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miércoles, 10 de mayo de 2023

Retrato de adolescente con vampiresa al fondo: “LEMORA, UN CUENTO SOBRENATURAL”, de RICHARD BLACKBURN



Entre el caudal de rarezas proporcionadas por el cine norteamericano de bajo presupuesto de la década de 1970 hallamos una pieza tan singular como extraña, tan exótica como pintoresca, que se encuentra a medio camino del cine de terror, el cuento de hadas para adultos y la fábula moralista con toques crueles. Nos referimos a Lemora, a Child’s Tale of the Supernatural, una producción fechada en 1973, si bien algunas fuentes llegan a datarla, creo que equivocadamente, en 1975. También conocida por los títulos de The Legendary Curse of Lemora, Lemora, the Lady Dracula y The Rape of the Vampires, nunca fue estrenada en cines españoles, si bien se ha emitido por televisión y conoció una edición en DVD editada por la firma Cinecom, en ambos casos con el título de Lemora, un cuento sobrenatural, que es como nos referiremos a ella. La película fue dirigida por Richard Blackburn, actor y guionista cuya carrera se desarrolló en televisión y el cine de bajo presupuesto. Su trabajo más conocido tuvo lugar participando en el libreto de la comedia de humor negro dirigida por Paul Bartel ¿Y si nos comemos a Raoul? (Eating Raoul, 1982), y su único crédito como realizador es, aparte de Lemora, un cuento sobrenatural, Miss May Dusa (1987), un episodio, con guion propio, de la serie de televisión de temática terrorífica Cuentos desde la oscuridad (Tales from the Darkside, 1983-1988). 



La principal curiosidad del reparto del film reside en la presencia de la joven actriz de Los Ángeles Cheryl Lynn Smith, aquí acreditada como Cheryl Smith y también conocida con el apodo de Rainbeaux Smith. Nacida el 6 de junio de 1955, rondaba los 18 años cuando hizo esta película, a pesar de que su aspecto frágil y desvalido la hace perfecta para encarnar a Lila Lee, la adolescente de tan solo 13 años que centra la acción del relato. Lemora, un cuento sobrenatural fue su primer papel protagonista. A partir de ahí, trabajó como modelo fotográfica y protagonizó o coprotagonizó, ya como Rainbeaux Smith, diversos films exploitation –el más famoso, La cárcel caliente (Caged Heat, 1974), ópera prima del luego reputado Jonathan Demme, The Swinging Cheerleaders (Jack Hill, 1974), The Pom Pom Girls (Joseph Ruben, 1976), La otra Cenicienta (Cinderella, 1977, Michael Pataki), Viscosidad (The Incredible Melting Man, 1977, William Sachs), El rayo destructor del planeta desconocido (Laserblast, 1978, Michael Rae)–, aunque también hizo minúsculos papeles en películas de prestigio: El fantasma del Paraíso (Phantom of the Paradise, 1974, Brian de Palma), Adiós, muñeca (Farewell, My Lovely, 1975, Dick Richards) (1), La fuga de Logan (Logan’s Run, 1976, Michael Anderson) (2), La patrulla de los inmorales (The Choirboys, 1977, Robert Aldrich), Melvin y Howard (Melvin & Howard, 1980, Demme), Cliente muerto no paga (Dead Men Don’t Wear Plaid, 1982, Carl Reiner); en ocasiones, con muy mala suerte: todas sus escenas en el film de Walter Hill Driver (The Driver, 1978) fueron eliminadas del montaje definitivo. Asimismo, llevó a cabo una carrera en paralelo como cantante y batería: formó parte temporalmente del famoso grupo de rock femenino The Runaways poco después de que dos de sus componentes, Sandy West y Lita Ford, abandonaran el mismo; y, con el apodo de “Sandy”, fue batería de otro grupo liderado por la célebre exmiembro de The Runaways Joan Jett, participando posteriormente en otros proyectos musicales. Adicta a la heroína durante veinte años, sus excesos le provocaron, además de problemas legales, graves problemas de salud, desarrollando una letal combinación de hepatitis e insuficiencia hepática que acabó prematuramente con su vida, el 25 de octubre de 2002, con tan solo 47 años.  



La trama de Lemora, un cuento sobrenatural gira alrededor de la mencionada Lila, una niña de 13 años hija de Alvin Lee (William Whitton), un gánster que traficaba licor (nos hallamos en la época de la Prohibición), y que, por una serie de misteriosas circunstancias, va a parar bajo la tutela de Lemora, interpretada por la también malograda Lesley Taplin, fallecida el 13 de abril de 2009 a los 62 años de edad, víctima de un accidente automovilístico, aquí acreditada como Lesley Gilb; de hecho, Lesley Gilb Taplin era su nombre completo. Lemora es una mujer vampiro vestida con elegantes y anticuados ropajes negros que acoge a Lila en su mansión en lo profundo del bosque, un lugar tenebroso donde Lila tiene que convivir con los niños vampiro de Lemora, en lo que puede verse una variante macabra (mejor dicho, más macabra) de Peter Pan y los Niños Perdidos, con la vampiresa como una variante sangrienta de la “vida de diversión eterna” que brinda Lemora a “sus pequeños”. La casa está fuertemente custodiada por un pequeño ejército de vampiros adultos a las órdenes de Lemora, y resulta imposible atravesar el bosque que rodea la vivienda de la vampiresa porque está infestado por una especie de muertos vivientes a medio camino de un vampiro o un zombi, todos ellos también víctimas de Lemora. Sin embargo, Lila no es vampirizada por Lemora, sino sometida a una iniciación que pasa por un proceso de educación sexual y profana: la vampiresa viste a la niña con un ligero salto de cama de mujer adulta que deja entrever sus piernas desnudas, imagen provocativa que, unida a las referencias religiosas blasfemas que impregnan el relato –las relacionadas con el culto satánico que lidera Lemora, en el cual se ha querido ver una referencia a los cultos blasfemos que aparecen en el famoso relato de H.P. Lovecraft La sombra sobre Innsmouth–, provocaron que el film tuviese problemas con la Liga Católica de los Estados Unidos, la cual lo acusó de “anticatólico”, incluyéndolo durante veinte años (sic) en su lista de películas “condenadas” (¡sic!). Ello contribuyó al carácter maldito de este film, del cual existen varios montajes, que van de los 113 y 118 minutos –las fuentes varían– que duraba cuando se estrenó con carácter limitado en Claremont, California, en 1973, a los tan solo 80 minutos a los cuales fue reducida por la distribuidora Media Cinema Group en 1974, después de que Blackurn y su socio, el coproductor y coguionista Robert Fern, les vendieran la película con vistas a recuperar parte del dinero gastado en su producción, pasando por la versión ampliada para DVD de 85 minutos editada en los Estados Unidos en 2004.



El arranque de Lemora, un cuento sobrenatural, en el cual el ya mencionado padre de Lila, Alvin, asesina a su esposa infiel y al amante de esta última en la cama usando una clásica ametralladora de tambor, hace pensar, vagamente, en el cine retro policíaco que estaba de moda por aquellos años en la industria norteamericana, por más que se trate, en este caso, de una versión pobre del mismo, más cerca, para entendernos, de Mamá sangrienta (Bloody Mama, 1970, Roger Corman) (3) que de Chinatown (ídem, 1974, Roman Polanski). La escasez de medios con que está resuelto el film –se habla de unos 200.000 dólares de presupuesto, bajo incluso para una pequeña producción independiente norteamericana de 1973– se corresponde con la tosquedad de su narrativa: el momento, a poco de empezar la película, en el que Alvin es capturado por los vampiros de Lemora invita a abandonar su visionado. Por suerte, si el espectador se arma de paciencia, la película ofrece algunos alicientes. No me refiero a la secuencia, supuestamente tenebrosa, en la práctica simplemente confusa, en la que Lila se convierte en la única pasajera de un autobús que lleva un aparentemente enloquecido conductor (Hy Pyke): esta secuencia, y la práctica totalidad de todas las que tienen lugar de noche, parecen rodadas prácticamente sin focos y, sospecho, recurriendo abundantemente a la “noche americana” de tonos exageradamente azulados, probablemente con fines ahorrativos. Tampoco a las apariciones de los siervos vampiros de Lemora o los mencionados muertos vivientes, que rozan el ridículo: la secuencia a cámara lenta de la pelea final de los primeros contra los segundos es para cerrar los ojos. O el consabido recurso al zoom, tan característico del momento de su realización, para resaltar determinadas escenas “de impacto”: cf. el que reencuadra en primer plano a Lemora, con la sangre de un niño corriendo por su barbilla, cuando es descubierta en plena actividad vampírica por Lila. Si, a pesar de sus pésimas ideas de puesta en imágenes, la película no termina de ser despreciable es gracias a determinados conceptos diseminados aquí y allá que le proporcionan cierto grado de curiosidad.



Ya he mencionado que el dibujo del vínculo entre Lemora y Lila tiene mucho de relación maestra-alumna y, sobre todo, de proceso de madurez sexual. Al principio del film, Lila es mostrada como una joven de voz angelical que es la “estrella” del coro de la iglesia donde se la conoce, precisamente, como “el ángel cantor”. Con una madre asesinada y un padre convertido en fugitivo de la justicia, Lila se ha convertido en la hija adoptiva del reverendo del pueblo –encarnado, curiosamente, por el propio director del film, Richard Blackburn–, el cual pregona a sus feligreses que Lila ha sido “salvada” de la vida de pecado que llevaban sus progenitores. Pero, en la práctica, el reverendo a duras penas puede disimular el deseo que despierta en él la rubia adolescente, algo que queda claro en la escena –esta sí, conseguida– en la que rechaza el abrazo inocente de Lila, por miedo a que ese gesto de afecto le pueda gustar más de la cuenta… La atracción lésbica que Lemora siente por Lila –y que ha servido para establecer comparaciones, algo fáciles, entre esta película y el famoso relato de Sheridan Le Fanu Carmilla– se hace patente en las escenas, ya mencionadas, en las cuales la vampiresa convence a la chica para que se ponga un salto de cama casi transparente, o en particular en aquéllas en las que la ayuda a bañarse y a secarse. A mayor ahondamiento, el camisón que Lemora le suministra a Lila para dormir parece prácticamente el mismo atuendo blanco que le hemos visto llevar en las escenas en las que canta en la iglesia, bajo la mirada de ese reverendo que la desea tanto como la propia Lemora. Por eso mismo, resulta paradójico que el ejército de vampiros de Lemora vaya ataviado como si fueran protestantes puritanos del siglo XVI, puestos aquí a las órdenes de alguien que es la representación de aquello que cualquier puritano aborrece: es una mujer con poder (hoy diríamos, para entendernos, empoderada) y hace gala de una bisexualidad libre e indiscriminada (desea a Lila pero, antes, el padre de la niña, se sugiere, ha sido su amante, o como mínimo, víctima de sus colmillos, lo cual, como es bien sabido, para un vampiro viene a ser lo mismo que el acto sexual).



Con aquel camisón –como si estuviera soñando que está despierta, o como si estuviera en estado de vigilia aunque en realidad duerme–, y descalza –un arquetipo fetichista harto frecuente dentro del cine de terror (4)–, Lila vivirá sus momentos de mayor tensión, que se encuentran, asimismo, entre los más logrados de la función: las escenas en las que huye de la mansión de Lemora, escondida dentro de un ataúd, y luego tiene que escapar del acoso de los sicarios no-muertos de la vampiresa y de los muertos vivientes por los rincones de una granja abandonada, y que son las únicas que proporcionan algo parecido a atmósfera al relato. El sentido metafórico de la trama se pone de relieve en sus tramos finales: Lemora triunfa en su proceso de conversión de Lila de niña a mujer, sobre todo después de que la adolescente haya asesinado a su propio padre, convertido en muerto viviente, atravesándole el corazón con una estaca, y más adelante, transformada por fin ella misma en mujer vampiro, chupando la sangre de ese reverendo que le ha seguido el rastro y ha terminado cayendo –fatalmente– en la tentación de besar lujuriosamente a la pequeña. Lemora, un cuento sobrenatural está lejos de ser una maravilla y, sin duda alguna, su condición de cult movie le viene ancha, muy ancha. Pero, no obstante, su singularidad y su ausencia de prejuicios a la hora de plantear determinadas cuestiones resultan muy de agradecer.  



(1) Véase mi crítica de este film en DIRIGIDO POR…, n.º 539, mayo 2023: http://elcineseguntfv.blogspot.com/2023/04/dirigido-por-mayo-2023-la-venta.html

(2) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2019/12/futuro-pasado-la-fuga-de-logan-de.html

(3) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2015/07/revolutionary-road-mama-sangrienta-los.html

(4) Véase al respecto lo que comentaba en relación al extraordinario film de David Robert Mitchell It Follows (ídem, 2014): http://elcineseguntfv.blogspot.com/2015/07/la-heroina-descalza-it-follows-de-david.html

sábado, 6 de mayo de 2023

Almas de hielo: “EL DÍA DE LOS FORAJIDOS”, de ANDRÉ DE TOTH



El realizador norteamericano de origen húngaro André De Toth hace tiempo que viene necesitando una bien merecida reivindicación. Recordado por los aficionados por su popular y estupenda película de terror Los crímenes del museo de cera (House of Wax, 1953), con el formidable Vincent Price en el papel protagonista, y si bien es verdad que una parte importante de su filmografía permanece lamentablemente inédita en España, lo cual dificulta su conocimiento entre nosotros, De Toth era un muy interesante cineasta de quien cabe recordar otras contribuciones tanto o más importantes que Los crímenes del museo de cera inscritas en otras parcelas del cine de género, tales como el thriller –Aguas turbias (Dark Waters, 1944), Ola de crímenes (Crime Wave, 1953)–, el western La mujer de fuego (Ramrod, 1947), Carson City (1952), Last of the Comanches (1953), The Bounty Hunter (1954), Pacto de honor (The Indian Fighter, 1955)–, el melodrama –el extraordinario Combate decisivo (Monkey on My Back, 1957) (1)– o el cine bélico –Mercenarios sin gloria (Play Dirty, 1968)–. Day of the Outlaw (1959), editada en DVD con el título de El día de los forajidos, es una obra maestra del cine y una de las mayores contribuciones de su director al western, si no la mayor. 



La película, rodada en blanco y negro y en vistoso formato panorámico, es probablemente uno de los westerns de mayor hondura psicológica de los años cincuenta, una década que fue particularmente provechosa para el género, hasta el punto de que algunos especialistas llegaron a calificar a la producción westerniana de esta época, de manera acaso excesivamente entusiasta pero no exenta de razón, como “súper-western”. El día de los forajidos demuestra, una vez más, que las mejores armas expresivas de André De Toth se hallaban tanto en su minucioso sentido de la planificación, en el que sobre todo en este caso no sobra ni falta un solo plano, y su virtuoso talento para la dirección de actores, de tal manera que gestos y miradas van cargando el relato de espesor, de densidad, creando así una atmósfera que, en el caso concreto de El día de los forajidos, resulta difícil de olvidar. El paisaje nevado que rodea al pueblo de Wyoming donde transcurre la mayor parte del relato, poco frecuente en el western de la época –recuérdese otros dos harto interesantes, Track of the Cat (1954), de William A. Wellman (2), y The Last Hunt (1956), de Richard Brooks, como posibles precedentes–, resulta idóneo para expresar, ya de entrada, la frialdad de sentimientos de unos personajes atrapados en dolorosas circunstancias personales. 



Por un lado, el ganadero Blaise Starrett (Robert Ryan), enfrentado con la gente del pueblo por el control de las tierras que necesita para que paste su ganado, y al mismo tiempo trágicamente enamorado de Helen (Tina Louise), antiguo amor del pasado ahora casada con Hal Crane (Alan Marshall), granjero que encabeza la oposición contra Starrett. Y, por otro, Jack Bruhn (Burl Ives), líder de la banda de forajidos que recala en el pueblo, huyendo del ejército, y que tiene que enfrentarse a sus propios hombres, criminales ávidos de matar, beber, saquear y forzar a las mujeres del pueblo si él no los mantiene a raya, y a una terrible herida de bala que puede acabar con él en cualquier momento.



Hay tantas y tan buenas cosas en El día de los forajidos que resulta imposible resumirlas todas en unas pocas líneas. Está el tratamiento del personaje de Starrett, quien en el pasado defendió ese pueblo sin sheriff por la fuerza de las armas y ahora se encuentra con que los habitantes del lugar le niegan, hipócritamente, su forma de ganarse el sustento después de haber acudido a él en el pasado para que les ayudara. Está la relación de complicidad que se entabla entre Starrett y Bruhn, ambos hombres con un sólido código del honor que se ven enfrentados entre sí a causa de las circunstancias, a pesar de que entre ellos se advierte no poca comprensión y respeto (magníficamente matizados por Robert Ryan y Burl Ives, extraordinarios actores). Está la fuerza que De Toth imprime al relato gracias a diversos detalles de la planificación, como por ejemplo ese extraordinario plano que relaciona a Starrett y Hal Crane, a punto de batirse en duelo en el saloon, con una botella que va rodando sobre la barra del bar y que tiene que caer al suelo, indicando así el momento en que ambos hombres abrirán fuego el uno contra el otro, aunque no llegan a hacerlo a causa de la inesperada entrada en el saloon de los recién llegados Bruhn y sus hombres. La magistral secuencia del baile en ese mismo saloon, al cual Bruhn accede a fin de apaciguar un poco los ánimos de sus hombres, y en el que los forajidos obligan a la fuerza a las cuatro mujeres del pueblo a que bailen con ellos, en una fiesta grotesca llena de una energía sexual a duras penas contenida. O el inolvidable clímax en las montañas, en el cual la nieve y el frío juegan un papel determinante en el destino de unos hombres, como digo, de almas “de hielo”, de sentimientos “congelados”. El día de los forajidos es un regalo para los amantes del gran cine que nadie debería perderse.



(1) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2020/04/la-vida-de-un-hombre-combate-decisivo.html

(2) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2019/09/la-maldicion-de-los-bridges-track-of.html