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miércoles, 8 de abril de 2020

SOCIEDAD ZOMBI: La vida cotidiana de los muertos vivientes




[NOTA BENE: EL PRESENTE ARTÍCULO ES UNA VERSIÓN REVISADA Y ACTUALIZADA DEL QUE PUBLIQUÉ EN EL N.º 30 (SEPTIEMBRE 2010) DE LA REVISTA “SCIFIWORLD MAGAZINE” (1).] No cabe la menor duda de que el terror que suscita el zombi se deriva de su condición de criatura sobrenatural (es un muerto que está vivo sin dejar de estar muerto) y de su conducta hostil (ataca a los seres humanos para, sobre todo en estos últimos cincuenta años de cine y televisión, convertirles mediante su mordisco también en muertos vivientes, o para devorar su carne). Tanto da, en este sentido, que sean los zombis esclavos de Legendre (Bela Lugosi) en La legión de los hombres sin alma (White Zombie, 1932, Victor Halperin), como los tambaleantes pero efectivos protagonistas de la saga que George A. Romero inició a raíz de La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, 1968), o los modernos cadáveres corredores puestos de moda por Danny Boyle en 28 días después (28 Days Later…, 2002) y por Zack Snyder en Amanecer de los muertos (Dawn of the Dead, 2004), con permiso del auténtico creador de esta tendencia, el Umberto Lenzi de La invasión de los zombies atómicos (Incubo sulla città contaminata, 1980).


Asimismo, en la práctica resulta indiferente que su nacimiento tenga lugar como consecuencia de prácticas de vudú, magia negra o hechicerías diversas  (tal y como se produjo en los títulos pioneros del género) o que sea el resultado de misteriosas radiaciones procedentes del espacio exterior o de cepas bacteriológicas fuera de control, tengan estas últimas procedencia científica, como la que desata la pandemia zombi de Guerra Mundial Z (World War Z, 2013, Marc Forster –(2)–) o, en el peor de los casos, directamente satánica, como se apunta en la tetralogía de Jaume Balagueró y Paco Plaza formada por [Rec] y sus secuelas (2007–2009-2012-2014). Si bien todo eso ha tenido su relevancia a la hora de crear, cinematográficamente hablando, la mitología zombi (y dejando expresamente a un lado las aportaciones en el campo de la literatura, los cómics y los videojuegos), lo que pretendemos apuntar aquí es el hecho, mostrado en un número ya muy considerable de films, de que, a lo largo de la historia del cine y de la televisión –si bien en estas líneas nos centraremos en el cine: abandoné la soporífera The Walking Dead (ídem, 2010- ) en la mitad de su segunda temporada…–, los muertos vivientes han ido siendo cada vez algo más que unos difuntos putrefactos y descerebrados que aparentemente no piensan, o que tan solo lo hacen para saciar sus inagotables tendencias caníbales, hasta acabar erigiéndose en una especie de sociedad alternativa a la humana, de la cual, como veremos, han heredado determinadas características, pero a la que superan en muchas otras.   
    

Sin embargo, en los primeros títulos importantes del “cine zombi”, los muertos vivientes todavía no se habían constituido en sociedad, desempeñando por lo general, y con los matices que iremos viendo, una suerte de colectividad de siervos al servicio de los vivos que los invocan. El ejemplo canónico, claro está, reside en la ya citada La legión de los hombres sin alma, en la cual los zombis son esclavos al servicio del pérfido Legendre. No obstante, en esta magnífica película de Victor Halperin ya se advierten los primeros apuntes de la futura rebelión de los muertos vivientes contra la tiranía de los vivos; recordemos que Legendre utiliza a los zombis no ya como mano de obra barata, sino evidentemente como mano de obra gratuita; dichos zombis trabajan día y noche sin descanso, no necesitan detenerse ni para comer (recordemos que el canibalismo fue un tema introducido en el universo zombi cinematográfico/ televisivo bastante más adelante) ni jamás reclaman a su dueño salario alguno a cambio de su esfuerzo; asimismo, por el hecho de estar muertos y de carecer, por tanto, no ya de derechos laborales sino ni tan siquiera de los más elementales derechos humanos (los cuales, naturalmente, tan solo pueden ser reclamados por personas vivas…), los zombis son maltratados y torturados por Legendre a su antojo, quien les hace trabajar a latigazos con la más absoluta y cruel desconsideración, convencido de que su condición de meras piltrafas animadas los sitúa por debajo de los animales. Justicia poética obliga, Legendre acabará pereciendo a manos de sus difuntos esclavos, los cuales, descontrolados, se precipitarán desde lo más alto del acantilado sobre el cual se yergue su majestuosa mansión, arrastrando consigo a su tiránico señor.


De hecho, el propio Victor Halperin reincidiría poco años después con una especie de secuela de La legión de los hombres sin alma titulada explícitamente Revolt of the Zombies (1936). Film inédito en España, pero estrenado en DVD con el título de La rebelión de los zombies (en una edición de la firma Matinée/ Tribanda Pictures que agrupa las dos películas de Halperin), Revolt of the Zombies vuelve a subrayar, aquí con mayor fuerza, la idea de la futura revuelta de los muertos vivientes contra los vivos, si bien en este caso tampoco se trata de una decisión autónoma de los zombis, sino de su liberación del influjo hipnótico que los esclavizaba. Papel de esclavos carentes de autonomía propia que se expone, de manera abiertamente política, en la curiosa película de Wes Craven La serpiente y el arco iris (The Serpent and the Rainbow, 1988), en la cual se reconstruyen con cierta fidelidad las técnicas reales de “zombificación” practicadas en Haití, las cuales convierten a las personas en sirvientes al servicio de poderes malignos, representados en este caso en un hechicero vudú, Dargent Peytraud (Zakes Mokae), que emplea sus artes oscuras a mayor honra y gloria del tristemente célebre dictador Duvalier y su no menos siniestra policía, los Tonton Macoutes.   


Más delicados matices fueron introducidos por Jacques Tourneur en su famosa obra maestra I Walked with a Zombie (1943), relato fantástico con un fuerte componente romántico y lírico, en la cual la temática de los muertos vivientes se utiliza a modo de poético contrapunto de una historia de amour fou que culmina con un suicidio que tiene algo de ritual, al igual que los misteriosos ritos de magia negra que han dado vida, o no–vida, al impresionante zombi Carrefour (Darby Jones) y han convertido en muerta viviente a la ahora pálida y apática Jessica Holland (Christine Gordon). Se apunta, de este modo, a la imposibilidad del zombi de amar y ser amado: de su existencia como una criatura ajena a los sentimientos humanos más fundamentales, lo cual le convierte en un paria de la sociedad, una rareza, una anomalía cuya mera existencia contradice los cimientos mismos de la civilización de los vivos.


A pesar de que en estos o en similares títulos de los años cuarenta y cincuenta que abordan la temática zombi, el vudú o la magia negra siguen siendo por regla general los principales mecanismos de animación de los muertos vivientes, lo cual de entrada los delimita como criaturas pertenecientes a una esfera muy alejada de la realidad empírica, ya en estos films pioneros se apuntan los rasgos que a la larga contribuirán a hacer de ellos seres violadores del concepto de civilización humana y protagonistas de un modelo alternativo de sociedad. Desde esos primeros tiempos, los zombis aparecen descritos como criaturas casi invulnerables (no se puede matar a quien ya está muerto), y únicamente destruibles, y después de no pocos esfuerzos, mediante procedimientos contundentes como el destrozo de su cerebro, la desmembración o la incineración. Pese a su lentitud, o precisamente gracias a ella (por lo menos, hasta la llegada de los veloces zombis de Umberto Lenzi), los muertos vivientes se erigen en una amenaza que avanza lenta pero implacablemente hacia su principal propósito: la destrucción de la humanidad. Al tratarse de personas muertas y, por tanto, que no precisan respirar para vivir, ello les proporciona además unas cualidades subacuáticas inesperadas; no saben nadar, pero no necesitan hacerlo porque, para desplazarse por el agua, les basta con ir caminando por el fondo de mares o lagos, imagen con cierta recurrencia dentro de la imaginería del género que se institucionaliza a raíz de Zombies of Mora Tau (Edward L. Cahn, 1957), y reaparece con relativa frecuencia en propuestas posteriores, tal es el caso de los muertos vivientes de origen nazi de Shock Waves (Ken Wiederhorn, 1977) y Le lac des morts vivants (Jean Rollin, 1981), o del zombi (Ramón Bravo) que se pelea nada menos que con un tiburón en una de las más llamativas escenas de Nueva York bajo el terror de los zombi (Zombi 2, 1979, Lucio Fulci), siendo incluso adoptada por Romero en La tierra de los muertos vivientes (Land of the Dead, 2005). Apuntemos que la idea ha sido descaradamente copiada en producciones fantásticas de diversa índole, tal es el caso de los zombis filibusteros de Piratas del Caribe: La maldición de la Perla Negra (Pirates of the Caribbean: The Curse of the Black Pearl, 2003, Gore Verbinski) y de los inefables vampiros primerizos de La saga Crepúsculo: Eclipse (The Twilight Saga: Eclipse, 2010, David Slade).


Es bien conocida la explicación que daba precisamente el autor de I Walked with a Zombie, Jacques Tourneur, en torno a un ambicioso proyecto de género fantástico que, lamentablemente, nunca pudo llevar a cabo: “Hay dos fuerzas presentes, dos ejércitos: el de los vivos y el de los muertos, que es el más poderoso (al menos por su número). El combate es desigual y por eso debemos pedir ayuda a todos los recursos de la ciencia. Este es el punto de partida de mi historia. Los dos ejércitos ganarán la batalla. En uno de mis guiones será la ciencia, en el otro las fuerzas sobrenaturales. Será muy interesante de rodar y por fin seré libre de hacer lo que me plazca” (Midi–Minuit Fantastique, n.º 12, 1965). Siempre me he preguntado si los responsables de La noche de los muertos vivientes, George A. Romero y su equipo de colaboradores, conocían esta declaración de intenciones de Tourneur y acabaron llevándola a la práctica. Sea como fuere, La noche de los muertos vivientes es el pilar del cine zombi desde la perspectiva “social” que estamos apuntando.


Lo mejor de La noche de los muertos vivientes se encuentra en su dibujo, algo torpe pero eficaz, del desmoronamiento del concepto de civilización, visualizado sobre todo en el primer y tercer tercio del relato, que son asimismo los que atesoran los mejores detalles e ideas. Un relato que empieza, significativamente, en un cementerio (el lugar donde, socialmente hablando, “termina” toda vida humana), el cual es visitado por una pareja de hermanos, Barbra (Judith O’Dea) y Johnny (Russell Streiner), quienes serán los primeros en ser atacados por un enjuto muerto viviente (Bill Hinzman); relato que concluye, tampoco por casualidad, sobre la imagen de una hoguera de reminiscencias medievales, retrógradas, donde se queman los cuerpos de los zombis y, mezclado entre ellos, el cadáver de Ben (Duane Jones), quien ha sido abatido por el certero disparo de un rifle de caza tras haberle confundido con otro muerto viviente. Lo que media entre ambos escenarios es una descripción de la destrucción de la civilización cuyo énfasis recae en el peso de ciertos detalles aportados por los gestos y diálogos de los intérpretes y determinadas ideas de guion y realización. Por ejemplo, recién llegados al cementerio, Barbra y Johnny tienen una pequeña discusión en el coche sobre la pertinencia de ir a visitar la lápida del hombre que reposa en dicho camposanto: su propio padre, al que Johnny ni siquiera recuerda porque, aparentemente, les abandonó cuando todavía eran unos niños (un primer indicio de destrucción del orden social establecido: la disolución de la familia tradicional). Poco después, el zombi ataca a los hermanos y, mientras Johnny se pelea con él, Barbra huye; en su huida, la joven pierde primero el coche, estrellándolo contra un árbol, y luego los zapatos, de los cuales se desprende porque le dificultan el correr a campo través: otros dos emblemas de civilización: coche y calzado.


Ya en la casa donde Barbra y Ben se hacen fuertes en compañía de la familia Cooper –Harry (Karl Hardman), su esposa Helen (Marilyn Eastman) y su hija Karen (Kyra Schon)– y de una pareja joven –Tom (Keith Wayne) y Judy (Judith Ridley)–, dicha vivienda deja de tener un uso “normal” para convertirse en otra cosa: un lugar donde hay que tapiar ventanas y puertas con maderas claveteadas y quemar sillones como arma defensiva, y en el cual el sótano, donde se guarda la comida, ahora es el último refugio de unos seres humanos destinados a ser “la comida” de los zombis caníbales que ponen cerco a la vivienda. Las relaciones humanas “civilizadas” se deterioran: Barbra, obnubilada por el terror, es incapaz de hablar con sus compañeros de infortunio; y Ben y Harry se enfrentan a causa de sus diferencias de opinión sobre qué hacer para afrontar el peligro que les rodea (un enfrentamiento que los admiradores de este film sobredimensionaron por el hecho de que Ben es un hombre de raza negra y Harry un blanco…, hasta el día en que Romero confirmó que había elegido a Duane Jones para interpretar al primero sin tener en cuenta el color de su piel). Deterioro que alcanza su punto culminante en las secuencias finales: Ben se venga de Harry, por culpa del cual ha estado a punto de morir, matándole de un disparo; Barbra acabará muriendo a manos de su hermano Johnny, que también se ha transformado en muerto viviente, y Helen, en las garras de su pequeña Karen, por la misma razón: sendos asesinatos con connotaciones incestuosas y parricidas.


Tanto en La noche de los muertos vivientes como en los siguientes títulos de su famosa saga, George A. Romero cimentó las bases de la sociedad zombi tal y como las conocemos hasta el día de hoy. Descubrimos así que los muertos vivientes, alejados ya de su antiguo rol de esclavos de los vivos, han “decidido” (si es que puede hablarse de una decisión tomada con conciencia de tal) tomar las riendas de la situación e iniciar una lenta pero imparable conquista del mundo. Llama la atención que, al contrario que lo que suele ocurrir entre los seres humanos –véase al respecto lo comentado respecto a La noche de los muertos vivientes, o lo expuesto en la cruda miniserie británica de televisión Dead Set (2008)–, los zombis hacen gala de una insólita unidad y armonía en su forma de actuar colectivamente. Si bien es verdad que en el cine de zombis abundan las escenas protagonizadas por solitarios muertos vivientes, no es menos cierto que, a la hora de actuar de manera conjunta, no se distingue entre ellos el menor signo de discrepancia. Funcionan como si fueran una sociedad de insectos, tipo abejas, hormigas o termitas, las cuales por definición son sociedades “perfectas” donde cada uno de sus miembros cumple estrictamente con su función. Entre los zombis, los hay de diversas tipologías físicas: hombres, mujeres y niños de todas las edades y razas, y exhibiendo distintos grados de putrefacción en virtud del tiempo que llevan “no-muertos”; los hay que van elegantemente vestidos y los hay parcial o totalmente desnudos, es decir, con el atuendo que portaban en el momento de pasar de la muerte a la “no–vida”. Se advierte, asimismo, que, a pesar de esas diferencias, siempre actúan colectivamente apenas se junten un par de ellos. Las películas nos los han mostrado siempre como un temible ejército que no conoce el miedo y que ataca ciegamente, impasibles como son al dolor físico. Pero acaso lo más interesante, lo más inquietante, resida en el hecho de que entre ellos no se dan los mismos casos de egoísmo que sí se presentan entre los seres humanos. Los zombis nunca se matan entre sí: la noción del asesinato de un congénere no existe para ellos. No se dan los robos ni los ataques de celos; todo lo más, la disputa por un trozo de carne humana que se limita a casuales empujones en el momento de apoderarse de un mismo pedazo. Tampoco hay canibalismo entre los propios zombis, a pesar de que el cine ha proporcionado algún (repugnante) apunte al respecto, tal es el caso del pequeño zombi que devora el pecho de su madre, también muerta viviente, en Zombie Holocausto (Zombie Holocaust, 1980, Marino Girolami). La inexistencia de sexo comporta la inexistencia de violaciones o estupros y de crímenes con motivación sexual; dicho de otra manera, no conocen la discriminación sexual, acaso porque los conceptos de “hombre” y “mujer” tampoco tienen entre ellos sentido alguno.


Andando el tiempo, la visión de los zombis como sociedad aparte proporcionada por Romero se ha ido sofisticando, influyendo sobremanera en todo el cine coetáneo o posterior sobre muertos vivientes o, en su caso, infectados. En la primera secuela de La noche de los muertos vivientes, Zombi (Dawn of the Dead, 1978) –y en su excelente y superior remake, Amanecer de los muertos–, un centro comercial se convierte en el escenario principal de un relato que, en sus momentos culminantes, se convierte así en una maliciosa parodia de la condición humana, con zombis putrefactos y de andares idiotizados (en el caso de los films de Romero) deambulando por las tiendas. Imagen paródica directamente convertida en un gag por el británico Edgar Wright en su celebrada Zombies Party (Shaun of the Dead, 2004), en la cual los primeros síntomas de la invasión de los muertos vivientes pasan completamente desapercibidos para los protagonistas, dado que a simple vista confunden a los zombis con meros borrachos; no es casualidad, en este mismo sentido, que en Zombies Party uno de los lugares donde los personajes resisten el ataque de los muertos vivientes sea un pub, o que poco después los protagonistas intenten mezclarse entre los zombis para escapar de ellos poniéndose a caminar “como idiotas” (sic); gag este último que sería retomado en esa rara pero aún así nada despreciable combinación de “cine zombi” y comedia juvenil made in USA que es Memorias de un zombie adolescente (Warm Bodies, 2013, Jonathan Levine –(3)–).


Un paso más al respecto lo da Romero en El día de los muertos (Day of the Dead, 1985), en la cual culmina el proceso de conquista del mundo emprendida lenta pero metódicamente por los zombis, de tal manera que ahora son los seres humanos los que, indirectamente, se han convertido, si no en esclavos de los muertos vivientes, sí en su potencial despensa de carne, viviendo confinados en bases militares fuertemente armadas como la que se erige aquí en principal escenario del relato. En esta ocasión, el contraste se da entre el ejército de los zombis y el humano, formado este último por militares de cabeza cuadrada que intentan “estudiar” a los muertos vivientes de cara a localizar su punto débil y acabar de una vez con ellos. Vano esfuerzo, habida cuenta de que los zombis no tardarán en aprender lo peor del ser humano con vistas a utilizarlo contra él, y no al revés; tal es el caso de Bub (Sherman Howard), el muerto viviente prisionero de los militares al cual se pretende “humanizar”, ergo domesticar –en una idea que sería recogida sin pudor por Danny Boyle aplicándola a los infectados de 28 días después–, y que, chistes fáciles aparte (la escena en la cual el zombi lee… una novela de Stephen King), acaba asimilando un conocimiento negativo del ser humano: el uso de un arma de fuego. De hecho, la idea de que los muertos vivientes no sean sino símbolos en negativo del ser humano ya se encuentra anotada en las películas de zombis nazis, tales como las ya mencionadas Shock Waves y Le lac des morts vivants, a las cuales se pueden añadir otras como La tumba de los muertos vivientes (Jesús Franco, 1981) o Zombis nazis (Dod sno/ Death Snow, 2009, Tommy Wirkola). 
   

La visión “social” de los zombis más completa proporcionada por Romero es la que nos brinda en su interesante La tierra de los muertos vivientes, donde la línea que separa a los seres humanos de los zombis está más borrosa que nunca. Al principio del film, un puñado de mercenarios enviados por Kaufman (Dennis Hopper) atacan sin previo aviso un pueblo habitado exclusivamente por muertos vivientes, los cuales a su manera han acabado formando un símil de sociedad “casi” humano. De este modo, lo que para los mercenarios no es más que la matanza indiscriminada e incluso justificada de simples monstruos, para los zombis liderados por Big Daddy (Eugene Clark) es un asesinato sin escrúpulos y una declaración de guerra en toda regla. La frágil paz existente entre los vivos y los muertos vivientes, de tal manera que los unos no invaden el territorio ocupado por los otros y viceversa, se rompe por culpa de una provocación gratuita de los primeros, desencadenando así la revancha de los segundos.


No es la primera vez en la historia del “cine zombi” que los cadáveres ambulantes adoptan la decisión de atacar a los humanos motivados por un sentimiento que han aprendido de estos últimos: la venganza; recuérdese la escena final de la estupenda película de Jorge Grau No profanar el sueño de los muertos (1974), en la cual George (Ray Lovelock), convertido en zombi tras haber sido gratuitamente asesinado por un intransigente inspector de policía (Arthur Kennedy), se venga de este último como primer acto de su nueva “no–vida”. Pero es en La tierra de los muertos vivientes donde la venganza es la motivación de los zombis a la hora de emprender un ataque colectivo contra la raza humana. Dicho de otra manera, los zombis han acabado ganándose su propio lugar en el mundo, y exigen a cambio un respeto que los seres humanos, ahora los reyes destronados del planeta, no están dispuestos a proporcionarles. Por otro lado, el contraste entre el pueblo de los zombis y la ciudad de los vivos gobernada con mano de hierro por Kaufman da a entender perfectamente que, así como los muertos vivientes a su manera viven en paz, en cambio los vivos se encuentran hacinados en una ciudad donde gobierna el crimen, la corrupción y la violencia: de este modo, la balanza de la monstruosidad, la verdadera monstruosidad, acaba inclinándose de nuestro lado. Los zombis han ganado la partida a la humanidad entera.


Ante semejante panorama, y a la vista de que prácticamente todos los intentos de destruir a los zombis y/ o infectados han acabado en un completo fracaso, la cruda realidad que parece imponerse no es otra que la de… convivir con ellos. Ahora bien, ¿qué formas puede adoptar esa convivencia? Por ejemplo, ¿es posible respetarse mutuamente y compartir el planeta sin más? Difícil, tal y como lo acabamos de ver en La tierra de los muertos vivientes, cuando no prácticamente imposible. ¿Deberá la humanidad del futuro refugiarse en lugares ignotos a fin de no perecer a manos de los muertos vivientes? Ésta es la alternativa que se les presenta a los supervivientes del virus que convierte a los seres humanos en zombis y/ o infectados en Resident Evil (ídem, 2002, Paul W.S. Anderson), sobre todo a partir de la tercera entrega de esta serie, Resident Evil 3: Extinción (Resident Evil: Extinction, 2007, Russell Mulcahy), en la cual se ven obligados a deambular por el desierto, uno de los escasos lugares del mundo donde los muertos vivientes no proliferan…, y ni aún así hay garantía de una seguridad absoluta. Las soluciones que pasan por costosas y, a la postre, fútiles operaciones militares tampoco son la respuesta al problema: recuérdese 28 días después, y véanse asimismo la secuela de esta última, 28 semanas después (28 Weeks Later, 2007, Juan Carlos Fresnadillo) o la segunda entrega de Resident Evil, esto es, Resident Evil: Apocalipsis (Resident Evil: Apocalypse, 2004, Alexander Witt).


Otra alternativa, sin lugar a dudas la más dura de todas ellas, es… amar a los zombis. ¿Es eso realmente posible? El “cine zombi” ha intentado aportar algunas respuestas al respecto. Volvamos a recordar I Walked with a Zombie, en la cual ya hemos anotado que un hombre se suicida por su amor imposible a una muerta viviente… Están, por otra parte, las ya comentadas connotaciones incestuosas y parricidas que se dan en La noche de los muertos vivientes: una hermana y una madre que mueren a manos de sus respectivos (y hambrientos) hermano e hija. O la variante love story juvenil planteada por Memorias de un zombie adolescente. Anotemos, asimismo, la existencia de pequeñas curiosidades, como es el caso de Fido (ídem, 2006, Andrew Currie), en la cual una familia adopta a un viejo amigo y vecino suyo que se ha convertido en zombi como si fuera uno más de ellos; Zombie Honeymoon (David Gebroe, 2004), en la cual una mujer recién casada (Tracy Coogan) lucha por permanecer al lado de su amado (Graham Sibley)… a pesar de que este último se ha convertido fatalmente en un muerto viviente; una situación muy similar a la que viven los jóvenes protagonistas de las jocosas Amor zombie (Life After Beth) (Life After Beth, 2014, Jeff Baena) y Burying the Ex (Joe Dante, 2014), un viudo (Dane DeHaan) y un adolescente (Anton Yelchin), respectivamente, tras el regreso, más allá de la tumba, de la amada esposa del primero (Aubrey Plaza) y de la difunta novia del segundo (Ashley Greene); en cambio, en la mucho más melodramática –y plomiza…– Maggie (ídem, Henry Hobson, 2015), es un abnegado padre de familia (un sorprendente Arnold Schwarzenegger) quien asiste impotente al proceso de transformación en zombi de su amada hija (Abigail Breslin). El concepto de amor en familia aparece excluido de entrada, o cuanto menos puesto en cuestión, de una manera u otra, en todos estos títulos.  


Asimismo, y expresado de manera contundente, tampoco hay piedad para quienes se han profesado amor conyugal cuando hay “zombificación” de por medio, tal y como demuestra 28 semanas después: Don (Robert Carlyle), convertido en un muerto viviente y/ o infectado (táchese lo que no proceda), destroza a dentelladas a su indefensa esposa Alice (Catherine McCormack), atada a una camilla de hospital y sin posibilidad de huir (en una escena de una gran crueldad, por más que, dicho sea de paso, esté copiada de un momento muy parecido de No profanar el sueño de los muertos…). Incluso un film que se ha atrevido a mostrar poéticamente las relaciones entre los vivos y los muertos, y que si bien no se inscribe exactamente dentro de lo que se entiende como “cine zombi” bebe en gran medida de algunas de sus convenciones visuales, arroja un saldo pesimista al respecto: me refiero a la excelente Les revenants (2004), del francés Robin Campillo, estrenada en España directamente en DVD como La resurrección de los muertos, y que parte de una muy inquietante premisa –los difuntos vuelven a la vida físicamente intactos, y convertidos en seres inofensivos pero apáticos: están vivos pero no lo parecen– para mostrar, de paso, un amargo discurso sobre las relaciones humanas: los cónyuges, hijos y amigos que dejaron atrás al morir no les acogen con alegría, sino con estupefacción, hasta el punto de que, en una desoladora y sombría resolución, los resucitados deciden regresar a sus tumbas, incapaces de soportar el desamor y desafecto con que han sido recibidos por los suyos… Al menos por ahora, la sociedad humana y la “sociedad zombi” son mundos paralelos condenados a no entenderse.    


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