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jueves, 26 de agosto de 2021

“DIRIGIDO POR…” SEPTIEMBRE 2021

 


Para este 2 de septiembre está prevista la salida y el inicio de la distribución nacional del número 520 de DIRIGIDO POR…, cuyos principales contenidos destacados en portada son un estudio dedicado a Denis Villeneuve, con motivo del próximo estreno de Dune (ídem, 2021), y otro a la obra como realizador de Fernando Fernán Gómez, para conmemorar el centenario de su nacimiento este 28 de agosto. 
Firmo, precisamente, el mencionado estudio dedicado a Denis Villeneuve, como parte de mi contribución mensual a este número de la revista, donde hablo de todos sus largometrajes anteriores a Dune, a falta de haber visto este último en el momento de publicar este artículo.



A ello añado las críticas de Tiempo (Old, 2021), de M. Night Shyamalan; El Escuadrón Suicida (The Suicide Squad, 2021), de James Gunn; Fast & Furious 9 (F9, 2021), de Justin Lin; El bebé jefazo: Negocios de familia (The Boss Baby: Family Business, 2021), de Tom McGrath; y Snake Eyes: El origen (Snake Eyes: G.I. Joe Origins, 2021), de Robert Schwentke. 
Para la sección In Memoriam, he preparado una semblanza sobre la obra del malogrado Richard Donner, un cineasta bastante mejor de lo que suele afirmarse.



Finalmente, he escrito para la sección En busca del Cine Perdido el comentario de una rareza de Abel Gance: La fin du monde (1931), perteneciente, en parte, a un género, el de catástrofes, que últimamente no para de perseguirme para que hable de él.

 

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miércoles, 25 de agosto de 2021

La doctora pragmática: “COMA”, de MICHAEL CRICHTON



Sé que lo que voy a decir puede sonar a boutade, pero cada vez estoy más convencido de que los principales méritos del escritor norteamericano Michael Crichton no se encuentran, precisamente, en su famosa y muy sobrevalorada (tampoco despreciable) obra literaria, sino en otra de sus actividades artísticas dentro de la cual llegó a alcanzar cierta notoriedad: la realización cinematográfica. Para entendernos: Crichton era mejor director de cine que escritor. Y, si bien es verdad que en su corta filmografía como realizador hallamos obras tan anodinas como su debut tras las cámaras con el telefilm Pursuit (1972), un relato de ciencia ficción tan fallido como Ojos asesinos (Looker, 1981) y un thriller policíaco tan rutinario como Contra toda ley (Physical Evidence, 1989), no es menos cierto que entre sus trabajos como director brillan con luz propia Almas de metal (Westworld, 1973), una de las mejores películas de ciencia ficción norteamericanas de la década de los setenta, la estupenda comedia de aventuras victorianas El primer gran asalto al tren (The First Great Train Robbery, 1978), el excelente relato de acción futurista Runaway: Brigada especial (Runaway, 1984) y, me atrevería a afirmar que por encima de todas ellas, el magnífico thriller de “suspense” que aquí traigo a colación: Coma (ídem, 1978).



Coma
es una adaptación de la novela homónima de Robin Cook publicada en 1977 y también conocida, en sus primeras ediciones españolas, con el título de En coma. Recuerdo haberla leído bajo ese título en una edición del desaparecido club de lectura a domicilio Círculo de Lectores. Mi memoria con respecto a la misma está bastante difusa, como es lógico después de tantos años, aunque la recuerdo como una bastante buena novela, si bien ahora mismo me atrevería a afirmar que la película es superior, por más que también es cierto que tengo mucho más fresco el film que el libro y, por tanto, puedo estar equivocado en este extremo. En cualquier caso, los cambios en el guion de la película, escrito asimismo por Crichton, con respecto a la novela de Cook fueron relativamente escasos, entre otras razones porque parece ser que ambos novelistas eran muy amigos y, además, Crichton, que al igual que Cook era doctor en medicina, admiraba del libro su descripción realista y verosímil del funcionamiento de un hospital. En la novela, su protagonista, Susan Wheeler, es una estudiante de medicina de 23 años, mientras que la Susan Wheeler del film (la siempre excelente Geneviève Bujold, que por entonces rondaba los 36 años) ya es doctora, si bien en prácticas. Por otra parte, en el libro Susan y el Dr. Mark Bellows no son amantes al principio del relato, enamorándose más tarde; en la película, nada más empezar, ya son pareja, lo cual, como ahora veremos, resulta determinante de cara a la descripción del carácter de Susan.



En los primeros minutos del film, el temperamento fuerte y decidido de Susan queda muy bien perfilado en la secuencia ubicada en el apartamento de Mark (Michael Douglas), que en ocasiones comparten, pues Mark no ha conseguido todavía convencer a Susan para que vivan juntos. No obstante, Susan ya ha tomado posesión del apartamento de Mark: se mete en la ducha antes de que lo haga él, a pesar de que este último ha expresado su deseo de llegar a su casa y meterse en su ducha cuanto antes; ella, pragmática, le dice que, mientras espera a que termine de ducharse, se tome una cerveza (sic); y a continuación, tras una breve discusión hogareña, se viste y se marcha a su propio apartamento, dejando a Mark, como suele decirse, a dos velas: hoy no hay polvo. Ese mismo pragmatismo es el que le lleva a darle ánimos a su amiga Nancy Greenly (Lois Chiles), que está a punto de someterse a una teóricamente fácil intervención quirúrgica para abortar en el mismo hospital de Boston donde ella y Mark trabajan, con el argumento de que dicha operación es de lo más sencilla. De ahí su sorpresa cuando, como consecuencia de un incomprensible error con la anestesia, Nancy termine en coma profundo: el dolor de Susan no es tanto por la desgracia abatida sobre su joven amiga como por su incapacidad para comprender la falta de lógica médico-científica de lo que ha ocurrido. Incapacidad que no tardará en convertirse en sospechas cuando, poco después, otro paciente joven y sano, Sean Murphy (Tom Selleck), quede también en coma durante una asimismo sencilla operación para curar una lesión deportiva. 



Desde este punto de vista, puede verse e interpretarse Coma como la lucha de una pragmática contra algo que, pareciendo lógico, es al mismo tiempo ilógico: ¿cómo es posible que, incluso en un hospital tan grande como el de Boston donde transcurre el grueso de la trama, se hayan producido diez casos de coma profundo en pacientes jóvenes y sanos en el último año, por más que, estadísticamente hablando, sea probable, dado que ha ocurrido? Si, antes de que Susan descubra el misterio de estos casos de coma, la descripción que ofrece el film del funcionamiento del hospital es ágil y con el acento puesto en lo cotidiano, a raíz del hallazgo de la protagonista dicho escenario deviene, progresivamente, un decorado hostil y lleno de peligros, un escenario como de pesadilla donde las sospechas y la muerte parecen acechar en todos los rincones: quirófanos, sótanos, el despacho del cordial Dr. Harris (Richard Widmark, espléndido como siempre), jefe de cirugía del centro médico… En particular, por descontado, las dependencias del Instituto Jefferson, un centro médico privado especializado, aparentemente, en pacientes en coma, a los que somete a un siniestro “tratamiento”: semidesnudos y colgados de alambres, sin tocar el suelo, en teoría para resguardarlos mejor de cara a su futura recuperación, en la práctica “conservados” así para extraerles los órganos y venderlos en el mercado negro…



Coma
es un thriller que funciona con una precisión casi hitchcockiana, dicho sin exagerar. De hecho, la sombra de Hitchcock se hace patenta, sobre todo, en el tercio final del relato: incapaz de creer a Susan y sus “locas teorías”, sobre Mark se proyecta un halo de ambigüedad relativamente parecido al de Sospecha (Suspicion, 1941), de tal manera que, en un momento dado, podemos llegar a creer que, efectivamente, el protagonista masculino quizá también forme parte de la conspiración secreta en el hospital (e, indirectamente, podemos interpretarlo como un ejemplo más de la relativa fragilidad de su relación amorosa con Susan, puesta de manifiesto, como hemos apuntado, en la primera secuencia en el apartamento). Pero lo que sorprende gratamente es la manera tan sencilla y al mismo tan eficaz y con tanta fuerza con la que Crichton filma la película, en la que incluso las sobrias secuencias de “suspense” están resueltas mediante un trabajado sentido del encuadre y un espléndido montaje (responsable: David Bretherton). Es justo anotar secuencias de este tipo tan logradas como el momento en que Susan explora el sótano del hospital y termina trepando por una escalera de mano, a riesgo de su propia vida, desprendiéndose de zapatos y pantis para no resbalar cuando pisa los peldaños metálicos; la magnífica secuencia del acoso a Susan por parte de un asesino (Lance LeGault), con planos tan conseguidos como el encuadre general en semipicado sobre el aula vacía que pone en relación a Susan, escondida detrás del proyector de diapositivas, con el asesino, de pie en el otro extremo de la sala, y ese mordaz momento en que la protagonista logra deshacerse del criminal ¡arrojándole encima un montón de cadáveres metidos en bolsas de plástico y colgados de ganchos!; o la excelentemente planificada secuencia de la huida de Susan del Instituto Jefferson, tumbada sobre el techo de una ambulancia. 



Tampoco hay que echar en saco roto el talento demostrado por Crichton en materia de dirección de actores, la cual contribuye a ir cargando de espesor la atmósfera, tal es el caso de la mirada de desprecio que el Dr. George (Rip Torn, tan bien como siempre), jefe de anestesiología, arroja sobre Susan a través del cristal de la puerta cerrada de su departamento, enfurecido por el hecho de que la protagonista esté husmeando en los expedientes de los pacientes en coma, e insinuando que la anestesia tuvo algo que ver con dichos comas; el gesto de un joven patólogo (Ed Harris, en su primer trabajo para el cine), que habla con Susan mientras manipula, tranquilamente, un intestino humano; o la mirada fría, de una crueldad difícilmente contenida, de la enfermera Emerson (la también espléndida Elizabeth Ashley), cuando Susan se presenta sin avisar en el Instituto Jefferson, intentando entrar en el recinto, y ella se lo impide… Incluso cuando, en un momento dado, asoman recursos más convencionales, estos acaban teniendo una finalidad narrativa concreta. Es el caso, por ejemplo, de los primeros planos ligeramente deformados con un gran angular, tipo ojo de pez, en la escena en la que Susan empieza a perder el conocimiento como consecuencia del whisky drogado que le ha servido el Dr. Harris en su despacho: la distorsión de la imagen se corresponde con la confirmación de que Harris es, asimismo, alguien “deforme”, dado que forma parte de la conspiración, y, por tanto, no es la persona afable que aparentaba ser, sino un criminal convencido de estar haciendo un favor a la humanidad mediante una “selección” con evidentes connotaciones nazis de personas “inferiores” que han de morir para que otras, las más adineradas, vivan. Personalmente, me llama la atención la habilidad con la que Crichton destroza un tópico cinematográfico muy de la época en la que el film fue realizado: esa típica “secuencia musical”, sin sonidos ambientales y tan solo con música romántica en la columna sonora, en la cual vemos a Susan y Mark disfrutando y retozando durante su fin de semana juntos…, y que, de pronto, se interrumpe cuando la pareja pasa en coche cerca del Instituto Jefferson: la pragmática Susan, dominada por su insaciable curiosidad, no puede evitar la tentación de pedirle a Mark que detenga el vehículo y la acerque hacia ese lugar que, intuye, esconde todo tipo de horrores. Podemos interpretar, en consecuencia, que ese idílico fin de semana junto a Mark no estaba sino en la cabeza de Susan, y que ella pasa de una cosa a otra siguiendo libremente el dictado de su voluntad: hoy en día muchos la llamarían empoderada.




sábado, 14 de agosto de 2021

Ser o no ser… “trekkie”: “STAR TREK (LA CONQUISTA DEL ESPACIO)”, de ROBERT WISE



Hay dos maneras de ver Star Trek (La conquista del espacio) (Star Trek, a.k.a. Star Trek: The Motion Picture, 1979) (puede haber muchas más, naturalmente). La primera consiste en su condición de película concebida y ejecutada para dar satisfacción al notable sector de aficionados a la serie de televisión Star Trek (idem, a.k.a. Star Trek: The Original Series, 1966-1969), popularmente conocidos como trekkies o trekkers, que veían por primera vez adaptado al cine su amado serial, que en España fue conocido, en sus primeras emisiones por TVE, como La conquista del espacio, de ahí el subtítulo, hoy prácticamente olvidado, que acompañaba al título de este film de Robert Wise cuando se estrenó en cines en nuestro país. Desde este punto de vista, es indiscutible que Star Trek (La conquista del espacio) –en adelante, Star Trek– se encuentra supeditada a lo desarrollado antes por la serie de televisión, de ahí que la trama esté planteada como una especie de secuela de aquélla: habían transcurrido diez años entre la emisión en los Estados Unidos de la última temporada de la serie y el estreno de la película, y el film recoge a los tres personajes principales del serial y sus respectivos intérpretes –el capitán Kirk, aquí almirante (William Shatner), el vulcaniano Sr. Spock (Leonard Nimoy) y el Dr. “Bones” (huesos) McCoy (DeForest Kelley)–, y hace otro tanto con los personajes/ intérpretes de reparto: el jefe de máquinas Scott (James Doohan), el oficial de armamento Chekov (Walter Koenig), la oficial de comunicaciones Uhura (Nichelle Nichols), el navegante Sulu (George Takei), la Dra. Chapel (Majel Barrett) y la técnico en teletransporte Rand (Grace Lee Whitney). Concretamente, Kirk comenta a Scott que lleva dos años y medio apartado del mando de una nave estelar.


Es muy posible que quien no estuviera o siga sin estar familiarizado con la franquicia Star Trek no terminara o no termine de comprender algunas cosas que se mencionan en la película de Wise. La primera aparición de Spock es en Vulcano, el planeta donde nació: el film sorprende al famoso vulcaniano luciendo ropas de su mundo y con el cabello largo, una imagen nada habitual en el personaje que connota que lleva tiempo alejado de la Flota Estelar y su disciplina de corte militar; Spock hace meditación a fin de alcanzar lo que los vulcanianos llaman el Kolinahr, la ausencia total de emociones, punto culminante de la educación para los implacablemente lógicos vulcanianos, como bien saben los seguidores de la serie. Precisamente uno de los puntos fuertes del guion de la película reside en la estupefacción inicial que provoca la excesiva frialdad de Spock ante sus viejos colegas del Enterprise cuando se presenta a bordo de la NCC-1701 Enterprise comandada por Kirk, que no es sino la misma nave estelar con la cual navegaba por el espacio junto con su tripulación en la serie de televisión: por más que en la serie Spock se mostraba distante en su trato con los demás, a tono con su lógica inquebrantable, en ocasiones cedía a las emociones humanas, fruto del hecho de ser hijo de padre vulcaniano y madre terrícola, asunto este que se exploraba particularmente en la película-precuela que realizaría J.J. Abrams en 2009 (1); quien desconozca este dato puede encontrar extraña o confusa la actitud de Spock en el film. También a quien no conozca o no recuerde la vieja serie pueda resultarle raro la habilidad que tienen los vulcanianos para dejar sin sentido a alguien mediante una suave presión en la base del cuello con un par de dedos, tal y como hace Spock con un miembro de la tripulación cuando roba una escafandra. La película también retoma uno de los detalles de guion habituales en la construcción de los episodios del serial catódico (en aquella época, todavía era catódico): las anotaciones de Kirk en el diario de a bordo, indicando la “fecha estelar” en las que se llevan a cabo, expresadas en muchas ocasiones en voz en off, tal y como se hace en un par de momentos del film.



Nada de lo mencionado es ni bueno ni malo en sí mismo considerado: a fin de cuentas, estamos hablando de una película que no es sino la adaptación (y continuación) de una serie de televisión, y el hecho de que haya que conocer siquiera mínimamente esta última para entender mejor determinados aspectos del film para el cine es, a estas alturas, un hecho normalizado en un momento como el actual, en el que el cine hecho para el cine y el cine hecho para la televisión son fenómenos condenados a entenderse, por más que no lo fueran en 1979 cuando se estrenó la película de Wise. Puede, por tanto, que el paso del tiempo haya otorgado a este film cierta pátina de obra pionera aun sin pretenderlo y ni tan siquiera planteárselo. Pero, dejando aparte estas cuestiones, lo cierto es que lo peor de Star Trek reside en su dependencia de la serie madre, y, sobre todo, que esa pleitesía se haga notar en exceso. Un ejemplo muy claro lo tenemos em la secuencia en la que Kirk y Scott sobrevuelan el embarcadero que orbita alrededor de la Tierra dentro del cual se encuentra, atracada y en fase de puesta a punto, la Enterprise: la secuencia, larguísima, busca emocionar al público trekkie mostrando con delectación encuadres desde todos los ángulos de la nave, a tono con la felicidad que experimenta en ese preciso instante Kirk, quien acaba de recuperar el mando de la nave; pero, más allá de los para la época excelentes efectos visuales –Douglas Trumbull, John Dykstra, Richard Yuricich–, y de la brillante partitura musical de Jerry Goldsmith, la secuencia es aburrida hasta decir basta.



He dicho al principio de estas líneas que hay dos maneras de aproximarse a esta película. Ya hemos visto la primera. La segunda consistiría en ver Star Trek olvidándose de su pertenencia/ sumisión a la franquicia creada por Gene Roddenberry y como lo que, en puridad de conceptos, es: un film de ciencia ficción. Por este lado, la película está repleta de apuntes interesantes, unos bien desarrollados y otros no tanto. Nos hallamos en el siglo XXIII. En la primera secuencia, una nube de dimensiones planetarias recorre el espacio llenando la pantalla. La nube es interceptada por tres naves pertenecientes a los klingon, villanos habituales de la serie de televisión antes de convertirse en aliados de la Flota Estelar a raíz de la posterior serie Star Trek: La próxima generación (Star Trek: The Next Generation, 1987-1994), pero tanto da si se conoce ese dato como si no, pues el mismo no altera el sentido de la secuencia: los klingon disparan misiles de fotón contra la nube, la cual los absorbe sin inmutarse y, a continuación, destruye las tres naves con suma facilidad. Recordemos que hablamos de un film realizado al albur del colosal triunfo de La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977, George Lucas), momento en el cual todos los grandes estudios de Hollywood se lanzaron a producir sus propias space operas; de hecho, el plano en el que una nave klingon parece volar por encima de la cámara recuerda vagamente el célebre encuadre inicial del crucero imperial de la película de Lucas.



La mencionada nube, de la cual se sospecha que en su interior alberga una nave de colosales dimensiones, se dirige hacia la Tierra; por el camino, destruye una estación espacial, aniquilando a toda su tripulación. En tres días llegará a nuestro mundo. La misión de la Enterprise es interceptar dicha nube, averiguar sus intenciones y, si estas son dañinas, impedírselas. Llegados a este punto, señalar que en el guion de Star Trek participaron dos guionistas con un amplio currículo profesional en materia de ciencia ficción: Alan Dean Foster, autor del argumento, y Harold Livingston, firmante del guion definitivo (coescrito, según parece, junto con Gene Roddenberry); nada menos que Isaac Asimov figura como asesor técnico. Ello da como resultado una trama repleta de terminología astronómica y tecnológica bastante complicada para el profano –cf. la referencia a los agujeros de gusano, o agujeros negros; los viajes a la velocidad de la luz; la teletransportación–, y que desemboca en una inesperada digresión sobre la inteligencia artificial y el sentido filosófico de la existencia: la mente que se encuentra en el interior de la nube gigante responde al nombre de V’Ger, el cual resulta ser, como se desvela en las secuencias finales, nada menos que… ¡un satélite enviado por la NASA al espacio en el siglo XX!: el Voyager VI. Una humilde máquina terrestre de exploración que, perdida por el espacio, recaló en un planeta de máquinas vivientes, quienes la remodelaron y reprogramaron para que recorriera todo el universo y, una vez almacenada toda la información, regresara a la Tierra para transmitírsela a su Creador: el hombre. Pero la cosa va más allá: en su largo viaje de trescientos años por el cosmos, V’Ger, el Voyager VI, ha adquirido conciencia propia, convirtiéndose asimismo en un ser viviente, y se niega en el último momento a comunicar sus conocimientos al Creador…, porque desea dar un paso adelante en su evolución ¡uniéndose a él!



El hecho de que la nube se aproxime a la Tierra para “encontrar al Creador” (¡encontrar a Dios!), y al final resulte ser un antiguo satélite de la NASA que busca a quien le fabricó y le envió al espacio (es decir, al ser humano), plantea una curiosa paradoja que estrecha lazos con 2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, 1968, Stanley Kubrick), estrenada tan solo nueve años antes que Star Trek, en la que también se especulaba con la posibilidad de que la humanidad evolucionara hacia una forma superior de vida tan pronto como hubiese conseguido alcanzar el espacio: como comentara en su momento José Luis Guarner en una añeja reseña publicada en Fotogramas (cito de memoria), el clímax de Star Trek consiste en “una insólita cópula sideral” entre el comandante Decker (Stephen Collins), por la parte del Creador, y el androide creado por V’Ger que duplica exactamente a la teniente del planeta Delta Illia (Persis Khambatta), examante de Decker cuya vieja historia de amor con el primero constituye uno de los puntos dramáticos secundarios de la trama. No por casualidad, Spock afirma, sentencioso: “Hemos asistido a un parto”. Todo ello, unido a la estética inequívocamente “setentera” de la que hace gala el producto y a su escasa proliferación de escenas de acción, convierte a este primer Star Trek para la gran pantalla en una producción que, por más que fuera realizada aprovechando el filón abierto por La guerra de las galaxias, tiene muy poco que ver con esta última y sí, en cambio, con el estilo reflexivo y especulativo que caracterizó a buena parte del cine de ciencia ficción norteamericano de las décadas de los sesenta y setenta, del cual Star Trek, primero en la televisión y luego en el cine, fue una consecuencia directa.



Hay momentos en los cuales el trasfondo fanta-científico característico de este tipo de relatos funciona con eficacia: véase, por ejemplo, la escena –acaso la más inquietante de la función– en la que un hombre y una mujer son destrozados como consecuencia de un mal funcionamiento de la máquina de teletransportación, profiriendo horribles alaridos de dolor distorsionados antes de morir; o cuando la Enterprise es atrapada accidentalmente por la tracción de un agujero negro, lo cual da pie a una rara secuencia con la imagen y el sonido distorsionados, a tono con la alteración de las reglas espaciotemporales que están sufriendo la nave y sus ocupantes; o, más adelante, cuando V’Ger introduce una “sonda”, la cual consiste en una especie de potente columna de luz chisporroteante que recorre el puente de mando de la Enterprise y termina desintegrando a la teniente Illia, en una secuencia que destaca por el “quemado” tratamiento fotográfico de la misma; y la secuencia en la que la Enterprise se introduce, temerariamente, dentro de la nube y navega lentamente hasta alcanzar la nave que la genera situada en su centro, casi tan excesivamente larga como la ya mencionada de la presentación de la Enterprise en el embarcadero, pero que al menos hace gala de una atmósfera entre misteriosa y expectante (puedo dar fe de que, vista en el cine en el momento de su estreno, esta secuencia resultaba de una sorprendente espectacularidad).



La planificación de esa secuencia, con abundantes planos en travelling frontal desde el punto de vista de la proa del Enterprise, guarda ecos, cierto, del mítico “viaje cósmico” de 2001: Una odisea del espacio, aunque dicha influencia se nota, sobre todo, en otra secuencia desvergonzadamente parecida a la citada de la obra maestra de Kubrick, y con una planificación asimismo similar: el momento en que Spock, equipado con un traje presurizado, sale de la Enterprise y penetra en el interior de V’Ger, protagonizando un arriesgado vuelo en solitario dentro del banco de memoria de la misteriosa nave que deviene una experiencia entre onírica y surrealista para el espectador. Apuntes de interés que impiden que Star Trek sea únicamente una película para trekkies, pero que tampoco logran que se erija en el gran film de ciencia ficción que pudo haber sido y que tanto adoran sus “incondicionales”, lo cual es una pena viniendo de un director que tiene en su haber un buen puñado de excelentes títulos inscribibles en diversos márgenes del cine fantástico de terror/ gótico/ de ciencia ficción: a falta de no haber vuelto a ver Las dos vidas de Audrey Rose (Audrey Rose, 1977) desde hace mucho tiempo (y no guardo de ella un recuerdo muy feliz), merecen destacarse La venganza de la mujer pantera (The Curse of the Cat People, 1944, codirigida con Gunther von Fritsch), El ladrón de cuerpos (The Body Snatcher, 1945), Ultimátum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still, 1951), The Haunting (1963) y La amenaza de Andrómeda (The Andromeda Strain, 1971) (2).

 


(1) Star Trek: la conquista del espacio según J.J. Abrams: http://elcineseguntfv.blogspot.com/2009/05/star-trek-la-conquista-del-espacio.html

(2) El virus que vino del espacio: “La amenaza de Andrómeda”, de Robert Wise: http://elcineseguntfv.blogspot.com/2020/03/el-virus-que-vino-del-espacio-la.html