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sábado, 22 de abril de 2017

“EL VIAJANTE” (+ “NADER Y SIMIN, UNA SEPARACIÓN”), de ASGHAR FARHADI



[ADVERTENCIA: EN LOS SIGUIENTES ARTÍCULOS SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTOS FILMS.] El viajante (Forushande, 2016). No cuesta demasiado hallar determinados paralelismos entre El viajante, el más reciente film del cineasta iraní Asghar Farhadi, y Prisioneros (Prisoners, 2013), la magnífica película del no menos excelente realizador canadiense Denis Villeneuve. Si, en esta última, teníamos a un padre de familia que, convencido de que un joven retrasado mental y vecino de su barriada, era el responsable de la desaparición de su hija, decidiendo –como suele decirse– “tomarse la justicia por su mano”, algo bastante parecido le ocurre a Emad (Shahab Hosseini), el protagonista masculino de El viajante. En los dos casos, si bien en diferentes circunstancias, las acciones vindicativas de ambos personajes terminarán inesperada y dramáticamente.


Emad y su esposa Rana (Taraneh Alidoosti) son un matrimonio iraní que, obligados a abandonar su domicilio, se alojan temporalmente en un apartamento de alquiler que les proporciona un amigo. Emad trabaja como profesor de literatura en un instituto de enseñanza secundaria, y por las noches, él y Rana colaboran en un teatro amateur que, en esos momentos, está ofreciendo un montaje de La muerte de un viajante, de Arthur Miller, protagonizado por ambos. Una noche, Rana regresa a casa sin su marido. Confiada de que Emad es la persona que llama al timbre un momento antes de que ella vaya a darse una ducha, la mujer deja la puerta del apartamento abierta. Cuando Emad llega a casa, la encuentra vacía. Rana ha sido llevada al hospital por los vecinos, quienes la han hallado inconsciente en la bañera, con un golpe en la cabeza, propinado por un desconocido que ha entrado en su domicilio. Aunque la lesión de Rana no reviste gravedad, a partir de ese momento Emad dedica sus esfuerzos a intentar localizar al agresor y hacérselo pagar.


Como ya ocurría en la luego comentada Nader y Simin, una separación –lamento no haber visto todavía A propósito de Elly (Dasbareye Elly, 2009) y El pasado (Le passé, 2013) en el momento de escribir estas líneas–, El viajante vuelve a hacer gala del talento de Farhadi para expresar de manera metafórica ideas, pensamientos y sentimientos de sus personajes, haciéndolo con un estilo formalmente realista que, a pesar de ello, logra transmitir esas metáforas no ya sin hacerlas obvias sino, por el contrario, extraordinariamente sutiles. Desde el principio del relato, todo lo que rodea a la pareja protagonista, Emad y Rana, son signos de destrucción. En la primera secuencia, ambos y el resto de los vecinos del edificio de viviendas donde viven tienen que salir a toda prisa del mismo, como consecuencia de un urgente aviso de peligro de derrumbamiento. Pasado el susto inicial, más tarde se ven forzados a recoger sus principales cosas e instalarse en un apartamento que les proporciona Babak (Babak Karimi), un amigo de su compañía teatral. El paisaje que se abre ante ellos es desolador: el apartamento perteneció –explica Babak– a una anterior inquilina suya que dejó la mayoría de sus cosas en un cuarto trastero, una mujer sobre la que no tardará en recaer la sospecha de que usaba el piso para ejercer allí la prostitución. Mientras no se instalan adecuadamente, las cosas y efectos de la pareja se acumulan en el apartamento, como si fueran los restos de un naufragio. Para colmo de males, tras la agresión de Rana, la mujer se siente tan asustada por lo sufrido que se niega a quedarse sola en el piso, exigiéndole a su marido que no vaya a trabajar durante unos días para hacerle compañía, y llegando a proponerle, incluso, acompañarle al instituto por la misma razón. Ni siquiera es capaz de volver a entrar en el cuarto de baño donde la golpearon para darse una ducha.


El ataque a Rana repercute gravemente en la vida de la pareja a todos los niveles. Emad explica que, a raíz de lo ocurrido, su mujer se asusta cuando, por las noches, él intenta “tocarla”. Además, pende la sospecha de que el agresor de Rana también la violó, a pesar de que la protagonista lo niega, si bien tampoco lo recuerda con claridad, y ni tan siquiera es capaz de describir a su atacante. Tratando de sobreponerse, Rana acude la primera noche al teatro, a fin de representar su papel en el montaje de La muerte de un viajante, pero a media función es incapaz de continuar, obligando a la compañía a suspender la representación. Por su parte, los nervios, la tensión y la inquietud de no saber exactamente qué ha ocurrido también le pasan factura a Emad: agotado psicológicamente y sin poder descansar con tranquilidad, se duerme en una de sus clases, momento que aprovechan sus jóvenes alumnos para gastarle una broma haciéndose fotos selfies con sus móviles; y cuando, al despertar, exige a uno de sus alumnos que le deje su móvil para borrar esas fotos incómodas, acaba humillando accidentalmente al muchacho. En otro momento, Emad y Rana cenan con el pequeño hijo de una compañera de la compañía teatral, en una espléndida secuencia que sugiere, por un lado, el peso que la ausencia de hijos propios tiene en la pareja protagonista. Pero, por otra parte, la secuencia deja claro que en el fondo de Emad late un odio feroz e irracional, un sentimiento de venganza visceral que nada sabe de razón y lógica: apenas han empezado a cenar, cuando Emad descubre que Rana ha comprado los ingredientes para esa comida con el dinero que se dejó en el apartamento el agresor, Emad reacciona con resentimiento, tirando la comida a la basura.


Todo esto lo explica Farhadi con el mismo estilo, aparentemente sencillo y en el fondo muy elaborado, desarrollado previamente en la no menos magnífica Nader y Simin, una separación. En esta ocasión, se vale de los entresijos del modesto montaje teatral de La muerte de un viajante donde trabajan los protagonistas para establecer un elegante paralelismo entre la trama de la obra de Miller y las vivencias personales de sus personajes. Puede afirmarse que, en cierto sentido, el proceso de “degeneración” moral y ética de Emad, que le llevará, como hemos apuntado, a “tomarse la justicia por su mano”, haciendo gala de una dureza y crueldad que probablemente ni él mismo creía ser capaz de albergar en su interior, guarda un paralelo con el proceso de “degeneración” que sufre Willy Loman, el protagonista de La muerte de un viajante, en la ficción creada por Miller. Yendo más lejos, la escena en la que, siguiendo la trama de la obra de teatro, vemos a Emad interpretando al difunto Loman y metido en el ataúd en la escena final de la pieza de Miller, podemos interpretarla como una representación metafórica de la “muerte”, simbólica, del propio Emad, o por lo menos, la “muerte” de su humanidad: de su integridad como ser humano.


El viajante culmina en una larga secuencia, desarrollada en dos bloques –y no por casualidad– en el antiguo apartamento de Emad y Rana, a donde el primero habrá conseguido llevar, mediante una hábil estratagema, a una persona que puede ayudarle a identificar al agresor de su esposa… y que, al final, acaba confesándose el culpable de esa agresión: el viejo Naser, encarnado por un extraordinario Farid Sajjadi Hosseini. Lo relevante de esta secuencia, bellísima, no reside tanto en la revelación de la identidad del agresor de Rana sino, sobre todo, en el descubrimiento de los turbulentos sentimientos escondidos, o reprimidos, de Emad. Tanto es así que la mismísima Rana, presente en la culminación del despiadado interrogatorio al que Emad somete a Naser, le insiste a su marido de que le deje marchar: el miedo que sentía hacia su agresor ha desaparecido… para dejar paso al miedo que le produce ahora su hasta hace poco civilizado marido. El cierre de El viajante vuelve a ser significativo: Emad y Rana, cara a cara en el camerino, todavía luciendo los maquillajes de la obra que acaban de representar en el escenario: maquillajes que se convierten, ahora, en simbólicas máscaras que expresan, paradójicamente, sus lados más oscuros, los verdaderos rostros que se habían estado ocultando el uno al otro durante todo su matrimonio.



Nader y Simin, una separación (Jodaeiye Nader az Simin, 2011). El visionado de Nader y Simin, una separación con motivo de su edición en DVD me supuso en su momento una agradable sorpresa. Si bien este film no me parece, ni de lejos, la obra maestra que se ha proclamado, no es menos cierto que se trata de un trabajo extremadamente sólido y harto interesante, cuyos méritos van más allá del consabido “prestigio de festival” y de la atracción –muchas veces, tendenciosa– hacia el cine “exótico”. Nader y Simin, una separación es la palpable demostración de que, en cine, la universalidad del arte no depende tanto (más bien poco) de conceptos teóricos como, sobre todo, de la honestidad y franqueza de la labor creativa tras las cámaras, que es lo que realmente trasciende las barreras sociales, políticas, geográficas y culturales de cualquier cinematografía y permite que una película como esta “toque” con limpieza a cualquier espectador de cualquier otra parte del mundo, sin necesidad de explicaciones previas, adoctrinamientos, dogmatismos y posicionamientos estériles en torno al-cine-que-hay-que-ver-y-el-cine-que-no-hay-que-ver, propios de mentalidades supuestamente progresistas y que no hacen sino difundir una estrechez de miras estilo Politburó.


A diferencia de otras propuestas “festivaleras”, Nader y Simin, una separación sabe conciliar muy bien sus contenidos críticos y de denuncia de una determinada realidad cotidiana del Irán de hoy con una formulación fílmica atractiva y poderosa que le confiere toda su fuerza, y además, alcance universal. Un buen ejemplo lo tenemos en el arranque del relato, ese plano medio abierto (casi plano americano) en el cual vemos a Nader (Peyman Moadi) y Simin (Leila Hatami), sentados y mirando hacia la cámara, y dirigiéndose hacia un interlocutor que ocupa la posición de la cámara; adivinamos, en función del diálogo, que ambos se dirigen hacia un juez y con un motivo muy claro: Simin ha conseguido un visado para salir del país y trabajar en el extranjero, pero no puede abandonar Irán sin el consentimiento de su esposo, quien se opone a esa aventura laboral, de ahí que la mujer haya optado por presentarse ante la autoridad judicial para conseguir el divorcio de Nader; tras un largo tira y afloja, Simin se ve obligada a desistir de su idea de divorciarse porque el juez considera que los motivos que alega para hacerlo no son lo suficientemente graves como para declarar ese divorcio según la legislación vigente en Irán. Este arranque ya resulta notable por su claridad expositiva del conflicto entre ambos personajes y por su capacidad de sugerencia: el juez, siempre fuera de campo, se convierte así en una abstracción que, por descontado, puede interpretarse como un símbolo de la Ley con mayúsculas, fría e impersonal (una Ley sin rostro humano), que rige las vidas de las personas, tanto da que sean iraníes como de cualquier otro lugar del planeta; es, además, un buen anticipo del conflicto dramático que se producirá más adelante, y que dará pie a una ácida digresión en torno a la impotencia de las leyes para solucionar satisfactoriamente los problemas de la gente.


La imposibilidad de ese divorcio tendrá consecuencias para Nader y Simin: esta última se separa de hecho de su marido y regresa al domicilio de sus padres, dejando a Nader en el piso conyugal, donde seguirá viviendo junto a su hija adolescente Termeh –Sarina Farhadi, hija del realizador y de la también cineasta Parisa Bakhtavar–, y su anciano padre (Ali-Ashgar Shahbazi), que sufre Alzheimer y requiere una atención constante. El cuidado del progenitor, que hasta entonces corría a cargo de Simin, obliga a Nader a buscar a alguien que se haga cargo del mismo durante las horas en las cuales él y Termeh estén ausentes del hogar por motivos laborales y de estudios. La elegida es Razieh (Sareh Bayat), una mujer humilde que acepta el empleo y acude cada día al domicilio de Nader acompañada de su pequeña hija Somayeh (Kimia Hosseini). A los pocos días, estalla el conflicto: Nader y Termeh regresan a casa y se encuentran al anciano solo, en el suelo y con una mano atada a la cama; al poco, Razieh y Somayeh se presentan en el lugar, y la primera ofrece como única explicación para haber atado y abandonado al padre de Nader una urgente necesidad de salir del piso; Nader, furioso, echa a la mujer de la casa. Pero la cosa no termina ahí: Razieh denuncia a Nader a la policía, acusándole de haberla empujado por las escaleras y que, como consecuencia de ello, ha abortado el bebé que estaba gestando desde hacía poco más de cuatro meses; el esposo de Razieh, Hodjat (Shahab Hosseini), intenta agredir a Nader en el hospital donde Razieh está internada y a donde Nader ha acudido en compañía de Simin para interesarse por Razieh. Ahora, sobre la cabeza de Nader pende una acusación de homicidio y una posible pena de cárcel de entre uno y tres años, dado que, según la ley iraní, el feto estaba lo suficientemente desarrollado como para ser considerado una persona viable (sic).


Si esta intriga, en sí misma considerada, ya resulta atractiva, todavía lo es mucho más su inteligente visualización. Asghar Farhadi logra un tono cotidiano cercano a los modos del documental, pero manteniendo al mismo tiempo una considerable elegancia formal que logra eludir los tics de la cámara en mano y el feísmo “natural” típico de cierto esteticismo sucio muy ponderado dentro del cine de bajo presupuesto. Al mismo tiempo, crea una interesante interacción entre lo que se muestra directamente y lo que se sugiere indirectamente, por medio de una puesta en escena que juega con habilidad el empleo del fuera de campo, y lo hace de tal manera que lo que no se ve, es decir, lo que la cámara no muestra acaba siendo tanto o más importante que lo que muestra. Un ejemplo muy concreto lo tenemos en la secuencia en la cual Razieh se da cuenta de que el senil padre de Nader ha salido solo a la calle; la mujer corre a buscarlo, y le encuentra enfrente del edificio donde está la vivienda, intentando comprar un periódico tal y como tenía por costumbre cuando todavía conservaba la lucidez; para recogerle, Razieh debe atravesar una calzada atestada de coches que circulan a toda velocidad…; Asghar Farhadi “corta” aquí la secuencia, cuyo final será explicado a través de los diálogos, y de lo cual se extraerá una información fundamental para el desarrollo de la trama.


Este ejemplo es sintomático del tono general de una película en la cual lo que se dice, y sobre todo lo que se calla, configura las líneas maestras de un drama cuya resolución satisfactoria para todas las partes en él deviene imposible por culpa de la rigidez del procedimiento judicial y del interés personal de los implicados por “arreglar” la verdad sobre lo ocurrido en su propio beneficio. Todos los personajes están, de un modo u otro, condicionados por sus delicadas circunstancias particulares y por la ocultación de sus verdaderos sentimientos: Nader, por su negativa a admitir que sabía que Razieh estaba embarazada (información clave que puede determinar su condena a prisión); Simin, por sus dudas a la hora de creerse al hombre del cual se ha separado; Termeh, porque sospecha que su padre no dice la verdad y sabe que con su testimonio puede perjudicarle; Razieh, porque aceptó el trabajo en casa de Nader a espaldas de su marido y no le ha contado que ató al anciano a la cama para poder ir a visitar a un médico; y Hodjat, porque arrastra una considerable carga de furia por culpa del desempleo y desea “culpabilizar” de un modo u otro a Nader de sus desgracias. Más allá de algunas reiteraciones, que lastran el desarrollo del relato y diluyen un poco su intensidad, Nader y Simin, una separación es un excelente film.

Un marciano llamado “Calvin”: “LIFE (VIDA)”, de DANIEL ESPINOSA



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] No he visto ninguno de los anteriores trabajos del cineasta sueco –de padre chileno y madre sueca– Daniel Espinosa: ni la película que rodó en su país de origen gracias a la cual se dio a conocer internacionalmente –Dinero fácil (Snabba cash, 2010)–, ni las otras dos –El invitado (Safe House, 2012) y El niño 44 (Child 44, 2015)– con las que se introdujo y consolidó en la cinematografía estadounidense. En este sentido, ver Life (Vida) (Life, 2017) sin esas referencias previas permite verla, y apreciarla, con la mirada “virgen”, con todas las ventajas e inconvenientes que ello comporta. De entrada, digamos que, tal y como han reconocido los responsables de esta producción de Skydance Media distribuída por Columbia/ Sony y escrita por Rhett Reese y Paul Wernick, Life (Vida) es un film que no disimula sus deudas con Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979, Ridley Scott), que, como bien indica el colega Quim Casas en su crítica de esta misma película de Daniel Espinosa para el próximo número de Imágenes de Actualidad, era a su vez una consecuencia de Terror en el espacio (Terrore nello spazio, 1965) –dicho sea de paso, una de las peores y más sobrevaloradas obras del gran Mario Bava, pero de eso ya hablaremos otro día–, la cual probablemente también era una consecuencia de It! The Terror from Beyond Space (Edward L. Cahn, 1958), aunque a esta lista de referencias, sobradamente conocidas, bien podría añadirse la simpática Planeta sangriento (Queen of Blood, 1966, Curtis Harrington), la cual además coincide con Life (Vida) en situar al así llamado Planeta Rojo como fuente de todos los males que aquejan a sus personajes. Añadamos, finalmente, que ese insólito rumor que circuló semanas atrás por las redes sociales, según el cual Life (Vida) no sería sino la presentación del personaje de Veneno/ Venom de cara a una futura entrega de las aventuras cinematográficas de Spiderman, no solo es falso, sino una completa ridiculez.


Dicho esto, avancemos que lo que ofrece Life (Vida) no es ni muy bueno ni muy malo. Se trata de una película resuelta con suma corrección; tanta, que no defrauda, si bien tampoco apasiona; no resulta fascinante, pero tampoco aburrida; hace gala de ideas sólidas y de un elenco de intérpretes más que competente, pero adolece de escasa brillantez y, sobre todo, de falta de inventiva, pero al mismo tiempo sin dejar de ser, pese a ello, un film estimable. Arranca con un vistoso morceau de bravoure: un bonito plano-secuencia de alrededor de cinco minutos de duración, en virtud del cual vemos cómo la tripulación de una estación espacial internacional, en órbita alrededor de la Tierra –David (Jake Gyllenhaal), Miranda (Rebecca Ferguson), Rory (Ryan Reynolds), Hugh (Ariyon Bakare), Sho (Hiroyuki Sanada) y Ekaterina (Olga Dihovichnaya)–, consigue recuperar un satélite procedente de Marte y lanzado a la deriva a través del espacio por culpa de la colisión accidental con un asteroide; la secuencia se visualiza desde el interior de la estación espacial, mientras la cámara sigue coreográficamente los movimientos de cinco de esos seis cosmonautas flotando/ volando dentro de la misma, manipulando controles y viendo cómo el sexto, en el exterior de la nave, maneja el enorme brazo hidráulico con el que logra atrapar el satélite descontrolado. La secuencia tiene cierto aire a lo Gravity (ídem, 2013, Alfonso Cuarón) (1), pero al contrario que esta última, el plano-secuencia de Life (Vida), aunque excelentemente rodado, no deja de ser un procedimiento esteticista que tiene algo de formulario; sobre todo ahora que la posibilidad de editar digitalmente los encuadres permite llevar a cabo desde hace años esos planos de larga duración “imposibles”.


El guion, llevado en todo momento con buen ritmo, hay que reconocerlo, no tarda en entrar en materia, por más que sea a base de estereotipos puros y duros: los cosmonautas descubren entre las muestras de arena marciana que el satélite recuperado llevaba consigo una célula microscópica aparentemente congelada. Hugh, el científico de la expedición, lleva a cabo un experimento de resurrección de la célula marciana, con éxito: el espécimen no solo revive, sino que, poco a poco, empieza a crecer de manera significativa. La maravilla de este descubrimiento –la primera prueba científica de la existencia de vida extraterrestre–, no tarda en dejar paso al terror. Como consecuencia de un exceso de celo por parte de Hugh, quien para estimular la actividad de la célula marciana no se le ocurre nada mejor que aplicarle pequeñas descargas eléctricas en teoría indoloras, el espécimen –que, desde la Tierra, ha sido bautizado como “Calvin”– reacciona con terrible agresividad: primero, destroza los huesos de la mano derecha de Hugh; luego, liberado de su confinamiento, amenaza con asesinar al científico, y solo la intervención de sus compañeros impide que eso suceda. Pero, tras esos primeros intentos de acabar con él, “Calvin” consigue huir del laboratorio. A partir de ese momento, puede estar escondido en cualquier rincón de la estación, y lo que es peor, atacar a los miembros de la tripulación, haciéndose más grande y fuerte después de cada agresión.


Lo que sigue es un encadenado de situaciones de “suspense”, por lo general bien resueltas, pero sin particular brillo, que van conduciendo el relato hacia una conclusión sorprendentemente pesimista, poco habitual de ver en una producción hollywoodiense de presupuesto considerablemente alto, cuyo fatalismo hace pensar un poco en un título como Sunshine (ídem, 2007, Danny Boyle), el cual, curiosamente, ya contaba con Hiroyuki Sanada en su elenco. Ocurre, empero, que el dramatis personae resulta poco o nada interesante, a pesar, como digo, de la competencia del elenco interpretativo. De David se nos dice que es un médico solitario al que no le gusta la vida en la Tierra y prefiere el espacio (dice algo así como “no quiero regresar a un mundo lleno de ocho mil millones de gilipollas”), con lo cual se pretende justificar que sea el personaje que tome la decisión final de (intentar) auto-inmolarse junto con “Calvin” a fin de impedir su llegada y propagación en nuestro mundo. Miranda lleva a cabo una función parecida a la del androide Ash de Alien, el octavo pasajero: es el único miembro de la tripulación que sabe de la existencia de un protocolo de prevención de alertas que prevé, in extremis, el lanzamiento de la estación al espacio profundo. Hugh es el relativamente más interesante: un científico parapléjico que ama la investigación espacial porque, estando a gravedad cero, puede moverse por su cuenta, libre de la dependencia forzosa de su silla de ruedas. Menos información se nos ofrece de los personajes de Sho –salvo que este, a poco de empezar el relato, presencia vía Skype, o algo parecido, el nacimiento de una hija suya–, y, sobre todo, Rory –descrito poco más o menos como el miembro más visceral, intrépido e impulsivo del equipo– y Ekaterina, probablemente porque o bien carecen de mayor importancia dentro de la trama, o bien porque son de los primeros en morir…


Algunos buenos momentos y curiosos apuntes contribuyen a elevar un poco el tono de una función tan “correcta” en el sentido menos positivo de la expresión. Pienso, por ejemplo, en el plano que cierra la secuencia de la muerte –un poco a lo Alien, el octavo pasajero– de Rory: el cadáver de este último flota, a gravedad cero, dentro del laboratorio, acompañado por pequeñas gotas de su sangre que pululan a su alrededor; la idea no es nueva –recuérdese una imagen bastante parecida en Aquel país desconocido (Star Trek VI: The Undiscovered Country, 1991, Nicholas Meyer)–, pero sirve al menos para establecer una correspondencia visual con otra escena, posterior, en la que vemos a Miranda –la responsable indirecta de la muerte de Rory–, llorando, y cómo sus lágrimas también flotan cerca de su cara. Hay un momento de notable crueldad: la muerte de Ekaterina, cuyo casco se va llenando progresivamente de líquido acuoso después de que “Calvin” haya saboteado su traje presurizado, amenazando con ahogarla antes de que haya conseguido regresar al interior de la estación. Otra idea de cierto ingenio es la escena del descubrimiento de que “Calvin” está escondido debajo de la ropa de Hugh y abrazado, precisamente, a una de sus piernas insensibles, de ahí que ni tan siquiera el propio Hugh se haya dado cuenta de ello. Y el final, si bien artificioso y hasta cierto punto previsible, cuanto menos es eficaz, logrando rehuir con destreza la convención del “final feliz”.  

(1) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2013/10/salvar-la-cosmonauta-ryan-gravity-de.html

miércoles, 5 de abril de 2017

“DIRIGIDO POR…” de ABRIL 2017, a la venta



El núm. 476 de Dirigido por… zanja una cuenta pendiente que tenía desde hace mucho tiempo dedicando su portada y ofreciendo la primera entrega de un dossier en tres partes centrado en uno de los cineastas fundamentales de la historia del cine: Jean-Luc Godard.

La primera parte de este dossier se compone de los siguientes textos: Ayer, hoy y mañana, de Quim Casas; Un desconocido llega a París, de Carles Balagué; Un feliz malentendido, de Aurélien Le Genissel; Godard crítico, de Israel Paredes Badía; El talento de la brevedad: cortos y episodios, de Quim Casas; antologías de Al final de la escapada (Valerio Carando), Una mujer es una mujer (Tonio L. Alarcón), Vivir su vida (que firma un servidor), Los carabineros (Ramon Freixas & Joan Bassa) y El soldadito (Israel Paredes Badía); y Un cine en proceso de reflexión, de Óscar Brox.


También se destacan en portada las extensas críticas dedicadas a La alta sociedad (Ma Loute, 2016), de Bruno Dumont (Quim Casas); Lo tuyo y tú (Dangsinjasingwa dangsinui geot, 2016), de Hong Sang-soo (Emilio M. Luna); El otro lado de la esperanza (Toivon tuolla puolen/ Die andere seiter der hoffung, 2017), de Aki Kaurismäki; Your Name (Kimi no na wa., 2016), de Makoto Shinkai (que también he escrito yo); Safari (ídem, 2016), de Ulrich Seidl (Emilio M. Luna); Las películas de mi vida (Voyage à travers le cinéma français, 2016), de Bertrand Tavernier; Maravilloso Bocaccio (Maraviglioso Bocaccio, 2014), de Paolo y Vittorio Taviani; y, dentro de la sección Flashrecent, el lanzamiento en formato doméstico de El bosque de los sueños (The Sea of Trees, 2015), de Gus Van Sant.


Otros contenidos del número son las extensas reseñas de John Wick (Otro día para matar) (John Wick, 2014), de David Leitch y Chad Stahelski + John Wick: Pacto de sangre (John Wick: Chapter 2, 2017), de Chad Stahelski (Antonio José Navarro); Yo no soy Madame Bovary (Wo bu shi Pan Jin Lian, 2016), de Feng Xiaogang (Quim Casas); Lady Macbeth (ídem, 2016), de William Oldroyd (Diego Salgado); y Ghost in the Shell (El alma de la máquina) (Ghost in the Shell, 2017), de Rupert Sanders (Roberto Morato). La sección Críticas, con reseñas de otros recientes estrenos. La sección Opinión, que este mes incluye el artículo La Ley del más Fuerte (Ramón Alfonso). La sección Fuera de Campo, donde se habla de Absentia (2011), de Mike Flanagan (Antonio José Navarro). La sección Televisión, que incluye reseñas de Iron Fist (2017) [Tonio L. Alarcón], Training Day (2017) [Quim Casas], Feud (2017) [Quim Casas] y Frontera (Frontier, 2016) [Joaquín Torán]. La sección Home Cinema, con comentarios de novedades en formato doméstico a cargo de Juan Carlos Vizcaíno Martínez, Antonio José Navarro, Quim Casas y el que suscribe. La sección Libros, con comentarios de Ramon Freixas, Quim Casas e Israel Paredes Badía. La sección Banda Sonora, de Joan Padrol. Y la sección En busca del cine perdido, en la que este mes se habla de Los Rothschild (Die Rothschilds, 1940), de Erich Waschneck (Ramon Freixas y Joan Bassa).


Ya he avanzado que este mes he escrito, para el dossier Jean-Luc Godard, la antología de la extraordinaria Vivir su vida


…la extensa reseña de la magnífica película de animación de Makoto Shinkai Your Name


…y un pequeño comentario de la no menos fabulosa Taxi Driver (ídem, 1976), de Martin Scorsese, para la sección Home Cinema, con motivo de su edición 40 aniversario.


Completo mi contribución a este número con las críticas de la fallida El bar (2017), de Álex de la Iglesia…


…y de la olvidable comedia de Carlos Therón Es por tu bien (2017).


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sábado, 25 de marzo de 2017

La visita que tocó el timbre: “LA CHICA DESCONOCIDA”, de LUC y JEAN-PIERRE DARDENNE



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Me parece injustificable que el cine de los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne esté tan elogiado en base, dicen, a la coherencia que mantienen con sus inquietudes, su estilo, sus modos, desde el principio de su carrera. El argumento de la coherencia no me parece válido para justificar esos elogios, pues el mero hecho de ser coherente con uno mismo no implica, o no debería implicar, juicio cualitativo alguno: se puede ser coherentemente bueno, o coherentemente malo, sin por ello dejar de ser coherente. Desde este punto de vista es tan coherente la obra de los Dardenne como pueda serlo, pongamos por caso, la de Albert Pyun; decir eso, a mi entender, equivale a no decir nada. La chica desconocida (La fille inconnue, 2016) demuestra –más allá de quien quiera ver en ello “arte”– que poco han cambiado los métodos fílmicos de los Dardenne desde los tiempos del largometraje que les dio la fama, Rosetta (ídem, 1999); de hecho, han mejorado bastante, teniendo en cuenta que la fealdad formal y la ineptitud expresiva de la mencionada Rosetta me obligó en su día a abandonar su proyección a los cuarenta y cinco minutos. Lo poco que, desde entonces, me he atrevido a ver de los hermanos, El hijo (Le fils, 2002) y ahora La chica desconocida, también me corrobora esa mejora.


A falta de completar –cuando me apetezca– las lagunas sobre su filmografía que ahora mismo tengo, La chica desconocida hace gala, con respecto a Rosetta, de un superior acabado formal, y, sobre todo, de una mayor claridad de ideas cinematográficas. El resultado tampoco es como para lanzar cohetes, pero al menos nos hallamos ante una obra bien construida, bien rodada y bien desarrollada, por más que no esté exenta de defectos (alguno, como veremos, de brocha gorda). Su protagonista, Jenny Davin (Adèle Haenel), es una joven doctora que tiene una consulta privada en un distrito suburbial de la ciudad, donde suele atender a pacientes con escasos recursos económicos. Una tarde, habiendo cerrado ya su consultorio, y por cansancio, Jenny hace caso omiso a un timbrazo en la puerta; al ser un único timbrazo –le dice a su ayudante, el estudiante de medicina Julien (Olivier Bonnaud)–, está convencida de que no es un asunto grave ni urgente. Al día siguiente, Jenny descubrirá por mediación de la policía que ese único toque al timbre fue dado por una joven mujer africana indocumentada… que fue hallada muerta, asesinada, pocas horas después. Por tanto, si Jenny hubiese atendido a su llamada, probablemente todavía seguiría viva. La situación provoca los remordimientos de la protagonista, la cual, dispuesta a averiguar cómo se llamaba la chica para al menos poder comunicárselo a su familia, emprenderá por su cuenta y riesgo una investigación paralela a la que está llevando, por rutina, la policía.


Lo mejor de La chica desconocida reside en el dibujo de la protagonista, presente en todas y cada una de las secuencias del film, habida cuenta de que la trama avanza a medida que lo hace la propia Jenny en sus pesquisas. A pesar, incluso, de que los Dardenne reinciden en uno de los tics más gastados del cine de autor de estos últimos años, los planos en cámara móvil casi cerrados sobre la espalda del/ de la protagonista (el “cine de cogotes” que diría el amigo Diego Salgado), el resultado es mucho más elegante, en todos los sentidos, que en Rosetta. La cámara de los hermanos no describe: muestra. Y lo que muestra, interesa, gracias a una concepción dinámica del plano en virtud de la cual la naturalidad de gestos, miradas y conversaciones tiene, aquí sí, el valor de lo inmediato, de lo vivido. No hace falta que el personaje de Jenny diga en voz alta que es una persona entregada a su profesión: lo intuimos, lo vemos, en su manera de moverse, de tratar a los pacientes, de curarles, de quererles a su manera. Resulta asimismo perfectamente comprensible que, cuando descubre lo ocurrido con la chica desconocida, Jenny sea capaz de renunciar a una plaza en un reputado hospital para seguir en su humilde consulta, a fin de no alejarse del barrio donde trabaja y poder, así, completar las pesquisas que está llevando a cabo sobre la desdichada muchacha.


Esa naturalidad –al contrario que en Rosetta– para nada forzada, que retrotrae los logros de El hijo, da pie a no pocos buenos momentos. Señalo, por ejemplo, la magnífica escena en la que los policías muestran a Jenny el vídeo que demuestra que la chica africana llamó a la puerta de la consulta de la protagonista, alarmada porque alguien parecía estar persiguiéndola (probablemente su asesino), y luego siguió corriendo calle abajo; los Dardenne mantienen una planificación abierta, en plano medio combinado con la movilidad y ligereza de la cámara, recogiendo en un mismo encuadre la conversación de Jenny con los policías, su mirada al monitor de ordenador donde visualiza aquel vídeo –sin que los Dardenne caigan en la tentación de insertar planos de la pantalla–, y la reacción de la protagonista: sus lágrimas de impotencia –excelente Adèle Haenel– y vergüenza ante lo ocurrido. O la escena en la que Jenny visita en su vivienda a Bryan (Louka Minnella), un adolescente del cual la protagonista sospecha que sabe algo sobre “la chica desconocida” que el muchacho se niega a reconocer; el mérito de la escena se revela posteriormente, cuando Jenny habla a solas con Bryan y le advierte de que, cuando le auscultó, se dio cuenta de que se ponía nervioso cuando ella le enseñó una fotografía de la muchacha africana y que, por tanto, sabe que le mintió cuando decía que no la conocía.


Es una pena que, haciendo gala de una construcción tan sólida a lo largo de la mayor parte de su metraje, La chica desconocida acabe incurriendo en un pegote de guion que la estropea mucho, por más que no llegue a invalidarla, y a pesar de que dicho defecto tenga lugar, paradójicamente, dentro de otra de las mejores secuencias de la película (técnicamente hablando, la mejor). Me refiero a ese momento teóricamente estupendo, rodado con la cámara situada dentro del coche que conduce Jenny, en el cual la protagonista es perseguida por otro coche, ocupado por dos hombres a los que, escenas antes, les ha enseñado también la foto de la joven africana, preguntándoles si la conocían; los hombres consiguen detener el coche de Jenny frenando el suyo delante del de ella, y, mostrando una actitud agresiva y violenta, le exigen a la protagonista que deje de husmear… La escena es muy buena, pero se estropea a renglón seguido, como digo, por culpa de un pedestre recurso de guion: justo después de que los dos hombres que acaban de amenazar a Jenny se hayan ido, pasan en bicicleta por esa misma carretera Bryan y un amigo suyo de su edad (Martin Querinjean), a los cuales Jenny sigue, convencida de que ambos tienen información valiosa sobre “la chica desconocida”, como así ocurre. Es una pena que los Dardenne recurran a esa increíble “casualidad” para hacer avanzar un relato que, en ese preciso instante, se halla, como la investigación de Jenny, en dique seco. Un retruécano que pone en cuestión la fama de “realistas” de sus autores y que, por añadidura, daña los méritos de una película, por lo demás, muy estimable.

Bella y bestia son: “LA BELLA Y LA BESTIA”, de BILL CONDON



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Es evidente que La bella y la bestia (Beauty and the Beast, 2017), versión Bill Condon, depende muchísimo de La bella y la bestia (Beauty and the Beast, 1991), versión Gary Trousdale y Kirk Wise. Ambas son producciones Disney, y la primera nace con el propósito primordial de ser un remake en imagen real de la segunda. No es de extrañar, por tanto, que tanto la estructura narrativa sea, a grandes rasgos, la misma en ambos films, y que la versión de Condon repita o rehaga diseños de personajes, decorados y situaciones casi idénticos de la versión animada. A fin de cuentas, esta nueva versión disneyana del cuento de hadas originalmente escrito por Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve, y posteriormente reescrito por Jeanne-Marie Leprince de Beaumont y por Andrew Lang, se encuentra en la línea de otras recientes producciones Disney consistentes en remakes en imagen real de sus clásicos animados, tales como Maléfica (Maleficent, 2014, Robert Stromberg), Cenicienta (Cinderella, 2015, Kenneth Branagh) (1) o El libro de la selva (The Jungle Book, 2016, Jon Favreau).


Las deudas de La bella y la bestia, de Condon, con La bella y la bestia, de Trousdale & Wise, son tantas, que resulta innecesario enumerarlas. Me parece más interesante, y fructífero, enumerar sus diferencias, en muchas de las cuales hallamos lo mejor y lo peor de la nueva película. En primer lugar, su metraje: el film de Condon dura 129 minutos; la versión animada, 84 (un poco más, alrededor de 88 minutos, si se tiene la ocasión de ver o volver a ver en formato doméstico en su versión íntegra, que incluye el inédito –y espléndido– número musical Human Again); y, así como la película de Trousdale y Wise es una obra maestra del cine de animación (ergo, del cine, a secas) y el mejor título de la etapa del renacimiento de la división de animación del estudio capitaneada por Jeffrey Katzenberg, la de Condon está lejos, muy lejos del nivel de creatividad de la anterior. Basta con ver, sin ir más lejos, cuán convencionalmente resuelve Condon el arranque del relato –la maldición que convierte al príncipe (Dan Stevens) en la Bestia–, en una secuencia cuya fealdad contrasta con la sencillez genial del prólogo ideado por Trousdale y Wise. Del mismo modo, el extraordinario primer plano de la versión animada, en el que la Bestia se niega a ceder ante su instinto animal de estrangular al villano Gastón, no tiene en la adaptación de Condon, ni de lejos, la misma fuerza e intensidad.


Otras variaciones de la versión de Condon con respecto a su predecesora, en cambio, añaden nuevos o cuanto menos renovados matices. Por ejemplo, aquí tiene mayor relevancia Maurice (Kevin Kline), el padre de Bella (Emma Watson); es más, la historia relacionada con la viudedad del padre de Maurice da pie a una de las mejores secuencias de la película, si no la mejor. Me refiero a aquélla en la que, por medio de un encantamiento, Bella y la Bestia “viajan” mágicamente a la humilde buhardilla de París donde vivieron los padres de la primera y en la que la propia Bella nació; de este modo, la muchacha descubre el terrible secreto que su padre ha estado ocultándole desde siempre: que, siendo ella una recién nacida, se vio obligada a abandonar a su esposa, mortalmente enferma de peste y sin posibilidad de salvación, para que Bella no se contagiara. La tenebrosidad de la secuencia, la sobriedad de los intérpretes –Emma Watson está, aquí, menos mal de lo acostumbrado– y de la resolución de la misma por parte de Condon tras las cámaras contribuyen a elevar el tono de una función, en sus líneas generales, excesivamente contenida, cuando no discretamente aburrida.


También funciona bien la importancia que tienen aquí los personajes que conforman la servidumbre, asimismo hechizada, de la Bestia –el candelabro Lumière (Ewan McGregor), el reloj Ding Dong (Ian McKellen), la tetera Sra. Potts (Emma Thompson), la tacita de té Chip (Nathan Mack), el clavecín Maestro Cadenza (Stanley Tucci), el armario Madame Garderobe (Audra McDonald) o la criada-plumero Plumette (Gugu Mbatha-Raw)–, a los cuales se les añade, con respecto a la versión animada, un agradable apunte emotivo: tras la muerte de la Bestia, y convencidos de que, con ella, tendrá lugar su transformación definitiva en objetos domésticos, los sirvientes se despiden unos de otros… antes de resucitar, “felizmente”, junto con la Bestia transformada, de nuevo, en apuesto príncipe. Otro tanto ocurre con LeFou (Josh Gad), el patoso ayudante de Gastón (Luke Evans), un personaje que, en esta adaptación, tiene un arco dramático más desarrollado que su equivalente en la versión animada, pasando de ser sumiso –y, aquí, amariconado– sirviente de Gastón, a cuestionarle y, en última instancia, traicionarle, cuando el arrogante y violento cazador se pasa de la raya.


La resolución de los números musicales resulta, asimismo, tan dispar como desigual. Dispar, porque algunos no hacen sino intentar aproximarse al máximo a los de la versión animada, mientras que otros, por el contrario, están más cerca de la tradición del musical hollywoodiense basado en espectáculos de Broadway instaurada en el cine norteamericano durante los años sesenta y setenta. Y desigual, porque, si bien algunos números están bastante logrados, hay otros, en cambio, mucho menos conseguidos. Por ejemplo, tras el prólogo, el número musical de presentación del personaje de Bella, es poco más o menos una variante del que abría el film animado, pero el resultado, además de mucho menos brillante, acaba estando más cerca de la película musical à la Broadway: hay momentos en que tenemos la sensación de estar viendo –y no para bien– algo parecido a la secuencia de apertura de El violinista en el tejado (Fiddler on the Roof, 1971, Norman Jewison). Mucho mejor resulta, en cambio, el número musical en la taberna centrado en los personajes de Gastón y LeFou, el cual tiene la honradez de no intentar imitar la versión animada y el ser, de principio a fin, una secuencia musical clásica, correctamente coreografiada y planificada. Asimismo, el número musical que ilustra la famosa canción Be Our Guest (¡Qué festín!, en su versión española) intenta ser tanto una variante como a la vez un perfeccionamiento del número musical homónimo de la versión animada, incorporando en el caso de la versión de Condon el último grito en trucajes digitales, pero sin olvidar por ello “toques” a los Busby Berkeley; el resultado me parece esforzado y, a ratos, simpático, aunque no del todo conseguido, por excesivamente artificioso.


En cambio, y contra todo pronóstico, se revela mucho más lograda la visualización/ reproducción de la no menos famosa canción Beauty and the Beast (Bella y Bestia son), acompañada por el no menos célebre vals de la pareja protagonista en el salón; acaso consciente de la imposibilidad no ya de superar, sino incluso de igualar, esa ya antológica secuencia puramente disneyana, Condon se esfuerza en filmarla a su manera y en conferirle otro aire mediante una distintiva utilización de los efectos lumínicos. Finalmente, la canción Evermore (Eternamente), que interpreta la Bestia después de haber dejado partir a Bella a caballo para que acuda al rescate de su padre, tema musical inédito en la versión animada pero que guarda ecos de la canción If I Can’t Love Her, presente en la adaptación escénica de aquélla estrenada en Broadway en 1994, está resuelta, asimismo, de un modo muy clásico (dicho sea sin intención peyorativa): la Bestia recorre frenéticamente las murallas y el torreón de su castillo, mientras canta/ se lamenta en voz alta por la pérdida de su amada.

(1) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2015/05/chappie-cenicienta-una-noche-para.html