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jueves, 8 de abril de 2010

DOS FILMS DE OLIVIER ASSAYAS: “CLEAN” Y “BOARDING GATE”

Hace poco he tenido la ocasión de recuperar un par de largometrajes de Olivier Assayas, Clean (2004) y Boarding Gate (2007), los cuales, si no me equivoco, permanecen inéditos en cines españoles, aunque el primero se encuentra editado en España en DVD por Manga Films (si bien en mi caso se me presentó la oportunidad de verlo gracias a un pase televisivo por el autonómico Canal 33 de Cataluña); el segundo, cuyo estreno llegó a anunciarse entre nosotros pero finalmente no se produjo, he acabado viéndolo en una copia en DVD de importación. Ambas películas comparten varias características en común. Se trata, en primer lugar, de sendos relatos protagonizados por personajes de mujeres que viven al límite de lo “socialmente correcto”; en el caso de Clean “ella” es Emily Wang (la excelente Maggie Cheung), una cantante de rock adicta a las drogas, mientras que en el de Boarding Gate “ella” responde al nombre de Sandra (Asia Argento), una ex prostituta que cambió este degradante oficio por otro tanto o más peligroso: el tráfico de, de nuevo, estupefacientes. Las dos son, cada una a su manera, historias de redención: Clean describe, a grandes rasgos, el proceso de desintoxicación de Emily, mientras que Boarding Gate hace lo mismo respecto a los esfuerzos de Sandra por abandonar la, digamos, “mala vida” (a veces mal llamada “vida fácil”: siempre me he preguntado qué tiene de fácil una existencia basada en el riesgo constante de morir o de ser detenido por la policía y desarrollada en un contexto de violencia sin piedad, como si se estuviese en guerra con el mundo entero: para según quién puede ser estimulante, adictiva e incluso, si sale “bien” –es decir, si se viola la legalidad impunemente—, lucrativa; pero… ¿fácil?). Tanto Clean como Boarding Gate suponen incursiones particulares dentro de los márgenes del cine de género, el melodrama familiar en el primer caso y el policíaco en el segundo, si bien precisemos rápidamente que en ambos casos esos márgenes no aparecen definidos de forma demasiado convencional, aunque sin pretender eludir por completo sus convenciones. Los dos también comparten la idea de que las evoluciones de sus respectivas protagonistas femeninas arrancan a partir de un punto de ruptura con lo que hasta ese momento habían sido sus vidas, y que es lo que les hace decidirse –de buen grado o a la fuerza— a cambiar: en Clean, es la muerte accidental por sobredosis de su pareja, el cantante de rock y líder de la banda donde la protagonista actúa, Lee Hauser (James Johnston), óbito del cual Emily es injustamente acusada (a punto está de cumplir una larga condena de prisión por ello) y de lo cual logra salir bastante bien librada, a cambio de “limpiarse” (de ahí el título original en inglés de la película) y de reencontrarse con su pequeño hijo Jay (James Dennis), fruto de su relación con Lee, al cual hace años que no ve y que actualmente vive con sus abuelos paternos, Albrecht y Rosemary Hauser (Nick Nolte y Martha Henry); mientras que, en Boarding Gate, el detonante para Sandra lo constituye el asesinar a un antiguo ex cliente y ex amante, el adinerado Miles Remberg (Michael Madsen), lo cual la obliga a emprender una fuga desesperada fuera del país con tal de no ser detenida, yendo a parar a Hong Kong. Ambas películas suponen para Assayas sendas incursiones en cinematografías y escenarios para él “exóticos”: Clean es una coproducción de Francia con Canadá y el Reino Unido cuya acción transcurre en los Estados Unidos, mientras que Boarding Gate, siendo asimismo una coproducción francesa con Luxemburgo, transcurre primero en Londres y luego, como hemos dicho, en Hong Kong. Ahora bien, viéndolo desde otro punto de vista, podemos entender que, más que miradas de un cineasta extranjero hacia países y paisajes para él “exóticos”, quizá se trata en ambos casos de sugerir todo lo contrario, es decir, que las distancias actualmente ya no existen y que, por tanto, el “exotismo” es cosa del pasado (sobre todo en Boarding Gate, no por casualidad titulada así en inglés, “puerta de embarque”, en la cual queda muy claro que el peligro sigue acechando a la protagonista aún habiendo huido al otro extremo del mundo). Lo digo porque ni Clean ni Boarding Gate se recrean excesivamente en ese “exotismo” a ojos de un cineasta foráneo; más bien, por el contrario, muestran esos países “exóticos” sin exotismo alguno, de una manera directa y cotidiana.

Suele decirse que una película, cualquier película (de ficción, se entiende), es a la vez un documental sobre sus intérpretes. Clean y Boarding Gate lo son en buena medida de sus actrices protagonistas. Es bien sabido que Assayas estuvo casado con Maggie Cheung, la cual fue la protagonista de su Irma Vep (1996); hay, asimismo, un guiño privado en el hecho de que, en Clean, Cheung interprete a una cantante, cuando en la vida real la actriz ha desarrollado una carrera paralela como intérprete musical. Maggie Cheung/Emily Wang centra la atención de la cámara en la mayor parte del relato, hasta el punto de que aparece en la mayoría de las escenas y su presencia determina buena parte de la planificación; por no faltar no falta, incluso, el consabido encuadre móvil, con la cámara pegada a la espalda de la actriz/el personaje mientras camina y se introduce en los camerinos del local donde, en las primeras escenas, ella, Lee y su grupo están a punto de empezar una actuación. No se trata tanto de sugerir la admiración que Assayas siente o pueda sentir por Maggie Cheung tanto si se la mira como ex mujer suya o como actriz de magnética presencia, que la tiene, como quizás de la sugerencia de que Emily es una egoísta para la cual todo el mundo gira a su alrededor, de la misma manera que la propia planificación del film parece girar alrededor suyo. De hecho, la película muestra el proceso de redención de Emily como una especie de proceso de auto-reconocimiento de sus errores y el nacimiento de su deseo de enmendarlos; un proceso que arranca, como digo, con la muerte accidental de su pareja, de la cual ella misma es acusada de complicidad por haberle suministrado las drogas con las que Lee se administró su última dosis letal, y del cual, también apuntaba, logra salir bastante bien librada, con una condena mínima de unos meses de cárcel que incluye someterse a un tratamiento de desintoxicación de estupefacientes. En cierto sentido, Clean empieza donde terminaba el célebre Pickpocket (1959) de Robert Bresson: si en ésta el protagonista, el carterista Michel (Martin LaSalle), terminaba en prisión el proceso de descubrimiento de Jeanne (Marika Green), el amor de su vida (ya saben: el famoso “qué largo ha sido el camino que me ha conducido hasta ti”), Assayas arranca su relato en el momento culminante del mismo, con la decisión de su protagonista de recuperar la parte de su existencia que había arrinconado, restablecer su salud y regresar junto a su hijo.

Resulta significativo, en este sentido, que la gran escena de reconciliación entre madre e hijo, que Assayas resuelve con enorme sobriedad, tenga lugar en el escenario de un parque zoológico, el lugar al cual Emily ha llevado a Jay a pasear: la sencilla pero directa explicación que la mujer le da a su hijo sobre las razones que la llevaron a dejarle al cuidado de sus abuelos paternos se contrapone, no por casualidad, sobre el fondo del escenario de un recinto poblado por animales cautivos, a modo de metáfora de las pasiones salvajes que hasta hacía poco habían controlado la existencia de la protagonista y que ahora, dadas las circunstancias, se encuentran debidamente “reprimidas”, civilizadas, hasta cierto punto domesticadas. A pesar de ello, Assayas no ve en ello un fracaso de lo pasional o una victoria de lo racional, dada la frialdad –acaso excesiva— con que lo describe todo, en lo que puede verse una especie de ejercicio de “deconstrucción” de las convenciones del melodrama familiar hasta cierto punto similar a lo que su Les destinées sentimentales (2000) suponía con respecto a las convenciones del así llamado “drama de época”. Clean es un film interesante pero excesivamente frío, y probablemente lo es a propósito, pero su parsimonia choca de frente con la intensidad de lo que cuenta, haciendo de ella una película abstracta que puede interesar en sí misma considerada, pero difícilmente puede llegar a emocionar. Esa carencia o rebaja de intensidad melodramática puede verse en este caso concreto más como una cualidad intrínseca de la película que como un defecto, pero no está a la altura de la deliberada frialdad, “mecanicidad”, con que estaban mostrados los sentimientos humanos en otra más interesante obra de Assayas, Demonlover (ídem, 2002), acaso favorecida, no lo niego, por el contexto a medio camino entre el thriller y la ciencia ficción en el cual se desarrollaba la trama de esta última.

Boarding Gate también es en segunda instancia, como hemos apuntado líneas atrás, una especie de documental sobre Asia Argento, con la diferencia de que aquí, y en función, claro está, de las características de la actriz italiana respecto a Maggie Cheung, el “documental” es de otra índole. Maggie Cheung, en Clean, es una figura elegante y con un punto distante, en concordancia con la imagen que transmite la actriz china. La hija de Dario Argento, en Boarding Gate, es objeto de un indirecto homenaje a su imagen más característica, la de una mujer joven y occidental modelo siglo XXI, independiente y sin ataduras, orgullosa de su poder de seducción gracias a un cuerpo ligeramente andrógino y poblado de desafiantes tatuajes, casi un anticipo de la agresiva Lisbeth Salander que, pocos años después de este film de Olivier Assayas, pondrían de moda, sobre el papel, el escritor Stieg Larsson, y en cine, la actriz Noomi Rapace. Lo que en Maggie Cheung es fascinación, en Asia Argento es turbulencia y sexualidad: la primera transmite elegancia tanto con su juvenil atuendo de cantante de rock como con el uniforme de presidiario, mientras que la segunda exhibe su ropa interior y sus zapatos de tacón puntiagudo como si fueran el uniforme de un soldado dispuesto a entrar en combate en cualquier momento. Si, en Clean, Emily Wang ha conseguido salir de ese metafórico estado de “animalidad” sugerido en la secuencia del zoo, la Sandra de Boarding Gate parece, por el contrario, una especie de animal en libertad al que algunos quieren “enjaular”, dominar a su capricho –su ya mencionado ex amante Miles Remberg; su actual amante Lester (Carl Ng)—, e incluso intentan asesinarla, en ambos casos sin conseguirlo. Las dos, cada una a su manera y en circunstancias muy diferentes, toman sus propias decisiones: si Emily ha decidido cambiar de vida, desintoxicarse y volver a ser la madre de su hijo, Sandra también lo hace, aunque movida más bien por un puro y visceral instinto de supervivencia.

Boarding Gate es un relato cuya estructura, también lo hemos apuntado, se inscribe dentro de los parámetros narrativos del género policíaco, si bien el tema del tráfico de drogas y el protagonismo de un personaje femenino hacen pensar en Quartier des Enfants Rouges, el episodio que hizo Assayas para la muy irregular película colectiva París, je t’aime (Paris, je t’aime, 2006). La diferencia entre este pequeño trabajo citado en último lugar y Boarding Gate consiste en que éste es un film, al contrario que el anterior, muy estético y estilizado, a ratos en el borde mismo del esteticismo, pero sin terminar de incurrir en él. Como ya ocurría en Les destinées sentimentales, Demonlover y Clean, Assayas contempla el cine de género, el policíaco en este caso, con una mezcla de fascinación y de distancia intelectual que, por eso mismo, a ratos hace de Boarding Gate una película muy atractiva y a la vez un tanto fría y desapasionada. En cierto sentido, la incursión de Assayas en este género parece correr paralela a la intención de compartir con el espectador la idea de que se trata precisamente de eso, de una inmersión en un tipo de relato, de género, de cine, que en principio le resultan ajenos, de la misma manera que las peripecias de Sandra tienen que resultarles ajenas, se supone, al espectador que no tenga nada que ver con una ex prostituta y traficante de estupefacientes que se ve obligada a huir al extranjero tras cometer un asesinato. Quizás por eso, al principio del relato, el plano con el cual arranca Boarding Gate consiste en una imagen de los personajes colocados en segundo término del encuadre y con el foco puesto en el primer término, de tal manera que esos personajes aparecen desenfocados, “borrosos”, sin rostro ni identidad, los cuales se revelan tan sólo cuando avanzan hacia el foco y “aparecen” ante el espectador como si surgieran de un mundo fantástico o de una dimensión paralela a la nuestra y no perceptible a simple vista (y, de hecho, puede que sea ésa la intención de este plano de apertura: mostrarnos a personajes que se mueven en un mundo paralelo a nuestra realidad cotidiana: el del crimen organizado). El film concluye precisamente –atención: SPOILER— con un plano que es el inverso del de apertura: Sandra, en el vestíbulo del hotel, preparada para matar a Lester por la espalda, tras haber descubierto que ha sido él quien, fingiendo ayudarla a huir de la policía inglesa, ha ordenado su ejecución tan pronto como llegara a Hong Kong; sin embargo, la joven se detiene, no consuma su venganza, y retrocede lentamente dentro del encuadre, de primer a segundo término del mismo, desenfocándose, “borrándose”, desapareciendo de la “realidad” de la película y del relato; movimiento inverso al del principio que puede interpretarse, asimismo, como una huida de Sandra del mundo de crimen, mentiras y violencia representado por Lester: su auténtico movimiento hacia la libertad.

La distancia intelectual con la cual Assayas aborda este film se hace palpable en el tratamiento de los momentos de violencia, en los cuales no parece existir, curiosamente, ningún odio entre los personajes en liza, como si el hecho de matarse entre ellos (o, como mínimo, intentar hacerlo) fuera simplemente un gaje del oficio. Al principio del relato, Sandra visita a Miles Remberg en el despacho de este último y le recuerda aquellas ocasiones del pasado en las cuales ella organizaba fiestas para él y sus invitados en las cuales la droga y el sexo corrían a raudales; pero Miles está atravesando apuros económicos, y ahora el recuerdo de lo que llegó a disfrutar cuando todavía le sobraba el dinero hace más patente, y patética, su situación actual. Posteriormente, Sandra visita a Miles en su apartamento y, tras una larga conversación mezcla de deseo y de rechazo, de tentación y frustración, en la cual también queda patente que Sandra está sexualmente ligada a Miles y sus caprichos, la mujer acabará asesinándole, única forma de acabar definitivamente con esa dependencia. Sin embargo, ni Miles detesta a Sandra por recordarle su pasada grandeza, ni Sandra odia realmente a Miles, sino el hecho de que pueda someterla y vejarla a su antojo: hay una mirada casi imparcial y, de nuevo, fría sobre su relación, pues para ambos todo se reduce, a fin de cuentas, a negocios: para Miles, follarse a Sandra es lo normal, porque para él Sandra-es-una-puta, mientras que, para Sandra, dejarse follar por Miles también es lo normal, porque para ella Miles-es-un-cliente: los balazos que ella descarga sobre el cuerpo de él no son sino una forma contundente de finiquitar un contrato laboral. Otro tanto puede afirmarse de las secuencias de acción –bastante logradas— que se producen a partir de la llegada de Sandra a Hong Kong, y más concretamente a un almacén donde en teoría tiene que reunirse con Lester: allí la está esperando un pistolero para acabar con ella (y este matón, claro está, tampoco tiene absolutamente nada personal en contra de Sandra: lo suyo es tan sólo un “trabajo”). En este punto del relato, sale a relucir el personaje de Sue (Kelly Lin), la esposa de Lester y auténtico cerebro del negocio de estupefacientes que aparentemente dirige su esposo. Sue sabe desde hace tiempo que Lester y Sandra son amantes, pero por más que eso no le gusta calla interesadamente, porque el que su marido vaya por ahí tirándose a otras mujeres forma parte, asimismo, de los gajes del oficio. De ahí que, si bien en un primer momento parece que Sue quiere vengarse de Sandra (episodio en el cual esta última es narcotizada y queda a merced de la supuestamente celosa esposa de Lester), en realidad lo que Sue pretende es tan sólo alejarla de Lester, a quien considera el auténtico responsable de la humillación que está sufriendo. Yendo más lejos, tanto Lester como Sue se apellidan Wang, al igual que la protagonista de Clean, lo cual establece una especie de paralelismo entre la relación que en esta última tenían Emily con su marido Lee y la que en Boarding Gate mantienen Lester y Sue; de hecho el personaje de esta última y la actriz que lo interpreta hacen gala de una elegancia parejas a la de Maggie Cheung. Clean y Boarding Gate también son, en definitiva, relatos de dependencia(s), al igual que lo eran Les destinées sentimentales, Demonlover y la que, hasta la fecha, me parece la mejor película que he visto de Olivier Assayas: Las horas del verano (L’heure d’été, 2008). [Nota bene: respecto a esta última, me remito a lo que escribí en mi anterior blog:
http://elcineseguntfv.blogspot.es/1229371440/“las-horas-del-verano”:-el-adios-al-pasado/]

10 comentarios:

  1. ¿Podrías decir unas breves palabras sobre "Les destinées sentimentales"? Es un film al que tengo mucha curiosidad y por no estar estrenado en España del que nunca he leído nada. Un saludo.

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  2. Buenos días, Int:

    Pues "Les destinées sentimentales" es lo que suele llamarse melodrama "de época", dado que su trama se desarrolla aproximadamente entre finales del siglo XIX y la Primera Guerra Mundial. Se basa en una novela de Jacques Chardonne y sus protagonistas son Emmanuelle Béart, Charles Berling e Isabelle Huppert. Yo tuve ocasión de verla, al igual que "Clean", con motivo de un pase por el Canal 33 de Cataluña. Por lo que yo sé, no se encuentra editada en DVD, aunque seguro que es un título perfectamente "descargable". Básicamente, la trama gira en torno a un ministro protestante (Berling) que se divorcia de su esposa (Huppert) para casarse con otra mujer (Béart), y describe los conflictivos vaivenes de la relación de estos últimos, sobre todo a causa de la obsesión del protagonista masculino por mantener su vida conyugal con su segunda esposa al margen del mundo y de la sociedad. Es un buen film, que a pesar de sus tres horas de duración se sigue con interés, por más que, particularmente, hace gala, creo, de esa frialdad narrativa característica de Assayas cuando hace "cine de género", frialdad que al igual que en los films que comento en esta entrada, puede resultar tan fascinante como generar cierto distanciamiento: la frontera entre lo uno y lo otro no está muy clara (y supongo que depende, también, de lo que cada persona entienda por "frialdad", "fascinación" o "distanciamiento"). Me parece recordar que hubo ciertas comparaciones con Visconti en el momento de su estreno en Francia, pero creo que ello es más bien por cuestiones de ambientación que de estilo, pues tampoco termina de parecerme una obra "viscontiniana", o al menos no tanto como se dijo (aunque volvemos a lo de siempre: dependerá de qué entienda cada cual por "viscontiniano").

    Un saludo cordial.

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  3. Gracias por tu respuesta, pero veo inevitable hacerte otra pregunta. Son varias ocasiones ya en las que dices haber visto una película porque la has "pillado" en TV. ¿Son estas unas buenas condiciones para analizar un film? Con una copia doblada (supongo, claro), con cortes publicitarios o una irregular calidad de imagen y sonido (en comparación a la ofrecida por las salas o el DVD/Blu-Ray).

    Un saludo.

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  4. Vaya, pues por el jugo que le saca Tomás a "Boarding gate" en su reseña parece que es mucho mejor de lo que me pareció a mí.

    La recuerdo como un thriller bastante tostón en el que tanto Michael Madsen como Asia Argento están todavía peor que de costumbre.

    Creo que dejaré el cine de Assayas, así en general, para cuando tenga más canas, a ver si así...

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  5. Hola de nuevo, Int:

    Estoy completamente de acuerdo en que ver una película por televisión no es la mejor de las maneras de ver una película, pero lo cierto es que estoy acostumbrado a ello, y es posible que eso sea a que, por cuestiones de edad, yo y los de mi "quinta" estamos no sólo habituados, sino incluso agradecidos de que la pequeña pantalla nos haya ofrecido la oportunidad de ver buen cine, en particular en la década de los ochenta, momento en el cual la polémica Pilar Miró fue directora de cinematografía y potenció TVE (cuando sólo había dos cadenas nacionales, es decir, ¡la prehistoria!), ofreciendo ciclos de películas de Hitchcock, Fritz Lang, cine negro, "western", Bergman, etc., etc., gracias a los cuales llené muchos agujeros de mi conocimiento de los clásicos del cine, lo cual ha influido notablemente en mi formación no ya como espectador de cine sino incluso, me atrevería a decir, como persona.

    Añado rápidamente, antes de que esto que comento empiecen a parecer una especie de memorias del abuelo Cebolleta, que a la hora de ver un film también cuenta, y mucho, la actitud personal, las ganas de ver esa película, las cuales pueden hacerte soslayar o pasar por alto las imperfecciones de la calidad técnica de la copia de lo que estás viendo, en beneficio del puro goce, del placer de ver un buen film.

    Aclaro, asimismo, que la copia que vi de "Les destinées sentimentales" por el canal 33 reunía unos mínimos de calidad de visionado, ya que se emitió en versión original subtitulada y con el formato panorámico original respetado, con lo cual la cosa tampoco estaba tan mal. ¡La de copias en pésimas condiciones que me he llegado a tragar, sobre todo en los primeros años del vídeo VHS! O en los cines de barrio de cuando todavía se hacían programas dobles (lo siento, el abuelo Cebolleta ataca de nuevo...); recuerdo, por ejemplo, haber visto por primera vez "Lawrence de Arabia" en un cine de mi barrio, con casi una hora menos de metraje con respecto a su versión restaurada (fue antes de que se repusiera esta última), con rayas y cortes a punta pala; pero, aún así, como no la había visto nunca, ¡disfruté como un enano! A eso me refiero cuando hablo de la actitud: a una determinada predisposición a ver un film, con independencia de la calidad de la copia (del mismo modo que también he visto películas malísimas en DVD y Blu-ray con, eso sí, una perfecta calidad de imagen y sonido...).

    Saludos del abuelo Cebolleta.

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  6. De nuevo, gracias por tu tiempo.

    Sólo decirte que, aunque no soy de tu generación, ya tengo 30 años y también viví esa época en que sólo había dos cadenas, no había internet y rastreaba vídeoclubs para comprar copias de 2ª mano.

    Para completar tu anécdota de "Lawrence de Arabia" decir que la 1ª vez que vi "Tiburón" (una de mis películas favoritas) fue una mañana de verano, en plenas vacaciones del colegio, en Telecinco, sin formato panorámico (como era habitual en esos tiempos)... y me encantó. Supongo que la era del HD nos ha malacostumbrado.

    Un saludo.

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  7. Tomás... escriba usted de lo que quiera en su blog, claro está, perooo... insinuaste tiempo ha de que ibas a publicar un mega-artículo sobre el cine de la década pasada ¡y egoistamente no quiero que quede en el olvido! jeje. Se espera con muchas ganas.

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  8. Hola Tomás

    Estoy de acuerdo con un apunte tuyo: el cine de Assayas es frío y distante, a veces eso es un acierto(Demonlover, Irma vep, Las horas del verano)o una rémora (Clean,Desordre, Finales de agosto-principios de septiembre). Ví Clean en el ultimo festival de cine de Donosti y me pareció un truño, mal guion y una nada creible Maggie Cheung al que no imagino como drogadicta."Irma Vep" es muy buena, el cine mostrado como vampiro destructor (igual que en el Arrebato de Zulueta, donde M.Cheung sí clava su papel y con un enigmático final que resume el alma del film. Y soy el único entre mi entorno al que le fascina "Demonlover", un filme-espejo de este tiempo que refleja de forma despiadada el choque de culturas (esas cenas de trabajo donde las miradas distancian en lugar de unir...), la feroz competencia empresarial (el actor de teatro Charles Berling clava su personaje de ejecutivo)y la frialdad-deshumanizacion de las relaciones personales (adorable en su frialdad Connie Nielsen, mi diosa del norte). Tambien vi en el festival "Las horas del verano", pero no me pareció tan buena como la crítica española considera, pero merece un segundo visionado por mí parte. Saludos.JON

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  9. Respuesta rápida para Mariano: no me he olvidado de la entrada dedicada al cine de la década 2000-2009; es más, la tengo preparada y creo que saldrá a la luz este mismo mes de abril; únicamente estoy esperando el momento oportuno para "colgarla", que no es otro que esperar a que hagan lo propio los amigos de otro portal de temática cinematográfica a fin de que salga así una cosa conjunta al respecto. Cuantos más seremos, más reiremos.

    Un abrazo.

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  10. Uff... He puesto "de que ibas..". Que daño me ha hecho a los ojos leerlo. Pido disculpas gramaticales.

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