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lunes, 14 de febrero de 2022

Devoradores de cadáveres: “EL GUERRERO N.º 13”, de JOHN McTIERNAN

 


Reconozco que no he leído todas las novelas de Michael Crichton, aunque creo que sí las suficientes –Esfera, Parque Jurásico, El mundo perdido, Congo, Sol naciente, Acoso, Estado de miedo: cito sin ningún orden– como para formarme una opinión al respecto. De entre todas ellas, las más interesantes (Parque Jurásico y, algo menos, Esfera y Congo) me parecen obras amenas, agradables de leer y literariamente sencillas; otras, libros puramente formularios (Sol naciente, El mundo perdido); y dos en concreto, Acoso y Estado de miedo, decididamente malas, por más que la última de las mencionadas atesore un curioso discurso escéptico en contra del cambio climático, en el cual Crichton no creía por considerarlo insuficientemente demostrado a nivel científico. Pero la que me sigue pareciendo la mejor de sus novelas es Devoradores de cadáveres, una obra que se aparta de la producción generalmente más conocida de su autor, esto es, el thriller (o tecno-thriller) y el relato fantástico con una fuerte base científica o tecnológica como telón de fondo, dado que Devoradores de cadáveres es un relato de aventuras ambientado en el año 922 de nuestra era.



Su protagonista es Ahmed Ibn Fahdlan, un árabe que es enviado como embajador a las tierras de los vikingos, uniéndose a una partida de guerreros nórdicos en una peligrosa peripecia. Por cierto, Ahmed Ibn Fahdlan, también conocido como Ahmad ibn Fadlan ibn al-Abbas ibn Rašid ibn Hammad, existió realmente, y su auténtico relato sobre los vikingos del Volga fue la base histórica que Crichton empleó para su libro, si bien alterándola en lo que le convenía a su antojo. La Universidad de Oslo, donde actualmente se conserva ese original, negó la credibilidad histórica de la novela al respecto. Devoradores de cadáveres hace gala del estilo semi periodístico característico de Crichton, con la salvedad de que en esta ocasión su narración en primera persona, desde el punto de vista del personaje de Ahmed, le permite al escritor norteamericano sumergir hábilmente al lector en un mundo, el de los antiguos guerreros vikingos, tan extraño y lejano para aquél como pueda serlo para el árabe protagonista, aún siendo contemporáneo de aquéllos, pero oriundo de una cultura, religión y modo de pensar completamente distintos. Poco a poco, Ahmed va aprendiendo muchas cosas de su convivencia con los vikingos, los cuales al principio le parecen brutales y despiadados, pero de los que acabará conociendo, y apreciando, no pocas y nobles virtudes. El proceso de descubrimiento del protagonista está narrado paralelamente junto con una intriga aventurera harto interesante: el grupo de guerreros vikingos con los que Ahmed viaja han sido convocados por un viejo rey nórdico para que le ayuden a combatir una tenebrosa amenaza: la de los Wendol, seres que ni siquiera parecen humanos y que les atacan con frecuencia, alimentándose de la carne de sus víctimas: son los “devoradores de cadáveres”.



La aventura, excelente, se combina en el libro con jugosas referencias, deliberadamente colocadas por Crichton, al famoso poema anónimo Beowulf, del cual Robert Zemeckis llevó a cabo una magnífica y subvalorada adaptación mediante la técnica de la captura de movimiento. En Devoradores de cadáveres, el líder de los guerreros vikingos responde al nombre de Buliwyf, fonéticamente muy parecido al de Beowulf; hay un momento en que Buliwyf, Ahmed y los demás repelen un ataque nocturno de los Wendol al poblado, muy similar al episodio de la pelea nocturna de Beowulf y sus guerreros contra el monstruoso Grendel en la sala del trono; asimismo, al igual que Grendel, los Wendol tienen una “madre”: una mujer monstruosa que ejerce sobre ellos una especie de primitivo matriarcado; y, tanto en Beowulf como en Devoradores de cadáveres, uno de sus momentos culminantes es cuando sus respectivos héroes penetran en el refugio cavernoso de sus enemigos con la intención de acabar con las “madres” de los engendros.



Los primeros realizadores interesados en llevar la novela al cine fueron, quién lo diría, Stuart Gordon (sic) y Martha Coolidge (¡sic!). En su momento se rumoreó que John Milius tenía en mente adaptar Devoradores de cadáveres, en un proyecto titulado The Northmen con Arnold Schwarzenegger en el papel de Buliwyf, una idea nada descabellada conociendo el temperamento del autor de El viento y el león (The Wind and the Lion, 1975) (1) y Conan el bárbaro (Conan the Barbarian, 1982). Finalmente, la adaptación de la novela de Crichton se hizo realidad gracias al interesante realizador John McTiernan, quien coprodujo junto al escritor la adaptación definitiva, conocida con el título de El guerrero n.º 13 (The 13th Warrior, 1999). La película resultante sería notablemente fiel al libro, salvo en algunos detalles; por ejemplo, al contrario que en la novela, los Wendol del film no son hombres de Neanderthal, sino salvajes guerreros ataviados con pieles, garras y cabezas de oso que les hacen parecer monstruos. Asimismo, se suavizó la violencia de la novela en su traslación a la pantalla: en ella se describe, tal y como hacían los vikingos en la vida real, cómo una doncella era degollada, y su cadáver colocado junto al del rey o gran guerrero que acababa de fallecer, para que ardieran juntos en el barco funerario preparado al efecto. En el film, en las escenas iniciales, asistimos a la celebración de un funeral vikingo, y vemos cómo la esposa del monarca que acaba de morir es subida al barco antes de prenderle fuego, pero se omite el detalle de la degollación. Al final, después de la muerte de Buliwyf, también se omite la parte de la novela en la que se explica que una joven es degollada para que acompañe al guerrero en su descanso eterno, y que incluso Ahmed tiene el honor de participar en la ceremonia fúnebre, siendo uno de los hombres que sujetan a la muchacha mientras es sacrificada.



Si bien en un primer momento McTiernan rodó las escenas de la “madre” de los Wendol utilizando a una actriz de edad avanzada, Susan Willis, tal y como aparece descrita en la novela, Crichton alteró por su cuenta el montaje definitivo, suprimiendo los planos en los que aparecía Willis (la cual, a pesar de ello, figura en los títulos de crédito) y rodando en persona otros planos en los cuales la “madre” de los Wendol corría a cargo de una actriz mucho más joven, Kristen Cloke (no acreditada). Una vez terminada, el calvario de El guerrero n.º 13 apenas acababa de empezar. Tras un primer pase previo para público seleccionado, la pésima reacción de este, alegando que el film era confuso y excesivamente violento, irritó sobremanera a Crichton. Este exigió a McTiernan que hiciera cambios destinados a suavizar y clarificar el relato. Pero McTiernan, harto también de las injerencias de Crichton en su labor durante el rodaje, abandonó la postproducción, dejando ese montaje definitivo –elaborado, se rumorea, a partir de un primer montaje de más de dos horas hecho por McTiernan– en manos de Crichton, si bien otras fuentes afirman que McTiernan ya no quería saber nada más de El guerrero n.º 13 porque se hallaba enfrascado en la producción de su siguiente film, El secreto de Thomas Crown (The Thomas Crown Affair, 1999).



Sea como fuere, El guerrero n.º 13 es un excelente film, todavía hoy el mejor que se haya hecho a partir de una novela de Crichton y uno de los más memorables trabajos del director de Depredador (Predator, 1987) y Jungla de cristal (Die Hard, 1988), cuya influencia se deja notar en el estupendo Outlander (ídem, 2008), de Howard McCain. La película respeta el punto de vista subjetivo del personaje de Ahmed –Antonio Banderas, en una de sus mejores interpretaciones–, y no solo mediante el empleo de una voz en off introductoria, en virtud de la cual el protagonista va desgranando los primeros recuerdos de su formidable aventura junto a los guerreros vikingos de Buliwyf (Vladimir Kulich), sino también mediante un empleo, asimismo subjetivo, de la planificación, gracias a la cual El guerrero n.º 13 adopta un tono a la vez épico e íntimo, grandilocuente y personal, lírico y racional, equilibrando muy bien la gran aventura de Ahmed y sus compañeros de fatigas con las reflexiones que Ahmed lleva a cabo en su interior sobre esos mismos compañeros y esas mismas peripecias. Un momento espléndido al respecto es la secuencia, tan sencilla como eficaz, con la que McTiernan describe el proceso de aprendizaje de la lengua vikinga por parte de Ahmed, en un fragmento que recuerda, por cierto, a otro muy similar de su La caza del Octubre Rojo (The Hunt for Red October, 1990): la mirada de Ahmed se va posando en los labios de los vikingos a lo largo de días y noches, y de manera paulatina, la jerga incomprensible que hablan va dando paso a un lenguaje inteligible, a medida que va asimilando y aprendiendo el idioma de sus compañeros de viaje. Otros buenos apuntes que matizan el proceso de integración de Ahmed en la vida y, sobre todo, la manera de pensar de los vikingos, los hallamos en la sugerida historia de amor platónico entre Ahmed y Olga (Maria Bonnevie), una joven vikinga residente en el poblado que Buliwyf y sus guerreros vienen a proteger (y que, sospecho, puede que estuviese más extendida en el montaje de McTiernan: algunas fotos fijas de promoción en las cuales se ve juntos a Ahmed y Olga así parecen insinuarlo). O en esa escena en la que uno de los guerreros de confianza de Buliwyf provoca una pelea a muerte contra otro del poblado, más joven y fuerte que él, y se va dejando ganar hasta que Buliwyf le indica que es el momento de matarle, de cara a dar un escarmiento y hacerse respetar; “¡Podrías haber acabado con él desde el principio!”, exclama Ahmed, asombrado ante la increíble astucia de los vikingos.



El guerrero n.º 13
es un film sombrío, que avanza literalmente a golpes de intensidad. La espléndida fotografía de Peter Menzies Jr. y los estupendos decorados de Wolf Kroeger contribuyen sobremanera a que la película luzca una atmósfera rica y densa, lo cual, en combinación con los excelentes encuadres en formato panorámico de McTiernan, da como resultado un relato de aventuras de gran plasticidad y, a ratos, enorme belleza visual. La maestría de McTiernan para la acción (a la espera de que, algún día, sea reivindicada entre la crítica “seria” con el grado que se merece) queda patente en su forma de alternar, con idéntica solidez, momentos repletos de sugerencias con fragmentos de ruda textura física y dramática. Vale la pena anotar secuencias como el descubrimiento de una familia descuartizada por los Wendol en el interior de su cabaña, resuelta mediante un excelente fuera de campo (véase el acecho de los guerreros de Buliwyf, entrando precipitadamente en la casa… y saliendo poco después, despacio, cabizbajos: su gestualidad es suficiente para que el espectador sepa que lo que hay en el interior de la vivienda es algo horrible). También está resuelta con gran habilidad, notoria teniendo en cuenta las dificultades de su resolución, la pelea nocturna contra los Wendol en el comedor del palacio del rey. La secuencia en la que Ahmed, Buliwyf y sus hombres realizan una peligrosa incursión en la enorme caverna donde moran los Wendol, con el objetivo de acabar con la “madre” puede anotarse con justicia entre los grandes fragmentos legados al cine por McTiernan. Y la batalla final contra los Wendol, en su postrer ataque al poblado para vengar la muerte de esa misma “madre”, hace gala de un magnífico sentido de lo melodramático: la lluvia y el ralentí contribuyen a componer una suerte de sinfonía bárbara a medio camino entre Akira Kurosawa y Sam Peckinpah, que viene precedida de un detalle inolvidable, bien apuntado en su momento por Antonio José Navarro desde las páginas de Dirigido por…: antes de ese último combate, y consciente de que puede perder la vida en el mismo dada la superioridad numérica de sus enemigos, Ahmed reza una oración a Alá para purificar su alma; a continuación, cuando Buliwyf y sus guerreros elevan al unísono y por la misma razón un rezo a sus divinidades, Ahmed se une a su oración, demostrando así todo lo que ha aprendido y vivido al lado de sus nuevos amigos, y dispuesto a compartir con ellos el mismo destino.  

 


(1) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2018/06/el-honor-de-los-bereberes-el-viento-y.html

 

2 comentarios:

  1. También a mí me gusta mucho la película, aunque a ratos se le noten demasiado las tijeras. Pienso sobretodo en la manera en que desaparece de la película el personaje de Omar Shariff -tan frustrado con la experiencia, dicen, que se planteó dejar el cine- u otros momentos en que la película parece pedir un respiro entre tanta acción. Y también me gusta el trabajo de Banderas, al que parece que por una vez le pidieron actuar en lugar de desplegar su repertorio habitual de tics y paridas que tanto éxito le ha reportado al otro lado del Atlántico.

    Igual algún día terminamos viendo un "Montaje del director" o una versión restaurado, pero parece poco probable, incluso tras la muerte de Crichton.

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  2. Seamos serios: la película es un desaguisado. Se notan un montón los machetazos de Crichton, dejando personajes y tramas sin desarrollar y acelerando todo demasiado. Falta una gran cantidad de metraje, no puede ser que esa batalla final después de tal arenga, con referencias al Valhalla y la leche, dure un mísero minuto cuando llega. Si a pesar de esto la película sigue teniendo ese no sé qué, es sin duda por la gran labor de McTiernan y sus colaboradores técnicos. Ese montaje del director no creo que llegue jamás, y eso que es una de las películas que más lo necesita. El batacazo comercial fue de tal envergadura que dudo que nadie invierta un centavo en ello. Por no tener, no tiene ni una edición en condiciones en dvd o blu-ray. Se quedará en eso, en una peli fallida y de culto. Lástima.

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