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miércoles, 18 de marzo de 2015

Hijos de James Bond y Harry Palmer: “KINGSMAN: SERVICIO SECRETO”, de MATTHEW VAUGHN



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] El arranque de Kingsman: Servicio secreto (Kingsman: The Secret Service, 2014) es bonito, hay que reconocerlo: un travellíng frontal parte de la imagen de un par de musulmanes que, de repente, son acribillados sin contemplaciones, avanza hacia una fortaleza situada en un rincón de Oriente Medio y entra por una de las ventanas del edificio, situando al espectador en la no menos violenta escena que está teniendo lugar en la estancia donde la cámara se ha introducido, y que involucra a los agentes secretos británicos Harry Hart (Colin Firth) y Lee (Jonno Davies): este último morirá durante el interrogatorio de un terrorista (Adrian Quinton) en el cual está participando junto con sus compañeros, cubriendo con su propio cuerpo el impacto del explosivo que el terrorista detona con la intención de inmolarse junto a sus captores. El realizador británico Matthew Vaughn demuestra, y no solo en esta primera secuencia, que es un director que sabe filmar: tiene sentido de la imagen y de sus posibilidades expresivas, y sus encuadres están planificados con gusto, algo que se percibe tanto en su mejor película hasta la fecha —X-Men: Primera generación (X-Men: First Class, 2011)—, como en la peor —Kick-Ass: Listo para machacar (Kick-Ass, 2010)—, o en las que se encuentran en un término medio —Layer Cake (Crimen organizado) (Layer Cake, 2004), Stardust (ídem, 2007)— dentro de la trayectoria profesional tras las cámaras de este hasta hace poco productor conocido únicamente por sus trabajos con Guy Ritchie.


No es el único elemento de interés de Kingsman: Servicio secreto, al menos a priori. Basado en un reputado cómic que no he leído, con guión de Mark Millar —el mismo autor del relato gráfico que dio pie a Kick-Ass: Listo para machacar y su secuela (que preferí dejar correr)— y el gran dibujante Dave Gibbons —el de Watchmen—, el film viene a ser un irónico replanteamiento de la franquicia cinematográfica británica por excelencia (aparte, claro está, la de Harry Potter): la del agente secreto con licencia para matar creado por Ian Fleming James Bond 007, por más que no falte en la película un guiño, cómo no, a otra franquicia made in the UK más efímera pero muy significativa: la de Harry Palmer, basada a su vez en las novelas de Len Deighton, y que, como digo, aquí se evoca por la vía directa mediante la incorporación en el reparto de su excelente protagonista, Michael Caine, en el papel de Arthur, director de la organización de agentes secretos ingleses conocidos como los Kingsman (o Kingsmen). Por tanto, y desde el exclusivo punto de vista de sus planteamientos teóricos y/o temáticos, Kingsman: Servicio secreto arroja sobre el género de los agentes secretos a la inglesa una curiosa mirada “actualizada” —que no moderna, pues su planteamiento, aparentemente renovador, acaba siendo a la hora de la verdad de lo más conservador y tradicional—, como demuestra el acento que se pone en el origen proletario del joven héroe de la función, Gary “Eggsy” Unwin (Taron Egerton). Podríamos decir que Kingsman: Servicio secreto sería el resultado de imaginar una película de espionaje “bondiana” protagonizada por el joven antihéroe marginado de cualquier film social a lo Ken Loach. Pese a todo, esta idea es más válida como chiste que como sátira supuestamente aguda; además, la supuesta gracia de semejante ocurrencia se desvanece tan pronto como sabemos que “Eggsy” es hijo del Kingsman heroicamente muerto en la secuencia inicial de la película, con lo cual podemos pensar que las apariencias engañan y que, a pesar de su apariencia de vulgar chico de la calle, el protagonista “lleva en la sangre” la clase y la distinción de su progenitor; y, más tarde, la ocurrencia queda completamente anulada cuando, al término de su adiestramiento, “Eggsy” adopta la ropa, las gafas y las maneras de su mentor, el elegante agente Harry Hart. De este modo, lo que se ha dicho de que Kingsman: Servicio secreto es una especie de reivindicación de la dignidad de las clases obreras acaba siendo en el fondo una (otra) jocosa sátira del arribismo, tan tradicional dentro de la literatura y el cine británicos de todas las épocas, con “Eggsy” sintiéndose finalmente muy cómodo en su nuevo papel de refinado funcionario del gobierno a punto de darles una buena lección a los pelagatos de la clase social a la que hasta poco él mismo pertenecía, como subraya la secuencia final en el pub, que se anuncia como una mimética reconstrucción de la protagonizada en ese mismo escenario por Harry Hart.


No es la única idea con posibilidades que la película estropea a base de ligereza mal entendida y peor desarrollada. Está, también, la concepción de los Kingsman como herederos de los antiguos caballeros de la Mesa Redonda, que se percibe, de manera muy obvia, en los nombres de los agentes: Harry Hart recibe el apodo de Galahad, otro de los Kingsman se hace llamar Lancelot (Jack Davenport), un tercero responde al nombre de Merlín (Mark Strong), y su jefe, al de Arthur/Arturo. Pero la idea tampoco da más de sí, y solo sirve para subrayar algo asimismo muy evidente, que los Kingsman son los últimos y anacrónicos representantes de unas viejas tradiciones británicas ya muy lejanas en el tiempo, y para dar pie a una (otra) sangrante ironía: Arthur acaba descubriéndose como un traidor que también se ha vendido al villano del relato —sobre el que luego hablaremos—, y acabará muriendo a manos del joven “Eggsy” cuando intentaba envenenarlo; el sarcasmo reside, en esta ocasión, en ver a quien fuera Harry Palmer en el pasado mordiendo el polvo ante un representante de las nuevas generaciones que vienen a ocupar el trono, ahora vacío, del rey Arturo.


A medida que avanza, Kingsman: Servicio secreto va acumulando ironía tras ironía tomando como base de inspiración la iconografía visual de los films de James Bond. Nada de eso sería reprochable si no fuera porque, aparte de ser nuevamente una (otra) facilidad, tampoco se saca suficiente provecho de la misma. Incluso cuando hay momentos en los que parece que, efectivamente, la película es o pretende ser una mirada cruel y maliciosa sobre el “universo 007”, a la hora de la verdad se echa atrás con cobardía, de cara a conseguir una nueva sorpresa, o peor aún, un nuevo chiste, según los casos. Ello resulta patente en cuatro secuencias muy relevantes. La primera tiene lugar en el dormitorio donde duermen “Eggsy” y otros jóvenes, entre ellos dos chicas, que han sido reclutados para formar parte del proceso de selección de los Kingsman; de repente, el dormitorio se llena completamente de agua, y los candidatos deberán valerse de su ingenio para sobrevivir a esa encerrona mortal, demostrando su capacidad para reaccionar ante situaciones de peligro de muerte; “Eggsy” salva su vida y la de sus compañeros, pero una de las muchachas (aparentemente) perece ahogada. En la segunda secuencia, los candidatos saltan en paracaídas, y en pleno salto, Merlín les advierte por radio que uno de ellos no tiene paracaídas, con lo cual todos tienen que trabajar en equipo para salvar al compañero indefenso de una muerte cierta. En la tercera secuencia, “Eggsy” recobra el conocimiento atado a una vía del metro, y viéndose en la tesitura de tener que elegir entre o revelar quiénes son los Kingsman, o bien callar y dejarse morir para conservar el secreto. Y, en la cuarta y última secuencia a la que me refiero, “Eggsy” y Roxy (Sophie Cookson), ambos finalistas, tienen que pasar la prueba final de la cual saldrá el único seleccionado para ser un Kingsman, la cual consiste en… disparar al perrito que cada candidato ha elegido como mascota a la que cuidar durante su entrenamiento.


Lo que, por tanto, en apariencia se presenta como el dibujo de una organización secreta que es capaz de dejar que una chica se ahogue durante una prueba de acceso, que uno de los candidatos a formar parte de sus filas pueda morir estrellándose contra el suelo al lanzarle al vacío sin paracaídas, que el metro les arrolle para que demuestren que son capaces de no revelar la existencia de los Kingsman, o de obligarles a meterle una bala en la cabeza al indefenso animal con el que se han encariñado mientras entrenaban, se queda al final en nada. Ni la muchacha realmente se ha ahogado, ni nadie saltó al vacío sin paracaídas, ni el metro tampoco arrolló a nadie, ni la pistola entregada para matar al perro estaba cargada con balas de verdad. Es decir, que toda la carga malévola inherente al retrato de una organización aparentemente capaz de tanta dureza y crueldad se queda en un mero simulacro. Dejando aparte si eso tiene o no gracia (particularmente creo que tiene muy poca), esos golpes de efecto vienen a resumir lo que Kingsman: Servicio secreto es: un relato de acción de mentirijillas. Puede alegarse, por descontado, que esa era precisamente la intención: la de desmitificar las películas de agentes secretos a lo James Bond mediante una tramposa manipulación de sus convenciones. De acuerdo, pero el método empleado se convierte en un arma de doble filo: a partir del momento en que la temible organización secreta de los Kingsman deja de ser “temible” tan pronto vemos que se sustenta, como digo, sobre mentirijillas, por elaboradas que estas sean, el film entero se desploma bajo el efecto de esa invitación a no tomárselo en serio.


De acuerdo, también, con que el propósito de Matthew Vaughn, guionista junto a Jane Goldman, pudiera ser ese: convertir Kingsman: Servicio secreto en un regocijante saqueo de convenciones “bondianas” bajo el prisma del humor. El problema es que ni ese expolio resulta particularmente imaginativo, y su sentido del humor es de segunda fila. Lo más penoso en este último caso es lo que atañe a la descripción del villano de la función, un tal Richmond Valentine (Samuel L. Jackson) que tiene un diabólico plan para reducir la población mundial mediante la propagación de un virus que provoca un masivo ataque de locura asesina entre los infectados. Hay un momento en que, en un quiebro meta-fílmico, Valentine conversa con Harry Hart sobre las películas de James Bond, y el segundo le dice al primero que siempre ha considerado que aquellas estaban a la altura de sus villanos. Kingsman: Servicio secreto también está a la altura de su villano, pero para mal: a pesar de que Samuel L. Jackson es un excelente actor, su Richmond Valentine, con su ceceo al hablar (un chiste fácil), su aprensión a la sangre (otro), su afición a ofrecer a sus invitados hamburguesas industriales (otro más), y que, siguiendo la tradición “bondiana”, se hace acompañar por una secuaz “especial” —Gazelle (Sofia Boutella)— que, en vez de pies, tiene dos afiladas espadas capaces de partir a alguien en dos (¡qué risa!), es un villano que no puede causar inquietud alguna: tan solo un discreto aburrimiento.


Puede que toda esa ligereza sea la que, en última instancia, justifica que el film se adentre con desparpajo y, dirán, sin prejuicios (sin sentido del ridículo, diría más bien yo) en una serie de alegres excesos, convirtiendo sus secuencias de acción en un puro delirio visual al servicio de lo gratuito. Ya lo he dicho al principio: Vaughn sabe filmar, pero eso no significa que lo que filma sea brillante; aparatoso y eficaz, todo lo más. Los momentos más recordables son, casi me atrevería a decir que forzosamente, en primer lugar esa sanguinaria secuencia en la que, como consecuencia del virus propagado por Valentine, Harry Hart y los feligreses asistentes a misa en una iglesia norteamericana ultra-ortodoxa se enzarzan en una orgía de asesinatos; Vaughn la resuelve en base a planos-secuencia o planos de larga duración siguiendo coreográficamente la matanza pero el resultado, por más que vistoso, es asimismo cansino: a Vaughn le cuesta soltar su juguete y la secuencia, a base de alargarla tanto, pierde buena parte de su efectividad y termina por aburrir. A ella hay que añadir el pirotécnico festival de explosiones de cabezas dentro del cubil secreto de Valentine, que convierte una idea sanguinolenta a lo La furia (The Fury, 1978, Brian de Palma) o Scanners (ídem, 1981, David Cronenberg) en una suerte de falla valenciana de decapitaciones filmadas con colorines. Con franqueza: prefiero, con todos sus defectos, la peor película Bond. Por lo menos, estas no van de estériles productos “desmitificadores” para listillos.   

3 comentarios:

  1. El tebeo no está mal. No es que invente la penicilina, pero entretiene y tiene varios apuntes ocurrentes, como el consejo que le da a Eggsy su mentor acerca de la personalidad de las novias de los supervillanos. El prólogo con Mark Hamill es muy gamberro y la mofa que representa de las películas de James Bond está muy bien llevada. No aparece ninguna referencia a Arturo ni a los caballeros de la tabla redonda, el villano no cecea (aunque es de lo más sosainas, tal vez un apunte irónico, por esa convención de que tienen que ser inteligentes y sofisticados) y sí que hay algún apunte de crítica social bastante atinado al final, en los consejos que le da el mentor a su pupilo, ya convertido en un agente. No he visto la película, pero vamos, parece que Vaughn ha cambiado un montón de detalles argumentales. Repito, "The secret service", el tebeo, te hace pasar un buen rato, como el tebeo de "Kick-ass", cuyo espíritu gamberro Vaughn traicionó de forma notoria en buena parte del metraje de su adaptación. No veo nada de especial en este tío, salvo que consiguió conquistar a toda una Claudia Schiffer siendo más bien normalito y alopécico. Puede que su cartera tuviera algo que ver...

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  2. Me resulta llamativo ver que los escritos más negativos sobre esta película contienen siempre una anotación final defendiendo la saga Bond por encima de estos "experimentos".

    Yo no soy muy fan de Bond (algunas se me hacen más llevaderas pero en general es un mundo/personaje que me resulta poco atractivo) y es quizá precisamente por eso que esta película me ha parecido bastante notable. En realidad veo poca diferencia entre la mitología y el trasfondo, también el vacío del mismo, entre esta película y cualquier película del agente 007. Cierto que en la saga del personaje de Ian Fleming todo el fondo ideológico/filosófico/existencial está más subliminado (y barnizado de "respetabilidad" en lo políticamente correcto) pero precisamente creo que el acierto en el componente satírico o crítico de lo realizado por Vaughn (para nada santo de mi devoción) no reside en subvertir las cosas sino en dejarlas tal cual son. Desde mi humilde punto de vista no ha invertido nada, ni le ha dado una nueva vuelta de tuerca: se ha limitado a dejar todo tal cual es en el original sólo que ha traído al frente lo más rancio de su subtexto y lo ha "desnudado" (y quizá, esto sí, ha radicalizado sus postulados). Lo que puede tener de irónico o gamberro reside en elegir ser deliberadamente, o esa es al menos mi impresión, una película Bond. Sólo que restándole la solemnidad y la corrección política.

    Contestando también a Iker decir que aunque no he leído el cómic yo tampoco tengo entendido que las diferencias entre tebeo y películas son notables.

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  3. Durísimas declaraciones sobre la vida personal del bueno de Vaughn. A mi Kick-Ass me pareció una tontería muy grande pese a que para algunos era "modernísima" y estoy de acuerdo en que Stardust no era tan mala como se dijo. A mi me gusta mucho más Guy Ritchie y enb especial sus primeros filmes "Lock and Stock" o "Snatch". Pero me atrevo a decir Tarantino es a este tipo de films, lo que Leone fue para el western europeo o Landis para la comedia gamberra: tan buenos autores como pésimas influencias.

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