bach. Si Nymphomaniac. Volumen 1 no es, a nivel narrativo, una obra maestra del cine, se le parece mucho…


Dejando aparte todo este virtuosismo formal y narrativo, otro aspecto que llama poderosamente la atención, y que por sí solo debería desmontar toda la monserga “escandalosa” que viene rodeando a esta hermosa película desde el momento mismo del anuncio de su producción (por más que el propio Von Trier haya sido el primero en promocionarla de este modo), es de qué modo el sexo es utilizado como mecanismo narrativo y elemento de introspección psicológica de los personajes. Más allá del hecho obvio de que Nymphomaniac es el relato en primera persona de una mujer que vive por y para el sexo (y eso tan solo puede escandalizar a personas que hayan nacido ayer), el film hace gala de un sensible conocimiento de la naturaleza humana por medio, repito, de un relato discontinuo e inconformista en el cual la evolución de la protagonista femenina viene marcada por una constante interrelación entre su insaciable deseo sexual y sus emociones personales. Del mismo modo que, tal y como se apunta en el ya mencionado arranque de la película con su puesta en relación entre el agua de lluvia y una Joe inconsciente, golpeada y arrojada a un callejón como si fuera un trapo, que dibuja así una singular asociación entre dos elementos naturales, el rocío y el cuerpo de la protagonista, la evolución de Joe a lo largo del relato va estableciendo una serie de contrapuntos entre  su inacabable apetito de sexo y su proceso de madurez, no solo sexual, por descontado, sino también emocional y afectivo.


De esta manera, vemos cómo Joe le explica a Seligman que su primera práctica sexual, precedente de su actividad ninfomaníaca de adulta, consistía en un juego infantil con su amiga, consistente en hacer “la rana” sobre el suelo mojado del cuarto de baño: de nuevo, el agua como elemento asociado a la “humedad” natural de la protagonista. Más adelante, la adolescente Joe y su amiga de la infancia —ahora una muchacha no menos promiscua que ella, B (Sophie Kennedy Clark)—, llevan a cabo una apuesta de índole sexual…, consistente en jugarse una bolsa de caramelos rellenos de chocolate que ganará la que logre tirarse más tíos en el curso de un trayecto en tren; la secuencia, construida de una manera que me parece modélica, culmina en la felación que Joe le practica a un pasajero que viaja en primera clase (Clayton Nemrow) y que se resistía a las directas insinuaciones eróticas de la protagonista alegando su condición de hombre casado: es —al menos, no me cansaré de repetirlo, en la versión que hemos visto hasta ahora— el primer momento sexualmente más explícito de todo el film, en cuanto es aquel que muestra con claridad (tal y como la propia Joe reconoce) el poder de seducción de la protagonista, marcando por tanto el instante en que ella pasa a tomar conciencia y posesión de lo que será su futura existencia como ninfómana. Resulta coherente, en este sentido, esa secuencia en la que Joe narra, y Von Trier lo resume “visualmente”, otra etapa de su existencia en la que logró conciliar su vida cotidiana y horarios laborales con una furiosa cadena de hasta diez amantes diarios, y que se expresa, como digo, por medio de una serie de primeros planos de genitales masculinos, hombres sin rostro que para la protagonista no son más que pollas destinadas a satisfacerla.


¿Satisfacción? Lo cierto es que, a pesar de la naturaleza sexual de las memorias de Joe y de su incontable riada de amantes penetrándola, según afirma ella misma, a diario (con todo lo que de relativa tiene, como hemos visto, la sinceridad y verosimilitud de este relato eminentemente subjetivo), la visión que del sexo ofrece Nymphomaniac. Volumen 1 no es en absoluto complaciente. Por el contrario, en más de una ocasión el sexo está asociado al sufrimiento: de la primera vez que fue penetrada por Jerôme, Joe recuerda sobre todo el dolor en su cuerpo; cuando la protagonista rememora la agonía en el hospital de su padre (Christian Slater) —el único, de todos los bloques o “capítulos” en los cuales se divide el relato, rodado en blanco  y negro—, Joe busca un fugaz consuelo en un par de hombres que se tira en ese mismo centro hospitalario, a modo de paliativo de la angustia que le provoca ver a su amado progenitor devorado por la enfermedad, abandonado por su madre (Connie Nielsen) en sus últimos días de vida, y convertido en alguien que necesita asistencia para que le limpien las necesidades fisiológicas que se hace encima (¿hace falta recordar que la protagonista femenina de Anticristo se lanzaba vorazmente sobre el sexo de su esposo para intentar aliviar así su dolor por la pérdida de su hijo?); a mayor ahondamiento, el hecho de que este episodio sea como digo el único de todo el film, o de esta parte que conocemos del mismo, que está rodado en blanco y negro sugiere el estado anímico de una Joe afectada ahora por una dramática situación familiar y personal cuya simplicidad contrasta con su “colorido” mundo de amantes en cadena; este episodio se cierra con una imagen bellísima: el plano de las piernas de Joe, a través de las cuales vemos el cadáver de su padre en su cama del hospital, y cómo una gota de flujo vaginal baja por una extremidad, como si fuera una lágrima… Pero sin duda el momento más intenso reside, en este sentido, en la espléndida secuencia en la que Joe y su amante H (Hugo Speer) reciben la incómoda e inesperada visita de la esposa de este último (Uma Thurman), la cual, acompañada por sus tres hijos pequeños, quiere enseñarles de primera mano a la mujer por la cual su padres les ha abandonado, y el lugar “donde ocurrió todo”: la cama de Joe. No por casualidad, la protagonista de Nymphomaniac. Volumen 1 es consciente de que su perpetua insatisfacción sexual ha acabado arrastrándola al lugar donde Seligman la ha encontrado: a un callejón sin salida; “me lo tengo merecido”, comenta cuando Seligman le pregunta quién le ha pegado en la cara; “soy una mala persona”, dice en más de una ocasión. Los títulos de crédito finales del Volumen 1 incluyen escenas de un Volumen 2 lleno, a simple vista, de un dolor físico y emocional más acentuado, si cabe, por la vía del masoquismo y la vejación. Esperemos que su nivel de creatividad esté a la misma altura.         

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