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Nota “bene”: a pesar de que numerosos detalles reveladores del argumento de la serie “Perdidos” están precedidos de la expresión SPOILER, hasta el punto de que lo que viene a continuación es casi un SPOILER con un artículo dentro que lo contrario, se recomienda no leer las siguientes líneas si todavía no se ha visto la última temporada de esta serie (quien esté interesado en verla y desee verse “sorprendido” por ella, claro está), y sobre todo, si no se ha visto su último capítulo].

De entrada, y antes de que alguien se ponga a teclear rápidamente un comentario al respecto, lo diré yo mismo: ya sé que este blog se llama El Cine Según TFV y no El Cine y La Televisión Según TFV, o El Audiovisual Según TFV, o Lo Que Sea Según TFV, pero a pesar de ello, y a riesgo que parecer incoherente (que no lo soy, como ahora veremos), quiero dedicar una entrada a la serie de televisión
Perdidos (Lost, 2004-2010), y ello por varias razones. La primera de ellas, porque es uno de los seriales televisivos norteamericanos que he seguido con interés desde el principio y en su integridad, y sobre el cual, por tanto, puedo hablar con conocimiento de causa. Porque, si bien este blog se centra en cine, no me es ajena la influencia que la ficción televisiva estadounidense de estos últimos tiempos está ejerciendo sobre el cine, en lo que puede verse una especie de devolución de la influencia que, décadas atrás, tuvo el cine sobre la televisión, sobre todo en sus dos primeras décadas de vida (años cincuenta y sesenta), en las cuales aquélla empezaba a desarrollar su propia narrativa, o si se prefiere, su propia manera de narrar en imágenes. Y porque, en estos momentos, hablar de “cine” y “televisión” como fenómenos separados está perdiendo cada vez más su sentido, si es que no lo ha perdido ya hace tiempo, de manera que la tradicional separación entre “películas” o “films” (o “filmes”, como en realidad se escribe en correcto castellano, por más que todavía seamos muchos los que nos resistimos a ello) y “telefilms” (o, claro está, “telefilmes”) quizás debería corregirse y tendríamos que hablar, con mayor propiedad, por un lado de “cine para la gran pantalla” (o “para salas”, o “exhibido en salas”, etc., habida cuenta de que, como apuntaba hace poco Quim Casas en
Dirigido por…, las pantallas hogareñas cada vez son más grandes…), y por otra parte, de “cine para la pequeña pantalla” (o “para televisión”, etc.), pero en cualquier caso estaríamos hablando siempre de cine, con independencia de su forma material de llegar al espectador: proyección en sala o emisión por televisión, pues resulta obvio que el cine nació antes que la televisión y que por tanto es el modelo de referencia: como estamos hablando en líneas generales, olvidémonos por ahora de otras formas de difusión como DVD/Blu-ray e Internet.
Vaya por delante que no soy lo que se dice un
lostie, es decir, un incondicional de esta serie equivalente a lo que los
trekkies, o
trekkers, son respecto a
Star Trek.
Perdidos nunca me ha parecido ni la-mejor-serie-de-televisión-de-la-historia, ni la tomadura-de-pelo que proclaman sus detractores (sobre todo a raíz de la resolución del episodio final que cerró sus seis temporadas, respecto al cual hablaremos más adelante), sino una serie de televisión interesante en sus líneas generales, a ratos excelente, en otras ocasiones irregular y no exenta de cierta sensación “mecánica” inherente, por lo demás, al 90% de seriales televisivos, y más tratándose, como en este caso, de un relato que ha girado en torno a lo que se conoce como “situación límite”: un puñado de personajes, supervivientes de un

accidente aéreo, atrapados en una isla que nadie conoce ni aparece en los mapas, y poblada de misterios y fenómenos extraños que fueron
in crescendo a lo largo de las sucesivas temporadas: apariciones de un misterioso y rugiente humo negro dotado de vida propia; el ataque, en la primera temporada, de una especie de monstruo que al final resultó ser… un oso polar (extraño golpe de efecto que, por cierto, no volvió a repetirse); la presencia en la isla de otras personas que la habitan, y no precisamente amistosas: una mujer demente y armada con un rifle (Danielle Rousseau: Mira Furlan); un grupo de hombres y mujeres en estado semi-barbárico genéricamente conocidos como Los Otros; el descubrimiento de un refugio subterráneo de una tal Corporación Dharma, en el cual se halla un viejo ordenador cuyo reloj debe ser puesto a cero cada hora y tres cuartos aproximadamente, so pena de que ocurra algo desastroso; la aparición del líder de Los Otros, un misterioso e inquietante sujeto llamado Benjamin Linus (Michael Emerson); la revelación, progresivamente confirmada a lo largo de las siguientes temporadas, de que una serie de personajes demiurgos pretenden influir o controlar de distintas maneras las vidas de los supervivientes del avión, bien sea un empresario millonario, Charles Widmore (Alan Dale), empeñado en llevar a cabo un extraño experimento, o bien una especie de ángel de la guarda y protector inmortal de esa misma isla conocido como Jacob (Mark Pellegrino), que sobre todo en las temporadas finales será determinante de cara a la resolución; y, en definitiva, la confirmación de que esa isla a la cual tan sólo se accede por accidente se trata, en realidad, de un lugar mágico que se desplaza caprichosamente por el tiempo sin que nunca se sepa cómo ni porqué. No es de extrañar, en este sentido, que la línea de diálogo que con más frecuencia aparecía en cada episodio era: “¿
Qué?”.

Uno de los aspectos a mi entender más atractivos de
Perdidos reside en la descripción de los personajes principales, de tal manera que, sobre todo en las dos o tres primeras temporadas, éstos hacían gala de una interesante ambigüedad, la cual se iba aclarando paulatinamente gracias a los abundantes
flashbacks sobre su pasado que venían acompañados siempre del rugido de los motores del avión de pasajeros en el cual se han estrellado en la isla. A pesar de que, sobre todo en las sucesivas temporadas, los rasgos más positivos de los personajes terminaban imponiéndose sobre los más oscuros, como si en el fondo hubiese una poco disimulada intención de demostrarnos que incluso los “peores” podían ser, en el fondo, “buenos”, lo cierto es que esa ambigüedad funcionaba bien y proporcionaba vitalidad a la serie. Así, por ejemplo, el personaje inicialmente presentado como el héroe de la función, el abnegado doctor en medicina Jack Shephard (Matthew Fox), acababa descubriéndose como un hombre atormentado por la influencia que su difunto padre, el también médico Christian Shephard (John Terry), y a lo largo de las siguientes temporadas comete no pocos errores a la hora de tomar decisiones y guiar a los demás, lo cual le hace imperfecto y, por tanto, humano. Hay otros personajes que, antes de llegar a la isla, ya venían marcados por un pasado violento o problemático, caso del

antiguo mercenario y ex torturador Sayid (Naveen Andrews), de la atracadora falsamente acusada de asesinato Kate (Evangeline Lilly) o del timador buscavidas Sawyer (Josh Holloway), los cuales en no pocas ocasiones muestran comportamientos heroicos a la hora de ayudar a sus compañeros de accidente aéreo, pero que de vez en cuando sacan a relucir su faceta más dura y sombría: Sayid y Kate tenían, a veces, arranques temperamentales que nos recordaban su peligrosidad inherente, sobre todo el primero, y Sawyer se dejaba llevar por el egoísmo congénito de su condición de solitario que no necesita o cree no necesitar a nadie. Mención especial merece uno de los personajes más atractivos de la serie, John Locke, a cargo del siempre excelente y carismático Terry O’Quinn: un paralítico que dejó de serlo apenas llegó a la isla, levantándose por su propio pie de entre los restos del avión estrellado, y convirtiéndose en uno de los ejes del grupo de supervivientes gracias a sus dotes de mando y su conocimiento de técnicas de supervivencia que le permiten moverse con destreza por la selva; personaje, por un lado, muy seguro de sí mismo, pero por otro también atormentado –al igual que Jack— por la huella que dejó en él una ingrata figura paterna (Anthony Cooper: Kevin Tighe), lo cual también le hace incurrir en equivocaciones que mellan su aparente infalibilidad. Personaje que, en un giro realmente inesperado, acababa convirtiéndose en la personificación humana del monstruoso “humo negro” que gobierna la isla y siembra el terror doquiera que vaya.

La conflictividad afloraba incluso entre los personajes más simpáticos o aparentemente más inofensivos. Hurley (Jorge García), que se siente perseguido por una misteriosa cadena de números que fueron los que solucionaron económicamente su vida (la combinación ganadora en la lotería que le hizo millonario), pero también el inicio de su desgracia personal (la sensación de sentirse perseguido desde entonces por un destino fatal que le ha llevado a la isla y que incluso le obliga a hablar con los fantasmas de sus amigos muertos). Michael (Harrold Perrineau), quien descarga su frustración como esposo fracasado en un exceso de protección de su hijo Walt (Michael David Kelley). El matrimonio coreano formado por Jin (Daniel Dae Kim) y Sun (Yunjin Kim), atormentados por el hecho de ser él un hombre pobre y ella una rica heredera, y sobre todo porque, como se vio en la primera temporada, a cambio de poder casarse con su amada Sun, Jin se vio forzado a aceptar un repugnante empleo como matón del adinerado padre de esta última. Claire (Emilie de Ravin), la cual había accedido a dar en adopción a su bebé todavía no nacido (lo dará a luz en la isla) de cara a librarse de su futura condición de madre soltera. El cantante de rock Charlie (Dominic Monaghan), cuya estancia en la isla le servirá a modo de terapia de rehabilitación de su adicción a las drogas. Juliet (Elizabeth Mitchell), torturada por el recuerdo de una hermana gravemente enferma a la que abandonó para aceptar un lucrativo empleo en la Corporación Dharma. Desmond (Henry Ian Cusick), amargado ante la posibilidad de haber perdido para siempre a Penny (Sonya Walger), el amor de su vida. Miles (Ken Leung), y ese don que no deja de asustarle para oír las voces de los difuntos. Daniel Faraday (Jeremy Davies), que en el fondo busca sacar del atolladero temporal a los prisioneros de la isla para compensar su responsabilidad indirecta en el asunto. El Sr. Eko (Adewale Akinnuoye-Agbaje), un ex traficante de drogas africano sobre el cual pesa la sombra de un hermano que murió por su culpa. Ana Lucía (Michelle Rodríguez), una agente de policía asimismo con malos recuerdos…; etcétera, etcétera.

Se ha hablado hasta la saciedad de las posibles influencias de
Perdidos. Precisamente hace muy poco se ha editado en DVD un pequeño
pack que, bajo el genérico Colección Perdidos, reúne dos películas que, según se menciona en su publicidad, la cual reproduce unas supuestas declaraciones del creador de la serie, J.J. Abrams, fueron dos de los referentes que este último tuvo en cuenta a la hora de concebir la serie:
El final de la cuenta atrás (The Final Countdown, 1980), de Don Taylor, ese curioso pero a mi entender fallido film de ciencia ficción en virtud del cual un portaaviones norteamericano viaja accidentalmente en el tiempo y retrocede hasta el 7 de junio de 1941 muy cerca de Pearl Harbor, con lo cual a la tripulación del navío se les plantea la posibilidad de intervenir antes de que se produzca el ataque de la aviación japonesa, lo cual supondría alterar para siempre el curso de la historia (bonita idea que, a mi entender, esta película malograba deplorablemente con un cobarde retorno a la actualidad del portaaviones antes de que se haya tomado una decisión al respecto); y
El experimento Filadelfia (The Philadelphia Experiment, 1984), de Stewart Raffill, una mucho más simpática producción fanta-científica que especula con otro viaje en el tiempo relacionado con el tristemente célebre Experimento Filadelfia, aquí en torno al traslado del pasado al futuro de dos marineros de la armada norteamericana. Puede verse esa influencia en
Perdidos sobre todo en lo que se refiere al tema del “salto temporal”, aunque a nivel particular –ignoro si ya ha salido o no a colación en alguno de los cientos, o miles, de sitios web que han hablado de
Perdidos estos últimos seis años, lo cual no sería de extrañar— otro claro referente cinematográfico de Perdidos es
El superviviente (The Survivor, 1981), una modesta película fantástica basada a su vez en una novela de James Herbert, dirigida por el actor inglés David Hemmings y protagonizada por el también británico Robert Powell, quien interpretaba al piloto de, atención, un avión de pasajeros, el cual tras sufrir un terrible accidente, y siendo el único que ha sobrevivido al mismo, empieza a plantearse el sentido de la realidad que lo envuelve hasta llegarse a una conclusión muy similar a la de una de las más citadas teorías en torno al significado oculto de
Perdidos –atención:
SPOILER—: el piloto, en realidad, está muerto, al igual que la protagonista del excelente film de Herk Harvey
Carnival of Souls (1962) o el de la canónica película del tema están-muertos-y-no-lo-saben
El sexto sentido (The Sixth Sense, 1999), de M. Night Shyamalan. Mucho se especuló, antes de la emisión del episodio que cerraba la sexta temporada de
Perdidos, con la posibilidad de que todos los personajes estuviesen, en realidad,

muertos: que la isla no fuera sino una especie de simbólico limbo entre el Cielo y el Infierno donde todos y cada uno de los protagonistas purgaban sus pecados antes de acceder a su lugar definitivo en el más allá. Lo cierto es que el episodio final de la serie no iba exactamente por ahí pero se le acercaba bastante, como demuestra –atención:
SPOILER— la conclusión un tanto abierta, y un tanto ambigua con que se cerraba, mostrando a uno de los personajes principales, Jack Shephard, descubriendo que ha acabado perdiendo la vida, podríamos decir, dos veces: en el plano narrativo que transcurre en la isla, y como consecuencia de su pelea a muerte contra el ser diabólico que ha adquirido la apariencia de Locke ; y en el plano narrativo desarrollado durante toda la sexta temporada paralelamente al anterior, y consistente en mostrar qué hubiese ocurrido si los pasajeros del vuelo de Oceanic de Sydney a Los Ángeles hubiesen arribado a su destino sin contratiempos.

Mucho se ha discutido estos días sobre los méritos de este final, de tal manera que no han faltado abundantes voces que han mostrado su decepción ante una resolución que, en vez de despejar de una vez por todas las incógnitas planteadas a lo largo de las seis temporadas, cerraba el circulo sin terminar de desvelar por completo el misterio de la isla viajera en el tiempo y planteaba, incluso, nuevos enigmas. Evidentemente que habrá aquí opiniones para todos los gustos, pero creo que el final de
Perdidos es razonablemente acertado, y ello por varias razones: 1) porque enlaza coherentemente con el espíritu de lo que ha sido la serie a lo largo de estos seis años, es decir, un continuo cuestionamiento y replanteamiento de la situación límite planteada en la primera temporada (los personajes perdidos en una “isla misteriosa” a lo Verne), coronándola con un final que no pretende ser esclarecedor sino, en cierto sentido, otro giro narrativo que cuestionara el concepto mismo de “final”; y 2) porque, de este modo, se soslaya el peligro de haber incurrido en un final excesivamente aclaratorio, de tal manera que prácticamente cualquier explicación convencional en torno al misterio de la isla y el destino de sus habitantes tendría que ser necesariamente decepcionante, al incurrirse en una solución lógica irrefutable para justificar algo cuya lógica se perdió muchas temporadas antes de llegar a la sexta. El final de
Perdidos me parece, asimismo, muy hábil, porque dado su carácter dual, o sea, al dividir la acción de esta última temporada entre el retorno a la isla de todos los personajes a fin de hacer frente a lo que el destino les ha reservado allí, y paralelamente, el hipotético desarrollo de lo que pudieron haber sido sus vidas si su vuelo a Los Ángeles hubiese llegado a su destino, se lograba de

este modo un doble propósito: por un lado, contentar al espectador que se había encariñado con los personajes, de tal manera que, a pesar de la muerte de algunos de ellos en el plano narrativo isleño –recuérdese, en particular, uno de los últimos episodios de la sexta temporada (atención:
SPOILER), en el cual morían con poco margen de diferencia temporal tres de los protagonistas a bordo del submarino: Sayid y la pareja formada por Sun y Jin—, ese mismo espectador podía verles vivos en el plano narrativo que transcurría en Los Ángeles; algo que quedaba muy claro en el episodio final, en el cual –atención:
SPOILER— veíamos “resucitar” a un buen montón de los personajes fallecidos en las anteriores temporadas, tal es el caso del Locke “bueno”, de Charlie, de los hermanos Shannon (Maggie Grace) y Boone (Ian Somerhalder), ambos fallecidos en la primera temporada, y de Juliet, inmolada en el explosivo clímax de, si no me equivoco, la quinta temporada.

Por otro lado, con esta resolución, digamos, “dual” se lograba crear una interesante interacción más allá del tiempo y del espacio, en virtud de la cual los personajes, en el plano narrativo de Los Ángeles, “recuerdan” su “otra vida” en la isla (“otra vida” que, en un sentido empírico, no han “vivido” realmente, aunque sí en un sentido “fantástico”, como si sus existencias se hubiesen partido mágicamente en dos), propiciando de este modo una cadena de
finales felices (atención.
SPOILERS): Sayid se reencuentra con Shannon, Charlie con Claire y su bebé, Kate con ese mismo bebé de Claire al que cuidó como si fuera su propio hijo, Sun con Jin, Sawyer con Juliet, incluso Daniel Faraday con Charlotte (Rebecca Mader). Pero hasta esta
cadena de felicidad (quizás un tanto excesiva, todo hay que decirlo) tiene sus contrapuntos amargos (atención.
SPOILERS): uno de ellos, ya lo hemos mencionado, es que Jack entrega su vida por la salvaguarda del secreto de la isla que le ha sido confiado por Jacob en su pelea final contra el Locke “malo”, y a la vez muere en la “dimensión Los Ángeles”, por más que sea dulcemente y tras un emotivo reencuentro/despedida con su padre muerto; y, en la “dimensión isleña”, el bondadoso Hurley acaba convertido en el nuevo guardián eterno del secreto del lugar, y en compañía nada menos que del antaño pérfido Benjamin Linus, condenado por un lado a no abandonar jamás esa isla que, en el fondo, ha destrozado su vida y la de sus seres queridos (pérdida de una hija incluida), y por otra parte “condenado” a no participar en la feliz reunión final de los personajes en la iglesia donde concluye la trama de Los Ángeles y, de paso, la propia serie, fiesta de la que él mismo se excluye pese a haber sido expresamente invitado. La sensación que se guarda de semejante conclusión es que, a pesar de todo, la isla ha acabado saliéndose con la suya…