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miércoles, 15 de noviembre de 2017

Las MEJORES PELÍCULAS de 2016-2017, según “DIRIGIDO POR…”



Un año más, la Filmoteca de la Generalitat de Catalunya ha pedido a la revista Dirigido por… una lista de las mejores películas estrenadas en cines en España entre el 31 de octubre de 2016 y el 31 de octubre de 2017, con vistas a realizar, a partir de la misma y de las solicitadas a otros medios, un ciclo con las mejores películas del último año estrenadas entre esas fechas, de ahí que el lector pueda echar en falta films notorios que ya se habrán estrenado o se estrenarán en cines españoles entre el 1 de noviembre y el 31 de diciembre de 2017, ausentes en virtud del criterio establecido por Filmoteca. La lista solicitada era de diez títulos, pero el resultado final, computado a partir de las puntuaciones de los colaboradores de la revista a lo largo del año, es de dieciocho películas, como consecuencia de los empates de votos en los puestos números 5 (dos films), 7 (tres), 8 (dos), 9 (tres) y 10 (tres). Las películas más votadas, de menos a más, son:

En el número 10: triple empate entre EL EXTRAÑO, de Na Hong-jin (1)

JACKIE, de Pablo Larraín (2), y…

LO TUYO Y TÚ, de Hong Sang-soo.

En el número 9: otro triple empate, entre LOVING, de Jeff Nichols (3)

MOONLIGHT, de Barry Jenkins (4), y…

VERÓNICA, de Paco Plaza (5).

En el número 8: empate entre LADY MACBETH, de William Oldroyd (6)

…y BLADE RUNNER 2049, de Denis Villeneuve (7).

En el número 7: también triple empate, entre LA TORTUGA ROJA, de Michael Dudok de Wit…

LA AUTOPSIA DE JANE DOE, de André Ovredal, y…

DÉJAME SALIR, de Jordan Peele.

En el número 6: MANCHESTER FRENTE AL MAR, de Kenneth Lonergan (8).

En el número 5: empate entre THE NEON DEMON, de Nicolas Winding Refn (9)

…y SILENCIO, de Martin Scorsese (10).

En el número 4: DETROIT, de Kathryn Bigelow (11).

En el número 3: LA DONCELLA, de Park Chan-wook (12).

En el número 2: DUNKERQUE, de Christopher Nolan (13).

En el número 1: PERSONAL SHOPPER, de Olivier Assayas (14).

A título personal, mis cinco películas favoritas del mismo período coinciden tan solo en lo que se refiere a DUNKERQUE, a las cuales añadiría sin dudarlo las cuatro siguientes:

LA LLEGADA, de Denis Villeneuve (15).

LA CIUDAD DE LAS ESTRELLAS (LA LA LAND), de Damien Chazelle (16).

BATMAN: LA LEGO PELÍCULA, de Chris McKay (17).

MADRE!, de Darren Aronofsky (18).


miércoles, 8 de noviembre de 2017

“DISTOPÍA Y CINE. FUTURO(S) IMPERFECTO(S)”, próximamente a la venta



Mi tercer libro de este año, y el segundo de carácter colectivo, después de Harry el sucio (Nau Llibres, Guías para Ver y Analizar) (1) y Méliès (Libros del Innombrable) (2), es Distopía y cine. Futuro(s) imperfecto(s), número 14 de la colección Nosferatu que edita Donostia Kultura, y que ve la luz con motivo del ciclo cinematográfico sobre esta temática recientemente proyectado en la capital donostiarra. Coordinado por el amigo Antonio José Navarro, el libro recoge de manera amplia y a la vez pormenorizada una aproximación a las sociedades futuristas ideadas primero por la literatura y luego por el cine, y que constituyen uno de los temas más apasionantes proporcionados a la cultura del siglo XX y lo que llevamos del siglo XXI por la ciencia ficción. El volumen incluye textos de Tonio L. Alarcón, Óscar Brox, Quim Casas, Roberto Curti, Fernando de Felipe Allué, Ramon Freixas & Joan Bassa, Jorge Gorostiza, Hard Boiled Lula, Elisa McCausland, Roberto Morato, Luís Pérez Ochando, Jesús Palacios, Álvaro Peña, Diego Salgado, el propio Navarro y un servidor.


He tenido el placer de contribuir con un par de textos. El primero, titulado La distopía de la perfección social: “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley, en donde hablo de esta maravillosa novela, uno de esos libros que, como he escrito, “marcan una vida (…) Podría citar muchos otros, pero probablemente ninguno me ha influido tanto, y ha marcado tanto mi personalidad, carácter e ideas, para lo bueno y para lo malo”. También comento que “A la espera de que este libro mordaz y amargo, irónico y pesimista, lúcido y sombrío, conozca algún día una adecuada adaptación al cine, “Un mundo feliz” ha conocido hasta la fecha dos versiones oficiales para televisión, ambas norteamericanas: la miniserie de Universal Television “Un mundo feliz” (“Brave New World”, 1980), dirigida por Burt Brinckenhoff a partir de una adaptación elaborada por Doran William Cannon convertida en guion por Robert E. Thompson, y originalmente emitida por la cadena NBC; y el telefilm asimismo emitido por la NBC “Un mundo feliz” (“Brave New World”, 1998), firmado por Leslie Libman y Larry Williams, sobre un libreto de Dan Mazur y David Tausik”.


El segundo texto se titula La Nouvelle Vague y la distopía, y en el mismo me centro en Lemmy contra Alphaville (Alphaville, una étrange aventure de Lemmy Caution, 1965), de Jean-Luc Godard, y Fahrenheit 451 (Fahrenheit 451, 1966), de François Truffaut, películas que, como explico, “nada tendrían que ver con la “nueva ola”, dada su inscripción dentro de los márgenes de un género anti-realista por antonomasia, el fantástico, variante ciencia ficción. Pero lo que, simbólicamente, las hermana reside en el hecho de venir firmadas por dos realizadores que vinieron a erigirse en los polos opuestos de la Nouvelle Vague: el experimentador y pragmático Godard, y el romántico y soñador Truffaut”.


A la espera de su pronta distribución en librerías, que anunciaré en redes sociales tan pronto como se produzca, los interesados en adquirir Distopía y cine. Futuro(s) imperfecto(s) ya pueden hacerlo a través de la web de Donostia Kultura, entrando en el menú de inicio en el apartado Noticias, luego en el de Publicaciones, y a continuación en el de Nosferatu:



(2) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2017/10/melies-ya-la-venta.html

lunes, 6 de noviembre de 2017

“DIRIGIDO POR…” de NOVIEMBRE 2017, a la venta



Como su propio título indica, el dossier Jerry Lewis. El rey de la comedia es el homenaje póstumo al malogrado realizador norteamericano recientemente fallecido que ocupa la portada del núm. 482 de Dirigido por… Dicho dossier se compone de los siguientes artículos: Pesadilla en el escenario. La pareja de moda (Carles Balagué), sobre su primera etapa profesional como actor formando pareja cómica con Dean Martin; Lewis-Tashlin. El maestro y el alumno (Carles Balagué), en torno a la relación de Lewis con Frank Tashlin; Sus años dorados (escrito por un servidor), donde se comenta su primera etapa como realizador durante los años sesenta; Jerry, el último (Óscar Brox), centrada en su segunda y última etapa, entre los años setenta y los ochenta; Elementos para una puesta en escena (Quim Casas), en torno a su estilo cinematográfico; y una entrevista (Gabriel Lerman) que, en realidad, es la suma de dos, una concedida pocos años atrás, con motivo del estreno en los Estados Unidos de uno de sus últimos trabajos como actor, Max Rose (Daniel Noah, 2013), y otra, concedida a la Asociación de Prensa Extranjera de Hollywood en 1973.


También se destacan en la portada otros contenidos no menos interesantes: el estudio dedicado a otro cineasta recientemente fallecido, George A. Romero. Nosotros somos los muertos (Luís Pérez Ochando); las críticas de la ganadora de la Palma de Oro 2017 The Square (ídem, 2017), de Ruben Óstlund (Quim Casas), Hacia la luz (Hikari, 2017), de Naomi Kawase (escrita también por un servidor) y En realidad, nunca estuviste aquí (You Were Never Really Here, 2017), de Lynne Ramsay (Israel Paredes Badía); y, para la sección TV, los comentarios de las series La zona (2017), por Quim Casas, The Deuce (ídem, 2017), por Ramón Alfonso, y Los Durrell (The Durrells, 2016-2017), por Joaquín Torán.

A todo ello hay que añadir las críticas destacadas de El tercer asesinato (Sandome no satsujin, 2017), de Hirokazu Koreeda (Quim Casas), Mal genio (Le redoutable, 2017), de Michel Hazanavicius (Israel Paredes Badía), La batalla de los sexos (Battle of the Sexes, 2017), de Jonathan Dayton y Valerie Faris (Diego Salgado), Thor: Ragnarok (ídem, 2017), de Taika Waititi (Tonio L. Alarcón), The Crucifixion (ídem, 2017), de Xavier Gens (Antonio José Navarro), La gran enfermedad del amor (The Big Sick, 2017), de Michael Showalter (Israel Paredes Badía) y El castillo de cristal (The Glass Castle, 2017), de Destin Daniel Cretton (Israel Paredes Badía); la crónica del Festival de Sitges 2017 (Roberto Alcover Oti); y las secciones Opinión, con el artículo Reflexiones sobre la Nueva Cinefilia. Parte 2/3 (Antonio José Navarro); Críticas, con comentarios de otros estrenos; In Memoriam, dedicado a Antonio Isasi-Isasmendi (Joaquín Vallet Rodrigo); Home Cinema, con comentarios de novedades en formato doméstico a cargo de Roberto Alcover Oti, Joaquín Vallet Rodrigo y, de nuevo, un servidor; Cine On-Line, con comentarios de Quim Casas, Tonio L. Alarcón y Ramón Alfonso; Libros, con reseñas de novedades editoriales a cargo de Ramon Freixas, Quim Casas, Israel Paredes Badía y Óscar Brox; Banda Sonora, de Joan Padrol; y En busca del cine perdido, en la cual Juan Carlos Vizcaíno Martínez nos habla de East Side, West Side (1927), de Allan Dwan.


Como ya he avanzado, mi contribución a este número consiste, en primer lugar, en el artículo Sus años dorados para el dossier Jerry Lewis. El rey de la comedia, donde escribo sobre El botones (The Bellboy, 1960), El terror de las chicas (The Ladies Man, 1961), Un espía en Hollywood (The Errand Boy, 1961), El profesor chiflado (The Nutty Professor, 1963), Jerry Calamidad (The Patsy, 1964), Las joyas de la familia (The Family Jewells, 1965), Tres en un sofá (Three on a Couch, 1966) y La otra cara del gangster (The Big Mouth, 1967).


También publico una extensa crítica de la magnífica película de Naomi Kawase Hacia la luz.


Asimismo, firmo los textos para la sección Críticas de la aceptable La piel fría (Cold Skin, 2017), de Xavier Gens…


…y El muñeco de nieve (The Snowman, 2017), tremenda decepción a cargo, quién lo diría, del habitualmente gran realizador Tomas Alfredson.


Concluyo mi aportación mensual con los comentarios, para Cine On-Line, de la curiosa Free Fire (ídem, 2016), de Ben Wheatley…


…y la convencional Museum (Myûjiamu, 2016), de Keishi Ohtomo.


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miércoles, 1 de noviembre de 2017

Las locas aventuras del Dios del Trueno: “THOR: RAGNAROK”, de TAIKA WAITITI



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] No es que Thor (ídem, 2011), de un cada vez más despistado Kenneth Branagh –veremos a ver qué nos depara su Asesinato en el Orient Express (Murder on the Orient Express, 2017)–, ni sobre todo la mediocre y aburrida Thor: El mundo oscuro (Thor: The Dark World, 2013, Alan Taylor), fuesen gran cosa, pero al menos tuvieron la honestidad de no gozar de tanto beneplácito como el que está disfrutando la tercera entrega de la franquicia cinematográfica de Marvel dedicada al superhéroe inspirado en el Dios del Trueno de la mitología germánica. Thor: Ragnarok (ídem, 2017), película que hace bueno aquello de que más vale caer en gracia que ser gracioso, está en estos momentos en lo más alto del pódium de la, ejem, excelencia cinematográfica, y no son pocos quienes ya la consideran la mejor, ¡la mejor!, de las películas de los Marvel Studios. Opinión respetabilísima, por descontado, pero que a la vista de las “maravillas” que depara el film en cuestión me resulta imposible compartir.


Thor: Ragnarok se inscribe dentro de lo que podríamos llamar la línea “ligera” de los Marvel Studios, dentro de la cual podríamos englobar las dos entregas de Guardianes de la Galaxia (Guardians of the Galaxy, 2014-2017, James Gunn) (1), Ant-Man (ídem, 2015, Peyton Reed) (2), Doctor Strange (Doctor Extraño) (Doctor Strange, 2016, Scott Derrickson) (3) y la reciente Spider-Man: Homecoming (ídem, 2017, Jon Watts) (4). Es decir, aventuras súper-heroicas situadas en la periferia del que, por ahora, sigue siendo el núcleo “fuerte” de las producciones cinematográficas de Marvel –el formado por las epopeyas, juntos o por separado, de Iron Man, el Capitán América y el resto de los Vengadores–, y caracterizadas por un sentido del humor por encima de lo habitual, si bien sin llegar a los extremos de Deadpool (ídem, 2016, Tim Miller) (5), el cual, recordemos, es un personaje de los cómics Marvel pero su película estaba producida por la Fox. No me parece casual, en este sentido, la elección del actor, guionista y realizador neozelandés Taika Waititi, artísticamente forjado en el terreno de la comedia, para ser puesto al frente de una nueva odisea del Dios del Trueno que, a diferencia de las firmadas por Branagh y Taylor, incide sobremanera en el humor.


El problema de Thor: Ragnarok no es que pretenda ser divertida. La dificultad estriba en que ni todo resulta tan gracioso como se pretende, y lo que es peor, no aporta absolutamente nada de especial al personaje de Marvel. A no ser, claro está, que veamos una “humanización” del mismo –ya apuntada, con algo más de destreza, en Vengadores: La era de Ultrón (Avengers: Age of Ultron, 2015, Joss Whedon) (6)– en someter a Thor (Chris Hemsworth) a toda una extensa serie de putadas aparentemente impropias de ser sufridas por alguien súper-poderoso como él. Nada más empezar el film, el Dios del Trueno aparece burlescamente encadenado, y girando lentamente sobre sí mismo, mientras se encara con el gigantesco Surtur (voz de Clancy Brown en la v.o.). El inesperado ataque de Hela (Cate Blanchett), una hechicera hermana de Thor y Loki (Tom Hiddleston) que se presenta violentamente en Asgard para reclamar el trono de Odín (Anthony Hopkins), hace que el protagonista dé con sus huesos en un planeta llamado Sakaar. Despojado de su mítico martillo Mjolnir, Thor se verá sometido a un continuo vapuleo que consistirá en cortarle su famosa cabellera –lo cual favorece el inevitable cameo de Stan Lee–, convertirle en gladiador y enfrentarle en la arena contra el mismísimo Hulk (Mark Ruffalo).


Thor: Ragnarok se mueve en una línea similar a la de un cineasta hoy olvidado pero que, en su momento, estaba considerado un número uno entre los críticos y los cinéfilos: el norteamericano afincado en el Reino Unido Richard Lester. En cierto sentido, el humor “desmitificador” de la película de Waititi no anda lejos de las payasadas que tanto le gustaba a Lester meter en sus films, tanto si venían a cuento como si no; pienso, sobre todo, en la popular Superman III (ídem, 1983), segunda incursión en el cine de superhéroes por parte de un realizador que aseguraba que nunca leía cómics ni le gustaban (sic). La burlesca presentación del personaje de la guerrera Valkiria (Tessa Thompson) –que, de tan borracha como anda, lo primero que hace al salir de su nave es… arrearse un (previsible) batacazo–, o el momento en que Thor se golpea en la cabeza con el rebote de un balón lanzado por él mismo contra el cristal de una ventana, son dos ejemplos elegidos al azar de un relato de aventuras fantásticas cuya estética futurístico-kitsch lo aproxima al terreno de la asimismo semi-paródica Flash Gordon (ídem, 1980, Mike Hodges), una película que resultaba ferozmente divertida porque no se daba cuenta de que lo era; justo lo contrario de lo que ocurre con Thor: Ragnarok, típico caso de film que, a fuerza de querer ser divertido a toda costa, no consigue sino hacerse cansino: sus 130 minutos acaban pesando.


Otro problema inherente a ese exceso de humor es que, cuando la trama intenta, por fin, ponerse “seria”, el torrente de comicidad que la envuelve anula la teórica carga dramático-emocionante del resto del relato. Ello se hace patente en todo lo relacionado con la implantación de la tiranía de Hela en Asgard –sorprende, desagradablemente, que hasta una gran actriz como Cate Blanchett esté aquí menos convincente que de costumbre: no se cree el papel… y probablemente con razón–, y con los esfuerzos en paralelo de Heimdall (Idris Elba), el guardián del puente de acceso a Asgard, con tal de salvar a la población de la ciudad a la espera del regreso del Dios del Trueno para volver a poner las cosas en su sitio. Lo afirmado hasta aquí no obsta para que, como casi siempre en el “cine marvelita”, no haya en Thor: Ragnarok detalles llamativos y escenas de acción de gran espectacularidad: del, por así llamarlo, “proceso de puteo” de Thor, sorprende que aquí no solo se le despoje de su martillo, destruido por Hela con pasmosa facilidad, o de su cabellera, sino que también pierda un ojo en su feroz pelea final contra su hermana la hechicera, y que acabe luciendo un parche que le aproxima física y espiritualmente a su padre Odín. Pero todo eso, aunque estimable, no son más que apuntes y detalles que proporcionan algo de brillo a un conjunto más bien desangelado y demasiado infantilizado: la emoción de la aventura, de la auténtica aventura, brilla, lamentablemente, por su ausencia.   

(6) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2015/05/superheroes-reciclados-vengadores-la.html

Ambigüedades: “DULCE VENGANZA”, de WALTER HILL



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Con todas sus irregularidades, que las tiene, el realizador norteamericano Walter Hill es un cineasta más que interesante y, sin duda alguna, merecería mejor crédito del que parece gozar en la actualidad; sobre todo, si se tiene en cuenta el elevado nivel medio de calidad de una filmografía en la que, cierto es, hallamos algunas mediocridades –El gran despilfarro, Cruce de caminos, 48 horas más o, en particular, la desdichada película de ciencia ficción Supernova (El fin del universo), firmada con el seudónimo de Thomas Lee–, pero que a cambio arroja un saldo más que positivo gracias a un puñado de títulos de variado interés –Límite: 48 horas, Calles de fuego (1), Danko: Calor rojo, Johnny el Guapo, El tiempo de los intrusos, Gerónimo, una leyenda, El último hombre, Una bala en la cabeza (2)–, cuando no, en el mejor de los casos, realmente excelentes: El luchador, Driver, The Warriors (Los amos de la noche) (3), Forajidos de leyenda, La presa, Traición sin límites, Wild Bill, Invicto o la westerniana miniserie de televisión Los protectores. The Assignment (2016), su más reciente largometraje para el cine –es bien sabido que, en estos últimos años, Hill ha realizado algunos trabajos esporádicos para la televisión: además de la mencionada Los protectores, las series Deadwood y Goliath–, como digo, su último trabajo para la “gran pantalla”, no ha conocido el “honor” (cada vez más y más dudoso) de ser estrenado en cines en España, habiéndose editado en formato doméstico con un título español de una estupidez extrema, Dulce venganza (sic), que, no obstante, utilizaremos para referirnos a este film.


Muchas cosas llaman la atención de esta singular película. Una de ellas, en particular, reside en el hecho de que Hill recurra a una serie de imágenes en foto fija y con iconografía de cómic, vagamente a lo Frank Miller, a modo de planos de transición entre secuencias. Puede pensarse que ello se debe a que el film quizá se base en un relato gráfico, pero ello no es así: Dulce venganza es un guion original de Hill coescrito con Denis Hamill (independientemente de que el mismo luego haya conocido una adaptación gráfica, Cuerpo y alma (Norma Editorial), con guion de Matz y dibujos de Jef) (4). Salta a la memoria el dato del director’s cut de The Warriors (Los amos de la noche), que también incluye transiciones inter-secuenciales con formato de viñetas de cómic. Bajo ese punto de vista, tampoco resulta descabellado ver en Dulce venganza una especie de cómic en imágenes: la fotografía, firmada por James Liston, hace gala de cierta estilización en materia de iluminación y colores que hace pensar en ello. Pero también podemos interpretar estas referencias al relato gráfico como una determinada pauta visual destinada a indicar cuál es el tono que preside Dulce venganza, un extraño relato policíaco en el borde mismo de la ciencia ficción que, además, hace gala de una singular construcción narrativa.


La trama gira alrededor del largo relato que la doctora Rachel Jane (Sigourney Weaver, excelente), encerrada en una institución psiquiátrica, le desgrana al médico psiquiatra encargado de evaluarla, el doctor Ralph Galen (Tony Shalhoub). A través de dicha conversación, descubrimos que la Dra. Jane fue hallada en su clínica secreta, gravemente herida de un disparo de bala en el pecho, junto a los cadáveres de sus tres ayudantes, todos asesinados a tiros. Las sospechas y los indicios probatorios recaen en la doctora, pero ella asegura haber sido víctima de una encerrona por parte de alguien que, en el pasado, fue su “paciente”: Frank Kitchen (Michelle Rodriguez), un asesino a sueldo que fue contratado por uno de los contactos de la Dra. Jane, un mafioso que respondía al apodo del Honesto John (Anthony LaPaglia), para que “despachara” a alguien. Una vez cumplido el “encargo”, alguien ordenó el secuestro del propio Frank, en principio con la finalidad de matarle, pero en realidad para convertirle en objeto de una cirugía experimental de cambio de sexo de la Dra. Jane, en virtud de la cual Frank fue operado y transformado, en contra de su voluntad… ¡en una mujer!


A pesar de que una serie de puntuales flashbacks, al hilo del relato de la Dra. Jane, nos ilustran visualmente las andanzas de Frank, primero como hombre y luego como hombre con cuerpo de mujer, la ya mencionada estilización de las mismas, unida a la asimismo citada utilización de las viñetas de cómic como enlace de algunas secuencias, refuerzan una sensación que se va apoderando de la trama a medida que avanza: que el relato de la Dra. Janes no es sino el desvarío de una demente que intenta eludir la prisión o el confinamiento en el psiquiátrico mediante un relato “fantástico” en torno a un asesino a sueldo transexual al cual nadie ha visto y sobre el que no existe registro policial alguno. La ambigüedad se apodera de la narración, no tanto por los inesperados giros que ponen seriamente en duda su verosimilitud, como por la manera sugerente como el veterano Walter Hill los muestra. En un momento dado, Frank se graba a sí mismo con una videocámara, a modo de diario personal, introduciendo una subjetividad en lo narrado que parece concordar con la aparente “locura” de la historia que la Dra. Jane le está contando al Dr. Galen. Una de las escenas de los interrogatorios de este último a la doctora es empezada por Hill con un “falso” plano general de ambos personajes, sentados cara a cara en la mesa donde suelen conversar, y que, en virtud de un rápido barrido lateral de la cámara, descubrimos que no es sino un reflejo en una superficie reflectante de ese mismo interrogatorio, sugiriendo de este modo que las apariencias engañan: que lo que parece real puede ser falso, y lo falso, real.


Hay momentos en los que la ambigüedad narrativa desplegada por Hill se superpone a la ambigüedad sexual sobre la cual se mueve el propio relato. En este sentido, el realizador juega de manera aviesa con la imagen cinematográfica que transmiten sus actrices protagonistas, en un juego ficción/ realidad que no hace sino enriquecer, y al mismo tiempo “enturbiar”, el trasfondo de lo narrado. Ver a Michelle Rodriguez con barba y pelo en el pecho al principio de la trama, y poco después, seduciendo y haciéndole el amor “como un hombre” a la enfermera que interpreta Caitlin Gerard (la cual, por si fuera poco, responde al ambiguo nombre de pila de Johnnie), tiene mucho de perverso, sobre todo si se tiene en cuenta la (reconocida) bisexualidad real y la apariencia un tanto hombruna de Rodriguez. Otro tanto ocurre con Sigourney Weaver, cuya Dra. Jane se comporta con una dureza, digamos, “masculina”, y, en uno de los momentos culminantes de la trama –su declaración ante los fiscales–, se presenta vestida con una indumentaria típicamente “de hombre”, esto es, con traje, camisa y corbata.


Los detalles son muy francos y directos, de una visceralidad y energía pocas veces vista en una película de estos últimos años. La escena en la que Frank ve por primera vez su cuerpo femenino debajo de los vendajes guarda ecos de un famoso momento de Dr. Jekyll y su hermana Hyde (Dr. Jekyll & Sister Hyde, 1971, Roy Ward Baker). Frank huye del hotel donde le ha encerrado la Dra. Jane y corre descalzo(a), con los zapatos de tacón en la mano, no tanto por la prisa como porque… no sabe andar con tacones. Más adelante, cada vez que se prepara para salir, Frank oculta meticulosamente sus senos femeninos bajo ceñidas tiras de esparadrapo negro. Antes de la pelea final contra la Dra. Jane y sus pistoleros, Frank se maquillará “de mujer”, con un pintalabios exagerado y una peluca rubia que, paradójicamente, le hacen parecer más “masculina” de lo que en realidad pretendía, palpable demostración del hombre que en realidad se oculta bajo su fachada femenina.


Incluso lo que a simple vista parece un defecto de guion, el hecho de que Johnnie se reencuentre con Frank, acepte sin ningún problema el cambio de sexo de su amante y abrace a continuación los placeres de Safo, adquiere todo su sentido cuando el (la) protagonista descubre que, en realidad, Johnnie ha sido siempre una espía de la Dra. Jane que se dedica a informar a esta de los progresos de su “monstruo de Frankenstein”. Un “monstruo” que acabará vengándose de su carnicera de una manera no menos sádica y cruel: en la escena final, descubrimos que Frank le cortó a la Dra. Jane casi todos los dedos de sus manos, excepto los pulgares, para que nunca más vuelva a perpetrar otra carnicería en ningún otro ser humano (lo cual explica que, a lo largo del film, Hill ponga siempre mucho cuidado en no mostrar las manos de la doctora, la cual o bien las tiene escondidas bajo la camisa de fuerza que debe llevar en sus charlas con el Dr. Galen, o bien ocultas dentro de las largas mangas de su jersey). A pesar de alguna que otra imperfección, más que nada de guion –cf. está cogido por los pelos que los secuaces de la Dra. Jane no tomen la precaución de cachear a Frank y, así, no descubran la pistola que lleva escondida pegada al muslo–, Dulce venganza me parece la mejor película para el cine que nos ha proporcionado Walter Hill desde Invicto.
  
(4) http://www.normaeditorial.com/ficha/9788467926651/cuerpo-y-alma/