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viernes, 25 de septiembre de 2020

“IMÁGENES DE ACTUALIDAD” OCTUBRE 2020, a la venta



El n.º 412 de Imágenes de Actualidad dedica su portada a una de las (escasas) superproducciones que, con un poco de suerte, veremos en pantalla grande antes de que acabe este año tan aciago: Wonder Woman 1984 (ídem, 2020), de Patty Jenkins. Aquí tenéis, también, el sumario completo del número.



Con motivo del estreno de la Muerte en el Nilo (Death on the Nile, 2020) de Kenneth Branagh, firmo para la sección Cult Movies un texto sobre la estupenda primera versión para el cine de la misma novela de Agatha Christie: Muerte en el Nilo (Death on the Nile, 1978), de John Guillermin, que se complementa con comentarios sobre otras dos producciones de John Brabourne y Richard Goodwin basadas, asimismo, en libros de Christie: El espejo roto (The Mirror Crack’d, 1980) y Muerte bajo el sol (Evil Under the Sun, 1982), ambas realizadas por Guy Hamilton.



Cierro mi contribución a este número de la revista con un par de reseñas de otros tantos films de Terrence Malick de los cuales he hablado abundantemente en este blog y que acaban de aterrizar en nuestros (pocos) cines: Knight of Cups (2015) y Song to Song (2017) (1), además de la crítica de She Dies Tomorrow (2020), de Amy Seimetz.



(1) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2016/07/fragmentos-pedazos-de-un-hombre-knight.html + http://elcineseguntfv.blogspot.com/2017/12/variaciones-malick-song-to-song-de.html 

 

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sábado, 12 de septiembre de 2020

Experimento “blockbuster”: “TENET”, de CHRISTOPHER NOLAN



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTA PELÍCULA.] El coste de producción de Tenet (ídem, 2020), el nuevo film escrito y dirigido por Christopher Nolan, oscila, según las fuentes, entre los 200 y los 225 millones de dólares; es, sin duda alguna, un blockbuster, o al menos, lo que se entiende como tal: una superproducción de acción made in Hollywood. Razones no nos faltan para verla y aceptarla como, sencillamente, eso: un entretenimiento hollywoodense sin más, un producto de vistosa factura y lujosos medios que llena la pantalla con 150 minutos de acción evasiva, si se me permite el juego de palabras. De hecho, arranca como lo hace el 90% del cine comercial estadounidense de gran aparato, con una “gran secuencia” de acción para-ir-abriendo-boca; prosigue con una serie de calculadas set pieces de acción, o lo que se entienden como tales, progresivamente mayores, ergo, cada vez más espectaculares (mucho habría que hablar sobre qué es la acción en el cine y qué es el cine de acción como género, pero dejamos este tema para otra ocasión); y culmina en un grand finale, una última y definitiva secuencia de acción a modo de apoteosis. En principio, nada que no hayamos visto cientos de veces hasta ahora.



Pero, claro, estamos hablando de una película de Christopher Nolan, un cineasta –ahora mismo, uno de los mejores del mundo– que hace tiempo que viene demostrando una más que notable habilidad para disfrazar de superficialidad y entretenimiento no pocos experimentos visuales y narrativos de primer orden. Sin ser uno de sus mejores trabajos, Tenet no constituye, ni mucho menos, una excepción. Por el contrario, su nuevo film vuelve a ser, en este sentido, una superproducción para adultos (o. mejor dicho, para público con una mentalidad adulta, tenga la edad que tenga), como pudieran serlo, cada una a su manera, la trilogía del Caballero Oscuro (1) –en particular, su magnífico segundo capítulo–, Origen (2), Interstellar (3) o Dunkerque (4). De hecho, vuelve a ser, como es habitual en todo el cine de Nolan, un experimento a ratos juguetón, a ratos extremadamente severo, con las convenciones narrativas del cine de género, en esta ocasión, las del así llamado cine de acción.




Dicho en términos coloquiales, si el “más difícil todavía” es una de las reglas de oro del cine de acción como género, en virtud del cual las secuencias de acción, que son las que lo define y distingue de otros géneros, tienen que ir “a más”, el planteamiento de Tenet, de pura ciencia ficción, es de los que rizan el rizo. Si en Origen, su película con la cual más se ha comparado Tenet –a mi entender, exageradamente–, se trataba de un equipo de agentes secretos capaces de introducirse en los sueños de las personas y manipularlas a su antojo, en esta ocasión la trama, de nuevo protagonizada por agentes secretos, gira alrededor de la posibilidad de manipular los flujos temporales entre pasado y futuro, dando por resultado una inversión de los conceptos de causa y efecto: las balas saltan a las manos de quienes las manipulan, o regresan “mágicamente” al interior de las armas de fuego, porque cayeron de esas manos o fueron disparadas por esas armas en el pasado; los agujeros perforados en el cristal “escupen” esas mismas balas disparadas en el pasado y que ahora tienen la facultad, como digo, de regresar al interior de los cargadores de las pistolas; los cuerpos humanos se deslizan por el suelo en dirección contraria a la de la fuerza de una explosión que los ha empujado; en esa otra dimensión donde el tiempo retrocede hacia el pasado, las personas hablan un lenguaje incomprensible, hasta que descubrimos que en realidad están hablando al revés; en medio de una persecución automovilística, los coches volcados giran “imposiblemente” sobre sí mismos y recomponen sus pedazos para volver a circular en perfecto estado por la calzada; otro coche, este en llamas, no carboniza a su indefenso conductor, sino que lo deja “congelado” (sic), porque en esa otra dimensión se invierten los conceptos habituales de nuestra realidad, de tal manera que el fuego hiela, y el hielo, abrasa; y, en medio de un campo de batalla, las explosiones se contraen y luego detonan, o los edificios destruidos se recomponen solos… Todo ello más complicado que complejo, a mi entender, pero visualizado de la manera más sencilla y eficaz posible: mediante la proyección de la imagen hacia atrás, recuperando, por unos instantes, la magia primigenia del cine, los trucos que dejaban boquiabierto y maravillado al público que asistía a los espectáculos de Méliès. Que una superproducción de acción aparentemente à la pâge tome como referente visual al cine silente es o debería ser suficiente para que Tenet se viera con algo más que simpatía. Pero la cosa, que ya es mucho, no termina ahí.



También puede verse Tenet como un comentario en voz alta sobre la naturaleza misma del blockbuster. Su principal protagonista (John David Washington), del cual nunca conoceremos su nombre, se identifica en las escenas finales como El Protagonista, sin más. Es el único personaje que carece de nombre y apellido a pesar de ser, paradójicamente, el protagonista del relato. Desde cierto punto de vista, ¿acaso no es verdad, en el blockbuster contemporáneo, que el personaje protagonista se llame así o asá es algo completamente indiferente (más allá de figuras icónicas como James Bond, Indiana Jones o Rambo)? Por otro lado, el Protagonista carece, al principio, de entidad propia: es un personaje que, literalmente, “nace” (tras la primera gran secuencia de acción del principio) y “crece” (tan pronto como es puesto en antecedentes sobre qué es Tenet) ante los ojos del espectador a medida que avanza el relato. Pero lo relevante reside en el hecho de que el Protagonista de Tenet es, aquí más que nunca, el personaje-conductor de una trama que se desarrolla, en la mayoría de las secuencias, desde su punto de vista, y lo único que confiere un determinado sentido narrativo a lo desarrollado. Un relato que está lleno, por otro lado, de numerosos ecos de las películas de James Bond, una obsesión reconocida por el propio Nolan que se hallaba muy presente en Origen y, en parte, en la Trilogía del Caballero Oscuro, que mostraba, en este sentido, un Batman muy 007.



Otro tanto puede afirmarse de los personajes, digamos, “secundarios”, si bien no menos importantes en el desarrollo del argumento: el agente secreto Neil –un excelente Robert Pattinson: vaticino que el actor va a dar una grata sorpresa como Batman–, cuya ambigüedad es coherente con la cantidad de sorpresas que escode (entre ellas, la final, que no “destriparemos” aquí en atención a quien todavía no haya visto el film); Kat (Elizabeth Debicki) y su gélida belleza, que Nolan filma con una mezcla de delectación y fascinación: hay un momento en que incluso dedica un plano general muy abierto para que veamos a Debicki y su impresionante metro noventa de estatura rodeada/ contrapuesta a una serie de estatuas de corte clásico, como si ella fuera un “monumento” más; el villano ruso Andrei Sator, a cargo de un sorprendente Kenneth Branagh, cuyo carácter trágico y nihilista queda desvelado, asimismo, en las escenas finales, que no relataremos…; el jefe del servicio secreto inglés Sir Michael Crosby, a cargo de un demacrado Michael Caine, repitiendo en cierto sentido el carácter de icono del cine de espías británico que ya desempeñó en la mediocre Kingsman: Servicio secreto (Kingsman: The Secret Dervice, 2014, Matthew Vaughn) (5). El único inconveniente de este juego, atractivo en primera instancia, no tanto si se profundiza un poco en él, reside en que el carácter arquetípico de estos personajes no va más allá de su enunciado, ni tan siquiera partiendo de la base de que son tópicos con conciencia de estar presentándolos como tales: los personajes de Tenet, y lo que les ocurra, no nos interesan ni nos emocionan, con independencia de la buena labor de sus intérpretes y de su condición de arquetipos que Nolan contempla, deliberadamente, “desde fuera”.



Por suerte, hay en Tenet muchos otros elementos de interés que compensan esa deficiencia dramática (deficiencia que puede serlo o no en función de cómo “entre” cada espectador en la abstracción del juego planteado por el cineasta). Es bien sabido que Nolan se ocupa personalmente de dirigir la segunda o segundas unidades de sus películas. En este sentido, ya hace tiempo que demuestra una pericia para las secuencias de acción que ha ido puliendo con el tiempo, sobre todo a partir del momento en que se doctoró en las mismas con Batman Begins, alcanzando ya una primera cima con las de El caballero oscuro: todo lo que había aprendido/ ensayado en su primer film del Hombre Murciélago brillaba a gran altura en el segundo. Tenet no constituye una excepción: dejando aparte la secuencia final de la batalla, excesivamente alargada con vistas a lograr el “obligado” clímax apoteósico del cine de acción contemporáneo, y de servir de mero contrapunto espectacular para la parte de la intriga dramáticamente más interesante –los esfuerzos de Kat en el yate a fin de engañar a Sator y acabar con su vida–, la maestría del director británico a la hora de planificar, filmar y montar secuencias de acción vuelve a estar, aquí, fuera de toda duda: la secuencia inicial del atentado en la sala de conciertos, la del asalto nocturno del Protagonista y Neil a la vivienda de la traficante de armas Priya (Dimple Kapadia), la de la incursión del Protagonista y Neil en el almacén de arte tras haber estrellado un avión de pasajeros vacío como maniobra de distracción (¡), la del asalto al coche donde los sicarios de Sator transportan una valiosa mercancía rodeándolo con varios vehículos pesados y la posterior persecución automovilística hacen gala de una brillantez y limpieza narrativa ejemplares. Incluso algunos detalles de puesta en escena que, en un primer momento, parecen meros “pegotes”, tales como la escena de la chica que salta al agua desde el yate de Sator, o la planificación cámara en mano y con planos cerrados de la pelea cuerpo a cuerpo en el almacén de arte del Protagonista contra un sicario fuertemente equipado y con casco y máscara antigás, no son sino astutos trampantojos destinados a proporcionarnos “informaciones parciales” que, más adelante, adquirirán todo su sentido. Con franqueza, no comprendo las malas críticas (ni los chistes) que ha recibido este excelente film que, en el contexto del blockbuster contemporáneo, hace gala de una carga intelectual insólita y que, en otras circunstancias, habría sido recibida con entusiasmo. Tampoco entiendo que sea tildada de “confusa”, “ininteligible” y “pretenciosa” por el mero hecho de incurrir en un pecado, por lo visto, “imperdonable” hoy en día: obligar al espectador a pensar.


 

(1) El caballero oscuro: http://elcineseguntfv.blogspot.com/2009/04/el-caballero-oscuro-vs-watchmen-el.html / + El caballero oscuro: La leyenda renace: http://elcineseguntfv.blogspot.com/2012/07/la-caida-y-el-regreso-del-murcielago-el.html

(2) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2010/09/los-dos-cobb-proposito-de-following-y.html

(3) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2014/12/imagenes-de-actualidad-y-dirigido-por.html

(4) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2017/08/

(5) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2015/03/hijos-de-james-bond-y-harry-palmer.html


viernes, 28 de agosto de 2020

“DIRIGIDO POR…” SEPTIEMBRE 2020, a la venta

 



Tras haber publicado cuatro números online en nuestra web, los correspondientes a los meses de abril, mayo, junio y julio-agosto (1), por culpa de la pandemia del coronavirus COVID-19, Dirigido por… recupera su versión clásica en papel en su n.º 509, dedicando su portada al ya anunciado, y extraordinario, estudio que Quim Casas ha escrito sobre Josef von Sternberg.



Mi contribución a este número consiste, en primer lugar, en la crítica de la más reciente película de Abel Ferrara: Tommaso (ídem, 2020).



También firmo las críticas de Gretel y Hansel (Gretel & Hansel, 2019, Osgood Perkins) y Ofrenda a la tormenta (Fernando González Molina, 2020), para la sección Streaming / TV.


(1) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2020/04/dirigido-por-abril-2020-disponible.html (abril 2020) + http://elcineseguntfv.blogspot.com/2020/05/dirigido-por-mayo-2020-disponible.html (mayo 2020) + http://elcineseguntfv.blogspot.com/2020/06/dirigido-por-junio-2020-disponible.html (junio 2020) + http://elcineseguntfv.blogspot.com/2020/07/dirigido-por-julio-agosto-2020.html (julio-agosto 2020).

 

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martes, 25 de agosto de 2020

“IMÁGENES DE ACTUALIDAD” SEPTIEMBRE 2020, a la venta

 


Como mucha gente sabe, el n.º 411 de Imágenes de Actualidad es muy, pero que muy, especial, dado que supone el retorno de la edición en papel de la revista, la cual había sido imposible llevar a cabo desde que publicamos nuestro último número en este formato el pasado mes de marzo (1), como consecuencia, huelga decirlo, de las restricciones económicas y logísticas impuestas por el estado de alarma decretado a raíz de la pandemia del coronavirus Covid-19. Y, aunque sabemos que atravesamos momentos difíciles sobre todo para la cultura, que suele ser la primera víctima de este tipo de situaciones (y más en estos tiempos en los cuales solo parece valorarse –horror– “lo útil”), no nos da la gana de achicarnos y regresamos ofreciendo a nuestros lectores tantos contenidos interesantes para los amantes del cine como nos ha sido posible reunir. Para atrás, ni para tomar carrerilla.

Regreso a la revista aportando, como todos los meses, la sección Cult Movies, que este mes está dedicada, afectuosamente, a la magnífica actriz Olivia de Havilland, recientemente fallecida, y en la que hablo de la que, sin duda, es la más famosa película de su carrera (y de toda la Historia del Cine): Lo que el viento se llevó (Gone with the Wind, 1939, Victor Fleming). La sección, y el homenaje, se completan mediante sendas aproximaciones a los dos films por los cuales De Havilland ganó el Óscar a la Mejor Actriz: Vida íntima de Julia Norris (To Each His Own, 1946, Mitchell Leisein) y La heredera (The Heiress, 1949, William Wyler).

 

(1) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2020/02/imagenes-de-actualidad-marzo-2020-la.html

 

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jueves, 23 de julio de 2020

La tragedia de “Montaña” Rivera: “RÉQUIEM POR UN CAMPEÓN”, de RALPH NELSON



Réquiem por un campeón (Requiem for a Heavywight, 1962), debut en el cine del neoyorquino Ralph Nelson (1916-1987), es una nueva versión del mismo guion de Rod Serling, el célebre creador de series como Dimensión desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964) o Galería nocturna (Night Gallery, 1969-1973), que el propio Nelson ya había realizado para televisión: Requiem for a Heavyweight (1956), perteneciente a la serie Playhouse 90 (1956-1959), y protagonizada por Jack Palance, Keenan Wynn, Kim Hunter y Ed Wynn. Anotemos, a título de curiosidad, la existencia de otra versión televisiva para la BBC de ese mismo guion, asimismo titulada Requiem for a Heavyweight (1957), dirigida por Alvin Rakoff y en cuyo reparto hallamos nada menos que a unos, por aquel entonces, desconocidos Sean Connery y Michael Caine.


Réquiem por un campeón podría inscribirse, fácilmente, entre las más duras visiones del mundo del boxeo que haya proporcionado el cine norteamericano a lo largo de su historia, en la línea, pongamos por caso, de El ídolo de barro (Champion, 1949) o Más dura será la caída (The Harder They Fall, 1956), ambas de Mark Robson; es decir, dentro de lo que suele conocerse como “películas anti boxeo”. No faltan razones para ello, y más teniendo en cuenta que esa mirada sombría hacia este deporte está mostrada, de manera tan brillante como contundente, nada más empezar el film: nos hallamos en los tensos minutos finales de lo que se conoce como “una velada pugilística”, y Nelson nos sumerge en medio de ella mediante una vibrante utilización de la cámara subjetiva, colocando al espectador en el punto de vista de un púgil que se está llevando una monumental paliza a manos nada menos que de Cassius Clay (quien se interpreta a sí mismo), y para desesperación de los dos hombres que le acompañan, su mánager, Maish Rennick (Jackie Gleason), y su entrenador, Army (Mickey Rooney); el combate termina con el KO del boxeador cuyas andanzas seguimos en cámara subjetiva (el KO es la manera “técnica”, elegante, de decir que a alguien le han partido la cara hasta dejarle al borde o sumergido en la pérdida de conocimiento); el entrenador ayuda a su púgil a regresar al vestuario mientras, por el camino, el público le abuchea, reprochándole su derrota (y, en el fondo, que no les haya proporcionado un poco más de “espectáculo”: el KO se ha producido en el séptimo asalto); cuando el boxeador pasa por delante de un espejo, vemos entonces su rostro: el del actor que lo interpreta, Anthony Quinn, y el del personaje, Louis “Montaña” Rivera, convertido en una especie de masa tumefacta y sangrante.


Sin embargo, hay que matizar que, antes de esa excelente exhibición de cámara subjetiva, Réquiem por un campeón se ha iniciado poco antes con otro movimiento de cámara, no menos virtuoso, y en contrapartida más elegante: un travelling lateral que recorre la barra de un bar y nos muestra a un grupo de hombres sentados ante ella, todos ellos mirando el combate de boxeo entre “Montaña” y Cassius Clay que se está emitiendo por televisión: en los rostros de esos hombres, algunos de ellos ya maduros, advertimos las facciones gastadas, esculpidas a golpes, todavía con cicatrices, que delatan su condición de exboxeadores; efectivamente, más avanzado el relato, sabremos que el local donde se hallan es un tugurio al cual suelen acudir púgiles retirados, la mayoría de ellos para ahogar en alcohol su condición de parias de la sociedad: de personas las cuales, una vez pasado su efímero momento de gloria, han desaparecido por completo de la atención pública. Ni que decir tiene que este travelling descriptivo sobre los exboxeadores no es sino una presentación del futuro que le espera al púgil al cual le van a romper la cara en la secuencia en cámara subjetiva que va a venir a continuación. Y, por descontado, luego veremos a “Montaña” Rivera engrosando el cupo de boxeadores retirados y alcoholizados que llenan ese agujero para “juguetes rotos”.


A pesar de que Réquiem por un campeón puede verse como una feroz diatriba contra el boxeo, o por lo menos como un ataque frontal y sin concesiones contra una de sus peores facetas, la que nadie quiere ver dado su carácter desagradable y carente de glamour, la relativa al negro futuro que les espera a esos hombres que, en la mayoría de las ocasiones, no saben hacer otra cosa que boxear, este excelente film de Ralph Nelson –acaso su mejor película– no es tan solo una “película anti boxeo”. Es, también, un espléndido melodrama sobre el fracaso que hubiese hecho las delicias de un John Huston –quien ya abordó un tema parecido en su posterior Fat City (Ciudad dorada) (Fat City, 1972)–, y cuyo poderoso estudio de personajes, situaciones y ambientes elevan el interés de la propuesta por encima, incluso, de ese apasionado discurso anti boxeo, para erigirla en una pieza romántica y trágica hasta la exasperación.


Con el apoyo inestimable de la gran fotografía en blanco y negro de Arthur J. Ornitz y del formidable trabajo interpretativo de Anthony Quinn, Jackie Gleason, Julie Harris y, sobre todo, Mickey Rooney (quien lleva a cabo aquí un complejo y sutilísimo recital de intensos silencios y expresivas miradas en segundo término), Nelson construye Réquiem por un campeón con encuadres de una áspera sobriedad y de gran claridad expositiva, que contrastan deliberadamente con los movimientos de cámara con los que ha abierto el relato y que hemos comentado al principio de estas líneas. Si ese primer travelling sobre los púgiles retirados y bebiendo tiene un siniestro carácter elegíaco, y el movimiento abrupto de la cámara subjetiva hace gala, por el contrario, de su carácter turbulento, el resto del film sorprende, como digo, por su sobriedad narrativa, por más que no falten en ella, como no podía ser de otro modo, momentos de gran intensidad. Llama la atención el poderoso dibujo de la relación de necesidad y dependencia que existe entre los principales personajes: “Montaña” Rivera necesita a Maish, al que idolatra, para que le consiga combates, y Maish necesita a su vez a “Montaña” para ganar dinero; Army es consciente de que Maish se está aprovechando de “Montaña”, al que lleva explotando diecisiete años, y aunque le asquea su conducta sigue a su lado porque siente afecto por “Montaña” y teme dejarle solo con el mánager; en el curso de lo que se conoce como entrevista de trabajo (¿hace falta que añada que es una de las más sofisticadas técnicas de humillación y degradación del ser humano ideadas por la sociedad contemporánea?), “Montaña” conoce a la mujer que se encarga de tramitar su solicitud de empleo, Grace Miller (Julie Harris), una solterona que, aún sin reconocerlo explícitamente (ni falta que hace: Julie Harris lo expresa implícitamente), ve en “Montaña” esa última oportunidad de compañía antes de que la edad la catalogue entre las personas “no deseables”; incluso, en otro ámbito más tenebroso, hasta la mafiosa Ma Greeny (Madame Spivy) necesita a ratas como Maish, que le deben dinero y le proporcionan hombres para explotarlos en degradantes espectáculos de pressing catch como los que monta su socio Perelli (Stanley Adams); hasta “Montaña”, incapaz de seguir boxeando como consecuencia de una grave lesión en su cabeza, abandonado por Grace, manipulado por Maish, forzado por las circunstancias y ante un lloroso Army que ha hecho cuanto ha estado en su mano para ayudarle, acabará aceptando participar en una de esas bochornosas farsas de lucha libre, en uno de los finales más ásperos que haya proporcionado nunca el cine “de” o “sobre” el mundo del boxeo.



El mérito de Réquiem por un campeón, desde luego no pequeño, consiste en que esas relaciones de dependencia de los personajes están dibujadas de tal manera que, a medida que evolucionan, van revelando paulatinamente los matices ocultos de aquéllos. Resulta admirable, en este sentido, la secuencia en la cual Maish se ve acorralado por los matones de Ma Greeny, quien le reclama el dinero que ha perdido apostando a favor de “Montaña” en el combate que acaba de perder contra Clay: Maish es rodeado por los sicarios en el mismo ring donde su púgil acaba de ser vencido, y allí recibe a puñetazos “un aviso” que, sutilmente, Nelson visualiza fuera de campo, de manera que crea un agudo contraste (uno más) entre la violencia institucionalmente aceptada por la sociedad (el boxeo) y la violencia que, de forma secreta, es la que realmente “mueve” los bajos fondos de esa misma sociedad. No menos formidable resulta la gran secuencia en la cual “Montaña” recibe la visita sorpresa de Grace en el bar de los boxeadores, al cual ha acudido para anunciarle que, esa misma noche, tendrá una entrevista con alguien que puede ofrecerle un digno empleo como entrenador de niños en un campamento de verano; en el curso de esta secuencia, se produce un momento de gran fuerza dramática cuando, sentados en un reservado, “Montaña” se entusiasma en exceso cuando le narra a Grace uno de sus viejos combates, hasta el punto de casi asustar a la mujer: es un excelente apunte sobre el carácter de ambos personajes y de las dificultades de su hipotética historia de amor, que Nelson sabe expresar, asimismo sutilmente, mediante el juego escénico dentro del encuadre del espejo situado a espaldas de Grace, sugiriendo de este modo “la doblez” de ambos: que en “Montaña” hay, en efecto, un fondo de bondad e ingenuidad que es el que atrae a la solitaria Grace, pero también uno de brutalidad y excesos con el alcohol; y que buena parte de la atracción que Grace siente por “Montaña” reside en un deseo sexual insatisfecho y un ideal amoroso que tan solo existe en su imaginación: el posterior reencuentro de ambos en el apartamento de “Montaña”, y el conato sexual fallido que se produce allí, es muy significativo.

          Ralph Nelson y Anthony Quinn.   

sábado, 18 de julio de 2020

Caza al asesino: “LOS OJOS DE UN EXTRAÑO”, de KEN WIEDERHORN




Por más que, por regla general y salvo honrosas excepciones, Los ojos de un extraño (Eyes of a Stranger, 1981) suele incluirse dentro del género/ subgénero/ variante genérica del slasher, lo cierto es que, en la práctica, está más cerca del thriller de “suspense” más tradicional, con una mirada que recuerda, por temática y determinados recursos visuales, al Hitchcock de La ventana indiscreta (Rear Window, 1954) y, vagamente, también al de Psicosis (Psycho, 1960), con toques sacados del cine de Brian de Palma y de lo que se conoce como rape & vengeance. Buena prueba de ello reside en que, si creemos las informaciones de su producción que circulan al respecto, esta pequeña película dirigida por Ken Wiederhorn y distribuida por Warner Bros. se rodó, inicialmente, como ese thriller de “suspense” que, insisto, en el fondo es, y fue como consecuencia de la oleada de exitosos slashers desatada por las franquicias creadas por La noche de Halloween y Viernes 13 que los productores de Los ojos de un extraño decidieron aumentar sobre la marcha sus dosis de violencia y efectos de maquillaje gore (estos últimos a cargo del especialista Tom Savini); trucajes sanguinolentos que, por cierto, luego tuvieron que ser suavizados/ recortados/ eliminados, según los casos, a fin de impedir que el film se estrenara en salas bajo el estigma de la calificación moral “X” (sic), exclusivamente para mayores de edad, y que, por si alguien no lo recuerda, en aquellos tiempos podía condenar a una película al ostracismo.



Ken Wiederhorn, conocido sobre todo por los aficionados al cine fantástico por Shock Waves (1977), que comenté en este mismo blog (1) –fragmentos de la cual aparecen, fugazmente, reproducidos en un monitor de televisión–, y por La divertida noche de los zombies (Return of the Living Dead Part II, 1988) –que no es sino la secuela de El regreso de los muertos vivientes (The Return of the Living Dead, 1985, Dan O’Bannon)–, consiguió con Los ojos de un extraño el film más relativamente interesante de los que he visto con su firma. Sin ser, ni mucho menos, una obra excepcional, atesora numerosos elementos que le confieren una cierta personalidad propia en el contexto del cine de terror norteamericano de entre finales de los años 70 y primeros 80 del pasado siglo, empezando por el hecho de que, a mi entender, ni es un slasher ni, tampoco, un auténtico film de terror, por más que la presencia recurrente de un serial killer en su trama argumental lo empariente, temáticamente, con Norman Bates, Leatherface, Michael Myers, Jason Voorhees y su numerosa descendencia. La trama gira, principalmente (aunque no exclusivamente), alrededor de Jane Harris (Lauren Tewes), una locutora de televisión de Miami que se obsesiona con la idea de descubrir y capturar a un misterioso asesino en serie que se dedica a violar y asesinar a mujeres, aunque algunos hombres también caen, víctimas de su furia homicida, por hallarse en el momento equivocado y en el lugar equivocado.


Uno de los primeros puntos interesantes de Los ojos de un extraño es que, aproximadamente dentro del primer tercio del relato, descubrimos la identidad del asesino: Stanley Herbert (John DiSanti), personaje que casi comparte protagonismo con el de Jane. Naturalmente, en un primer momento podemos pensar que Jane está siguiendo una pista equivocada (es decir, que nos hallamos ante el típico truco de guion para despistar), cuando empieza a sospechar de Stanley por el mero hecho de que no es un hombre agraciado: solitario, gordo, con gruesas gafas de pasta y peinado de una manera que parece que usa bisoñé. Pero, a partir del momento en que, en efecto, le vemos cometiendo nuevos asesinatos, y ya no nos cabe la menor duda de que él es el asesino, el quid de la película deja de ser el saber quién es el asesino, sino el cómo lo van a atrapar. Y, si bien es verdad que la malignidad de la psicopatía homicida de Stanley es incuestionable, no es menos cierto que, en un momento dado, el film se mira con no menos mordacidad la malignidad inherente a la propia Jane, la cual, en su afán de atrapar al criminal, hace gala de un comportamiento a ratos digno de una perturbada aun con la excusa de que, con ello, tan solo pretende capturar a un delincuente y, en el fondo, purgar un hecho traumático de su pasado: Jane vive con su hermana menor Tracy (Jennifer Jason Leigh), una adolescente que se quedó ciega y muda como consecuencia de una terrible experiencia de la infancia de ambas: siendo niñas, Jane (Amy Krug) descuidó la vigilancia de Tracy (Tabbetha Tracey), la cual fue secuestrada y violada, perdiendo la vista y el habla a modo de secuela de dicha agresión; desde entonces, una remordida Jane ha convertido en una obsesión personal la protección de Tracy y la cruzada contra los delincuentes con motivaciones sexuales (véase, por ejemplo, cómo, cuando hace su trabajo como locutora de informativos televisivos en directo, acostumbra a “salirse del guion” ante las cámaras profiriendo agresivas opiniones personales cada vez que en el noticiero se informa sobre los nuevos crímenes del asesino).


Curiosamente, como digo, Los ojos de un extraño se desmarca notablemente del slasher de la época a pesar de que su guion está escrito por Ron Kurz, usando aquí el seudónimo Mark Jackson; lo digo porque Kurz fue guionista no acreditado de la primera entrega de Viernes 13 firmada en 1980 por Sean S. Cunningham y luego intervendría en los libretos de la segunda, tercera y cuarta entregas de la franquicia. Esa descripción en paralelo de las sanguinarias correrías del asesino Stanley y de las pesquisas e intromisiones de la obsesionada Jane con tal de dar con él le proporcionan al relato un trasfondo psicológico algo tosco, si se quiere, pero a pesar de ello sugestivo. Resulta sugerente, como ya he apuntado, que Los ojos de un extraño se detenga en la obsesión de Jane, esforzándose en explicarnos sus motivaciones vía el preceptivo flashback, y que, en cambio, no ofrezca la menor “explicación racional” en torno a las de Stanley para matar, mostrándolo sencillamente como lo que, en el fondo, es: una persona enferma fruto, acaso, de una sociedad enferma, en lo que puede verse, salvando las distancias, un pequeño precedente de los futuros tratamientos de la psicopatía criminal a cargo de David Fincher. De hecho, en las escenas en las cuales Jane acosa telefónicamente a Stanley –las cuales guardan ecos, también salvando las distancias, de lo que planteaba William Castle en Jugando con la muerte (I Saw What You What You Did, 1965)–, se produce una inesperada inversión de estereotipos: la mujer, víctima en potencia del asesino en serie según la convención establecida, incomoda al asesino perturbándolo directamente en la intimidad de su vivienda.


Es una pena que semejante material con posibilidades cayera en las manos de un realizador tan funcional y poco inspirado como Ken Wiederhorn, por más que, pocas dudas caben, el resultado se eleva bastante por encima de la media de su mediocre filmografía. Pese a todo, y a pesar de no pocos momentos resueltos, incluso, con vulgaridad, hay instantes en los cuales la película apunta lo que pudo haber sido de haber contado con un director más personal e implicado en lo que narraba. Hay escenas de asesinato resueltas de manera rutinaria, como por ejemplo la muerte de la bailarina de striptease en la ducha, por más que Wiederhorn tenga al menos la decencia de no hacer del todo evidente el guiño a la mencionada Psicosis y resuelva la escena de forma elíptica. Hay, en contrapartida, secuencias rodadas con cierto vigor y esporádico ingenio: la del asesinato de la chica rubia en su apartamento, precedido del de su novio, que la está esperando mientras ella se cambia de ropa (hay aquí un plano logrado: aquel que muestra la decapitación del novio, sentado en el sofá, y atacado por la espalda por Stanley con un enorme cuchillo de cocina, que vemos reflejada en el cristal de la pecera…, a cuyo interior irá a parar la cabeza cortada del novio); la secuencia del asesinato de la empleada de una oficina que se ha quedado sola y recibe llamadas amenazadoras de Stanley; la de la pareja de amantes que se están sobando dentro del coche, y tienen la mala fortuna de coincidir con el asesino justo cuando este está intentando deshacerse del cadáver de aquella oficinista; y, en particular, el clímax en el apartamento de Jane y Tracy, con Stanley intentado violar y asesinar a esta última, y que atesora otro de los mejores momentos de la función: Tracy, que ha recuperado parte de la vista que perdió de niña como consecuencia de esta nueva agresión sexual (un trauma cura otro trauma), aprovecha un momento en que cree haber dejado a Stanley sin sentido para ver, por primera vez ante un espejo, su cuerpo semidesnudo de mujer joven; dejando aparte la extraña especialización de Jennifer Jason Leigh en personajes de mujeres violadas ya desde estos primeros años de su carrera, la escena se beneficia de la excelente interpretación de la actriz que, con tan solo 20 años, todavía no incurría en sus excesos y tics posteriores, y que no superaría hasta alcanzar su actual madurez como intérprete.