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sábado, 19 de marzo de 2016

La mirada de Jack: “LA HABITACIÓN”, de LENNY ABRAHAMSON



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Quienes tienen la bendita paciencia de seguir lo que escribo sobre cine saben que, en la medida de mis posibilidades, siempre que miro una película trato de discernir, separar y diferenciar sus méritos o defectos de guion de sus méritos o defectos de realización. Un film puede tener un buen guion y estar mal realizado, o por el contrario puede tener un guion endeble, pero atesorar un buen trabajo de puesta en escena. Dicho de otra manera, una película puede interesarme mucho, poco o nada en función de su argumento, pero puede resultarme atractiva (parafraseando a Alberto Moravia) ver cómo el director se las ha arreglado para desarrollar esa trama. Por desgracia, cuando fallan ambos aspectos, digamos, troncales de un film, guion y realización, entonces surgen producciones tan fallidas como la, no obstante, elogiadísima La habitación (Room, 2015). En La habitación, el guion de Emma Donoghue basado en su propia novela, hace gala de tantos y tan deplorables errores de bulto que, con franqueza, me cuesta creer (por más que, por descontado, lo respete), a la vista de los mismos, en la reputación de este film, uno de los peores títulos “de prestigio” que se hayan estrenado últimamente.


La habitación parte de una coartada narrativa que en muchas ocasiones ha proporcionado brillantes resultados cinematográficos, mas no es este el caso. La película narra la odisea de “Ma” (Brie Larson), una joven mujer encerrada en el cobertizo de un jardín durante la friolera de siete años por el hombre, “el viejo Nick” (Sean Bridgers), que la secuestró, y que durante todo ese tiempo la ha tenido a su merced, utilizándola como esclava sexual. Pero hete aquí que “Ma” no está sola en su cautiverio: en los últimos cinco años, ha estado acompañada por su hijo Jack (Jacob Tremblay), nacido de la vejación sufrida a manos del “viejo Nick”. Entendemos que a fin de hacerle la existencia lo más llevadera posible (este es un film en el que hay que sobreentender muchas, demasiadas cosas), “Ma” ha creado, por así decirlo, “un mundo” lo más cómodo y agradable posible para Jack, algo que se expresa bajo la forma de acciones rituales ejecutadas a diario, con vistas a conseguir que el niño viva una existencia lo más humana posible, ajeno a la terrible realidad en la que se encuentra inmerso sin saberlo.


El film arranca mostrándonos ya a “Ma” y Jack en su prisión, que la primera ha convertido para el segundo en una versión microscópica del mundo gracias a la práctica de una rutina diaria. Por ejemplo, vemos cómo el niño se despierta por la mañana y da los buenos días a los muebles y enseres de la habitación. Luego, le vemos haciendo yoga con su madre. Más tarde, advertimos cómo “Ma” mantiene a su hijo en la mejor forma física posible haciéndole correr de una pared a otra de su estrecho cubículo. Otra de sus rutinas es gritar: gritar lo más fuerte posible; naturalmente, sin que el niño lo sepa, el propósito de ese griterío no es otro que alguien pueda oírles y acuda en su rescate… La sordidez de su situación se apunta en esos tensos momentos en los que se produce la visita del “viejo Nick”, quien entra y sale de la habitación abriendo la puerta blindada de la misma usando un código electrónico que, por descontado, solo él conoce. Entonces, la madre encierra al niño en el armario, donde tiene improvisada una cama en la que duerme mientras el “viejo Nick” se desfoga con “Ma”.


El problema, gran problema de La habitación reside en que todo esto, que en teoría debería ser agobiante y claustrofóbico, en la práctica no lo es en absoluto. Es aquí donde la película recurre a la coartada que he apuntado líneas arriba, consistente en justificar ese tono plácido, neutro, sin excesivas estridencias, en el hecho de que todo lo que hemos explicado está contemplado desde el punto de vista del pequeño Jack. La coartada, por tanto, consiste en “dulcificar”, por así decirlo, el tremendismo de lo narrado, mediante la excusa de que todo ello se presenta a través de la mirada pura e inocente de un niño ajeno a la terrible realidad en la vive, y que la disfruta con ingenuidad, convencido de la verdad de lo que hasta ese momento le ha explicado su madre en su afán de protegerle del horror. Es decir, que “el mundo” no es sino la habitación; que fuera de su mundo, de su habitación, no hay nada; y que los seres humanos que el niño ve por televisión no son sino imágenes de fantasía, irrealidades: solo “Ma”, Jack y el “viejo Nick” son realmente reales, valga la redundancia.


Puede decirse en descargo del film no solo que esta es la opción elegida por sus responsables, y que, por descontado, es perfectamente libre y legítima; que, de esta manera, y apelando a las buenas intenciones, lo que se pretendía era impedir a toda costa que la película pudiera caer en el efectismo y el tremendismo; o que el planteamiento decididamente severo y realista de la situación planteada habría dado pie, sin duda alguna, a un relato de una dureza difícil de soportar (y, en consecuencia, más difícil de vender). Es una opción respetable, desde luego, lo cual no quita que sea una opción mal planteada y peor resuelta, y que carece de la más mínima fuerza porque se sostiene sobre la base de una planificación harto convencional, aburrida incluso: cf. el tono supuestamente realista de esos ya típicos primeros planos tomados con una cámara ultraligera y filmados “a mano”, de manera que la imagen tiembla ligeramente porque, se dice, así es más “realista” (que un plano fijo no se considere realista es harto discutible, como también lo es que un plano “con tembleque” sí se lo considere de ese modo, pues tampoco es verosímil, a no ser que el punto de vista/ el ángulo de cámara desde el cual se toma sea el de alguien afectado por el Parkinson); y, en segundo lugar, la “inevitable” inserción de planos desde, claro está, el punto de vista subjetivo del niño, de forma que el espectador vea el mundo a través de sus ojos, por más que lo que vemos, y cómo lo vemos, carece de interés alguno (interés cinematográfico, se entiende: hay que tener siempre muy claro que una cosa es el interés, digamos, humano de lo que una película cuenta, y otra bien distinta el lenguaje estrictamente fílmico que utiliza para hacerlo).


No obstante, lo peor reside en que, a la vulgaridad de un trabajo de puesta en escena que ni tan siquiera es merecedor de ese nombre, añadamos gazapos de guion de considerables proporciones. De entrada, resulta inverosímil que, durante los últimos cinco años, el “viejo Nick” no haya querido ni tan siquiera echarle un vistazo al niño, contentándose con tirarse a su madre mientras el pequeño aguarda a que él acabe y se marche desde dentro del armario; puede argumentarse, por descontado, que el “viejo Nick”, además de un criminal (cosa que, sin duda, es), también es un energúmeno sin la más mínima sensibilidad al que, en efecto, tanto le da ver el aspecto de su hijo como no verlo, por más que en una escena intenta echarle un vistazo a través de la puerta entreabierta del armario. Pero cinco años son muchos años.


No será la única ocasión que el film obliga al espectador a comulgar con ruedas de molino. La cuestión empeora irremediablemente gracias a la ridícula secuencia que describe el método elegido por “Ma” para sacar a Jack de la habitación y que pida ayuda. La protagonista logra convencer al “viejo Nick” de que el niño está gravemente enfermo y con fiebre elevada, y luego, que ha muerto. En realidad, Jack está fingiendo, y permanece inmóvil dentro de una alfombra enrollada, esperando un momento de descuido del “viejo Nick” para huir en busca de rescate. Pues bien, resulta imposible creer que el mameluco del “viejo Nick” se limite a recoger el supuesto cadáver del niño que ya se encuentra envuelto en la alfombra sin tan siquiera echarle un vistazo: recordemos que estamos hablando de un criminal que, durante siete largos años, ha mantenido cautiva a una mujer joven y fuerte, encerrándola en un cobertizo insonorizado de su propio jardín, y manteniéndola viva a base de suministrarle comida, ropa, enseres y hasta algunos muebles y electrodomésticos, que se dice pronto. ¿Cómo una persona (de alguna forma hay que llamarla) así, capaz de mantener la sangre fría, la inhumanidad, la ausencia de piedad y la total y absoluta falta de escrúpulos necesarias para mantener a alguien cruelmente encerrado y vejándolo regularmente a lo largo de siete años, siete, se cree a pies juntillas que dentro de la alfombra hay un niño muerto, sin más, y no lo comprueba? No menos absurda resulta que la confrontación de Jack con ese mundo exterior que desconoce desde que nació se resuelva de una forma tan convencional –nuevos planos subjetivos del cielo luminoso desde el punto de vista del niño/ contraplanos de un asombrado Jack, tumbado en el suelo de la furgoneta donde le ha colocado el “viejo Nick” tras haber desenrollado él solo la alfombra–, ni la “casualidad” que sirve para liberarle a su madre y a él de su cautiverio: un vecino que pasea con su perro descubre al niño saltando de la furgoneta del “viejo Nick”, y este último, sabiéndose descubierto, se da a la fuga.


Tampoco es ningún secreto a estas alturas que La habitación tiene, como suele decirse, dos-partes-bien-diferenciadas. Si lo que hemos descrito hasta ahora de la trama ocupa entre el primer tercio y la primera mitad de la película aproximadamente, el resto del metraje se encarga de explicarnos qué les ocurre a “Ma” y Jack una vez puestos en libertad, y con su secuestrador puesto a buen recaudo. Llegados a este punto, y con plena coherencia con lo anterior, el film no pierde la perspectiva, y continúa desarrollando lo que viene a continuación desde el punto de vista del niño. Descubrimos, de este modo, que “Ma” tenía/ tiene unos padres, los abuelos de Jack, con los que vivía antes de su secuestro: Nancy (Joan Allen) y Robert (William H. Macy). “Ma” también lleva a cabo su propio descubrimiento: siete años después, sus padres ya no viven juntos; Robert ni siquiera vive en la misma ciudad, mientras que Nancy ha rehecho su vida con otro hombre, Leo (Tom McCamus). Demasiado tiempo de ausencia, el suficiente para que hayan ocurrido demasiadas cosas. “Ma” y Jack se instalan en el viejo hogar de sus padres, que Nancy conserva y donde ahora vive con Leo, pero todos están incómodos: “Ma”, porque ya no reconoce la casa donde vivió; Jack, porque todavía tiene miedo al mundo exterior; Nancy, porque es consciente de que, con su separación de Robert, ha destrozado sin pretenderlo las expectativas de “Ma”, lo que la ayudaba a resistir el cautiverio: el reencuentro con papá y mamá; y Leo, ajeno al drama pero involucrado en él, trata de trampear la situación, llevándose bien con Nancy y “Ma”, y siendo paciente con Jack.


Pero, a pesar de ese cambio de escenario, no por ello hay un cambio de tono en la realización, tan vulgar como la de la primera parte del relato. En su afán de mantener, como ya he dicho, por coherencia, la perspectiva de la trama desde el punto de vista de Jack, Lenny Abrahamson reitera, sin posibilidad de remisión, las mismas torpezas. Lo que, en teoría, debería ser el emocionante descubrimiento del mundo exterior por parte de un Jack tan maravillado como, por descontado, comprensiblemente asustado, deviene una narración no menos insulsa que la de la parte desarrollada dentro de la habitación. Asimismo, las inconsistencias de la trama siguen acumulándose. Por ejemplo, en la horrible secuencia de la cena, que culmina con ese embarazoso momento en el que Robert es incapaz de mirar al pequeño Jack, como si se avergonzara de él, o lo más probable, porque la presencia de ese niño es la prueba viviente de que alguien abusó de su hija y acabó con su juventud, con su inocencia, forzándola a una maternidad no deseada. Puede entenderse de ese modo, cierto, o de cualquier otra manera, igualmente válida, habida cuenta de que el guion no proporciona mayores detalles al respecto, dejando al espectador en la oscuridad, o como decía líneas atrás, obligándole a presuponer demasiadas cosas sin que el film proporcione sugerentes pistas al respecto.


El nivel de la película tampoco mejora cuando asistimos a otros momentos tan mal resueltos como lo que acabamos de mencionar, caso de la entrevista emitida por televisión a la que “Ma” acepta someterse para narrar su terrible odisea ante una reportera amante del sensacionalismo (Wendy Crewson). O ese instante en el que “Ma” le reprocha a su madre que fuera ella la que, sin querer, enviara a su hija a hacer un recado en casa del vecino, facilitando así que fuera secuestrada; a falta de mayores detalles, y a la vista de la actitud enfurecida de “Ma”, hay que presuponer que ocurrió eso, o algo parecido… O la ausencia total de fuerza, de tensión, de dramatismo, de poesía, de todo, de la que hace gala la secuencia final, con “Ma” y Jack visitando a petición del niño la vieja habitación donde permanecieron encerrados durante tanto tiempo: es una secuencia que sorprende, desagradablemente, por su aburrida indiferencia. Tampoco ayuda a elevar el interés de la función la cargante interpretación de Brie Larson, sorprendentemente premiada y, al final, incluso “oscarizada” (sic); más si tenemos en cuenta que, a la postre, el personaje y el actor que llevan encima todo el peso del relato son Jack y su joven y sensible intérprete, Jacob Tremblay, la auténtica revelación de esta película, al menos en lo que al capítulo interpretativo se refiere.  


Otro análisis de “La habitación” en:

sábado, 12 de marzo de 2016

El superhéroe antihéroe: “DEADPOOL”, de TIM MILLER



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] A la hora de ver, y apreciar, Deadpool (ídem, 2016, Tim Miller) parto al mismo tiempo de una desventaja y de una ventaja. Desventaja: nunca he leído ni un solo cómic de las aventuras de Deadpool, creado en 1991 por Rob Liefeld y Fabian Nicieza, y también conocido en España como Masacre (sic). Con lo cual, soy incapaz de decir si la película de Tim Miller es o no una buena, mala o regular adaptación de un original gráfico que, como lector de cómics, me resulta completamente ajeno. A ello hay que añadir que, en el caso de que en el film haya guiños/ alusiones/ referencias a los cómics, dirigidos a los connaiseurs de los mismos, todo ello se me ha pasado absolutamente por alto. Ventaja: precisamente el ignorarlo todo sobre el cómic me ha permitido acercarme al film con “ojos vírgenes” y una mirada relativamente “limpia” (y subrayo lo de la relatividad, pues ya son muchos años viendo cine en general, y de superhéroes en particular), teniendo una idea previa lo suficientemente borrosa como para que la película pudiera convencerme por sí misma. Y así ha sido: con todas sus insuficiencias y defectos, que los tiene, Deadpool: the movie me ha parecido un interesante film.


Pese a todo, tampoco vi la película completamente “desarmado”: como mínimo, tenía constancia de la fama de iconoclasta, cínico, amoral y poco convencional del original gráfico. Y lo cierto es que, nada más empezar el film, y con independencia (vuelvo a insistir) de si es o no es fiel-al-original, la primera secuencia de Deadpool es toda una declaración de principios: mientras se suceden unos sarcásticos títulos de crédito, que entre otras lindezas nos informan de que la película está protagonizada –al menos, en su traducción al castellano– por “un pibón de tía” (aludiendo a Morena Baccarin), asistimos a la aparatosa situación que vive Deadpool (Ryan Reynolds) dentro de un coche que va dando giros y giros en el aire a cámara lentísima, hasta destrozarse por completo. Toda esa larga primera secuencia, consistente en un enfrentamiento de Deadpool contra la banda mafiosa dirigida por otro superdotado como él, Ajax (Ed Skrein), y que culmina con la aparición de un par de componentes de los X-Men, Coloso (voz de Stefan Kapicic) y una adolescente que responde al apabullante nombre de Negasonic Teenage Warhead (Brianna Hildebrand), establece las pautas de elevada violencia, lenguaje soez, humor burlón y distanciamiento narrativo que van a presidir el grueso del metraje. 


Lo mejor de Deadpool es, precisamente lo que, sospecho, menos ha gustado de este film dinámico e iconoclasta, que en el contexto actual del cine de superhéroes se presenta como una alternativa heterodoxa que consigue, por la vía de ese humor distanciante, lo que, salvando las distancias, también lograron, en su caso por la de la ironía más cruel y paradójica, Alan Moore y Dave Gibbons con Watchmen (algo que tan bien supo captar Zack Snyder en su versión cinematográfica homónima de 2009 –1–): brindar una epopeya súper-heroica desagradable y anti-heroica. Al menos –insisto de nuevo– en su adaptación a la pantalla, Deadpool es la antítesis del superhéroe noble, honrado, altruista, desinteresado y amigo de ayudar a la comunidad; no es, para entendernos, ni el semidiós Superman ni su amigo y vecino Spiderman; y, a pesar de que sus orígenes están marcados por el dolor y la tragedia, carece de la aureola trágica y noir de Batman.


Por el contrario, Deadpool, que en su vida civil responde al nombre de Wade Wilson, es un exmercenario (o sea, un exasesino a sueldo) que, al principio del largo flashback que cubre el primer tercio del relato y nos detalla su conversión en (es un decir) “superhéroe”, se gana la vida dando de hostias a aquellos que no pagan puntualmente sus deudas a los prestamistas que le contratan para poner en vereda a los deudores. Más tarde, vemos cómo se enrolla con una mujer tan lumpen como él, una guapa bailarina de striptease llamada Vanessa (Baccarin; ya saben: “el pibón”); pero su relación sale bien, se enamoran e incluso planean casarse, hasta que sucede algo que trastoca todos sus planes: Wade sufre un cáncer incurable que va a acabar con su vida en muy pocos meses. Desesperado, abandona a Vanessa, incapaz de soportar que ella tenga que asistir impotente a su decadencia física y su fallecimiento inevitable, y accede a someterse a un atroz experimento ilegal, supervisado por el mencionado Ajax y su fornida ayudante mutante Angel Dust (la simpática pero inexpresiva Gina Carano), del cual renacerá curado y convertido en Deadpool, si bien dispuesto a vengarse de los torturadores que han deformado su cuerpo a costa de haberle transformado en un superdotado.


De la lectura de esta sinopsis se deduce que el interés de Deadpool no se deriva de lo que plantea, una trama de venganza convencional como pocas. Ya he mencionado que lo mejor del film no reside en lo que cuenta (más bien vulgar), sino en el cómo lo cuenta. En este sentido, el realizador debutante Tim Miller proporciona una bastante agradable sorpresa por su manera, fresca y desenfadada, pero a ratos muy elaborada, con que resuelve esta nueva epopeya súper-heroica made in Marvel que no solo no tiene nada que ver con el tono general del grueso de la producción “marvelita” para el cine hasta la fecha, sino que termina haciendo gala de una singular personalidad propia gracias a esa forma jocosa de mirar a personajes y situaciones, y sobre todo, de mirarse a sí misma como “película de superhéroes” con sentido de la autoconciencia. El humor de Deadpool: the movie recuerda a ratos el demostrado, años atrás, por el hoy olvidado Richard Lester, quien en su momento hizo un par de disolventes aportaciones progresivamente humorísticas a la franquicia de Warner dedicada al Hombre de Acero, muy suaves en comparación con Deadpool, por descontado, pero de similar espíritu subversivo. Pero lo que en Lester era el resultado de una impostura, incluso de un completo descreimiento (en su época, llegó a declarar que ni leía cómics ni le gustaban…), en Miller es el resultado, por el contrario, de un amor al cómic que, no obstante, no está reñido con el sentido del humor.


De acuerdo que las referencias meta-fílmicas de Deadpool tienen gracia: las alusiones chistosas a la franquicia cinematográfica de la Fox dedicada a los X-Men; las coñas lanzadas al intérprete fílmico de Lobezno, Hugh Jackman; las bromas que Ryan Reynolds se dedica a sí mismo proclamando lo mal actor que es (que lo es); las escenas de los títulos de crédito finales, con Deadpool enmascarado y con albornoz (sic) dirigiéndose directamente a los espectadores mirando hacia la cámara, tal y como hace en numerosas ocasiones a lo largo del film; etcétera, etcétera. Pero todo eso, que está bien en sí mismo considerado, no sería absolutamente nada si no viniera refrendado por un trabajo de realización interesante, y es aquí donde la película gana enteros y da realmente la sorpresa.


Señalo, en primer lugar, algo que acabo de apuntar: que Wade/ Deadpool se dirige varias veces hacia el público, un truco narrativo distanciante que no es sino una herencia de viejas figuras teatrales como el coro griego o el aparte; además de por sus posibilidades humorísticas, en cuanto vemos en esos apartes al protagonista comentando él mismo y en voz alta las jugadas, su inserción (bien dosificada, además) permite ver el film “desde fuera”, hasta el punto de erigirse, junto con la ya citada Watchmen e incluso con otras películas de superhéroes, digamos, “apócrifas” como Darkman (ídem, 1990) o El protegido (Unbreakable, 2000, M. Night Shyamalan), en una de las más curiosas auto-digresiones que hasta la fecha se haya hecho a sí mismo el cine de superhéroes. Por otro lado, esas “confesiones a cámara”, ¡que en ocasiones interrumpen a veces las escenas de acción! (véase de nuevo, sin ir más lejos, la secuencia inicial en la autopista), están incluso integradas directamente en la narración, como si la cámara estuviera realmente presente en aquellas escenas que retrata; hay un gran momento al respecto: esa escena en la que Deadpool se reencuentra con el reclutador (Jed Rees) al servicio de Ajax que le convenció para someterse al tratamiento contra el cáncer, y le da su merecido…, no sin antes apartar él mismo la cámara de ellos, mientras le dice al público: “Mejor que no vean esto…”.


Por otro lado, Miller demuestra una considerable destreza en la resolución de las escenas de acción, caso de la repetida mencionada del principio, la feroz pelea cuerpo a cuerpo de Wade y Ajax en el laboratorio en llamas, o la consabida “batalla final” que enfrenta a Deadpool, Coloso y la mutante adolescente de nombre impronunciable contra Ajax, Angel Dust y sus secuaces en el muelle. Asimismo, la captación de ambientes degradados, como el bar de moteros que regenta el mejor amigo de Wade, Weasel (T.J. Miller), el local de striptease donde trabaja Vanessa, o el humilde apartamento donde Wade y Vanessa conviven, confiere al film una capa de sordidez que no habíamos visto en una película “súper-heroica” desde, de nuevo, Watchmen o incluso El caballero oscuro (The Dark Knight, 2008, Christopher Nolan). Desde luego que hay momentos en que la pescadilla se muerde la cola, y el humor de Deadpool no siempre funciona, haciéndose excesivamente repetitivo, cuando no demasiado de brocha gorda: cf. el chiste fácil a costa del escote de Gina Carano durante la pelea de Coloso contra Angel Dust. Pese a todo, resulta comprensible el entusiasmo generado ante este film que, cierto es, no se pliega antes las convenciones habituales del cine de superhéroes, por más que no termine de abandonarlas del todo, sobre todo en el tercio final de su metraje. ¿Habrá más audacia en las ya anunciadas secuelas del invento? Esperémoslo.

Otro análisis de “Deadpool” en:


(1)   http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2009/04/el-caballero-oscuro-vs-watchmen-el.html

jueves, 10 de marzo de 2016

Mi nuevo blog: EL CINE DE ATTICUS FINCH



Aparte de todo lo relacionado con el escribir sobre cine, otra parte importante de mi vida profesional y, por qué no, también personal la ha ocupado el Derecho. Soy licenciado por la Universidad de Barcelona (UB), y he ejercido como abogado durante más de una década. De la mezcla de esas dos inquietudes nace la idea de un blog, hecho con la única pretensión de comentar películas abordándolas exclusivamente desde el punto de vista de lo que a mí me sugieren en el terreno de lo jurídico (algo, por lo demás, nada original, pues me consta que hay otras páginas en la Internet que abordan la misma temática), pues para hacerlo desde perspectivas fílmicas ya existe El Cine según TFV y lo que escribo para otros medios. Puede darse el caso de que comente films cinematográficamente malos, pero “jurídicamente” interesantes o al revés, pero en cualquier caso mi intención no es otra que separar ambas disciplinas y divertirme con ello, pues El Cine de Atticus Finch no es para mí nada más que un hobbie sin más pretensiones ni trascendencia. Ni que decir tiene, como sabrán de sobras quienes conozcan la para mí extraordinaria novela de Harper Lee Matar un ruiseñor o al menos la espléndida adaptación cinematográfica homónima que realizó Robert Mulligan en 1962, que el personaje del abogado Atticus Finch, interpretado en esta última por Gregory Peck, es un icono de justicia, rectitud, honestidad y dignidad que representa por sí solo lo mejor de la, por lo general, popularmente denostada figura del “picapleitos”, y que me viene de perlas para simbolizar lo mejor de la unión entre cine y Derecho. Como parto de la convicción de que cualquier película tiene, en un momento dado, connotaciones jurídicas de diversa índole, estreno este nuevo blog con el comentario “jurídico” de un film sobre el que ya escribí en su momento y que, aunque no lo parezca a simple vista, no está exento de esas implicaciones cercanas al mundo del Derecho: Star Wars: El despertar de la Fuerza (Star Wars: The Force Awakens, 2015, J.J. Abrams). No descarto, por descontado, que mis elucubraciones al respecto puedan estar total y completamente equivocadas. Pero jamás he pretendido que nadie comulgue con piedras de molino. Leer o no leer lo que escribo es, asimismo, un ejercicio de libertad: un ejercicio de pleno derecho.

El Cine de Atticus Finch:

Golpes de estado e hijos abandonados:
“STAR WARS: EL DESPERTAR DE LA FUERZA”:

jueves, 3 de marzo de 2016

“DIRIGIDO POR…” de MARZO 2016, a la venta



Dirigido por..., núm. 464, dedica su portada a la décima temporada de la serie Expediente X (The X-Files, 2016), que comenta Quim Casas en la sección de Televisión.


La segunda entrega del dossier en dos partes dedicado a David Lynch incluye este mes los comentarios de la serie de televisión Twin Peaks (Ángel Sala) + despieces dedicados a las series En el aire y Hotel Room (ambos a cargo de Quim Casas), y de los largometrajes Twin Peaks: Fuego, camina conmigo (Tonio L. Alarcón), Carretera perdida (Antonio José Navarro), Una historia verdadera (Anna Petrus), Mulholland Drive (Ramon Freixas & Joan Bassa), e Inland Empire (Héctor G. Barnés), además de aproximaciones a otras facetas artísticas de este realizador: Sinfonías para una oreja cercenada (Gerard Casau) + despiece dedicado a su contribución al Blues industrial, pop y electrónica (Quim Casas), Obra pictórica (Quim Casas), Como fotógrafo (Diego Salgado), Publicidad (Quim Casas), y Lynch 2.0 (Israel Paredes Badía), completándose con una bibliografía (Quim Casas) y una filmografía (Jaume Genover).


El reciente fallecimiento de Jacques Rivette justifica la publicación de un análisis aproximativo al global de su obra: Jacques Rivette. Notas sueltas sobre un cineasta ejemplar, que también firma Quim Casas.


También destacan las reseñas de ¡Ave, César! (Hail, Caesar!, 2016), de Joel y Ethan Coen (Quim Casas); Nuestra hermana pequeña (Umimachi Diary, 2015), de Hirokazu Kore-eda (Israel Paredes Badía); 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi (13 Hours: The Secret Soldiers of Benghazi, 2015), de Michael Bay; y Victor Frankenstein (ídem, 2015), de Paul McGuigan.


A todo ello hay que añadir la crónica de Berlín 2016 (Ángel Sala); el artículo de la sección In Memoriam dedicado al asimismo recientemente malogrado Ettore Scola. Testigo crítico de la sociedad italiana (Rafel Miret); la sección Fuera de Campo, donde este mes se comenta Hyena Road (2015), de Paul Gross (Antonio José Navarro); la segunda temporada de la serie The Leftovers (ídem, 2015- ) (Óscar Brox), también comentada en la sección Televisión; la sección Home Cinema (Juan Carlos Vizcaíno Martínez, Quim Casas, Antonio José Navarro, Joaquín Torán y un servidor); la sección Cine On-Line (Antonio José Navarro, Israel Paredes Badía, Joaquín Torán y, de nuevo, un servidor); las secciones Libros (Ramon Freixas, Quim Casas, Israel Paredes Badía, Ricardo Aldarondo y Óscar Brox) y Banda Sonora (Joan Padrol); y la sección Cinema Bis, donde comento Matar o no matar, este es el problema (Theatre of Blood, 1973), de Douglas Hickox.


Mi contribución a este número consiste, en primer lugar, en un par de críticas: la de la muy interesante Bone Tomahawk (ídem, 2015), de S. Craig Zahler…,


…y la del magnífico film del últimamente menospreciado (no comprendo el porqué) Atom Egoyan, Remember (ídem, 2015).


También firmo un comentario para la sección Home Cinema: el de la curiosa película dirigida por Cornel Wilde Contaminación (No Blade of Grass, 1970).


Asimismo, comento otra película para la sección Cine On-Line: la más que interesante Queen of the Desert (2015), de Werner Herzog.


Concluyo mi participación, como ya he avanzado con el comentario para Cinema Bis de un film que, lo reconozco, es uno de mis mayores “placeres (más o menos) culpables”: Matar o no matar, este es el problema.


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lunes, 29 de febrero de 2016

“IMÁGENES DE ACTUALIDAD” de MARZO 2016, a la venta



La que se anuncia como la película más espectacular de esta primavera, Batman v Superman: El amanecer de la Justicia (Batman v Superman: Dawn of Justice, 2016), de Zack Snyder, acapara la portada del núm. 366 de Imágenes de Actualidad. El extenso reportaje dedicado a este film se complementa con el artículo Murciélago contra acero, que glosa otros enfrentamientos de estos famosos superhéroes en las páginas del cómic, y un retrato de una de sus protagonistas femeninas, Gal Gadot.


Otros estrenos destacados del mes que ocupan sendos reportajes son los de La serie Divergente: Leal (The Divergent Series: Allegiant, 2016), de Robert Schwentke, que se complementa a su vez con el artículo Jóvenes y distópicos; Bone Tomahawk (ídem, 2015), de S. Craig Zahler; La hora decisiva (The Finest Hour, 2015), de Craig Gillespie; La habitación (Room, 2015), de Lenny Abrahamson, complementado con una entrevista con su protagonista femenina, la reciente ganadora del Oscar a la Mejor Actriz Protagonista Brie Larson; los estrenos simultáneos de El cuento de la princesa Kaguya (Kaguyahime no monogatari, 2013), de Isao Takahata, y El recuerdo de Marnie (Omoide no Mâni, 2014), de Hiromasa Yonebayashi, que se complementa con el artículo El recuerdo de Miyazaki. El brumoso horizonte de Studio Ghibli; Nuestra hermana pequeña (Umumachi Diary, 2015), de Hirokazu Koreeda; El bosque de los suicidios (The Forest, 2016), de Jason Zada; Cien años de perdón (2016), que se complementa con entrevistas con su protagonista masculino, Luis Tosar, y con su director, Daniel Calparsoro; Kung Fu Panda 3 (ídem, 2016), de Jennifer Yuh Nelson y Alessandro Carloni; y Mustang (ídem, 2015), de Deniz Gamze Ergüven.


El número se completa con el artículo Mercenario con futuro: “Deadpool”. Consecuencias de un éxito inesperado; y las secciones Además…, con el resto de estrenos cinematográficos del mes; Series TV, con reportajes sobre Juego de tronos T.6, El infiltrado (The Night Manager), complementado con una entrevista con su creadora y realizadora, Susanne Bier, Love y El Ministerio del Tiempo T.2; Primeras Fotos, con avances de Animales fantásticos y dónde encontrarlos (Fantastic Beasts and Where to Find Them, 2016), de David Yates, Money Monster (2016), de Jodie Foster, y Assassin’s Creed (2016), de Justin Kurzel; Noticias; Ranking, de Gabriel Lerman; Stars; Hollywood Babilonia y Hollywood Boulevard, de Nacho González Asturias; Él dice, ella dice; ¿Sabías que…?, del profesor Moriarty; Gran Vía y Se rueda, de Boquerini; Diccionario Fantástico, del Dr. Cyclops; Zona sin Límites, de Ángel Sala; Libros, de Antonio José Navarro; y BSO y DVD & Blu-ray, de Miguel Fernando Ruiz de Villalobos.


Como homenaje a David Bowie, he dedicado el Cult Movie del mes a una de las más populares películas que protagonizó: Dentro del laberinto (Labyrinth, 1986), de Jim Henson: “una curiosísima mezcla de los talentos de los principales implicados en la misma: el arte de ese gran marionetista que fue Jim Henson, unido a un nada despreciable sentido del cine, ya demostrado con creces en la no menos excelente “Cristal oscuro”; el cáustico sentido del humor de Terry Jones, que hace que a ratos el film recuerde vagamente (si bien en versión suavizada) sus trabajos con los Python, o incluso el cine de su colega Terry Gilliam; la desbordante imaginación de los diseños de Brian Froud; y la carismática presencia de David Bowie, como es sabido, gran amante de las ciencias ocultas y los fenómenos extraños en la vida real, y que debía sentirse a gusto (y debió divertirse de lo lindo) encarnando a ese mago que, además, canta y baila las magníficas canciones compuestas por él mismo y que, lejos de ser un pegote, contribuyen en no poca medida a la extravagancia del conjunto. Quien menos «se ve» es, precisamente, George Lucas, quizá porque “Dentro del laberinto” resulta menos «familiar» y más maliciosa de lo que al creador de “Star Wars” le hubiese gustado”.


También firmo un par de críticas: la de la interesante (al margen, o a pesar, de haber ganado el Oscar a la Mejor Película) Spotlight (ídem, 2015), de Tom McCarthy…,


…y la de la meramente simpática ¡Ave, César! (Hail, Caesar!, 2016), de Joel y Ethan Coen.


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martes, 23 de febrero de 2016

El hombre de una tierra salvaje: “EL RENACIDO”, de ALEJANDRO G. IÑÁRRITU



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Como cada vez que uno pone, digamos, “pegas” a una película que genera un consenso generalizadamente positivo, volveré a hacer honor al tópico y empezaré diciendo la consabida frase hecha: vaya-por-delante-que… El renacido (The Revenant, 2015) me ha gustado. Es una buena película, repleta de grandes momentos, y en sus líneas generales se merece la elevada consideración de la que goza en estos instantes. Pero no es menos cierto que, con todas sus virtudes, también me ha parecido más irregular de lo que me esperaba de ella, o si se prefiere, no termina de estar a la altura de las expectativas que me había creado, sobre todo, a raíz de la magnífica impresión que me dieron los dos anteriores trabajos de su director, el mexicano Alejandro González Iñárritu: la espléndida y todavía hoy muy menospreciada Biutiful (ídem, 2010) (1), y sobre todo la extraordinaria Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia) (Birdman or (The Unexpected Virtue of Ignorance), 2014) (2).


Empezaré hablando de lo que no me gusta, o que me gusta menos. En general, y con la excepción hecha de sus mejores instantes, El renacido me ha parecido, sorprendentemente, un film carente de la debida intensidad, o si se prefiere, menos intenso de lo que su planteamiento dramático, duro y violento como pocos, podría dar a entender. No es solo que haya una diferencia entre sus, digamos, “momentos fuertes” (los cuales, insisto, me parecen estupendos), y sus momentos, sigamos diciendo, “menos fuertes” (hablo en términos muy generales). Además, hay que decir a favor de la película que, a pesar de su larga duración (156 minutos), mantiene un ritmo excelente y con escasos altibajos. Lo que me molesta un poco de El renacido es que, incluso en esos buenos momentos, el realizador mexicano haga gala de un estilo tan brillante como pomposo, tan virtuoso técnicamente como un tanto huero formal y narrativamente. Por ejemplo, y sin ir más lejos, la secuencia del ataque en el borde del río de los indios arikaras a la expedición que lidera el capitán Andrew Henry (Domhnall Gleeson), a poco de empezar el film: desde luego que hay que quitarse el sombrero ante el trabajo de planificación del realizador (y el de iluminación del operador Emmanuel Lubezki), repleto de dinámicos movimientos de cámara que recogen, con agilidad y dinamismo, el movimiento de los actores dentro del encuadre, con resultados de notable belleza. Pero, incluso en medio de una secuencia tan lograda, se percibe algo que irá apareciendo a lo largo de la proyección: un cierto embelesamiento formal puramente esteticista que, si bien no llega en ningún momento a estropear el resultado, sí que impregna El renacido de cierto amaneramiento que, por paradójico que suene, empaña su brillo.


Otro aspecto discutible, si bien tampoco grave y, hasta cierto punto, “externo” del film, en cuanto ni lo mejora ni lo empeora, reside en la interpretación que Leonardo DiCaprio hace del protagonista, el explorador Hugh Glass. Quede claro que DiCaprio me parece un buen actor, no tan extraordinario como suele decirse, pero sí competente, y que su actuación en El renacido me parece buena, pero tampoco por encima de lo habitual en él. Por comparación, me parece mucho mejor la interpretación, muy matizada, que en El renacido lleva a cabo el siempre excelente Tom Hardy, estupendo en su papel del trampero traidor y rastrero Fitzgerald.


Desde luego que hay muchas cosas muy buenas en El renacido. Dejando aparte la brillantez de secuencias como la ya mencionada del ataque de los arikaras a la orilla del río; la a estas alturas famosa del ataque de la osa a Glass, dejándole malherido; el momento del asesinato del hijo de Glass, el mestizo Hawk (Forrest Goodluck), a manos de Fitzgerald; la secuencia en la que Glass huye de los arikaras dejándose arrastrar por los rápidos del río, a riesgo de morir ahogado o aplastado contra las rocas; el rescate de Powaqa (Melaw Nakehk’o) por parte de Glass, secuestrada por los cazadores de pieles franceses que lidera Toussaint (Fabrice Adde); la escena en la que el protagonista destripa un caballo y, desnudo, se refugia dentro del vientre del animal para evitar morir congelado; o la violenta pelea final entre Glass y Fitzgerald. Como digo, si algo resulta de agradecer de una película como El renacido es el hecho de hallarnos ante un film que, cosa rara hoy en día, efectúa una notable valoración de los elementos telúricos, haciéndolo además de una manera muy física. El frío, el hambre, las heridas, “duelen” a ojos del espectador.


A pesar de la aspereza de los escenarios naturales y de las situaciones que se viven en ellos, no faltan los apuntes líricos: el mejor, probablemente, sea el plano en contrapicado de los árboles, agitados por el viento, que coincide con el momento en que un compungido Glass, abrazado al cadáver de su hijo, alza la vista. Menos convincentes resultan las escenas oníricas, como la corta del principio: una serie de breves imágenes en las cuales vemos a Glass con su fallecida esposa india (Grace Dove) y su hijo todavía pequeño, las cuales forman parte de un flashback posterior en el que el protagonista rememora el asesinato de su mujer a manos de unos soldados blancos. O aquella en la que, en su delirio, Glass cree ver el espíritu de su esposa, flotando encima suyo, para confortarle. Digamos que El renacido está a ratos cerca de esa “obra maestra” que intenta ser pero que, por más que pone empeño en ello, se queda a mitad de camino.   

(2) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2015/02/exodus-dioses-y-reyes-big-eyes.html