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lunes, 26 de agosto de 2024

“DIRIGIDO POR…”, septiembre 2024, a la venta



DIRIGIDO POR…
, n.º 553, dedica la mayor parte de su número de septiembre de 2024 a la primera parte de un dosier en dos entregas dedicado al que, sin duda, es el mejor director de cine español de todos los tiempos: Luis Buñuel. El número se completa con un artículo, Italian Pulp. El cine policíaco italiano, que a modo de avance se centra en este género, al cual el inminente Festival de Cine de San Sebastián 2024 va a dedicarle una retrospectiva. A todo ello hay que añadir críticas de las más recientes películas de Francis Ford Coppola (a quien hemos entrevistado), Jawad Rhalib y Wim Wenders, entre otros.



Mi contribución se centra principalmente en mis aportaciones al mencionado dosier Buñuel: por orden cronológico, la antología de Susana (1951); el artículo Contrastes made in USA, centrado en las dos raras coproducciones mejicano-estadounidenses realizadas por Buñuel: Aventuras de Robinson Crusoe (1954) y La joven (1960); y las antologías de Viridiana (1961) y El ángel exterminador (1962).



A ello añado las habituales reseñas de actualidad: Alien: Romulus (ídem, 2024, Fede Álvarez), un film ni tan bien ni tan mal como se ha dicho; Gru 4. Mi villano favorito (Despicable Me 4, 2024, Chris Renaud y Patrick Delage), enésima variante de la “fórmula Gru”; Twisters (ídem, 2024, Lee Isaac Chung), no tan malo como el original, pero tampoco como para lanzar las campanas al vuelo; y, para la sección Streaming/TV, las críticas de El ministerio de la guerra sucia (The Ministry of Unglentlemanly Warfare, 2024, Guy Ritchie), que no está nada mal, aunque por debajo de los últimos e interesantes trabajos de su realizador; Superdetective en Hollywood: Axel F. (Beverly Hills Cop: Axel F., 2024, Mark Molloy), asimismo menos mala y más honesta de lo previsto; y Detonantes (Trigger Warning, 2024, Mouly Surya), ésta sí una soberana tontería reservada a los fans que puedan quedarle a una Jessica Alba haciendo aquí de “Ramba”.



Anunciar, finalmente, que DIRIGIDO POR… dedicará en un próximo número un dosier al gran Max Ophuls, analizando toda su filmografía.  

 

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miércoles, 21 de agosto de 2024

El “affaire” Dreyfus: “EL OFICIAL Y EL ESPÍA”, de ROMAN POLANSKI



Resulta fácil poner en relación la trama de El oficial y el espía (J’accuse, 2019) con las circunstancias personales de su realizador, Roman Polanski, de manera tal que su reconstrucción del tristemente célebre affaire Dreyfus vendría a erigirse en una representación simbólica de las vivencias personales de un cineasta que, todavía hoy, sigue estando perseguido por la sombra del procesamiento judicial por violación en los Estados Unidos que pende sobre su cabeza. Es, como digo, una facilidad, y más en estos tiempos en los que el cotilleo y el virus (este, aparentemente incurable) de la “corrección política” parecen haberse apoderado de los medios de comunicación, más interesados, por ejemplo, en resaltar que la actriz Adèle Haenel abandonó, indignada (ella sabrá), la ceremonia de entrega de los premios César en el momento en que se anunció que Polanski acababa de conseguir el galardón al Mejor Director, que en destacar lo mucho que El oficial y el espía tiene de relevante en el panorama internacional del cine actual.



También es fácil, demasiado fácil, limitarse a afirmar que El oficial y el espía no es más (o poco más) que una incursión de Polanski en el género/subgénero/variante genérica conocido como “melodrama histórico”, y ello por el mero hecho de que su trama, escrita por el propio Polanski de nuevo en colaboración con Robert Harris y a partir de una novela de este último –Harris ya colaboró con Polanski en su magnífica El escritor (The Ghost Writer, 2010)–, está, como suele decirse, basada-en-hechos-reales; esto es, la investigación llevada a cabo a finales del siglo XIX por el coronel del ejército francés Georges Picquart (Jean Dujardin) que llevó al esclarecimiento de la inocencia del excapitán del mismo ejército Alfred Dreyfus (Louis Garrel), falsamente acusado y condenado por un tribunal militar por espionaje y alta traición hasta que un movimiento popular encabezado, entre otros, por Émile Zola (André Marcon) –autor de un famoso artículo, titulado J’accuse, que proporciona su título original tanto al film de Polanski como a la famosa película homónima de Abel Gance de 1919–, condujo a la liberación y rehabilitación pública de Dreyfus, sobre quien siempre recayó la sospecha de que su condena sin pruebas de cargo había tenido lugar, principalmente, por el hecho de ser judío.



Desde luego que El oficial y el espía es eso, un “melodrama histórico”, pero, tratándose de Polanski, no es solo eso. Es, también, una aguda digresión sobre los mecanismos del poder que el veterano cineasta polaco parece construir teniendo en mente a dos de sus realizadores de cabecera: Alfred Hitchcock y Fritz Lang. Del primero recupera la temática del falso culpable (el personaje de Dreyfus), pero, a diferencia del cineasta británico, centra su atención no en el sufrimiento de la persona que se sabe inocente y a quien nadie cree, sino en los avatares, a veces penosos, de la persona que también sabe de esa inocencia (Picquart) y trata de demostrarlo a los ojos del mundo. Lang, quien ya se hallaba, asimismo, muy presente en las imágenes de El escritor, es quien parece inspirar a Polanski esa visión oscura de una sociedad capaz de condenar a un inocente por el hecho de su condición racial (en lo que puede verse un apunte sobre cómo muchos de los horrores racistas y genocidas del siglo XX ya se gestaron a lo largo de la centuria anterior), y que el autor de El cuchillo en el agua visualiza convirtiendo el desarrollo de El oficial y el espía en una especie de siniestro paseo por un laberinto de oficinas y despachos donde se cuecen las decisiones del poder, y sobre todo, se decide arbitrariamente el destino de los seres humanos.



A lo largo de 132 minutos que hacen gala de una agilidad narrativa pasmosa, en los que prácticamente cada plano está insertado para expresar algo o enseñar algo, haciéndolo además sin demagogia ni falsos artificios, El oficial y el espía atesora, además, el sentido del mundo, de la vida y, por ende, de la imagen característicos del creador de El quimérico inquilino. Ya he mencionado el carácter laberíntico de los escenarios en interiores, fríos compartimentos administrativos que tiene mucho de claustrofóbico, de agobiante; a riesgo de que parezca un chiste fácil, Polanski es el cineasta del confinamiento, y aquí vuelve a demostrarlo con creces. A ello añadiría su sentido dinámico del plano, patente en momentos tan brillantes como el duelo de honor a florete entre Picquart y el maquiavélico mayor Henry (Grégory Gadebois), o en particular, la extraordinaria escena del atentado contra el abogado Labori (Melvil Poupaud). Por si fuera poco, El oficial y el espía describe, sotto vocce, los años finales del siglo XIX como una época de transición entre lo viejo y lo nuevo, un período a caballo entre la irrupción de las nuevas ideas sociales y su confrontación con el decadente pensamiento decimonónico: ahí está la, a mi entender, para nada gratuita relación amorosa de Picquart con Pauline Monnier (Emmanuelle Seigner), una mujer casada que, a pesar de su condición de tal, y de que posteriormente se divorcia de su tradicional marido, se niega a casarse con Picquart cuando este se lo pide, mostrándose así como una mujer avanzada a su tiempo. Otro detalle simpático a caballo, de nuevo, entre la tradición y la modernidad, reside en el hecho de que Polanski aprovecha la descripción de la estancia de Dreyfus en la Isla del Diablo para ilustrarla rindiendo, de paso, un explícito homenaje al cine silente, virando la imagen en sepia.


lunes, 19 de agosto de 2024

La venganza de Eva: “HISTORIA MACABRA”, de JOHN IRVIN



Historia macabra
(Ghost Story, 1981) se estrenó en una época en la cual el cine de terror norteamericano atravesaba una etapa de transición entre las películas de bajo presupuesto –representadas, principalmente, por el éxito de La noche de Halloween, de John Carpenter, y la franquicia Viernes 13–, y aquellos títulos producidos por los grandes estudios y protagonizados por “respetables” estrellas tanto del Hollywood Clásico como del Nuevo Hollywood: La profecía (Richard Donner) y sus secuelas, La centinela (Michael Winner), Drácula (John Badham) o El resplandor (Stanley Kubrick). Como pueden ver, mucho antes de que se hablara de esa mera etiqueta comercial llamada elevated horror, ya existía dentro de la cinematografía estadounidense cierta preocupación por “legitimar” el género, en este caso mediante la presencia en los repartos de figuras “respetables” (o consideradas como tales). Es por eso que, en el momento de su estreno, a nadie le extrañó –más bien fue motivo de celebración– que Historia macabra estuviera protagonizada por un elenco tan venerable como el formado por Fred Astaire, Melvyn Douglas, Douglas Fairbanks Jr., John Houseman y Patricia Neal; de hecho, contribuyó a reforzar el lanzamiento de Historia macabra como “película de terror de qualité”, junto con la presencia en su ficha de nombres de tanto peso como el guionista Lawrence D. Cohen –quien había escrito la Carrie de Brian de Palma a partir de la novela homónima de Stephen King–, el genial director de fotografía Jack Cardiff, los especialistas en efectos visuales Albert Whitlock (matte paintings), Dick Smith, Rick Baker y Carl Fullerton (efectos de maquillaje), y el compositor Philippe Sarde, firmando una elegante partitura que, por cierto, recupera un tema musical de su banda sonora para El gato (Le chat, 1971, Pierre Granier-Deferre), por la cual, se dice, fue contratado para crear la música de Historia macabra.



El componente del equipo de responsables de Historia macabra que gozaba de menos prestigio en el momento de su realización era, precisamente, su director, el británico John Irvin, quien había conseguido cierta reputación gracias a su adaptación de una novela del por aquel entonces famoso y hoy muy olvidado Frederick Forsyth –Los perros de la guerra (1980)–, y que fue quien se llevó los peores “palos” de la crítica (exagerados, como ahora veremos, dado que su labor en particular, y el film en general, no son tan despreciables). A muchos les extrañó que Irvin se hiciera cargo de Historia macabra, dado que su nombre estaba y siguió estando vinculado, sobre todo, al género policíaco y de acción –donde consiguió uno de sus mejores trabajos: Shiner (2000)–, aunque parece ser que los productores le contrataron porque les había gustado un telefilm suyo de temática terrorífica titulado Haunted: The Ferryman (1974), a partir de una novela de Kingsley Amis adaptada por Julian Bond. Sea como fuere, no hay que olvidar que Historia macabra se basa en una celebrada novela de Peter Straub, Ghost Story (1979), publicada en España por Bruguera como Fantasmas (como mínimo, y si no me equivoco, antes del estreno de la película, que entre nosotros tuvo lugar el 1 de mayo de 1982). Habiéndola leído, estoy convencido de que buena parte de la irregularidad del film se debe, precisamente, a la de la propia novela, que combina elementos excelentes con ideas dignas del peor Stephen King: la estrafalaria pareja de “ayudantes del espectro”, formada por Gregory y Fenny Bate (Miguel Fernandes y Lance Holcomb), son lo peor del libro y de la película.



Pese a esa irregularidad, Historia macabra presenta un curioso y a ratos interesante vaivén entre las formas –o los tópicos, según se mire–, digamos, tradicionales del cine de terror norteamericano, variante venganzas fantasmagóricas, y las que se estaban imponiendo gracias a la implantación de los esquemas narrativos del slasher y al recurso, cada vez mayor, de la supeditación de la efectividad de la trama a la de los efectos especiales de maquillaje (que, vistos a ojos de hoy, han devenido, sin pretenderlo, pura artesanía cinematografía como, pongamos por caso, los monstruos “gigantes” a base de muñecos animados stop-motion de Ray Harryhausen). Las formas más pegadas a la tradición de las ghost stories son las que acaban triunfando, como si Irvin se sintiera más cómodo con ellas que con los puntuales golpes de efecto que tiene que introducir para resaltar los truculentos maquillajes, y que tanto se llevaban, a fin de “meter miedo” al espectador. Pero, a la hora de la verdad, lo que realmente funciona en Historia macabra son sus apuntes más góticos: el relato de Sears James (Houseman) a la luz rojiza de la chimenea que brinda a sus viejos colegas de la Sociedad Gastronómica de Milburn, Nueva Inglaterra, con ese inserto irreal del hombre atrapado dentro de su ataúd y arañando la tapa del mismo…; el rostro borroso de la muchacha –Eva (Alice Krige)– que aparece en la antigua foto de la Sociedad Gastronómica; el grito de terror de Eva/Alma, sumergida en la bañera, evocando un horror de su pasado; la visualización, dentro un largo flashback de estética retro, de ese mismo horror: la cruel escena de la muerte de Eva, todavía viva y atrapada en el asiento trasero del coche arrojado al lago (idea que, como apuntara José María Latorre, sería retomada, tal cual, por Brian de Palma para En nombre de Caín, 1992); el fantasma de Eva arrastrando el blanco vestido de novia que nunca llegó a utilizar mientras baja las escaleras… La película se beneficia mucho de sus intérpretes, en particular una extraordinaria Alice Krige –para mi gusto, la mejor encarnación que ha tenido en cine Mary Shelley, en la curiosa Haunted Summer (Ivan Passer, 1988)–, cuyas miradas ambiguas transmiten toda la turbulencia interior de su personaje: pocas veces un desnudo de mujer ha resultado tan poco erótico y, por el contrario, tan inquietante, gracias a la labor gestual y corporal de la actriz.


sábado, 22 de junio de 2024

“DIRIGIDO POR…”, julio-agosto 2024 (y junio 2024)



Por si no hiciese suficiente calor, DIRIGIDO POR… incluye en su número de verano (n.º 552, julio-agosto 2024) un espectacular dosier de 44 páginas que, bajo el genérico Pánico Nuclear, analiza el tema de los efectos de la bomba atómica vistos por el cine, diseccionándolo en una serie de artículos sobre los antecedentes históricos de esta temática, cómo ha visto la misma el cine de espionaje, cómo ha abordado el cine la cuestión de las consecuencias de las armas nucleares, una mirada sobre el tema desde la perspectiva del cine de ciencia ficción, y una selección de 32 antologías –desde Cloak and Dagger (Fritz Lang, 1946) hasta la reciente Oppenheimer (ídem, 2024, Christopher Nolan)–, donde el lector hallará títulos muy famosos y otros de lo más inéditos o poco difundidos, pero en cualquier caso todos ellos llenos de interés.


El número también recoge lo mejor de la actualidad cinematográfica del momento, con un artículo sobre Hong Sang-soo a propósito del estreno este verano de dos de sus más recientes películas, In Water (Mul-an-e-seo, 2023) y Nuestro día (Uriuri haru, 2023); reseñas de los nuevos trabajos de Martin Provost y Jonás Trueba, entre otros; así como una completa crónica del Festival de Cannes 2024.



Contribuyo a este número con cinco antologías para el dosier Pánico Nuclear: Hiroshima (1953), extraordinaria película de Hideo Sekigawa que recomiendo fervientemente; la no menos fascinante Hiroshima, mon amour (ídem, 1959), de Alain Resnais; la interesante aunque un tanto desigual La hora final (On the Beach, 1959), de Stanley Kramer; la excelente y poco conocida Ladybug Ladybug (1963), de Frank Perry; y Creadores de sombra (Fat Man and Little Boy, 1989), de Roland Joffé, a la que el tiempo ha tratado menos mal de lo previsible.



También firmo las reseñas de un par de títulos “ligeritos”, pues no solo de Ingmar Bergman vive el cinéfilo: Bad Boys: Ride or Die (ídem, 2024, Adil El Arbi y Bilall Fallah), para la sección de Críticas, y La idea de tenerte (The Idea of You, 2024, Michael Showalter), para la de Streaming/TV.



Aprovecho esta entrada del blog para hacerme eco, con evidente retraso, de la publicación del pasado número de DIRIGIDO POR…, el 551, correspondiente al mes de junio de 2024, cosa que no anuncié en su momento por premura de tiempo (como he dicho en infinidad de ocasiones, hago este blog cuando puedo, no cuando quiero), pero que los interesados pueden recuperar acudiendo al departamento de números atrasados cuyo contacto encontrarán al final de estas líneas. La película de portada fue la esperada Megalópolis (Megalopolis, 2024), de Francis Ford Coppola, con motivo de su por aquel entonces reciente pase en el Festival de Cannes, y sobre la cual volveremos con motivo de su próximo estreno. También nos hicimos eco con otras reseñas avanzadas a su estreno en cines, escritas asimismo con motivo de su exhibición en Cannes, de las más recientes propuestas de Yorgos Lanthimos –esperemos que sea mejor que Pobres criaturas (Poor Things, 2023), aunque albergo pocas esperanzas al respecto…–, Kevin Costner, en su faceta como director, y George Miller; así como lo más nuevo de Richard Linklater, Agnieszka Holland y Thea Hvsitendahl.



Ese número también incluía un completo dosier que, bajo el título Rare Mystery Thrillers, recoge una amplia selección de antologías dedicadas a películas inscribibles en el género o la temática (táchese lo que no proceda) del misterio o el “suspense”, con el denominador común de su condición de films inéditos en España o escasamente difundidos entre nosotros. Participé en el mismo con las antologías de La mujer lobo de Londres (She-Wolf of London, 1946, Jean Yarbrough), I See a Dark Stranger (Frank Launder, 1946), El detective (Father Brown, 1954, Robert Hamer) y De repente, la oscuridad (As Soon the Darkness, 1970, Robert Fuest) –dedicada especialmente a mi amiga Carme Tierz–, todas ellas interesantes por distintas razones.



También escribí para ese número las reseñas, para la sección Streaming/TV, del film escrito, dirigido y protagonizado por Jerry Seinfeld Sin edulcorar (Unfrosted, 2024), divertido aunque un tanto insuficiente, y de la miniserie El caso Asunta (2024); y, para la sección En busca del cine perdido, el comentario del espléndido film de Peter Watkins Punishment Park (1971).



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