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viernes, 19 de octubre de 2012

El triunfo de Satanás: “THE LORDS OF SALEM”, DE ROB ZOMBIE



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN MUCHOS IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] El pasado 8 de octubre tuve ocasión de ver en el Festival de Sitges el nuevo largometraje de Rob Zombie, The Lords of Salem (2012), del cual tengo entendido que será distribuido en España por Aurum pero que, salvo error del que suscribe, aún carece de fecha de estreno. Si llega a nuestros cines, será el primer film de su autor que lo hace desde Halloween: El origen del mal (Halloween, 2007), pues como es bien sabido su magnífica secuela, Halloween II (2009), acabó conociendo un vergonzoso estreno en formatos domésticos. No solo eso: será un auténtico milagro, y un sano ejercicio de libertad de expresión y normalización cultural que así lo haga, habida cuenta de que The Lords of Salem es, a mi entender, la propuesta más agresiva y radical de un cineasta que con su corta pero intensa filmografía ha logrado hacerse merecidamente un nombre no ya dentro del cine fantástico, sino me atrevería a decir que incluso dentro del cine en general, en virtud de una obra incómoda e inclasificable (reminiscencias genéricas al fantastique aparte), que destaca por su inconformismo, heterodoxia y personalidad única e indiscutible.



Las primeras escenas de The Lords of Salem son un perfecto aviso de todo lo que vendrá a continuación: tras una primera a modo de introducción, en la que el reverendo Jonathan Hawthorne (Andrew Prine –1—) anota en su diario el procesamiento de diversas mujeres por brujas en el Salem (Massachussetts) del siglo XVII, le sigue una secuencia que se abre con un primer plano de la testuz de un macho cabrío, iluminada a contraluz por las llamas de una hoguera nocturna, y a continuación una sucesión de macabras imágenes de un aquelarre celebrado alrededor de ese mismo fuego por unas grotescas brujas, harapientas, sucias, greñudas y de carnes macilentas, que se dirían arrancadas de las pinturas negras de Francisco de Goya, y presididas por su líder Margaret Morgan (una extraordinaria e irreconocible Meg Foster). El look asimismo grotesco y “feísta” de las imágenes anticipa la tonalidad de un relato fantástico que va a estar dominado en la mayor parte de su metraje por la amenaza latente del regreso de las auténticas brujas de Salem y la culminación de su propósito: facilitar el advenimiento del Anticristo, por mas que nunca se le menciona de esta manera. Desde este punto de vista, The Lords of Salem se inscribe en la corriente de cine fantástico apocalíptico o post-apocalíptico de estos últimos años, con la diferencia de que la apuesta de Zombie se sustenta sobre miedos y terrores ancestrales: sobre la hipotética existencia del Mal entendido como una entidad física y a la vez mental pero siempre palpable. El Mal, como una consecuencia “natural” de la vileza inherente en el ser humano. A fin de cuentas, ¿no son sino humanas las brujas que invocan a Satanás? ¿Y no tiene este otro medio de plantar su semilla en nuestro mundo si no es a través del cuerpo de una mujer? Desde luego que no se trata de un tema “novedoso” u “original”, como bien nos recuerda Zombie citando casi explícitamente La semilla del diablo (Rosemary’s Baby, 1968, Roman Polanski), pero pocas veces se ha visto con la pragmática carnalidad, la “fisicidad”, con que se plantea aquí.


Tras ese arranque, digamos, goyesco, la acción se sitúa en el Salem de la actualidad. La cámara recorre brevemente, en planos fijos o mediante lentos movimientos de cámara, las calles de una ciudad moderna y gris, húmeda y ligeramente sombría, en la que los colores pálidos contrastan sobremanera con los tonos anaranjados y amarillentos de las primeras escenas de las brujas. Luego, la cámara fija su atención en el apartamento de alquiler donde vive una mujer joven, Heidi Hawthorne (Sheri Moon Zombie), última descendiente directa del reverendo John Hawthorne (ambos apellidados –no por casualidad— como el autor de La letra escarlata, Nathaniel Hawthorne, en una de las muchas sutiles referencias culturales que llenan el relato). Más concretamente, Heidi duerme boca abajo en su cama, y la cámara traza una corta panorámica sobre su espalda, como sugiriendo la importancia que va a tener en el desarrollo del relato el cuerpo de esta mujer. Heidi se despierta tarde (su despertador marca las 2:00 P.M.: las 14 h.), dado que trabaja como pinchadiscos (o, si lo prefieren, DJ) en el programa radiofónico musical y de entrevistas nocturno de una pequeña emisora local, junto a sus compañeros, “los dos Herman”: Herman Jackson (Ken Foree) y Herman Whitey Salvador (Jeffrey “Jeff” Daniel Phillips –2—). La vida cotidiana de la protagonista no tardará en dar un giro en virtud de un par de sucesos extraños. El primero: al salir de su apartamento, Heidi creer ver a alguien (una figura en sombras) en el dintel del apartamento número 5, al final del mismo pasillo donde está el suyo (3); incluso le pregunta a su casera, la Sra. Lacy (Judy Geeson), si lo ha alquilado a alguien, a lo cual esta responde negativamente. Más tarde, y después de un programa en el cual Heidi y los dos Herman han entrevistado al escritor Francis Matthias (Bruce Davison), autor de un libro sobre el procesamiento de las brujas de Salem, alguien deja en la recepción de la emisora un paquete para la protagonista: una caja de madera que contiene un misterioso vinilo, grabado por un grupo que se hace llamar Los Señores de Salem. A solas en su apartamento junto con Herman Whitey, Heidi escucha el disco de Los Señores de Salem: una música repetitiva, enervante, profunda, infernal… Nada más oírla, se siente mareada y a su mente acuden una serie de cortos flashes para ella incomprensibles sobre las brujas de Salem: fragmentos del aquelarre goyesco del principio.


Para Heidi será el inicio de su descenso a los infiernos, marcado bajo el signo del presagio en forma de recurrentes pesadillas y alucinaciones premonitorias, a cual más grotesca y horripilante: la secuencia en la que la joven entra en una pequeña iglesia, se adormece en el banquillo, y (en sueños) un sacerdote la fuerza a practicarle una felación (síc); el momento en que, mientras pasea a su perro, ve o cree ver a un siniestro personaje encapuchado que a su vez pasea un macho cabrío (cuyo “rostro” no es sino una extraña variante de la máscara metálica con la cual la bruja Margaret Morgan fue sometida a suplicio durante su procesamiento, tal y como vemos en uno de los numerosos flashes / flashbacks sobre el pasado de Salem). No tardaremos en intuir que Heidi ha sido elegida para convertirse en la madre terrenal del Anticristo, pero lo interesante no reside en esa revelación (que, como ya hemos apuntado, ha sido abordada anteriormente por el cine fantástico en numerosísimas ocasiones), sino que el proceso satánico que acaba convirtiendo a Heidi en la enésima “novia del Diablo” va acompañado de una transformación de la película entera en una especie de macabro himno sin posibilidad de redención en honor a Satanás, y esa alteración se produce en virtud de un estudiado trabajo de puesta en escena, que va convirtiendo el film primero sutilmente, y luego a base de una serie de singulares excesos figurativos, en una suerte de pesadilla onírica para el espectador, equivalente a la que está sufriendo Heidi.


La radicalidad de la propuesta de The Lords of Salem reside, por tanto, en su carácter de himno satánico que proclama el triunfo del Diablo sobre nuestro mundo y, en consecuencia, el fracaso de Jesucristo. Y lo hace mediante una contundente perversión de los signos cristianos, una blasfema representación de lo que podríamos denominar la anti-iglesia, haciéndolo además renunciando, expresa y coherentemente, a la convención del “final feliz”. He mencionado un primer apunte al respecto, la pesadilla herética de Heidi en la iglesia. Hay más: la inquietante secuencia en la que una poseída Heidi acaba entrando en esa “habitación prohibida” tan querida por todo relato gótico que se precie, el apartamento número 5, en cuyo oscuro interior refulge un crucifijo de neón al cual la muchacha rinde pleitesía; ese momento indescriptible en que Heidi flanquea una vez más el dintel de ese apartamento número 5…, encontrando al otro lado una “imposible” catedral satánica donde el Diablo, un pequeño y grotesco engendro, la aguarda en el altar para inseminarla con sus tentáculos (sic); el encadenado de escenas alucinógenas que supone el punto culminante de la posesión de Heidi, en un variado abanico de profanaciones que incluye a Heidi cabalgando a lomos del macho cabrío, repelentes figuras demoníacas ataviadas como sacerdotes católicos avanzando entre comitivas de hombres y mujeres desnudos tocados con máscaras de cerdo, o acariciando lúbricamente sus penes erectos (¡), y que culmina con esa imagen de Heidi convertida en una especie de “Virgen Puta”: la nueva madre de un nuevo mundo hecho a la medida del Mal (una madre sobre la que, se dice, flota el recuerdo de sus pasados excesos con las drogas y la promiscuidad: una mujer preparada, por tanto, para ser la perfecta “novia del Diablo”).


Resulta indudable la audacia de Rob Zombie, como el más que probable rechazo desde distintos puntos de vista (que irán de los estrictamente religiosos a los cinematográficos) a una propuesta tan extrema como The Lords of Salem. Pero lo mejor de la misma no reside ni se limita a esa valentía (o desvergüenza, según como se mire) a la hora de pervertir los signos del orden religioso establecido y proponer una alternativa satánica al mismo, sino en el rigor con que plantea y resuelve semejante discurso subversivo. Hacía tiempo que no veía una película fantástica en la que la mayoría de sus encuadres parecen construidos para situar al espectador en una dimensión no-real, o si se prefiere, no-realista, de tal manera que incluso aquellos instantes en los que la acción dramática se sitúa dentro del nivel de lo aparentemente cotidiano contienen, de un modo u otro, el germen o el estigma de la amenaza de lo sobrenatural. Me llama la atención, en este sentido, la notabilísima sobriedad de determinadas “apariciones”, que Zombie resuelve en virtud de un simple cambio de plano (por más que incurra, también hay que reconocerlo, en algún que otro convencional “golpe de música” destinado a favorecer el sobresalto del espectador). Pienso, por ejemplo, de qué manera esos planos generales de un Salem húmedo y nocturno, que vemos cuando Heidi va o viene de la emisora de radio, parecen tener su lógica continuidad en los planos del apartamento en penumbra donde la muchacha vive. De este modo, cuando se producen esas “apariciones” a las que me refiero –la bruja desnuda que entrevemos dentro de una habitación frente a la cual pasa Heidi, sin verla, mientras la cámara la sigue en travelling lateral; la misma horrenda hechicera que vemos, en plano general, en un rincón de la cocina de Heidi sin que esta última sea consciente de dicha presencia; el plano que muestra al diminuto Demonio colocándose junto a la cama donde Heidi está durmiendo tras su pesadilla / experiencia extrasensorial e infernal—, Zombie parece sugerir así que el Mal forma parte tan intrínseca de nuestra realidad cotidiana que ni siquiera se presenta desde otro lugar oscuro y profundo: simplemente, está ahí. Basta con echar un vistazo para encontrárnoslo en nuestra propia vivienda. La idea es escalofriante, y el modo en que Zombie la resuelve, también.


The Lords of Salem es un relato que funciona, por tanto, por impregnación; a medida que avanza, hasta las secuencias aparentemente más tranquilas y relajadas se van cubriendo de una capa de insania. Pienso, en este caso, en las relacionadas con la casera de Heidi, la mencionada Sra. Lacy, y sus dos no menos siniestras amigas, Sonny (Dee Wallace) y Megan (Patricia Quinn), las modernas brujas de Salem que –siguiendo un patrón muy similar, hay que reconocerlo, al de los extraños vecinos de La semilla del diablo— van sembrando de amenaza e incertidumbre todos los momentos en los que aparecen: la opresiva escena en la que toman el té con Heidi; la sangrienta resolución de aquélla en la que hacen otro tanto con un Francis Matthias que intenta meter las narices donde no le llaman; ese inquietante plano de la Sra. Lacy, justo al lado de Herman Whitey mientras este, patética y silenciosamente enamorado de Heidi, intenta que la chica le abra la puerta de su apartamento: Zombie no necesita nada, salvo el mencionado plano y la elipsis que se produce a continuación, para sugerirnos con toda certeza cuál habrá sido el trágico destino de Herman. Resulta, asimismo, imprevisible el modo como se llevan a cabo las manifestaciones del Mal, de tal forma que resulta muy estimulante la manera heterodoxa como el realizador juega con las convenciones del fantastique, tomándose libertades que pueden molestar a los puristas del género, tal es el caso de la representación del Diablo (aquí un enano deforme y retorcido que nada tiene que ver con los estereotipos al uso), o el placer de recurrir a imágenes impactantes carentes de toda lógica y raciocinio (esa enorme criatura peluda y de largas uñas que se deja ver por unos instantes en el interior del apartamento número 5).


Por otro lado, y tal y como hemos señalado, Zombie rinde homenaje a sus ilustres antecesores –e, incluso, a ¡Méliès!: véanse las enormes fotografías que decoran el apartamento de Heidi—, pero no hace de ello un recurso de estilo, sino una respetuosa reutilización que no esconde los orígenes de lo que muestra y de cómo lo muestra, pero replanteándolo desde una perspectiva lo más novedosa posible (tal y como ya hizo, sin ir más lejos, en su aproximación al universo de John Carpenter cuando revisó la serie Halloween). Aparte del mencionado guiño a Polanski, hay que señalar una virtuosa secuencia construida de manera idéntica a otra, memorable, del Drácula (Dracula, 1958) de Terence Fisher. Recordemos, en este último, la magnífica subversión de los modos narrativos convencionales dentro del cine fantástico de su época que se producía en la escena en la que veíamos al conde (Christopher Lee) amenazar al pie de una escalera a Mina (Melissa Stribling); Drácula avanza hacia su víctima, la cual retrocede, entrando en su dormitorio; el conde la alcanza, entra en la estancia y cierra la puerta a sus espaldas; en cualquier film fantástico de esa época, la acción se hubiese cortado (pudorosamente) aquí, pero Fisher se atrevía, en el plano siguiente, a colocar la cámara dentro del dormitorio, prolongando la secuencia a fin de que presenciáramos casi todo lo que ocurrirá en esa estancia. En The Lords of Salem, Zombie planifica una escena de una manera prácticamente idéntica: la ya mencionada de la entrada de Heidi en el tenebroso apartamento número 5: la cámara muestra, primero, los movimientos de la muchacha dirigiéndose hacia allí, y cómo la puerta se cierra a sus espaldas tan pronto ha entrado, pero luego se sitúa dentro del apartamento, para recoger lo que se produce allí. Como en las mencionadas apariciones de las brujas en el apartamento de Heidi, en The Lords of Salem tan solo basta con flanquear una puerta para encontrarnos cara a cara con un horror sin límites.


Otro aspecto muy interesante de The Lords of Salem reside en el peso dramático de la música, lo cual enlaza tanto con la trayectoria profesional del realizador al frente de los White Zombie, así como con el teórico papel del rock heavy como “música del Diablo”. ¿Puede verse en el hecho de que Heidi sea, además de una antigua consumidora de estupefacientes, una pinchadiscos en un programa especializado en música rock “fuerte”, otro signo de su inclinación natural hacia lo satánico? El erudito Francis Matthias acabará descubriendo –con la asesoría de su esposa, Alice (Maria Conchita Alonso), que es músico— que la referencia a los Señores de Salem que se encuentra en el misterioso vinilo que ha recibido Heidi forma parte de un antiguo pergamino donde se encuentra dibujado un pequeño pentagrama: unas pocas notas musicales que se repiten de manera constante y que no son sino las mismas que suenan, amenazadoras, en el vinilo, y sobre todo, en la colosal representación casi operística que llevarán a término en el teatro de Salem las nuevas brujas, Lacy, Sonny y Megan, convertidas en maestras de ceremonia de la llegada a nuestro mundo del hijo de Satanás (en lo que puede verse una nueva ironía macabra de Zombie en lo que se refiere a la asociación popular entre rock heavy y satanismo, el viejo aquelarre de las brujas con toscos instrumentos fabricados a mano y el moderno exorcismo de la música metálica). No por casualidad, las nuevas brujas de Salem, y junto a ellas la resucitada Margaret Morgan, anuncian la llegada del Anticristo por medio de un siniestro concierto de “música infernal” que, con malvada intención, Zombie visualiza convirtiendo el enorme escenario del teatro de Salem en una especie de revisión de los efectos luminosos del Steven Spielberg de Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the Third Kind, 1977), y a los científicos fascinados de esta última en un ejército de poseídos dispuesto a extender el Nuevo Culto del hijo de Heidi… No puede haber otro final para una película de semejantes características que una (otra) amarga nota de escepticismo: The Lords of Salem concluye con una serie de imágenes en blanco y negro de las calles de la ciudad y los exteriores del teatro acordonados por bomberos y policía, mientras la voz en off de la locutora de un espacio informativo de televisión nos informa que se ha desatado en el auditorio de Salem un pavoroso incendio, y que como consecuencia del mismo ha fallecido todo el público asistente a un concierto de rock que allí se celebraba. Un blanco y negro que, en el contexto de este relato, introduce una paradójica nota de “irrealidad” dentro de un film dominado por una “realidad” de colores alumbrados por el fuego del Infierno.


(1)
En un papel para el cual estaba inicialmente previsto un intérprete habitual del cine fantástico de los años setenta y ochenta, Richard Lynch, conocido por sus características facciones marcadas a fuego y fallecido el pasado 19 de junio, a los 72 años, víctima de un ataque cardíaco.



(2)
Cuyo aspecto físico le convierte aquí en un alter ego casi perfecto de Rob Zombie, con quien ya había trabajado en Halloween II y en L.A. (2010), que Zombie realizó para la serie de televisión C.S.I.: Miami (ídem, 2003- ; episodio 16º de la 8ª temporada).



(3)
El número cinco tiene ciertos significados religiosos. Para el cristianismo, representa el número de heridas que sufrió Jesucristo durante la Pasión. Para el satanismo, es el número de puntas de la estrella usada en las misas negras.


jueves, 11 de octubre de 2012

Desastres: “LO IMPOSIBLE”, DE J.A. BAYONA



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN MUCHOS E IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Hoy llega a nuestros cines la película que –con permiso de Las aventuras de Tadeo Jones (Enrique Gato, 2012)— tiene que suponer algo así como “la gran esperanza blanca” del cine español de este año: Lo imposible (2012), de Juan Antonio (J.A.) Bayona, una superproducción con proyección internacional, tal y como lo fueran los films de Alejandro Amenábar Los otros (2001) y Ágora (2009) o el anterior trabajo de Bayona, su ópera prima en el terreno del largometraje El orfanato (2007). Nada hay de intrínsecamente malo ni de apriorísticamente bueno en ello: es un intento tan honesto como cualquier otro de abrir mercados más allá de nuestras fronteras y de demostrar de manera práctica que en España existe el aparato técnico y artístico adecuado para (de vez en cuando) hacer una película a esta escala. Tampoco tengo nada que objetar con respecto a lo que se refiere al tono sentimental elegido para narrar esta historia, se dice, basada-en-hechos-reales, o como subrayan sus mismos títulos de crédito nada más empezar el relato, la verdadera historia de una familia, originalmente española, transformada en otra de lengua inglesa por cuestiones de “internacionalización” del proyecto. La tonalidad sentimental es tan buena como cualquiera otra a la hora de elegir la que se va a aplicar a cualquier film: obedece (o se supone que debería obedecer) a una decisión creativa del responsable o responsables del mismo. Luis Buñuel hablaba peyorativamente de ello describiéndolo como “la infección sentimental” (sic) –lo cual en su caso resultaba paradójico, habida cuenta de que una de sus mejores películas, si no la mejor, es además una de las más emotivas y “sentimentales” que rodó: Los olvidados (1950)—, pero lo cierto es que la historia del cine está llena de grandes cineastas que hicieron maravillas con la tonalidad sentimental –John Ford, Leo McCarey, Frank Capra, Yasuhiro Ozu, incluso el “divertido” (sic) Ernst Lubitsch en Remordimiento (Broken Lullaby, 1932)—, y que el sentimentalismo, expresión despreciada como pocas entre quienes acaso les da demasiado miedo hablar en voz alta de sentimientos y emociones, es por tanto y a nivel estrictamente cinematográfico, cuando no artístico en sentido general, una herramienta de estilo tan válida como el tono radicalmente opuesto.



La película de Bayona me parece, en sus líneas generales, una producción que está muy por debajo de lo que se ha dicho de ella, y por la sencilla razón de que a nivel puramente formal, estricta e intrínsecamente cinematográfico, no ofrece absolutamente nada nuevo. Se está hablando estos días de que nos hallamos ante una película muy bien filmada. Es cierto, lo está, y eso impide que en última instancia Lo imposible acabe siendo la mediocridad absoluta que sería si no fuera por ello. No me estoy refiriendo a otra socorrida cuestión que suele salir a colación en estos casos, la de la famosa originalidad; en cine, en arte, se puede no ser original y a pesar de ello ser capaz de imprimir al material que se aborda una mirada personal. Tampoco es el caso de Lo imposible, un film, volvamos a insistir, bien rodado pero que a la hora de la verdad tanto da que lo haya filmado Bayona como cualquier otro realizador que sepa colocar la cámara, buscar buenos ángulos y sacar el mejor partido posible, desde un punto de vista estrictamente técnico y profesional, a un excelente equipo de colaboradores en materia de fotografía, decoración, edición de imagen y sonido y efectos visuales. Bayona lo demuestra de nuevo (ya lo hizo en El orfanato), pero también lo demuestra regularmente Simon West, pongamos por caso, y no por eso van diciendo de él que es un artista. Entiéndaseme: desde luego que Lo imposible es mejor que Los mercenarios 2 (casi cualquier cosa es mejor que Los mercenarios 2), pero estoy hablando de solvencia a la hora de manejar una gran producción, nada más (ni nada menos: tampoco se trata de negar los méritos intrínsecos del oficio). Hasta aquí, todos (más o menos) estamos de acuerdo. El problema de Lo imposible es cuando se intenta “rascar” debajo de su brillante envoltorio y excelente factura, encontrándonos ante una película que no solo se limita a recurrir a ideas mil veces vistas, sino que asimismo se limita a aplicarlas sin más, con la dedicación del artesano que conoce las reglas de su oficio pero es incapaz de inventarse nuevas reglas o de darle un aire renovado a las viejas.


Dicho rápidamente, Lo imposible es el sólido trabajo de un buen artesano y el producto endeble de alguien que todavía tiene que crecer mucho como cineasta: no caigamos de nuevo en el “síndrome Orson Welles”, y recordemos que estamos hablando de un segundo largometraje. Buena prueba de ello reside en que el film no supera el grave inconveniente que, como advertía Hitchcock, tienen todas las películas que empiezan de una manera demasiado “fuerte”. De ahí que, tras un arranque harto convencional y dentro de la aproximadamente primera media hora de metraje, el clásico prolegómeno visto en docenas de “films de catástrofes” –el viaje de la familia formada por la esposa, Maria (Naomi Watts), o “Maruaia”, si se ve la película en su versión original inglesa; el marido, Henry (Ewan McGregor), el hijo mayor, Lucas (Tom Holland), y los dos “peques”, Thomas (Samuel Joslin) y Simon (Oaklee Pendergast), a Phuket (Tailandia) la víspera del tsunami que arrasó el sudeste asiático y parte de la costa este africana el día de Navidad de 2004—, se produce, como digo, la gran catástrofe que acabamos de mencionar. Pero el problema endémico de semejante planteamiento se hace evidente poco después de esa “gran” secuencia (o mejor, “secuencia grande”): el interés baja enteros y le cuesta mucho remontarlo hasta el ya de por sí discreto nivel de eficacia de la secuencia del tsunami, tan bien rodada como el resto de la película pero a pesar de ello por debajo del visto –frágil memoria— en el extraordinario Más allá de la vida (Hereafter, 2010) de Clint Eastwood, ejemplo perfecto, entre otras muchas cosas, de cómo se puede empezar un film de manera “fuerte” pero ofreciendo a continuación algo de parejo o incluso superior interés (1). Sé que dirán que las comparaciones son odiosas, y cierto es, lo son, pero también muy necesarias para que el contraste favorezca la evolución del pensamiento; y más teniendo en cuenta que, mal que pese, la planificación de las secuencias del tsunami de Bayona e Eastwood se parecen muy mucho, hasta el punto de que hay encuadres prácticamente calcados: no digo ya los planos generales, planos aéreos y panorámicas sobre el cruel avance destructor de las aguas, sino incluso una práctica repetición del plano general de las palmeras desplomándose bajo la fuerza de la corriente, que tanto en Eastwood como en Bayona parecen evocar la aparición del gorila gigante de la primera y mejor versión de King Kong (ídem, 1933, Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper). Otra prueba, en este caso de que buena parte del lanzamiento publicitario de Lo imposible –carteles, tráilers, declaraciones a la prensa— se sustenta sobre la efectividad de la secuencia del tsunami reside en que, en los minutos finales, Bayona la recupera, retomándola y “completándola” mediante la adición de nuevos planos de los efectos del maremoto y el peligro de ahogamiento de Maria, a fin de crear un (fallido) suspense entre la evocación de la catástrofe y el avance en paralelo de la operación quirúrgica destinada a salvar la pierna y también la vida de la mujer.


Evidentemente, Bayona sabe lo que se hace –tanto aquí como en El orfanato lo demuestra con creces—, y es consciente de que su película va por otros derroteros que la de Eastwood. Pero el problema es que, incluso ciñéndose con honradez al esquema dramático del que parte, y una vez “pasado” el tsunami, el aburrimiento termina haciendo un hasta cierto punto previsible acto de aparición: separados de Henry, Thomas y Simon, ignorando siquiera si siguen vivos, Maria y Lucas luchan por sobrevivir en medio de un paraje desolado, que Bayona presenta en vistosos encuadres lo más abiertos posible de cara a impregnar al espectador ante la magnitud de la tragedia, pero el resultado, lejos de ser trágico, deviene más bien monótono y a un paso del torture porn (las terribles heridas en el pecho y la pierna de Maria). No hay más que ver la llamativa ausencia de tensión de momentos que deberían tenerla, como el descubrimiento de un pequeño superviviente (Daniel: Johan Sundberg) por parte de Maria y Lucas, o la penosa ascensión a un árbol por parte de la malherida mujer subiéndose a los hombros de su hijo. El interés remonta un poco a partir del momento en que Maria, Lucas y Daniel son trasladados a un hospital, donde transcurre prácticamente todo el segundo acto del relato, y ese interés se eleva, más que nada, porque “rompe” con la monotonía de las secuencias en exteriores. Pero la descripción de las vicisitudes de Maria y Lucas en el centro hospitalario no contribuye a mejorar el perfil de estos personajes, que siguen siendo tan de una pieza como lo eran al principio y como casi seguirán siéndolo en los minutos finales, y a poco que Bayona y su guionista Sergio G. Sánchez se descuidan, el tedio vuelve a asomar su soñoliento rostro, a pesar de la inserción de acciones en paralelo centradas en el personaje de Henry (quien ha logrado sobrevivir junto con Thomas y Simon) y su búsqueda desesperada del resto de sus seres queridos de hospital en hospital, así como de una (gratuita) secuencia nocturna “poético-relajada” en la que Thomas tiene una simbólica conversación con una vieja superviviente (Geraldine Chaplin) en torno a la luz de las estrellas, muertas pero a la vez vivas, desaparecidas pero aún brillantes.


No es este el único tópico que condimenta la acción de Lo imposible hasta casi tener que decir basta: está la muy convencional descripción inicial de la familia protagonista (él, pegado al móvil porque ni siquiera en vacaciones puede dejar de trabajar; ella, que dejó de hacerlo para cuidar de sus hijos –fue “ascendida”, como comenta, gracioso, el recepcionista del hotel—, pero no por ello se siente menos incapaz laboralmente hablando que él; Lucas, el hijo mayor y casi adolescente, que ejerce de tal protestando cada vez que sus padres le piden que haga algo); el carácter formulario de los diálogos (Maria, por un lado, y Henry, por otro, confesándoles a sus hijos que ellos también tienen miedo); el forzado simbolismo de algunas situaciones (aparte de la secuencia con Geraldine Chaplin antes mencionada, una “bonita” del principio, la de la elevación de los globos de papel en Nochebuena, en la que el de la familia protagonista se separa del resto del grupo de globos lanzados por las personas que no sobrevivirán al terrible día siguiente); o la clásica inserción de personajes como “el misterioso”, otra mujer herida y conmocionada –Simone (Marta Etura)— cuya cama está junto a la de Maria en el hospital y se niega a hablar de lo ocurrido porque tiene “buenas razones” para ello (reservar fuerzas y vivir al máximo para volver a ver a sus seres queridos ni que sea por última vez), o “el egoísta” que, alegando que está “con poca batería”, una de tantas expresiones que se han incorporado al habla mundial a raíz de la incorporación del mal llamado teléfono móvil a nuestra vida cotidiana, se niega a que Henry utilice su celular, y que luego contrasta con otro personaje que, por el contrario, permite que Henry utilice su móvil también “con poca batería” para telefonear a sus familiares en casa e incluso se ofrece a acompañarle en su periplo por los hospitales de la zona. Todo ello para acabar mostrando a una familia que ya empezó unida, a pesar de la adicción al trabajo del padre, el ligero aburrimiento de la madre y los refunfuños del pre-adolescente, y que acaba vapuleada y, como suele decirse, “curada de espantos”, pero más unida que nunca… y prácticamente igual que al principio, por más que, nobleza obliga, la película se cierra con una última pincelada de dolor: la mirada final de Maria, desde la ventanilla del avión que la traslada a ella y a los suyos a Shanghai, hacia el paisaje destruido de la costa tailandesa. Con todo, resulta difícil conmoverse con semejantes personajes, todos unidimensionales, a pesar de la buena labor de sus intérpretes: Naomi Watts y Ewan McGregor, huelga decirlo, están tan bien como siempre; aunque es el joven Tom Holland quien da la sorpresa con una actuación sólida y matizada que lo erige, de facto, en el auténtico protagonista del relato.


Lo imposible no es un bodrio. De hecho, y más allá de la impecable labor de filmación, incluye algunos planos logrados que impiden que el desastre –nunca mejor dicho— sea completo. Señalo el de apertura, ese encuadre aéreo sobre el mar bruscamente interrumpido por el paso rugiente de un avión de pasajeros, que en cierto sentido preconiza de manera brusca pero efectiva la asociación entre el miedo y el océano; los (solamente correctos) indicios de la inminente llegada de la ola gigante al hotel (el corte de electricidad, el enmudecimiento del hilo musical…; el plano subjetivo, imposible, de la playa tomado mar adentro como si fuera el punto de vista amenazador del propio océano); los momentos, primero en el campo y luego en el hospital, en que Lucas da la espalda a su madre porque no puede soportar la visión de sus heridas o sus vómitos; sobre todo uno magnífico, el mejor del film, en el que Lucas mira la pierna de su madre levantando la sábana que la cubre en su lecho en el hospital y luego va corriendo, dentro del mismo plano, a avisar a una enfermera, en el cual Bayona tiene el buen gusto de no incluir el consabido inserto de la extremidad gangrenada de Maria y confía en la mirada del joven Tom Holland para crear intensidad dramática.


Se trata, empero, de destellos de unos pocos minutos, y la película dura 107, créditos incluidos, siendo incapaz de mostrarse más creativa y contentándose con recurrir a toda la batería de recursos típicos del cine hollywoodiense sin imprimir en ellos el menor sello personal, contentándose con repetir una lección bien aprendida. No es que esos recursos sean malos en sí mismos, sino que se limitan a aparecer previsiblemente en el momento que tienen que aparecer, siguiendo las reglas del manual: el plano de Maria mirando, aterrorizada, el avance hacia ella de la ola, la cual se refleja en el cristal que la mujer tiene a sus espaldas; el inevitable plano general combinado con grúa ascendiendo para que la cámara pueda recoger, una vez ya han pasado las olas, el paisaje arrasado que han dejado tras de sí; los encuadres de los tailandeses que atienden a Maria desde el punto de vista subjetivo de esta última; los frecuentes planos generales con grúa o desde helicóptero sobre el hospital, subrayando el hacinamiento, el dolor y el caos que impregnan el ambiente; el plano de Lucas viendo el feliz reencuentro del pequeño Daniel con su padre, estos dos últimos reflejados en el cristal a través del cual Lucas les está mirando con expresión de satisfacción; ese encuadre con “suspense” que pone en relación a Henry y Lucas en el hospital, buscándose el uno al otro sin saberlo; el no menos consabido primer plano combinado con travelling circular de 360º de Lucas buscando a su padre entre la multitud… Si se ha visto un poco de cine, resulta muy difícil no aburrirse e incomprensible el apasionarse ante semejante demostración de aplicación del manual. Por no hablar de otros recursos meramente esteticistas que poco o nada añaden a la entraña dramática del relato, tal es el caso de la ya mencionada secuencia nocturna y “bonita” de los globos de papel –que tenía más fuerza y sentido en una reciente película animada Disney de estúpido título español: Enredados (Rapunzel, 2010, Nathan Greno y Byron Howard)—, la consabida incorporación del vídeo casero en la escena de la apertura de regalos navideños, o los asimismo “bonitos” planos de detalle de Maria (o “Maruaia”) cambiándose de ropa en el dormitorio, acaso a modo de exaltación de la belleza de esa joven mujer a la que, por contraste, luego veremos con el cuerpo cubierto de sangre y magulladuras…


Una última cuestión reside en las a mi entender alucinantes comparaciones que se han hecho entre Bayona y Steven Spielberg, por más que Lo imposible reincida en una temática muy querida y recurrente del autor –este sí— de E.T., el extraterrestre: la supervivencia (2). Uno no puede menos que preguntarse a qué se deben. ¿A la presencia de una, así la llaman, “familia feliz”? ¿A los niños? ¿A determinados movimientos de cámara, en particular los travellings de aproximación a los personajes? ¿Al tono sentimental? ¿A la combinación de espectáculo y emoción? ¿A que Fernando Velázquez imita todo lo que puede los violines de John Williams? ¿A que las carreras de Lucas yendo y viniendo por los pasillos del hospital quizá puedan recordar a las idas y venidas de Christian Bale haciendo recados por el campo de prisioneros de El Imperio del Sol? Es decir, las referencias a la imagen más tópica, convencional y arquetípica, ergo superficial, en torno al creador de A.I. Inteligencia artificial: algo así como un Spielberg para tontos. Argumentos pobres y poco concluyentes que en su mayoría responden a la comodidad o a la mera asunción de frases hechas que parecen extraídas de la promoción misma del film de Bayona, y que no hacen sino confirmar dos cosas: que Spielberg sigue siendo uno de los cineastas más incomprendidos y peor estudiados de la actualidad, y que dichas comparaciones perjudican al director de Lo imposible y le ponen todavía más alto el listón de su futuro tercer largometraje de forma innecesaria: estamos hablando, volvamos a recordar, de alguien que con este lleva solo dos largometrajes de ficción. Tiempo al tiempo.



(2)
Hay, asimismo, un guiño directo a Joseph Conrad, otro amante de la temática del superviviente: la hoja de la novela que está leyendo Maria y que, de manera forzadísima, acaba pegándose en la húmeda cerca de cristal de la piscina que la mujer luego atravesará con su cuerpo al ser empujada por el oleaje.

sábado, 6 de octubre de 2012

“BLANCANIEVES”, DE PABLO BERGER (Telegrama núm. 16)



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Hay muchas cosas buenas que se pueden decir a favor de la peculiar versión que ha escrito y dirigido Pablo Berger de Blancanieves (la cual, por cierto, figura como producción de 2012 en la mayoría de fichas técnicas, probablemente siguiendo la costumbre de fechar las películas por su año de estreno, si bien en sus créditos consta 2011). Avanzo, asimismo, que me parece que se han exagerado un poco los méritos de este film interesante pero tampoco excepcional, por más que resulta perfectamente comprensible –y a pesar de que sea, una vez más, la enésima demostración de la vieja teoría del tuerto en el país de los ciegos— que esta película proporciona unas alegrías por desgracia poco frecuentes en una cinematografía, la española, que este mes de octubre parece haberse propuesto un calculado bombardeo: a falta de haberlas visto en el momento de escribir estas líneas, a Blancanieves hay que añadir la ya estrenada El artista y la modelo (2012), de Fernando Trueba, y Lo imposible (2012), de J.A. Bayona, que llega este 11 de octubre.




Por más que han abundado estos días unas hasta cierto punto lógicas comparaciones entre Blancanieves y un film por el que siento tan solo una moderada estima, The Artist (ídem, 2011, Michel Hazanavicius) (1), por el mero hecho de tratarse ambas de películas rodadas en blanco y negro y con procedimientos cercanos a los del cine silente, no es menos cierto que se trata de obras con planteamientos muy diferentes. Precisamente si algo me ha sorprendido de la propuesta de Pablo Berger es que, a pesar de esa previa asunción de un formato expresivo que condiciona, y mucho, la manera de narrar en imágenes, y que evoca al cine de un período muy determinado de la historia, en Blancanieves hay menos referencias, citas, guiños o llámese como se quiera al cine mudo de lo que pueda parecer a simple vista. Por el contrario, y a pesar de que pueden despistar el blanco y negro, el uso del formato cuadrado y la casi total ausencia de sonido (subrayo el “casi”: el film tiene partitura musical y algunos pequeños efectos sonoros incorporados), los planos que remiten a la estética del cine silente histórico pueden contarse con los dedos de una mano: la planificación moderna, o lo que se entiende como tal, es lo que domina; abundan, por ejemplo, los encuadres tomados con cámara móvil ultraligera, impensables en el auténtico cine mudo. Creo que eso se debe a que Berger no ha pretendido hacer una película cinéfila y evocativa a lo Hazanavicius, o al menos no lo ha pretendido en primera instancia. Lo que cuenta Blancanieves, salta a la vista, es muy distinto de lo que contaba The Artist: aquí no hay reconstrucción del cine dentro del cine, sino que incluso los elementos, digamos, “cinéfilos” –no solo, por descontado, los que hacen referencia al período silente, sino también los recursos tomados de Alfred Hitchcock, Orson Welles y Tod Browning—, están puestos al servicio de la consecución de una determinada atmósfera. Dicho de otro modo, esas referencias a Hitchcock –la mansión donde viven la madrastra / Encarna (Maribel Verdú) y su marido, el torero lisiado Antonio Villalta (Daniel Giménez Cacho), cuyo enorme retrato al óleo domina la escalera que conduce al piso superior, tal y como en Rebeca—, a Welles –las escenas de la perversa Encarna y la pequeña Carmencita / Blancanieves (Sofía Oria) en el comedor, con una enorme mesa a lo Ciudadano Kane (2)—, y a Browning –todo lo relativo al espectáculo taurino de los enanos toreros, o la secuencia final en la feria—, no parecen pretender tanto el reconocimiento de cinéfilos avezados como la evocación de cineastas especialistas en la creación de contextos barrocos y retorcidos, que encajan bien en el imaginario planteado por esta heterodoxa Blancanieves que, a ratos, parece un cruce de ese famoso cuento de hadas clásico con otro no menos popular y reconocido, el de Cenicienta.



Hay que reconocer que la heterodoxia de Blancanieves, versión Pablo Berger, no solo tiene gracia en sí misma considerada a estricto nivel de guion: ahí es nada reconvertir el cuento de los hermanos Grimm en la historia de Carmen (Macarena García, una vez adulta), la hija de un torero, el citado Antonio Villalta, y una cantaora llamada, cómo no, Carmen de Triana (Imma Cuesta), fallecida al nacer su hija y coincidiendo con la “cogida” que convierte a Villalta en un inválido a merced de la “madrastra” Encarna. Su resolución también la tiene durante la mayor parte del metraje. Merecen destacarse momentos tan logrados como la ya mencionada secuencia del nacimiento de Carmencita y la muerte de su madre en el parto, paralelamente a la grave “cogida” de su padre y la irrupción en sus vidas de Encarna, en forma de enfermera solícita; las escenas que dibujan los primeros años de la infancia de Carmencita, dejada al cuidado de su abuela, Doña Concha (excepcional Ángela Molina), y en particular el momento de la muerte de esta última mientras baila flamenco con su nieta (en lo que puede verse, junto con la secuencia anteriormente señalada, una singular utilización dramática de dos elementos típicos del folklore de España, el toreo, con todas sus connotaciones de exaltación de la vida a través del ritual de la muerte, y el flamenco, entendido como expresión de vitalidad aquí convertido en paradójica antesala de la muerte); así como las posteriores secuencias en las que, tras el fallecimiento de la abuela, Carmencita va a parar a la mansión de Villalta, convirtiéndose como digo en la cenicienta de la casa bajo el yugo de la desaprensiva Encarna: Blancanieves se transforma, en los mejores momentos de toda esta parte, en un curiosísimo relato de horror gótico donde no faltan algunas de las convenciones del género, tales como el acceso a una “estancia prohibida” de la casa (ese piso superior donde permanece, postrado en su silla de ruedas y aislado del resto del mundo, el torero discapacitado), o los detalles sádicos (todo lo relativo al gallo Pepe), pero todo ello bien entendido y mejor dosificado.



Lo más conseguido de Blancanieves consiste en que esa especie de “efecto anti-realidad” proporcionado por el blanco y negro, la ausencia de diálogos audibles (los mismos aparecen insertados en rótulos estilo cine silente) y la casi total de sonidos ambientales en beneficio de la música (y las canciones: las que se conservan grabadas de la difunta Carmen de Triana, a cargo de Silvia Pérez Cruz), contribuyen a hacer “creíble”, ergo verosímil, el contexto casi fantástico del cuento de hadas que se encuentra en el trasfondo del relato. De ahí que funcionen, por ejemplo, algunos momentos cogidos por los pelos, tal es el caso del intento de asesinato de la adulta Carmen a manos del chófer y amante de Encarna, Genaro (Pere Ponce): este último intenta ahogar a la chica en el arroyo, pero Carmen “resucitará” gracias al “beso” de vida/ de amor del enano Rafita (Sergio Dorado), que se produce, aparentemente, muchas horas después de la inmersión a la fuerza de la joven. O, por descontado, la ascensión y apoteosis de una amnésica Carmen en el mundo del toreo a pesar de su condición femenina y que el relato se ambienta en la España de las primeras décadas del siglo XX (3). Indiscutiblemente, hay imágenes de una gran belleza que elevan el interés de la propuesta de Berger más allá del exotismo de la misma, tal es el caso de la terrible secuencia en la que, tras la muerte de Antonio Villalta, los invitados al funeral se retratan solemnemente junto al cadáver del diestro ataviado con su traje de luces; ese magnífico plano de la sombra de la cabeza del toro que se proyecta, fatalmente, sobre la malvada Encarna, anunciando cuál será su dramático destino; y la ya citada secuencia final en la feria, que en atención a quien todavía no haya visto el film en esta ocasión no detallaré, pero que sin duda alguna confirma el carácter atípico y no convencional de esta Blancanieves que, como digo, si no acaba de ser del todo redonda se debe, principalmente, a defectos de guión o a alguna que otra salida de tono que perjudica el encanto global de la propuesta (pienso, concretamente, en el dibujo grotesco de la relación entre Encarna y su amante/ perro Genaro, que da pie a un chiste visual de dudoso gusto y perfectamente prescindible; o lo forzado de algunas situaciones, tal es el caso de la aparición de la famosa manzana envenenada en la penúltima secuencia en la plaza de toros).




(2) ¿Puede interpretarse como una especie de “guiño wellesiano” de estar por casa la presencia en el reparto de Josep Maria Pou, actor vinculado a la imagen de Orson Welles en virtud de una serie de montajes teatrales que protagonizó hace pocas temporadas? Por más que, en puridad de conceptos, la imagen de Pou está en cambio mucho más cerca de la del gran Vincent Price, sobre todo por la manera como Berger la explota.


(3) A pesar de que, según los expertos en la materia, en España ha habido muchas más mujeres toreras de lo que pueda parecer a simple vista. Me remito, para una información rápida sobre el tema, a lo publicado en el blog taurino Blanco y Oro, y concretamente en los siguientes enlaces:

jueves, 4 de octubre de 2012

“DIRIGIDO POR…” OCTUBRE 2012, ya a la venta

El número 426 de Dirigido por… ilustra su portada con una nostálgica imagen de Sean Connery, anunciando así la primera parte del dossier 50 aniversario James Bond, con motivo del aniversario de la franquicia cinematográfica en torno al personaje creado por Ian Fleming y el estreno en España, anunciado para el 31 de octubre, de la última película de la misma, Skyfall (ídem, 2012, Sam Mendes). La primera entrega del mismo consta de cuatro artículos, de los cuales he escrito uno, siendo los otros tres los dedicados, respectivamente, a las novelas de Fleming y la contribución a la serie de los guionistas que han pasado por la misma (Goldfinger(s). La obra de Fleming y su evolución en el cine, que firma Tonio L. Alarcón), a la imagen del agente 007 como icono sexual masculino (Sex Bond. 007 y la liberación sexual masculina, escrito por Antonio José Navarro), y a los cómics dedicados al personaje, así como la influencia de las canciones que se oían en las bandas sonoras de los films en el establecimiento de Bond como figura pop (Cómics y canciones. Otros elementos de una mitología, obra de Quim Casas). Esta primera parte del dossier se completa con breves antologías de las primeras ocho películas de la franquicia, dos de ellas escritas por mí, siendo las otras seis las dedicadas a Agente 007 contra el Dr. No (Quim Casas), Desde Rusia con amor (Ramon Freixas y Joan Bassa), Operación Trueno (Antonio José Navarro), Solo se vive dos veces (Antonio José Navarro), 007 al servicio secreto de Su Majestad (Tonio L. Alarcón) y Diamantes para la eternidad (Quim Casas). Huelga añadir que el resto de films de la serie serán objeto de sendas antologías el mes que viene.


Otros aspectos de la actualidad cinematográfica se abordan en el resto del número, destacando las críticas de las dos grandes apuestas del cine español para este otoño: Blancanieves (2011), de Pablo Berger, y Lo imposible (2012), de J.A. Bayona, ambas reseñadas por Antonio José Navarro, quien también firma el comentario destacado de El fraude (Arbitrage, 2012), de Nicholas Jarecki, y una crónica de la más reciente edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Hablando de certámenes internacionales, Carles Matamoros repasa a su vez lo más relevante del último Festival de Venecia. Por su parte, Quim Casas firma un mini-estudio dedicado a la carrera como director de Ben Affleck, incluyendo su más reciente propuesta en este terreno, Argo (ídem, 2012), lo cual se completa con una entrevista con el propio Affleck, a cargo de Gabriel Lerman, hablándonos extensamente de su último trabajo tras las cámaras. Casas es, también, el autor de un artículo para la sección de Televisión, centrada en esta ocasión en la serie Hell on Wheels (2011- ), también conocida por el título castellano de Infierno sobre ruedas. Otras películas extensamente analizadas son Cosmópolis (Cosmopolis, 2012), de David Cronenberg, desde el punto de vista de Aurélien Le Genissel; Adam resucitado (Adam Ressurrected, 2008), de Paul Schrader, estreno tardío en España (1) que aborda Israel Paredes Badía; y Frankenweenie (ídem, 2012), de Tim Burton, que reseña Beatriz Martínez, quien también firma el artículo de la sección Flashback dedicado a comentar el lanzamiento en formato doméstico (tras su muy fugaz estreno en salas este verano) de dos films del cineasta japonés Tetsuya Nakashima: Kamikaze Girls (Shimotsuma monogatari, 2004) y Conociendo a Matsuko (Kiraware Matsuko no isshô, 2006). Además de muchos otros títulos comentados en la sección Críticas, destacamos asimismo las secciones de José María Latorre (Pantalla Digital) y Joan Padrol (Banda sonora).

Ya he mencionado al principio de estas líneas que he escrito uno de los cuatro artículos que componen la primera entrega del dossier 50 aniversario James Bond, concretamente el titulado Con licencia para matar. La violencia en la serie Bond: “En el momento de su irrupción en el mercado cinematográfico hace ahora cincuenta años, con motivo del estreno de “Agente 007 contra el Dr. No” (“Dr. No”, 1962, Terence Young), la serie, saga o franquicia iniciada por los productores Harry Saltzman y Albert R. Broccoli a partir del personaje creado por Ian Fleming llamó la atención, entre otros motivos, por su elevado contenido violento. Violencia entendida en un sentido amplio, la que no se circunscribe a la representación más o menos explícita de actos violentos frente a las cámaras, sino que alcanza niveles que sobrepasan la capacidad de sugerencia de las imágenes y «tocan» al espectador de manera moral y ética”.

Firmo, asimismo, un par de antologías de este dossier, la primera de ellas dedicada a una auténtica rareza: Casino Royale (1954), de William H. Brown Jr., episodio de la serie de televisión Climax! (1954-1958) que constituye la primera adaptación audiovisual de las aventuras del célebre agente secreto.

La segunda, la centrada en la probablemente más mítica película de la etapa de la serie protagonizada por Sean Connery: James Bond contra Goldfinger.

Este mes también firmo las críticas de los siguientes films: Venganza: Conexión Estambul (Taken 2, 2012, Olivier Megaton) y Las aventuras de Tadeo Jones (Enrique Gato, 2012).

Mi contribución a este número de Dirigido por… se cierra con el comentario de la película de John Guillermin Hasta el último aliento (Never Let Go, 1960), dentro de la sección Cinema Bis: “A partir de un guión firmado por Alun Falconer, sobre un argumento escrito por el propio Guillermin junto con el también productor Peter De Sarigny –algo habitual en este director por esa época, quien había escrito en solitario o en colaboración los guiones de siete de sus películas realizadas entre 1949 y 1962–, “Hasta el último aliento” es una inesperada variante del famoso film neorrealista de Vittorio De Sica “Ladrón de bicicletas” (“Ladri di biciclette”, 1948), pasada por el filtro de las convenciones del así llamado film policíaco”.

(1) Apunto, a título informativo, la reseña que le dediqué a este film en Dirigido por…, núm. 403, septiembre 2010: http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2010/09/dirigido-por-septiembre-2010-ya-la.html

Libros Dirigido Por...: http://tienda.dirigidopor.com/

lunes, 1 de octubre de 2012

“LA BRIGADA DE LOS MALEFICIOS”: “Los colmillos de Alexis”



Ya sé que este blog se titula El Cine Según TFV, pero eso no quita para que de vez en cuando me guste hablar en él de otras cuestiones que, sin ser estrictamente cinematográficas, están de un modo u otro relacionadas con el audiovisual, como pueda ser, como en este caso, una serie de televisión. Una, en concreto, que vi por primera vez por TVE hace muchos años (calculo que a mediados de los setenta), titulada La brigada de los maleficios (La brigade des maléfices), creada por Claude Guillemot y Claude-Jean Philippe, y originalmente emitida por la segunda cadena de la emisora francesa ORTF entre agosto y septiembre de 1971. Compuesta por tan solo seis episodios de alrededor de una hora de duración, la misma giraba alrededor de las peripecias del inspector Guillaume Martin Paumier (Léo Campion) y su ayudante Albert (Marc Lamole), los únicos componentes de una brigada especial de la policía de París, “la brigada de los maleficios”, encargada de investigar aquellos casos criminales que careciesen de una explicación racional y entraran dentro de lo paranormal, siempre bajo la supervisión de sus superiores, el comisario jefe (Jacques François) y el comisario Muselier (Jean-Claude Balard).



El primer episodio de la serie, Les disparus de Rambouillet, gira en torno a una serie de misteriosas desapariciones de hombres en los alrededores de un lago en la afueras de la ciudad, las cuales se producen porque los varones son secuestrados por las hermosas hadas solitarias que pululan por la zona (sic). El segundo episodio, La septième chaine, lo hace alrededor de un extraño complot satánico en el cual el Diablo en persona, encarnado por el veterano Pierre Brasseur, ha logrado crear un programa de televisión capaz de provocar reacciones violentas en quien lo mira. El tercero, Voir Venus et mourir, presenta a una hermosa mujer venusina que ayuda a Paumier a desenmascarar a un farsante que intenta vender a los incautos “viaje espaciales” (¡). El cuarto, La creáture (sorpresa: su fotografía la firma Néstor Almendros), ofrece una nueva vuelta de tuerca a la temática mefistofélica, en la cual el Diablo, de nuevo a cargo de Pierre Brasseur, ofrece la compañía de una bellísima mujer artificial creada para no experimentar sentimientos hacia los hombres a los que sirve, los cuales terminan perdidamente enamorados de ella, y al no verse correspondidos, se suicidan. Más adelante hablaremos del quinto episodio; el sexto, Le fantôme des H.L.M., narra las cómicas peripecias de un fantasma del siglo XVIII que se ve obligado a vivir en un aséptico edificio de apartamentos tras haber sido demolida por las autoridades su antigua vivienda, lo cual guarda ecos de lo que le ocurría al espectro protagonista de El fantasma va al oeste (The Ghost Goes West, 1935, René Clair). No ha faltado quien ha visto en La brigada de los maleficios una especie de modesto precedente de la famosa serie de Chris Carter Expediente X (1993-2002).


Sin embargo, no quiero hablar de esta serie en su totalidad, sino principalmente de su quinto episodio, que es el que me parece el más interesante: Les dents d’Alexis, que si la memoria no me falla se emitió en España con el título de Los colmillos de Alexis, que es como a partir de ahora me referiré a él. Posiblemente el mejor episodio de La brigada de los maleficios, junto con –para mi gusto— Les disparus de Rambouillet y La créature, Los colmillos de Alexis ofrece una curiosa variante en torno al mito del vampiro, avanzando ciertos conceptos y algunas ideas que luego se han visto en producciones muy posteriores. El arranque de la trama, de entrada, ya resulta curioso: una banda de atracadores, con los rostros enmascarados con grotescas gafas, narices y bigotes postizos y disfrazados de curas (sic), asaltan una unidad móvil de donación de sangre y se llevan… numerosas botellas de plasma; el líder del gang (Jean-Marie Rivière) se dirige luego a un lujoso apartamento, donde yace un extraño ataúd metálico, para depositar ese botín en un refrigerador; hete aquí que en al ataúd reposa durante el día Alexis (Pierre Verner), un atípico no-muerto que procura vivir discretamente su existencia de siglos y que, valiéndose de esclavos humanos como ese atracador, se procura sangre pasando lo más desapercibido posible. Paumier no tarda en sospechar que tras ese raro atraco no se encuentra sino un vampiro, y más concretamente Alexis, cuya última aparición data de 1913. Llama la atención, de entrada, que, como acabamos de ver, Los colmillos de Alexis se avance por muy poco margen de tiempo al reputado telefilm de John Llewellyn Moxey producido por Dan Curtis The Night Stalker (1972), con guión de Richard Matheson, en el cual un moderno vampiro también asalta bancos de sangre para procurarse el sustento.


Dentro de sus limitaciones y la parquedad expresiva de la cual hace gala el realizador Claude Guillemot tras las cámaras, Los colmillos de Alexis ofrece una atractiva visión contemporánea del vampiro que parece beber en parte del famoso díptico de Robert (Bob) Kelljan Count Yorga, Vampire (1970) y The Return of Count Yorga (1971), en lo que a intento de representación de un bebedor de sangre en la sociedad moderna se refiere, algo en lo cual Kelljan reincidió parcialmente en Scream, Blacula, Scream (1973), su no del todo despreciable secuela de Drácula negro (Blacula, 1972, William Crain). La gran diferencia, lo hemos señalado, es que al contrario que Yorga o Blacula, Alexis es un ser solitario que hace todo lo posible por pasar inadvertido. No solo eso: a Alexis le desagrada enormemente la imagen estereotipada del vampiro creada por la cultura popular, como demuestra esa divertida escena en la que va al cine y ve… ¡una película de vampiros! (una que, por cierto, parece tan mala como una mala película de vampiros de Jean Rollin: no por casualidad, a la salida del cine, podemos ver varios carteles de diversos films de la misma temática, entre ellos uno de la soporífera Le viol du vampire (1968); quienes no la hayan visto y no me crean, pueden comprobarlo gracias a la copia en DVD editada por Filmax con el título de La violación de la vampira). Otro aspecto singular de esa escena consiste en que se avanza a Entrevista con el vampiro (Interview with the Vampire, 1994, Neil Jordan) en la idea de que el vampiro Louis (Brad Pitt) vaya al cine una vez llegado el siglo XX (donde, recordemos, además de ver Nosferatu, el vampiro, tenía ocasión de volver a ver la luz del día ni que fuera filmada…), si bien aquí el espectador sorprende a Alexis en el momento en que está viendo una grotesca escena de un film de vampiros en la cual un horrendo no-muerto acecha a una chica delante de un espejo –donde, por cierto, se refleja: Alexis también lo hace, en una vulneración de las convenciones cinematográficas del mito—, la hiere en una mano con un fragmento del espejo tras romperlo, y luego bebe su sangre de esa misma herida y de la garganta de la muchacha.


Los colmillos de Alexis es, asimismo, una pequeña precursora de otro tema muy socorrido en el cine de vampiros de estos últimos años, a raíz sobre todo del popular Drácula de Bram Stoker (Bram Stoker’s Dracula, 1992), de Francis Ford Coppola, por más que el asunto que voy a mencionar a continuación ya fuera avanzado en gran medida por, horror, la psicotrónica película de Javier Aguirre / Paul Naschy El gran amor del conde Drácula (1973) y el telefilm de Dan Curtis Drácula (Dracula, 1974). Me refiero a la posibilidad de que un vampiro se enamore de una mujer humana hasta el punto de llegar a sacrificarse por ella, renunciando a su condición de no-muerto o llegando hasta el extremo de inmolarse. En los mencionados films de Curtis, Aguirre y Coppola –si bien en el caso del de este último, y sin perjuicio de su responsabilidad compartida como realizador, ello fuera principalmente contribución del guionista James V. Hart—, esa visión (mal) llamada romántica del vampiro está justificada argumentalmente mediante un ardid de guión: las mujeres amadas en estos casos por Drácula no son sino reencarnaciones de los antiguos amores del vampiro de cuando este último todavía era un ser humano. En cambio, en Los colmillos de Alexis, esta cuestión está planteada, como digo, con anterioridad a todas esas películas, y lo hace además de una manera mucho menos (entre comillas) “romántica” y sí bastante más pragmática. Según Paumier, y siguiendo lo que afirma un viejo tratado sobre los vampiros, Alexis podría dejar de ser un no-muerto si cumple con dos requisitos: si deja en libertad a un ser humano que trabaja a sus órdenes como esclavo (como el gánster que ha llevado a cabo el atraco al banco móvil de sangre para proveerle de “alimento”), y si se enamora de una mujer que no desconozca su condición de vampiro y que a pesar de ello corresponda a su cariño.


La gracia del asunto reside en que Alexis se enamora de una mujer que vive en el mismo edificio de apartamentos que él (Karyn Balme), y que además resulta que es… ¡dentista! No por casualidad, y como si se tratara de una premonición de que su existencia como vampiro está llegando a su fin, unos días antes Alexis empieza a quejarse de… dolor de dientes (sic), hasta el punto de acercarse a una farmacia para que le vendan algún tipo de analgésico que le alivie. Poco después se fija en su hermosa vecina, que le atrae por partida doble y sin que todavía sea del todo consciente de ello: porque, al ser dentista, puede curar su dolor, y si además fuera alguien capaz de amarle, podría “curarle” del vampirismo y permitirle volver a tener una existencia humana normal. Resulta significativo que, en la primera visita a su consulta, la dentista resista la visión de los colmillos de Alexis sin aterrorizarse (incluso le dice: “Debería usted haber acudido a mí antes”), y que eso decida a Alexis a enamorarse de ella. Hay que retener, asimismo, un bonito detalle de puesta en escena, bastante inesperado, además, dentro de un telefilm bastante chato a nivel de expresión visual en imágenes: ese plano general en ligero semipicado en el cual vemos a la dentista paseando a su perro por la calle desde el punto de vista de Alexis, que la mira a distancia pero con creciente interés: la mujer lleva sobre los hombros una especie de capa o sobretodo negro… que la hace parecer una vampiresa. También hace gala de una notable carga irónica el final del episodio: Alexis libera a un esclavo humano que estaba a sus órdenes, un jefe del hampa más peligroso todavía que el gánster al cual obligaba a robar sangre para él, y que nada más quedar libre del influjo del vampiro es detenido por la policía, en virtud de un pacto al cual han llegado Alexis y Paumier; en la última escena, Alexis ve su primer amanecer en siglos, abrazado a la dentista, la cual le pide un favor: que le deje arrancarle sus colmillos de vampiro, de cara a sustituirlos en el futuro por piezas dentales de apariencia normal y asegurar así su integración: el último encuadre del telefilm consiste, precisamente, en un primer plano de uno de los incisivos del exvampiro depositados por la dentista en su bandeja de metal después de habérselo arrancado con unas tenazas, a modo de simbólica mutilación fálica de ese no-muerto que ha aceptado voluntariamente volver a ser un mortal.