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miércoles, 8 de noviembre de 2017

“DISTOPÍA Y CINE. FUTURO(S) IMPERFECTO(S)”, próximamente a la venta



Mi tercer libro de este año, y el segundo de carácter colectivo, después de Harry el sucio (Nau Llibres, Guías para Ver y Analizar) (1) y Méliès (Libros del Innombrable) (2), es Distopía y cine. Futuro(s) imperfecto(s), número 14 de la colección Nosferatu que edita Donostia Kultura, y que ve la luz con motivo del ciclo cinematográfico sobre esta temática recientemente proyectado en la capital donostiarra. Coordinado por el amigo Antonio José Navarro, el libro recoge de manera amplia y a la vez pormenorizada una aproximación a las sociedades futuristas ideadas primero por la literatura y luego por el cine, y que constituyen uno de los temas más apasionantes proporcionados a la cultura del siglo XX y lo que llevamos del siglo XXI por la ciencia ficción. El volumen incluye textos de Tonio L. Alarcón, Óscar Brox, Quim Casas, Roberto Curti, Fernando de Felipe Allué, Ramon Freixas & Joan Bassa, Jorge Gorostiza, Hard Boiled Lula, Elisa McCausland, Roberto Morato, Luís Pérez Ochando, Jesús Palacios, Álvaro Peña, Diego Salgado, el propio Navarro y un servidor.


He tenido el placer de contribuir con un par de textos. El primero, titulado La distopía de la perfección social: “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley, en donde hablo de esta maravillosa novela, uno de esos libros que, como he escrito, “marcan una vida (…) Podría citar muchos otros, pero probablemente ninguno me ha influido tanto, y ha marcado tanto mi personalidad, carácter e ideas, para lo bueno y para lo malo”. También comento que “A la espera de que este libro mordaz y amargo, irónico y pesimista, lúcido y sombrío, conozca algún día una adecuada adaptación al cine, “Un mundo feliz” ha conocido hasta la fecha dos versiones oficiales para televisión, ambas norteamericanas: la miniserie de Universal Television “Un mundo feliz” (“Brave New World”, 1980), dirigida por Burt Brinckenhoff a partir de una adaptación elaborada por Doran William Cannon convertida en guion por Robert E. Thompson, y originalmente emitida por la cadena NBC; y el telefilm asimismo emitido por la NBC “Un mundo feliz” (“Brave New World”, 1998), firmado por Leslie Libman y Larry Williams, sobre un libreto de Dan Mazur y David Tausik”.


El segundo texto se titula La Nouvelle Vague y la distopía, y en el mismo me centro en Lemmy contra Alphaville (Alphaville, una étrange aventure de Lemmy Caution, 1965), de Jean-Luc Godard, y Fahrenheit 451 (Fahrenheit 451, 1966), de François Truffaut, películas que, como explico, “nada tendrían que ver con la “nueva ola”, dada su inscripción dentro de los márgenes de un género anti-realista por antonomasia, el fantástico, variante ciencia ficción. Pero lo que, simbólicamente, las hermana reside en el hecho de venir firmadas por dos realizadores que vinieron a erigirse en los polos opuestos de la Nouvelle Vague: el experimentador y pragmático Godard, y el romántico y soñador Truffaut”.


A la espera de su pronta distribución en librerías, que anunciaré en redes sociales tan pronto como se produzca, los interesados en adquirir Distopía y cine. Futuro(s) imperfecto(s) ya pueden hacerlo a través de la web de Donostia Kultura, entrando en el menú de inicio en el apartado Noticias, luego en el de Publicaciones, y a continuación en el de Nosferatu:



(2) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2017/10/melies-ya-la-venta.html

lunes, 6 de noviembre de 2017

“DIRIGIDO POR…” de NOVIEMBRE 2017, a la venta



Como su propio título indica, el dossier Jerry Lewis. El rey de la comedia es el homenaje póstumo al malogrado realizador norteamericano recientemente fallecido que ocupa la portada del núm. 482 de Dirigido por… Dicho dossier se compone de los siguientes artículos: Pesadilla en el escenario. La pareja de moda (Carles Balagué), sobre su primera etapa profesional como actor formando pareja cómica con Dean Martin; Lewis-Tashlin. El maestro y el alumno (Carles Balagué), en torno a la relación de Lewis con Frank Tashlin; Sus años dorados (escrito por un servidor), donde se comenta su primera etapa como realizador durante los años sesenta; Jerry, el último (Óscar Brox), centrada en su segunda y última etapa, entre los años setenta y los ochenta; Elementos para una puesta en escena (Quim Casas), en torno a su estilo cinematográfico; y una entrevista (Gabriel Lerman) que, en realidad, es la suma de dos, una concedida pocos años atrás, con motivo del estreno en los Estados Unidos de uno de sus últimos trabajos como actor, Max Rose (Daniel Noah, 2013), y otra, concedida a la Asociación de Prensa Extranjera de Hollywood en 1973.


También se destacan en la portada otros contenidos no menos interesantes: el estudio dedicado a otro cineasta recientemente fallecido, George A. Romero. Nosotros somos los muertos (Luís Pérez Ochando); las críticas de la ganadora de la Palma de Oro 2017 The Square (ídem, 2017), de Ruben Óstlund (Quim Casas), Hacia la luz (Hikari, 2017), de Naomi Kawase (escrita también por un servidor) y En realidad, nunca estuviste aquí (You Were Never Really Here, 2017), de Lynne Ramsay (Israel Paredes Badía); y, para la sección TV, los comentarios de las series La zona (2017), por Quim Casas, The Deuce (ídem, 2017), por Ramón Alfonso, y Los Durrell (The Durrells, 2016-2017), por Joaquín Torán.

A todo ello hay que añadir las críticas destacadas de El tercer asesinato (Sandome no satsujin, 2017), de Hirokazu Koreeda (Quim Casas), Mal genio (Le redoutable, 2017), de Michel Hazanavicius (Israel Paredes Badía), La batalla de los sexos (Battle of the Sexes, 2017), de Jonathan Dayton y Valerie Faris (Diego Salgado), Thor: Ragnarok (ídem, 2017), de Taika Waititi (Tonio L. Alarcón), The Crucifixion (ídem, 2017), de Xavier Gens (Antonio José Navarro), La gran enfermedad del amor (The Big Sick, 2017), de Michael Showalter (Israel Paredes Badía) y El castillo de cristal (The Glass Castle, 2017), de Destin Daniel Cretton (Israel Paredes Badía); la crónica del Festival de Sitges 2017 (Roberto Alcover Oti); y las secciones Opinión, con el artículo Reflexiones sobre la Nueva Cinefilia. Parte 2/3 (Antonio José Navarro); Críticas, con comentarios de otros estrenos; In Memoriam, dedicado a Antonio Isasi-Isasmendi (Joaquín Vallet Rodrigo); Home Cinema, con comentarios de novedades en formato doméstico a cargo de Roberto Alcover Oti, Joaquín Vallet Rodrigo y, de nuevo, un servidor; Cine On-Line, con comentarios de Quim Casas, Tonio L. Alarcón y Ramón Alfonso; Libros, con reseñas de novedades editoriales a cargo de Ramon Freixas, Quim Casas, Israel Paredes Badía y Óscar Brox; Banda Sonora, de Joan Padrol; y En busca del cine perdido, en la cual Juan Carlos Vizcaíno Martínez nos habla de East Side, West Side (1927), de Allan Dwan.


Como ya he avanzado, mi contribución a este número consiste, en primer lugar, en el artículo Sus años dorados para el dossier Jerry Lewis. El rey de la comedia, donde escribo sobre El botones (The Bellboy, 1960), El terror de las chicas (The Ladies Man, 1961), Un espía en Hollywood (The Errand Boy, 1961), El profesor chiflado (The Nutty Professor, 1963), Jerry Calamidad (The Patsy, 1964), Las joyas de la familia (The Family Jewells, 1965), Tres en un sofá (Three on a Couch, 1966) y La otra cara del gangster (The Big Mouth, 1967).


También publico una extensa crítica de la magnífica película de Naomi Kawase Hacia la luz.


Asimismo, firmo los textos para la sección Críticas de la aceptable La piel fría (Cold Skin, 2017), de Xavier Gens…


…y El muñeco de nieve (The Snowman, 2017), tremenda decepción a cargo, quién lo diría, del habitualmente gran realizador Tomas Alfredson.


Concluyo mi aportación mensual con los comentarios, para Cine On-Line, de la curiosa Free Fire (ídem, 2016), de Ben Wheatley…


…y la convencional Museum (Myûjiamu, 2016), de Keishi Ohtomo.


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miércoles, 1 de noviembre de 2017

Las locas aventuras del Dios del Trueno: “THOR: RAGNAROK”, de TAIKA WAITITI



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] No es que Thor (ídem, 2011), de un cada vez más despistado Kenneth Branagh –veremos a ver qué nos depara su Asesinato en el Orient Express (Murder on the Orient Express, 2017)–, ni sobre todo la mediocre y aburrida Thor: El mundo oscuro (Thor: The Dark World, 2013, Alan Taylor), fuesen gran cosa, pero al menos tuvieron la honestidad de no gozar de tanto beneplácito como el que está disfrutando la tercera entrega de la franquicia cinematográfica de Marvel dedicada al superhéroe inspirado en el Dios del Trueno de la mitología germánica. Thor: Ragnarok (ídem, 2017), película que hace bueno aquello de que más vale caer en gracia que ser gracioso, está en estos momentos en lo más alto del pódium de la, ejem, excelencia cinematográfica, y no son pocos quienes ya la consideran la mejor, ¡la mejor!, de las películas de los Marvel Studios. Opinión respetabilísima, por descontado, pero que a la vista de las “maravillas” que depara el film en cuestión me resulta imposible compartir.


Thor: Ragnarok se inscribe dentro de lo que podríamos llamar la línea “ligera” de los Marvel Studios, dentro de la cual podríamos englobar las dos entregas de Guardianes de la Galaxia (Guardians of the Galaxy, 2014-2017, James Gunn) (1), Ant-Man (ídem, 2015, Peyton Reed) (2), Doctor Strange (Doctor Extraño) (Doctor Strange, 2016, Scott Derrickson) (3) y la reciente Spider-Man: Homecoming (ídem, 2017, Jon Watts) (4). Es decir, aventuras súper-heroicas situadas en la periferia del que, por ahora, sigue siendo el núcleo “fuerte” de las producciones cinematográficas de Marvel –el formado por las epopeyas, juntos o por separado, de Iron Man, el Capitán América y el resto de los Vengadores–, y caracterizadas por un sentido del humor por encima de lo habitual, si bien sin llegar a los extremos de Deadpool (ídem, 2016, Tim Miller) (5), el cual, recordemos, es un personaje de los cómics Marvel pero su película estaba producida por la Fox. No me parece casual, en este sentido, la elección del actor, guionista y realizador neozelandés Taika Waititi, artísticamente forjado en el terreno de la comedia, para ser puesto al frente de una nueva odisea del Dios del Trueno que, a diferencia de las firmadas por Branagh y Taylor, incide sobremanera en el humor.


El problema de Thor: Ragnarok no es que pretenda ser divertida. La dificultad estriba en que ni todo resulta tan gracioso como se pretende, y lo que es peor, no aporta absolutamente nada de especial al personaje de Marvel. A no ser, claro está, que veamos una “humanización” del mismo –ya apuntada, con algo más de destreza, en Vengadores: La era de Ultrón (Avengers: Age of Ultron, 2015, Joss Whedon) (6)– en someter a Thor (Chris Hemsworth) a toda una extensa serie de putadas aparentemente impropias de ser sufridas por alguien súper-poderoso como él. Nada más empezar el film, el Dios del Trueno aparece burlescamente encadenado, y girando lentamente sobre sí mismo, mientras se encara con el gigantesco Surtur (voz de Clancy Brown en la v.o.). El inesperado ataque de Hela (Cate Blanchett), una hechicera hermana de Thor y Loki (Tom Hiddleston) que se presenta violentamente en Asgard para reclamar el trono de Odín (Anthony Hopkins), hace que el protagonista dé con sus huesos en un planeta llamado Sakaar. Despojado de su mítico martillo Mjolnir, Thor se verá sometido a un continuo vapuleo que consistirá en cortarle su famosa cabellera –lo cual favorece el inevitable cameo de Stan Lee–, convertirle en gladiador y enfrentarle en la arena contra el mismísimo Hulk (Mark Ruffalo).


Thor: Ragnarok se mueve en una línea similar a la de un cineasta hoy olvidado pero que, en su momento, estaba considerado un número uno entre los críticos y los cinéfilos: el norteamericano afincado en el Reino Unido Richard Lester. En cierto sentido, el humor “desmitificador” de la película de Waititi no anda lejos de las payasadas que tanto le gustaba a Lester meter en sus films, tanto si venían a cuento como si no; pienso, sobre todo, en la popular Superman III (ídem, 1983), segunda incursión en el cine de superhéroes por parte de un realizador que aseguraba que nunca leía cómics ni le gustaban (sic). La burlesca presentación del personaje de la guerrera Valkiria (Tessa Thompson) –que, de tan borracha como anda, lo primero que hace al salir de su nave es… arrearse un (previsible) batacazo–, o el momento en que Thor se golpea en la cabeza con el rebote de un balón lanzado por él mismo contra el cristal de una ventana, son dos ejemplos elegidos al azar de un relato de aventuras fantásticas cuya estética futurístico-kitsch lo aproxima al terreno de la asimismo semi-paródica Flash Gordon (ídem, 1980, Mike Hodges), una película que resultaba ferozmente divertida porque no se daba cuenta de que lo era; justo lo contrario de lo que ocurre con Thor: Ragnarok, típico caso de film que, a fuerza de querer ser divertido a toda costa, no consigue sino hacerse cansino: sus 130 minutos acaban pesando.


Otro problema inherente a ese exceso de humor es que, cuando la trama intenta, por fin, ponerse “seria”, el torrente de comicidad que la envuelve anula la teórica carga dramático-emocionante del resto del relato. Ello se hace patente en todo lo relacionado con la implantación de la tiranía de Hela en Asgard –sorprende, desagradablemente, que hasta una gran actriz como Cate Blanchett esté aquí menos convincente que de costumbre: no se cree el papel… y probablemente con razón–, y con los esfuerzos en paralelo de Heimdall (Idris Elba), el guardián del puente de acceso a Asgard, con tal de salvar a la población de la ciudad a la espera del regreso del Dios del Trueno para volver a poner las cosas en su sitio. Lo afirmado hasta aquí no obsta para que, como casi siempre en el “cine marvelita”, no haya en Thor: Ragnarok detalles llamativos y escenas de acción de gran espectacularidad: del, por así llamarlo, “proceso de puteo” de Thor, sorprende que aquí no solo se le despoje de su martillo, destruido por Hela con pasmosa facilidad, o de su cabellera, sino que también pierda un ojo en su feroz pelea final contra su hermana la hechicera, y que acabe luciendo un parche que le aproxima física y espiritualmente a su padre Odín. Pero todo eso, aunque estimable, no son más que apuntes y detalles que proporcionan algo de brillo a un conjunto más bien desangelado y demasiado infantilizado: la emoción de la aventura, de la auténtica aventura, brilla, lamentablemente, por su ausencia.   

(6) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2015/05/superheroes-reciclados-vengadores-la.html

Ambigüedades: “DULCE VENGANZA”, de WALTER HILL



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Con todas sus irregularidades, que las tiene, el realizador norteamericano Walter Hill es un cineasta más que interesante y, sin duda alguna, merecería mejor crédito del que parece gozar en la actualidad; sobre todo, si se tiene en cuenta el elevado nivel medio de calidad de una filmografía en la que, cierto es, hallamos algunas mediocridades –El gran despilfarro, Cruce de caminos, 48 horas más o, en particular, la desdichada película de ciencia ficción Supernova (El fin del universo), firmada con el seudónimo de Thomas Lee–, pero que a cambio arroja un saldo más que positivo gracias a un puñado de títulos de variado interés –Límite: 48 horas, Calles de fuego (1), Danko: Calor rojo, Johnny el Guapo, El tiempo de los intrusos, Gerónimo, una leyenda, El último hombre, Una bala en la cabeza (2)–, cuando no, en el mejor de los casos, realmente excelentes: El luchador, Driver, The Warriors (Los amos de la noche) (3), Forajidos de leyenda, La presa, Traición sin límites, Wild Bill, Invicto o la westerniana miniserie de televisión Los protectores. The Assignment (2016), su más reciente largometraje para el cine –es bien sabido que, en estos últimos años, Hill ha realizado algunos trabajos esporádicos para la televisión: además de la mencionada Los protectores, las series Deadwood y Goliath–, como digo, su último trabajo para la “gran pantalla”, no ha conocido el “honor” (cada vez más y más dudoso) de ser estrenado en cines en España, habiéndose editado en formato doméstico con un título español de una estupidez extrema, Dulce venganza (sic), que, no obstante, utilizaremos para referirnos a este film.


Muchas cosas llaman la atención de esta singular película. Una de ellas, en particular, reside en el hecho de que Hill recurra a una serie de imágenes en foto fija y con iconografía de cómic, vagamente a lo Frank Miller, a modo de planos de transición entre secuencias. Puede pensarse que ello se debe a que el film quizá se base en un relato gráfico, pero ello no es así: Dulce venganza es un guion original de Hill coescrito con Denis Hamill (independientemente de que el mismo luego haya conocido una adaptación gráfica, Cuerpo y alma (Norma Editorial), con guion de Matz y dibujos de Jef) (4). Salta a la memoria el dato del director’s cut de The Warriors (Los amos de la noche), que también incluye transiciones inter-secuenciales con formato de viñetas de cómic. Bajo ese punto de vista, tampoco resulta descabellado ver en Dulce venganza una especie de cómic en imágenes: la fotografía, firmada por James Liston, hace gala de cierta estilización en materia de iluminación y colores que hace pensar en ello. Pero también podemos interpretar estas referencias al relato gráfico como una determinada pauta visual destinada a indicar cuál es el tono que preside Dulce venganza, un extraño relato policíaco en el borde mismo de la ciencia ficción que, además, hace gala de una singular construcción narrativa.


La trama gira alrededor del largo relato que la doctora Rachel Jane (Sigourney Weaver, excelente), encerrada en una institución psiquiátrica, le desgrana al médico psiquiatra encargado de evaluarla, el doctor Ralph Galen (Tony Shalhoub). A través de dicha conversación, descubrimos que la Dra. Jane fue hallada en su clínica secreta, gravemente herida de un disparo de bala en el pecho, junto a los cadáveres de sus tres ayudantes, todos asesinados a tiros. Las sospechas y los indicios probatorios recaen en la doctora, pero ella asegura haber sido víctima de una encerrona por parte de alguien que, en el pasado, fue su “paciente”: Frank Kitchen (Michelle Rodriguez), un asesino a sueldo que fue contratado por uno de los contactos de la Dra. Jane, un mafioso que respondía al apodo del Honesto John (Anthony LaPaglia), para que “despachara” a alguien. Una vez cumplido el “encargo”, alguien ordenó el secuestro del propio Frank, en principio con la finalidad de matarle, pero en realidad para convertirle en objeto de una cirugía experimental de cambio de sexo de la Dra. Jane, en virtud de la cual Frank fue operado y transformado, en contra de su voluntad… ¡en una mujer!


A pesar de que una serie de puntuales flashbacks, al hilo del relato de la Dra. Jane, nos ilustran visualmente las andanzas de Frank, primero como hombre y luego como hombre con cuerpo de mujer, la ya mencionada estilización de las mismas, unida a la asimismo citada utilización de las viñetas de cómic como enlace de algunas secuencias, refuerzan una sensación que se va apoderando de la trama a medida que avanza: que el relato de la Dra. Janes no es sino el desvarío de una demente que intenta eludir la prisión o el confinamiento en el psiquiátrico mediante un relato “fantástico” en torno a un asesino a sueldo transexual al cual nadie ha visto y sobre el que no existe registro policial alguno. La ambigüedad se apodera de la narración, no tanto por los inesperados giros que ponen seriamente en duda su verosimilitud, como por la manera sugerente como el veterano Walter Hill los muestra. En un momento dado, Frank se graba a sí mismo con una videocámara, a modo de diario personal, introduciendo una subjetividad en lo narrado que parece concordar con la aparente “locura” de la historia que la Dra. Jane le está contando al Dr. Galen. Una de las escenas de los interrogatorios de este último a la doctora es empezada por Hill con un “falso” plano general de ambos personajes, sentados cara a cara en la mesa donde suelen conversar, y que, en virtud de un rápido barrido lateral de la cámara, descubrimos que no es sino un reflejo en una superficie reflectante de ese mismo interrogatorio, sugiriendo de este modo que las apariencias engañan: que lo que parece real puede ser falso, y lo falso, real.


Hay momentos en los que la ambigüedad narrativa desplegada por Hill se superpone a la ambigüedad sexual sobre la cual se mueve el propio relato. En este sentido, el realizador juega de manera aviesa con la imagen cinematográfica que transmiten sus actrices protagonistas, en un juego ficción/ realidad que no hace sino enriquecer, y al mismo tiempo “enturbiar”, el trasfondo de lo narrado. Ver a Michelle Rodriguez con barba y pelo en el pecho al principio de la trama, y poco después, seduciendo y haciéndole el amor “como un hombre” a la enfermera que interpreta Caitlin Gerard (la cual, por si fuera poco, responde al ambiguo nombre de pila de Johnnie), tiene mucho de perverso, sobre todo si se tiene en cuenta la (reconocida) bisexualidad real y la apariencia un tanto hombruna de Rodriguez. Otro tanto ocurre con Sigourney Weaver, cuya Dra. Jane se comporta con una dureza, digamos, “masculina”, y, en uno de los momentos culminantes de la trama –su declaración ante los fiscales–, se presenta vestida con una indumentaria típicamente “de hombre”, esto es, con traje, camisa y corbata.


Los detalles son muy francos y directos, de una visceralidad y energía pocas veces vista en una película de estos últimos años. La escena en la que Frank ve por primera vez su cuerpo femenino debajo de los vendajes guarda ecos de un famoso momento de Dr. Jekyll y su hermana Hyde (Dr. Jekyll & Sister Hyde, 1971, Roy Ward Baker). Frank huye del hotel donde le ha encerrado la Dra. Jane y corre descalzo(a), con los zapatos de tacón en la mano, no tanto por la prisa como porque… no sabe andar con tacones. Más adelante, cada vez que se prepara para salir, Frank oculta meticulosamente sus senos femeninos bajo ceñidas tiras de esparadrapo negro. Antes de la pelea final contra la Dra. Jane y sus pistoleros, Frank se maquillará “de mujer”, con un pintalabios exagerado y una peluca rubia que, paradójicamente, le hacen parecer más “masculina” de lo que en realidad pretendía, palpable demostración del hombre que en realidad se oculta bajo su fachada femenina.


Incluso lo que a simple vista parece un defecto de guion, el hecho de que Johnnie se reencuentre con Frank, acepte sin ningún problema el cambio de sexo de su amante y abrace a continuación los placeres de Safo, adquiere todo su sentido cuando el (la) protagonista descubre que, en realidad, Johnnie ha sido siempre una espía de la Dra. Jane que se dedica a informar a esta de los progresos de su “monstruo de Frankenstein”. Un “monstruo” que acabará vengándose de su carnicera de una manera no menos sádica y cruel: en la escena final, descubrimos que Frank le cortó a la Dra. Jane casi todos los dedos de sus manos, excepto los pulgares, para que nunca más vuelva a perpetrar otra carnicería en ningún otro ser humano (lo cual explica que, a lo largo del film, Hill ponga siempre mucho cuidado en no mostrar las manos de la doctora, la cual o bien las tiene escondidas bajo la camisa de fuerza que debe llevar en sus charlas con el Dr. Galen, o bien ocultas dentro de las largas mangas de su jersey). A pesar de alguna que otra imperfección, más que nada de guion –cf. está cogido por los pelos que los secuaces de la Dra. Jane no tomen la precaución de cachear a Frank y, así, no descubran la pistola que lleva escondida pegada al muslo–, Dulce venganza me parece la mejor película para el cine que nos ha proporcionado Walter Hill desde Invicto.
  
(4) http://www.normaeditorial.com/ficha/9788467926651/cuerpo-y-alma/



martes, 31 de octubre de 2017

Crónicas vampíricas: “ENTREVISTA CON EL VAMPIRO” + “LA REINA DE LOS CONDENADOS”



Entrevista con el vampiro, de Anne Rice (o Confesiones de un vampiro, como se titulaban sus primeras ediciones españolas), no es una mala novela, pero sin lugar a dudas su calidad literaria no se encuentra a la altura de la extraordinaria popularidad que goza, sobre todo, en los Estados Unidos, donde es una intocable pieza “de culto” desde el momento mismo de su primera edición en 1976, año en el que Paramount ya llevó a cabo un primer intento de adaptación cinematográfica que contaba con guion de Frank DeFelitta y cuyos protagonistas iban a ser nada menos que Mick Jagger (Louis), David Bowie (Lestat), Jon Voight y Peter O’ Toole, bajo la dirección del británico Nicolas Roeg. Paradojas del mundo del cine, otro realizador procedente de las islas británicas, el irlandés Neil Jordan, acabaría haciéndose cargo de Entrevista con el vampiro (Interview with the Vampire, 1994), ambiciosa superproducción de Warner Bros. en la que el autor de Mona Lisa tuvo que lidiar con no pocas dificultades y cortapisas, la primera de ellas la discutible calidad del libro de Rice que el cineasta debía respetar al máximo, de cara a no defraudar a sus numerosísimos admiradores. Aunque el guion de la película figura escrito por Rice, lo cierto es que el mismo fue obra de Jordan. Según parece, la escritora había hecho un par de guiones de cara a una adaptación cinematográfica de Entrevista con el vampiro sobre los cuales el productor David Geffen y Jordan empezaron a trabajar, a pesar de que no les gustaban. “Los guiones de Anne Rice no son satisfactorios, no resultan cinematográficos –declararía Jordan–. Creo que no ha debido escribir anteriormente muchos guiones y esa inexperiencia se nota porque resultan extremadamente teatrales”. Jordan escribió en solitario un tercer guion que sería el definitivo. Sin embargo, Rice logró salir beneficiada de la decisión arbitral adoptada al respecto por la Writers Guild of America, porque Jordan no pudo demostrar que había reescrito al menos dos tercios de un guion ya existente para tener derecho a su propio crédito como guionista.  


Por suerte, su lectura de Entrevista con el vampiro es en muchos sentidos superior a la novela de Rice en la que se inspira: allí donde la escritora ofrece una visión lánguida y existencial sobre la tragedia de unos seres que sufren la inmortalidad más como una condena que como una bendición, Jordan prefiere en cambio adentrarse en el mundo de los vampiros con una mezcla de fascinación y de malsana curiosidad hacia el entorno recargado y decadente por el que se mueven sus insólitos personajes. El resultado es una película que, por encima de sus (inevitables) servidumbres de superproducción hollywoodiense, en ocasiones parece hecha en contra de esas mismas cortapisas, e incluso contra las convenciones del género en el que se inscribe, logrando transformar en virtudes aquello que, en manos menos habilidosas, podrían haberse convertido fácilmente en defectos. No es ningún secreto para nadie que la presencia de Tom Cruise es una concesión a la comercialidad, algo que se hace patente sobre todo en las escenas finales, ausentes en la novela de Rice y añadidas aquí para darle un poco más de cancha a su estrella protagonista (las cuales, a pesar de su carácter de pegote, no dejan de tener cierta gracia: Lestat ataca al entrevistador –Christian Slater–, toma el volante de su descapotable y escucha por la radio una versión de Sympathy for the Devil, de los Rolling Stones, versionada por los Guns’n’Roses). Mas a pesar de que el famoso astro resulta completamente inadecuado para el personaje del hedonista vampiro Lestat (Rice confesaría que, cuando escribía su novela, siempre había imaginado a Rutger Hauer como el intérprete idóneo para Lestat), no es menos cierto que su labor interpretativa se revela por momentos esforzada y no exenta de sentido del riesgo. Por otro lado, Cruise cuenta con el apoyo de la buena labor de sus compañeros de reparto, desde el siempre efectivo Stephen Rea como el rencoroso no-muerto Santiago a la brillante performance, sorprendentemente madura, de la pequeña Kirsten Dunst como Claudia, la vampiresa atrapada en un cuerpo de niña, pasando por un correcto Antonio Banderas como el vampiro cuatro veces centenario Armand y, contra todo pronóstico, un Brad Pitt más entonado que de costumbre como el vampiro con remordimientos de conciencia Louis, de hecho el auténtico protagonista de relato.


También es verdad que, en ocasiones, Jordan se recrea en la exhibición de los lujosos escenarios creados por Dante Ferretti (la decoración pretende apabullar, y lo consigue), pero también sabe extraer el necesario partido de los mismos, enfocándolos a la consecución de un clima entre malsano y cotidiano. Hay que anotar al respecto los excelentes travellings con que se abre el film: el aéreo que desciende sobre un plano general nocturno del puerto de San Francisco, y el que le sigue a continuación, recorriendo a ras del suelo la fauna de borrachos, vagabundos y marginados urbanos que llenan las calles hasta detenerse en la fachada del edificio por cuya ventana se asoma… un vampiro: Louis (una ingeniosa manera de contraponer, por un lado, los “horrores” cotidianos de una gran ciudad y, por otro, los “horrores” sobrenaturales que esa misma gran ciudad también puede cobijar). Asimismo, merece una mención la resolución del viaje de Louis y Claudia por Europa a través de una elipsis visual –que parece inspirada en el Scorsese de La edad de la inocencia– en base a los tenebrosos dibujos que hace la pequeña vampiresa. En particular, la concepción del decorado del Teatro de los Vampiros de París, que enlaza coherentemente con la manera como los no-muertos gobernados por Armand disimulan su condición a los ojos del mundo, escenificando un espectáculo macabro que se diría inspirado en los auténticos shows macabros que se celebraban en el Teatro del Grand Guignol parisino en la época retratada en la película de Jordan, y gracias a los cuales se acuñaría la expresión “granguiñolesco”. 


Finalmente, hay momentos en que Entrevista con el vampiro parece ir en contra de muchas de las convenciones del cine de terror: la película no pretende “asustar” en primera instancia, sino más bien ofrecerse ante el espectador como un lujoso paseo por un mundo oscuro, tenebroso y decadente, descrito en ocasiones con buenas pinceladas de humor negro (véanse algunas de las escenas protagonizadas por Lestat, Louis y Claudia, sorprendidos en actitudes cotidianas marcadas, irónicamente, por su condición de vampiros: las muertes de la sastra o del profesor de piano; el cadáver de una mujer que, como un perverso juguete roto, esconde Claudia en el armario). Eso no significa, por descontado, que cuando conviene el film no sepa “asustar”, recordándonos que a fin de cuentas estamos presenciando una especie de cuento cruel sobre bebedores de sangre y seres inmortales que viven para asesinar y asesinan para vivir, y que forman “familias” disfuncionales o se agrupan en torno a inquietantes compañías de teatro: ahí están secuencias concebidas a modo de verdaderas sinfonías del horror, como la pelea de Lestat contra Louis y Claudia después de que estos últimos hayan intentado envenenarle (con esa memorable aparición del putrefacto Lestat tocando el piano), o el extraordinario momento en que Louis es encerrado en un ataúd de hierro mientras Claudia y Madeleine (Domiziana Giordano) son condenadas a morir abrasadas por la luz solar: el momento en que Louis descubre los cadáveres calcinados de Claudia y Madeleine, los cuales se deshacen apenas los roza, es una de las imágenes más bellas legadas por el cine fantástico de estos últimos años. Entrevista con el vampiro es una película que va ganando con el paso del tiempo, más allá de las estériles polémicas que envolvieron su preparación.


La reina de los condenados (Queen of the Damned, 2002) es una de esas secuelas que, ya desde el momento mismo del anuncio de su realización, vinieron marcadas bajo el estigma de cierta “maldición” que las convertía, automáticamente y antes siquiera de que nadie la hubiese visto, en una-mala-película. De entrada, La reina de los condenados nacía a modo de continuación “pobre” de Entrevista con el vampiro, sustituyendo al prestigioso director de la primera entrega, Neil Jordan, por el discreto y apenas desconocido realizador australiano Michael Rymer, de quien tan solo se había estrenado en España un thriller correcto pero olvidable, Juego de confidencias. Para colmo de males, la gran estrella de Entrevista con el vampiro, Tom Cruise, se negaba a repetir el papel de Lestat, el cual corría a cargo ahora de un intérprete mucho menos popular, el irlandés Stuart Townsend, y ello a pesar de que el aspecto físico de este último se aproxima todavía más al del Lestat literario que el del inadecuado Cruise. En definitiva, se trataba de una secuela hecha con menos dinero (alrededor de 35 millones de dólares, poco más de la mitad de los entre 50 y 60 millones que costó Entrevista con el vampiro), que al final se saldó con unos modestos resultados en taquilla (poco más de 30 millones recaudados solo en cines estadounidenses). Por si fuera poco, ni siquiera se trataba de una adaptación fiel de la novela homónima de Anne Rice, sino que tomaba prestadas ideas de los dos siguientes volúmenes de las Crónicas Vampíricas publicados a continuación de Entrevista con el vampiro: Lestat, el vampiro y La reina de los condenados. De hecho, en sus títulos de crédito figura únicamente como “basada en las Crónicas Vampíricas de Anne Rice”.


La sorpresa reside en que, a pesar de todos esos malos indicios, La reina de los condenados no solo no es una mala película sino, por el contrario, un film interesante que, si bien es cierto que no acaba de apurar todas sus posibilidades, dejándose en el tintero no pocas sugerencias que hubiesen merecido un mejor desarrollo y mayor profundización, al final se revela una aportación al cine de vampiros harto estimable y a ratos notable. La primera nota positiva la proporciona la forma como resuelve una de las ideas heredadas de la novela de Rice Lestat, el vampiro: la posibilidad de que el no-muerto protagonista acabe pasando desapercibido en nuestro mundo convirtiéndose en… ¡estrella de rock! ¿En qué otro ámbito podría un vampiro ser aceptado casi “normalmente” dentro de la sociedad contemporánea? Contra todo pronóstico, el proceso que convierte a Lestat en rockero está hábilmente resuelto mediante elegantes elipsis e incluso acaba teniendo cierta gracia: el Lestat de La reina de los condenados acaba siendo así el primer vampiro de estética goth de la historia del cine. Otro detalle divertido: el videoclip del grupo de rock gótico liderado por Lestat, que ilustra los títulos de crédito de la película, es en blanco y negro e imita la estética expresionista de El gabinete del Dr. Caligari.


Pero, a un nivel más profundo, la música acaba jugando un papel importante en el desarrollo del film. La primera vez que vemos a Lestat, tras haberse levantado de la tumba donde ha estado reposando durante los últimos años (lo cual encaja poco más o menos con el final propuesto por Neil Jordan en Entrevista con el vampiro), lleva consigo un violín, instrumento musical tradicionalmente vinculado, no por casualidad, con el Diablo: Sympathy for the Devil, recordemos, era la canción de los Rolling Stones que cerraba Entrevista con el vampiro. El detalle del violín juega un papel dramático relevante, dado que establece un vínculo afectivo entre Lestat y la raza humana: en el flashback que reconstruye su conversión en no-muerto a manos del “vampiro antiguo” Marius (Vincent Perez), vemos a Lestat confraternizando con una joven gitana en la playa mientras ambos interpretan una pieza musical al violín. Más adelante, el rock gótico de Lestat le sirve tanto para embelesar a los humanos (circunstancia que el vampiro aprovecha para alimentarse de la sangre de las groupies que acuden solícitas a su mansión sin tener ni idea de lo que les espera), como para captar la atención de los vampiros, a los que desafía para que salgan de su anonimato como ha hecho él. Pero las canciones de Lestat también advierten de su presencia a alguien especial: Jessica Reeves (Marguerite Moreau), una muchacha que trabaja para una organización con sede en Londres que se dedica al estudio de los fenómenos paranormales, entre ellos el de los vampiros (la escena en la que Jessica percibe la naturaleza “vampírica” de la música de Lestat es excelente: la joven estudia unos documentos mientras que, al fondo del plano, un aparato de televisión emite el videoclip de Lestat; de repente, el volumen de la canción sube, sin que Jessica haya tocado el aparato, como si esa música de repente penetrara profundamente en su mente). En uno de los momentos culminantes de la función, durante el concierto de rock ofrecido por Lestat en el Valle de la Muerte que se ve interrumpido por el ataque de una horda de vampiros sedientos de venganza, el público grita enfervorizado, ajeno a la auténtica batalla de no-muertos que se está desarrollando en el escenario.


Otro aspecto interesante, que el film tan solo desarrolla a medias, reside en el personaje de Jessica, esa joven que siendo niña perdió a sus padres (humanos) y acabó siendo adoptada y educada en sus primeros años de existencia por su tía Maharet (Lena Olin), una vampiresa que tiene el árbol genealógico de su familia grabado en su mansión y que explica que, para un vampiro, una manera de soportar el peso de la inmortalidad consiste en mantener y cuidar a una familia humana, como ha hecho ella con Jessica. La lástima es que, en contrapartida, no se profundice en el carácter de esta última: está claro que el hecho de haber sido educada por una vampiresa y sus amigos no-muertos es lo que explica que al llegar a adulta Jessica se dedique al estudio de los vampiros, pero la película no ahonda en la cuestión de que también quiera convertirse en una no-muerta, algo que dentro del género fantástico ya se había planteado en títulos como Son of Dracula (Robert Siodmak, 1943): Jessica parece demasiado normal como para querer engrosar las filas de los inmortales bebedores de sangre. A pesar de ello, esta cuestión da pie a otro momento excelente: la escena en la que Lestat, a fin de hacerle desistir a Jessica de su decisión de “vampirizarse”, la obliga a mirar cómo asesina cruel y dolorosamente a otra muchacha.


Por otra parte, todo lo relacionado con la “reina de los condenados” del título, la vampiresa milenaria Akasha, que corre a cargo de la malograda cantante y actriz Aaliyah (en el que fue su segundo y último trabajo para el cine, antes de morir prematuramente en un accidente de aviación a los 22 años de edad), resulta en contraposición menos interesante, quizá a falta de un mayor desarrollo: Akasha es una no-muerta cuya antigüedad se remonta a la época de los egipcios y sus poderes son superiores a los de cualquier otro vampiro, pero su presencia acaba siendo una excusa para crear un conflicto en relación con Lestat que, de otro modo, no tendría un rival a su altura. A pesar de ello, las escenas relacionadas con Akasha están resueltas de forma afortunada: los primeros síntomas de su resurrección, por mediación de un mordisco de Lestat en la muñeca, cuando todavía es una especie de estatua de mármol; en particular, la matanza de vampiros que provoca en el pub londinense donde suelen reunirse los no-muertos, que culmina con esa bella imagen de Akasha surgiendo intacta de entre las llamas del incendio que ella misma ha provocado (en una estampa que hace pensar en Ayesha, la famosa “diosa del fuego” surgida de la pluma de H. Rider Haggard, el creador del aventurero Allan Quatermain). En su conjunto, y a pesar de ciertas irregularidades (esas escenas oníricas, a lo videoclip, en las que Lestat ve en sus alucinaciones a Akasha y su reino de terror, las cuales parecen un tributo a la imagen “musical” de Aaliyah), La reina de los condenados acaba siendo un film sugerente y bien filmado: el plano final, con Lestat y la vampirizada Jessica paseando por el puente de Londres con la cámara a sus espaldas, mientras a su alrededor la imagen se acelera para sugerir el paso del tiempo y la imperturbabilidad de los vampiros ante el mismo, resulta memorable.  

¡¡FELIZ HALLOWEEN!!