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viernes, 24 de febrero de 2017

El superhéroe solitario: “BATMAN: LA LEGO PELÍCULA”, de CHRIS McKAY



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] El retrato que del superhéroe enmascarado creado por Bob Kane y Bill Finger ofrece este film dirigido por Chris McKay es de una insospechada profundidad, muy superior a lo que su apariencia formal de largometraje animado basado en la famosa marca de juguetes de su título pueda dar a entender a simple vista. El protagonista de Batman: La Lego película (The Lego Batman Movie, 2017) es un ser solitario, engreído, egocéntrico, obtuso y pagado de sí mismo, convencido como está de que es el superhéroe-más-molón. La primera secuencia, deslumbrante de puro inventiva, es muy significativa al respecto: el Joker lidera un ejército de supervillanos, todos ellos enemigos declarados de Batman cuya enumeración resulta innecesaria, y lanza un agresivo ataque sobre Gotham City; pero, de repente, y entonando una canción de autobombo, aparece Batman, destrozando los planes del Joker con tanta habilidad como repelente autosuficiencia.


Esa secuencia ya hace evidente algo que el resto del film no hace sino ampliar con una hondura, como digo, insospechable en un producto de estas características, el cual, a la chita callando, acaba siendo una de las mejores introspecciones cinematográficas sobre la psicología del Hombre Murciélago que se hayan realizado hasta la fecha. Me refiero a la presentación de Bruce Wayne/ Batman como alguien sumergido en una existencia solitaria, aburrida, gris, a ratos realmente patética. Después de haber derrotado por enésima vez al Joker y al resto de sus súper-enemigos en esa primera secuencia, el Cruzado de la Capa regresa a casa, se pone un batín (pero sin desprenderse de su famosa máscara de puntiagudas orejas de murciélago), se calienta pacientemente una langosta en el microondas (en sostenido plano fijo), se la come, con cáscara y todo, sentado en una “bati-moto acuática” en medio de una enorme piscina llena de “bati-embarcaciones”, remata la velada en su sala de cine privada viendo una película –Jerry Maguire (ídem, 1996, Cameron Crowe)–, perteneciente a un género –la comedia romántica– que, secretamente, le gusta, y termina en el gran salón de la gigantesca mansión Wayne, mirando embelesado, entristecido, una foto en la que aparece, de niño, junto a sus padres asesinados.


La entrada en escena de su fiel mayordomo Alfred a sus espaldas, al que noquea rápidamente de forma instintiva, da pie a una nueva y divertida digresión, no menos brillante: Alfred le comenta a su amo que le ve raro, y eso le recuerda, dice, las diversas etapas por las cuales ha atravesado el Hombre Murciélago en el pasado, pasando a enumerar los años que se corresponden, precisamente, con los largometrajes de imagen real dirigidos por Tim Burton, Joel Schumacher y Christopher Nolan bajo el paraguas financiero de Warner Bros., incluyendo –concluye Alfred– “esa extraña etapa de 1966”, que, como recalcan un par de breves insertos… no es sino la serie de televisión Batman (ídem, 1966-1968), que protagonizara Adam West. De este modo, Batman: La Lego película rinde tributo a los precedentes cinematográficos del personaje, y de paso se burla cariñosamente de ellos, pero al mismo tiempo de esta manera sitúa al protagonista en el momento actual: el Batman de Lego no es un personaje ajeno a la tradición que le precede, sino una figura que la recoge, si bien en clave burlesca y desmitificadora.


Otro tanto ocurre con la antítesis de Batman, esto es, el Joker. El Joker de Lego bebe de anteriores exploraciones de la psicología del personaje que arrancan, sobre todo, del extraordinario relato gráfico de Alan Moore y Brian Boland Batman: La broma asesina, insistiéndose aquí de nuevo en la interrelación que se da entre él y el Hombre Murciélago. Este último, en, de nuevo, la primera secuencia, hiere en lo más hondo los sentimientos del Joker cuando le dice que él no es su principal enemigo (para Batman, ese no es otro que… Superman); desengañado por esa decepción, el nuevo y siniestro plan del Joker consistirá, precisamente, en conseguir que Batman sienta por él lo que el Joker siempre ha sentido por el Hombre Murciélago, o sea, un odio total y absoluto que, a pesar de ello, en el fondo les hermana. Al final, el “¡Te odio!” que se profesan el uno al otro equivale, sotto vocce, a toda una declaración soterrada de amor…


No es esta la única paradoja de una película extraordinaria e imaginativa, repleta de jugosos contrastes. Batman y su recién incorporado compañero Robin (sobre el cual, ¡cómo no!, recae algún que otro chiste de naturaleza gay) visitan la Fortaleza de la Soledad de Superman… donde el Hombre de Acero está celebrando una descontrolada fiesta a la cual ha invitado a todos los miembros de la Liga de la Justicia… excepto al arisco, intransigente y antisocial Hombre Murciélago, aguafiestas donde los haya. Con la ayuda de Robin, Batman roba de la Fortaleza de la Soledad una pistola cuyos rayos transportan automáticamente a quien recibe la descarga a la Zona Fantasma, la célebre dimensión a donde antes iban a parar los villanos del planeta Krypton, y envía allí al Joker. Pero el tiro le sale por la culata, y por partida doble: no solo porque, sin el Joker en este mundo, Batman pierde todo su sentido, sino también porque, en la Zona Fantasma, el Joker organiza a su alrededor a todos los villanos allí encerrados, y los dirige sobre Gotham City en el que ha de ser el ataque maléfico definitivo. Un ejército memorable, por cierto, formado entre otros por King Kong, Voldemort, Sauron, el tiburón y los velociraptores de Spielberg o la Bruja del Oeste y sus monos alados, enfrentados, en singular batalla, contra el ejército improvisado por Batman junto con Robin, Alfred, Barbara Gordon/ Batgirl… y los viejos colegas del Joker y asimismo rivales del Hombre Murciélago, esto es, el Pingüino, Harley Quinn, el Acertijo, el Espantapájaros, Dos Caras, Catwoman, Hiedra Venenosa, Bane & Cia. Todo ello expuesto con algo más que virtuosismo técnico, que también: con una inventiva que se manifiesta a idea por plano. Una obra maestra.

jueves, 23 de febrero de 2017

“IMÁGENES DE ACTUALIDAD” de MARZO 2017, a la venta



La serie de televisión de los Marvel Studios Iron Fist (2017- ), uno de los pasos previos a la ambiciosa teleserie The Defenders, de la cual también se ofrece un pequeño avance, es el principal tema de portada del núm. 377 de Imágenes de Actualidad.


También se destacan en portada los estrenos de Logan (ídem, 2017), de James Mangold, cuyo reportaje se complementa con una entrevista con su protagonista, Hugh Jackman, y un artículo dedicado a la temática de los Superhéroes seniles; Kong: La isla Calavera (Kong: Skull Island, 2017), de Jordan Vogt-Roberts; La Bella y la Bestia (Beauty and the Beast, 201), que se complementa con sendas entrevistas con su director, Bill Condon, su protagonista femenina, Emma Watson, y un artículo sobre 10 cosas que deberías saber sobre… La Bella y la Bestia; y el avance, dentro de la sección Primeras Fotos, de la esperadísima segunda temporada de la serie Stranger Things (2016- ), junto con los avances de Piratas del Caribe: La venganza de Salazar (Pirates of the Caribbean: Dead Men Tell No Tales. 2017), de Joachim Ronning y Espen Sandberg, La seducción (The Beguiled, 2017), de Sofia Coppola, y Rey Arturo: La leyenda de la espada (King Arthur: Legend of the Sword, 2017), de Guy Ritchie.


El número también atesora los reportajes dedicados a: T2: Trainspotting (T2: Trainspotting, 2016), de Danny Boyle; El bar (2017), de Álex de la Iglesia; El guardián invisible (2017), de Fernando González Molina; Incierta gloria (Incerta glòria, 2017), de Agustí Villaronga; La cura del bienestar (A Cure for Wellness, 2017), que se complementa con una entrevista con su director, Gore Verbinski, y un retrato de su protagonista masculino, Dane DeHaan; Redención (Southpaw, 2015), de Antoine Fuqua; El viajante (Forushande, 2016), de Asghar Farhadi, Crudo (Grave, 2016), de Julia Ducournau; Imperium (ídem, 2016), de Daniel Ragussis; y Locas de alegría (La pazza gioia, 2016), de Paolo Virzì. Y, como siempre, las secciones habituales: Además…, con otros estrenos del mes; Noticias; Stars; Hollywood Babilonia, de Héctor Adama; Hollywood Boulevard, de Ramón Cudeiro; Él dice, ella dice; ¿Sabías que…?, del profesor Moriarty; Se rueda, de Boquerini; Zona sin Límites, de Ángel Sala; Diccionario Fantástico, del Dr. Cyclops; Libros, de Antonio José Navarro; y BSO y DVD & Blu-ray, de Miguel Fernando Ruiz de Villalobos.


El estreno de Kong: La isla Calavera me ha dado pie para dedicar el Cult Movie de este mes a la versión de King Kong (ídem, 1976) que produjo Dino de Laurentiis y dirigió John Guillermin: “Todas las películas son hijas de su tiempo. Ciñéndonos a las tres versiones «oficiales» de “King Kong”, si la de 1933 es un producto de la Depresión, y la de 2005, un producto cinéfilo-posmoderno, la de 1976 se erige en un reflejo tanto de las tendencias cinematográficas de Hollywood en el momento de su realización (con el subgénero de las catástrofes puesto al frente) como de las inquietudes políticas y socio-económicas de la América de mediados de los setenta: ahí están las referencias a la crisis del petróleo (la búsqueda de una gran fuente de crudo es lo que justifica aquí la expedición a la isla Calavera, la cual, por cierto, nunca es llamada por este nombre), a la ecología y la defensa del medio ambiente, a la corrupción política (los chistes a costa de los tejemanejes de Washington) y a la reciente guerra del Vietnam (los helicópteros con ametralladoras que derriban a Kong). Otro elemento coyuntural ha sido añadido con el paso del tiempo: la presencia de las Torres Gemelas, elegidas como mero reemplazo del Empire State Building y que, cuarenta años después del estreno del “King Kong” de De Laurentiis-Guillermin, nos devuelven la patética imagen de una época de los Estados Unidos finiquitada por el 11-S”.


Finalizo mi contribución a este número con dos críticas: la del magnífico film de M. Night Shyamalan Múltiple (Split, 2016)…


…y la del interesante film de Pablo Larraín Jackie (ídem, 2016).  


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lunes, 13 de febrero de 2017

A vueltas con la negritud: “LOVING” + “FIGURAS OCULTAS”


[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LAS TRAMAS DE ESTOS FILMS.]


Sr. y Sra. Loving: Loving (ídem, 2016), de Jeff Nichols. Tiene razón el amigo Roberto Morato cuando, en su crítica de este mismo film publicada en el núm. 473 de Dirigido por… (enero 2017) (1), comenta que hay una secuencia que, en sí misma considerada, resume a la perfección el sentido y el espíritu de esta película. Nos referimos a aquélla que reproduce el momento en el que el fotógrafo de la revista Life Greg Villet (Michael Shannon) llevó a cabo un reportaje gráfico para esa publicación fotografiando al matrimonio formado por Richard (Joel Edgerton) y Mildred Loving (Ruth Negga), en la intimidad de su hogar. La naturalidad con la que la pareja posa para la cámara de Villet, la cotidianeidad de las imágenes conseguidas por el fotógrafo, se convierte en el mejor, más sencillo y emotivo alegato contra el racismo que, en la vida real, estuvo a punto de destrozar la vida de los Loving, una pareja que, a fin de cuentas, tan solo se limitaron a hacer lo que, para ellos, era lo más natural del mundo: quererse.


Por comparación con el resto de lo que conozco de la filmografía del interesante Jeff Nichols –no he visto su ópera prima, Shotgun Stories (2007)–, Loving carece de la atmósfera inquietante de Take Shelter (ídem, 2011) y Midnight Special (ídem, 2016), o de la violencia contenida de Mud (ídem, 2012), por más que, a ratos, atesore espléndidos momentos de inquietud y haya en ella excelentes escenas soterradamente violentas. El enfoque es otro, pero, al mismo tiempo, Loving es una depuración del estilo desarrollado hasta la fecha por el cineasta de Arkansas, el cual, a mi entender, halla aquí su expresión más bella y perfecta. Hay en Loving ecos del Clint Eastwood más cercano al substrato del Americana –pienso en El aventurero de medianoche (Honkytonk Man, 1982), Un mundo perfecto (A Perfect World, 1993), Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, 1995), Medianoche en el jardín del bien y del mal (Midnight in the Garden of Good and Evil, 1997), Mystic River (ídem, 2003), Million Dollar Baby (ídem, 2004), Gran Torino (ídem, 2008), J. Edgar (ídem, 2011), Jersey Boys (ídem, 2014) o El francotirador (American Sniper, 2004)–, sobre todo lo que se refiere al tratamiento de la luz y la construcción de los encuadres, con la diferencia, sutil pero palpable, de que Nichols pone el énfasis de la puesta en escena de Loving en la naturalidad, o si se prefiere, el naturalismo.


Ese tono natural es el que expresa, en toda su sencilla magnitud, o si se prefiere, magnífica sencillez, la intensidad de muchos momentos. Pienso, sin ir más lejos, en la primera secuencia: Mildred le dice a su novio Richard (extraordinarios Ruth Negga y Joel Edgerton) que está embarazada, y él acepta la noticia como lo que es: lo más normal del mundo en una pareja que se quiere. Sin aspavientos, con una notoria sobriedad, pocas escenas después Richard lleva a Mildred a un descampado y le enseña el lugar donde construirá la casa donde vivirán cuando se casen. A partir de aquí, cada gesto, cada mirada, cada comportamiento de los personajes está regido por ese tono que, sin levantar nunca la voz, expresa sutilmente muchas cosas. La pareja se casa, discretamente, en un juzgado de otro estado –Washington–, puesto que en el que viven ellos, y en la época en la que arranca esta historia inspirada en hechos reales –Virginia, 1958–, el matrimonio interracial estaba prohibido. No lo he mencionado hasta ahora porque, al igual que les ocurre a los protagonistas, y tal y como lo expresa Nichols con su manera de narrar, este detalle no tiene, o no debería tener, la más mínima importancia: Richard es blanco, y Mildred, negra.


Pero, por desgracia para los protagonistas, esa circunstancia es fundamental para su entorno, tanto para aquellos que, por una mera cuestión racial, les repugna su unión, como incluso para sus allegados más directos, que culpan a esa misma circunstancia de no poder llevar a cabo lo que rigen las viejas tradiciones. Es evidente la motivación racista del sheriff Brooks (Marton Csokas) cuando detiene a los Loving, pues es el perro guardián de una ley que considera una afrenta a la supuesta superioridad blanca el hecho de que un caucásico “se rebaje” pretendiendo compartir, ¡aunque sea legalmente!, el resto de su vida con una mujer “de color”. Pero no resulta menos lógico el reproche pueril de Garnet Jeter (Terri Abney), la hermana pequeña de Mildred, que no comprende que, para su seguridad, no la hayan dejado acompañarles a Washington para asistir a su boda ante el juzgado. Nichols equipara, así, la represión institucional de la relación de los Loving y la presión familiar establecida por las costumbres establecidas, exponiendo la idea de un entorno hostil que puede tener, como vemos, más de una cara, la pública y la privada, la institucional y la familiar, pero que, en definitiva, opera con carácter represivo.


La placidez es la tónica predominante en una puesta en escena donde, por regla general, predominan los encuadres abiertos y reposados, y hasta los primeros planos de los rostros de los personajes duran más de lo que suele ser habitual hoy en día. Uno de los escasos momentos en los que esa serenidad se rompe, para dejar paso a una planificación más corta, más agresiva, es, no por casualidad, para mostrar una carrera amateur de coches que tiene lugar en una de las primeras secuencias de la película. La misma evoca, a mi entender deliberadamente, la planificación de una mítica escena de Rebelde sin causa (Rebel Without a Cause, 1955, Nicholas Ray) –un film citado, asimismo, y con parecida carga simbólico-metafórica, en la reciente La ciudad de las estrellas (La La Land) (2)–, sugiriendo así la condición de la pareja protagonista, rebeldes que no pretenden serlo, abanderados de una causa –la defensa de los derechos civiles de la población afroamericana– que, en cierto sentido, no es la suya, porque no va con ellos, personas pacíficas, normales-y-corrientes (para entendernos), que tan solo pretenden vivir en paz sin molestar a nadie y sin que les molesten.


Es posible que se le pueda reprochar a Loving una falta de mayor profundidad en esa, digamos, temática de fondo antes señalada: a pesar de que –tal y como se apunta en el film– los Loving fueron voluntariamente utilizados como abanderados por esa histórica reivindicación de derechos de la población negra norteamericana contraria a la segregación, la película mantiene el relato siempre desde el punto de vista de los protagonistas, de tal manera que tanto esa lucha como, en general, todo lo que les pasa por culpa de la injusticia que les impedía vivir en su Virginia de origen durante 25 años por el mero hecho de ser un matrimonio interracial, es, en todo momento una especie de “ruido de fondo” que solo importa cuando interfiere en la felicidad conyugal, la vida privada, de los protagonistas. De este modo, Loving guarda un meritorio equilibrio entre lo “objetivo” y lo “subjetivo”, la recreación de hechos históricos y la descripción psicológica. Al entender de quien esto suscribe –y, como siempre, sin ánimo de pontificar–, Loving es la mejor película hasta la fecha de Jeff Nichols.



Mujeres y negras: Figuras ocultas (Hidden Figures, 2016), de Theodore Melfi. Al contrario que Loving, Figuras ocultas sí que pone énfasis –y mucho– en el carácter reivindicativo de lo que narra, basado, asimismo, en hechos reales. La película reconstruye –quizá sería más adecuado escribir dramatiza– la historia real de tres mujeres afroamericanas, la matemática Katherine G. Johnson (Taraji P. Henson), la programadora Dorothy Vaughan (Octavia Spencer) y la ingeniera Mary Jackson (Janelle Monáe), cuya contribución en sus respectivas áreas profesionales resultó decisiva para el éxito de la misión espacial de la NASA que, en 1962, puso en órbita alrededor de la Tierra al cosmonauta estadounidense John Glenn (encarnado en el film por Glen Powell). De hecho, la primera secuencia arranca, al respecto, con tal fiereza política, que hace incurrir a la película –supongo que deliberadamente– en un insólito anacronismo: las protagonistas se dirigen en el coche de una de ellas, Dorothy Vaughan, hacia las instalaciones de la NASA; el coche se avería, y eso les obliga a parar mientras Dorothy intenta arreglar la avería; un agente de policía, blanco, se les acerca porque le parece “sospechoso” que tres “negras” estén paradas solas, sin hombres, en medio de la carretera; cuando las protagonistas le informan de que las están esperando en la NASA, el agente accede a escoltarlas, para asombro de la más joven de las tres, Mary Jackson, que exclama: “¡Un agente de policía escoltando a tres mujeres negras en 1961!” (sic).


Ni que decir tiene que la descripción de los primeros días de trabajo de estas mujeres en la NASA no es sino el certificado del oprobio que las auténticas Katherine G. Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson tuvieron que sufrir a causa de su raza: Katherine ocupa la plaza de matemática suplente que necesita el jefe de operaciones de la NASA Al Harrison (Kevin Costner), y, nada más llegar a la oficina de este último, lo primero que hacen allí es darle una papelera para que la vacíe, convencidos de que es la mujer de la limpieza…; Dorothy Vaughan está al frente de un grupo de secretarias, todas negras, en calidad de supervisora…, a pesar de que se trata de una función para la cual no ha sido contratada, y por la que no cobra absolutamente nada; y Mary Jackson trabaja como secretaria en el departamento de ingeniería aeroespacial, a pesar de tener las mismas cualificaciones que sus superiores y compañeros de trabajo. No obstante, la genialidad de Katherine con las matemáticas, de Dorothy con la programación de los primeros ordenadores IBM (cuando todavía se los llamaba “computadoras”), y de Mary con la ingeniería, servirá para que sus méritos sean debidamente reconocidos.


La evolución de los personajes de Katherine, Dorothy y Mary, lo que las lleva de ser menospreciadas a estar consideradas figuras fundamentales en la carrera aeroespacial norteamericana de aquellos años, está punteada por su confrontación con personajes o situaciones que marcan un antes y un después. La película se detiene, sobre todo, en la figura de Katherine Johnson, una viuda con tres hijos y superdotada para las matemáticas desde su más tierna infancia, que consigue resolver lo aparentemente irresoluble –garantizar con el máximo de seguridad el lanzamiento de John Glenn al espacio, que su cápsula girará en órbita alrededor de nuestro planeta en vez de perderse en el espacio, y sobre todo, que el cosmonauta podrá regresar a la Tierra sin morir incinerado–, a pesar de las insoportables trabas que le acarrea su color de piel. Por ejemplo, el lavabo “solo para mujeres de color” está en otro edificio del complejo de la NASA, a un kilómetro de la oficina de Al Harrison, lo cual obliga a Katherine a ir y venir corriendo con sus libros de cuentas bajo el brazo a fin de no perder demasiado el tiempo…, y aun así esa operación le supone ausentarse de la oficina una hora diaria. Situación a la que se pondrá fin cuando, tras una queja airada de Katherine, harta de tener que pegarse esas carreras para ir al lavabo, o de beber de una cafetera “solo para negros” en la que a veces ni siquiera hay café, Harrison arranque a golpes el cartel del lavabo del edificio que especifica que es “solo para blancos”, decidiendo así que todo el personal, sea de la raza que sea, mee allí por igual… No me parece casual, en este sentido, que el papel de Harrison corra a cargo de Kevin Costner, actor que en estas últimas décadas ha representado una especie de ideal de la caballerosidad made in USA.


Por su parte, Dorothy tiene que hacer frente a la intransigencia de Vivian Mitchell (Kirsten Dunst), la encargada, blanca, de supervisar el trabajo de las secretarias de la NASA, y que desde el primer momento se mira con malos ojos a la primera por el color de su piel. Situación que se invertirá hacia el final del metraje, cuando Vivian acabe reconociendo, sinceramente, la enorme valía de Dorothy, y al hablar o dirigirse hacia ella, deje de tutearla, con desprecio, para pasar a llamarla “Sra. Vaughan”. No menos problemas que sus amigas tiene Mary en su departamento por el mero hecho de ser negra, pero, en el caso de Mary, sus conflictos laborales están dibujados por la vía del humor: el primer día que la joven entra en la sección de ingeniería donde se efectúan pruebas de resistencia a las corrientes de aire de los prototipos, el tacón de uno de sus zapatos se engancha en el enrejado del suelo, obligándola a dejar allí ese calzado y a trabajar el resto del día con un pie descalzo…


Figuras ocultas es, qué duda cabe, una diatriba contra el racismo que asoló los Estados Unidos de la época de la segregación; diatriba narrada, además, siguiendo fielmente todas y cada una de las convenciones del biopic, un género, subgénero o variante genérica estrechamente relacionado con otros géneros convencionales, como el melodrama o el bélico, que algún día bien merecería un estudio en profundidad, en vez del desprecio con el cual se lo suele despachar. Pero, por más que Figuras ocultas sea un biopic, y además convencional, eso no significa en absoluto que nos hallemos ante una mala película. Por el contrario, sorprende la buena mano del realizador y coguionista Theodore Melfi para dosificar esas convenciones, dando como resultado un film melodramático elegante, bien contado, agradable de ver, excelentemente interpretado y, por momentos, emotivo, a pesar de cierta blandura de formas (y de fondo).


Aparte del tema del racismo, Figuras ocultas narra en segundo término otro discurso, o si se prefiere, lanza otra diatriba: una reivindicación, en este caso, del papel social de la mujer. A través del personaje de Mary Jackson, se apunta algo más que el “problema” de ser negra, y de querer trabajar en un trabajo “de/ para blancos”, en la Norteamérica de la segregación. El marido de Mary, Levi (Aldis Hodge), no quiere que su esposa trabaje en la NASA, no tanto por el hecho de que sea negra y, por tanto, tema de que algún blanco imbécil pueda meterse con ella, sino sobre todo por el hecho de que es mujer y ese-no-es-un-trabajo-para-mujeres. El caso de Mary no es el único: Katherine que, como ya hemos dicho, es viuda, está siendo cortejada por un militar, asimismo, de raza negra, el coronel Jim Johnson (Mahershala Ali), que la pretende; pero, al principio, Katherine rechaza las insinuaciones de Jim, porque le parece demasiado posesivo, ergo, machista… Y, en lo que se refiere a Dorothy, buena parte del hecho de que, al final, Vivian Mitchell acabe respetándola es que, con su trabajo, no solo está reivindicando a la gente de su raza, sino al género femenino en general, Vivian incluida. En resumidas cuentas, Figuras ocultas no es solo un film de/ sobre la negritud, sino también sobre la mujer.    

(2) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2017/01/la-reinvencion-del-musical-la-ciudad-de.html

sábado, 4 de febrero de 2017

“DIRIGIDO POR…” de FEBRERO 2017, a la venta



Jackie (ídem, 2016) es la película de portada del núm. 474 de Dirigido por…, correspondiente al mes de febrero. Firma la reseña Diego Salgado, y la misma se complementa con una entrevista con el realizador de este film, Pablo Larraín.


También se destacan en portada los estrenos de El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation, 2016), cuya crítica firma Antonio José Navarro, y que se complementa asimismo con una entrevista con el realizador de esta película, Nate Parker; así como el estreno de Moonlight (ídem, 2016), de Barry Jenkins. Ambos films forman parte de un dossier Afroamericanos en el cine USA actual. Crónicas de la América negra, que se completa con las reseñas de Figuras ocultas (Hidden Figures, 2016), de Theodore Melfi, escrita por Joaquín Torán; Fences (ídem, 2016), de y con Denzel Washington, que reseña Israel Paredes Badía; y el telefilm disponible en Netflix Barry (ídem, 2016), de Vikram Gandhi, comentado por Héctor G. Barnés. Asimismo, aparecen destacadas en portada las reseñas de Manchester frente al mar (Manchester by the Sea, 2016), de Kenneth Lonergan, escrita por Israel Paredes Badía; Felices sueños (Fai bei sogni, 2016), que comenta Quim Casas y se complementa con una entrevista con su director, Marco Bellocchio, a cargo de Joaquín Torán; y El imperio de las sombras (Miljeong, 2016), de Kim Jee-woo, que reseña Quim Casas.


También es tema de portada la segunda parte del dossier policíaco norteamericano (1995-2016), que se compone de un artículo sobre La nueva escritura noir, firmado por Quim Casas, y se acompaña de las antologías de The Underneath (Bajos fondos), de Steven Soderbergh (Ricardo Aldarondo); Mystic River, de Clint Eastwood (Juan Carlos Vizcaíno Martínez); Collateral, de Michael Mann (Héctor G. Barnés); No es país para viejos, de Joel y Ethan Coen (Antonio José Navarro); Adiós, pequeña, adiós, de Ben Affleck (Israel Paredes Badía); Zodiac, de David Fincher (escrita por un servidor); La noche es nuestra, de James Gray (Tonio L. Alarcón); American Gangster, de Ridley Scott (Gerard Casau); Enemigos públicos, de Michael Mann (Quim Casas); The Town (Ciudad de ladrones), de y con Ben Affleck (Ramon Freixas & Joan Bassa); El demonio bajo la piel, de Michael Winterbottom (Israel Paredes Badía); Drive, de Nicolas Winding Refn (Jesús Palacios); Sin ley (Lawless), de John Hillcoat (Ricardo Aldarondo); y Mátalos suavemente, de Andrew Dominik (Diego Salgado).


El número se completa con las reseñas, a página aparte, de: Vivir de noche (Live by Night, 2016), de y con Ben Affleck, que comenta Quim Casas, Billy Lynn (Billy Lynn’s Long Halftime Walk, 2016), de Ang Lee, criticada por Joaquín Vallet, Melanie. The Girl with All the Gifts (The Girl with All the Gifts, 2016), de Colm McCarthy, comentada por Antonio José Navarro, La excepción a la regla (Rules Don’t Apply, 2016), de y con Warren Beatty, reseñada por Israel Paredes Badía, La gran muralla (The Great Wall, 2016), de Zhang Yimou, que comenta quien esto suscribe, y Bajo el sol (Zvizdan, 2015), de Dalibor Matanic, analizada por Emilio M. Luna; la sección Críticas, con reseñas de otros estrenos; la sección Opinión, donde Óscar Brox nos habla de El presente de la animación en la era digital; la sección Fuera de Campo, en la que Antonio José Navarro comenta Neprijatelj (El enemigo) (2011), de Dejan Zecevic; la sección Flashback, donde comento la Edición Coleccionista de El joven Lincoln (Young Mr. Lincoln, 1939), de John Ford; el artículo El cine de Bob Dylan. Un homenaje crítico, escrito por Ramón Alfonso; el Paralelismos dedicado al recientemente fallecido decorador español Gil Parrondo, que firma Christian Aguilera; los comentarios de las series The Night Of (2016) y The Exorcist (2016), respectivamente escritos por Quim Casas y Joaquín Torán, para la sección Televisión; la sección Home Cinema, con comentarios de novedades en formato doméstico a cargo de Juan Carlos Vizcaíno Martínez, Quim Casas y Ramon Freixas; la sección Libros, con comentarios a cargo de Ramon Freixas, Quim Casas e Israel Paredes Badía; la sección Banda Sonora, de Joan Padrol; y la sección Cine On-Line, con textos de Tonio L. Alarcón, Joaquín Vallet y Joaquín Torán.


Ya he avanzado que este mes he escrito un comentario de la Edición Coleccionista de la extraordinaria película de John Ford El joven Lincoln para la sección Flashback


…la crítica de la decepcionante última película de Zhang Yimou La gran muralla


…y la antología, para el dossier policíaco americano (1995-2016), del espléndido film de David Fincher Zodiac.


También firmo las críticas de un par de películas más bien olvidables: Contratiempo (2016), de Oriol Paulo…


…y Colonia (ídem, 2015), de Florian Gallenberger.


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