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miércoles, 26 de enero de 2022

Muertos de hambre: “LA BANDA DE LOS GRISSOM”, de ROBERT ALDRICH



En la década de los setenta, y dejando aparte la a mi entender poco conseguida Comando en el mar de China (Too Late the Hero, 1970) o la decididamente mediocre Rompehuesos (The Longest Yard, 1974), Robert Aldrich firmó algunas de sus mejores y más intensas películas, marcadas en su mayoría por una desesperación casi nihilista, una urgencia y una violencia explosiva, las cuales brillaron en todo su esplendor en títulos tan memorables como el western La venganza de Ulzana (Ulzana’s Raid, 1972), esa cruda evocación de la Depresión titulada El emperador del norte (Emperor of the North Pole, 1973), la románticamente desesperanzada Destino fatal (Hustle, 1975), la pesimista Alerta: misiles (Twilight’s Last Gleaming, 1977) y la cínica y caricaturesca La patrulla de los inmorales (The Choirboys, 1977). A esta misma época pertenece la excelente La banda de los Grissom (The Grissom Gang, 1971), un film policíaco surgido al albur de la moda que fuera conocida como cine retro y que se apoderara del género a raíz del éxito de la envejecida Bonnie y Clyde (Bonnie & Clyde, 1967), de Arthur Penn, y de la cual brotaron títulos de toda índole, desde los más modestos y expeditivos, caso de Mamá sangrienta (Bloody Mama, 1970), de Roger Corman, sobre las sangrientas correrías de “Ma” Baker y la banda de atracadores formada con sus propios hijos (con la cual La banda de los Grissom guarda algún punto de contacto), hasta otros más caros y sofisticados, caso del famoso Chinatown (ídem, 1974) de Roman Polanski, por más que posiblemente sea La banda de los Grissom el más interesante de todos ellos.



La banda de los Grissom
es una adaptación de una celebrada novela del especialista en literatura “negra” James Hadley Chase, No Orchids for Miss Blandish (1939), también conocida como The Villain and the Virgin (sic) y como El secuestro de Miss Blandish en su edición española, la cual ya había conocido una primera versión para el cine de nacionalidad británica, titulada asimismo No Orchids for Miss Blandish, aunque también se la menciona como Approved y Black Dice, realizada por St. John Legh Clowes en 1948. A partir de la novela de Chase, Aldrich elaboró una tragedia cínica y sangrienta, utilizando magníficamente la estética retro, de tal manera que la misma deja de ser un mero ornamento esteticista para convertirse en una parte sustancial del meollo del relato. Aquí la época de la Depresión no es un telón de fondo destinado a poner de relieve la fotogenia de los trajes o los escenarios de entre finales de los veinte, momento en el cual se produjo el célebre Crack financiero de Wall Street, y buena parte de la década de los treinta, durante la cual la nación norteamericana sufrió profundamente las consecuencias de esa debacle. Por el contrario, aquí la pobreza resulta física, palpable, y, sobre todo, ofrece un doloroso contraste entre los personajes ricos, tal es el caso de la secuestrada Barbara Blandish (Kim Darby), y los pobres, los componentes de la banda de los Grissom que se apoderan de ella y pretender cobrar un millón de dólares por su rescate. Lo que al final subyace en el fondo del relato no es tanto un agudo dibujo de las diferencias de clase como, en particular, la descripción del odio a ultranza, el desprecio visceral y sin miramientos, que hay entre todos y cada uno de unos personajes descritos sin el menor asomo de simpatía hacia ninguno: los Grissom, ya lo hemos apuntado, odian a su prisionera, Miss Blandish, por el mero hecho de ser, al contrario que ellos, una persona adinerada; y la joven Barbara, caprichosa y acostumbrada a tener todo lo que le viene en gana sin esfuerzo (hay un momento en que confiesa que, pese a ser apenas una adolescente, le gusta beber alcohol), les detesta no tanto porque la hayan secuestrado como por el hecho de que sus secuestradores no sean más que unos muertos de hambre



Ni que decir tiene que el panorama humano que muestra Aldrich en La banda de los Grissom es tan áspero, cruel y sin entrañas, que no resulta de extrañar que la violencia entre los personajes brote aquí más espontáneamente que nunca en la carrera de este virulento cineasta. Resulta inolvidable al respecto la dura secuencia en la que, tras haber rechazado los avances con miras sexuales de Slim (Scott Wilson), el más joven y mentalmente retrasado miembro de los Grissom, Barbara reciba una dura paliza a puñetazos por parte de Gladys “Ma” Grissom (Irene Dailey), una émula de “Ma” Baker a la que su miserable existencia ha convertido en una mujer brutal y sin escrúpulos. De hecho, ninguna de las relaciones humanas que se entablan en el film hace gala del menor signo de afectividad: “Ma” Grissom detesta a su marido, Doc (Don Keefer), porque le parece un cobarde y un pusilánime (de ahí que, en el violento clímax final, todavía tenga tiempo, antes de iniciarse el tiroteo con la policía, de aprovechar que Doc se da la vuelta, tras decirle que la abandona, para acribillarle por la espalda); el millonario John P. Blandish (Wesley Addy) mira con desprecio al detective privado que ha contratado, Dave Fenner (Robert Lansing), porque le parece alguien “inferior” a él (sic), aún tratándose del único hombre que puede recuperar a su hija con vida; Anna Borg (Connie Stevens), la amante de otro miembro de la banda de los Grissom, Eddie Hagan (Tony Musante), es una fulana que tan solo piensa en triunfar como bailarina en Broadway y que esconde una pistola en su mesita de noche; entre los miembros de la banda hay, asimismo, considerables dosis de resentimiento, sobre todo a raíz del momento en que “Ma” Grissom decide que lo mejor que pueden hacer con Barbara después de haber cobrado el rescate es acabar con ella: ese anuncio pone sobre aviso a Slim, que en su locura se ha enamorado de Barbara y, con tal de protegerla de su familia, está dispuesto, incluso, a matar a su propia madre, a la que amenaza con su navaja.



La mirada sobre la violencia es frontal, directa, brutal: aquí, primero se golpea, se acuchilla o se dispara, y luego se piensa. Al principio, Barbara es secuestrada por la banda de ladrones liderada por Joe Bailey (Matt Clark), los cuales tan solo quieren robarle el collar de 50.000 dólares que luce en el escote, pero el asesinato accidental a tiros de Jerry (Alex Wilson), el acompañante de Barbara, les obliga a llevarse a la chica para que no testifique contra ellos. Joe y los suyos se esconden con Barbara en la granja de un negro colega suyo llamado Johnny (Dots Johnson), lugar donde luego se presentan los Grissom, quienes asesinarán a los primeros para poder llevarse a la muchacha. Es evidente que todos los miembros de la banda, la madre y el padre incluidos, le tienen miedo a Slim, quien en ocasiones parece comportarse como un niño, pero en realidad es un psicópata cuyos estallidos de violencia son imparables e incontrolables: es particularmente crudo ese momento en que Slim asesina a navajazos a Eddie, después de que este haya intentado violar a Barbara; la escena está resuelta en fuera de campo, sobre la imagen de Barbara gritando, horrorizada, cada vez que oye en off las cuchilladas que Slim asesta en el cuerpo de Eddie. Acorralados por la policía en su nueva casa en la ciudad, los Grissom se atrincheran, dispuestos a vender cara su vida, sin tan siquiera plantearse la posibilidad de entregarse y, de este modo, salvar el pellejo; el resultado, previsiblemente, será una matanza explosiva.



A pesar de su estética retro, La banda de los Grissom no es una película “bonita”, sino, por el contrario, áspera y desagradable, de narrativa seca y concisa. Hay momentos en los que Aldrich parece buscar, deliberadamente, cierta fealdad visual: véase el horrible decorado del dormitorio de colores que Slim le ha preparado a Barbara cuando toda la banda se traslada del campo a su nueva y lujosa casa en la ciudad, reflejo del carácter semi infantil de Slim y el trasfondo ingenuo de su amor incondicional hacia Barbara. También hay en el film cierta tendencia hacia lo grotesco: el tono crispado de los intérpretes, todos magníficos; la sudoración constante en sus rostros; la apariencia ruin de gestos y miradas… Pocas veces Aldrich fue tan “al grano” como en este film, amargo como pocos, que huye del sentimentalismo como de la peste a pesar de que, en determinados instantes, resuelve con sensibilidad el dibujo de la atracción que Slim sienta hacia Barbara y el afecto, creciente (aunque muy influido por el instinto de supervivencia), que poco a poco va experimentando Barbara hacia Slim, consciente de que es su única tabla de salvación. El único apunte sentimental viene dado, paradójicamente, por esa misma historia de amor imposible entre Barbara y Slim, la chica rica y el delincuente demente: los dos extremos de una trama que parece moverse, asimismo, entre la soberbia y la locura.


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