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viernes, 1 de octubre de 2021

“DIRIGIDO POR…” OCTUBRE 2021



A partir del 4 de octubre empezará la distribución del número 521 de DIRIGIDO POR…, en cuya portada destaca su principal contenido: el dossier A la sombra de 007. Los mejores agentes secretos del cine, con motivo del estreno del último film de la serie James Bond, Sin tiempo para morir, cuya reseña también se incluye, y que gira en torno a los personajes cinematográficos, y alguno que otro televisivo, que han influenciado o han sido a su vez influidos por el célebre agente con licencia para matar.



Mi contribución a este número consiste, en primer lugar, en una aportación a dicho dossier: Harry Palmer. El espía miope, centrado en el ciclo de tres películas basadas en este personaje creado por el novelista Len Deighton y protagonizadas por el gran Michael Caine: Ipcress (The Ipcress File, 1965, Sidney J. Furie), Funeral en Berlín (Funeral in Berlin, 1966, Guy Hamilton) y Un cerebro de un billón de dólares (Billion Dollar Brain, 1967, Ken Russell), las tres estupendas, sobre todo la segunda.



Como complemento del estudio dedicado a Denis Villeneuve que publiqué el mes pasado, también firmo la crítica de su más reciente y celebrada producción: Dune (ídem, 2021).



Y, también, la crítica de la controvertida última película dirigida y protagonizada por Clint Eastwood: Cry Macho (ídem, 2021).

 


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sábado, 4 de septiembre de 2021

Los héroes están cansados: “STAR TREK VI: AQUEL PAÍS DESCONOCIDO”, de NICHOLAS MEYER



Sería fácil afirmar que Nicholas Meyer es el guionista y realizador a quien se le deben las mejores aportaciones a la saga cinematográfica de la franquicia Star Trek previas a la entrada en la misma de J.J. Abrams. Dejando aparte que coescribió y realizó la más que simpática Los pasajeros del tiempo (Time After Time, 1979), y que es el autor de la estupenda novela que dio pie a la notable Elemental, Dr. Freud (The Seven-Per-Cent Solution, 1976, Herbert Ross) (1), Meyer es bien conocido (y reconocido) por los trekkies por su contribución a tres de las películas que, según consenso, están entre las mejores de la serie para el cine: Star Trek II: La ira de Khan (Star Trek II: The Wrath of Khan, 1982) y Star Trek VI: Aquel país desconocido (Star Trek VI: The Undiscovered Country, 1991) –estrenada en España como Aquel país desconocido–, ambas en calidad de coguionista y director, y la muy agradable Star Trek IV: Misión: Salvar la Tierra (Star Trek IV: The Voyage Home, 1986, Leonard Nimoy) –Misión: Salvar la Tierra en cines españoles–, si bien en esta tan solo como coguionista.



Vaya por delante que La ira de Khan y Aquel país desconocido están lejos de ser buenos films, pero sin duda alguna se sostienen mejor que las aburridísimas Star Trek III: En busca de Spock (Star Trek III: The Search for Spock, 1984, Leonard Nimoy) y Star Trek V: La última frontera (Star Trek V: The Final Frontier, 1989, William Shatner) (2); de hecho, creo que la relativamente buena recepción crítica que tuvo en su momento Aquel país desconocido se debió, en no poca medida, al mal recuerdo dejado por La última frontera, comparada con la cual Aquel país desconocido, sin ser ninguna maravilla, casi parece una obra de arte. Sea como fuere, lo cierto es que la trama de Aquel país desconocido, firmada por Meyer junto con Denny Martin Flinn a partir de un argumento elaborado por el intérprete de Spock, Leonard Nimoy, y por Lawrence Konner y Mark Rosenthal, está aceptablemente elaborada y sólidamente trabajada, por más que se note en muchos momentos que la película está construida en torno a una premisa prácticamente insoslayable: el envejecimiento de los miembros del reparto de la primera serie de televisión y, contando este, de los seis primeros largometrajes cinematográficos. No es de extrañar, en este sentido, que el film empiece mostrándonos al oficial de navegación Sulu (George Takei) ascendido al grado de capitán y comandando su propia nave estelar, la Excelsior; que, cuando Kirk (William Shatner), McCoy (DeForest Kelley), Scotty (James Doohan), Chekov (Walter Koenig) y Uhura (Nichelle Nichols) asisten a la reunión del alto mando de la Flota Estelar convocada por Spock (Leonard Nimoy), el sarcástico McCoy afirme que quizá les están preparando una fiesta de jubilación (sic); que se diga que Kirk y su tripulación están a tan solo tres meses de dicho retiro; o que, tras haber besado a la atractiva alienígena metamórfica Martia (Iman), Kirk le diga a McCoy: “¿Quién dice que ya estamos acabados?”. Aquel país desconocido es una película de héroes crepusculares viviendo la última de sus grandes aventuras. No resulta de extrañar, en este sentido, el carácter simbólico de la última secuencia, con los representantes de distintos planetas de la Flota Estelar aplaudiendo a Kirk y los suyos, o lo que es lo mismo, a los veteranos miembros del elenco de la franquicia –cuyas firmas se reproducen en los títulos de crédito finales–, por los servicios prestados.



Aquel país desconocido
enlaza hábilmente con la segunda serie de televisión de la franquicia, Star Trek: La próxima generación (Star Trek: The Next Generation, 1987-1994): si, en esta última, los klingon ya habían dejado de ser los villanos, formando incluso parte de la Flota Estelar y de la tripulación de la nave comandada por el capitán Picard (Patrick Stewart), Aquel país desconocido, que cronológicamente se sitúa antes que La próxima generación, nos describe el momento, delicado y crucial, en el que los klingon dieron los primeros pasos para firmar la paz con la Flota Estelar. Todo se produce a raíz de un inesperado incidente: la explosión accidental de Praxis, una luna klingon, deja tan debilitados a estos últimos que deciden que continuar la guerra contra la Flota Estelar resulta económicamente inviable y que lo mejor es negociar esa paz largo tiempo esperada usando la vía diplomática. Podría afirmarse que Aquel país desconocido es la más “política” de las entregas fílmicas de la franquicia, ya que en el argumento hacen acto de presencia numerosas convenciones del thriller “conspiranoico”: la tensa cena a bordo de la Enterprise que, a regañadientes, Kirk ofrece al canciller klingon Gorkon –David Warner, quien también tenía un papel secundario, y anodino, en La última frontera– y su séquito; el atentado “de falsa bandera” contra Gorkon y sus hombres a bordo de su propia nave; el intento de asesinato del presidente de la Federación de Planetas (Kurtwood Smith) por parte de un (falso) francotirador klingon en plena conferencia, a lo Mensajero del miedo (The Manchurian Candidate, 1962, John Frankenheimer).



La traición se encuentra muy presente en el trasfondo del relato. El general klingon Chang (Christopher Plummer), no cuesta nada adivinarlo, es el auténtico responsable del asesinato del canciller Gorkon y una de las mentes detrás del atentado contra el presidente de la Federación. Tras haber sido (falsamente) acusados de ser los autores de la muerte de Gorkon, y enviados al gélido planeta prisión Rura Penthe, Kirk y McCoy son traicionados por la mencionada alienígena Martia, quien les ayuda a escapar de su cautiverio con la única finalidad de que los klingon intenten asesinarles en el exterior aplicándoles la tristemente célebre “ley de fugas”. Incluso la pupila predilecta de Spock, la teniente vulcaniana Valeris (Kim Cattrall), trabaja en realidad para Gorkon y sus aliados, lo cual da pie, inesperadamente, a uno de los mejores momentos del film: la escena en la que, cosa rara en él, Spock casi se deja llevar por la ira, disgustado por la traición de Valeris, desarmándola con un gesto brusco y sometiéndola a una dura exploración mental con tal de arrancarle la verdad. En consonancia con este planteamiento, los diálogos están repletos de citas de Shakespeare, empezando por la referencia simbólica a ese “país desconocido”, que aquí no es sino la paz. Nada resulta especialmente original, pero nada es tampoco particularmente ofensivo o fuera de lugar, dado que la funcional puesta en imágenes de Nicholas Meyer ni brilla ni molesta. No resulta de extrañar, en este sentido, que la secuencia más llamativa, como ya se dijo en el momento de su estreno y sigue afirmándose todavía hoy (a pesar de lo mal que han envejecido sus efectos digitales), resida en el mencionado atentado “de falsa bandera” contra Gorkon y la tripulación de su nave, perpetrado por dos hombres armados, cubiertos con cascos y con botas magnéticas, aprovechando que la nave klingon se encuentra sin gravedad: los rayos láser de las pistolas de los asesinos provocan heridas en los cuerpos flotantes de los klingon, de las que manan espesas gotas de sangre púrpura que flotan en el aire a gravedad cero.
  

 

(1) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2021/04/la-solucion-al-siete-por-ciento.html

(2) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2021/09/cita-con-dios-star-trek-v-la-ultima.html

miércoles, 1 de septiembre de 2021

Cita con Dios: “STAR TREK V: LA ÚLTIMA FRONTERA”, de WILLIAM SHATNER

 


Star Trek V: La última frontera (Star Trek V: The Final Frontier, 1989), inédita en cines de España, pero estrenada en formatos físicos con ese título, que es el que utilizaremos, arrastra desde el momento de su estreno en los Estados Unidos “mala fama”, consistente en estar mayoritariamente considerado el peor film para el cine de toda la franquicia creada por Gene Roddenberry. Fama negativa que, todo hay que decirlo, está muy justificada, habida cuenta de que se trata, en sus líneas generales, de una película fallida y mediocre, si bien no es menos cierto que dicha “mala fama” resulta un tanto exagerada: sin ser, en absoluto, un film conseguido, resulta como mínimo curioso y no tan terriblemente malo como pregona el fandom trekkie: no me parece peor, pongamos por caso, que las soporíferas Star Trek III: En busca de Spock (Star Trek III: The Search for Spock, 1984, Leonard Nimoy), Star Trek: La próxima generación (Star Trek: Generations, 1994, David Carson), Star Trek: Insurrección (Star Trek: Insurrection, 1998, Jonathan Frakes) o Star Trek: Más allá (Star Trek Beyond, 2016, Justin Lin) (1).



Star Trek V: La última frontera
–en adelante, La última frontera– parte de un guion firmado por el guionista David Loughery a partir de un argumento previamente elaborado por el principal promotor y director de la película, el también intérprete del capitán Kirk William Shatner, junto con el productor Harve Bennett y el propio Loughery. Tienen razón quienes afirman que la trama de La última frontera guarda ecos de la de Star Trek (La conquista del espacio) (Star Trek, a.k.a. Star Trek: The Motion Picture, 1979, Robert Wise) (2): si, en esta última, recordemos, una gigantesca y amenazadora nave alienígena, V’Ger, resultaba ser el viejo satélite de la NASA Voyager VI, cuyo propósito final era encontrar a su Creador (el hombre) y fusionarse con él, en La última frontera el argumento gira alrededor de Sybok (Laurence Luckinbill), un vulcaniano de privilegiada inteligencia que logra apoderarse de la nave Enterprise, con el propósito de viajar a un recóndito rincón del universo donde, según él, se encuentra la fuente original de sabiduría del cosmos, es decir…, ¡Dios! La idea tiene su gracia, de puro delirante, por más que los responsables del film no se atrevan a llevarla hasta sus últimas consecuencias: lo que Kirk y sus amigos y compañeros de aventuras, Spock (Leonard Nimoy) y McCoy (DeForest Kelley), y el mencionado Sybok encuentran al final de su viaje es un ser que, aparentemente, parece Dios –como él mismo dice, adopta unos rasgos (los del actor que lo interpreta, George Murdock) fácilmente reconocibles: el aspecto que, por lo general, se le atribuye ortodoxamente al Supremo Hacedor–, pero que en realidad no es Dios, sino un ser maléfico que, a la primera de cambio, tortura a los protagonistas, con la intención de que le conduzcan a bordo de la Enterprise para huir de ese planeta escondido que, para él, es una especie de prisión estelar. Es una conclusión casi me atrevería a decir que necesariamente decepcionante, habida cuenta de que no está a la altura de las expectativas creadas, y que, además, desemboca en un clímax escasamente espectacular como consecuencia de la pobreza de sus efectos visuales.



Lo más atractivo de la función reside en el personaje de Sybok, no tanto por la entusiasta interpretación que del mismo hace Laurence Luckinbill, o por el hecho de ser una especie de antítesis vulcaniana del implacablemente lógico Spock (al que le une, además, una relación directa de hermandad, siendo hijos del mismo padre vulcaniano, pero de distinta madre), sino porque da pie a las escenas más logradas. Me refiero a esa curiosa secuencia en la que, gracias al enorme poder de convicción casi hipnótica de Sybok, primero McCoy y luego Spock hacen frente a sus demonios interiores: McCoy, remordido por el hecho de que le aplicó la eutanasia a su anciano padre (Bill Quinn), enfermo terminal, cuando poco después de haberlo hecho apareció una cura para su dolencia, sintiéndose, por tanto, responsable de su muerte; y Spock, avergonzado porque, desde el momento mismo que nació, decepcionó a su padre, Sarek (Jonathan Simpson), quien le consideraba “demasiado humano”, un asunto este en el cual volvería a incidir el reboot de J.J. Abrams  (3); la secuencia, bien apoyada sobre el trabajo de sus estupendos actores, funciona.



El problema de La última frontera es que el resto… no funciona. El prólogo ambientado en el desierto, en el cual vemos a Sybok iniciando su labor de “evangelización”, reclutando al primero de los miembros del pequeño ejército que logrará reunir para apoderarse de la Enterprise, es correcto y, hasta cierto punto, prometedor. Pero también hay momentos penosos; en particular, esa tonta escena en la que la teniente de comunicaciones Uhura (Nichelle Nichols) baila, desnuda y estratégicamente cubierta con unas plumas (¿de dónde las ha sacado?), para “distraer” a los guardias de Sybok, sin duda el peor momento del film y me atrevería a afirmar que de toda la saga cinematográfica de la franquicia. Las escenas de acción tampoco están resueltas con brío, con la pequeña salvedad de esa, divertida, en la que Spock usa unas botas voladoras, cargando consigo a Kirk y McCoy, y los tres vuelan por el interior de la Enterprise. La amenaza de un guerrero klingon con ganas de ponerse medallas, el capitán Klaa (Todd Bryant), carece de la más mínima fuerza, por más que, en un momento dado, dé pie a una buena idea de puesta en escena: el travelling frontal que recorre el puente de mando de la Enterprise y se detiene en un monitor que avisa de la inminente llegada de la nave de los belicosos klingon. La última frontera acaba siendo un irregular refrito de ideas que se quedan en meros apuntes, probablemente como consecuencia de la masacre que sufrió el montaje de la película –Shatner quería estrenar una versión de más de dos horas, pero hubo de conformarse con una de 107 minutos–, lo cual tampoco justifica la tibieza del resultado. 

 

(1) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2016/08/una-atropellada-odisea-espacial-star.html

(2) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2021/08/ser-o-no-ser-trekkie-star-trek-la.html

(3) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2009/05/star-trek-la-conquista-del-espacio.html

jueves, 26 de agosto de 2021

“DIRIGIDO POR…” SEPTIEMBRE 2021

 


Para este 2 de septiembre está prevista la salida y el inicio de la distribución nacional del número 520 de DIRIGIDO POR…, cuyos principales contenidos destacados en portada son un estudio dedicado a Denis Villeneuve, con motivo del próximo estreno de Dune (ídem, 2021), y otro a la obra como realizador de Fernando Fernán Gómez, para conmemorar el centenario de su nacimiento este 28 de agosto.



Firmo, precisamente, el mencionado estudio dedicado a Denis Villeneuve, como parte de mi contribución mensual a este número de la revista, donde hablo de todos sus largometrajes anteriores a Dune, a falta de haber visto este último en el momento de publicar este artículo.



A ello añado las críticas de Tiempo (Old, 2021), de M. Night Shyamalan; El Escuadrón Suicida (The Suicide Squad, 2021), de James Gunn; Fast & Furious 9 (F9, 2021), de Justin Lin; El bebé jefazo: Negocios de familia (The Boss Baby: Family Business, 2021), de Tom McGrath; y Snake Eyes: El origen (Snake Eyes: G.I. Joe Origins, 2021), de Robert Schwentke.



Para la sección In Memoriam, he preparado una semblanza sobre la obra del malogrado Richard Donner, un cineasta bastante mejor de lo que suele afirmarse.



Finalmente, he escrito para la sección En busca del Cine Perdido el comentario de una rareza de Abel Gance: La fin du monde (1931), perteneciente, en parte, a un género, el de catástrofes, que últimamente no para de perseguirme para que hable de él.

 

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miércoles, 25 de agosto de 2021

La doctora pragmática: “COMA”, de MICHAEL CRICHTON



Sé que lo que voy a decir puede sonar a boutade, pero cada vez estoy más convencido de que los principales méritos del escritor norteamericano Michael Crichton no se encuentran, precisamente, en su famosa y muy sobrevalorada (tampoco despreciable) obra literaria, sino en otra de sus actividades artísticas dentro de la cual llegó a alcanzar cierta notoriedad: la realización cinematográfica. Para entendernos: Crichton era mejor director de cine que escritor. Y, si bien es verdad que en su corta filmografía como realizador hallamos obras tan anodinas como su debut tras las cámaras con el telefilm Pursuit (1972), un relato de ciencia ficción tan fallido como Ojos asesinos (Looker, 1981) y un thriller policíaco tan rutinario como Contra toda ley (Physical Evidence, 1989), no es menos cierto que entre sus trabajos como director brillan con luz propia Almas de metal (Westworld, 1973), una de las mejores películas de ciencia ficción norteamericanas de la década de los setenta, la estupenda comedia de aventuras victorianas El primer gran asalto al tren (The First Great Train Robbery, 1978), el excelente relato de acción futurista Runaway: Brigada especial (Runaway, 1984) y, me atrevería a afirmar que por encima de todas ellas, el magnífico thriller de “suspense” que aquí traigo a colación: Coma (ídem, 1978).



Coma
es una adaptación de la novela homónima de Robin Cook publicada en 1977 y también conocida, en sus primeras ediciones españolas, con el título de En coma. Recuerdo haberla leído bajo ese título en una edición del desaparecido club de lectura a domicilio Círculo de Lectores. Mi memoria con respecto a la misma está bastante difusa, como es lógico después de tantos años, aunque la recuerdo como una bastante buena novela, si bien ahora mismo me atrevería a afirmar que la película es superior, por más que también es cierto que tengo mucho más fresco el film que el libro y, por tanto, puedo estar equivocado en este extremo. En cualquier caso, los cambios en el guion de la película, escrito asimismo por Crichton, con respecto a la novela de Cook fueron relativamente escasos, entre otras razones porque parece ser que ambos novelistas eran muy amigos y, además, Crichton, que al igual que Cook era doctor en medicina, admiraba del libro su descripción realista y verosímil del funcionamiento de un hospital. En la novela, su protagonista, Susan Wheeler, es una estudiante de medicina de 23 años, mientras que la Susan Wheeler del film (la siempre excelente Geneviève Bujold, que por entonces rondaba los 36 años) ya es doctora, si bien en prácticas. Por otra parte, en el libro Susan y el Dr. Mark Bellows no son amantes al principio del relato, enamorándose más tarde; en la película, nada más empezar, ya son pareja, lo cual, como ahora veremos, resulta determinante de cara a la descripción del carácter de Susan.



En los primeros minutos del film, el temperamento fuerte y decidido de Susan queda muy bien perfilado en la secuencia ubicada en el apartamento de Mark (Michael Douglas), que en ocasiones comparten, pues Mark no ha conseguido todavía convencer a Susan para que vivan juntos. No obstante, Susan ya ha tomado posesión del apartamento de Mark: se mete en la ducha antes de que lo haga él, a pesar de que este último ha expresado su deseo de llegar a su casa y meterse en su ducha cuanto antes; ella, pragmática, le dice que, mientras espera a que termine de ducharse, se tome una cerveza (sic); y a continuación, tras una breve discusión hogareña, se viste y se marcha a su propio apartamento, dejando a Mark, como suele decirse, a dos velas: hoy no hay polvo. Ese mismo pragmatismo es el que le lleva a darle ánimos a su amiga Nancy Greenly (Lois Chiles), que está a punto de someterse a una teóricamente fácil intervención quirúrgica para abortar en el mismo hospital de Boston donde ella y Mark trabajan, con el argumento de que dicha operación es de lo más sencilla. De ahí su sorpresa cuando, como consecuencia de un incomprensible error con la anestesia, Nancy termine en coma profundo: el dolor de Susan no es tanto por la desgracia abatida sobre su joven amiga como por su incapacidad para comprender la falta de lógica médico-científica de lo que ha ocurrido. Incapacidad que no tardará en convertirse en sospechas cuando, poco después, otro paciente joven y sano, Sean Murphy (Tom Selleck), quede también en coma durante una asimismo sencilla operación para curar una lesión deportiva. 



Desde este punto de vista, puede verse e interpretarse Coma como la lucha de una pragmática contra algo que, pareciendo lógico, es al mismo tiempo ilógico: ¿cómo es posible que, incluso en un hospital tan grande como el de Boston donde transcurre el grueso de la trama, se hayan producido diez casos de coma profundo en pacientes jóvenes y sanos en el último año, por más que, estadísticamente hablando, sea probable, dado que ha ocurrido? Si, antes de que Susan descubra el misterio de estos casos de coma, la descripción que ofrece el film del funcionamiento del hospital es ágil y con el acento puesto en lo cotidiano, a raíz del hallazgo de la protagonista dicho escenario deviene, progresivamente, un decorado hostil y lleno de peligros, un escenario como de pesadilla donde las sospechas y la muerte parecen acechar en todos los rincones: quirófanos, sótanos, el despacho del cordial Dr. Harris (Richard Widmark, espléndido como siempre), jefe de cirugía del centro médico… En particular, por descontado, las dependencias del Instituto Jefferson, un centro médico privado especializado, aparentemente, en pacientes en coma, a los que somete a un siniestro “tratamiento”: semidesnudos y colgados de alambres, sin tocar el suelo, en teoría para resguardarlos mejor de cara a su futura recuperación, en la práctica “conservados” así para extraerles los órganos y venderlos en el mercado negro…



Coma
es un thriller que funciona con una precisión casi hitchcockiana, dicho sin exagerar. De hecho, la sombra de Hitchcock se hace patenta, sobre todo, en el tercio final del relato: incapaz de creer a Susan y sus “locas teorías”, sobre Mark se proyecta un halo de ambigüedad relativamente parecido al de Sospecha (Suspicion, 1941), de tal manera que, en un momento dado, podemos llegar a creer que, efectivamente, el protagonista masculino quizá también forme parte de la conspiración secreta en el hospital (e, indirectamente, podemos interpretarlo como un ejemplo más de la relativa fragilidad de su relación amorosa con Susan, puesta de manifiesto, como hemos apuntado, en la primera secuencia en el apartamento). Pero lo que sorprende gratamente es la manera tan sencilla y al mismo tan eficaz y con tanta fuerza con la que Crichton filma la película, en la que incluso las sobrias secuencias de “suspense” están resueltas mediante un trabajado sentido del encuadre y un espléndido montaje (responsable: David Bretherton). Es justo anotar secuencias de este tipo tan logradas como el momento en que Susan explora el sótano del hospital y termina trepando por una escalera de mano, a riesgo de su propia vida, desprendiéndose de zapatos y pantis para no resbalar cuando pisa los peldaños metálicos; la magnífica secuencia del acoso a Susan por parte de un asesino (Lance LeGault), con planos tan conseguidos como el encuadre general en semipicado sobre el aula vacía que pone en relación a Susan, escondida detrás del proyector de diapositivas, con el asesino, de pie en el otro extremo de la sala, y ese mordaz momento en que la protagonista logra deshacerse del criminal ¡arrojándole encima un montón de cadáveres metidos en bolsas de plástico y colgados de ganchos!; o la excelentemente planificada secuencia de la huida de Susan del Instituto Jefferson, tumbada sobre el techo de una ambulancia. 



Tampoco hay que echar en saco roto el talento demostrado por Crichton en materia de dirección de actores, la cual contribuye a ir cargando de espesor la atmósfera, tal es el caso de la mirada de desprecio que el Dr. George (Rip Torn, tan bien como siempre), jefe de anestesiología, arroja sobre Susan a través del cristal de la puerta cerrada de su departamento, enfurecido por el hecho de que la protagonista esté husmeando en los expedientes de los pacientes en coma, e insinuando que la anestesia tuvo algo que ver con dichos comas; el gesto de un joven patólogo (Ed Harris, en su primer trabajo para el cine), que habla con Susan mientras manipula, tranquilamente, un intestino humano; o la mirada fría, de una crueldad difícilmente contenida, de la enfermera Emerson (la también espléndida Elizabeth Ashley), cuando Susan se presenta sin avisar en el Instituto Jefferson, intentando entrar en el recinto, y ella se lo impide… Incluso cuando, en un momento dado, asoman recursos más convencionales, estos acaban teniendo una finalidad narrativa concreta. Es el caso, por ejemplo, de los primeros planos ligeramente deformados con un gran angular, tipo ojo de pez, en la escena en la que Susan empieza a perder el conocimiento como consecuencia del whisky drogado que le ha servido el Dr. Harris en su despacho: la distorsión de la imagen se corresponde con la confirmación de que Harris es, asimismo, alguien “deforme”, dado que forma parte de la conspiración, y, por tanto, no es la persona afable que aparentaba ser, sino un criminal convencido de estar haciendo un favor a la humanidad mediante una “selección” con evidentes connotaciones nazis de personas “inferiores” que han de morir para que otras, las más adineradas, vivan. Personalmente, me llama la atención la habilidad con la que Crichton destroza un tópico cinematográfico muy de la época en la que el film fue realizado: esa típica “secuencia musical”, sin sonidos ambientales y tan solo con música romántica en la columna sonora, en la cual vemos a Susan y Mark disfrutando y retozando durante su fin de semana juntos…, y que, de pronto, se interrumpe cuando la pareja pasa en coche cerca del Instituto Jefferson: la pragmática Susan, dominada por su insaciable curiosidad, no puede evitar la tentación de pedirle a Mark que detenga el vehículo y la acerque hacia ese lugar que, intuye, esconde todo tipo de horrores. Podemos interpretar, en consecuencia, que ese idílico fin de semana junto a Mark no estaba sino en la cabeza de Susan, y que ella pasa de una cosa a otra siguiendo libremente el dictado de su voluntad: hoy en día muchos la llamarían empoderada.