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martes, 3 de septiembre de 2019

Fantasías animadas de ayer y hoy: “ÉRASE UNA VEZ EN… HOLLYWOOD”, de QUENTIN TARANTINO



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Existe desde siempre dentro del cine cierta “tradición”, aunque quizá sería mejor decir costumbre, en virtud de la cual los cineastas consagrados ceden a la tentación de llevar a cabo lo que se conoce como una reflexión sobre el oficio de cineasta. Érase una vez en… Hollywood (Once Upon a Time… in Hollywood, 2019) –o Érase una vez… en Hollywood, como se lee en la copia doblada al castellano, colocando los puntos suspensivos exactamente como en el original inglés– parece que viene a cumplir ese cupo dentro de una carrera, la de Quentin Tarantino, que por otro lado se ha construido sobre la base de una vehemente cinefilia en torno a las convenciones de géneros no solo cinematográficos sin también literarios, pero siempre sobre la base de la así llamada cultura popular, como son, a grandes rasgos, el policíaco (Reservoir Dogs), la literatura pulp (Pulp Fiction), el blaxploitation (Jackie Brown), el cine de artes marciales de Hong Kong (Kill Bill Vol. 1 & 2), el cine grindhouse (Death Proof), el bélico (Malditos bastardos1–, el eurowestern italiano (Django desencadenado2–) y el western norteamericano (Los odiosos ocho3–).


Huelga decir a estas alturas de Tarantino es un cineasta cinéfilo, y que construye sus películas sobre la base de su erudición a la hora de incluir citas visuales o musicales de los incontables films que ha devorado a lo largo de su vida, haciendo un “cine a base de cine” que le ha valido comparaciones con Jean-Luc Godard. Desde este punto de vista, las películas de Tarantino son lo que se dice “festivales para cinéfilos”, los cuales tienen ante sí dos opciones: ver sus films como recopilaciones o antologías cinéfilas, entrando sin más en el juego de reconocer tal o cual detalle sacado a su vez de tal o cual película, o ver sus films en sí mismos considerados, es decir, como ficciones fílmicas al margen del caudal de referencias cinematográficas que atesoran. Quienes me conocen ya saben que esta segunda opción es la que prefiero, puesto que siempre he sido del parecer que una película, cualquier película, tiene que “entrarme” en función de sus valores intrínsecos. Lo digo porque, advierto de entrada, el contenido cinéfilo del cine de Tarantino en general, y el de Érase una vez en… Hollywood en particular (¿cómo no va a ser cinéfilo un film que se titula así?), me resulta indiferente a la hora de valorar los méritos de sus ficciones. O, dicho de otro modo, si Reservoir Dogs, Django desencadenado, sobre todo Los odiosos ocho, y, a ratos, Malditos bastardos, me gustan y/ o me interesan, es con independencia de sus detalles cinéfilos, los cuales, a mi entender, en el cine de Tarantino no son sino meras cortinas de humo destinadas a paliar/ disimular/ esconder no pocas deficiencias narrativas y de guion, y al resto de su sobrevalorada filmografía me remito.


Es evidente, empero, que incluso en el hipotético supuesto de que los detalles para cinéfilos de sus películas no gustaran (es obvio, a estas alturas y a la vista del clamor popular, que a una inmensa mayoría de espectadores les encantan), o que sencillamente dejaran indiferente (como es mi caso), también está muy claro que es muy difícil, si no imposible, analizar el cine de Tarantino desprendiéndose por completo de esa cinefilia, dado que en sus films la misma forma parte de la entraña del relato. La cinefilia, en Tarantino, da forma al fondo y fondo a la forma, resultando prácticamente indisociables la una de la otra en virtud de una puesta en escena que fusiona esa forma y ese fondo cinéfilos con la forma y el fondo de lo que se nos relata. Citemos tres ejemplos escogidos al azar. El primero: el especialista Cliff Booth (Brad Pitt) recorre las calles de la Los Ángeles del año 1969, solo o acompañado por su amigo, el actor al que dobla en las “escenas de peligro” Rick Dalton (Leonardo DiCaprio), a bordo del potente descapotable de este último; Tarantino planifica esos paseos de manera que prácticamente en cada uno de los encuadres veamos las marquesinas de los cines de Hollywood anunciando películas estrenadas en esa época: es la manera que tiene de hacer su doble juego, por un lado dar rienda suelta a su impenitente cinefilia, y por otro, expresar (demasiado) hasta qué punto es importante el cine en las vidas de Rick y Cliff, dado que del mismo depende su sustento.


El segundo: mientras Cliff propina una dura paliza al hippie de la comuna de Charles Manson (Damon Herriman) que se ha atrevido a pincharle una rueda del descapotable, una de las chicas del lugar corre a avisar a Tex Watson (Austin Butler) para que les ayude; vemos entonces cómo Tex regresa a la comuna velozmente a caballo: Tarantino planifica la cabalgata de Tex como si la misma formara parte de un western; es más: le dedica más planos de los estrictamente necesarios por el mero gusto de hacerlo: por el placer de filmar una cabalgata como-las-del-cine-de-antes; es, además, un esfuerzo narrativa y dramáticamente inútil, porque, cuando Tex llega a la comuna, Cliff ya se ha ido: la cabalgata, por tanto, es gratuita, o si se prefiere, decorativa. Como lo es, también, la mayor parte del film.


El tercero: la actriz Sharon Tate (Margot Robbie) se da una vuelta por Los Ángeles y se detiene ante un cine donde proyectan una de las últimas películas que acaba de protagonizar: La mansión de los siete placeres (The Wrecking Crew. 1968, Phil Karlson), con Dean Martin interpretando por tercera vez al apayasado agente secreto Matt Helm. Tate se sienta entre el público y disfruta, alborozada, cuando percibe que las personas presentes en la sala ríen o aplauden todas sus intervenciones en la pantalla. Evidentemente, la secuencia sirve para dibujar el carácter un tanto ingenuo y extravertido de la actriz, pero a la vez es una (otra) recreación por parte de Tarantino sobre algo, por lo demás, más que obvio: la nostalgia por las salas de “programa doble”, la evocación del cine de otra época, y en particular, de qué manera “vivía” el público esas sesiones. Algo todo lo bienintencionado que se quiera, pero que no hace más que consumir minutos y minutos de una película que anda sobrada de ellos, aunque no tanto de ideas originales. Puede alegarse que Tarantino tiene todo el derecho del mundo a planificar, filmar y montar las secuencias como le dé la gana (del mismo modo que yo lo tengo de discrepar de esa planificación, filmación y montaje), y que, a fin de cuentas, esa cinefilia, y esa forma de expresarla en pantalla, no es más que un juego sin mayor trascendencia. Si estamos de acuerdo en eso, en que no es más que un juego, podemos aceptarlo como tal, pero de ahí a efectuar toda una construcción teórica como si la cinefilia de Tarantino fuera poco menos que la Biblia en verso media un abismo. No hay casa para tanto mueble.


Dejando, pues, al margen la cinefilia de Tarantino, la cual, repito, no me parece sino un mero telón de fondo destinado a “distraer” y –horror– “divertir” a la peña, pues en eso parece haberse convertido la historia del cine, en un catálogo de chistes posmodernos ideales para la era líquida de los actuales tiempos de la Internet, lo que realmente explica Érase una vez en… Hollywood tiene muy poco interés, o como mínimo, menos de lo que se ha pregonado: la historia de la decadencia profesional y también personal de Rick Dalton, un actor de segunda fila, alcoholizado y envejecido prematuramente que va viendo cómo su carrera en Hollywood, labrada a base de papeles secundarios en películas poco relevantes (ergo, baratas) y como protagonista de una serie de televisión “del Oeste”, va cayendo en picado hasta llegar a un extremo considerado en esa época el cementerio de los elefantes para determinados intérpretes de carácter del cine norteamericano de los sesenta: irse a Italia a protagonizar spaghettis o pequeños films de espías a lo James Bond para no morirse de hambre… Hay que reconocer que esta parte de la película de Tarantino se sostiene sobre un buen trabajo interpretativo –tampoco excepcional– de Leonardo DiCaprio. Pero incluso con todo esto –lo cual, mal que le pese a Tarantino, resulta más convencional y arquetípico de lo que pretende, pues de retratos de artistas en decadencia, incluso en el contexto del “cine dentro del cine”, anda el cine sobrado–, Tarantino, como digo, no puede evitar, de nuevo, las reiteraciones. Véase, por ejemplo, la secuencia en la que Rick se cita en un restaurante con un agente de Hollywood, Marvin Schwarz (Al Pacino, aquí horrible), quien se encarga de decirle, con buenas palabras, que sus posibilidades de ser algún día una “estrella de Hollywood” están acabadas; un desesperado Rick sale del restaurante acompañado de su fiel colega Cliff, y termina llorando sobre su hombro. La idea está bien, si no fuera porque Tarantino la subraya, volviendo a insistir en ella más adelante en la secuencia –esta, con todo, mejor– en la que Rick coincide en un rodaje con una actriz infantil, Trudi (Julia Butters); Rick le explica a la niña que está leyendo una novela del Oeste, en torno a un cowboy que, como consecuencia de una mala caída, está empezando a perder empleos y que se siente un inútil: ni que decir tiene que ese paralelismo con su propia persona desata de nuevo el llanto de Rick. La idea está bien, insisto, pero su efectividad queda mermada por el hecho de habérnosla expuesto antes, convirtiéndola así en una mera reiteración.


Si, con todo, Rick Dalton acaba siendo el personaje más humano de una función no particularmente emocionante, pese a contener numerosos ingredientes para serlo, ¿qué decir del lamentable personaje de Cliff Booth, interpretado por un Brad Pitt haciendo por enésima vez de Brad Pitt? Siendo generosos, podemos entender que Tarantino utiliza a Cliff, y de paso a Pitt, como ejemplos del glamur perdido del Hollywood de la época, convirtiendo a ambos, personaje y actor, en iconos guais (cool). No se entiende de otra manera, dado que, en la práctica, Cliff, como personaje con entidad, es completamente inexistente, a no ser que entendamos que lo es alguien que se pasea por Hollywood con una eterna pose de chulo perdonavidas, del cual se nos sugiere que es un veterano condecorado de Vietnam, que no rehúye una pelea ni siquiera contra un Bruce Lee (Mike Moh) todavía más arrogante y engreído que él  –propinándole, encima, una buena paliza como nunca vimos que recibiera la malograda estrella de Operación Dragón–, que da de comer a su perra la carne prensada que sale como “cagada” de la lata de alimento para canes (execrable gag que Tarantino repite hasta el aburrimiento), o que, eso sí, demuestra una amistad sin mácula hacia Rick.


Contrariamente a lo que ha venido diciendo, la reconstrucción de la época o del cine de la época que ofrece la película no me parece convincente, empezando, sin ir más lejos, por el dibujo de Charles Manson y su tristemente célebre “familia”: Manson, como personaje, no tiene ninguna fuerza, y, en particular, sus escasas apariciones no producen la más mínima inquietud. Quizá para compensarlo, Tarantino construye una larga, larguísima secuencia de resonancias westernianas, cómo no, a lo Sergio Leone, en la cual Cliff visita el rancho de su viejo amigo George Spahn (Bruce Dern) donde Manson y los suyos tienen establecida su guarida; pero la secuencia, a pesar de su teórico atractivo, y de la contribución de sus intérpretes –en especial, Dakota Fanning, estupenda en su breve pero intensa aparición como Squeaky, una de las acólitas de Manson–, es, de nuevo, demasiado larga, y su tensión se diluye por momentos hasta, prácticamente, desaparecer. Por otro lado, figuras del mundo del espectáculo como Steve McQueen (Damian Lewis), Sam Wanamaker (Nicholas Hammond), Roman Polanski (Rafal Zawierucha), Connie Stevens (Dreama Walker), Mama Cass (Rachel Redleaf), Michelle Phillips (Rebecca Rittenhouse) o Joanna Pettet (Rumer Willis) se pasean, literalmente, por una función que resulta, desde este punto de vista, sorprendentemente superficial incluso para el cinéfilo Tarantino, quien todo lo más ofrece una convencional visualización de una de las célebres fiestas de la mansión Playboy que parece propia de Baz Luhrmann (y no lo digo como un elogio), donde, además, se nos ofrece un apunte bochornoso sobre la naturaleza “triangular” de la relación entre Sharon Tate, su marido Polanski y el examante y fiel amigo de la primera Jay Sebring (Emile Hirsch).


¿Y qué decir de los aproximadamente treinta minutos finales del film, que terminan hundiendo lo poco de creíble que a duras penas lo sostenía hasta ese momento? Resulta notorio a estas alturas –supongo– que Érase una vez en… Hollywood no es ni nunca pretendió ser una reconstrucción fiel del aterrador asesinato de Sharon Tate y sus amigos en la casa de Polanski, y que, del mismo modo que Tarantino se permitía el capricho de “matar a Hitler” en Malditos bastardos a manos de los héroes de su film, aquí hace otro tanto haciendo que Tate y sus colegas no solo sobrevivan, sino que ni tan siquiera tengan que vérselas con los matarifes enviados por Manson, los cuales son a su vez masacrados por Cliff y Rick con la inestimable ayuda de la perra del primero. Una idea que no solo no me parece en absoluto original, y que incluso me atrevería a calificarla de cobarde y timorata, con ese final a lo Walt Disney en el que Rick acaba siendo invitado por Tate, quien sabe si facilitando así el sueño imposible del protagonista de interpretar algún día una película de Polanski. Lo peor, como digo, no es que, como ocurrencia, como chiste, carezca de gracia alguna, sino que, además, da pie a una absolutamente gratuita secuencia de violencia “a lo Tarantino”, mal planteada y peor filmada, que debería haber desaparecido en la mesa de montaje. De hecho, el final idóneo para Érase una vez en… Hollywood hubiese sido cerrarla con el regreso de Rick y Cliff a América tras su estancia profesional en Italia, y eliminando a continuación y por completo el fragmento que transcurre temporalmente (rótulo) “Seis meses después”. No había nada más que contar ni nada más que añadir. Si a ello sumamos la notable vulgaridad de no pocos momentos de puesta en escena –cf. bombardeo de primeros planos para que veamos cómo se llenan unos vasos con bebidas alcohólicas; la previsible reconstrucción de reportajes y televisión en blanco y negro de la época; las asimismo interminables escenas de la visualización del (pésimo) western que Rick está rodando a las órdenes de Wanamaker; o la tópica secuencia en la que, encadenando planos desde un mismo ángulo de cámara y por corte, vemos a Rick dando rienda suelta a su frustración en su roulotte–, no podemos sino concluir que Érase una vez en… Hollywood es una tontería. Como no podía ser de otra manera, no faltan a la cita los famosos, abundantes y no menos gratuitos planos fetichistas de mujeres con los pies desnudos.


(3) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2016/02/el-misterio-de-la-merceria-de-minnie.html

sábado, 31 de agosto de 2019

“DIRIGIDO POR…”, SEPTIEMBRE 2019, a la venta




La primera entrega de un dossier en dos partes dedicado a la figura y la obra de Elia Kazan es el principal tema de portada del n.º 502 de Dirigido por…


La primera parte de dicho dossier se compone de los siguientes artículos: Notas dispersas sobre Elia Kazan (Valerio Carando), Kazan, el delator (Rafel Miret), Kazan y el teatro (escrito por un servidor), Inquietudes sociales en el cine de Elia Kazan (Juan Carlos Vizcaíno Martínez), Dos muestras de cine criminal (Quim Casas), A la sombra de Tennessee Williams (también escrito por mí) y Elia Kazan y John Steinbeck (Héctor G. Barnés).


También se destacan en portada las extensas reseñas dedicadas a Ad Astra (ídem, 2019, James Gray) [Diego Salgado]; Quien a hierro mata (2019), que se complementa con una entrevista con su director, Paco Plaza (ambos, crítica y entrevista, a cargo de Tonio L. Alarcón); El hotel a orillas del río (Gangbyeon hotel, 2018, Hong Sang-soo) [Quim Casas]; y Los años más bellos de una vida (Les plus belles années d’une vie, 2019, Claude Lelouch) [Israel Paredes Badía]. Y, dentro de la sección Streaming / TV, los comentarios de los últimos trabajos de Nicolas Winding Refn –Demasiado viejo para morir joven (Too Old to Die Young, 2019) [Quim Casas]– y Peter Jackson –Ellos no envejecerán (They Shall Not Grow Old, 2018) [que también firmo yo]–, y la serie Stranger Things 3 (ídem, 2019) [asimismo escrito por mí].


El número se completa con otras extensas reseñas, las dedicadas a La casa de verano (Les estivants, 2018, Valeria Bruni Tedeschi) [Israel Paredes Badía], Infierno bajo el agua (Crawl, 2019, Alexandre Aja) [que he escrito yo], La virgen de agosto (Jonás Trueba, 2019) [Emilio M. Luna], Varda por Agnès (Varda par Agnès, 2019, Agnès Varda y Didier Rouget) [Ramón Alfonso] y Midsommar (ídem, 2019, Ari Aster) [Diego Salgado]. La sección In Memoriam, con textos dedicados a Jean-Pierre Mocky y D.A. Pannabaker (ambos a cargo de Ramón Alfonso). Críticas, con reseñas de otros estrenos. El artículo Livret de familia. El cine de Pierre Clémenti (Ramón Alfonso). La sección Opinión, donde hablo de “El triunfo del súper-relato”. La sección Streaming / TV, donde, además de los títulos ya mencionados, se habla de Euphoria T.1 (Nicolás Ruiz), Years and Years (Joaquín Torán), Dejad que los cadáveres se bronceen (Laisser bronzer les cadavres, 2017, Hélène Cattet y Bruno Forzani) [Nicolás Ruiz], El cuento de la criada T.3 (Joaquín Torán), Rescate en el Mar Rojo (The Red Sea Diving Resort/ Operation Brothers, 2019, Gideon Raff) [Emilio M. Luna], El pionero (Roberto Morato), Deadwood: La película (Quim Casas), State of the Union (ídem, 2019, Stephen Frears) [Joaquín Torán], El caso Alcàsser (sobre la que escribe un servidor), La sumisa (Krotkaya, 2017, Sergey Loznitsa) [Israel Paredes Badía] y Strings (ídem, 2004, Anders Ronnow Klarlund) [Joaquín Torán]. La sección Flashback, dedicada a la edición en Blu-ray del clásico de Federico Fellini Las noches de Cabiria (Le notti di Cabiria, 1957) [Juan Carlos Vizcaíno Martínez]. La sección Home Cinema, con comentarios de novedades en formato físico a cargo de Ramón Alfonso y un servidor. La sección Libros, con comentarios de novedades editoriales escritos por Quim Casas, Israel Paredes Badía y Óscar Brox. La sección Banda Sonora, de Joan Padrol. Y la sección En busca del cine perdido, dedicada este mes a Surrender (Allan Dwan, 1950) [Joaquín Vallet Rodrigo].


Este mes, mi contribución a Dirigido por… consiste en un pequeño artículo para el dossier Elia Kazan, Kazan y el teatro, y otro, más extenso, A la sombra de Tennessee Williams, donde hablo de Un tranvía llamado deseo (A Streetcar Named Desire, 1951) y Baby Doll (ídem, 1956).


Para la sección de Opinión, abordo una cuestión de la que en alguna que otra ocasión ya he hablado en este mismo blog: “El triunfo del súper-relato”.


También firmo la reseña destacada de Infierno bajo el agua, de Alexandre Aja, y, para la sección Críticas, los comentarios de Spider-Man: Lejos de casa (Spider-Man: Far from Home, 2019, Jon Watts), Fast & Furious: Hobbs & Shaw (Fast & Furious Presents: Hobbs & Shaw, 2019, David Leitch) y A 47 metros 2 (47 Meters Down: Uncaged, 2019, Johannes Roberts).


Para la sección Streaming / TV, los comentarios de la tercera temporada de Stranger Things, Ellos no envejecerán, de Peter Jackson, y El caso Alcàsser, de Elías León (Elías León Siminiani), si no la mejor producción española de 2019, sin duda una de las mejores.


Y, para la sección Home Cinema, el comentario de Brother (ídem, 2000), de y con Takeshi Kitano y, también sin dudarlo, uno de sus mejores trabajos tras las cámaras.


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sábado, 24 de agosto de 2019

“IMÁGENES DE ACTUALIDAD” SEPTIEMBRE 2019, a la venta




La monumental secuela de cerca de tres horas de duración It: Capítulo 2 (It Chapter Two, 2019) es la película de portada del n.º 404 de Imágenes de Actualidad. El extenso reportaje de este film se complementa con una entrevista con su realizador, Andy Muschietti, y con el artículo El niño que era Stephen King, sobre el tratamiento de la infancia en la obra de este célebre escritor.


Otros títulos del mes destacados en portada son: Ad Astra (ídem, 2019, James Gray); Anna (ídem, 2019, Luc Besson), que se complementa con el artículo EuropaCorp. El “blockbuster” de la vieja Europa; Downton Abbey (ídem, 2019, Michael Engler); Mientras dure la guerra (Alejandro Amenábar, 2019); y Dora y la ciudad perdida (Dora and the Lost City of Gold, 2019, James Bobin), que se complementa con el retrato de su protagonista, Isabela Moner; los avances de Mulan (ídem, 2020, Nikki Caro), Puñales por la espalda (Knives Out, 2019, Rian Johnson) y The King’s Man: La primera misión (The King’s Man, 2020, Matthew Vaughn); el reportaje sobre la Comic Con 2019; y, en la sección Televisión, los de las series En el corredor de la muerte, Criminal y Élite T.2.


Este número también incluye reportajes dedicados a: Objetivo: Washington D.C. (Angel Has Fallen, 2019, Ric Roman Waugh), Stuber Express (Stuber, 2019, Michael Dowse), A dos metros de ti (Five Feet Apart, 2019, Justin Baldoni), En mil pedazos (A Million Little Pieces, 2018, Sam Taylor-Johnson), y Hotel Bombay (Hotel Mumbai, 2018, Anthony Maras); el reportaje especial La guerra de los juguetes; y las secciones Porque lo digo yo, de Josep Parera; Stars; ¿Sabías que…?, del profesor Moriarty; Zona sin Límites, de Ángel Sala; Diccionario Fantástico, del Dr. Cyclops; Críticas; Libros, de Óscar Brox y Tonio L. Alarcón; y BSO y DVD & Blu-ray, de Miguel Fernando Ruiz de Villalobos.


Prometo que, como consecuencia de una lamentable casualidad, este mes coincide en la sección Cult Movie la conmemoración del 50 aniversario del estreno de una película con el imprevisto homenaje póstumo a uno de sus protagonistas, recientemente fallecido: Peter Fonda. Me estoy refiriendo, claro está, a Easy Rider (Buscando mi destino) (Easy Rider, 1969), de y con Dennis Hopper: “En cierto sentido, en “Easy Rider” hay dos películas en una. La primera, lo que el film en sí mismo considerado es. La segunda, aquello en lo que se ha convertido con el paso del tiempo: una reliquia de una época no ya del cine sino de un pedazo de la historia de los Estados Unidos, una película repleta de valores coyunturales al margen de lo cinematográfico, más allá de las referencias a una estética, a una manera de entender el cine, que a día de hoy resulta prácticamente inexistente. Como reflejo de un tiempo y un lugar, “Easy Rider” tiene un valor indiscutible; no por casualidad, desde 1998, se encuentra protegida por el Registro Nacional de Films de la Bibiloteca del Congreso de los EE.UU. para películas «cultural, histórica o estéticamente significativas»”.


También firmo un par de críticas: las dedicadas a El rey león (The Lion King, 2019, Jon Favreau) y Venganza bajo cero (Cold Pursuit, 2019, Hans Petter Moland).


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martes, 6 de agosto de 2019

¡Liberad a Woody!: “TOY STORY 4”, de JOSH COOLEY



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Antes de ver Toy Story 4 (ídem, 2019, Josh Cooley), resultaba lógico pensar que una cuarta entrega difícilmente podría no ya superar sino tan siquiera igualar los grandes logros de la franquicia animada de Disney/ Pixar inaugurada por Toy Story (ídem, 1995, John Lasseter) y brillantemente proseguida en Toy Story 2 (ídem, 1999, Lasseter, Ash Brannon y Lee Unkrich) y Toy Story 3 (ídem, 2010, Unkrich). La sorpresa, en este sentido, es total y absoluta: a riesgo de equivocarme (hace tiempo que no he vuelto a ver ninguna de las tres películas anteriores, con lo que no guardo un recuerdo fresco de las mismas), Toy Story 4 no solo está a la altura de los títulos de la serie que la preceden, sino que incluso me atrevería a decir que los supera.


Como ya tuve ocasión de escribir en su momento desde las páginas de Dirigido por… con motivo del estreno de Toy Story 3, una de las mejores cosas que logró Pixar con el primer Toy Story fue devolverle no ya al cine de animación en particular, sino al cine en general, una vivificante sensación de descubrimiento como en contadas ocasiones ha vuelto a verse desde entonces. Lo meritorio de Toy Story no residía en su infantil trama argumental (dicho sea sin intención peyorativa), ni siquiera en el vigoroso tratamiento narrativo de la misma (el cual, dicho también de paso, no tenía nada de infantil), sino sobre todo en su demostración de una nueva tecnología de la imagen que se enseñaba sin gratuitos exhibicionismos, dado que se encontraba plenamente integrada dentro de las necesidades dramáticas de la trama (y vuelvo a subrayar que, por más que temáticamente pueda ser o considerarse infantil, una trama siempre tiene necesidades dramáticas, las cuales nada tienen que ver con «el tema» y sí mucho, en cambio, con una labor de tratamiento y desarrollo plenamente adultos enfocada hacia esa nebulosa parcela de la creatividad humana conocida como “arte”). Dicho de una manera sencilla, y a riesgo de incurrir en el tic del relato de “batallitas” personales, la primera vez que vi Toy Story pensé que era una película que, con independencia de que gustara o no, sin duda alguna ofrecía una nueva perspectiva del espectáculo cinematográfico como no se había visto antes, salvo en esporádicas tentativas previas y parciales. Lo cierto es que el film en cuestión no solo convenció, sino que además gustó, y mucho, dando el pistoletazo de salida al actual imperio Pixar.     
  

Vaya por delante asimismo que, tal y como tuve ocasión de comentar en Dirigido por… con motivo de sus respectivos estrenos, tanto Toy Story como Toy Story 2 son excelentes películas..., con independencia de sus nada disimulados discursos conservadores sobre el conformismo (el descubrimiento, a la fuerza, que en Toy Story llevaba a cabo el juguete cosmonauta Buzz Lightyear de su mera condición de... juguete) y la resignación (el proceso emocional que, en Toy Story 2, llevaba al equipo de juguetes a aceptar que, a medida que fuera haciéndose mayor, “su niño” Andy iría arrinconándoles en beneficio de otros juegos/ juguetes más acordes con su edad). En este sentido, Toy Story 3 daba un paso más allá en este discurso, con los juguetes protagonistas viéndose ante la encrucijada de ir a parar o bien al desván (equivalente, para ellos, a la “jubilación”), o en el peor de los casos a una bolsa de basura (“la muerte”), a partir del momento en que «su» Andy se ha convertido en un preuniversitario que, según la convención social establecida, ya no quiere/ no puede/ no debe jugar con cosas-de-niños. La diferencia con respecto a sus predecesoras consistía en que el destino de los juguetes, en un giro final tan artero como ingeniosamente resuelto, se resolvía con un cierre circular de la trilogía dejándola astutamente como estaba al principio, con los juguetes convertidos en los nuevos amigos-para-siempre de una niña pequeña que volcará en ellos su amor ingenuo y su imaginación (repitámoslo de nuevo) infantil.


Toy Story 4 arranca donde concluyó la anterior entrega, con Woody, Buzz y sus amigos siendo los juguetes favoritos de aquella niña, Bonnie. Tras dos brillantes secuencias, los flashback del rescate de un coche de juguete que está a punto de ser arrastrado por un torrente hacia el alcantarillado, y otro en que, a base de imágenes y música, encadena en un solo plano el paso del tiempo mientras Andy juega con esos juguetes, la acción no tarda en ofrecer un par de giros excelentemente planteados y resueltos: la nueva dueña de los juguetes, Bonnie, ya no tiene a Woody entre sus preferidos, sino a su versión femenina, Dolly, la cowgirl que conocimos en Toy Story 2 (a la que, incluso, le coloca la estrella de sheriff de Woody), lo cual provoca en el cowboy la sensación de que su final como juguete, almacenado en el desván, recordemos, está cerca… Para más inri, en su primer día en la escuela primaria, Bonnie construye con un tenedor de plástico, cordel, plastilina y un palito de madera su propio juguete, al que bautiza como Forky, y que se convierte de inmediato en su favorito: otro golpe para la autoestima de Woody. En su crítica publicada en el pasado número de Dirigido por… (1), Quim Casas titulaba su crítica de Toy Story 4 “La emancipación de los juguetes”. Es una definición muy precisa del substrato de esta nueva entrega: contrariamente a lo que defiende Woody, que se ha tomado como una cuestión de honor la felicidad de Bonnie porque, asegura, esa es la sagrada misión de todo juguete, hacer feliz a “su” niño o niña, Toy Story 4 da un paso más allá respecto a los tres films que lo preceden, mostrando minuciosamente el proceso que lleva a Woody a dar un giro a su existencia como juguete y abrazar algo que hasta ahora desconocía: la libertad. Proceso que vendrá marcado por la presencia de dos fuertes personajes femeninos: por un lado, Bo Peep, la pastora de porcelana de una lámpara infantil que, un buen día, decidió escaparse junto con sus tres ovejas (y, de paso, rompiéndole el corazón a Woody), para vivir en libertad; y, por otro, Gabby Gabby, una muñeca que vive en una tienda de antigüedades y que sueña, por el contrario, con realizarse como juguete, consiguiendo por primera vez aquello de lo cual Woody y sus colegas han disfrutado siempre: la satisfacción, como juguetes, de hacer feliz a un infante.


Si el guion, escrito por Andrew Stanton y Stephany Folsom a partir de un argumento elaborado por ambos junto con John Lasseter, Valerie LaPointe, Rashida Jones, Will McCormack, Maritn Hynes y el realizador Josh Cooley, solo pueda calificarse como de magnífico, no lo es menos su puesta en imágenes. Si cabe, como decía al principio de estas líneas, Toy Story 4 hace gala de una inventiva que la erige en uno de los mejores trabajos de los Pixar Animation Studios de estos últimos años. Los nuevos personajes funcionan excelentemente: desde el rudimentario Forky, con su recurrente obsesión –la antítesis de los juguetes– de arrojarse a la basura, porque está convencido de que ese es su destino, hasta la decidida Bo Peep, convencida de que solo ella puede decidir sobre su propia vida, pasando por Gabby Gabby y el pequeño imperio de terror que ha erigido en la tienda de antigüedades gracias a un ejército de inquietantes muñecos de ventrílocuo a sus órdenes, la antipática pareja de peluches Ducky y Bunny, que maldicen el hecho de estar siempre cogidos/ cosidos de/ por la mano pero que a la hora de la verdad son incapaces de vivir separados el uno del otro, o el frustrado motorista Duke Caboom, que tan solo vive para cumplir con su sino, esto es, ejecutar con su motocicleta el salto mortal perfecto. ¡Toy Story 4 es un drama del destino!


Más allá, asimismo, del envidiable nivel de perfección técnica de la animación, Toy Story 4 avanza y crece a cada instante gracias a la modélica construcción de todas y cada una de sus secuencias. Ya hemos mencionado algunas: el rescate del coche de juguete; el juego del pequeño Andy en un único plano que marca el paso del tiempo; la espléndida en la que Woody se esconde dentro de la mochila de la niña para acompañarla en su primer día de escuela; los “intentos de suicidio” de Forky cada vez que ve un cubo de basura o una papelera rebosante de desperdicios… A todo ello habría que añadir las extraordinarias secuencias en la mencionada tienda de antigüedades –espléndida la inclusión del detalle del vinilo donde suena Midnight, the Stars and You (1934), que era la misma canción que sonaba al final de El resplandor (The Shining, 1980, Stanley Kubrick): un guiño divertido y a la vez inteligente–, así como en la feria, cuya descripción desbordaría las intenciones de estas líneas. Toy Story 4 es una obra maestra del cine, no solo el de animación, y la enésima demostración de que este género sigue acumulando los mayores niveles de inventiva en la actualidad.

(1) http://elcineseguntfv.blogspot.com/2019/07/dirigido-por-julio-agosto-2019-la-venta.html